SANTA

EPISODIO DEL MAHÂBHÂRATA
JUAN VALERA

El rey de Anga, Lomapad glorioso,
a un brahmán ofendió, no dando en pago
de un sacrifico lo que dar debiera;
irritados entonces los brahmanes,
salieron todos de su reino: el humo
del holocausto al cielo no subía;
Indra negaba la fecunda lluvia,
y la miseria al pueblo devoraba.
Lomapad, consternado, saber quiso
el parecer de los varones doctos,
y los llamó a consejo, y preguntoles
qué medio hallaban de aplacar la ira
del dios que lanza el rayo y amontona
en el cielo del agua los raudales.

Mil sentencias se dieron; mas al cabo
el más prudente de los sabios dijo:
-Escucha, ¡oh, rey!, mientras brahmán no haya
que sacrificio en este suelo ofrezca,
Indra no saciará la sed, abriendo
el líquido tesoro de las nubes.
Los brahmanes movidos del enojo,
al sacrifico no se prestan. Oye,
para cumplir el venerando rito,
cómo hallar sólo sacerdotes puedes,
en la fértil orilla del Kausiki,
en lo esquivo y recóndito del bosque,
del trato humano lejos, su vivienda
Vifandak tiene, el hijo de Kasyapa,
brahmán austero y penitente. Vive
en el yermo con él, su único hijo,
el piadoso mancebo Risyaringa,
no vio a más hombre que a su padre nunca;
sólo frutas silvestres, hierbas sólo
y licor sólo que entre rocas mana,
alimento le dieron y bebida.
Tan inocente y puro es el mancebo,
que de lo que es mujer no tiene idea;
manda, pues, rey, que una doncella hermosa
vaya al bosque, le hable, y con hechizos
de amor, cautivo a la ciudad le traiga.
No bien sus pies en tus sedientos campos,
la huella estampen, no lo dudes, Indra
dará propicio el suspirado riego.
Así habló el sabio, y su atinado aviso
agradó mucho al rey. Dinero y honras
prometió Lomapad a la doncella
que hábil trajese al candoroso joven;
pero todas miraban con espanto
de Vifandak la maldición terrible,
Y exclamaban: -¡Oh, Príncipe! Perdona,
no llega a tal extremo nuestra audacia.
En tanto, iban mostrándose tan fieras
la sequía y el hambre, que perdieron
toda esperanza el rey y sus vasallos;
cuando Santa, del rey única hija,
virgen, por su beldad maravillosa,
modestamente se acercó a su padre,
y así le habló: -Si quieres, padre mío,
yo he de intentar que venga a nuestra tierra
el joven que no vio seres humanos.
Con gran contento, el rey escuchó a Santa,
y al instante dispuso que una nave
se aprestara, de flores y verdura
cubierta por do quier, como retiro
feraz de bienhadados penitentes.
Peregrinando en ella con su hija,
fue contra la corriente del Kausiki,
hasta llegar al prado y a la selva
mansión de Vifandak el solitario.
Con discretos consejos de su padre,
para tan ardua empresa apercibida,
Santa desembarcó, y entró en la choza
de el mancebo por dicha estaba solo.
¿Dime, múni, le dijo, si te place
la penitencia aquí? ¿Vives alegre
en esta soledad? ¿Tienes en ella
abundancia de frutos y raíces?
-Tengo -contestó el joven-; mas ¿quién eres
que como llama refulgente luces?
Bebe del agua mía: te suplico
que mis flores aceptes y mis frutos.
-Allá en mi soledad, -replicó Santa-,
al otro lado de los altos montes,
nacen flores más bellas y olorosas;
son los frutos más dulces, y es más clara
y más salubre el agua de las fuentes.
-¡Oh, huésped celestial!, -dijo el mancebo-;
algún ser superior eres sin duda.
Yo me postro a tus plantas y te adoro,
como adorar debemos a los dioses.
-¡Ah, no! Tú eres mejor, tú eres perfecto,
y adorarme no debes; yo rechazo
la no fundada adoración; permite
que te dé paz como se da en mi patria.
Cediendo en parte entonces al consejo
discreto de su padre, y al impulso
del corazón también, Santa la bella,
al cuello del Garzón echó los brazos,
y le dio un beso, y llena de sonrojo
huyó a la nave do su padre estaba.
Volvió del bosque Vifandak en esto,
grave, terrible, penitente, todo,
desde los pies a la cabeza, hirsuto.
-¡Hijo! Exclamó, ¿por qué has holgado, hijo?
Ni partiste la leña, ni atizaste
el fuego, ni lavaste la vajilla,
ni la vaca cuidaste, ni el becerro.
Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?
¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado?
-Un peregrino -respondió el mancebo-,
estuvo por aquí, de negros ojos
y sonrosada y blanca faz; en trenzas
los cabellos caían por su espalda;
en sus labios brillaba la sonrisa;
gentil, gracioso, esbelto era su talle,
y en suave curva levantado el pecho;
como canta el kokila en la alborada,
así su voz sonaba en mis oídos,
y a su andar un aroma yo sentía
como el del aura en grata primavera.
No quiso de mis frutos, y no quiso
agua tampoco de mis fuentes; frutos
más sazonados me ofreció y bebida
de más rico sabor, cuya promesa
bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego
con sus brazos mi cuello el peregrino,
inclinó hacia la suya mi cabeza,
tocó en mi boca con su amable boca,
hizo un susurro pequeñito y blando,
y por todo mi ser discurrió al punto
un estremecimiento delicioso.
Por este peregrino en vivas ansias
me consumo; do vive vivir quiero;
de que se ha ido el corazón me duele,
y a hacer la misma penitencia aspiro,
que me enseñó, para endiosar el alma
más eficaz, ¡oh, padre!, que las tuyas.
Vifandak contestó: -No te confíes,
hijo, en belleza material; a veces
van los gigantes por el bosque entrando
y toman bellas formas, con intento
de seducir a los varones píos
y perturbar su penitente vida.
Para buscar a Santa salió entonces
Vifandak, ciego de furor, y apenas
hubo salido, penetró de nuevo
la linda moza con furtivos pasos;
la vio el mancebo, trémulo de gozo,
corrió a ella y le dijo: -No te pares;
huyamos sin tardanza do tú vives,
no nos halle mi padre cuando vuelva.
Así Santa logró que Risyaringa
la siguiese a la nave. Dio a los vientos
la vela entonces Lomapad, y raudo
bajó por la corriente del Kausiki.
No bien puso la planta el virtuoso
mancebo en tierra, cuando abierto el cielo,
vertió torrentes de fecunda lluvia.
El rey, viendo sus votos ya cumplidos,
a Risyaringa desposó con Santa.
Volvió, entre tanto, Vifandak del bosque
a la choza, y al hijo fugitivo
buscó en balde do quier con saña osada;
de Anga a la capital marchó enseguida,
para lanzar su maldición tremenda.
Con la fatiga a reposar parose,
en medio del camino, y miró en torno,
y vio praderas de abundantes pastos
y ovejas mil y lucios corderillos
y pastores alegres. -¿Quién os hace
Tan dichosos? -les dijo; y respondieron:
-El piadoso mancebo Risyaringa.
Siguió su marcha Vifandak, y hallaba
paz, opulencia, dicha en todas partes;
y cada vez que de alguien inquiría
de tanto bien la causa, mil encomios
escuchaba de nuevo de su hijo.
Aduló con son grato las orejas
del austero varón tanta alabanza,
y se entibió su cólera fogosa.
Llegó por fin a la ciudad, en donde
le colmó el rey de honores y mercedes.
Vio feliz como un dios al hijo amado,
vio tan gozosa a la gallarda nuera,
que como luz de amor resplandecía;
y en torno vio rebaños florecientes
y amenos, verdes sotos, y el hartura,
y el deleite por huertos y jardines.
No pudo entonces maldecir: las manos
elevó hacia los cielos y bendijo.

