ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (4)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

También hay algunos momentos así en la obra de Álvaro Mutis cuando toma la decisión de “pasar el desierto cantando” en “Los trabajos perdidos”. En esa misma línea de interpretación de la vida pueden leerse estos versos (XVIII, III, p. 617) que pertenecen a Victor Hugo; su espíritu es el mismo de altanería que encontramos en el de Álvaro Mutis, insertado en una metáfora, la marina, que es fundamental en la producción artística de ambos: “Hombre, atraviesa los mares y sacude en su espuma todo el pasado; en la proa de tu buque enciende como estopa el cáñamo de las cuerdas del patíbulo. Estrella todos los antiguos monstruos en el légamo del mar; aseméjate a los antiguos Apolos; camina, que cuando la espada es justa, es pura, y engrandece al hombre ver a su pies derramada la sangre de las hidras”.

Victor Hugo. Guernesey

Victor Hugo. Guernesey

Pero la aristocracia estética y espiritual de Victor Hugo hace que, aunque su alma hierva de furor, ante la visión de una rosa se apacigüe, como al recorrer, en compañía de los niños el espacio del bosque, o del parque, o del zoológico, todos ellos convertidos en una especie de idilio de Teócrito, en el que todavía se intuye la presencia de las bacantes y en el que la única ocupación es la de amar. En sus andaduras, durante sus empresas que solo le producen tribulaciones, Maqroll acabará encontrándose con leves asideros que son Loci ameni, como estos (recordemos la tierra caliente de Un bel morir). En estos sitios agradables, las desgracias del mundo exterior quedan lejos, hasta puede llegar a perdonar a los reyes en su poder absoluto, es evidente que en el pensamiento de Victor Hugo se encuentra Napoleón III. Álvaro Mutis no consentirá que su personaje encuentre un paraíso que pueda perdurar, pues su visión existencial del mundo es la de la desesperanza, siempre la violencia ajena acabará invadiendo el paisaje idílico, así hasta “Jamil”, cuando un lugar degradado como es un astillero casi desmantelado se transforme en una especie de hogar.
La clarividencia que supone entrar en contacto con el mundo feliz de un sentimiento pleno se hace evidente en uno de los poemas más conocidos de El arte de ser abuelo, se titula “Ventanas abiertas”; en él, la realidad exterior invade como una beatitud el espacio interno que habita el poeta:
“Oigo voces. Distinguen claridades mis pupilas. Una campana toca a vuelo en la iglesia de San Pedro. Se oye la algarabía de los que toman el baño. ¡Más cerca! ¡Más lejos! ¡No! ¡Por aquí! ¡No! ¡Por allá! Los pájaros gorjean, Juana también. Jorge la llama. Cantan los gallos. Una llana raspa un techo. Dos caballos pasan por una callejuela. Se oye rechinar una hoz que recorta el césped. Choques. Pizarreros se dirigen hacia la casa. Suenan rumores en el puerto. Silban las máquinas calientes. Se oye a lo lejos una música militar. Se oye alboroto en el muelle y voces francesas que dicen: <Gracias. Buenos días. Adiós>. Debe de ser ya tarde, porque viene hasta cerca de mí cantando un petirrojo. Se oyen golpes lejanos de martillos cayendo sobre una fragua. El agua del mar salta. Se oye jadear un steamer. Sopla el viento furioso en el mar” (p. 585).
Es la vida en su plenitud que invade el territorio solitario del creador cuando contempla el mundo desde la felicidad. Por mucho que esta nunca pueda llegar a ser completa, pues el abuelo recuerda a un tercer nieto muerto.

Victor Hugo y su nieta

Victor Hugo y su nieta

Ya en París, después del segundo exilio en Guernesey, durante un paseo por el Jardín, creación del Conde de Buffon, y mientras contempla a los niños, el poeta se reconcilia con el mundo, aunque todavía permanece en él el rescoldo de la rebeldía (IV, I, p. 589): “Termino por no ser allí más que un buen hombre enternecido por la infancia y por la naturaleza, y adoro a ambas, y soy menos indulgente con Dios que con el niño”. En relación con ello, un tema que se repite a lo largo de El arte de ser abuelo es el de la contemplación de Jeanne mientras duerme; en una ocasión agarrando un dedo de su abuelo que está leyendo periódicos ultracatólicos en los que es criticado e insultado por su supuesta impiedad, pero al viejo luchador nada puede afectarle mientras se encuentre al refugio de su nieta, porque el sueño del inocente es como una prolongación de los cielos
“Juana duerme y deja el pobre ángel desterrado vagar su alma inocente por el infinito, sin mirar hacia el mundo, probando antes de beber las copas de hiel de la tierra, a ver si puede conversar otra vez con el cielo. Duerme con sagrada tranquilidad; su apacible respiración, sus gestos incomprensibles, su calma, son exquisitos. Su abuelo, feliz esclavo, país conquistado, la contempla” (p. 605).

¿Qué tipo de taxonomía podían utilizar los autoconsiderados creyentes de esa época para calificar a este autor como impío, después de leer palabras como estas, que no son las únicas? El arte de ser abuelo, llevado por esa exaltación del sentimiento que produce el contacto con la inocencia acabará convirtiéndose en una reflexión que indaga en torno a lo más profundo del ser, en una religión de luz que, en realidad, es la que nace desde la contemplación de lo puro; de ello son una metáfora los niños; ellos son el motivo que engendra una visión luminosa de la existencia más escondida, aunque en ningún momento, y por ello, el autor abandone su espíritu combativo. Así concluye el libro: “Que es preciso que al fin se encuentre la indestructible verdad y que se nos aparezca la faz esplendorosa que densas nubes nos ocultan. La envidiosa noche trata de ahogar el germen de la vida, del poder eterno y de la luz; pero yo, que soy sincero creyente, a fuerza de cariño y de entusiasmo conseguiré ver la faz de Dios” (p. 620). No estaría de más que estos versos fuesen tenidos en cuenta cuando se intente interpretar la obra de Victor Hugo.

Victor Hugo y sus nietos

Victor Hugo y sus nietos

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ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (3)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS (3)

Escultura de Victor Hugo

Escultura de Victor Hugo

El arte de ser abuelo comienza en una situación de exilio voluntario del poeta en la isla de Guernesey, en unas circunstancias un tanto diferentes a las del primer destierro que, además de ser consecuencia de un enfrentamiento directo a la tiranía, se prolongó mucho más en el tiempo (1855-1870). No es el tema de este escrito tratar acerca de las grandezas del espíritu romántico que encarnó Victor Hugo como uno de los principales representantes de tal movimiento; aunque tampoco estará de más que recordemos algunos de los hitos biográficos, siempre teniendo en mente que es el hombre, en sus sentimientos más íntimos, el que nos interesa, desde unos escritos que evidencian una experiencia personal confirmada en su entrega a un humanitarismo comprometido en la lucha a lo largo de su vida. Es en ese plantar cara a las injusticias donde Victor Hugo se presenta como uno más de esos héroes románticos vitalistas, entregados a la plenitud de la existencia; la lucha del creador romántico era a ultranza, y no importaba desde qué ideología, por eso podía capear el temporal de la Asamblea desde el banco conservador, votando por principios liberales. Nadie vea en esto el interés de medro, sino libertad, incluso ante uno mismo, y entrega a pecho descubierto a unos valores realmente humanos.
Es ante sus nietos ante quienes Victor Hugo, el león, se transforma en un cordero para encontrarse realmente con la esencia de la humanidad que, de nuevo, le conduce al exilio. Su descubrimiento de la condición de abuelo le hace olvidar ese ojo vengativo del destino que es como el de Dios persiguiendo a Caín en su conciencia, tal y como es retratado al principio de La leyenda de los siglos.
La situación ante la que se encuentra Victor Hugo en el momento de composición de los poemas que forman El arte de ser abuelo es muy diferente a la del primer exilio, tanto es así que incluso se permite encabezar el primero como “A Guernesey. El desterrado satisfecho”. En ella, expresa su atracción por el desierto, entendiéndolo como una circunstancia existencial interior que implica soledad y silencio; sin olvidar nunca el compromiso con la vida: “Me atraen el desierto, la soledad y el silencio; en él está mi corazón severamente satisfecho; voy a buscar en los bosques el vago horror de su sombra que destella cierta claridad” (p. 581), es en esta en la que se mantiene viva la esperanza por el futuro y ese amor hacia sus nietos que actúan como contrapeso ante la melancolía de vivir en el exilio y el olvido que es similar a la tumba. Para eso es necesario el desierto, para que el trato cotidiano con la humanidad no apague la antorcha de la esperanza. Aunque se aparte de los hombres, Victor Hugo no renuncia a sus hermanos; necesita el descanso, eso sí, después de haber visto tantos aspectos negativos entre ellos. ¿Quizá está buscando respuestas ante una sociedad desigual e injusta? ¿Las encontró? Los miserables es el intento de hallar la solución mediante la biografía de un nuevo salvador, un nuevo Jesucristo sufriente y resucitado, hijo de la Religión (el obispo) y de la injusticia social, hace lo posible para redimir al ser humano inocente (Cosette) y su existencia es su cruz, al fin y al cabo, toda vida es un sufrimiento, que sólo tiene sentido cuando el que se entrega lo hace para que otro viva. Lleno de tropiezos y dolores estuvo el camino de Victor Hugo para llegar a tal interpretación del mundo.
En el segundo poema de El arte de ser abuelo (I, II), el propio autor se pregunta acerca de cuál es la esencia del mundo, e inmediatamente dará una respuesta (p. 582), “¿Qué es el mundo? Una tempestad de almas. En la oscuridad que nos rodea, errantes marineros, solo abordamos escollos que tomábamos por puertos en el huracán de rugidos, de dolores, de deseos, montón de nubarrones, suspendidos sobre nuestras cabezas; en los fugitivos besos de las prostitutas, que llamamos fortuna, ambición y éxito”. Está claro que la existencia se interpreta como algo aciago y para representarlo recurre a una serie de metáforas que ya están en su novela Los trabajadores del mar (1866) y que serán compartidas por Álvaro Mutis, ¿hasta qué punto intertextualidad, hasta dónde coincidencia en la tradición? Un campo semántico sirve para definir la vida: sufrimiento, duda, protección de Satanás, que es despilfarrada en el poder tanto de los papas como de los césares, catástrofes, nada, caos, mentira, tinieblas, odio, oscuridad, guerra, cadenas. Sin embargo, afrontando todo ello se anuncia la enseñanza recibida de la convivencia con sus nietos: el ser humano es soberano en su inocencia. Y ante esta iluminación, la primera entre las que se manifestarán en el libro, el poema da un giro radical
Es ciertamente saludable, útil para el pensamiento disfrutar de la profunda paz de la soledad y desde el entrecruzamiento de tan espesos ramajes [estos son la pervivencia de todo lo oscuro en nuestra existencia], contemplar algunas veces, al través de nuestras desgracias, colocadas entre el cielo y nosotros, como velos, esta profunda y luminosa paz: esto es sin duda lo que Dios pensaba cuando puso a los poetas cerca de las cunas adormecidas” (p. 582).

