UN LUGAR SOBRE LA TIERRA

Relato

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden
Y seré, hasta el último día, otro hombre, o mejor, el mismo, pero rescatado
Y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.

Álvaro Mutis. Los emisarios

En el Nombre del Clemente y el Misericordioso, que Él perdone a este transmisor de la verdad, por descubrir la realidad de un hombre que siguió las veredas más escondidas del amor, que fue considerado por los otros como ejemplo de santidad, pero que, en ningún momento buscó otro martirio que el de la propia existencia.

En una noche de sosiego, mecido por el sonido de los tambores, hipnotizado por el movimiento circular de unas caderas ceñidas por un velo de transparente gasa azul, y un aroma de dulces especias llegadas de Sarandib impregnando cada rincón de penumbra, escuché decir a Abdul Bashur que sólo un relato se ha contado a lo largo de la historia, la del amor de un hombre por una mujer.

Conozcamos otro ejemplo de cómo es cierta tal afirmación.
El padre de Qasim Ibn Hasan Assaraqusti pertenecía a la más alta aristocracia de la ciudad que los cristianos llaman Cesaraugusta. Miembro de la corte de Al-Mutamin, primero, y de Al-Mustain, el segundo de este nombre, después, fue testigo de crueles acontecimientos. Vio cómo las grandezas en saber, en arte y en refinamiento cayeron con la llegada de los almorávides, venidos a este nuestro Al-Andalús por el miedo que nosotros mismos sentíamos a los cristianos, cada día más poderosos, con más sed de rapiña, con afán por conquistar nuestras ciudades, cuyas grandezas, después no supieron disfrutar.

Abú Qasim había caído en desgracia. Se oponía a entregar libremente el poder a los fanáticos. Pero las circunstancias eran adversas para todos los que pensaban como él, así que a la muerte de su rey Al-Mustain, decidió abandonar la ciudad de los muros que brillan con el atardecer, la Medina Albaida, la ciudad blanca cuyas murallas habían sido levantadas por las legiones romanas de Augusto.
Era el año 378, el 1110 para los nazarenos. Qasim tenía doce años. La noche anterior a la partida estuvo durante muchas horas sentado frente a la muralla del alcázar, la Aljafería, así conocida en honor a su constructor, Abú Yafar Almuqtadir, el segundo rey Hudí de Zaragoza. Lugar creado para el saber, para el placer, para la alegría. Numerosos habían sido los acontecimientos reflejados en la alberca del salón dorado, cuyas paredes deslumbraban a los embajadores que hasta allí llegaban.

Algo se rompió en el pecho de Qasim durante aquel atardecer, con su luz filtrándose tras cada una de las ventanas de las torres. Así lo describía él mismo a su hermano Ahmad que, por aquel entonces, se encontraba en la ciudad de Córdoba.

Hermano
Horas antes de salir hacia nuestro exilio, permanecí ante las murallas de la alcazaba, en aquel lugar donde tantas veces jugamos, mientras esperábamos la salida de nuestro padre. El reflejo de la blancura de sus torres se fue apagando y éstas tiñéndose de un tono rosáceo. Nunca me habían parecido tan hermosas, hasta este momento en el cual sé que no volveré a verlas.
Nuestro mundo está desapareciendo.

Cuando el sol se ocultó totalmente en el Occidente, algo en lo más profundo de mi ser había cambiado. Mis raíces se habían roto y sabía que, una vez arrancado de allí, no podría volver a ser de ningún lugar.

Salón Dorado de la Aljafería, Zaragoza

La estancia de la familia Ibn Hasán en el sur, en las tierras que pertenecieron a los Banu Razín, transcurría con mayor sosiego que en Zaragoza. Más alejados del peligro. La situación acomodada que ocupaba Hasán Ibn Hamad no era tan próspera como antaño, pero sus relaciones en la pequeña corte eran fluidas, tanto como para que la vida no les apesadumbrara más allá de la nostalgia por la tierra perdida.

Qasim continuaba con su formación, encargada a Abu Zakariyya y Sad Al-Muchbar. Abu Zakariyya había nacido en tierras griegas. Siendo niño fue capturado por un grupo de piratas normandos, junto a otros muchos de su poblado cuando éste fue asaltado y saqueado. A pesar de su juventud, Abu Zakariyya, entonces con el nombre de Alexandros, intentó defenderse bravamente. Los normandos lo vendieron como esclavo en las costas del reino de Valencia y, con quince años, pasó a formar parte del ejército del rey Al-Mutamin. Su valentía y destreza hicieron que consiguiese la libertad y un puesto en la guardia del monarca. Conoció a un guerrero cristiano, mercenario al servicio de Saraqusta; había sido desterrado por el rey Alfonso de Castilla, se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar, y era apodado entre musulmanes, Cid. En una de las incursiones contra los cristianos del norte, que amenazaban la ciudad de Huesca, Abu Zakariyya resultó herido en la pierna derecha. Cerca estuvo de la muerte, pero el veneno no era lo suficientemente fuerte; la herida, sin embargo, le dejó una visible cojera; eso le impedía que en el futuro siguiese realizando sus labores como guardia del monarca. En cierta ocasión, ante las murallas de Barbastro, Hasán Ibn Hamad se libró de la muerte gracias al auxilio de Abu Zakariyya. Por ello, se le ofreció un puesto en su casa como tutor militar de su hijo mayor, Ahmad. Años después, cuando Qasim cumplió diez años, Abu Zakariyya pasó a ocuparse de su educación.

Sad Al-Muchbar era un sabio versado en los más variados conocimientos. Pertenecía al círculo filosófico y místico que, bajo la tutela de Al-Mustain, había desarrollado su trabajo en la ciudad de Saraqusta. Sad Al-Muchbar había viajado mucho. La obligación sagrada del Islam, la peregrinación a La Meca, le había llevado por las tierras del norte de Ifriqiyya, Egipto, la Península de Arabia, Siria y Bizancio. En Siria había oído hablar de lejanos países por los que muchos siglos atrás anduvo el gran Iskander, lugares donde existían las amazonas, santones que martirizaban sus cuerpos traspasándolos con objetos punzantes; tierras de riqueza desde las cuales llegaban hasta Al-Maghreb riquísimos productos. De todo ello hablaba Sad Al-Muchbar con su joven discípulo Qasim. También le hacía ver cómo las realidades de los distintos lugares eran muy variadas, cómo había conocido a hombres que no participaban de sus mismos cultos religiosos, pero que le ayudaron en momentos de penuria, de ello se podía sacar una importante lección.

Desde un comienzo, los intereses de Qasim Ibn Hasán le llevaron a la filosofía. Leía continuamente en su retiro en las tierras de los Banu Razín. Pero no eran tiempos para deleitarse en los conocimientos abstractos que arrastraban a Qasim hacia una visión mística del mundo. Era el tiempo de la espada, del brazo fuerte levantado hacia el norte. El cariño que joven Qasim sentía por su tutor Abu Zakariyya hacía que no desdeñara en ningún momento todas las enseñanzas que éste le brindaba. Buena parte de los sueños juveniles de Qasim estaban ocupadas por las imágenes guerreras que el viejo soldado le contaba, por el deseo de emular a los grandes luchadores.

Fueron transcurriendo los años, una calma relativa presagiaba lo peor, y, así, en 1120, cuando había quedado claro que el poder de los cristianos aragoneses era destructivo para el Islam, los almorávides, desde el reino de Valencia y Murcia decidieron lanzar una ofensiva contra Alfonso, ya conocido como el Batallador.

Desde el sur había llegado Ahmad, el hermano mayor de Qasim. Hacía años que no se veían; no había disminuido el amor entre ellos. Ahmad mandaba un destacamento, enviado por el gobernador de Córdoba, para formar parte del grueso del ejército, reunido en la ciudad de Tirwal. Qasim acompañaría a Ahmad, con él iría Abu Zakariyya. Todo iba a ser un triunfal paseo, Alfonso sería derrotado y los lugares que habían visto el florecimiento del Islam volverían a sus dueños.
Meses después, desde las cercanías de Cutanda, Qasim Ibn Hasán escribiría a Sad Al-Muchbar, que había abandonado Al-Andalús tras años antes para vivir en la ciudad de Fez

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
Todo se ha perdido; las últimas esperanzas que nuestro mundo guardaba se han roto como una vasija al chocar contra el suelo de piedra.
Alfonso, Dios lo condene, nos ha derrotado totalmente. Hemos sido abandonados por la misericordia divina.
Abu Zakariyya murió en mis brazos; una flecha de los francos atravesó su garganta. Al terminar la batalla, supe que mi hermano Ahmad también había caído. No pude rescatar su cuerpo.
No hay ninguna belleza en lo que aquí he visto, todo ha sido muerte y destrucción.

Qasim Ibn Hasán partiría al año siguiente hacia Córdoba.
La ciudad de Córdoba todavía mantenía el antiguo esplendor de la capital califal de los Omeyas, la austeridad de los almorávides, llegados de unas tierras limítrofes con el desierto, no habían acabado con una belleza que aparecía en los ángulos más insospechados, muchas veces visible sólo por una pequeña línea de luz.

Qasim Ibn Hasán, nombrado ahora como Assaraqusti por las gentes, seguía una existencia sin mayores sobresaltos. Muchas eran las personas, las cosas, la forma de vida, perdidas; ya no existía el miedo, pero tampoco la esperanza, ni la ilusión. Ocupaba en el gobierno el mismo cargo que su hermano Ahmad; era uno de los capitanes encargados de la custodia de la puerta de Almodóvar. El peligro parecía muy lejano y las labores eran sencillas, anodinas. Era mucho el tiempo que le quedaba libre. Pasaba por ser un hombre piadoso, temeroso de Dios; su existencia, a sus treinta años emanaba tranquilidad a todos aquellos que trataban con él.

