Edición y estudio de Visto y Soñado de Juan Valera

Por Antonio Joaquín González.

Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera

Visto y soñado

 Obra publicada en 1903, Visto y soñado es una colección de cuatro novelas cortas, más bien relatos: “Yoshi-san, la musmé”, “La esfera prodigiosa”, “El hijo del banián” y “Dyusandir y Ganitriya”. En ellos se mezcla el exotismo arqueológico, el realismo que roza lo más feroz del Naturalismo, la Teosofía y lo maravilloso. Las cuatro narraciones están organizadas de tal manera que alternan lo real con lo metafísico y el recuerdo arqueológico, aunque en todos ellos hay un poso de experiencia directa y aparentemente cierta del narrador, quien, además, presenta muchos puntos en común con el autor: un diplomático español destacado en China; salvo en el primero de ellos, en el que éste no está marcado como personaje.

La voluntad, o mejor la clasificación como, orientalista del libro se manifiesta en la misma portada de la primera edición; en ella nos encontramos con un grabado de una de esas estatuillas que fueron tan del gusto de los coleccionistas de objetos exóticos, principalmente chinos y japoneses, en la Europa de principios del siglo XX. Rudyard Kipling, en su obra Viaje al Japón, hace referencia a estas figurillas: “muñequitas japonesas de quince centímetros como las que vendían en Burlington Arcade” (1988:18). Luego de la portada, Luis Valera nos sumerge en una historia de orientalismo chino, que más bien es de naturalismo en una escenografía de la China ocupada por los europeos, dominados por el afán de rapiña. No deja de ser curioso que tanto la decoración del libro como el primer relato tengan connotaciones japonesas, ya desde su título, pues la palabra musmé lo es. Así la define Luis Antonio de Villena: “aprovechando una costumbre nipona (insólita para un europeo del siglo XIX), el hombre podrá contratar durante el tiempo que resida en el país –un verano en nuestro caso- un matrimonio de interés con una muchachita educada, fiel y que apenas ha rebasado los quince años… Las musmés japonesas (término que equivale a cendolilla, señorita muy joven) son vistas como muñequitas, como delicados objetos de adorno y placer –en este término no insiste, todo queda suspensivo; y de ahí el morbo –en las que, acaso y después de haberlas tratado un par de meses, cabe intuir que posean un alma” (1987:12). Pierre Loti, en su Madame Crisantemo, a la que se refiere Luis Antonio de Villena, la describe así: “Musmé es una palabra que significa jovencita o mujer muy joven. Es una de las palabras más bonitas de la lengua nipona; parece que haya en esta palabra algo de moue (el gentil y gracioso morrito que ellas ponen), y sobre todo, de la frimousse (de la carita, del palmito irregular suyo)” (Loti 1987:61). Con el significado de muchachita vestida a la manera tradicional japonesa la encontramos con cierta frecuencia en el libro del mismo autor Japón en otoño. En algún momento, la musmé se transforma en un ser casi fantástico, Pierre Loti (1987:142) las ve de esta manera: “verdaderamente parecen esta noche, Crisantemo y Junquillo, pequeñas hadas. Las más insignificantes japonesas, en ciertos momentos, adoptan este aspecto, a fuerza de rareza elegante y de ingenioso atavío”.Luis-Valera-joven

“Yoshi-san, la musmé” cuenta de un grupo de personajes que se encuentran en una noche del invierno más crudo en la ciudad china de Tientsin, poco después de que las fuerzas imperialistas hayan derrotado a los bóxers. Se trata de una serie de aventureros que se han desplazado a China para enriquecerse con la rapiña; se reúnen en una taberna de mala muerte, propiedad de otro más afortunado llegado cuando todavía se podían conseguir riquezas del saqueo consentido por las tropas internacionales. Los aventureros, descritos en términos totalmente degradantes, deciden ir en busca de compañía femenina, que encontrarán en la casa de la madre de un criado chino. Las muchachas amancebadas en el hogar de la vieja son cuatro japonesas, cuatro musmés, cuya aparición da al relato un tono estetizante y casi mágico que sirve de contrapunto a la fealdad y sordidez del mundo, tanto de los occidentales como de los chinos. El ritmo narrativo se va acelerando progresivamente hacia la degradación total de un crudo naturalismo que desembocará en un clímax dramático que no va a ser desvelado.