Victor HugoEste último es el motivo principal que puede llevar a interpretar los dolores del vivir desde otros puntos de vista; se trata del gran descubrimiento, de la iluminación trascendental vivida por Victor Hugo durante la época de composición de El arte de ser abuelo. Es ahora cuando aparece en escena la nieta, Jeanne (poema I,III). ¿Qué elementos sirven para retratarla? Habla, balbucea mejor, pues no se sabe qué significa lo que dice, sus murmullos son el sonido de la inocencia que ha de llegar a toda la naturaleza, tanto al mar rugiente como al bosque sonoro; en su sonrisa “flota un alma” y “tiembla una idea”; por todo “ese murmullo confuso, vago y embrollado, Dios, que es el abuelo eterno y universal, lo oye sonriendo” (p. 582); la inocencia del niño salva al mundo. En el siguiente poema (I, IV, “Victor, sed victus”) el autor se retrata como un luchador contra las multitudes inmundas, atacado por los abismos, por el rugido de millones de hombres, por tempestades de oleaje espumante y la oscuridad. Debemos destacar aquí la pervivencia de esas imágenes marinas que son las que desde un primer momento me sugirieron la posibilidad de interpretar algunos textos de Álvaro Mutis a la luz de la poesía de Victor Hugo. Ante todos esos embates que vienen de la naturaleza y la vida, el poeta, como luchador, se mantuvo firme: “No soy de los que se asustan de ver el cielo negro; de los que, no atreviéndose a profundizar las estigias ni los avernos, tiemblan ante la desconocida abertura de las cavernas; cuando los tiranos lanzaban sobre nosotros desde lo alto de las nubes sus rayos, yo lancé mis versos sombríos contra esos siniestros transeúntes” (p. 582).
El luchador contra la tiranía no bajó los ojos ante Napoleón III, “fui durante cuarenta años altivo, indómito y vencedor, y ahora me vence una niña”; esta es su nieta Jeanne. Y también George; ella de 10 meses, él de dos años. ¿Cuál es el significado que ambos otorgan, desde su soberanía de nietos, a la vida? A esa pregunta responderá Victor Hugo en el poema siguiente (I,V)
Nuestros nietos nos encantan: son para nosotros, pájaros que cantan en su aurora, y hacen que vuelva a florecer en nuestra triste morada la primavera, las flores, la vida y la luz. Sus risas nos hacen asomar lágrimas a las pupilas, el peso de los años y la vista de nuestra tumba entreabierta, sus alegres miradas hacen borrar de nuestra memoria; transportan nuestro corazón a los años juveniles, haciendo abrir en él todas las flores marchitas; nos hacen inocentes, candorosos y felices” (p. 582).
¿No hay algo de todo ello en el estado final que queda como balbuciendo en la existencia del Gaviero durante su convivencia con el niño Jamil? La vida del hombre entrado en la senectud representa la noche, la frialdad y la palidez como metonimia de la muerte; ante ello, los niños: “el alba de la vida”, la claridad, “un resto del cielo que se desvanece”. En esta descripción y en los sentimientos que inspiran, se observa el amor de Victor Hugo por los inocentes, como en Los miserables. El Romanticismo es la oscuridad de la melancolía, pero también la luz del espíritu y la fe en una humanidad mejor, como heredero que fue de las luces y de Rousseau, uno de sus más importantes representantes. Un claro ejemplo de esto son los versos que siguen: “Acepto los consejos sagrados que da la inocencia, como lo hice toda mi vida; que jamás conocí nada tan grato como el olvido que nos invade el alma ante los seres puros que despiden casto fulgor, y siempre contemplo extasiado, en nuestros tiempos turbios y revueltos ese punto luminoso que sale de las cunas y de los nidos” (p. 583).
Los niños son contemplados como seres espirituales, hasta tal punto que su lenguaje es “la lengua infinita e inocente que usan los vientos, los bosques y las olas” (p. 583), al fin y al cabo, todavía siguen, en su inocencia, siendo seres del cielo y “aún conservan la embriaguez del paraíso”. En todas esas afirmaciones se encuentra esa referencia que he mencionado respecto a un Romanticismo de luz que mantiene vivos los principios iluministas que nacen a finales del siglo XVIII, heredados por Louis Claude de Saint-Martin, retratado en los escritos de Chateaubriand, en sus Memorias de ultratumba (libro XIV, Cap. I), aunque los términos con los que lo muestra no sean de elogio. Recordemos, por otra parte, que este libro es compañero de las andanzas de Maqroll. Pero en Victor Hugo está también ese otro Romanticismo, el más conocido y el que aparece en su primera época (Han de Islandia, Bug Jargal). Ante el horror del mundo, su poesía es “la boca abierta de un cráter, y siento la inquietud feroz que el furioso huracán causa a los árboles seculares; mi corazón se enciende, y siento convertirse en lava todo lo que yo tengo de mármol” (I, VII) (p. 584). El mundo es una enorme mentira, un infierno en el que el trono es la sangre y la iglesia el templo en el que “el alma se sumerge como navío que zozobra”, hasta tal punto de oscuridad que las religiones confunden a Dios con el diablo; esta es la visión ominosa del mundo, la que origina el Romanticismo rebelde; “quisiera pronunciar palabras que aterrasen; quisiera romper esas Constituciones, esas Biblias, esos Códigos y esos Koranes; quisiera poder lanzar el grito desgarrador de las catástrofes; quisiera poder ahogar a los sofistas en mis estrofas y a los tiranos con mis garras” (p. 584).

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ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (2)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

En su relación con el infante, el adulto debe plegarse a las reglas del juego, que son una peculiar interpretación del mundo; así esta actividad pasa a ser un instrumento ontológico, puesto que lleva a conocer zonas desconocidas del propio ser y a poner en funcionamiento una memoria hacia lo que Bachelard denomina “campo de ruinas”, la ensoñación de un periodo vital tan lejano que parece olvidado, aunque marca el presente. Maqroll el Gaviero tiene esto muy claro cuando recuerda que siendo muy joven entró a trabajar en un barco, una existencia tan dura que supuso el paso inmediato a una visión del mundo diferente a la del inocente, más todavía cuando, encargado de otear el horizonte desde la gavia se encontró con la inmensidad del universo cuyas leyes no son las que rigen en la sociedad humana. Bachelard (1997:151) señala la importancia que tiene la niñez en el proceso creativo del poeta adulto, ya que es necesario “reconocer la permanencia en el alma humana de un núcleo de infancia, de una infancia inmóvil pero siempre viva, fuera de la historia cuando la contamos, pero que sólo podrá ser real en esos instantes de iluminación, es decir en los instantes de su existencia poética”. Y esto es lo que consiguen tanto Victor Hugo como Álvaro Mutis. El francés cuando rememora su infancia y primer amor por Pepita en el Madrid ocupado por las tropas napoleónicas, “Les fredaines du grand-père enfant”; el colombiano, en sus continuas referencias al mundo que realmente era el suyo, el de la infancia en la Hacienda Coello en Colombia, el paraíso perdido continuamente revivido en su poesía.
En una entrevista realizada por García Aguilar (2000:127), Álvaro Mutis confesaba el sentido profundo que para él tiene el periodo humano de la infancia; su afirmación nos puede ser útil para entender la importancia del personaje Jamil en su narrativa: “creo que la única manera de vencer el tiempo y lograr vivir un mundo válido y noble es preservando la niñez. Recordarla muy bien. Decía Proust que todo lo que nos importa realmente, lo que conocimos y vimos, lo que sucedió de fundamental dentro de nosotros marcándonos para siempre, sucedió entre los ocho y los doce años”. Esta teoría va a convertirse en tema literario en “Jamil”, “Un rey mago en Pollensa” y en algunos momentos de su poesía, especialmente en “Un gorrión entra al Mexuar”, poema en el que la iluminación consiste en una reorganización de todas las experiencias vitales para dar lugar a mirar la realidad desde la contemplación que produce un orden nuevo, como en “Una calle de Córdoba”. Ambos poemas pertenecen a Los emisarios, su obra más profunda desde un punto de vista ontológico. En “Un gorrión entra al Mexuar”, segunda parte del “Tríptico de la Alhambra” (dedicado, precisamente, a su hijo Santiago Mutis Durán), leemos estos versos que son a los que me estoy refiriendo (Mutis 2002:202):

“Pero también han llegado
en la dorada plenitud de ese instante,
las fíeles señales que, a mi favor,
rescatan cada día el ávido tributo de la tumba:
mi padre que juega billar en el café Lion D’Or de Bruselas,
las calles recién lavadas camino del colegio en la mañana,
el olor del mar en el verano de Ostende,
el amigo que murió en mis brazos cuando asistíamos al circo,
la adolescente que me miró distraída mientras
colgaba a secar la ropa al fondo de un patio de naranjos”.

Desde tales premisas, resulta muy fácil entender hasta qué punto la presencia de Jamil es importante para señalar cómo varía la interpretación del mundo en los dos últimos relatos sobre Maqroll.