Visitaba a menudo la gran mezquita. Le gustaba respirar el aroma de las higueras del paseo junto al río, y, sobre todo, el de las flores de azahar del patio donde realizaba las abluciones necesarias para entrar en el recinto sagrado. Allí, el agua parecía más pura, casi esencia licuada directamente de los árboles, cuya sombra tan agradable le resultaba. No era difícil rezar en la mezquita. La oscuridad que unía las columnas, semejantes a palmeras, sólo se rompía con unas breves luces surgidas de pequeñas lámparas, matizadas entre el humo que brotaba de algunos pebeteros donde, continuamente, se consumía incienso, llegado de lejanas tierras.
Qasim iba atravesando el espacio que le separaba del mihrab, allí sí que había luz, aumentada por los dorados de las paredes.

Patio de lso Naranjos, Mezquita de Córdoba
El monólogo mantenido con Dios en aquel lugar, fluía con libertad; Qasim encontraba instantes de paz. Los oscuros pensamientos le abandonaban. ¡Qué sencillo era encontrar en aquel lugar el mensaje de la unidad! Cada uno de los colores que formaban los ejes del mihrab concluían en un solo punto, igual que la dorada cúpula en forma de estrella. Mirados desde la pared norte, los arcos bicolores iban produciendo una especial sensación de perspectiva que agrandaba el espacio, que emborrachaba el sentido de la vista y provocaba una especial configuración del espacio.

Un día de primavera, al abandonar la mezquita, embriagado por los aromas, momentáneamente cegado por la luz del exterior, fue deslumbrado por una visión que le dejó clavado en el sitio, sin aliento. Como pudo, asiéndose a la pared igual que un anciano que hubiese quedado ciego, llegó hasta el hammam cercano a la mezquita. Su corazón latía apresuradamente, parecía haber perdido el sentido. Unos esclavos nubios le despojaron de sus ropas. Tumbado en la sala cálida pudo recordar.

En una de las calles que llevaban desde la mezquita hasta el hammam había visto a una mujer, no llevaba velo, posiblemente porque era una hora temprana, y no pensaba encontrar a nadie en aquel camino poco transitado. No era angustia lo que Qasim había visto en el rostro de aquella mujer, fue una sonrisa, teñida de una posible timidez fingida que le recordó aquellas suras del Corán que prometen el paraíso a los fieles. La visión fue rápida.
Durante días, Qasim paseó por aquellas calles intentando volver a encontrarse con aquella mujer. No lo consiguió.

Varios meses después, cuando el fuego no se había consumido, sino avivado por el paso de las horas, Qasim fue invitado por Attar Ibn Hafsún, rico comerciante que había llegado, por oriente, hasta los confines del mundo, que había traficado con nativos de las tierras de Ifriqiyya y que llevó sus especias hasta los nebulosos reinos del norte. Attar Ibn Hafsún prometió una sorpresa durante la celebración.

No eran del gusto de Qasim estas fiestas; normalmente acaban en orgías en las que alguna vez había participado, pero que le dejaban tal sensación de hastío que desaparecía cualquier placer. La melancolía que, desde aquel día, acompañaba a Qasim, hizo que aceptase; quizá abrazado a alguna de las esclavas de la casa de Attar desapareciese la pena.

Caen desde el rosal
cuatro flores en la fuente.
El agua, teñida con su color,
recuerda los labios del amado.

Mecida entre los sones de un laúd, la voz clara, ligeramente aguda, con una pronunciación oriental muy marcada, hizo cesar el murmullo. Una cortina fue apartada por unas manos con tatuajes de henna y allí estaba la mujer que había encadenado a Qasim.

Era Aixa, poetisa venida desde las tierras de Siria. Había aprendido su arte en la ciudad de Damasco. Aquella misma noche, Aixa se entregó a Qasim. El encuentro de ambos fue secreto. Aixa no era libre. Comprada por Ibn Hafsún en Damasco, el comerciante había pensado regalarla a Alfonso, rey de Castilla. De nada sirvieron las promesas de amor, las promesas de conseguir su libertad; Aixa no quería aceptarla, su amor era un regalo de una sola noche y Qasim así debía tomarlo.

Aparentemente, Qasim no opuso ninguna resistencia. Otra vez perdía, no sucedía nada por ello. Una nostalgia antigua volvió a apoderarse de él. Pasaba a menudo por la calle cercana a la mezquita; dejaba que el vapor del hammam penetrase por los poros de su piel. Seguía siendo considerado como un hombre piadoso. Pero en ningún momento consiguió que la sensación de soledad desapareciese de él. Algunas mujeres compartieron su lecho.

Qasim consideró que había llegado el momento de realizar la obligación religiosa de viajar hasta La Meca. Recordó a su maestro Sad Al-Muchbar. Desde Algeciras embarcó hacia Tánger, allí comenzaría su periplo a la ciudad santa. Seguiría la ruta de las caravanas que cruzaban el desierto.

Por las noches, al acampar, Qasim solía separarse de sus compañeros. Le gustaba sentir la infinita soledad que fluía de la inmensidad del desierto. Contemplaba las estrellas, y como un susurro desde la lejanía llegaban a él las voces de los viajeros. Poco antes del amanecer, la caravana iniciaba su marcha, después de realizar las obligatorias postraciones hacia el sol naciente.
No sintió nada especial cuando pisó la ciudad de La Meca, no fue arrastrado por el fervor religioso que le podría haber salvado de sí mismo. Casi automáticamente, realizó los gestos que marca la tradición.

Permaneció unos meses por aquellas tierras. Visitó el lugar considerado reino de Balkis, la conocida por los cristianos como reina de Saba, la que inspiró a Salomón encendidos poemas de amor que iban más allá de lo humano. Vio cómo en las lindes del desierto nacía un vergel donde la gotas de resina manaban olorosas para transformarse en incienso. Se sentó a los pies de grandes palmeras, sintiendo la agradable frescura de la fronda. Por las noches escuchaba a los recitadores; narraban eternas historias de venganzas, pero también de amores que llevaban a la muerte; oyó hablar de una tribu cuyos hombres podían llegar a morir, asaeteados sus pechos por Eros.

El viaje de regreso atravesaría el desierto árabe para llegar hasta Palestina. También allí los cristianos estaban mostrando su fuerza. Viendo aquel inmenso desierto, Qasim entendió las historias de ejércitos enteros desaparecidos cuando iban a la conquista de Saba, tragados por la arena, el único botín conseguido en su conquista del sur.

Su destino era Damasco. Quería transitar por las calles de piedra, por donde sus pies habían dejado huellas que, sin duda, su corazón reconocería. La presencia de Aixa habría dejado, flotando, en el aire de la ciudad un aroma que respiraría en cada rincón. Recorrió las calles, pasó sus manos por las columnas de las mezquitas, apoyó su cuerpo en paredes ocultas, pero en ningún momento apareció aquella visión de las penumbras de una calle de Córdoba, junto a la mezquita.

Algunos cuentan que Qasim tomó la última determinación en lo alto de la muralla de la ciudad. Es cierto, pero cuán equivocados están aquellos que piensan que el martirio sería en defensa de la fe; el martirio lo sería, efectivamente, pero no por un Dios que le había hecho perder todo.

Lejos estaban los días en que los francos llegaron como una tormenta de destrucción a Tierra Santa, como ellos gustaban en llamarla; pero aquella mañana, con la salida del sol, llegó un ejército cristiano. Su intención era sitiar Damasco, conquistar la ciudad. El terror corrió entre las gentes. Se organizó la defensa. El enemigo no era lo suficientemente poderoso como para entrar en la romper las defensas, pero sí para mantener a sus habitantes cercados, sin posibilidad de comunicación con el exterior, dando lugar a que llegasen más francos y, entonces sí, todo estaría perdido. Se sabía que ejércitos cruzados tenían sitiada la ciudad de Edesa, allí la situación ya era desesperada. Si Edesa caía, Damasco sufriría la plaga de la conquista. Así pues, era absolutamente necesario combatir.

Tras un día de frenéticos preparativos y mutuas observaciones, llegó la noche. No fue reparadora como en otras ocasiones. Los que, al día siguiente, iban a enfrentarse con la muerte se revolvían inquietos en sus lechos, sin poder conciliar el sueño, mirando en la oscuridad de sus alcobas a la esposa y a los hijos que seguramente, simulaban dormir para no inquietar, todavía más, al que, quizá, no volvieran a ver.

Qasim también permanecía despierto en su lecho, pero su vigilia era distinta a la de los otros. No era inquietud lo que le impedía dormir, era una tranquilidad, un reposo absoluto, una especie de descanso interior que hacía innecesario el sueño. Ya conocía su destino, ya había decidido su punto final. Horas antes habló con el gobernador de la ciudad; se le había encomendado un grupo de pocos hombres para encabezar la carga de la caballería.

A la mañana siguiente, cuando Qasim vio preparado su corcel de guerra, no pudo menos que recordar aquellos versos de Abu Salt Umayya de Denia.

Blanco como el lucero del amanecer
Avanzaba orgulloso, enjaezado con la silla de oro.
Alguien dijo, envidioso,
¿Quién ha embridado la aurora
y ha ensillado el relámpago?

Se abrieron las puertas de la ciudad. Poco a poco los caballos fueron lanzándose a un feroz galope. El choque fue brutal. Qasim no sintió el rasgar de su propia carne. Comenzó a perder fuerzas; se agarró como pudo al cuello de su montura. Sin una mano que le llevase hacia el peligro, el corcel se fue alejando del escenario de la batalla. A lo lejos se veía un grupo de palmeras, ignorantes del destino de destrucción y sufrimiento.
Al llegar junto a una pequeña fuente, Qasim cayó y, entre el sonido del agua al brotar, escuchó:

Caen desde el rosal
Cuatro flores en la fuente.
El agua teñida con su color
Recuerda los labios del amado.