Aunque hay ejemplos desde la antigüedad grecolatina (Sobre la India de Flavio Arriano, o la Anábasis de Alejandro Magno…) del interés de Occidente por el mundo oriental, en concreto por la India, es a partir del siglo XVIII cuando la moda orientalista va acercándose a su punto culminante, aunque será una visión estereotipada y sumamente tan esteticista como falsa, pues interpreta la realidad desde la imaginación y el deseo. A ello hay que sumar que en la segunda mitad del siglo XIX interesa buscar las raíces de lo europeo; se quiere crear una antigüedad que haga equiparable la cultura oriental a la occidental, para justificar, también en la cronología, esa visión eurocéntrica del mundo característica de la época de los imperialismos; y ahí es donde los eruditos europeos se acercan al estudio de los indoeuropeos, de lo ario y del sánscrito. A la vez, y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, interesan ciertos aspectos trascendentales promovidos por los movimientos ocultistas y por la Teosofía, para los cuales algunos textos orientales adquieren el valor del ritual o de motivo de reflexión y meditación. A modo simplemente de ejemplo señalemos algunos hitos importantes en el desarrollo de las traducciones de textos del Mahâbhârata a lenguas europeas. Entre 1834 y 1839 se publica la Calcuttaer Edition y entre 1862 y 1888 la Bombayer Edition del Mahâbhârata completo, que también sería traducido por P. Ch. Roy a partir de 1882 hasta 1896. Por estas mismas fechas, se desarrollan algunos estudios en alemán sobre la gran epopeya de la India, el año 1890 en Berlín, S. Lefmann publica su Geschichte des alten Indiens. Especial fortuna, por lo que se refiere al número de ediciones, tuvo la Bhagavad gita, cuya traducción, realizada por Ch. Wilkins, se publicó en Londres en 1785, desde ésta, en 1808 F. Von Schlegel redacta su Über die sprache und weisheit der indier. También en inglés, y en prosa, es la versión realizada en Oxford por K. T. Telang en 1882 perteneciente a los Sacred book of the East.

Todo este panorama cultural interesó a Juan Valera, tanto que se acercó, más allá de sus intereses ecuménicos, en distintos momentos al exotismo con el cual es interpretada la civilización india. Su novela Morsamor es el ejemplo más evidente, también dos poemas, el primero de ellos de carácter narrativo: “Santa (episodio del Mahâbhârata)” y el otro, un apólogo, “Usinar”. Situemos en su contexto ambos poemas.

En el Mahâbhârata se añadieron numerosas interpolaciones al argumento central -el enfrentamiento de Pandavas y Kuravas-; así pueden leerse muchos mitos que pretenden explicar la ascendencia divina de algunos personajes o leyendas sobre el origen de distintos accidentes geográficos que forman la topografía del paisaje en el que discurre la acción de la obra. Algunas de estas interpolaciones se publicaron como textos independientes porque interesaron especialmente al lector occidental, es el caso del “Canto de Nala y Damayanti” y el de la Bhagavad Gita. Son, por otra parte, muy abundantes las interpolaciones que manifiestan un evidente interés didáctico.

El origen de estos textos añadidos puede encontrarse en los brahmanes, fundamentalmente en aquellos que tienen un contenido ascético, así el poema versionado por Juan Valera con el título “Usinar”; y otros más cercanos a la tradición de los shatriyas que, al fin y al cabo, fueron los principales promotores del desarrollo de la epopeya; este es el caso de “Santa”. En los textos ascéticos se aprovecha para introducir conceptos como el de “karma”, sobre todo a la hora de tratar la relación del ser humano con la muerte. Tal preocupación es evidente en la Bhagavad Gita y en “Usinar”.

En “Santa” nos encontramos con uno de esos fragmentos que corresponden más bien a la ética de la epopeya más que a una visión del mundo desde lo sagrado. Bastará con que observemos la negativa visión con la que es caracterizado el clero.

“Santa” comienza situando la acción en un lugar lejano, mostrado más por los sustantivos propios que por una toponimia emplazada en un lugar concreto desde la presentación; por otra parte, ya desde el título del texto sabemos que nos encontramos en un panorama exótico “Episodio del Mahâbhârata”, aunque Juan Valera no realiza una traducción propiamente dicha sino una versión en la que las características de su propio estilo se hacen evidentes. Desde un primer momento la sensación de otredad se manifiesta en el calificativo “glorioso” con el que se acompaña el nombre de Lomapad, el cual, además, es rey de Anga. Lo extraño adquiere siempre unas calificaciones que pueden ser despectivas o enaltecedoras, como es el caso en el epíteto “glorioso”. De la misma forma, el desprecio del orientalismo hacia pensamientos ajenos está en la caracterización de un brahmán que, aunque es el ofendido, aparece retratado, con los de su casta, como sectarios y vengativos, pues ante la ofensa, el reino de Anga es abandonado por sus sacerdotes y esto conlleva que, al no poder realizarse sacrificios, sucedan las desgracias, ya que Indra, “el dios que lanza el rayo y amontona en el filo del agua los raudales” niega la lluvia, a consecuencia de lo cual la miseria devora al pueblo. Y en todas estas palabras no sólo está el hecho de narrar sino la ideología del que mira, con la condescendencia del exotismo, una realidad ajena que, ciertamente, no está tan apartada de la realidad propia en la que se fundamenta su propia cultura, tanto la clásica grecorromana como la judeocristiana (Zeus, Júpiter y Jahvé no están tan alejados de las veleidades con las que se define a Indra y a sus sacerdotes).

Socialmente, de los versos de Juan Valera. se deduce buena parte de la estructura de castas de la India: el pueblo devorado por la miseria, los brahmanes vengativos, los representantes del poder, el rey y los “varones doctos” a los que consulta Lomapad dados los problemas de su tierra. Esos varones no son los sacerdotes -pues se han desterrado-, en todo caso serán los sabios -pertenecientes al mismo estamento que los satrias-, aquí está esa interpretación del Mahâbhârata como obra escrita por miembros del estamento guerrero, con añadidos de los brahmanes.