Victor Hugo y el arte de ser abuelo

Victor Hugo y el arte de ser abuelo

Victor Hugo (1802-1885) presenta en imprenta su libro L’Art d’être grand-père en 1877 (las citas de la obra provienen de la traducción española de 1888, muy acorde al sentimiento que movió al poeta francés), el mismo año de la segunda parte de La leyenda de los siglos, una interpretación de la historia del ser humano que, si bien se encamina hacia un futuro utópico, hace evidentes las desgracias y perversiones que han marcado su evolución. No está de más que recordemos algunas de las circunstancias vitales que enmarcan la composición de sus poemas, algunos de los cuales pueden fecharse en torno a 1872. En 1868 fallece su esposa, Adéle Foucher y en 1871, su hijo Charles. Otras de las muchas desgracias familiares que acompañan al autor a lo largo de su vida: su primogénito Léopold murió al poco de nacer (1823), su hija Léopoldine se ahogó a los 19 años (1843) con su marido en el Sena durante un paseo en barca –este suceso habría de marcar de un modo determinante la visión del poeta respecto a la existencia-; Charles falleció de tuberculosis, François-Victor de cáncer (1873), Adèle, hija, tuvo que ser ingresada en un sanatorio psiquiátrico, igual que le sucedió a Eugène, el hermano del escritor (1821). Toda una vida marcada por el hado de la muerte; luego recordaremos, muy resumida, su trayectoria política, también con sus sinsabores, que no fueron pocos. El caso es que, a la muerte de su hijo Charles, Victor Hugo se hace cargo de los hijos de este, Georges (nacido en 1868) y Jeanne (1869), con la nuera viuda. Los tres le acompañan al amargo exilio de 1872 a la isla de Guernesey, hasta que en 1874 se puedan instalar en París. De todo ello hay un eco en L’Art d’être grand-père.
Desde lo político destacaré que cuando Napoleón III capitula en Sedán en 1870, Victor Hugo puede volver a París, después de un largo exilio (comenzado en 1851: Bélgica, Jersey, Guernesy en 1855). En 1871 es elegido Diputado por París, aunque dimite casi inmediatamente; ese año se acumulan las desgracias: muerte de Charles, enfermedad de François-Victor, locura de Adèle, estalla la Comuna. En 1872, después de haber sido expulsado de Bélgica por dar refugio a unos revolucionarios, se presenta a las elecciones legislativas en Francia, aunque no saldrá elegido; decide volver a su casa de Guernesey, hasta 1874. Ya en París, y en 1876, es elegido senador; ese mismo año escribe su Discurso en favor de la amnistía de los comuneros. En estas circunstancias biográficas, enmarcadas en un importante momento para la Historia de Francia, se muestra el compromiso político –más habría que decir humanístico- de Victor Hugo que comenzó a separarse en 1849 del Partido Conservador, tras ser elegido representante de la Asamblea Legislativa, a partir de ese momento, su posición política va derivando hacia la Izquierda, cosa que le llevaría a enfrentarse directamente al emperador Napoleón III y al exilio.

Victor Hugo y sus nietos

A la obra de Victor Hugo, como a la de todos los creadores, y al común de los mortales, cabe aplicar estas palabras de Sartre en El ser y la nada (1966:593):
“La historia de una vida, cualquiera que fuere, es la historia de un fracaso. El coeficiente de adversidad de las cosas es tal que hacen falta años de paciencia para obtener el ínfimo resultado. Y aun así es preciso <obedecer a la naturaleza para mandar en ella>, es decir, insertar mi acción en las mallas del determinismo. Más de lo que parece <hacerse>, el hombre parece <ser hecho> por el clima y la tierra, la raza y la clase, la lengua, la historia de la colectividad de que forma parte, la herencia, las circunstancias individuales de su infancia, los hábitos adquiridos, los acontecimientos pequeños o grandes de su vida”.
Llevado de su visión negativa de la existencia, Sartre considerará estos determinismos como una absoluta restricción de la libertad propia; sin embargo, en el caso de Victor Hugo, son acicates que provocan una acción que, incluso, ha de llevarle a indagar en el abismo que se abre más allá de la muerte, hasta alcanzar una visión de carácter iluminista. Esta, a su vez, marca muchos poemas de El arte de ser abuelo; es un claro ejemplo de la voluntad de vivir sobreponiéndose a las circunstancias adversas, incapaces de derribarlo. Ahí está el león que no deja pasar ninguno de los errores cometidos por la humanidad contra sus semejantes, aunque, a la vez, sabe conmoverse ante la inocencia y el combate de un hombre y de una mujer contra el mundo despiadado, de tal voluntad nació Los miserables (1862). En todo ello, Victor Hugo se muestra como heredero de los principios de Hegel, tal y como los presenta en su Estética (entre 1817 y 1820): “El objetivo de cada arte consiste en ofrecer a nuestra intuición, en revelar a nuestra alma, en volver accesible a nuestra representación, la identidad, realizada por el espíritu, de lo eterno, de lo divino, de lo verdadero en sí y para sí a través de sus manifestaciones reales y sus formas concretas” (Cit. García Berrio-Huerta 1992:208).

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VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS (1)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

Alvaro MutisVictor Hugo

RESUMEN
Algunas veces un tema literario pone en contacto a dos autores disímiles. En este artículo se analizan dos obras: L’Art d’être grand-père (1877) de Victor Hugo y “Jamil” (1993) de Álvaro Mutis. La comparación entre ambas enriquece su interpretación; esta explica ciertas connotaciones que tiene la desesperanza, como fundamento existencial de la obra del escritor colombiano y las variaciones que se producen en sus últimas narraciones.

ABSTRACT
Sometimes a literary theme puts two dissimilar authors in contact. In this article, two works are analyzed: L’Art d’être grand-père (1877) by Victor Hugo and “Jamil” (1993) by Álvaro Mutis. The comparison between both enriches the interpretation; this explains certain connotations of hopelessness, existential foundation of the work of the Colombian writer and the variations that occur in his last narrations.

En su magistral recorrido por los tópicos que configuran la cultura occidental, Literatura europea y Edad Media latina, Curtius (1984:149) señala el de la relación entre dos edades extremas del ser humano, la del niño y la del anciano. Será en la Antigüedad tardía cuando éste alcance uno de sus momentos culminantes, quizá porque los ciudadanos romanos comenzaban a entrever lo que se avecinaba para ellos, como cultura ya desgastada. Curtius menciona a Cicerón (Cato maior), Virgilio (Eneida), Ovidio (Ars), Silvio Itálico, Plinio el Joven, Apuleyo… hasta llegar a los sofistas como Filóstrato. En realidad, la imagen del niño y la del anciano ya se fusionan en algunos de los mitos narrados en la Biblia: Abraham e Isaac. De la unión de ambas personalidades ha de nacer el concepto de Puer senex, una de cuyas mejores representaciones para el mundo cristiano occidental se encuentra en el Evangelio de san Lucas (2, 41-50) cuando relata cómo Jesús, a los doce años, se distanció de sus padres, en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua; no fue encontrado hasta tres días después; estaba en el Templo, sentado entre los maestros, escuchando y haciendo preguntas; con sus palabras sorprendía a los sabios. Ante la preocupación de los padres, Él simplemente responde que es su deber encargarse de las cosas de Su Padre y permanecer en Su Casa, que es el templo. Este tópico aparece en otras muchas religiones. La universalidad del tema hace que Juan Eduardo Cirlot, en su insustituible Diccionario de símbolos -en la entrada “Edades” y desde el paradigma del análisis junguiano (también defendido por Curtius)- trate de la fusión de los extremos en una repartición de la vida humana explicada desde una serie de metáforas naturales: las fases de la luna, las estaciones, el crecimiento, la plenitud, la mengua y la ocultación que es la muerte.

La vida humana interpretada desde las imágenes recordadas por Cirlot puede relacionarse con la transformación metafórica de los metales: oro, plata, bronce y hierro. La edad dorada que es luz, paraíso, infancia e inocencia. Desde un punto de vista agnóstico, característico del personaje de Álvaro Mutis, Maqroll es la imagen del hierro que ya está rozando la oscuridad, frontera de lo desconocido que puede ser la nada y, esencialmente, una gran incógnita. Ante la melancolía por tal situación que continuamente experimenta Maqroll -también sentida en el dolor de la vida por Victor Hugo-, el contacto con el infante/nieto implica una invasión de la luz y una aceptación de la existencia con la fuerza que requiere su final. De ahí surgen tantas imágenes luminosas -en contraste con la noche en la que vive Maqroll- como las que Hugo y Mutis plasman a lo largo de El arte de ser abuelo y “Jamil”.
En su análisis de “Jamil”, Ayram (2015) define la poética de Álvaro Mutis en sus últimas obras desde tres fundamentos que, a la vez, son existenciales y estéticos: el juego, la nostalgia y la soledad; Álvaro Mutis (infancia)esta última es una constante en la narrativa del escritor colombiano. La mansión de Araucaíma es la coincidencia en un espacio de varias soledades que pasan a ser compartidas; La muerte del estratega puede interpretarse perfectamente como la voluntaria búsqueda de rematar la imposible comunicación en plenitud con el mundo, y Las empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero son un recorrer el desierto en la más absoluta soledad, aunque esporádicamente se descanse en un oasis de tranquilidad y efímera felicidad. Este lugar pronto, para la existencia andariega del protagonista, será un punto más en un horizonte mirífico situado a sus espaldas, porque la felicidad para Maqroll siempre es algo que se coloca en el pasado; su desesperanza le impide avanzar hacia el paisaje de reposo. No es así en el caso de Victor Hugo, vencedor de las ingratitudes del vivir, siempre preocupado por recorrer un sendero que le conduzca hacia la utopía; quiero entender esta no en su sentido de imposible, sino como un punto de fuga que permite enfocar los esfuerzos mediante los cuales se pretende construir un mundo mejor. En la edad de ser abuelos, Álvaro Mutis, con 70 años cuando publica “Jamil”, y Victor Hugo, con 75 años y dos queridos nietos en 1877, van a encontrarse con unas experiencias que les llevarán a contemplar la existencia desde unos parámetros que no son los habituales en sus obras; el primero desde su personaje insignia Maqroll el Gaviero, el francés desde su poesía.
Acercarse a la niñez puede ser una experiencia demoledora para el ser antiguo que deviene en un compromiso pletórico con la vida, por ello Ayram (2015) habla de una “soledad habitada”. En el caso de Maqroll, por el recuerdo que queda cuando el niño regresa con su madre; en el de Victor Hugo, al encontrar en el contacto con Jorge y Juana una necesaria parada en su continua voluntad de luchar. Esto implica acercarse al juego, entendiendo que este es la creación de unas reglas mediante las cuales se origina una existencia paralela, pero seria. Esto puede parecer exclusivo de la edad infantil, pero Johan Huizinga, en su inexcusable estudio Homo ludens, deja claro que no es así, tanto que con esa misma voluntad cobró pleno sentido la existencia caballeresca del siglo XV, especialmente en Borgoña; en palabras de Ayram (2015:70): “En la narración del encuentro con el hijo de Abdul Bashur se descubre el juego como una potencia organizadora de un mundo íntimo y poblado de la historia inventada y posible, del juego como acto inagotable, vital y necesario”. Uno de los elementos básicos de ese juego que le permite al adulto entrar en la vida del niño es la palabra. En el caso de Álvaro Mutis nos encontramos con la continua preocupación por situar al niño en un ámbito lingüístico determinado, en lucha entre el francés, el árabe y el español; en el de Victor Hugo, con la creación de juegos verbales escritos para el corro de niñas o con la fábula “La epopeya del león”.