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DE TAL PADRE, TAL HIJO

IMÁGENES DEL JAPÓN CONTEMPORÁNEO

DE TAL PADRE, TAL HIJO

Pelicula-de-tal-padre-tal-hijoDE HIROKAZU KORE-EDA

Ryota, un ejecutivo de alto nivel, es consciente de la necesidad de trabajar duro para poder conseguir una cierta posición social; por ello intenta grabar este mensaje en su hijo Keita. Trabajo y esfuerzo que obligan a que los sentimientos permanezcan ocultos. Una llamada de la maternidad donde fue atendida Midori, la esposa, va a cambiar radicalmente la visión del mundo de dos familias, pues se descubre que dos bebés fueron con cambiados y Keita no es el hijo biológico de Ryota y Midori.

De-tal-padre-tal-hijo-Familia1Ryota va a tener que enfrentarse a sí mismo, tendrá que descubrir que la sangre y el trabajo son valores que, en su caducidad, es necesario analizar, de otra forma se puede perder una parte muy importante de la persona: los sentimientos, los cuales permanecen escondidos hasta que unas fotografías desconocidas desvelan la verdad callada del amor.

De-tal-padre-tal-hijoTodo ello, que podría haber dado paso a una interpretación patética de la existencia, se describe desde el equilibrio que caracteriza el tratamiento de estas cuestiones en la cinematografía de Kore-Eda, y casi podríamos decir en buena parte de la japonesa. Y, curiosamente, en esa lucha de lo cotidiano, van a ser los niños la pieza fundamental para el auto descubrimiento de los adultos, dominados por la entrega a la frialdad del mundo de la empresa o por la sumisión y el dolor de una madre, Midori. Ante ellos, la familia de Yudai es la alegría de vivir con la naturalidad que lleva a aceptar la existencia tal y como es.

de-tal-padre-tal-hijoLas relaciones familiares y la necesaria sinceridad para aceptar la vida y los sentimientos son algunos de los temas que orientan la producción cinematográfica de Hirokazu Kore-Eda (Tokio, 1962): Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004), Hana (Hana Yori mo naho, 2006), Caminando todavía (Aruitemo Aruitemo, 2008), Milagro (Kiseki, 2011), De tal padre, tal hijo (Soshite Chichi ni Naru, 2013) o Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015).

Hirokazu-kore-edaHana relata, en el marco del siglo XVIII, una falsa historia de una venganza familiar que se convierte en una magnífica excusa para retratar la vida en un barrio pobre de Edo. Más allá de este argumento, en buena parte de sus películas, Kore-Eda, hace que el mundo de la infancia cobre una importancia central, así es De tal padre, tal hijo, aunque en ella no se llega al punto de mirar la realidad desde los ojos de un niño, como sí sucede en Kiseki. Sea desde la focalización de un niño, o no, en los filmes de Kore-Eda, reconocida por él mismo, está la influencia de una de las cinematografías más clásicas japonesas, la de Yasujiro Ozu, como representación de la cotidianidad, aunque desde Occidente no podamos obviar esas lentes orientalistas que miran para encontrar lo exótico: El sabor del té verde con arroz (1952), Tokyo Monogatari (1953) Ohayo (1959).

De-tal-padre-al-hijoDe tal padre, tal hijo recibió dos importantes premios europeos cuando fue estrenada en 2013: el del Jurado en el Festival de Cannes y el del Público en el de San Sebastián. En ella nos encontramos con algunos de los aspectos sobre los que merece reflexionar. Ahí está el enfrentamiento entre un Japón antiguo y moderno; para el primero, el valor de la sangre, la entrega total a la empresa como si de una familia feudal se tratase, la negación del sentimiento que se esconde ante una aparente armonía, todo ello, además de en el personaje de Ryota, se encuentra representado en la figura del Director de la empresa en la que éste trabaja, desde su ambigüedad, que bien puede llamar al equívoco, pues no se puede llegar a afirmar que sea una duda, sino más bien un engaño, el Director llega a plantearle a Ryota que los tiempos en los que el asalariado se entregaba a la empresa como si de un vasallo se tratase, han acabado; aunque, a la vez, recurre a sugerir la posibilidad de una adopción del hijo biológico que no lo es según el Registro Civil; en ello hay un eco de una práctica muy común en lo que bien podríamos denominar el Japón del Antiguo Régimen. Es evidente que aquí también está lo contemporáneo: la problemática del hijo único –un tema tan frecuente en la narrativa de Haruki Murakami-, o la presión a la que son sometidos los niños en pro de alcanzar unos objetivos educativos que se plantean desde muy temprana edad.De-tal-padre-tal-hijo

 

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MAQROLL EL GAVIERO

EL ASESINATO DEL DUQUE DE ORLEÁNS Y LAS EMPRESAS DE MAQROLL EL GAVIERO

Alvaro-MutisEn la lectura de las obras de Álvaro Mutis se hace evidente el interés del autor por épocas pasadas, confirmado, por otra parte, en diversas entrevistas que le fueron realizadas en las cuales, además de definirse como monárquico legitimista y gibelino, afirma que el último acontecimiento de la Historia que realmente le interesa es la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453; manifestación a todas luces que buscaba simplemente la provocación, pero que ahora me interesaba recordar dado el tema que quiero tratar.

Antes de entrar plenamente en la cuestión del asesinato del Duque de Orleáns no estaría de más recordar que en fechas cercanas a la publicación de la novela La Nieve del Almirante, primera del ciclo Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, Álvaro Mutis presenta el que, como ya he afirmado en otras ocasiones, me parece su mejor libro de poesía, Los Emisarios, año 1983. Entre los poemas de historia, amor, muerte y aventura que lo forman, ahora destacaré el titulado “La visita del Gaviero”, una de sus muchas composiciones en prosa protagonizadas por Maqroll, espejo vagabundo del mismo escritor. Ambos, Álvaro Mutis –en la forma del narrador- y personaje vuelven a encontrarse, para hablar, porque la palabra es la guía una relación que se va prolongando más allá del tiempo y del espacio.

Cesar-borgia“En realidad vine para dejar con usted estos papeles. Ya verá qué hace con ellos si no volvemos a vernos. Son algunas cartas de mi juventud, unas boletas de empeño y los borradores de mi libro que ya no terminaré jamás. Es una investigación sobre los motivos ciertos que tuvo César Borgia, Duque de Valentinois, para acudir a la corte de su cuñado el Rey de Navarra y apoyarlo en la lucha contra el Rey de Aragón, y de cómo murió en la emboscada que unos soldados le hicieron, al amanecer, en las afueras de Viana. En el fondo de esta historia hay meandros y zonas oscuras que creí, hace muchos años, que valía la pena esclarecer. También le dejo una cruz de hierro que encontré en un osario de almogávares que había en el jardín de una mezquita abandonada en los suburbios de Anatolia. Me ha traído siempre mucha suerte, pero creo que ya llegó el tiempo de andar sin ella”.

Vida_vasca_1936_viana_cesar_borgiaObservamos aquí dos intereses históricos que aparecen en diversos momentos de la obra de Álvaro Mutis: César Borgia, sobre el cual en Los Emisarios se contiene “Funeral en Viana”, también presente en un artículo publicado en la revista Novedades de México el 10 de mayo de 1980; la muerte del Duque de Valentinois es descrita así: “Acompañó a su cuñado en una expedición contra España y murió en Viana en una emboscada nocturna. Luchó como un león sin proferir una palabra. Acribillado por las lanzas enemigas, su cadáver fue recogido al día siguiente y recibió cristiana sepultura con los honores de un gran guerrero”.

El otro episodio es el de los almogávares que estará presente en uno de sus últimos trabajos narrativos, el relato “Jamil”, contenido en Tríptico de mar y tierra (1993): “Fue así como caí en la cuenta de que Jamil había asimilado a su manera mis charlas con mosén Ferrán sobre las incursiones de los almogávares y había hojeado también varios de los libros sobre el tema que solía prestarme nuestro amigo y en cuyas láminas, de seguro, se inspiraba para crear sus historias”.Almogavar-moreno-carbonero

En la misma “La visita del Gaviero”, Álvaro Mutis pone en boca de Maqroll, otra vez, recuerdos de los tiempos de esplendor de Borgoña en plena otoño de la Edad Media, tal y como nombró a esta época el historiador Johan Huizinga

“Bajé, luego, a los puertos y me enrolé en un carguero que hacía cabotaje en parajes de niebla y frío sin clemencia. Para pasar el tiempo y distraer el tedio, descendía al cuarto de máquinas y narraba a los fogoneros la historia de los últimos cuatro grandes Duques de Borgoña. Tenía que hacerlo a gritos por causa del rugido de las calderas y el estruendo de las bielas. Me pedían siempre que les repitiera la muerte de Juan sin Miedo a manos de la gente del Rey en el puente de Monterau y las fiestas de la boda de Carlos el Temerario con Margarita de York. Acabé por no hacer cosa distinta durante las interminables travesías por entre brumas y grandes bloques de hielo. El capitán se olvidó de mi existencia hasta que, un día, el contramaestre le fue con el cuento de que no dejaba trabajar a los fogoneros y les llenaba la cabeza con historias de magnicidios y atentados inauditos. Me había sorprendido contando el fin del último Duque en Nancy, y vaya uno a saber lo que el pobre llegó a imaginarse. Me dejaron en un puerto del Escalda”.Asesinato-de-juan-sin-miedo

Tal episodio sucede poco después de las andanzas del Gaviero por los páramos. Es en el mar donde ahora se rememoran sus tiempos de los grandes Duques de Borgoña: la muerte de Juan sin Miedo en el puente de Montereau, las fiestas de la boda de Carlos el Temerario con Margarita de York, la muerte en batalla del último de los Duques de Borgoña en Nancy: guerra, fiestas, bodas, muerte, traiciones, crueldad…, en definitiva, contrastes, los mismos que vamos a encontrar en el relato de La Nieve del Almirante, publicado en 1986. Tales contrapuntos están reflejados ya desde los inicios de la producción narrativa de Álvaro Mutis; recordemos que La Mansión de Araucaíma (publicado en 1973) nace de la voluntad de situar un relato gótico en tierras del trópico, cuando el ambiente de estos está situado en las nieblas de inquietud que rodean las mansiones inglesas o en las brumas ominosas que cercan los castillos mediterráneos.