El consejo de Lomapad llega a la conclusión de que es necesario volver a hacer sacrificios y, para ello, han de regresar los sacerdotes, aunque la tarea se ve como una prueba peligrosa: ir hasta un recóndito bosque a orillas del Kausiki; allí donde vive Vifandak, hijo de Kasyapa, descrito como “brahmán austero y penitente”, “grave, terrible” e hirsuto de los pies a la cabeza. Vifandak tiene un hijo, Risyaringa, héroe del relato, no ha tenido más contacto con seres humanos que con su padre; el doncel es descrito desde la inocencia total y desde la existencia en plena comunión con la naturaleza. Este es uno de los motivos por el que Juan Valera ha escogido este fragmento del Mahâbhârata pues se aproxima en cierta medida a la tradición occidental ejemplificada en Perceval, la cual sin duda fue conocida por Juan Valera.

Para atraer a Risyaringa hasta el reino de Anga es necesario que lo seduzca una doncella, aunque en la versión original la doncella se muestra como peregrino, y en cierta forma también en la de Juan Valera, creando una situación ambigua que el poeta español evita -actuaría de una manera similar en su traducción de Dafnis y Cloe de Longo-. La mención de esta doncella nuevamente nos aproxima a la tradición occidental del reino que padece una plaga -léase dragón- y la necesidad de entregar una doncella que lo salve. Ahí están tantos cuentos tradiciones y mitos -como el del Minotauro- y leyendas -como la de san Jorge y el dragón-. Las doncellas, ante la solicitud del rey, manifiestan su miedo a las maldiciones de Vifandak. Es necesario recordar aquí cómo el culto del brahmán es catalogado en todo momento como algo terrible que produce temor y catástrofes.

Frente al padre, Risyaringa es descrito como “piadoso mancebo”, “candoroso joven”, inocente y puro que se alimenta sólo del agua de los manantiales, frutas silvestres y hierbas. En estos términos, el autor se muestra con ese lenguaje castizo tan propio en él, pero que aquí -sucede lo mismo en Morsamor– supone un cierto anacronismo, muy apropiado para acercar un texto de este tipo a sus contemporáneos. Es la misma técnica que Juan Valera utiliza en su traducción de cuentos japoneses: “El pescadorcito Urashima” y “El espejo de Matsuyama”.

Va a resultar que es Santa, la propia hija del rey Lomapad, la que acaba ofreciéndose para el sacrificio. Así que se prepara una barca, como si fuese a dar cabida a una peregrinación. En ella viajará Santa, acompañada por su padre. Recorren el río Kausiki hasta llegar a la casa donde habita el ermitaño Vifandak. Allí encuentra Santa a Risyaringa, que está solo. Y comienza el proceso de seducción.

Comienza Santa mencionando las tentaciones que hay en el mundo, en otras tierras que no son las salvajes habitadas por el hijo de Vifandak: las flores más bellas y olorosas, los frutos más dulces y el agua más salubre y clara; pero lo que realmente atrae al joven es la misma presencia de Santa; para él, la princesa refulge como una llama y es como una diosa, de hecho pretende adorarla, momento en el que Santa, siguiendo los consejos de su padre, pero también atraída por el muchacho que ha encontrado, le echa los brazos al cuello y le da un beso que le hace sonrojarse. Este gesto es muy importante, pues mantiene la inocencia de la doncella Santa, más allá del proceso de seducción que está llevando a cabo. Como protección de una inocencia que tiene que quedarse como mera invitación no consumada para exacerbar los sentidos del muchacho, Santa huye a la nave en la que su padre aguarda.

La mirada con la que Risyaringa ha contemplado a Santa se hace más evidente cuando el joven se la describe, desde su candidez, a su padre, pues Vifandak, al regresar a la casa encuentra a su hijo en un estado de abandono que no es el habitual en él. Así es Santa en palabras del mancebo: “de negros ojos y sonrosada y blanca faz, en trenzas los cabellos caían por su espalda; en sus labios brillaba la sonrisa; gentil, gracioso, esbelto era su talle y en suave curva levantado el pecho, como canta el kokila [se trata de un pájaro de la familia de los cucos; es frecuentemente utilizado como metáfora y como elemento paisajístico en la poesía india] en la alborada, así su voz sonaba a mis oídos, y a su andar un aroma yo sentía como el del aura en grata primavera”. En definitiva, nos encontramos aquí con todos los encantos físicos de Santa, los que han seducido a Risyaringa, pero hay más, en las palabras del joven, el beso que le ha dado la doncella le ha embriagado hasta el punto de que por “todo mi ser discurrió al punto un estremecimiento delicioso”. El enamoramiento ha sido total.

Vifandak, representante de la vida ascética y conocedor de los engaños de la existencia, advierte a su hijo: “no te confíes, hijo, en belleza material; a veces van los gigantes por el bosque entrando y toman bellas formas, con intento de seducir a los varones píos y perturbar su penitente vida”. También Buda tuvo que sufrir la agresión de este tipo de visiones en la noche del alma previa a su iluminación, cuando Mara, el demonio, le envía distintas pruebas, la segunda con sus propias hijas, las tres representando el deseo, la satisfacción y el arrepentimiento. Pero Risyaringa no es Buda, por mucho que Santa, al dirigirse a él le haya llamado “Muní”, que en sánscrito significa “silencioso” o ermitaño.

Vifandak se percata de los sentimientos que embargan a su hijo y, enfurecido sale de la casa dispuesto a encontrar a la mujer que ha embrujado al muchacho. Este momento es aprovechado por Santa para volver a entrar en la casa y convencer al joven para que le acompañe.

La nave viaja rápidamente hacia Anga; allí se celebrarán los esponsales de Santa y Risyaringa. Con la llegada del sacerdote, la maldición del reino acaba y la lírica se transforma en relato tradicional.

No es de extrañar que una leyenda como esta atrajese a Juan Valera, pues responde plenamente a una concepción romántica que era muy de su gusto; así se hace evidente en sus novelas, especialmente en Juanita la Larga y en Pepita Jiménez. Tal interpretación implica que gracias al encuentro con el amor, la vida se transforma en una riqueza existencial que no estaba antes de la eclosión de un sentimiento que llega a transformar el paisaje terrible en un locus amoenus. En Anga vuelve a caer la lluvia fecunda, ha concluido la maldición de la muerte, por el sacrificio del amor; abundantes pastos, fertilidad de los animales, paz, opulencia. Todo este paisaje es el que va a encontrar Vifandak cuando, enfurecido todavía, vaya en busca de su hijo; tal contraste entre la negra ira de Vifandak y la luz que ilumina Anga se irá borrando cuando el rudo ermitaño sepa que todo aquello ha sido producto de la llegada al reino de Risyaringa. Cuando Vifandak cruza las puertas de la capital de Lomapad, sus ansias se han ido apagando y como final de un idilio -pues tal es este poema- ve a su hijo amado por toda una nación, la hermosura de sus nuera, los rebaños, la verdura de sus huertos y jardines “no pudo entonces maldecir; las manos elevó hacia los cielos y bendijo”.

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Inscripción en la espiga de una espada gótica

 

 

Si la espada es el espíritu,
¿Qué fuerza puede llegar a partirla?