(Continuará)

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El amanecer del mundo.

Una traducción del primer fragmento de

“La consagración de la mujer” de Victor Hugo

Alejandro Cisneros

Imagen“La consagración de la mujer” forma parte de La leyenda de los siglos de Victor Hugo (1802-1885). La primera serie de esta epopeya fue publicada en 1859; su autor siguió trabajando en ella hasta 1883, cercana ya su muerte. La primera traducción de esta obra al español data de 1886.

            La leyenda de los siglos es un inmenso poema épico en el que se contiene la Historia de la Humanidad desde la creación del mundo según la mitología bíblica del Génesis hasta un futuro utópico que muestra el pensamiento optimista de un luchador como fue Victor Hugo; su mirada describe un porvenir de pleno desarrollo técnico hacia la felicidad y de democracia en su sentido de libertad absoluta del ciudadano. La gesta humana y universal que narra va más allá de lo puramente narrativo hasta alcanzar momentos de una exaltación lírica acorde a la poética simbólica que por esa época se está desarrollando en Europa (baste recordar en este sentido a Baudelaire, cuyos comentarios sobre la obra fueron encomiásticos).

            Respecto a las circunstancias biográficas del autor por esta época. En 1851, Victor Hugo esImagen miembro del Comité de resistencia contra el golpe de estado de Louis Napoleón (coronado como Napoleón III); por plebiscito, en diciembre de 1852, el estado francés se constituye como Imperio. Victor Hugo se exilia, con pasaporte falso a Bruselas, comenzando así un largo alejamiento de su patria. De Bélgica a Jersey en 1852; en esta isla del Reino Unido será iniciado en 1853 en el espiritismo por Madame de Girardin. A consecuencia de un enfrentamiento con la corona inglesa, Hugo será expulsado de Jersey en 1855 y pasará a instalarse durante quince años en la isla de Guernesey. El año 1859 rehúsa la amnistía que se le ofrece. El Pequeño Napoleón capitula en Sedán en septiembre de 1870 ante los prusianos; en Francia se proclama la República y pocos días después, Victor Hugo se encuentra en París. Así pues, buena parte de La leyenda de los siglos es producto realizado en el exilio.

            Más que como poema épico narrativo, La leyenda de los siglos puede ser calificada como una epopeya de carácter visionario (en la línea que encontramos en otros autores del temprano Romanticismo, como William Blake). Una epopeya en la que se busca un mensaje que conduzca, tanto al poeta como a su lector, hacia la revelación; el punto de partida, desde luego, es la realidad, la Historia; el punto de llegada, la expresión de lo Absoluto definido en la Belleza, la Bondad y la Libertad. La leyenda de los siglos es una peregrinación hacia la Perfección de un mundo, no necesariamente espiritual, aunque está plenamente relacionada con la captación de un mundo ideal en el sentido platónico del término. Los versos de Victor Hugo, en muchos momentos, avanzan hacia la belleza, en el mismo sentido en el que algunas décadas después lo hará la poesía pura.

            En el fragmento traducido a continuación se observa el principio espiritual que rige buena parte del planteamiento poético de Hugo. La expresión de las fuerzas telúricas, la sensualidad del paisaje, cercanas ambas a la idea del panteísmo, son, mejor, una épica de la búsqueda de la luz, un combate perpetuo contra las sombras. La presencia de Dios es secundaria. El protagonismo está en la Humanidad que camina hacia la Luz.

ImagenLA CONSAGRACIÓN DE LA MUJER

I

Victor Hugo

Aparecía la aurora; ¿qué amanecer era éste? Un abismo
de deslumbramiento, vasto, insondable, sublime;
un ardiente rayo de inmensa paz y bondad.
Eran las primicias de la tierra, y brillaba
la claridad serena ante un cielo inalcanzable,
que era lo único que de visible tiene Dios.
A todo llegaba la luz; a la sombra y a la tenebrosa niebla.
Avalanchas de oro se vertían desde el azur.

El día en llamas, en el fondo de la tierra radiante,
hacía arder en esplendores hasta la vida más alejada.

Horizontes sombríos, poblados de alzadas rocas
y de árboles encendidos como el hombre no volverá a ver,
reverberaban como un sueño, en brillos de vértigo
en un abismo de maravillas y relámpagos.

Púdico en su desnudez, el Edén despertaba perezoso.

Los pájaros gorjeaban un himno encantador,
tan fresco, tan lleno de gracia, tan suave, tan tierno
que distraía a los ángeles, embelesados al oírlo.

Hasta el rugido del tigre era dulce.
En los prados pastaba, rodeado de lobos, el cordero.
En los mares, el alción era amado por la Hidra.
En los valles, osos y ciervos mezclaban su aliento.

Vacilaban, en el Coro de voces infinitas,
entre el grito de la cripta y la canción del nido.

La plegaria se convertía en Luz,
y en la Naturaleza, todavía inmaculada,
vivía el eterno acento del Verbo.

En este mundo celestial, angélico, inocente,
la mañana susurraba una palabra santa,
sonreía, y el amanecer era un aura.

Todo poseía la figura íntegra de la felicidad.
Ninguna boca expelía un aire ponzoñoso.
Ningún ser había perdido su primigenia majestad.
Toda luz que el infinito podía emanar
se fundía estallando en la claridad del aire.

El viento jugaba entre tal explosión de luminarias,
entre el torbellino libre y huidizo de las nubes
el infierno balbuceaba apagados vagidos
que se desvanecían entre los gritos de alegría
de aguas, montes, bosques, la tierra y el cielo.

Vientos y relámpagos engendraban tales delirios
que las florestas vibraban como gigantescas cítaras.

Desde la sombra a la claridad, del valle a la montaña,
germinaba una venerable fraternidad.

La estrella sin soberbia y el gusano sin envidia;
de un ser a otro, todo era adoración.

Tanto la armonía como la claridad vertían
un éxtasis divino sobre la esfera adolescente
que parecía manar del misterioso corazón del orbe.

La hierba trémula, las nubes y las ondas,
la misma roca que sueña y calla;
el árbol, penetrado por la luz, cantaba.

Cada flor, compartiendo su hálito y su pensamiento
con el cielo sereno del que desciende el rocío,
recibía una perla y entregaba un perfume.

El Ser resplandecía. El Uno en todo, el Todo en uno.
El paraíso destellaba bajo la sombra de los ramajes,
bajo la vida colmada de umbría y repleta de murmullos,
y la luminosidad estaba hecha de Verdad,
y en todo estaba la Gracia y la Pureza.

Todo era llamas, felicidad, bondad, dulzura, clemencia.

Así eran los grandiosos días con su amanecer excelso.

Retrato de Victor Hugo

ImagenEn Siete tratados, Juan Montalvo (escritor ecuatoriano 1832-1889) escribe sobre Victor Hugo:

“Victor Hugo se ha elevado tanto sobre sus compatriotas y sobre el mundo, que su frente está resplandeciendo allá, perdida casi en las nubes. Este anciano prodigioso, maravilla de nuestros tiempos, sonará en la posteridad, así como el viejo Homero hace con su nombre el ruido que asorda las épocas civilizadas y cultas del género humano. Hugo está poseído por una divinidad profética y echa en grito supremo esas alabanzas, esas maldiciones, esos consejos, esos reproches; esas promesas, esas negativas con las cuales nos llena de luz o de oscuridad, de gozo o de melancolía, de esperanza o de abatimiento en la senda de la vida por donde vamos adelante en busca de ese todo o esa nada que hallaremos al otro lado de la sepultura. Victor Hugo, aun en sus delirios inconexos, es sublime; ni puede ser de otro modo cuando Dios es el remate de sus pensamientos y afecciones. No hay quien resista su poder: los astros le franquean su fuego; las estrellas le cuentan sus amores, los ángeles hablan con él rompiendo el universo en viaje invisible para los mortales. Montañas, rocas, desiertos, huracanes son sus amigos; con ellos departe, como Byron. Pero ese grande se hace pequeño cuando da vagidos un niño, cuando gime un pobre, cuando se lamenta una desgraciada. Vedle, ya se apea de su trono, y enjuga las lágrimas de los que padecen, y da consuelo a las aflicciones con esa dulce voz de poeta que parece haber nacido sólo para ese humilde, santo ministerio. ¿Qué mujer inocente y fervorosa ora como él? ¿qué niña perdida de amor llora como él? ¿qué patriota habla y triunfa como él? ¿qué héroe se dispara hacia la gloria y corre como él? ¿qué sacerdote predica como él? ¿qué profeta amenaza como él? ¿Qué pontífice infunde respeto como él? ¿qué juez castiga como él? ¿qué monarca fulgura como él? Brilla como relámpago, estalla como trueno, declina como tarde, se apaga como crepúsculo, se enlobreguece como noche, y, foco de oscuridad gloriosa, arroja negros ayes de terrífica armonía. Cuando con su varilla mágica le toca en la frente a la estatua de Enrique IV, yo tiemblo; ese hombre de bronce se mueve, abre el paso, baja de su pedestal, y lento, callado, misterioso, horrible se pierde en la oscura ciudad, y se va hiriendo con sus plantas las losas del pavimento a no sé qué lúgubre conferencia con otras sombras coronadas. Relaciones con las estatuas, quehaceres con la tumba, secretos con la eternidad, todo tiene”.