Con “Yoshi-san, la musmé”, el autor presenta el enfrentamiento entre lo visto y lo soñado, entre lo que realmente sucedía en China y el orientalismo imaginado según el paradigma de lo exótico. No deja de ser significativo que lo bello y casi maravilloso de la experiencia estética se ejemplifique en lo japonés.

En el segundo cuento de Visto y soñado, “La esfera prodigiosa”, nos encontramos con un narrador que, como el propio Luis Valera, es diplomático en Pekín. Aquí, conoce a un joven funcionario holandés que, como a él mismo, le gusta pasear por las tiendas de antigüedades, en busca de objetos curiosos. Un buen día, a causa de las reuniones de la negociación diplomática que ocupan todo su tiempo, el narrador deja de ver a su compañero; cuando vuelven a encontrarse, éste le cuenta una extraña aventura en la que confluye una serie de elementos que también localizamos en algunas narraciones orientalistas de Juan Valera, Teosofía, Budismo, misterio y magia.

El siguiente relato es “El hijo del banián” –este término procede del indio bunnia, mercader-, también está basado en las experiencias viajeras de Luis Valera. En este cuento, un narrador, que nuevamente puede ser asimilado al propio autor, describe el periplo de un barco desde el Canal de Suez hacia Oriente. En él se dan cita los funcionarios coloniales y los ricos mercaderes, en primera clase, y los menos favorecidos, que viajan en circunstancias bastante más incómodas. Sucede una desgracia, la muerte de un bebé, hijo de un pobre mercader hindú, al que una mujer burguesa occidental bautiza en secreto poco antes de que fallezca. Cuando la cajita que contiene el cadáver es arrojada al mar, un tiburón la destroza y devora el cuerpo. No se trata de un cuento en el que lo que predomina sea la intriga, sino una espeluznante expresión de hechos que bien podrían considerarse como críticos de la hipocresía del imperialismo –igual que en “Yoshi-san, la musmé”-. Todos los pasajeros quedan profundamente impresionados, pero cuando el barco llega a su destino, cada cual sigue su camino, ajenos todos a la desgracia vivida.Luis-Valera-Delavat

El cuarto relato se titula “Dyusandir y Ganitriya”. En él hallamos, de nuevo, la figura de un narrador que es un diplomático en viaje de regreso a Occidente, después de haber permanecido en China durante el desarrollo de su misión. Con este último cuento, el ciclo queda completo: el traslado a Oriente, la estancia en China y el regreso. El personaje conoce a un arqueólogo que ha dedicado su fortuna y muchos años de su vida a la búsqueda del origen de los arios. No hace falta recordar que nos encontramos en uno de los primeros momentos de apogeo del estudio de los pueblos indoeuropeos, asunto erudito que tempranamente deviene en literario en la modalidad del exotismo arqueológico. El explorador de la historia, al que el diplomático narrador conoce en un hotel de Colombo, cuenta la leyenda de los amores del príncipe Dyusandir y la princesa Ganitriya, relación que puso fin a la rivalidad violenta que existía entre dos familias de la etnia aria. Todo el relato está cuajado de abundantes elementos en los que brilla la erudición entre fantástica y real. Más allá de la descripción de los pueblos arios, lo que destaca en el cuento es la prueba de origen mitológico a la que los enamorados deben someterse para que triunfe su amor tras haber descendido a los infiernos. Este ambiente mitológico también encuentra su eco en la novela De la muerte al amor, durante una ensoñación de su protagonista, Diego, en la que éste ve a su enamorada, Mildred, convertida en una especie de ondina: “Diego veía a D. Álvaro Bendicho, hosco y taciturno peregrino por el reino de las sombras, mirando allá en tinieblas pobladas de raros seres y de fantasmas tétricos y singulares. Y él, Diego, pretendía acercarse a Mildred y tomarla de la mano y llevársela de aquel lugar sombrío, nuevo Orfeo de una Eurídice vetustísima. Pero el chiflado viejo y el hosco don Álvaro se le oponían y, con voces horribles y raras muecas, le arrebataban a Mildred de los brazos” (p. 126)