Sorprende de presencia del Medievo francés en un ambiente como es el de la selva por la que discurre el cauce del río arquetípico, fusión de topos ficticio y realidad, el Xurandó, por el que viaja, más interior que físicamente, Maqroll el Gaviero, hacia una de sus empresas que solo en la imaginación no son naufragio.

Carlos-el-temerarioLo medieval francés y borgoñón aparece en La Nieve del Almirante en el texto introductorio, cuyo protagonista es un narrador, alter ego del mismo Álvaro Mutis, en muchos episodios de la vida de Maqroll. En este caso, el personaje encuentra en una librería del barrio Gótico de Barcelona, un libro viejo: la Enquête du Prevôt de París sur l’assessinat de Luis Duc de Orleans, publicada en la Bibliothèque de l’Ecole de Chartes en 1865 debida a Paul Raymond, en este volumen se contiene “la escrupulosa investigación del historiador francés sobre el alevoso asesinato del hermano de Carlos VI de Francia, ordenado por Juan sin Miedo, duque de Borgoña”. Un asesinato especialmente salvaje, ¿cuál no lo es? Sucedido en la noche del 23 de noviembre de 1407 en la calle Vielle du Temple en París. El suceso acabó con tres cadáveres con uno de los cuales, los asesinos se habían ensañado especialmente, pues tenía la mano derecha amputada y su cabeza había sido golpeada de tal manera que se había esparcido la masa encefálica. Este cuerpo, vestido con lujoso ropaje, era el de Luis de Orleáns. Paul Raymond edita las notas del agente del rey en París (Prévôt –un Preboste, según DRAE, es el ‘oficial nombrado en tiempo de guerra para velar sobre todo lo concerniente a la policía’-), posiblemente Charles de Albret, custodiadas en los Archivos de la Prefectura de los Bajos Pirineos, serie E, familia D’Albret, año 1407, en la Bibliothèque de l’Ecole de Chartes, Revued’Érudition consacré espécialement a L’Étude de MoyenAge (Vingt-Sixiémeannèe. Tomé Premier) –que puede localizarse en la Bibliothèque Nationale de France- Gallica-Digital-.

Asesinato-del-duque-de-orleans¿Qué es lo que sucedió?, si es que en algún momento puede llegar a esclarecerse totalmente un crimen.

Al morir Carlos V de Francia, hereda el trono su hijo Carlos VI; debido a su minoría de edad, la regencia recae en sus tíos: Luis de Anjou, Felipe el Atrevido de Borgoña, Juan de Berry y Luis de Borbón. La rivalidad entre ellos, les lleva a repartirse el Reino y llegar a una situación muy cercana a la guerra civil. Debido a la inestabilidad emocional de Carlos VI, la regencia se prolonga más allá de su mayoría de edad, hasta que en 1383, tres años después del comienzo de su reinado (1380-1422), en Reims, el monarca retira su confianza los regentes en pro de su hermano, Luis de Orleáns y de los consejeros que fueron de su padre Carlos V. Al hacerse evidente que Carlos VI no puede gobernar, Luis de Orleáns toma las riendas de la corte y de la Política exterior, dejando las tareas administrativas del gobierno del Reino a los consejeros del anterior monarca.

A la muerte, en 1404, de Felipe el Atrevido, el Ducado de Borgoña recae en su hijo, Juan sin Miedo, el cual acaudilla a los descontentos con Luis de Orleáns y acaba preparando y ordenando su muerte, el año 1407; magnicidio que llevaría al país a una guerra civil entre Armagnacs (representantes de los más poderosos de la pirámide feudal) –implicados directamente por Luis de Orleáns, casado con Bona de Armagnac- y los Borgoñones, apoyados desde la demagogia y el oportunismo, equivalentes al populismo, por los gremios y burgueses urbanos. Más allá de todos estos sucesos, de la batalla de Agincourt (octubre de 1415) y de las diferentes alianzas que marcaron el desarrollo final de la guerra de los Cien Años, Juan sin Miedo sería asesinado en 1419 en el puente de Montereau, donde había acudido para pactar una tregua con Carlos de Orleáns, futuro Carlos VII.

Es indiscutible el contraste que hay entre una historia como ésta y el periplo que está realizando Maqroll por el río Xurandó, que, por otra parte, no impide que el Gaviero llegue a abstraerse en la lectura, abandonando un paisaje que no siente como propio:

Maqroll-el-gaviero“con la luz de la tarde y hasta cuando tuve que encender la Coleman avancé en el libro de Raymond sobre el asesinato del Duque de Orleáns. Habría mucho que decir sobre este asunto. No es la ocasión ni el ánimo se inclina a esta clase de especulaciones. De todos modos, es curioso anotar la falta de objetividad del informe que rinde el Preboste de París a raíz de cometerse el crimen y la concomitante falta de malicia del autor que lo recoge y comenta. Los móviles de un crimen político son siempre de una complejidad tan grande y se mezclan en ellos motivos escondidos y enmascarados tan complejos, que no basta la relación minuciosa de los hechos ni la trascripción de lo que sobre el asunto opinaron las personas involucradas para sacar conclusiones que pretendan ser terminantes. El alma retorcida del Duque de Borgoña oculta abismos y laberintos harto más tortuosos que lo que el buen Preboste alcanza a percibir y Raymond intenta dilucidar”.

Y toda esta elucubración en un ambiente de selva, de una “oscura muralla vegetal que nos ha de tragar dentro de unas horas”, en una atmósfera de fetidez sobre aguas lodosas; para así producir el contraste enriquecedor de las sensaciones descritas.

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Llegaron con el viento

DE AKIRA KUROSAWA A ANTOINE FUQUA

THE MAGNIFICENT SEVEN

Uno de los motivos, casi metáfora, más que imagen, del cine de Akira Kurosawa es el viento; así sucede en ese canto a la Humanidad que es Barbarroja (Akahige, 1965), aunque se hace muchos más evidente en sus películas de samuráis, sobre todo en Yojimbo (1961) y en Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954); esta última me interesa de una manera especial, puesto que tengo en mente el último remake hasta la fecha de este filme fundamental en la creación artística del “Emperador” del cine japonés.Siete-samurais

El viento, en las películas de Akira Kurosawa, anuncia cambios y produce el desasosiego de no saber qué va a suceder en el futuro, cargado, por otra parte, de oscuros presagios, pues sopla en tierras marcadas por la violencia y la desgracia. Posiblemente sea por ello por lo que también significa la llegada de alguien que carga con un pasado de sangre y al que acompaña la muerte. El viento también aúlla como si desease manifestar el dolor de vivir, cuando la existencia se hace difícil de soportar. Recordemos esa secuencia perfecta, la segunda de Los siete samuráis, en la que, desde un encuadre en picado, mientras el viento aúlla y arrastra el polvo, se expresa el dolor de los campesinos que viven bajo la amenaza de los bandidos, mediante la descripción de una aldea muy similar a las que sirven como escenografía a los western rodados en Almería. A la vez que todo lo anterior, el viento es una corriente que arrastra la suciedad de un mundo corrompido. Barre las calles del pueblo en el que se forma el grupo de los siete samuráis; de una cortina de polvo llevado por la tempestad surge la figura de Yojimbo. Este fenómeno atmosférico llegará a su culminación en la batalla final en la tormenta que purifica, como ceremonia de muerte y agua, el valle en el que después de la explosión de violencia todo volverá a ser como siempre; hasta para unos samuráis que, después de jugarse la vida, son rechazados por una comunidad que no puede admitir su presencia, porque es indigna, aunque parezca que es porque ellos son un símbolo de la violencia en una tierra que quiere ser idílica.Yojimbo

Es muy posible que Akira Kurosawa recibiese la imagen del viento como metáfora cinematográfica de las muchas películas estadounidenses que vio antes de comenzar su carrera; ahora bien, lo que es indudable es que él se convertiría en un referente durante el desarrollo del western a lo largo de la década de 1960; Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari), una coproducción italiana, española y alemana, se estrenó en 1964 y es una versión de Yojimbo; La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più) –ambas de Sergio Leone- es de 1965; el ambiente en las dos es muy similar; de la misma manera, aunque más temprana Los siete magníficos (The magnificent seven) de John Sturges, de 1960, marcada directamente por Los siete samuráis de Akira Kurosawa.

El viento sigue siendo un elemento fundamental en el desarrollo simbólico de la nueva versión de Los siete magníficos (2016) de Antoine Fuqua.Los-siete-magnificos

Aunque poco quede de la primera historia realizada por Akira Kurosawa –lo cual no niega los valores que esta nueva versión tiene- es interesante leer Los siete magníficos desde las claves que marcaban el desarrollo simbólico de Los siete samuráis: el viento, la violencia, la muerte, la purificación, la justicia y la soledad.

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El mar y la amada

DOS EXPRESIONES PARA LA MANIFESTACIÓN DEL TODO EN PEDRO SALINAS

A Gioconda, en el Caribe.