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El médico(Noah Gordon 1986-2013 Philipp Stölzl)

Un retrato de Ibn Sina (Avicena)

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Para comenzar este artículo no estará de más mencionar las siguientes palabras de Henry Corbin (Historia de la Filosofía Islámica. Trotta) sobre los relatos místicos de Avicena:

 “No se trata de alegorías sino de relatos simbólicos, y es importante no confundir lo uno con lo otro. No se trata de fabulaciones de verdades teóricas que podrían ser enunciadas de otro modo; con figuras que tipifican un drama íntimo personal, el aprendizaje de toda una vida. El símbolo es cifra y silencio; dice y no dice. No se lo explica nunca de una vez por todas; se desvanece a medida que cada conciencia es llamada a aflorar por él, a decir, a hacer de él, la cifra de su propia transmutación”.

ben-kingsley-en-el-medico Avicena            Además de por sus inmensos conocimientos que, prácticamente abarcan todas las áreas a la que había llegado su tiempo, Corbin afirma que hay que destacar a Avicena como a uno de los más eminentes filósofos místicos del Islam. Y este aspecto se deja entrever tanto en la novela de Noah Gordon como el película de Philipp Stölzl, pues si algún encuentro puede haber entre los mundos divergentes al ver la vida, este ha de partir del misticismo. Ya, en plena Edad Media, unos pocos años después de que sucedan los hechos narrados en el argumento de Noah Gordon, Ibn Arabi, el sello del misticismo en el Islam escribió esos versos contenidos en El intérprete de los deseos (Taryuman al-Ashwaq)

 “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en el receptáculo de todas las formas. Es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, tablas de la Ley y pliegos del Corán. Porque profeso la religión del amor y voy a donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el amor es mi credo y mi fe”

Ibn Arabi de Murcia

(Murcia 1165-1240 Damasco)

Rosa            Confluencia de verdades que, en breves instantes, todavía brillan en la actualidad como estrellas apagadas hace milenios; eso fue lo que se consiguió en la escuela de Avicena en Persia, o en la Córdoba de las tres culturas (Averroes, Maimónides), o en la misma obra de Raimundo Lulio (Palma de Mallorca 1232-1315 Túnez).

            Más allá de que en El médico se desarrolle la historia de Rob Cole, en el siglo XI; del espacio –maravillosamente fotografiado en la película- desde Inglaterra hasta Isfahán; más allá de un ligero recuerdo a la figura del príncipe ‘Alaoddawleh, que gobierna su reino cuando llega a Isfahán Ibn-Sina en 1030; más allá de todo ello, hay una cuestión que me parece especialmente importante en esta película.

shah de Isfahan el-medico            Desde que el mundo se estremeció con los atentados de al-Qaeda, nada ha vuelto a ser lo mismo; sin embargo, desde el primer momento algunos se pusieron a la labor de que las amarras de la confianza no se rompieran definitivamente y por ello se comprometieron con el recuerdo de otros tiempos pasados de convivencia y respeto mutuo entre las religiones y las diversas visiones culturales del mundo. Así, uno de los primeros en expresar algo así, mientras en el mundo silbaban las balas de la venganza y el fanatismo, fue Ridley Scott, por ello quiero acompañar esta entrada con una crítica que escribí sobre El reino de los cielos.

            Desde luego que la versión cinematográfica de la película no alcanza el detallismo narrativo de la novela, sin embargo, manifiesta unos valores por los que merece la pena ver un filme como este: los paisajes grandiosos, la interesante interpretación tanto de Ben Kingsley como la de Olivier Martinez, las dos caras de una misma moneda; la luz y la oscuridad. Desde luego no es anecdótica la presencia de ese zoroastriano que asciende la escala de los cielos despojándose de una cáscara vacía, el dolor, para llevar el fruto de su vida a la divinidad.

“¡Hermanos de la Verdad! Comunicad vuestro secreto, reuníos y que cada uno ante su hermano levante el velo que oculta el fondo de su corazón para que cada cual ilustre al otro y así podáis realizar, unos por otros, vuestra perfección.

El Médico.            ¡Hermanos de la Verdad! Retraeos como el erizo retrae sus púas mostrando en la soledad el ser secreto y ocultando el ser aparente. ¡Lo juro por Dios! A vuestro ser oculto le corresponde mostrarse y conviene que desaparezca el ser aparente.

            ¡Hermanos de la Verdad! Dejad vuestra piel como la serpiente suelta su camisa. Marchad como camina la hormiga, sin que nadie sienta el ruido de sus pasos. Imitad al alacrán, que lleva el aguijón en la punta de su cola, pues por detrás es por donde Satanás intenta sorprender al hombre. Tomad veneno para manteneros vivos. Amad la muerte para guardar la vida. Permaneced en vela permanente, sin buscar un cobijo concreto, pues en el nido es donde más y mejor se captura a los pájaros. Si carecéis de alas, robadlas. Si es necesario, procuraros las alas con astucia, que el mejor avizor es quien tiene fuerza para emprender el vuelo. Sed como el avestruz, que engulle guijarros calientes; como los buitres, que se tragan los huesos más duros; como la salamandra, que no teme al fuego; como el murciélago, que jamás sale de día; pues sí; el murciélago resulta ser el más listo de los pájaros.

Untitled1          ¡Hermanos de la Verdad! El más valiente es el que se atreve a afrontar el mañana; el más cobarde, el que siempre anda atrasado en su perfección”.

(Risâla del pájaro; Ibn Sina; Tres escritos esotéricos. Ed. Miguel Cruz Hernández. Tecnos).

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Urashima Taro y la diosa del Océano

Versión de El pescadorcito Urashima por P. José Mª Álvarez. En Leyendas y Cuentos del Japón. Traducidos directamente del japonés (1933)

UrashimaTaro

           En la provincia de Tango, en la pequeña aldea de pescadores llamada Mizunoe, vivía en otros tiempos ya lejanos un pobre pescador por nombre Urasima Taro, tan bueno y virtuoso que jamás había hecho ni aun deseado mal a persona alguna.

            Un día que el bueno de Urasima Taro volvía de su trabajo muy alegre y satisfecho por la abundante pesca cogida, observó que, no lejos de la orilla del mar, una cuadrilla de muchachos bulliciosamente se entretenía en atormentar a una pequeña tortuga que había encontrado en la arena donde se divertían.

            Se dice que la tortuga vive diez mil años y trae la felicidad, por lo cual, el compasivo Taro, que no podía sufrir se hiciese mal a los animales, en este caso aun más movido a compasión, se acercó al grupo de chiquillos e increpándoles con voz severa les dijo en tono de reprensión:

-¿Qué mal os ha hecho esta inocente criatura para que así toméis por diversión el atormentarla? ¿No sabéis que los dioses castigan a los niños que muestran crueles entrañas haciendo sufrir a los animales?

-¿Y a usted, qué le importa? -respondió el mayor de la cuadrilla con grande insolencia-. Asc133681 nadie pertenece y ningún derecho perjudicamos: nuestra es, porque la hemos cogido, y si nos place podemos matarla: ande y márchese de aquí y no se meta en lo que no le toca.

            Comprendiendo el buen pescador que la razón y la piedad estaban ausentes de los corazones de aquello chicuelos descarados, cambiando de táctica, bajando la voz y en tono familiar y cariñoso les habló así:

-Vamos, mis queridos niños; no quería reprenderos con lo dicho y sólo deseo proponeros un contrato ventajoso: ¿Me queréis vender esa tortuga por cincuenta céntimos?

            ¡Cincuenta céntimos! Es toda una fortuna para aquellos niños traviesos.

            Aceptan sin titubear la propuesta, y apenas reciben en sus manos las dos pequeñas y blancas monedas, corren a todo correr para cambiarlas y comprar dulces en la ciudad.

            Entretanto el bueno de Urasima Taro, satisfecho de haber arrebatado a la muerte aquella pequeña tortuga, mientras la acaricia con sus rugosas manos, le dirige tiernas y compasivas palabras. “Pobre animalito, aunque dice el proverbio que la grulla vive mil años y la tortuga diez mil, ¿a cuántos hubieran quedado reducidos en ti de no haberme hallado yo presente en esta ocasión? No hay duda que se habrían abreviado considerablemente, pues estabas condenada a una muerte segura en manos de esos pequeños canallas. Yo te voy a dar la libertad; pero, mira, ten sumo cuidado para adelante y sé prudente para no volver a caer otra vez en manos infantiles”.

            Como lo pensó lo hizo, y dejando a la tortuga sobre la blanca arena, esta corrió gozosa a meterse en el mar, mientras que su generoso libertador, rebosando satisfacción por la buena acción que acaba de hacer, se volvió cantando de alegría hacia su pobre vivienda.

            Aquella noche la cena le fue más apetitosa y el sueño más tranquilo y cumplido.

            Al día siguiente, muy tempranito, preparó sus arreos de pescar, y el buen Taro se dirigió a su barco como de costumbre.

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            Apenas se ha separado un poco de la orilla y empieza a echar sus anzuelos, cuando inopinadamente oye a sus espaldas un chapoteo en el agua y de ella sale una voz suave e insinuante que le llama por dos veces por su nombre: Urasima san, Urasima san. Mira a su alrededor y nada percibe y creyendo que en esta hora temprana y calmosa de la mañana nada extraño podía suceder en el mar, comienza de nuevo su tarea, cuando por segunda vez aquella agradable voz repite su nombre de Urasima san.

