Armería

 LA VERDAD SE DICE EN UN SUSURRO. NORMAS PARA VIVIR DE MAQROLL EL GAVIERO.

Antonio Joaquín González Gonzalo

 “Los únicos libros que uno pierde son los que no le interesan”

Amirbar, Álvaro Mutis

No es extraño que un libro de ficción se convierta en una especie de guía de comportamiento e incluso en un portulano que oriente la navegación por el cotidiano vivir. Así sucedió con don Quijote que aprendió a mirar el mundo desde los libros de caballerías, aunque no fue el único porque en el siglo anterior, el Amadís de Gaula, necesariamente purgado, fue transformado en un manual de cortesanía (Le Trésor des livres d’Amadis, París, 1559). La acción de narrar transcendió, desde los inicios de la literatura, su función de memoria y diversión. Más todavía en nuestras horas descreídas y amorales, algunos libros pueden llegar a ocupar los espacios en blanco abandonados por unos libros sagrados alejados de la realidad contemporánea. Con el presente artículo tengo la intención de realizar algunas calas en una de esas obras que presentan lo que bien podríamos llamar una filosofía vital.

En la narrativa del escritor colombiano Álvaro Mutis hay un grupo de textos que brillan con luz propia. Son aquellos que tienen como personaje, y en algunas ocasiones protagonista, a Maqroll el Gaviero, un individuo de origen incierto, que se dedica a los más variados oficios, muchas veces más allá de la legalidad, pero que mantiene unos valores que hacen honor a su sobrenombre de Gaviero, como aquel que otea en el horizonte para salvar las naves de los escollos o cualquier otro peligro. No hay mejores palabras para definir su misión que estas pronunciadas por él mismo: “uno sirve a menudo de garantía contra la muerte y lo que hace en verdad es llevarla siempre a las costillas simulando ignorarla” (La Nieve del Almirante, p. 21). Maqroll está presente en la literatura de Álvaro Mutis desde sus inicios. En 1947 en La balanza se pudo leer la “Oración de Maqroll”, un texto en el cual ya se vislumbra una de sus características: la plasmación de pensamientos y una filosofía de vida en un tono cercano al del profeta cuya voz truena en la inmensidad. Las palabras de Álvaro Mutis dichas desde la presencia de Maqroll son como los gritos que surgen de la garganta de El Profeta de Pablo Gargallo, se escuchan aunque no lleguen a ser pronunciadas. En 1959, Maqroll se convierte en el protagonista de un libro de poesía, Reseña de los Hospitales de Ultramar. Posteriormente, sus desencantadas aventuras y las de las personas de sus afectos (Abdul Bashur e Ilona, principalmente) originan un ciclo de novelas breves y profundas en su contenido poético: La Nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1988), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1990) y Tríptico de Mar y Tierra (1993), todas ellas reunidas en Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. En palabras de Conte (1992: 12), Maqroll el Gaviero es “un aventurero, un marino repleto de extrañas filosofías, un ambiguo contrabandista con un extraño sentido del honor, siempre enfrentado a riesgos y aventuras sin cuento, mezclado en negocios más bien dudosos pero en los que su integridad moral, más atento a los hombres y a las mujeres que a leyes y reglamentos, le lleva a repetidos fracasos en puertos de oscuros y sinuosos burdeles, al borde del delito pero siempre repleto de una extraña pureza, a través de la derrota y la fuga”.

Tres temas, más allá de un peculiar sentido de la aventura, vertebran la literatura protagonizada por Maqroll el Gaviero: Eros y Thanatos, como pareja inseparable, y la desesperanza. Maqroll nace con la voluntad de encarnar este concepto abstracto. En una conferencia impartida en la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, en febrero de 1965, Álvaro Mutis dice: “la desesperanza se intuye, se vive interiormente, se convierte en materia misma del ser, en sustancia que coloca todas las manifestaciones, impulsos y actos de la persona, pero siempre será confundida por los otros con la indiferencia, la enajenación o la simple locura” (Mutis 1997: 45). Ante tal planteamiento caben dos opciones. Una de ellas es el abandono, no tanto como expresión de la rebeldía romántica sino como el deseo de poner un punto final a los zarandeos de la existencia. Esta opción es la que escogen algunos personajes de las novelas de Álvaro Mutis (Wito en Ilona llega con la lluvia, Sverre en “Cita en Bergen” o el Capitán en La Nieve del Almirante). El suicidio es la opción de muerte ante un mundo que no cumple las expectativas, porque el mundo está ahí para demostrar que el ser humano no tiene alas. La otra opción es convertirse en adalid de la desesperanza, en gritarla desde la gavia para que quede constancia, al menos, de que hay resistencia contra las penurias de la vida. Demostrando la desesperanza, ésta queda patente para aquellos inocentes que viven en una burbuja de falsedad protegidos en frascos de algodón, aceptando exclusivamente lo placentero, sin llegar a saborearlo en su plenitud dado que el goce sólo existe en contraposición al dolor. En escuchar este alarido está la venganza contra un mundo injusto gobernado por ignorantes y acomodados jerarcas, aves de presa a los que una fatua libertad dota de unas alas que no les son propias. Así lo dice Maqroll el Gaviero en una de las máximas que habrían de protegerle durante su travesía por el río Xurandó: “Los gavilanes que gritan sobre los precipicios y giran buscando su presa son la única imagen que se me ocurre para evocar a los hombres que juzgan, legalizan y gobiernan. Malditos sean” (La Nieve del Almirante, p. 30).