 

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LA DAMA DEL LAGO

Pocas eran las cosas de valor que Alejandro Cisneros Valenzuela guardaba en su casa; recuerdos de unos tiempos ya casi olvidados. Ahí estaba, en una carpeta de polipropileno cristal azul, en un cajón de su gaveta, un documento en pobre papel ya amarillento y resquebrajado, que guardaba en cada arruga, mancha y rasgadura los ecos de los tiempos de miseria y hambre. En aquel documento, al cual se adjuntaba la fotografía de su abuelo, Joaquín Cisneros, se nombraba a éste Caballero Mutilado de guerra. Mirando aquella letra de escribano formado en la caligrafía cancilleresca del siglo XX, Alejandro Cisneros Valenzuela no podía evitar recordar la historia de su abuelo; herido de gravedad en el Frente de Aragón, meses después de que llegasen a su pueblo aquellos grupos de alistamiento. Su abuelo ni siquiera estaba seguro de cuál había sido el bando fratricida en el que había luchado. Era persona de pocas palabras, hasta aquellas tardes en las que tomaba un vaso de vino de más; y ese detalle Alejandro Cisneros lo recordaba especialmente. Igual que recordaba aquellos días en los que iba a esperarle en las cercanías del colegio, y le llevaba la merienda y después se echaba al hombro una mochila cargada de libros, que en sus espaldas de antiguo cantero no era nada.

Eran muchos los recuerdos que Alejandro Cisneros Valenzuela conservaba de su abuelo; pero aquellos de la guerra eran producto de las palabras de su abuela Gloria.

La abuela Gloria, que tanto tuvo que ver en esta vida antes de morir con sus recuerdos y sus palabras perdidos en la agonía de una niebla que apagaba toda su luz. Pero antes de esto, la abuela Gloria sí que le contó algo. Aquel día en que el abuelo Joaquín fue alistado. Fue él mismo el que se ofreció voluntario, pues la otra opción era su hermano más pequeño y eso no podía ser. El abuelo Joaquín se había criado en los campos, sabía perfectamente lo que era matar (fue él quien sacrificó aquel jabalí que cada noche arrasaba las pobres huertas de una tierra eterna de secano). Y a la abuela Gloria sólo le quedaron las lágrimas, las primeras de otras muchas que irían vertiéndose con los años.

Sí que había dos recuerdos especiales que mencionaba el abuelo Joaquín: la camaradería de aquellos soldados que arrastraron su cuerpo en una manta hasta el puesto de sanidad más cercano, y la generosidad de aquella monja del Hospital Provincial de Zaragoza que le donó toda la sangre con la que él había regado la ribera del Ebro. Más allá, no existían las palabras de guerra.

Además de aquel documento, Alejandro Cisneros Valenzuela conservaba un reloj que le diera su padre al hacerse mayor. Un reloj de bolsillo, en latón, con sus iniciales en la caja: AC, recuerdo de aquel abuelo que cruzó el Atlántico para enfrentarse a la malaria y a la balas de los mambís. Aquel reloj hacía casi cien años que no funcionaba.

Y una escultura de bronce fundido a la cera perdida, de unos cincuenta centímetros, representado a Miguel de Cervantes; heredada de un tío con el que había compartido sus inquietudes literarias en horas de café, comentando los libros que había descubierto en su biblioteca.

De todos esos recuerdos y del gusto por las novelas de Pío Baroja, Alejandro Cisneros Valenzuela había desarrollado una visión existencial, una interpretación del mundo, una filosofía de vida en la cual la acción era casi como un reglamento secreto que cumplir para poder mirarse cada mañana en el espejo. En realidad, nada iba más allá de una fantasía, pues, jamás había tenido una experiencia que pudiese calificarse como ejemplo de aventura. Para proteger ese interior que veía reflejado en sus ojos, Alejandro Cisneros se fue alejando del mundo intelectual contemporáneo, hacia un mundo más lejano, aquel en el que no había separación entre la fantasía, el heroísmo, la acción, en definitiva, y las ideas. Fue por ello por lo que diez años después de acabar su carrera de Filosofía y Letras había decidido especializarse en literatura medieval.

Desde hacía siete años, Alejandro trabajaba en un instituto situado más allá de las murallas de su ciudad, una ciudad a la que él le gustaba recordar con el nombre que muchos siglos atrás le dieron los musulmanes, la Ciudad Blanca. Nombre originado seguramente en la visión de los sillares que formaban las murallas; tan blancas que reflejaban los rayos del sol poniente. Una ciudad que estaba cambiando a pasos agigantados, que había perdido algunos de sus rincones más típicos, pero que, también era cierto, se había enriquecido con unas aportaciones que mantenían alerta todos los sentidos.

Los martes eran para él un día especial. Terminaba muy temprano sus clases y paseaba, de vuelta a casa. Daba igual el tiempo que hiciese: ya las nieblas casi eternas en el invierno de Zaragoza, ya el cierzo, ya un sol de justicia. Todos momentos eran buenos para cruzar el puente más nuevo sobre el Ebro; para detenerse en su comienzo y contemplar desde el pretil el último meandro que trazaba el río antes de entrar en la ciudad. Seguía caminando ribera del río, recorriendo el trazado de la antigua muralla. Le gustaba detenerse junto a aquellos sillares que todavía conservaban las huellas de una guerra que dio a la ciudad el nombre de inmortal. Ante aquellos muros, el ejército más poderoso de su época se estampó una y otra vez, y sólo una forma tuvo Napoleón de adueñarse de la ciudad de Zaragoza: la destrucción.

Entraba por las calles que le vieron sus primeros pasos; calle Añón, las calles con recuerdos de la época en la que se luchaba casa por casa: Calle Asalto, Calle Heroísmo. En cada rincón, esquina o portal encontraba algún recuerdo: las mañanas que acompañaba a su abuela a comprar enormes trozos de hielo para la fresquera, los primeros tebeos cuyos nombres aún recordaba, aquel día siendo niño que comenzó a llorar sin saber por qué, el sabor de las galletas con nata, el olor del café torrefacto mezclado con el tabaco de las tabernas; los adoquines grises siempre brillantes. Todo aquello era su historia y aunque no la recordase, a cada momento, en cada paso que daba por aquellas calles estaba implícita la vida.

En la Calle El Coso, había una librería en la cual le gustaba entrar. Se encontraban en ella los olores de los antiguos tebeos, los colores de sus páginas cuajados por el paso de los años. Lugar frecuentado por humildes lectores de novelas de bolsillo: Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado, Lou Carrigan. Hubo un tiempo en el cual sus continuas horas en autobús para llegar al colegio le permitieron leer muchas de aquellas novelas. Después llegaron los años de soberbia universitaria: la negación de lo que era considerado pseudoliteratura. Y más tarde, las aguas que se calman. Ahora miraba con nostalgia aquellas novelas ajadas por los años y las manos que pasaban sus hojas amarillentas una y otra vez. En su casa, Alejandro Cisneros Valenzuela guardaba numerosas novelas de aquellas, conseguidas, precisamente en aquella librería de techo alto y encalado.

Le gustaba ojear las estanterías. Siempre encontraba en ellas algún tesoro que contribuía a hacer más especiales aquellos martes que le devolvían la savia de los años antiguos. Un día fue una edición de Prosas Profanas de Rubén Darío; encuadernado en tela, impreso en 1927, con preciosos grabados. Le gustaba llevar ese libro a sus clases cuando tenía que leer a sus alumnos de quince años los poemas modernistas, siempre los mismos, y siempre igual de hermosos: “Era un aire suave” o “Sonatina”. Otro día encontró una preciosa antología de cuentos universales, preparada por Ramón Menéndez Pidal, en cuyos libros Alejandro Cisneros había salvado tantas y tantas horas de la desidia cotidiana de vivir.