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

PREMIOS EN ESPAÑA

Premio Cervantes 2001En relación con este mundo español; ser galardonado con dos premios que reciben el nombre de miembros destacados de la Familia Real no es nada baladí para alguien que se confiesa “monárquico, porque no concibo que se pueda obedecer a ningún poder que no tenga un origen trascendente. Uno no puede obedecer reglas inventadas por los hombres. En cambio, a alguien que ha sido ungido por Dios para gobernar a los hombres, lo entiendo, lo acato, y sus leyes son para mí la norma. Que en nuestros tiempos sea imposible cumplir ese ideal es culpa de los tiempos, no culpa mía. Legitimista, porque si se es monárquico como yo lo soy, hay que aceptar en su plenitud la noción y el concepto de monarquía” (Cobo Borda 1981:56). Y así sucedió en 1997 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y con el Príncipe de Asturias de las Letras. Veamos qué información sobre la personalidad y la vida del autor podemos extraer de sendos discursos con motivo de su recepción. En pocos meses, y en España, Álvaro Mutis recibe dos importantes premios, el primero en Oviedo, el 24 de octubre de 1997, el Príncipe de Asturias de las Letras; un mes después el 26 de noviembre, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en Madrid. En los discursos que acompañan a los respectivos actos de entrega, el galardonado hará referencia a unos sentimientos que van más allá del orgullo que supone ser acreedor de tales menciones, unos sentimientos en los que está muy presente España; por el recuerdo de una genealogía cuyo tronco se sitúa en Cádiz, en la familia de los Mutis; por la evocación del papel tan importante que España ha cumplido tanto en la historia como en las letras de Occidente.

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

ÁLVARO MUTIS Y SIMÓN BOLÍVAR.

simon-bolivarLa mirada de Álvaro Mutis hacia Simón Bolívar está cercana a la de uno de los más grandes escritores de Hispanoamérica, el ecuatoriano Juan Montalvo, el cual escribió acerca del Libertador en sus Siete tratados (1882): “Fundadas dos naciones en el Perú, tornó Bolívar a Colombia: el reinado de los favores había concluido, principió el de la ingratitud. Cuando su espada no fue necesaria, vino su poder en disminución, y tanto subieron de punto la envidia y la maldad, que apenas hubo quien no acometiese a desconocerle e insultarle. Y cinco repúblicas estaban ahí declarando deber la existencia al hombre a quien con descaro inaudito llamaban monarquista los demagogos de mala fe, y tachaban de aspirar a la corona” (II, p. 146). Y también, Juan Montalvo mostró su interés por el modelo de la Libertad que fue Antonio José de Sucre, sobre él leemos en Siete tratados, en el dedicado a los “Héroes de la emancipación”: “El más modesto de los grandes hombres, el más generoso de los vencedores, el más desprendido de los ciudadanos: Sucre, varón rarísimo que supo unir en celestial consorcio las hazañas con las virtudes, el estudio con la guerra, el cariño a sus semejantes con la gloria. Puñal para Sucre, el guerrero que comparece en la montaña, cual si bajase del cielo, y cae y revienta en mil rayos sobre los enemigos de América; Sucre, el vencedor del Pichincha, el héroe de Ayacucho, el brazo de Bolívar; puñal para Sucre, esto es, puñal para el honor, puñal para el valor, puñal para la magnanimidad, puñal para la virtud, puñal para la gloria. ¡Americanos!, ese golpe de sangre que os inunda el rostro en ondas purpurinas es vuestro salvador” (p. 95). Álvaro Mutis que se une a esta expresión de respetuoso fervor hacia la figura de Antonio José de Sucre que sale mejor parado en la Historia que el gran Libertador; en su boca pone estas palabras: “Siempre iluso, siempre generoso, siempre crédulo, siempre dispuesto a reconocer en las gentes las mejores virtudes, las mismas que él sin notarlo, sin proponérselo, cultivaba en sí mismo tan hermosamente. Berruecos… Berruecos… Un paso oscuro en la cordillera. Un monte sombrío…” (“El último rostro”, p. 137).Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

TRÍPTICO DE LA ALHAMBRA.