La lectura del mundo desde el paradigma de la literatura de aventuras –y la saga de Maqroll el Gaviero pertenece a este género- permite dos interpretaciones que estarían perfectamente planteadas en sendos autores como Emilio Salgari y Joseph Conrad. Para el primero, el lugar de la aventura es el mundo exótico plagado de peligros. Para Conrad, es más bien un desarrollo interior, en muchos casos desde la existencia en un paisaje alejado de lo cotidiano del burgués en la metrópoli. Ese horizonte es una mera excusa, lo que importa es el espacio que se abre a la vez que una nueva interpretación interna del mundo. Maqroll el Gaviero traza una línea similar a la de los personajes de Conrad; bien cuando recorre el Xurandó, atravesando una selva que le es ajena, en pos de una fortuna que no es la suya, bien perdido en una mina buscando el oro que no consigue la felicidad. Cada empresa es una tribulación, pues no cabe más que la adversidad en la existencia humana. La vida, como el propio Maqroll el Gaviero salmodia, es “un golpe de cuchillo en el cuerpo de alguien que duerme. Los escuetos labios de la herida que no sangra. El vértigo, el estertor, la quietud final. Así ciertas certezas que nos asesta la vida, la indescifrable, la certera, la errática e indiferente vida” (La Nieve del Almirante, p. 30). ¿Puede haber alguna salvación ante un panorama tan desolador? La aventura implica la existencia de dos mundos. El propio y el ajeno. Este segundo es el de cada nudo que amarra el vivir. Lo expresó Sastre al decir que “el infierno son los otros”. Porque el ser humano está condenado a vivir en sociedad, una sociedad que desprecia, pese a su entidad abstracta, al individuo; pese a que ella misma debe su propia existencia a la renuncia de parte de la libertad con la que todo ser nace y que sistemáticamente le es negada por esos gavilanes transformados en aves carroñeras que se apropian de un poder cuyas raíces se hunden en su propia femera de ineptitud y debilidad.

Desde La Odisea, el primer texto que define el universo de la aventura, este supone la existencia del mundo del héroe, el de su propia interioridad y el marcado por las fronteras de sus afectos. De este agarradero de salvación trataremos más adelante, porque el oasis encuentra su plena justificación en la travesía de horizontes interminables cuando cada paso es un dolor nuevo. Podría entenderse que la duda, el desasosiego, la tribulación concluyera al encontrar una atalaya privilegiada desde la que defender la pureza que yace más o menos escondida en el interior de algunos hombres y a los seres que marcan el paisaje de lo querido; pero ni así, porque el paraíso siempre está más allá. En una de las máximas del Xurandó leemos: “En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: <No era aquí>. No hay día en que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar” (La Nieve del Almirante, p. 31).

La experiencia interior como expresión de un sobrevivir al mundo que es adverso se encuentra repartida a lo largo de toda la obra de Álvaro Mutis, pero el texto en el que se concentran las reglas de vida es La Nieve del Almirante, la primera narración extensa sobre las aventuras de Maqroll el Gaviero. La Nieve del Almirante es el diario de un viaje por el Xurandó hacia la sierra en la que aguarda a Maqroll una nueva desilusión, una empresa que prometía ciertos beneficios pero que, como buena parte de las bondades que ofrece la vida a lo largo del camino se la ha apropiado uno de esos gavilanes, ¡malditos sean!, que con su actitud de listos ante la vida siempre logran prosperar. Ese diario se convierte en una continua expresión de lo que es el establecimiento de unas reglas que sirvan como postes de guía en los momentos aciagos: “establezco, sabiendo de su candorosa inutilidad, algunas reglas de vida. Es uno de mis ejercicios favoritos. Me hacen sentir mejor y creo con ello poner en orden algo en mi interior” (La Nieve del Almirante, p. 29).