Muchas veces, el hallazgo era anunciado por una especie de temblor, escalofrío o estremecimiento previo que recorría su espalda cuando aguardaba a que el semáforo le permitiese alcanzar el punto de retorno de sus paseos de los martes.

Aquel día le recorría una extraña inquietud. Debería haber reconocido en ella la sensación del anuncio.

Aparentemente todo era como cualquier otro día. La librería sumida en la semipenumbra característica de una sala de paredes ocultas tras anaqueles ocupados por libros. La primavera todavía no había comenzado en aquel lugar de techo blanco e irregular típico de las casas con un siglo. La verdad era que en el exterior tampoco se apreciaba en exceso que el calendario marcaba un cinco de mayo. Llovía, con ese viento que hacía inútiles los paraguas. Una pequeña estufa de resistencias daba más luz que calor. Cerca de ella estaba sentada Mercedes, la dueña de la librería.

Después de los saludos de rigor y el comentario sobre cómo ese año la primavera se hacía esperar, Alejandro comenzó a recorrer los estantes. Muchos de los lomos ya le eran conocidos: versiones de exitosas series de televisión de hacía diez años, restos de colecciones que su primer dueño nunca acabó, clásicos de aventuras, textos de filosofía para supervivientes de los tiempos modernos. En el centro de la tienda un estante repleto de tebeos. Todos y cada uno de los ejemplares tenía una historia, que algunas veces era fácil imaginar en cada una de las marcas que los hacían especiales. Algunas veces los libros tenían una biografía que le era desvelada por Mercedes. Recordaba Alejandro Cisneros el día que observó en un estante la edición completa de la primera época de El Guerrero del Antifaz, comprado en una feria de coleccionistas, su dueño no pudo llegar a leerla y su esposa, apagadas las primeras tristezas decidió venderla. Alejandro Cisneros no podía evitar aquella historia cada vez que veía en su biblioteca los tomos decorados en forma de puzzle.

Algunas veces, Alejandro recorría los estantes con la mirada de un orgulloso general que pasa revista a las tropas que van a entrar en combate. Otras veces, más soñador, veía los títulos con la melancolía que merecían aquellos libros, todos ellos pecios de alguna vida. Hoy era un día melancólico, quizá la lluvia, quizá porque había leído a sus alumnos ese poema de Pedro Salinas que comenzaba “Ayer te besé en los labios”; poema que siempre le dejaba con la sensación de haber perdido la vida.

Parecía que nada nuevo había llegado aquella semana a la librería que tenía nombre galdosiano.

Mercedes, que de no haber sido librera perfectamente ocuparía su sitio en una fotografía en tonos sepia, con un collar de perlas rodeando su cuello, le conocía bien. Sabía cuándo Alejandro visitaba Casa Amadeo con ganas de hablar, o cuando buscaba el refugio en los libros impasibles a todo desaliento. Aquel día era de silencio. Mercedes leía aquella revista semanal que hablaba de amoríos, nacimientos, traiciones, deslealtades, infidelidades y muertes. Alejandro suponía que aquellas no eran las únicas lecturas de Mercedes, pero eran lo que siempre tenía entre manos, quizá como una muestra de deferencia hacia aquellos usuarios de su librería que se protegían entre las páginas de una novela del oeste o en una romántica, de la pesadilla de vivir.

El ritual era casi siempre el mismo.

Mercedes, aparentemente sin prestar atención a cómo Alejandro Cisneros recorría las estanterías, respetaba con su silencio esos momentos. Como buena librera, sabía que el silencio era fundamental en la búsqueda del tesoro que todo frecuentador de bibliotecas de viejo espera encontrar un día. Siguió ojeando una revista, como aquel que no tiene nada mejor que hacer, pero que conoce la necedad de creer en ciertos comentarios de la letra impresa.

Alejandro Cisneros terminó su recorrido. Entre su botín de aquel día había una edición conmemorativa, en bolsillo, con tapa dura e iniciales en rojo para cada poema, de La voz a ti debida, de Pedro Salinas y un ejemplar de El arte japonés de la guerra, estudio preparado por Thomas Cleary (ya lo tenía, pero quería hacerle un regalo a un amigo, guardia civil en Huesca).

Depositó ambos libros sobre el mostrador, mejor dicho, sobre las columnas de novelas que ocupaban el mostrador. Se disponía a pagar, aunque en el fondo sospechaba que aquello no había terminado, como en un concierto en el que la gente aplaude esperando las canciones que faltan por tocar.

Más allá del mostrador, había una trastienda, separada por una cortina de colores étnicos que seguramente Mercedes había traído de alguno de sus viajes. Mercedes cruzó el umbral del almacén del tesoro y volvió llevando en sus manos el libro desconocido que desde hacía una hora había producido el palpito anunciador en Alejandro Cisneros. Un libro que había llegado a la tienda dos días antes y que Mercedes había guardado para él, sabiendo de sus gustos por la literatura de aventuras caballerescas. En realidad, uno de los placeres que hacían más agradables los martes –aquellos en los que Alejandro Cisneros estaba dispuesto a disfrutar de la conversación- eran los minutos que permanecía hablando con Mercedes. Tantos habían sido los momentos así sumados a lo largo de las semanas que, aunque la seguía tratando de usted, eran como viejos amigos.

En las manos de Mercedes había un libro en tonos ocres, tamaño folio. El canto de las hojas del color oscuro con el que envejecen los buenos libros. Se veía que era antiguo, pero a vez, el cuero del lomo brillaba en sus dorados. Alejandro tomó el libro, y en ese momento reconoció el pálpito. Ahí estaba el motivo de aquel martes. Era el tomo primero de los Libros de caballerías editados por Adolfo Bonilla y San Martín, para la imprenta de Bailly, Bailliére e hijos, en Madrid, año de 1907. De adquirirlo, ese sería el libro más antiguo de su biblioteca. Contenía varias historias del Ciclo Artúrico, entre ellas las fundamentales de El baladro del sabio Merlín y La demanda del Sancto Grial, con los maravillosos fechos de Lançarote y de Galaz, su hijo. Alejandro Cisneros sabía de la existencia de ese libro por diversos repertorios que había manejado cuando estaba haciendo su tesis. Incluso tuvo en sus manos un ejemplar, perteneciente a la Biblioteca General Universitaria. Pero no lo recordaba tan bello como ese.

Se notaba que el ejemplar que ahora le era ofrecido había pertenecido a alguien a quien gustaban los libros hermosos: el equilibrio de marrones y marfil, resultado de la unión de pergamino y cuero. El tacto de las nervaduras del lomo, las letras grabadas en oro. Era realmente un precioso libro. Como sucedía, casi siempre, los libros que salían de la trastienda, en manos de Mercedes, acababan en la biblioteca de Alejandro. Con el tiempo, éste llegó a comprender la profunda relación que se establece entre librero y lector cuando el primero tiene la habilidad, el gusto y el tacto para conocer a quien visita su establecimiento.