            Esta vez, al volver la cabeza, vio, no sin sorpresa, al lado de su barquilla, a la pequeña tortuga cuya vida había salvado el día anterior.

            Y como la tortuga podía hablar facilísimamente la lengua de Urasima Taro, al preguntarla este si ella le había llamado por dos veces, respondió afirmativamente; y con grande afecto y cortesía le dio las gracias por el inmenso beneficio que el día anterior le había hecho salvándole la vida, ofreciéndose al mismo tiempo a llevarle a Riukiu, o al palacio del rey Dragón.

            Urasima Taro, lleno de contento por la inesperada visita que acaba de recibir, ofreció a la tortuga lo que tenía a mano.

-¿Es que fumas? Si así fuera, yo te pasaré mi pequeña pipa.

-No -respondió la tortuga-, yo no fumo; pero aceptaría con mucho gusto una tacita de sake.

-¿Pero es que tú bebes sake?… Justamente tengo aquí una botellita que te ofrezco de todo corazón.

            La tortuga gustó una tacita de sake, que alabó mucho, aunque no era de primera calidad, y al ofrecerle la segunda, la rehusó, diciendo que había bebido lo suficiente; y luego continuó:

-Vengo a ofrecerme como guía para llevarte a visitar el gran palacio de la princesa Otohime, la diosa del Océano, que tú seguramente no conocerás…

-Efectivamente, no lo conozco. ¿Y cómo podría yo ir, ni tú conducirme, pues ni sé nadar ni veo medio alguno para poder seguirte?

-No hace falta que sepas nadar, Urasima-san – respondió la tortuga.

-Yo te conduciré salvo montado en mis espaldas.

-Pero ¡qué dices, pequeña amiga! ¿Dónde hay lugar para montar en tus diminutas espaldas para un tan largo y peligroso viaje?

-Ya verás…- Y la pequeña tortuga empieza a agrandarse, a agrandarse, y a los pocos momentos llega casi a igualar al barco del pescador Urasima.

            Este, al ver tan estupendo prodigio, sin tardanza ni titubeos monta sobre el dorso de la pequeña tortuga, se acomodo a su placer, y ésta, lanzándose a las profundidades del mar, se mueve con tremenda ligereza, de suerte que en pocas horas le hace llegar felizmente a las lejanas riberas donde se halla el palacio del rey Dragón y su hija la diosa del Océano, sin que el agua haya mojado sus vestidos.

            El pescador Urasima distinguió a lo lejos un bello monumento que se le dijo era el palacio de la princesa Otohime; y al ser depositado tranquilamente en la arenosa playa por la tortuga, observó, no sin asombro, que cada grano de arena era una perla finísima. Dirige su vista al suntuoso palacio que tiene delante y ve que sus muros son de oro macizo incrustado de pedrerías.

            Dos enormes grifos con el cuerpo de caballo, garras de león, alas de águila y cola de serpiente guardan la entrada de aquel encantado palacio, y a pesar de su aspecto horrible su mirada es dulce y no infunden pavor.

            La tortuga penetró sola en la portada y salió al punto acompañada de un numerosoprint_11_large cortejo de peces de todas las especies, figuras y colores, y de otros seres acuáticos que viven en el mar. La dorada, el pez espada, el violento tiburón, la débil sardina, juntamente con el pulpo de fuertes tentáculos, cangrejos y conchas, todos ostentando la preciosa librea de la princesa Otohime, salen al encuentro de Urasima Taro, le dirigen afectuosas palabras de bienvenida y le explican con todo respeto y cortesía el placer inmenso que inunda sus corazones por su tan amable visita. Urasima Taro se halla anonadado ante aquellas muestras de excesiva veneración y cortesía, y no encuentra palabras con qué agradecerlo; pero, al mismo tiempo, su corazón rebosa de gratitud y no tiene miedo, porque sabe que en todo ello hay sinceridad y amor verdadero.

            Preséntanle un riquísimo vestido de seda bordado en oro y con luciente pedrería en sustitución de los vulgares y sucios trapos de pescador que traía, y sus pies son enfundados en elegantes medias de rica seda y zapatillas de terciopelo con adornos de valor incalculable.

            Luego un pez joven, de encantadora figura, haciendo de paje, le coge por la mano y le introduce en el interior del palacio hasta ponerle en la presencia de la hermosa princesa Otohime. Los mármoles preciosos, el marfil, las costosísimas y raras maderas de las más apartadas islas se encuentran allí reunidas, ricamente labradas y recubiertas de oro puro, y esparcidas con gran profusión por los pasillos, escaleras y rincones.

            Al llegar a la sala donde la princesa le espera, rodeada de su corte, sus puertas se abren de par en par sin hacer el menor ruido, y Urasima Taro penetra en aquel maravilloso aposento.

            Veinte columnas de cristal transparente sostienen el techo cuajado de diamantes, esmeraldas, zafiros y otras piedras preciosas de todos los colores, que deslumbran los ojos al reflejarse en ellas los brillantes rayos de las numerosas lámparas colgantes, y convierten aquel salón en un cielo adornado con el hermoso arco iris. En el centro se halla la bella princesa Otohime, diosa del Océano, sentada en su trono, que parece hecho de un solo diamante rodeada de su espléndida corte. Su hermosura sobrepuja a la de la aurora, su graciosa sonrisa tiene embelesados a todos los corazones, sus sencillos a la par que elegantes vestidos con delicadas bordaduras de seda y oro sobre un fondo azulado, como el color de las olas cuando sobre ellas se reflejan los dorados rayos del sol, aumentan su belleza hasta hacerla casi divina.

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            Sin dar tiempo al pescador Urasima Taro para llegar a su trono, ella se levanta, le sale al encuentro, le toma de la mano, y con afable y cariñosa voz le dice:

-Seáis muy bienvenido a mis Estados, señor Urasima Taro. Ayer por la tarde llegó a mí noticia que habíais salvado la vida a uno de los más nobles y estimados súbditos de mi imperio; y, no queriendo dejar sin la debida recompensa tan generosa y bella acción, os he mandado llamar para daros las gracias de viva voz, y al mismo tiempo daros a conocer lo mucho que aprecio vuestra virtud y alto buen ejemplo.

            Taro se halla mudo y no encuentra palabras con que expresar su agradecimiento. Después de esto se le hace sentar en cojines con finísimas bordaduras de oro, y al punto se le presenta, en una preciosa y baja mesita de marfil, un pequeño recipiente y su copita, todo de oro cristalino, donde se encierra el divino sake, con toda clase de delicados y rarísimos manjares.

            Urasima Taro, a pesar de estar fuera de su centro, no tiene miedo, por lo que come con fruición de aquellos apetitosos majares que por primera vez ha visto y comido en su vida. Peces con elegantes libreas y largas colas de ceremonia le sirven los platos y escancian el néctar, o divino sake, en diminutas tacitas de oro cincelado; otra compañía, también con especiales libreas, hace sonar dulcemente sus instrumentos músicos, al mismo tiempo que una tropa de jóvenes danzantes, con vestidos raros por su forma y brillantes colores, teniendo en sus manos abanicos abiertos de nácar y brillantes, danzan acompasadamente, haciendo caprichosas figuras, sobre las ricas y aterciopeladas alfombras que cubren el pavimento.

            Terminada la comida, la diosa Otohime quiso por sí misma enseñar al pescador Urasima Taro las grandes maravillas que se encerraban en aquel vasto palacio que su padre el rey Dragón había edificado.

            Urasima, al recorrer aquellas regias estancias, va de sorpresa en sorpresa, porque lo último que se presenta a su vista sobrepuja en magnificencias y riqueza a todo lo visto anteriormente.

            Pero lo que sacó fuera de sí a Urasima Taro y colmó su admiración fue la entrada en el jardín, donde las cuatro estaciones del año estaban con toda propiedad y de manera indescriptible representadas.

            Dirigiéndose hacia el este, Urasima vio como los ciruelos y los cerezos estaban en completa floración; y delicioso aroma llenaba el ambiente, y multitud de bonitas mariposas de diversos tamaños y colores revoloteaban en torno de las flores, mientras que el ruiseñor, escondido en la enramada, dejaba oír sus dulces trinos, y la alondra, meciéndose en el firmamento, llenaba los aires con sus alegres melodías: es decir, la sonriente primavera se hallaba allí representada.

            Pasando hacia la parte del sur se encontraba el caliente verano, con todo su particular y esplendente colorido. Árboles cargados de frutos abundantes, que con su peso estaban a punto de desgajar las fuertes ramas de aquellos variados perales, manzanos, melocotoneros, y pámpanos cargados con grandes y dorados racimos tempranos, se veían por doquier; el chirrido monótono y penetrante de la cigarra y otros insectos, posados en los árboles o escondidos bajo la fresca hierba, distraían el ánimo apesarado por los calores estivales y un suave vientecillo, que salía de un próximo bosque cruzado por un arroyuelo de límpidas y refrescantes aguas, convidaba al sueño o amena conversación bajo la sombreada copa de aquella tupida alameda.

            Pasando luego, al oeste se hallaba representado el otoño. Momiyi con sus encendidas hojas de vivo encarnado, que parecían grandes globos de fuego, adornaban algunas colinas, mientras que las amarillentas hojas de otros árboles poco a poco se iban cayendo y llenaban el suelo, infundiendo en el ánimo cierto sentimiento de tristeza; a otro lado, una variedad infinita de preciosos crisantemos, indescriptible por lo raro de sus formas, colores y grandeza. Por los aires se veían bandadas de aves emigrantes volando a grande altura y en un religioso silencio. Por fin, al dirigir sus pasos hacia el norte, sus ojos se encontraron con una inmensa y blanquísima sábana de nieve que, a manera de riquísimo manto de armiño, cubría toda la naturaleza. Los curiosos estanques y riachuelos estaban helados y semejaban inmensos espejos de cristal bruñido echados sobre las tranquilas aguas, y a su orilla algunos gansos de níveo plumaje y de simbólicas grullas, recogidas y sostenidas sobre una de sus largas patas, contemplaban su encogida figura en actitud meditabunda.