Fotografía de Marcelo Salinas. El poeta en su castillo, la biblioteca

Fotografía de Marcelo Salinas. El poeta en su castillo, la biblioteca

Entre los distintos fragmentos en los que Maqroll el Gaviero reflexiona sobre el sentido de la aventura destaca el siguiente: “Es como si en verdad se tratara sólo de hacer ese viaje, recorrer estos parajes, compartir con quienes he conocido aquí la experiencia de la selva y regresar con una provisión de imágenes, voces, vidas, olores y delirios que irán a sumarse a las sombras que me acompañan, sin otro propósito que despejar la insípida madeja del tiempo” (La Nieve del Almirante, p. 69). El sentido de la aventura es la voluntad de dotar al tiempo con un contenido, dada su propia vacuidad. Es necesario llenar nuestro transcurrir temporal con experiencias que surgen de lo visto y lo vivido, por ello el viaje y el enfrentamiento a las circunstancias adversas son necesarios; pero la experiencia ha de ser trascendida mediante la contemplación y aquí es donde la aventura se transforma. La empresa, que terminará en tribulación porque los elementos del desastre siempre trabarán nuestros pasos, adquiere su significación en la voluntad de luchar porque ahí es donde el ser humano no puede ser derrotado. No puede hablarse de capitulación cuando todavía no se ha extinguido la llama de la resistencia. Lo supo Ernest Hemingway en El viejo y el mar cuando afirma “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Lo dice también Lev Tolstói en una de sus más hermosas y conmovedoras novelas, Hadji Murat:

“Uno de los tallos pendía tronchado con la flor sucia en el extremo; el otro, a pesar de estar cubierto de tierra, se mantenía erguido. Se veía que la planta había sido aplastada por una rueda; pero había vuelto a erguirse y seguía viva. Era como si le hubiesen arrancado un trozo del cuerpo, como si le hubiesen abierto las entrañas, amputado un brazo, sacado un ojo. Sin embargo, continuaba en pie, sin dejarse vencer por el hombre, que había aniquilado a sus hermanos a su alrededor. <¡Cuánta energía! –pensé-. El ser humano ha destruido millones de plantas que había alrededor, pero ese cardo no se ha dejado vencer>.” (Hadji Murat, p. 50).

León Tolstoi por Iliá Repin

León Tolstoi por Iliá Repin

             El mismo espíritu de arrogante orgullo, única resistencia ante una vida que se empeña en golpear sistemáticamente cualquier esfuerzo por alzarse del cieno en el que siempre flotan los mismos; palabras parecidas que encontramos en el poema de Álvaro Mutis “Los trabajos perdidos”: “Pasar el desierto cantando, con la arena triturada en los dientes y las uñas con sangre de monarcas, es el destino de los mejores, de los puros en el sueño y la vigilia” (Los elementos del desastre). Porque en la resistencia, orgulloso de lo que uno es, está la salvación y la venganza. Ahora bien, ese enfrentamiento al mundo que le es adverso encuentra sus momentos de sosiego en ciertas personas y actos que dan una tregua en el continuo luchar. Para Maqroll el Gaviero los instantes de salvación se encuentran en las personas, los libros, los sueños y los instantes de dicha.

            En Amirbar, cuando Maqroll acomete otra de esas empresas descabelladas, en este caso buscar oro en la cordillera andina, una vez aclimatado a la rutina del minero, cuando la veta de oro parece prometer una suerte relativa y un porvenir asegurado, ciertas señales anuncian el inevitable cambio que transformará la empresa en amargura. El sentimiento premonitorio de la desgracia que continuamente acecha a aquellos que se mueven en el territorio de la frontera también origina el recuerdo de que siempre ha de haber una posibilidad de salvación: “Los breves instantes de dicha y bienestar que me son dados suelo disfrutarlos con una intensidad a mi juicio desconocida por los otros mortales. Esos momentos tienen para mí una condición renovadora y esencial. Cada vez que se me ofrecen, siento como si estuviera inaugurando el mundo. No son muy frecuentes, no pueden serlo, como es natural, pero sé que siempre vienen y me están destinados en compensación de mis tribulaciones” (Amirbar, p. 73).