No interesa en exceso el resto del procedimiento mercantil. El acto de adquirir aquel libro para su biblioteca iba más allá de cualquier transacción económica. Mercedes, de Casa Amadeo, no pidió más de lo que podía permitirse pagar Alejandro Cisneros.

En la calle seguía lloviendo. Al menos el viento había disminuido y el paraguas servía para algo. Los recién adquiridos libros iban en una bolsa de plástico, concesión que Alejandro Cisneros había hecho aquel día a causa de la lluvia; prefería llevar los libros en la mano, permitiendo que respirasen el aire hacia su casa y a la vez, dándose el lujo de hojearlos mientras esperaba en los semáforos en rojo.

Aquel era un día especial. El botín conseguido bien merecía la pena una celebración. Nadie le esperaba en casa. Al día siguiente era fiesta; así que decidió dar un pequeño rodeo y entrar por la Zaragoza más antigua. Había una cafetería a la que hacía tiempo que no iba. Una preciosa cafetería con techo de artesonado de madera decorado con pinturas del siglo XV. Era algo que sucedía frecuentemente en aquella parte de la ciudad: cualquier restauración en una casa hacía que apareciese la maravilla. Todavía recordaba en una ocasión, siendo niño, que en uno de los bares que frecuentaba con su padre, el antiguo bar Estanquillo, el dueño había decidido hacer una reforma. Al levantar uno de los suelos apareció calada en un palo una bayoneta, a manera de lanza, recuerdo de los meses heroicos y terribles vividos por la ciudad ante el, hasta entonces, invencible ejército de Napoleón.

El ambiente de aquella cafetería del siglo XV era acogedor; más en un día como aquel, con una lluvia fría del mes de mayo, más desagradable que el aguanieve de enero. Además, Alejandro Cisneros comenzaba a arrepentirse de no haber llevado sus zapatos a arreglar: una grieta en la suela derecha había permitido entrar el agua hasta su pie y comenzaba a sentir frío y esa punzada en la garganta que anunciaba un posible comienzo de fiebre. A nada de ello le dio importancia, ni siquiera al sabor metálico que tenía la taza de café con leche. Mientras se enfriaba el café, en aquella mesa en la semipenumbra, Alejandro sacó de la bolsa el libro de caballerías y lo fue ojeando. Era agradable sentir, incluso, el leve crujido de unas hojas que posiblemente hacía mucho que nadie miraba.

Pasó una hora. El rugido de la lluvia al golpear sobre el empedrado fue disminuyendo de intensidad. Aprovechando uno de los claros del cielo, Alejandro Cisneros abandonó la cafetería y a pasos apresurados llegó a su casa. Calentó en el microondas lo primero que encontró y después de comer volvió a leer fragmentos de su libro. Se quedó dormido en el episodio en el cual la espada Escalibur emerge de las aguas para ser entregada por la Dama del Lago a Arturo.

Se despertó tarde. La punzada de la garganta se había acentuado. Un día de esos tendría que ir a un curso de educación de la voz para profesores, cosa que, la verdad, le apetecía más bien poco. Sentía frío, y esa necesidad de no hacer nada que precede a una noche de fiebre.

Tenía que corregir unos exámenes de literatura renacentista. Se sentó en su escritorio. Leía una y otra vez lo mismo. Ponía una nota, a sabiendas de que en otro momento y con otras circunstancias posiblemente la calificación habría sido otra (era por ello por lo que mantenía una tendencia benevolente a la hora de puntuar los exámenes de sus alumnos). Después de evaluar unos pocos exámenes, Alejandro Cisneros pasaba la yema de sus dedos por el cuero de su nuevo libro y no podía evitar abrirlo para leer, al menos, una de sus páginas, impresa a doble columna. Después dejaba el libro sobre su escritorio, junto a la fotografía de un niño.

Así llegó la noche. El dolor de garganta era un suplicio. El frío recorría su espalda. Cuando fue a levantarse de la silla, notó que todo el cuerpo le pesaba más de lo que era habitual; le dolían las rodillas y las paredes de la habitación parecía que se movían. Se tumbó en su cama, sin desvestirse siquiera. Conocía bien esas sensaciones; acudían periódicamente a la cita para anegarle los momentos de felicidad o para exigirle un descanso que no daba a su cuerpo. Al frío interno que recorría su espalda, se unió el frío de una cama vacía. Más allá de su ventana, el cielo se fue oscureciendo poco a poco. Alejandro Cisneros se fue sumiendo en un duermevela repleto de extraños sueños. Palabras que salían de un lodazal en forma de volcán. Un extraño reflejo sobre las bisagras metálicas de su armario le hizo sentir que se iluminaba el interior dando lugar a un mundo en el que sus pantalones, camisas, chaquetas y corbatas cobraban vida más allá de sí mismo.

La oscuridad era total. La fiebre le hacía arder. Su ropa estaba empapada. Fuera seguía lloviendo, pero el golpear de las gotas contra el asfalto, en el silencio de medianoche, se transformaba en un delirio de pasos en el bosque, en busca de un ciervo blanco. Sequedad en la boca; tortura de una garganta reseca por la fiebre. Hubo de levantarse para intentar calmar la sed. Agarrándose a los muebles llegó a la cocina y desde la ventana, pudo contemplar su propio reflejo. Pero ya no era él mismo. En el cristal de la ventana, cuajado de las gotas de lluvia, se aparecía la fotografía de aquel niño que descansaba en lo alto de su escritorio. Y más allá las luces de las farolas que semejaban los brillos de agua en movimiento. Aquellos tiempos de su niñez, que todavía eran en blanco y negro, como la fotografía tomada un día de pesca. Los extremos de las perneras de su pantalón metidos dentro de los calcetines, para evitar llenar de barro el doble, una camiseta con ciclistas, una rebeca de lana azul celeste (así la recordaba él) y una gorra visera en la mano, que se quitó en el momento de la fotografía. Más allá un estanque en el cual brillaba un sol antiguo del día en que fue tomada aquella instantánea de su niñez.

El resto de la noche pasó en una pesadilla en la cual una y otra vez se repetía un endecasílabo que había saltado desde una de las columnas de su nuevo libro: “El alba salió clara e hermosa”. Una y otra vez las mismas palabras, el mismo ritmo. Búsqueda de sentido. ¿Por qué se repetía una y otra vez? Cuando comenzaba a amanecer, después de que el cielo hubiese descargado toda la lluvia que guardaba, Alejandro Cisneros se quedó profundamente dormido. Lo peor ya había pasado. Se levantó de la cama a las cinco de la tarde. El sol brillaba con la fuerza de un día de mayo. El cielo de Zaragoza tenía un azul que no era el cotidiano. Parecía que la lluvia y el viento habían arrastrado todos los pecados de la vida en la ciudad. Le flojeaban las piernas. Su cuerpo y su ropa olían al sudor dulzón de la fiebre. Dejó que el agua templada arrastrase la penuria de la noche. Un pantalón limpio de pijama y su albornoz le transmitieron la sensación de frescura que necesitaba. Con un vaso de leche en la mano se acercó a su escritorio. Allí descansaba el libro que había comprado el día anterior, y a su lado la fotografía del niño. Había en la mirada de aquel niño una candidez que hacía tiempo no encontraba en el espejo de las mañanas. Quizá por eso le gustaba tener allí aquella instantánea.