Horizonte-de-marEL CONTEMPLADO

PEDRO SALINAS

Tema
 
De mirarte tanto y tanto,
del horizonte a la arena,
despacio,
del caracol al celaje,
brillo a brillo, pasmo a pasmo,
te he dado nombre; los ojos
te lo encontraron, mirándote.
Por las noches,
soñando que te miraba,
al abrigo de los párpados
maduró, sin yo saberlo,
este nombre tan redondo
que hoy me descendió a los labios.
Y lo dicen asombrados
de lo tarde que lo dicen.
¡Si era fatal el llamártelo!
¡Si antes de la voz, ya estaba
en el silencio tan claro!
¡Si tú has sido para mí,
desde el día
que mis ojos te estrenaron,
el contemplado, el constante
Contemplado!

El contemplado (1946)

Pedro-salinasDiez años después de verse obligado a abandonar España, Pedro Salinas se encuentra con un venero que va a permitir fluir de nuevo su poesía desde el manantial de la lengua reencontrada en el cauce de lo cotidiano; porque el escritor necesita de la fuente que es su idioma materno, porque sólo en el Español puede encontrar Pedro Salinas la capacidad de expresar su mundo interior y poético. Y todo ello para originar una experiencia que acaba en las palabras del silencio, que va desde la mirada al poema, con el silencio, de los labios y la voz, pronunciado en la lectura hecha de introspección callada y de ritmo interno que es música no oída. Paradojas de la vía mística. En 1946, Pedro Salinas va a dar a la luz su libro El contemplado.

Pedro Salinas fue profesor visitante de la Universidad de Puerto Rico entre 1943 y 1946.

En una carta fechada en San Juan de Puerto Rico el 9 de febrero de 1946, Pedro Salinas, después de mucho tiempo –por causas debidas al miedo a la censura-, vuelve a escribir a Katherine Whitmore, y entre otras muchas cosas hace referencia al mar, que es como una metáfora que bien pudiera sustituir al sentimiento tan apasionado que durante tantas cartas y poemas fue uno de los motivos para la escritura:

“esta isla es un encanto. Sol, luz maravillosos. Un mar de hermosura constante, lleno de espumas alegres. La temperatura, para algunos un poco demasiado calurosa, a mí me gusta mucho, Vive uno con las ventanas abiertas de par en par, diez meses al año, día y noche. Y ahora, en febrero y marzo, se cierra la mitad a la hora de dormir. El gabán es desconocido. Clima sin igual para el que no necesita como yo ir y venir mucho, agitarse. He pasado horas hermosísimas frente al mar. He escrito un poema (un conjunto de quince poemas) sobre ese mar de Puerto Rico”.

Pedro-salinas-el-contempladoEn Puerto Rico, ante unas aguas que recuperan ecos de las palabras pronunciadas en la patria misma, Pedro Salinas recibe el don de ver una realidad en la que se borran las fronteras separadoras de lo físico y el espíritu. En una carta a Katherine Whitmore, fechada en el Altet el 14 de agosto de 1932, el poeta había escrito: “desde aquí, desde esta orilla, parece que detrás del azul del horizonte está al alcance la tierra donde vives. ¿Une el mar o separa? Une para separar; une por la vista, separa por el espacio”.

Una contemplación implica un atreverse a mirar con los ojos de la trascendencia para ir más allá de la realidad que se está viendo. Tales observaciones pueden producirse en distintas circunstancias: ante una experiencia religiosa, estética o amorosa, todas ellas pueden ser provocadoras del alcance de lo absoluto, la visión extática que abre los ojos al misterio de la mística.

Pedro-salinas-fotoY se produce el milagro, previo a estas palabras, de un día claro, cuando el viento ha limpiado de nubes el cielo. Silencio entre cuatro paredes blancas, aunque de fondo, a lo lejos, el murmullo de la ciudad que va desapareciendo. Las palabras escritas, con un ritmo hecho de interior, atemperan cualquier sonido, hasta el que procede de un alma desbocada que no sabe de asidero. El milagro es la lectura de unos poemas que acallan el tiempo, porque la letra no es un ruido ensordecedor cuando encuentra los ojos para los que ha sido escrita y produce ecos en el pecho que hacen vibrar el alma.

La acción contenida en el poema es sencilla y grandiosa a la vez, pues es mirar, pero con un movimiento que lleva a los ojos desde la inmensidad del horizonte hasta la cercanía de la arena, desde el celaje que es la bruma sobre el mar hasta el caracol yaciente en la playa. Grandiosa, también porque no es ver simplemente arena, bruma, horizonte o caracola, es percibir también un brillo que es pasmo. Éste es el asombro que acompaña a toda emergencia del ser tras la cual, aunque sea balbuceando, es posible dar un nombre; tal y como ocurrió con Adán al encontrarse ante la maravilla de la creación. Un sustantivo es una palabra que, en este caso, no es pronunciada sino vista, es la letra, pues, tal y como dice Pedro Salinas: “los ojos te lo encontraron, mirándote”. ¿En todo momento se refiere ese “te” al mar? El poeta se encuentra ante él, pero en la oscuridad de la noche “soñando te miraba”, los ojos no pueden verlo, así que ese “te” es otra realidad que “maduró”, la de la amada que más allá de la posibilidad de vivir en la pasión sigue existiendo “al abrigo de los párpados” cerrados ante el dolor de lo perdido.

Confluye la experiencia del contacto con los elementos -el mar- y el recuerdo -la amada- madurado éste en el tiempo; y, así, desciende a los labios el nombre que todo ha de contener, redondo como la figura perfecta de una esfera, alma del mundo platónico.

Es necesario pasar por la oscuridad del alma, bien lo supo expresar san Juan de la Cruz, para llegar al brillo máximo que se ve aún con los ojos cerrados en la noche y en el silencio. El proceso llevará a la fatalidad, que no es la tragedia sino el destino, la culminación de un proceso que también es la vida: “¡si era fatal el llamártelo!”. Así llega a los labios, que son la materia, la pronunciación de lo que es espíritu e iluminación, expresado en “el constante Contemplado”.

Este Contemplado que surge de la experiencia (el contemplado) es como Dios en una mística agnóstica cuya religión está en volver a ligar en una unidad el pasado con el presente; en definitiva, en dar un sentido total a la dispersión que es la vida. No podía ser de otra manera para un poeta que hizo de la belleza y del amor su absoluto; para un hombre que, en los momentos más terribles de la vida, cuando se aproxima la sombra, no quiso rezar, aunque siempre sus palabras fueron oración, pues clamar desde lo profundo cuando el miedo es acuciante, es una muestra de cobardía.

El amor absoluto deja huellas imborrables en la luz y en la inmensidad de las aguas; es por ello por lo que en los pronombres tú y yo, que siguen marcando las dos presencias de “El contemplado”, son un eco de aquel momento en que, ante otro mar, el Mediterráneo, Pedro Salinas lo veía como apartamiento pero también como superficie de aguas que ponen en contacto dos orillas, la del tú, la amada, y la del yo del poeta.

Katherine-whitmoreTambién contemplando el mar, desde El Altet el 16 de noviembre de 1935, Pedro Salinas describe cómo desde la “materia bruta”, que es la vida cotidiana, se produce la transformación hacia la poesía: “Y es verdad. Los hechos en sí no son nada; se ejecutan de un modo mecánico, así se toma el tren, o el taxi; son materia bruta de la vida. Pero de pronto les da una luz, les alumbra una significación y cobran un valor único, sin par; se convierten en milagros. El carbón y el diamante son de la misma materia. ¡Pero quién los confundiría! Así los hechos. Muchos, casi todos, son hechos carbón, pero los hay diamante, puros, claros, durísimos e inolvidables” (Cartas a Katherine Whitmore. El epistolario secreto del poeta del amor. Pedro Salinas).

Birth of Aphrodite. Altar of Aphrodite, so-called “Ludovisi Throne”. Marble. First third of the 5th century B.C. Rome, Roman National Museum, Palazzo Altemps.El martes 2 de agosto de 1932, Pedro Salinas escribe a Katherine Whitmore. En ese verano ella está viajando por España y en la carta, el poeta recuerda el primer encuentro de ambos en la clase que éste daba sobre la Generación de 1898, a la cual ella llegó con retraso. La epístola está fechada en Madrid, donde Pedro Salinas ha comenzado a dar clases de Literatura Contemporánea en el Curso de Verano de la Residencia de Estudiantes; Katherine, en esos momentos está en Valencia:

“Ayer la clase era una forma más de tu huida; y tanto más dolorosa cuando que por ella viniste, cuando fue el lugar del mundo designado por los dioses -¡sí, sí, por los dioses!- para tu aparición sobre la tierra. ¡Momento mágico, inolvidable en que yo vi surgir lentamente de la nada, unos ojos, unos labios, un cuerpo, un ser humano detrás del cual sentí temblar una luz intacta, pura, nueva, de la vida! Te aseguro que la Mitología, que me gusta mucho, jamás ha hecho nada tan perfecto. Ningún nacimiento de Venus –ni el relieve griego, ni Botticelli- tiene ese patetismo, esa profundidad de sentimiento, que el verte a ti nacer, no sé de dónde, del olvido, de lo inexistente, del cielo, o más bien de ti misma. Sí, porque naciste de ti misma. Yo vi primero tus apariencias corporales. Fueron el signo, como la seña indicadora. Pero luego, poco a poco, según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada. ¡Prodigio, milagro, asombro! Y lo más raro es que todo ello se verificaba, sucedía, sin que nadie se diera cuenta, más que yo –ni tú siquiera-, en un lugar y ambiente que nada tenían de milagrosos, en una clase… Nadie notó nada, nadie advirtió nada. Pero aquella noche, al salir de clase, el mundo llevaba encima una ilusión nueva, un anhelo más” (Cartas a Katherine Whitmore).