Joaquín Sorolla. Patio de ComaresEl “Tríptico de la Alhambra” nace desde una experiencia visitando el monumento Nazarí de Granada. Está compuesto por “En el Partal”, “Un gorrión entra en el Mexuar” y “En la Alcazaba”. Al igual que sucede en “Una calle de Córdoba” contiene la expresión de una experiencia de alumbramiento.

Comienza el viaje interior del poeta en el Partal, uno de los palacios que integran el conjunto Nazarí; de su estructura original se conserva sólo uno de los cuatro lados que lo formaban; de hecho “nunca pudo haber aquí un jardín en época árabe porque el lugar estaba ocupado por un palacio. Los arriates de boj de estilo renacentista no podían ser más incongruentes aunque convierten toda la exuberancia de un verano andaluz en algo tolerable, suavizando su duro perfil con un torrente de flores” (Zaki 1992:148). Este es el lugar que está visitando el poeta cuando surge la experiencia que hace nacer el poema. Más allá de una fiesta para los sentidos, aparentemente, no hay nada más en él, sin embargo, poco a poco se va desvelando un sentido que nos sitúa muy cerca de una emergencia de lo absoluto. Exteriormente, desde un punto de vista de la narración, nada extraordinario sucede en el poema: embriaguez de los sentidos en un lugar en el que no faltan ocasiones para ello y la mirada que Álvaro Mutis dirige a su esposa Carmen, la cual acaba de echar unas migas a los peces del estanque. Anécdota mínima, y, sin embargo, hay mucho más.

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Del libro: Álvaro Mutis, aventura y poesía.

LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL

Castillo de LoarreUna de las características que han marcado en todo momento la visión del Oriente es su sello como una tierra propicia para una experiencia espiritual, de iluminación, si se prefiere; en buena medida, la literatura de Álvaro Mutis persigue una mística a la que muy bien podría dársele el nombre de laica, una mística que tiene más que ver con el conocimiento de la propia esencia que con la unión a una divinidad que no está presente. Uno de esos momentos de iluminación es descrito por el escritor con las siguientes palabras, que desde un principio nos sitúan en el ámbito del Próximo Oriente, en un tiempo rememorado que, por otra parte, es muy del gusto de Mutis: “En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: <No era aquí>. No hay día en que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar” (La Nieve del Almirante, p. 31). Palabras que, además, nos hablan del sentido tan especial que alcanzan las iluminaciones en su obra, como expresión de una filosofía del desencanto.Ventana. Castillo de Loarre

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Del libro: ÁLVARO MUTIS, aventura y poesía.

SUSANA

Susana. Demonio y Carne. Luis BuñuelSusana, la protagonista, interpretada, en una exuberancia bien aprovechada en los fotogramas, por Rosita Quintana, es una muchacha que milagrosamente consigue escapar del reformatorio –y lo de milagrosamente debe entenderse en su valor propio-. No sabemos nada de su pasado, en ningún momento se dice qué delito ha cometido, simplemente se afirma que es una mujer peligrosa. Y así se va a mostrar a lo largo de toda la película, pues Susana trastoca totalmente el orden de una hacienda a la que llega. Una finca que está descrita desde los principios que definen el espacio del melodrama ranchero, género característico del cine mexicano (Allá en el rancho grande con Jorge Negrete o Cuando lloran los valientes con Pedro Infante). El desorden que origina la aparición de Susana, en una noche con lluvia torrencial y tormenta terrible, es la consecuencia de una fingida inocencia y de la perversidad de Susana, desde las cuales nace el deseo que viene a ser la fuerza capaz de revolucionar el orden establecido. El mismo principio que teóricamente guía las escabrosas producciones literarias del Marqués de Sade. Esa fuerza del deseo va a transformar el comportamiento del fiel capataz, del marido íntegro y del inocente hijo; hasta de una comedida esposa que acabará fustigando con un tan desmesurado como esperpéntico gesto, a la mujer que hasta en el significado de su nombre miente.Susana. Demonio y Carne

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Ulises, sin sospecharlo, va a encontrarse con Circe

Aida-en-madera-Pastelería-Fantova-ZaragozaFue la guerra.