Alejandro Cisneros se aproximó al teléfono. Marcó el número de información de la estación de ferrocarriles, y cuando conoció los horarios que le interesaban, tomó una determinación. El resto del día transcurrió con esa sensación metálica y de dejadez que se mantenía unos días después de aquellas crisis febriles. Sentado en su sillón, los exámenes todavía sin corregir, sobre el escritorio, se dedicó a leer aquel libro que acariciaba y se fue sumergiendo en un mundo de ensueño, hasta que se quedó dormido, sin llegar a percatarse de ello.

Alejandro Cisneros despertó con las primeras luces del amanecer. Era su costumbre. Aquel día le esperaban sus clases en el instituto: la sintaxis, la dificultad de comprender cómo una palabra tan nimia como un “que” por virtud de su esencia de pronombre se podía transformar en el sujeto de una subordinada; la belleza del soneto garcilasiano; cada rima asonante de esos romances que, algunas veces, recitaba de memoria a sus alumnos. Nada de eso le interesaba hoy. No se anudó la corbata, ni se vistió con esa chaqueta con la que se disfrazaba de profesor. Se calzó unas botas de ante y al salir de su casa tomó un camino distinto.

Pronto llegó a la estación del tren. La ciudad sonaba diferente, como en esos días en los que todo el mundo trabaja, menos aquel que se dedica a contemplar la vida.

Compró un billete y lo guardó en su pequeña mochila de lona en la cual sólo llevaba el libro comprado el día anterior y la fotografía en la que cada día le costaba más reconocerse. El día estaba realmente hermoso y mientras el tren abandonaba la ciudad, Alejandro fue contemplando alguno de sus paisajes de tiempos antiguos. Tenía sobre sus rodillas el libro, leía algunas páginas y miraba más allá de la ventanilla. A las doce del mediodía, el tren se detuvo en el pueblo de destino. Todavía le quedaban dos horas de caminata. Esperaba encontrar aquel estanque rodeado de chopos y algunos robles en el que se quedaron ancladas, muchos años atrás, sus ilusiones de niño. Qué distinto el aire que respiraba en aquel lugar. No tenía prisa por llegar. Todavía notaba cierta flojera en sus piernas y la sensación de equilibrio un tanto distorsionada, pero siguió caminando hasta que, finalmente, vislumbró a la vuelta de un camino, las ruinas del monasterio medieval al cual tantas veces hubiese querido entrar; pero siempre estaba cerrado. Se paró un momento frente a una lápida de granito con letras en alemán. Siempre se le olvidaba copiar aquel mensaje para que alguien se lo tradujera, y ahora no sabía alemán, ni llevaba la pluma que le acompañaba en sus viajes.

El bosque lindaba con una suave orilla que se deslizaba en barro musgoso hacia unas aguas oscuras. Muchas eran las horas durante las cuales se había dejado acunar por el movimiento de la superficie del lago; muchas veces aquellas aguas le había hablado, le habían cantando al oído, como un regalo, cuando conseguía acallar todos los pensamientos y las voces de aquellos que le rodeaban. Ahora, sentado a los pies de un chopo, mirando la misma superficie agitada por la suave brisa, todas aquellas sensaciones de cuando niño fueron recuperándose. Sus ojos parecían descansados de los años.

Alejandro Cisneros se puso en pie. En sus manos llevaba el volumen uno de los libros de caballerías editados por Adolfo Bonilla y San Martín para la imprenta Bailly, Bailliére e Hijos, en Madrid, el año 1907; como separador de páginas una fotografía de tiempos muy muy lejanos. Fue caminando hacia el centro del lago.

A la mañana siguiente, un libro de lomo de cuero, estampaciones en oro y tapa de pergamino flotaba entre las aguas inmutables del estanque.

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CUENTOS DE TERRAMAR

Japón, 2006.
Dirección. Gorô Miyazaki. Estudio Ghibli.
Producción. Toshio Suzuki y Tomihiko Ishii.
Música. Tamiya Terashima.
Guión. Gorô Miyazaki y Keiko Niwa.
Basado en el relato de Ursula K. Le Guin La costa más lejana.
Composición de la canción final: Akino Arai y Hisaaki Hogari.
Intérprete de la canción Aoi Teshima.
Participación en la música de Carlos Núñez.
Distribuida por Tôhô.

Sinopsis.

En el reino de Terramar comienzan a suceder una serie de hechos que anuncian un cambio en el mundo. Los magos pierden sus poderes, los dragones luchan entre ellos en un cielo de tormenta, las epidemias atacan tanto a hombres como a animales, y los campesinos abandonan sus tierras. La situación es tan preocupante que el rey se reúne con su consejo para intentar solucionar todo aquello.

Poco después, mientras el rey camina por un solitario pasillo siente una amenaza desde las estatuas. De entre dos pedestales surge el príncipe Arren que se abalanza hacia su padre con un cuchillo en las manos, le da muerte, coge su espada mágica y huye al desierto donde será atacado por famélicos lobos. Está a punto de ser devorado cuando un misterioso peregrino detiene a los animales. La mirada de Arren pasa del deseo de morir a la ira, pero acepta acompañar al extraño viajero, el cual dice llamarse Gavilán. Es un mago, en realidad es el Archimago, que ha abandonado sus dominios para investigar las causas por las cuales la luz, que es la manifestación del equilibrio del mundo, está perdiendo su fuerza.

Arren es conducido por Gavilán hasta la ciudad de Hort, en la cual las gentes viven hacinadas, donde los magos han perdido sus poderes, los seres humanos son esclavizados como animales e inmundos traficantes hacen que las personas comiencen a tomar una sustancia con la cual olvidan su tristeza de vivir, pero, a la vez, poco a poco van perdiendo su alma.

Arren consigue salvar a una arisca muchacha que está a punto de ser secuestrada por los soldados; poco después él será el capturado. Gavilán lo rescata y ambos se dirigen a la casa de una mujer hechicera, Tenar, con la cual vive Therru, la muchacha a la que liberó Arren. En ese momento va a comenzar el enfrentamiento de Arren a las fuerzas oscuras que quieren dominar el mundo.

Hubo un tiempo muy muy lejano para cada una de las culturas que habitaban esta tierra en el cual el mundo era de héroes que se enfrentaban a las tinieblas. En cada momento ese mundo de la épica mostraba unas determinadas características que eran las que posteriormente funcionaban como arquetipo para el desarrollo personal de los miembros en una civilización concreta. También el siglo XXI necesita de su épica, que obligatoriamente ha de ir encaminada hacia el espíritu, hacia el equilibrio de una luz que intenta ser cegada por la masa oscura. Tantos son los casos en los que podemos encontrar esa épica interior que pretende guiar el proceso de alumbramiento del héroe (y léase aquí esta palabra en el sentido general que engloba tanto a mujeres como a hombres). El nacimiento de la expresión contemporánea del combate entre la luz y la oscuridad está perfectamente expresado en una joya cinematográfica cual es La guerra de las galaxias.