En la vida de continuos chascos y penurias de los aventureros como Maqroll se produce una iluminación que explica bien cuál es la esencia de la sociedad humana, surgida desde un contrato viciado en sus inicios. El sentirse a perpetuidad arrebatado por las ondas de un mar que raramente está en calma origina una visión del ser humano negativa, una desconfianza continua hacia el hombre. “Me doy cuenta de que el sentido que se embota primero, a medida que la vida se nos va viniendo encima, es el de la piedad. La tan llevada y traída solidaridad humana que jamás ha significado para mí nada concreto. Se la menciona en circunstancias de pasajero pánico. Entonces pensamos más bien en el apoyo de los demás y no en lo que nosotros podríamos ofrecerles” (La Nieve del Almirante, p. 45). Aunque contra ese panorama desolador se abre el horizonte de uno de los elementos que rompe el desastre que es el vivir: la amistad. Álvaro Mutis define esta tabla de salvación con las siguientes palabras, quizá de las más hermosas que pueden utilizarse para recordarnos que, en contados momentos, no estamos solos:

“La amistad es la prolongación de esa disponibilidad de la infancia, que es la maravilla del niño. Mientras tengamos la posibilidad de establecer con otra persona esa disponibilidad y que esa persona reciba esa disponibilidad y nos dé la suya, estamos conservando y protegiendo una parte de nuestra niñez, cuando éramos todavía inocentes, por supuesto no en el sentido de tontos, y estábamos viendo con claridad las cosas antes de confundirnos en la madurez y empezar a querer establecer un lugar en la sociedad y todas estas monsergas. El niño es el auténtico anarquista prodigioso. Ese anarquista hay que conservarlo y una manera de conservarlo es querer a los amigos. Con los amigos y con ese vínculo que se crea rompemos todas las convenciones e inauguramos un mundo nuestro compartido con alguien que queremos. Por eso para mí la amistad es vital” (Álvaro Mutis en García Aguilar 2000: 127).

Es por ello que en las narraciones que configuran el ciclo de Maqroll el Gaviero, surgen dos personajes que alcanzan una categoría similar a la del propio Maqroll: el armador libanés Abdul Bashur y la triestina Ilona, igual que la del mismo narrador-autor que en más de una ocasión aparece reflejado en los relatos.

Otras dos posibilidades para salvarnos se le ocurren a Maqroll el Gaviero. Ambas son recursos que él mismo utiliza, pero no olvidemos que su misión es otear en el horizonte para comunicar al resto de los viajeros los peligros que se avecinan. Cada cual, por su parte, que escoja la posibilidad de esquivar el desastre. Esas dos opciones están una en la lectura, principalmente de textos históricos pues “el perderse por tales laberintos, que pueden parecer a los neófitos una ocupación estéril, me parece mucho más práctico y con los pies en la tierra que embestir a topes, como un borrego, contra circunstancias extrañas a nosotros que se conjuran para complicarnos el lado puramente utilitario de nuestra vida que es, sin duda, el más irreal e inasible dada su elemental e irremediable idiotez” (Ilona llega con la lluvia, p. 149). La otra es el sueño “que barre las sombras y me encamina hacia un disfrute de mi propia plenitud, con tal intensidad que, cuando despierto, perdura por varios días su fuerza restauradora” (La Nieve del Almirante, p. 37).

Nadie espere más allá de estas fuerzas que fluyen desde un manantial muy profundo en nuestro interior. Nadie confíe en encontrar asilo en una sociedad que limita su supervivencia a la existencia de unas estructuras burocráticas, dirigidas por seres mediocres, que no protegen con sus leyes sino que traban hasta la exasperación a aquel que osa abandonar las trilladas sendas de la respetabilidad burguesa. Sólo la fuerza de cada cual cuenta en la frontera.

Zaragoza, 24 de diciembre de 2010.

 Bibliografía

 Conte, Rafael (1992); “Prólogo” a Álvaro Mutis (1992).

García Aguilar, Eduardo (2000); Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. Barcelona. Casiopea.

Mutis, Álvaro (1992); Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988. Madrid. Visor.

Mutis, Álvaro (1997); Contextos para Maqroll. Tarragona. Igitur.

Mutis, Álvaro (2008); Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Barcelona. Debolsillo. En dos volúmenes, el primero de ellos con La Nieve del Almirante, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir y La última escala del Tramp Steamer; en el segundo se contiene Amirbar, Abdul Bashur soñador de navíos y Tríptico de Mar y Tierra.

Tolstói, Lev (1997); Hadjí Murat. Madrid. Cátedra.

Anuncios

2 respuestas a Armería

  1. Ceciely dijo:

    Excelente estudio sobre la obra de Álvaro Mutis”. Me identifico al pensamiento del autor.
    Me encantaría leer todas sus publicaciones, Antonio. Las tiene en PDF?

    • Hola de nuevo.

      Tengo algunos estudios publicados en Kindle Amazon, si le interesa leer alguno de ellos en concreto se lo puedo enviar en DPF, aunque mi compromiso con Amazon me obliga a solicitarle la mayor discreción.
      Un saludo y nuevamente gracias por sus comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s