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            Tres días pasó Urasima Taro visitando las maravillas encerradas en el palacio del rey Dragón y de su hija la princesa Otohime, diosa del Océano, y disfrutando la amable conversación y afecto de todos sus vasallos.

            Al cabo de estos tres días Taro san se acordó que en su pueblo había dejado un anciano padre, a su esposa y sus hijos, y también un pobre barco y unos más pobres arreos de pescar; y tan fijamente se grabó esta idea en su memoria, que tomó la resolución de volverse para ver todas aquellas cosas y consolar a su familia por su ausencia.

            Habló, pues, a la princesa Otohime de su proyecto, y, aunque intentó disuadirle, todo fue inútil.

-Puesto que, a todo trance- dijo por fin la princesa Otohime al amable pescador Urasima Taro, mientras sacaba de una preciosa cómoda algún objeto interesante-, puesto que has tomado la decisión irrevocable de volverte, toma esta pequeña caja laqueada en memoria de mi sincero afecto. Esta cajita se llama Tamate bako (caja de la perla de mano), y debes prometerme que jamás por ningún caso del mundo te atreverás a abrirla. Y acuérdate bien -añade- de estas mis palabras; porque si, movido de vana curiosidad, osares un día descubrirla, ese día será el último de tu vida.

            Taro recibió la preciosa caja laqueada con grandes muestras de reconocimiento, y prometiendo ser fiel en guardar el juramento que hacía, acompañado de la princesa Otohime se dirigió a la puerta del palacio; allí se miraron por última vez con entrañable ternura y se despidieron.

            Montado sobre el dorso de una tortuga, Taro emprendió su viaje de regreso marchando con una velocidad increíble por el fondo del Océano, por lo que a las pocas horas llegó felizmente a la orilla de donde anteriormente había salido.

            Pero ¡qué cambio tan completo en todo lo que se presenta a su vista durante su corta ausencia! Allí no ve los árboles que sombreaban el pequeño arroyuelo donde él, sentado, tantas veces había arreglado sus aparejos de pesca. El pueblo es mucho más grande; las calles y casas, todo se encuentra renovado, e inútilmente da vueltas para encontrar la casa que le perteneció y donde deben estar su padre y su familia. Los hombres y caras de los habitantes son para él totalmente desconocidos, y su sorpresa llega a su colmo cuando, acercándose a una humilde vivienda que debió de ser la suya, vio a un buen viejo sentado tranquilamente sobre los tatami, junto a un brasero, en el que golpeaba su pequeña pipa de metal para hacer saltar los residuos de tabaco, sin que apenas fijara su atención en él.

            Cansado de andar, y descorazonado por tan inopinada mudanza, se atrevió a preguntarle dónde se encontraba su viejo padre, su mujer e hijos, que hacía tres días había dejado en aquel lugar.

-Joven desconocido -le replica el viejo, mirándole con sorpresa- ¿qué es lo que dices y cuál es tu nombre?

-Yo soy Urasima Taro, el pescador, que salí de aquí hace solamente tres días.

-¡Ah sí! ¡Urasima Taro! ¡Urasima Taro! -responde el viejo llevándose la mano a la cabeza, como quien quiere recordar tal nombre-. Pero si ese Urasima Taro, de quien hemos oído hablar algunas veces, vivió hace ya ¡trescientos años! Y debió perecer ahogado en el mar durante alguna tempestad, pues sus padres y hermanos le esperaron por largo tiempo y ninguna noticia pudieron tener de él.

            Urasima Taro quedó desconcertado con esta respuesta; se acordó que había sido huésped del rey Dragón y de su hija la princesa Otohime, y en aquella tierra de los dioses cien años deben computarse por un solo día.

-¡Trescientos años! -exclama, perdido el aliento y con angustia mortal.

            Una tristeza suprema invade todo su ser, al encontrarse ahora en aquella tierra para él completamente desconocida e inhospitalaria.

            Su rostro palidece, las lágrimas corren abundantes por sus mejillas, y, triste yEdmund_Dulac-Urashima_Taro-1916 abatido hasta el extremo se dirige a la playa solitaria, donde contempla el mar, que le recuerda la belleza de Otohime, los alegres días allí pasados en compañía de aquellos habitantes tan serviciales, y aquel palacio donde las perlas, esmeraldas y rubíes yacen sembrados a granel en los rozagantes vestidos de todos sus moradores, y aun tiradas por el suelo.

            Hubiera querido al momento trasladarse otra vez allá, pareciéndole que en el ruido de las olas oye la agradable voz de la princesa Otohime que le llama; pero… y la tortuga ¿dónde está? ¡Ha desaparecido para siempre!

            Sentado sobre la arena le vienen en tropel tristes y negros pensamientos; pero no encuentra alivio, esperanza ni solución alguna para ellos.

            En este momento de tan ingente desolación, sus ojos se fijan en la misteriosa caja que había recibido, con tan terrible amenaza de muerte si la abría, y que ya tenía olvidada.

            <Pero ¿qué contendrá esta caja?, pensó en su desesperada situación. La diosa me ha prohibido abrirla, es verdad, bajo la pena de muerte; mas pudiera ser que en ella encontrara el camino de mi salvación. Cierto, los dioses nunca mienten; pero pudiera ser que su prohibición y amenaza fuera sólo para probar mi fidelidad…”

            Titubea y teme; pero al fin se dice: <Y ¿qué me importa la muerte en estas circunstancias, hallándome solo en el mundo y en el mayor abandono?…>.

            … Y Urasima Taro, no sin turbación y miedo, empieza poco a poco a desenvolver la rica tela de seda carmesí que cubría la caja, y con sumo cuidado y temblorosa mano levanta un poco la tapa de la misteriosa caja. ¡Ay! La sagrada promesa está quebrantada.

urashima

            Súbitamente sale de la caja misteriosa una espesa y blanquecina nube que le envuelve por un momento de pies a cabeza, y luego corre hacia el mar y desaparece. Los negros cabellos de Urasima Taro, en un momento, se convierten en canas venerables, blancas como la nieve; sus largas barbas se tornan también blancas y se balancean al soplo del viento; feas arrugas cubren su fresca tez, y sus miembros todos pierden el movimiento y cae en tierra.

            El pescador Urasima Taro ha dejado de existir.

            Al día siguiente, cuando los pescadores del pueblo Mizunoe fueron a la playa encontraron y dieron sepultura al cadáver de un hombre que había vivido trescientos años.

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LA INICIACIÓN

EL TAROT DE LOS ILUMINADORES DE LA EDAD MEDIA
OSWALD WIRTH
(Fragmento)

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de RoccaneraLos constructores ancestrales de una Humanidad mejor han sido dibujados en el tarot, en los padres del joven resucitado del arcano XX. Situado a la derecha, el Padre es la encarnación de toda la filosofía constructiva del pasado, de toda cosa profunda y sabia que la razón humana ha concebido acerca del Gran Arte que es aquel de la vida vivida con un conocimiento pleno de sus leyes. A la izquierda, la madre corresponde al corazón, el sentimiento religioso que las almas auténticamente piadosas siempre han tenido. Como heredero de sus padres, el Hijo acoge tanto lo que le llega desde la derecha como de la izquierda, en el sentido de actuar como un fiel ejecutor, como un testigo de un pasado todavía vivo. Se conforma con el Maestro que corresponde a la eterna tradición constructiva, el legendario Hiram de los Francmasones que encuentran en él a su intérprete.

¿Es posible que un cuerpo pueda transformarse en espíritu?

¿Podríamos morir a nuestro estado personal hasta el punto de abandonar nuestro organismo para que un espíritu más elevado que el nuestro tome posesión de él?

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de RoccaneraEstas cuestiones plantean problemas del espíritu, el aliento que da la vida de una pluralidad infinita de manifestaciones que, sin embargo, son una sola en su esencia. Al unirse a eso mismo, nuestro espíritu, mientras permanece idéntico a sí mismo, es transfigurado para alcanzar una categoría cercana a la divina en proporción a la nobleza que haya alcanzado, así como en el ideal que es propuesto por el proceso de iniciación: llegar a alcanzar la naturaleza divina tanto como lo permita la naturaleza humana. “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial”. Es imposible decirlo más claro de como lo dice el Evangelio. El problema absoluto de la iniciación es que implica un crecimiento espiritual que progresivamente se hace más y más completo, sin embargo jamás aspira a llegar a ser negligente con las obligaciones del trabajo terrenal.

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de RoccaneraEl iniciado muere, no para desertar del campo de batalla, sino para ser capaz de participar de una manera más eficaz en la lucha por el Bien. Si escapa del duro tumulto, para mantenerse alejado desde lo alto, es para tener un punto de vista más cuidadoso que el que tiene quien está luchando con una visión más estrecha del campo de batalla.

Sin embargo, la iniciación prefiere las imágenes pacíficas. La victoria será lograda por el Espíritu, más que por el trabajo de la inteligencia, y será una victoria incruenta, después de haber reducido los obstáculos que la materia pone contra él. Esta materia no es tratada como si fuese un enemigo que ha de ser destruido, sino como una sustancia con la que se ha de trabajar. Aprisiona al espíritu, no lo tiene agarrado indefinidamente, sino que lo impulsa a realizar los esfuerzos que le lleven a su propia libertad.

Mientras nosotros permanezcamos en guardia dentro de nuestra propia interioridad, confinados a la estrechez de nuestras vidas individuales, no participaremos en la gran y verdadera vida, y seguiremos soportándonos a nosotros mismos como cuerpos solitarios, muertos en sus organismos que son como tumbas. Despertemos y levantémonos de nuestros sepulcros abiertos, respiremos con el aliento de tal espíritu universal.

¡Vivamos ahora en esta existencia la vida eterna!