El epistolario de Pedro Salinas a Katherine Whitmore Reding fue entregado para su custodia por ella a la Houghton Library de la Universidad de Harvard, en 1979, acompañado de una nota que trata de cómo fue la relación desde la que surgiría uno de los más hermosos libros de poesía amorosa de la Literatura Española. Aquí, en palabras de Katherine Reding se lee cómo fue el comienzo de su relación con el poeta:

“En el verano de 1932 fui a Madrid a estudiar y a estar con mi amiga y colega, Miss Caroline Bourland, jefa del Departamento de Español de Smith College. Ella me aconsejó que me matriculara en la clase de Generación de 1898 que Salinas impartía. Lo hice, pero llegué tarde a la primera sesión. La única silla libre estaba al final, a la derecha de una mesa muy larga, desde la que sólo podía ver al profesor si alargaba el cuello y esforzaba la vista como podía. Cuando acabó la clase, salí corriendo sin hablar con nadie. A la segunda clase no fui, pero poco después Miss Bourland se encontró a Salinas por la calle. Se pusieron a charlar y en medio de la conversación la invitó a cenar. (La familia de él se había ido de vacaciones). Ella aceptó encantada y entonces él, como quien no quiere la cosa, le dijo que había oído que tenía una amiga durmiendo en su casa. ¿Vendría ella también? Yo no quería ir. Mi español era todo menos fluido y estaba segura de que Salinas sólo me había invitado por educación. Sin embargo, Miss Bourland me dijo que me perdería algo muy agradable, así que acepté. ¡Hay que ver cómo los acontecimientos más maravillosos dependen de las decisiones más triviales! Más tarde descubrí que ni la invitación a Miss Bourland ni el preguntar por su invitada fue algo casual. Me había visto en clase. Ya había caído el relámpago y la persecución había comenzado”.

Nacimiento-de-venus-botticelliLejanos en el tiempo están los días de lo absoluto del amor, al poco de conocer a Katherine Whitmore, pero ahí está ella, en esta contemplación del mar en Puerto Rico, en el cual el juego de los pronombres es el mismo que encontramos en La voz a ti debida: “¡Si tú has sido para mí, desde el día que mis ojos te estrenaron!”.

Primero, el mar, aunque sea una experiencia iluminadora más tardía, casi de cuando el final se acerca; ahora la amada, desde una carta dirigida a Katherine Whitmore, escrita en Madrid el dos de agosto de 1932. En ella está el deslumbramiento de los comienzos del amor.

En verano de 1932, Katherine Whitmore está viajando por España y entre sus actividades se encuentra la participación, como alumna, en un curso sobre la Generación de 1898 que Pedro Salinas imparte. Ella, como recuerda en un texto publicado junto a las cartas escritas por Pedro Salinas, en el libro ya citado, llegó tarde a su primera clase y se vio obligada a sentarse en un lugar prácticamente fuera de la vista del profesor. Sin embargo, cuando el amor llega lo hace de una manera arrebatada, sin que importe ni vida, ni espacio, ni tiempo. Ahí está el comienzo. Algunos días después, mientras Katherine está en Valencia, Pedro Salinas volverá a experimentar lo absoluto que es el amor. Ha comenzado sus clases de Literatura Contemporánea en el Curso de Verano de la Residencia de Estudiantes en Madrid, pero su realidad interior es otra.

Esta carta del 2 de agosto de 1932 es una rememoración, en un momento de reciente alejamiento, del principio del amor, expresado desde la imagen del nacimiento de Venus, desde lo pagano, pues una iluminación de pasión de un ser humano hacia otro se aleja de la mística cristiana; es necesario el mundo de los dioses para que este sentimiento brote; se trata de la misma frontera, casi herejía que marcan los poetas del Amor Cortés, tan bien conocidos por Pedro Salinas. Ahora bien, en esta carta, su emisor habla de una experiencia trascendente que, entre exclamaciones –como no podría ser de otro modo- califica de “¡Prodigio, milagro, asombro!”. La utilización de estos términos en un especialista de los estudios literarios –aquí estamos hablando del filólogo profesor- no es aleatoria; en ella se aúna el prodigio pagano, el milagro cristiano o y el asombro estético con la finalidad de expresar aquello que va más allá de la experiencia cotidiana; todo ello calificado mediante una serie de términos muy abundantes en el texto como momento mágico, inolvidable, luz intacta, pura, nueva de la vida.

Relieve-de-sarcofago-en-villa-borghese-roma-del-siglo-iiiLa referencia al nacimiento de Venus está plenamente justificada desde la rememoración del nacimiento del amor, que es, también, el momento de percatarse de la Belleza expresada aquí en la figura femenina, metamorfoseada a consecuencia de la mirada, especial desde el sentimiento, del poeta: “según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada”; pues a los ojos del enamorado, la realidad, incluso lo físico, se transforma por efecto del sentimiento que crea, de la nada, lo absoluto.

Por otra parte, cabe recordar que este tema mitológico como expresión de la experiencia estética lo encontramos también en una de las obras de Juan Ramón Jiménez, considerado, en unos primeros momentos como uno de los maestros de las innovaciones propugnadas por los poetas del 27. En Diario de un poeta recién casado, Juan Ramón Jiménez, en su poema en prosa “Venus”, describe el malogrado nacimiento de la diosa Afrodita, en medio del océano Atlántico, como culminación de un proceso que da lugar a uno de esos poemas que tan bien expresan la transformación poética de la realidad en eternidad.

El-nacimiento-de-venus-alexandre-cabanelAsí sucede también con Pedro Salinas en los dos textos que aquí hemos comentado. Desde la nada que es lo cotidiano carente de una mínima pasión se llega a la culminación mística de la luz que es tanto la perfección del cuerpo de la amada –por eso se escoge el Nacimiento de Venus– como percepción de un paisaje como es el contemplado en Puerto Rico en el cual el recuerdo de la amada se encuentra en esa presencia tan característica de la poesía de Pedro Salinas, como es el de los pronombres: “Sí, porque naciste de ti misma. Yo vi primero tus apariencias corporales”; pronombres Tú y Yo que no pueden vivir alejados una vez que la criatura ajena, el tú, deja de ser para transformarse en una “criatura revelada” que da sentido a la existencia del poeta.

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CERVANTES

UNA PELÍCULA DE AVENTURAS

Cartel-de-cervantes-1967Cuando un ser humano se convierte en arquetipo de una cultura, de un país o de un momento histórico, se transforma también en un mito; entonces, su vida deja de ser una mera biografía en la que sólo caben los datos documentalmente demostrables. Así sucede con la novela de Bruno Frank, publicada en 1934, A man called Cervantes. Ésta sirve como argumento para la película Cervantes, coproducción italiana, francesa y española, dirigida por Vicent Sherman en 1967, interpretada por Horst Buchholz (Miguel de Cervantes), Gina Lollobrigida (Giulia), José Ferrer (Hasán Bajá), Louis Jourdan (Cardenal Acquaviva), Francisco Raval (hermano de Miguel), Fernando Rey (Felipe II) y Soledad Miranda (Nea)            Horst-buchholz-como-cervantesDesde una clave de película de aventuras, en Cervantes se relatan los años en la vida de Miguel de Cervantes desde el momento en que entra al servicio del Cardenal Acquaviva, hasta que es liberado de su cautiverio en Argel.

Contada desde la ficción en la que se convierten las vidas reales de los mitos, Vicent Sherman quiere mostrar desde el primer momento el que fue uno de los principios que rigen la obra de Miguel de Cervantes: la Libertad. Al principio de la película, de hecho, se citan esas palabras de don Quijote que son una de las más grandes definiciones de la necesidad que el ser humano tiene de la Libertad:

“La libertad, Sancho, es uno de los preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (Capítulo LVIII, Segunda Parte).

Batalla-de-lepanto-en-la-pelicula-cervantes-1967Miguel de Cervantes es en esta película un aventurero de capa y espada: duelos, batallas –la de Lepanto, especialmente-, valentía, rebeldía y amores con una cortesana veneciana, Giulia, o una esclava en Argel, Nea. Alejado, desde luego, de ese personaje sombrío con el que se le suele representar.

A todo ello hay que unir la altiva presencia de Fernando Rey como Felipe II o la de Louis Jourdan en su papel de cardenal Acquaviva, y unos paisajes que pretendían presentar ante un público internacional, una España monumental que había encontrado una de sus principales industrias en el Turismo; el palacio de Hasán Bajá en Argel es la Alhambra.

Aunque no sea la verdad absoluta, está bien contada, para aquellos que se sientan atraídos por los sentimientos que provoca un filme clásico de aventuras; y hasta, quizá, podamos entender un poco más la figura de ese autor universal que tan mal tratado ha sido en la cinematografía española.Cartel-de-la-pelicula-cervantes-1967

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Comentario del Eclesiastés

VANIDAD DE VANIDADES, TODO ES VANIDAD.

“¡Vanidad de vanidades! –dice Qohelet-,
¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todas la fatigas
que lo agotan bajo el sol?
Generación va, generación viene,
la tierra siempre está quieta.
Sale el sol, se pone el sol,
jadea hacia su puesto; de allí vuelve a salir.
Camina al sur, gira al norte,
gira y gira y camina al viento.
Todos los ríos caminan al mar,
y el mar no se llena.
Del sitio adonde llegan los ríos
de allí vuelven a caminar.
Lo que fue, eso será; lo que pasó, pasará;
nada hay nuevo bajo el sol.
Si de algo se dice: “mira, esto es nuevo”,
ya sucedió antes de nosotros.
nadie se acuerda de los pasados,
y lo mismo pasará con los futuros:
no los recordarán sus sucesores”.