Cuando cayeron las murallas de Ilión,
cuando se apagaron las brasas de lo que fue Troya.

Fue entonces.

Ulises pensó en regresar a su hogar.

Pero, poco a poco, más lejana le parecía Ítaca.
Perdido, en la oscuridad de una carretera,
sin tráfico que le acompañase,
sólo silencio y rugir del motor,
solo al volante, como timón.

Y los vientos llevaron su nave
hacia unos ojos como de Atenea,
parpadeante neón de multicolor.

Y, allí, como una Epifanía
se encontró con la negra flor.

Circe, que había mudado de piel,
apenas cubierta de transparente seda.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)La-Odisea

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Guillermo de Poitiers

Guillermo de Poitiers se extasía escuchando una de sus canciones en boca de una juglaresa mora

Recién llegado de su tierra, el duque de Aquitania saborea las delicias de una ciudad recién conquistada, Saraqusta, la Medina al-Baida, la de los blancos muros.

patio-de-santa-isabel-la-aljaferia-zaragozaAlfonso el Batallador solicitó su ayuda. Los almorávides, fieros guerreros del sol del desierto, organizan la ofensiva, quieren recuperar aquellas tierras que fueron del Islam.

No falta mucho para la batalla; los ánimos están exaltados y la belleza del lugar satura los sentidos.

Guillermo de Poitiers entra en el Palacio de la Aljafería.

Estrechos corredores, mal iluminados, dejan paso a un gran patio.

Y se encuentra con el brillo de luz reflejada en un estanque de mármol y el recubrimiento de oro de las paredes.

Y cuando todos se han sentado, sobre mullidos cojines, aparece Warda, la poetisa y cantante.

Por ella pagarían un reino, un espejismo de realidad, los califas de Damasco.

Esbelta como palmera, morena de noche y cabello ensortijado de estrellas.

Brazos largos ceñidos por tres ajorcas de oro, como espigas mecidas por el viento.

Allí está, entre las columnas del patio de naranjos, cubierta de un vestido cuya trama es red.

Warda canta los poemas del guerrero y Guillermo descubre lo que él no había escrito. Cae atrapado entre los senos de Warda y él, que iba a conquistar, es vencido.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)

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Un poema en mi blog

Limpió de barro su rostro
y le pareció un ángel.

Calmó sus dolores con bálsamo
y miró su cuerpo.

No era amor lo que sentía
sino deseo.

Dejó caer su brial
y, desnuda, se tendió a su lado.

Fueron sus caricias la calma.

Nada, sino sus labios, había para él.

Se movían sus manos, con sabiduría de siglos.

Rozaban sus senos el herido pecho.

Y en la noche todo era silencio.

El ardor de las llagas,
el temblar por la fiebre como hielo
fueron fuego de pasión.

Desapareció el tiempo.

Nada importaba.

Cuando cicatrizasen sus heridas,
el caballero seguiría su camino.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro).Chartlon-Heston-El-Cid.

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Lamento de Liselda

Sofia-Loren-El-CidCruel y duro caballero,
como la armadura que tu cuerpo cubre,
ante ti abro mi corazón
y tú te niegas tal regalo,
niegas recorrer mis níveos pechos
que mano alguna ha hollado;
niegas tomar mi boca
que traiciona mis ocultos pensamientos,
mis sentidos y deseos;
niegas soltar mi brial
para descubrir mi cuerpo desnudo
sólo visto por la fuente en que me baño.

Cruel y duro caballero
sin sentimientos más allá del cabalgar.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)Sophia-Loren-Jimena-El Cid

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