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Edición de Antonio Joaquín GonzálezEn el tarot, el Ángel que despierta a los espíritus extiende sus alas verdes, porque su dominio es aquel que corresponde a la vida espiritual. En las iglesias, el verde es el color del espíritu sagrado. Su túnica azul ribeteada con blanco está relacionada simbólicamente con la pura idealidad celestial. La inspiración de una incesante acción es el rojo de las mangas que luce el heraldo del Juicio. El rojo es también el color del pendón que cuelga de la trompa dorada que suena como llamada. Una cruz en oro divide el espacio de la banderola en cuatro cuadrados que atribuyen el poder activo de la cuádruple Piedra filosofal a las más altas formas de espiritualidad. Alternando púrpura y oro, además, caracteriza las emanaciones del Ángel del Juicio, cuyos cabellos rubios brillan con el radiante rojo de la prenda redondeada que rodea su cabello, similar al sombrero de alas anchas a cuya sombra el Mago (arcano I) practica su incesante actividad mental. Aquí está la cuestión del corazón en el cual se condensan inspirados pensamientos que extraen el oro desde las verdades inmutables en un estado vivo. El cabello del Ángel corresponde a los principios trascendentales desde los cuales fluyen nociones que son inaccesibles a la inteligencia humana, nociones que están dibujadas por la gloria luminosa que está encerrada en el círculo de nubes desde el cual los radiantes rojo y oro brillan.

Nuestra vista intelectual está encerrada en los límites de esta nube que forma un círculo, en el cual lo abstracto llega a hacerse concreto a nuestro favor, para llegar a manifestarse en la forma de inspiradores rayos. Algunos de estos son revelados para nuestra inteligencia como ideas brillantes (rayos dorados), mientras que otros (rayos rojos) nos animan a las acciones grandes y nobles.

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Edición de Antonio Joaquín González

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LITERATURA INDIA DE LA ANTIGÜEDAD

PRESENTACIÓN DE LOS TEXTOS DEL MAHÂBHÂRATA

La India ocupa un territorio privilegiado desde el punto de vista de su situación tanto geográfica como histórica. Ya en la antigüedad fue un cruce de culturas y sus fronteras lindaban con importantes imperios; al oeste con el persa, al noreste con China. Las primeras manifestaciones escritas de la cultura india se encuentran en un código que todavía no ha sido descifrado, se trata del dravídico.

Hacia el año 2200 a.C. la antigua civilización que habitó el Valle del Indo alcanzó su máximo esplendor. En ella se encuentra el origen de las primeras manifestaciones del hinduísmo y de la filosofía yóguica. Los textos que ejemplifican esta cultura del Indo son los Rig Veda; en ellos se hace evidente la importancia del elemento religioso desde los inicios de la civilización hindú.

En torno a 1500 a.C. Se produce en el territorio la invasión de unos pueblos de origen indio ario cuya lengua es el sánscrito. Este código lingüístico pertenece a la misma familia que el indoeuropeo y está emparentado directamente con el avéstico -lengua en la están escritos los textos de Zarathustra- y el persa antiguo. El sánscrito es una lengua culta con manifestaciones escritas entre las que hay que señalar los Rig Veda, aunque, al igual que sucede con otras culturas, su origen está en la oralidad y en la transmisión de unos textos recitados por bardos vagabundos que acompañaban sus melopeas con instrumentos de cuerda. Así cabe explicar -y en esto la literatura india de los inicios no es diferente de otras- el predominio de la anónima, aunque en algunos casos se hable de autores como Vyasa que, en realidad, al igual que en la cultura griega con Homero, están más en el territorio del mito que en el de la realidad históricamente comprobable. Al fin y al cabo, toda literatura nace desde un territorio que, aunque genere mundos de luz, es un paisaje de las nieblas que desdibujan las lindes entre el mundo humano y el sobrenatural.

Con la llegada de los indoarios se diferencian claramente dos grupos étnicos en el territorio de la India antigua. Los habitantes originarios son de tez más oscura y serán denominados como dasas. Un posible eco de tal separación racial está en la contraposición entre los Kuravas y los Pandavas del Mahâbhârata, descendientes, estos últimos, de Pandu, cuya madre, en el momento de la concepción palideció de horror ante el aspecto físico de su compañero de lecho. En todas estas circunstancias pueden rastrearse los hechos históricos que sirven como argumento para el más extenso poema de la humanidad.

Los pueblos indoarios, como los indoeuropeos y los persas presentan una estructura tripartita en su panteón religioso. Así nace una organización social de las naciones cuyas raíces se funden en esta base común étnica: los guerreros -en quienes radica la capacidad de gobierno-, los sacerdotes y el pueblo. Desde aquí se origina el sistema de castas que define la organización social de la India antigua, prolongada en su inmutabilidad a través de los siglos. Estas castas son los shatrías o guerreros, los brahmanes o sacerdotes, los vaishyas entre los cuales se encuadran sacerdotes, labradores y artesanos; a todo ello habría que sumar a los sudras, descendientes de los dasas, los antiguos habitantes, de piel más oscura cuya existencia es contemplada desde tal desprecio que su casta es equivalente a la nada intocable, la base de una pirámide social considerada desde la impureza. También de todo ello puede leerse, de alguna manera en el Mahâbhârata cuando los Kuravas, de piel más oscura, son derrotados y, por representar la continua traición, acabarán condenados por la eternidad.

La cultura índica va sintetizando progresivamente una inmensidad de dioses hacia una tríada cuyos nombres son Brahma, el creador, Visnu y Shiva; a la vez organiza una visión religiosa de la existencia basada en principios como reencarnación y karma.

La literatura india es de las más antiguas de la humanidad. Su extensión es equiparable a la clásica grecorromana, por ejemplo, el Mahâbhârata está formado por doscientos mil versos. También, no sólo desde la extensión, sino desde la variedad de géneros. En ella está la épica del Mahâbhârata y del Ramayana; la narrativa de los cuentos que, a lo largo de la Edad Media llegarán hasta Europa desde un recorrido que comienza con las traducciones al persa y posteriormente al árabe que en Al-Andalus va a generar libros como el Sendebar o el Calila y Dimna; también está la dramática o la lírica que ya se hace evidente en algunos fragmentos del Mahâbhârata.

La primera fase de la literatura india antigua está representada en los Rig Veda, en ella ya localizamos algunos de los elementos que marcarán el desarrollo del momento culminante del periodo -ejemplificado en el Mahâbhârata y el Ramayana-, pues los Rig Veda, además de contener buena parte de adoctrinamiento y ritual, narran las sagas tanto de héroes como de dioses.

Los poemas épicos de la segunda fase de la literatura india antigua están representados por los Purânas, las historias antiguas entre las cuales hay que destacar el Mahâbhârata y el Râmâyana. El primero corresponde a la India Occidental, su origen es más antiguo y hunde sus raíces en una épica más oral y popular, de ahí la cantidad de digresiones e historias secundarias que enmarañan el argumento central de la obra. El Râmâyana, sin embargo, está relacionado con la India Oriental; con un origen poético más culto, su última versión es más antigua que el Mahâbhârata porque fue puesta por escrito con anterioridad, sin un proceso de transmisión oral tan largo como el que encontramos en la narración de la guerra de Pandavas y Kuravas.

Los poemas épicos indios nacen desde la existencia de dos tipos de bardos: los sûtas o recitadores asentados en la corte y por ello cercanos a la casta de los shatriyas, desde ellos puede explicarse la importancia que adquiere el elemento guerrero y bélico en este género; por otra parte hay que nombrar a los kusilavas, cantores errantes que en sus recitaciones se acercan al elemento popular.

El Mahâbhârata es el poema épico más extenso de la literatura universal. Está compuesta de 200.000 versos equivalentes a cien mil slokas. Una sloka es un díptico de dieciséis más dieciséis sílabas, organizada cada parte en dos hemistiquios octosílabos. El texto está repartido en 18 libros (parvan), más un epílogo (khila); alejada de la historia central esta última parte recibe el nombre de Harivamsa (escrita en torno al siglo I d.C.), en ella se contiene “el linaje de Krisna”, con algunas historias protagonizadas por esta divinidad.

El fundamento histórico del Mahâbhârata, además de ser un eco de las invasiones de la India por pueblos de la etnia aria, está en el enfrentamiento entre arios de distintos grupos, sucedidos hacia el siglo VIII a.C. Ya en el Rig Veda se menciona a Bharata, perteneciente a la nación invasora; sus sucesores se asentaron en las riberas del Ganges superior. Los grupos beligerantes están retratados en las figuras de los Pandavas y los Kuravas cuya enemistad llegaría a su punto culminante en la batalla de Kuruksetra, episodio central del Mahâbhârata. A este argumento se le suman numerosas interpolaciones añadidas a lo largo de los siglos.

El panteón religioso hindú va evolucionando a lo largo de los siglos desde el Rig Veda hasta llegar a la épica. Se mantiene a Indra, aunque se asiente el predominio de una tríada -característica de la estructura religiosa indoaria- formada por Brahma, Siva y Visnu. De hecho, la divinidad fundamental en el Mahâbhârata es Visnu, acompañado de Siva en los textos añadidos más tardíamente. El culto a Visnu se hace evidente en la veneración a Krisna a lo largo de la obra, héroe asociado a los Pandavas y especialmente a Arjuna. Seguramente, el origen de la figura de Krisna está en un héroe épico de un grupo étnico dedicado al pastoreo.

A la hora de datar la composición del Mahâbhârata hay que tomar en cuenta que su cronología se refiere a sucesos ocurridos hacia el 1500 a.C.; aquí se origina una tradición oral que va pasando y aumentándose a lo largo de los siglos, especialmente en torno al siglo VIII a.C. cuando suceden los enfrentamientos entre los sucesores de Bharata. La composición definitiva del Mahâbhârata puede fecharse en torno a los siglos XV o XVI de nuestra era, aunque la transmisión escrita puede haber comenzado entre el 400 a.C. y el 400 d.C. En el siglo I d.C. el escritor latino Dión Crisóstomo menciona en su obra la existencia de una obra épica india, posible primera mención occidental de este monumento de la literatura oriental.

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ESPÍRITU DE COMBATE

Tsuba Blog la mansion del gaviero

Un paso más
y otro golpe;
¿de dónde la fuerza?

Movimientos de karate, blog la mansión del gaviero

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