Antología de la poesía hebrea. Fundación Teresa de Jesús.

menorahEstos versos del Eclesiastés ejemplifican el género sapiencial o didáctico que encontramos en el Antiguo Testamento. La enseñanza que transmiten bien podría resumirse como la necesidad de no aferrarse a nada que tenga que ver con la existencia terrenal, pues todo pasa y de nada ha de quedar memoria. El transcurrir del tiempo hace que todas las preocupaciones de la vida, ni la riqueza ni el conocimiento, sirvan para nada, pues todo es vanidad, todo se encamina a la muerte, la cual desdibuja los senderos que han podido ser trazados por sea quien sea que los haya recorrido. A la vez, también es vanidad considerarse como un individuo claramente perfilado, con unas experiencias que son propias puesto que la eternidad está marcada por la repetición, por los ciclos que hacen que todo que es, ya haya sido o pueda volver a ser. Así que, el ser humano concreto no es importante; su historia se borrará y, además, vendrán otros que consigan los mismos logros.

toledo-santa-maria-la-blancaEstos dos principios son característicos de la literatura hebrea antigua, marcada por el fatalismo que supone la aceptación de un Dios omnipotente y omnipresente en cada uno de los pasos de la Creación. Tal cosa se hace evidente desde el primer momento del Génesis, cuando Todo es una manifestación de la voluntad divina y se concretará cuando, llamando a Abraham, éste seguido por el que pasa a ser el “Pueblo Elegido”, abandona su país para ir a buscar una tierra prometida a la que los hebreos todavía tardarán siglos en llegar. Del mismo modo, también es característica del mundo judío –y por lo tanto del Antiguo Testamento-, la visión cíclica de la eternidad. Aunque este rasgo es compartido por numerosas tradiciones (casi cabría decir que el ser humano contempla la existencia desde lo cíclico). En el caso de la literatura hebrea esa repetición de los tiempos ya se hace evidente desde el primer libro que forma la Tora. En el Génesis asistimos a la Creación y al Diluvio, que es destrucción, después de la cual vuelve a suceder el desarrollarse de un mundo nuevo; la salida de Abraham hacia la Tierra Prometida será como el Éxodo del pueblo judío, encabezado por Moisés hasta llegar a Canaán; y la huida de Egipto como el retorno a Jerusalén después del cautiverio en Babilonia. Nacimiento, muerte; noche, día; oscuridad, claridad; tristeza, alegría; ciclos que se repiten una y otra vez; el eterno retorno, del que habló el gran historiador de las religiones que fue Mircea Eliade, es lo que marca este fragmento del Eclesiastés, teñido, además, por la negación, la nada, el nihilismo que cae como una losa sobre la existencia humana y sobre toda la creación.expulsion-del-paraisoEl texto aparece marcado en su principio por exclamaciones y una interrogación retórica que son expresión de sentimientos para captar la atención de un receptor al cual la verdad que se va a transmitir interesa de una manera especial. Todo es vanidad, es ese mensaje, una enseñanza para la vida, rasgo que define la literatura sapiencial.

Desde el punto de vista del ser humano, la consideración de la vida como vanidad, supone una negación de la realidad que pasa a ser algo relativo ante la omnipotencia de un Dios que marca el principio, el final y el destino posterior a la muerte.

sinagoga-de-cordobaAunque el Eclesiastés pertenezca a la tradición literaria hebrea, ésta marca directamente la evolución de la cultura occidental, especialmente la monoteísta que se desarrolla en las orillas del Mediterráneo –sea esta la judía, la cristiana o la musulmana-. Habrá que esperar hasta el siglo XV para que toda esa visión negadora del valor de la vida humana –y de toda la creación- comience a cambiar, cuando el geocentrismo dé paso al antropocentrismo del Renacimiento, que en el caso de la Literatura Española comienza a vislumbrarse en la segunda mitad del siglo XV con las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique; en estos poemas ya se anuncia la posibilidad de una pervivencia más allá de la esencia que es el alma, un sobrevivir de las experiencias humanas, de lo que ha sido la persona, en la idea de la Fama, la cual deshace ese cataclismo que es la muerte como entrada en el olvido que es la nada, aunque ésta se interpreta como la repetición cíclica o como vanidad.

El Eclesiastés define la vida desde una serie de consideraciones que, desde luego, son judías, pero no hay que olvidar que también son aceptadas por los cristianos, cuyo libro canónico, la Biblia contiene el Antiguo Testamento (la Tanaj hebrea) y el Nuevo Testamento –este escrito en griego y en buena medida ajeno a la tradición judía, con una idea radicalmente distinta de la Divinidad-. Tales rasgos son la visión de la vida como una fatiga –la maldición del trabajo y el dolor del existir consecuencia de la maldición que acompañó a la expulsión de Adán y Eva del Paraíso-, el perpetuo movimiento, cíclico y eterno, ejemplificado en el del sol, porque en la concepción hebrea es el sol el que se mueve, con un discurrir que hace que todo haya sido y nada pueda ser nuevo, hasta desembocar en la aseveración absoluta de que la muerte es total pues “Nadie se acuerda de los pasados”.

danza-de-la-muerteEn el comentario de este poema requiere prestar atención, también, a la expresión de la temporalidad, que, desde un punto de vista técnico se ve reflejada en el uso de repeticiones y paralelismos, tanto como en las enumeraciones yuxtapuestas que se complementan en una serie de coordinadas. Tiempo hay también en la alusión a una naturaleza que parece que es eterna, aunque su continuo movimiento es ejemplificado por el sol, el viento y los ríos, que como en la copla manriqueña (III de la elegía a la muerte de su padre), también van a desembocar en el mar, que es el morir. La eternidad de la naturaleza es sólo aparente, pues los elementos están regidos por el movimiento; afirmación que corresponde plenamente con un ambiente de teocentrismo como es el judío, en el cual la inalterabilidad y lo absoluto toca, exclusivamente, a la figura de Dios, centro inmóvil del que procede todo, y en todo está, aunque no aparezca mencionado en estos versos.

separar-la-luz-de-las-tinieblasEstos versículos del Eclesiastés dejan huella en el poema compuesto en castellano, en el siglo XV, las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (1440-1479)

Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre

I

 Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuánd presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

 II

 Y pues vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
porque todo ha de pasar
por tal manera.

jorge-manriqueSin embargo, esta elegía, que es de las más importantes de la literatura española (la otra bien podría ser “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de Federico García Lorca) da un salto muy relevante, característico del mundo del siglo XV, una época en la que se producen cambios muy significativos en la interpretación del mundo. Esa variación es la posibilidad de que la persona perviva gracias al recuerdo de la fama; lo cual choca con los tres versos finales del fragmento del comentado del Eclesiastés:

“Nadie se acuerda de los pasados
y lo mismo pasará con los futuros:
no los recordarán sus sucesores”.

En contraste con ella, esta copla manriqueña

XXXV

 -No se os haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de fama tan gloriosa
acá dexáis;
aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal
ni verdadera,
mas con todo es muy mejor
que la otra temporal,
pereçedera.

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Edición y estudio de Visto y Soñado de Juan Valera

Por Antonio Joaquín González.

Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera

Visto y soñado

 Obra publicada en 1903, Visto y soñado es una colección de cuatro novelas cortas, más bien relatos: “Yoshi-san, la musmé”, “La esfera prodigiosa”, “El hijo del banián” y “Dyusandir y Ganitriya”. En ellos se mezcla el exotismo arqueológico, el realismo que roza lo más feroz del Naturalismo, la Teosofía y lo maravilloso. Las cuatro narraciones están organizadas de tal manera que alternan lo real con lo metafísico y el recuerdo arqueológico, aunque en todos ellos hay un poso de experiencia directa y aparentemente cierta del narrador, quien, además, presenta muchos puntos en común con el autor: un diplomático español destacado en China; salvo en el primero de ellos, en el que éste no está marcado como personaje.

La voluntad, o mejor la clasificación como, orientalista del libro se manifiesta en la misma portada de la primera edición; en ella nos encontramos con un grabado de una de esas estatuillas que fueron tan del gusto de los coleccionistas de objetos exóticos, principalmente chinos y japoneses, en la Europa de principios del siglo XX. Rudyard Kipling, en su obra Viaje al Japón, hace referencia a estas figurillas: “muñequitas japonesas de quince centímetros como las que vendían en Burlington Arcade” (1988:18). Luego de la portada, Luis Valera nos sumerge en una historia de orientalismo chino, que más bien es de naturalismo en una escenografía de la China ocupada por los europeos, dominados por el afán de rapiña. No deja de ser curioso que tanto la decoración del libro como el primer relato tengan connotaciones japonesas, ya desde su título, pues la palabra musmé lo es. Así la define Luis Antonio de Villena: “aprovechando una costumbre nipona (insólita para un europeo del siglo XIX), el hombre podrá contratar durante el tiempo que resida en el país –un verano en nuestro caso- un matrimonio de interés con una muchachita educada, fiel y que apenas ha rebasado los quince años… Las musmés japonesas (término que equivale a cendolilla, señorita muy joven) son vistas como muñequitas, como delicados objetos de adorno y placer –en este término no insiste, todo queda suspensivo; y de ahí el morbo –en las que, acaso y después de haberlas tratado un par de meses, cabe intuir que posean un alma” (1987:12). Pierre Loti, en su Madame Crisantemo, a la que se refiere Luis Antonio de Villena, la describe así: “Musmé es una palabra que significa jovencita o mujer muy joven. Es una de las palabras más bonitas de la lengua nipona; parece que haya en esta palabra algo de moue (el gentil y gracioso morrito que ellas ponen), y sobre todo, de la frimousse (de la carita, del palmito irregular suyo)” (Loti 1987:61). Con el significado de muchachita vestida a la manera tradicional japonesa la encontramos con cierta frecuencia en el libro del mismo autor Japón en otoño. En algún momento, la musmé se transforma en un ser casi fantástico, Pierre Loti (1987:142) las ve de esta manera: “verdaderamente parecen esta noche, Crisantemo y Junquillo, pequeñas hadas. Las más insignificantes japonesas, en ciertos momentos, adoptan este aspecto, a fuerza de rareza elegante y de ingenioso atavío”.Luis-Valera-joven

