Alcoba

EL SEÑOR DE LA GUERRA [QUE TODO LO PERDIÓ MENOS SU ALMA]

El año 1965 se estrenó la película El señor de la guerra (The war lord) dirigida por Franklin J. Shaffner. A este mismo director se debe otra de las inquietantes joyas de la historia del cine, El planeta de los simios (The planet of the Apes, 1968). Los principales intérpretes de El señor de la guerra son Chartlon Heston, que ya había encarnado con anterioridad a un héroe medieval como el Cid (El Cid, 1961); Richard Boone como un misterioso hombre de guerra cuyos ojos han viso mucho mundo, tanto que le ha quedado marcado en una cicatriz, y finalmente Rosemary Forsythe, la turbadora belleza de Bronwyn. ¿Por qué es conmovedora la belleza de Bronwyn? Sin duda, porque va mucho más allá del brillo que surge desnudo desde las aguas, porque, como muy bien supo ver en su momento uno de los más importantes poetas de la literatura española, Juan Eduardo Cirlot, la hermosura de Bronwyn trasciende lo corporal o la mirada transparente de las aguas desconocidas que la vieron nacer.

Crysagon de la Cruz es un caballero normando que después de guerrear durante veinte años recibe como premio un feudo de su señor, el Duque de Gante. Sólo su fría espada ha sido la compañera de sus noches en esos años. El lugar está dominado por una torre desde la cual se contemplan los pantanos y el bosque. Por las marismas llegan periódicamente los frisos para saquear las tierras que ahora Crysagon tendrá que defender. Y el bosque es el templo de cultos ancestrales basados en el árbol y la roca, donde hasta el viento sueña con una música que desde el primer momento encanta a un caballero cristiano como es Crysagon, el cual, con su nombre y pese a él duda de la bondad de la religión a la que reza.

Triste destino el de un hombre como Crysagon que ha entregado su vida al servicio de un señor que vale menos que él. Bajo su armadura normanda, Crysagon tiene la humanidad del que no acepta la esclavitud de los otros, del que trata a sus enemigos como sus iguales y del que deja escapar una emoción más allá de las dudas contemplando el cuerpo desnudo de Bronwyn emergiendo de las aguas.

Crysagon, que ha perdido su vida y ha cubierto su alma de una recia armadura, comenzará a recuperarlas ambas a partir del encantamiento producido por la magia natural del bosque. Tan recia es la cota de mallas que cubre su ser que, cuando atacan los frisos, casi desnudo, se enfrenta a ellos con una antorcha en las manos.

El señor de la guerra, sin duda es una película angustiosa porque remueve las aguas primordiales que habitan en el interior de cada uno de nosotros, más lodosas cuanto más cerca está el momento de la emergencia del alma. Veinte años de duro guerrear y un feudo perdido en una tierra pantanosa de hombres naturales que se comportan como siervos, pero que han criado una belleza luminiscente como el alma de Bronwyn. Para Crysagon sólo caben dos caminos, como para todo ser humano cuando se enfrenta a su destino: seguir muerto o morir para vivir. Más allá de la agonía de su nombre y su destino, Crysagon opta por la vida de su alma, por ello, en la tristeza del final de la película, el mensaje que subyace es el de un ser humano que vive con sinceridad.

El señor de la guerra trasciende, así, el argumento de una película de aventuras medieval para ser la metáfora de un alma que emerge.

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La tierra es de terror, pero yo busco
una flor de cristal inaccesible.
Dámela con tus ojos desde el lago
donde blanca apareces.
Cuerpo resucitado no abandones
esta mano de herida.
En Occidente el mar también acaba.
Bronwyn

Juan Eduardo Cirlot

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