“Yoshi-san, la musmé” cuenta de un grupo de personajes que se encuentran en una noche del invierno más crudo en la ciudad china de Tientsin, poco después de que las fuerzas imperialistas hayan derrotado a los bóxers. Se trata de una serie de aventureros que se han desplazado a China para enriquecerse con la rapiña; se reúnen en una taberna de mala muerte, propiedad de otro más afortunado llegado cuando todavía se podían conseguir riquezas del saqueo consentido por las tropas internacionales. Los aventureros, descritos en términos totalmente degradantes, deciden ir en busca de compañía femenina, que encontrarán en la casa de la madre de un criado chino. Las muchachas amancebadas en el hogar de la vieja son cuatro japonesas, cuatro musmés, cuya aparición da al relato un tono estetizante y casi mágico que sirve de contrapunto a la fealdad y sordidez del mundo, tanto de los occidentales como de los chinos. El ritmo narrativo se va acelerando progresivamente hacia la degradación total de un crudo naturalismo que desembocará en un clímax dramático que no va a ser desvelado.

Con “Yoshi-san, la musmé”, el autor presenta el enfrentamiento entre lo visto y lo soñado, entre lo que realmente sucedía en China y el orientalismo imaginado según el paradigma de lo exótico. No deja de ser significativo que lo bello y casi maravilloso de la experiencia estética se ejemplifique en lo japonés.

En el segundo cuento de Visto y soñado, “La esfera prodigiosa”, nos encontramos con un narrador que, como el propio Luis Valera, es diplomático en Pekín. Aquí, conoce a un joven funcionario holandés que, como a él mismo, le gusta pasear por las tiendas de antigüedades, en busca de objetos curiosos. Un buen día, a causa de las reuniones de la negociación diplomática que ocupan todo su tiempo, el narrador deja de ver a su compañero; cuando vuelven a encontrarse, éste le cuenta una extraña aventura en la que confluye una serie de elementos que también localizamos en algunas narraciones orientalistas de Juan Valera, Teosofía, Budismo, misterio y magia.

El siguiente relato es “El hijo del banián” –este término procede del indio bunnia, mercader-, también está basado en las experiencias viajeras de Luis Valera. En este cuento, un narrador, que nuevamente puede ser asimilado al propio autor, describe el periplo de un barco desde el Canal de Suez hacia Oriente. En él se dan cita los funcionarios coloniales y los ricos mercaderes, en primera clase, y los menos favorecidos, que viajan en circunstancias bastante más incómodas. Sucede una desgracia, la muerte de un bebé, hijo de un pobre mercader hindú, al que una mujer burguesa occidental bautiza en secreto poco antes de que fallezca. Cuando la cajita que contiene el cadáver es arrojada al mar, un tiburón la destroza y devora el cuerpo. No se trata de un cuento en el que lo que predomina sea la intriga, sino una espeluznante expresión de hechos que bien podrían considerarse como críticos de la hipocresía del imperialismo –igual que en “Yoshi-san, la musmé”-. Todos los pasajeros quedan profundamente impresionados, pero cuando el barco llega a su destino, cada cual sigue su camino, ajenos todos a la desgracia vivida.Luis-Valera-Delavat

El cuarto relato se titula “Dyusandir y Ganitriya”. En él hallamos, de nuevo, la figura de un narrador que es un diplomático en viaje de regreso a Occidente, después de haber permanecido en China durante el desarrollo de su misión. Con este último cuento, el ciclo queda completo: el traslado a Oriente, la estancia en China y el regreso. El personaje conoce a un arqueólogo que ha dedicado su fortuna y muchos años de su vida a la búsqueda del origen de los arios. No hace falta recordar que nos encontramos en uno de los primeros momentos de apogeo del estudio de los pueblos indoeuropeos, asunto erudito que tempranamente deviene en literario en la modalidad del exotismo arqueológico. El explorador de la historia, al que el diplomático narrador conoce en un hotel de Colombo, cuenta la leyenda de los amores del príncipe Dyusandir y la princesa Ganitriya, relación que puso fin a la rivalidad violenta que existía entre dos familias de la etnia aria. Todo el relato está cuajado de abundantes elementos en los que brilla la erudición entre fantástica y real. Más allá de la descripción de los pueblos arios, lo que destaca en el cuento es la prueba de origen mitológico a la que los enamorados deben someterse para que triunfe su amor tras haber descendido a los infiernos. Este ambiente mitológico también encuentra su eco en la novela De la muerte al amor, durante una ensoñación de su protagonista, Diego, en la que éste ve a su enamorada, Mildred, convertida en una especie de ondina: “Diego veía a D. Álvaro Bendicho, hosco y taciturno peregrino por el reino de las sombras, mirando allá en tinieblas pobladas de raros seres y de fantasmas tétricos y singulares. Y él, Diego, pretendía acercarse a Mildred y tomarla de la mano y llevársela de aquel lugar sombrío, nuevo Orfeo de una Eurídice vetustísima. Pero el chiflado viejo y el hosco don Álvaro se le oponían y, con voces horribles y raras muecas, le arrebataban a Mildred de los brazos” (p. 126)

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

PREMIOS EN ESPAÑA

Premio Cervantes 2001En relación con este mundo español; ser galardonado con dos premios que reciben el nombre de miembros destacados de la Familia Real no es nada baladí para alguien que se confiesa “monárquico, porque no concibo que se pueda obedecer a ningún poder que no tenga un origen trascendente. Uno no puede obedecer reglas inventadas por los hombres. En cambio, a alguien que ha sido ungido por Dios para gobernar a los hombres, lo entiendo, lo acato, y sus leyes son para mí la norma. Que en nuestros tiempos sea imposible cumplir ese ideal es culpa de los tiempos, no culpa mía. Legitimista, porque si se es monárquico como yo lo soy, hay que aceptar en su plenitud la noción y el concepto de monarquía” (Cobo Borda 1981:56). Y así sucedió en 1997 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y con el Príncipe de Asturias de las Letras. Veamos qué información sobre la personalidad y la vida del autor podemos extraer de sendos discursos con motivo de su recepción. En pocos meses, y en España, Álvaro Mutis recibe dos importantes premios, el primero en Oviedo, el 24 de octubre de 1997, el Príncipe de Asturias de las Letras; un mes después el 26 de noviembre, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en Madrid. En los discursos que acompañan a los respectivos actos de entrega, el galardonado hará referencia a unos sentimientos que van más allá del orgullo que supone ser acreedor de tales menciones, unos sentimientos en los que está muy presente España; por el recuerdo de una genealogía cuyo tronco se sitúa en Cádiz, en la familia de los Mutis; por la evocación del papel tan importante que España ha cumplido tanto en la historia como en las letras de Occidente.

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

ÁLVARO MUTIS Y SIMÓN BOLÍVAR.

simon-bolivarLa mirada de Álvaro Mutis hacia Simón Bolívar está cercana a la de uno de los más grandes escritores de Hispanoamérica, el ecuatoriano Juan Montalvo, el cual escribió acerca del Libertador en sus Siete tratados (1882): “Fundadas dos naciones en el Perú, tornó Bolívar a Colombia: el reinado de los favores había concluido, principió el de la ingratitud. Cuando su espada no fue necesaria, vino su poder en disminución, y tanto subieron de punto la envidia y la maldad, que apenas hubo quien no acometiese a desconocerle e insultarle. Y cinco repúblicas estaban ahí declarando deber la existencia al hombre a quien con descaro inaudito llamaban monarquista los demagogos de mala fe, y tachaban de aspirar a la corona” (II, p. 146). Y también, Juan Montalvo mostró su interés por el modelo de la Libertad que fue Antonio José de Sucre, sobre él leemos en Siete tratados, en el dedicado a los “Héroes de la emancipación”: “El más modesto de los grandes hombres, el más generoso de los vencedores, el más desprendido de los ciudadanos: Sucre, varón rarísimo que supo unir en celestial consorcio las hazañas con las virtudes, el estudio con la guerra, el cariño a sus semejantes con la gloria. Puñal para Sucre, el guerrero que comparece en la montaña, cual si bajase del cielo, y cae y revienta en mil rayos sobre los enemigos de América; Sucre, el vencedor del Pichincha, el héroe de Ayacucho, el brazo de Bolívar; puñal para Sucre, esto es, puñal para el honor, puñal para el valor, puñal para la magnanimidad, puñal para la virtud, puñal para la gloria. ¡Americanos!, ese golpe de sangre que os inunda el rostro en ondas purpurinas es vuestro salvador” (p. 95). Álvaro Mutis que se une a esta expresión de respetuoso fervor hacia la figura de Antonio José de Sucre que sale mejor parado en la Historia que el gran Libertador; en su boca pone estas palabras: “Siempre iluso, siempre generoso, siempre crédulo, siempre dispuesto a reconocer en las gentes las mejores virtudes, las mismas que él sin notarlo, sin proponérselo, cultivaba en sí mismo tan hermosamente. Berruecos… Berruecos… Un paso oscuro en la cordillera. Un monte sombrío…” (“El último rostro”, p. 137).Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho

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