Muchas veces, la épica trasciende el arquetípico enfrentamiento entre seres sobrehumanos y se expresa en la lucha interior que toda persona sufre para, cada vez, ser más fuerte. Las películas japonesas de dibujos animados han utilizado, siguen utilizando, este tipo de argumentos. Ahí están Mazinger Z (en el cual habría que buscar ciertas similitudes con Cuentos de Terramar, sobre todo en la androginia del mal representada en Lord Cob), Los caballeros del Zodíaco, El viaje de Chihiro, que es un maravilloso viaje de engrandecimiento del alma, como lo es Niki la Bruja (ambas obras producidas por Ghibli).

El mundo épico no puede ser racialmente puro, por fortuna nada lo es. Así lo experimentaron autores como C.S. Lewis o J.R.R. Tolkien. Por ello, el campo de batalla entre las fuerzas de la luz y la oscuridad en Cuentos de Terramar se enriquece con una decoración bizantina, pero a la vez expresa la valentía con la música celta magníficamente interpretada, como es habitual, por Carlos Núñez, y sus protagonistas montan en llamas andinas. Así la heroificación adapta lo mejor de esta era global que nos ha tocado vivir.

Hay un empeño en afirmar que “la magia es pura mentira y aire” en un mundo en el que la luz se va apagando. Pero la superación de la ira, la tristeza y el remordimiento está en las palabras de la maga Therru o Tehanu: “odio a todo aquel que no es capaz de valorar la vida” porque esto es lo más importante que tenemos, ya que tiene un final. Este es el mensaje que atraviesa el corazón, como esa canción que interpreta Therru y que cierra el filme.

La Creación de Ea es la base de la educación en el Archipiélago. A los seis o siete años, todos los niños han escuchado el poema y muchos han comenzado a memorizarlo. Un adulto que no se lo sabe de memoria, de manera que pueda recitarlo o cantarlo con otros y enseñárselo a los niños, es considerado alguien enormemente ignorante. Se enseña en el invierno y en la primavera, y se recita y se canta todos los años en la Larga Danza, la celebración del solsticio de verano.

Al principio de Un mago de Terramar se encuentra el siguiente trozo:

Sólo en el silencio la palabra,
sólo en la oscuridad la luz,
sólo en la muerte la vida;
el vuelo del halcón brilla
en el cielo vacío.

El comienzo de la primera estrofa se cita en Tehanu:

La creación y la destrucción,
el fin y el comienzo,
¿quién podría distinguirlos con certeza?
Lo que conocemos es la puerta que los separa,
por la que entramos al marcharnos.
Regresando sin cesar entre todos los seres,
el anciano, el Portero, Segoy…

y el último verso de la estrofa:

Entonces desde la espuma surgió
resplandeciente Ea.

Cuentos de Terramar. Ursula K. Le Guin.

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EL POZO

Ficha técnica
Título original Chakushi Ari Ni.
Japón 2005.
Dirección. Renpei Tsukamoto.
Productora. Kadokawa Pictures.
Guión. Miwako Daira.
Música. Koji Endo.
Fotografía. Tokusho Kikumura.
Actores. Yû Yoshizawa. Mimura. Haruko Wanibuchi. Renji Ishibashi. Asaka Seto. Peter Ho.

Sinopsis.

Kyoko es una maestra de niños de parvulario. Una tarde, a la hora en que las madres recogen a sus hijos, cae una lluvia torrencial. Cuando parece que ya todos los niños se han ido, surge de la clase, aparentemente vacía, una niña cuya madre, de un misterioso aspecto, llega en ese momento. Después de pedir disculpas por su tardanza, ambas se marchan dejando en el ambiente un escalofrío que es más sugerido que real.

Una amiga convence a Kyoko para salir esa noche. Ambas van a un restaurante chino donde trabaja Naoto, un joven unido sentimentalmente a Kyoko.

En el restaurante suena el teléfono móvil de la hija del dueño, lo hace con una inquietante melodía que será el preludio de una espiral de muertes violentas.

La maldición que comenzó algún tiempo atrás ha vuelto.

La periodista Takako está investigando sobre tales sucesos relacionados con la maldición causada por Mimiko Mizunuma.

La investigación para solucionar los asesinatos pasa por conocer lo sucedido a una niña, mucho tiempo atrás.

El género de películas de terror japonesas tiene su origen contemporáneo en The ring de Hideo Nakata (1998). Tuvo un fuerte impulso con el estreno en 2004 de la película Llamada perdida, de Takashi Miike, filme del cual El pozo es la secuela. Esta película pasó a formar parte de las leyendas urbanas que se narran entre la juventud japonesa.

CUANDO LO COTIDIANO ES LO INQUIETANTE

El terror puede presentar muy diversas caras. En algún momento, para cruzar el umbral que conduce hacia el territorio del miedo es necesario dar un paso voluntario que lleva a un mundo ajeno. Es el camino del héroe o del mártir. El problema está cuando el terror invade lo cotidiano, entonces no hay salvación posible.

El Pozo comienza con una escena aparentemente cotidiana. Llueve y unos hermosos girasoles se doblan por el peso de la lluvia. El agua da a la escena una dulzura especial. Unas niñas pequeñas se despiden de sus maestras. Pronto, sin embargo, esa idílica realidad comienza a transformarse. Una niña aparece de la clase que, al parecer, estaba vacía, y un comentario rompe con toda la tranquilidad de lo habitual: “Cuando llueve, las almas de los muertos caen a la tierra”. La figura de la madre que va a recoger a la niña no suaviza para nada ni la extraña aparición ni el macabro comentario. La sonrisa de la niña al despedirse de su maestra no consigue hacer desaparecer el desasosiego que en ningún momento ya abandonará al espectador.

La cinematografía japonesa cuida con tanto mimo el objeto y el detalle que los argumentos, por fantásticos que sean, se transforman en una especie de realidad. Nada tan cotidiano para el mundo contemporáneo de los jóvenes japoneses, y occidentales, como el teléfono. Pero en esta película, un aparato tan de todos los días como este va a ser la llave que abre una puerta hacia el terror, pero también un instrumento de la entrega del héroe cuando quiere salvar a la princesa. Lo malo es que estos héroes contemporáneos ya no tienen que enfrentarse a dragones, ni gigantes, sino que se enfrentan al reflejo de un mundo cruel, deshumanizado e incapaz de una mínima compasión, por eso, ese mundo produce unos monstruos que no se conmueven ante las lágrimas.

El género del terror se encuentra asentado en la tradición japonesa tanto desde las primeras manifestaciones literarias como en las más populares. Un ejemplo de las primeras es el Genji Monogatari, donde en algún momento el odio llega a convertirse en un motivo de vida más allá de la muerte. Respecto al segundo, la existencia de seres vengativos cuyo recuerdo cruza las aguas del olvido que es la muerte es muy frecuente, basta leer alguno de los textos que Lafcadio Hearn recogió de la tradición viva japonesa, en un libro como El Japón espectral o Kwaidan. Precisamente en este último, y con el mismo título, se basó una de las joyas del cine fantástico japonés.

Lo inquietante de El Pozo está en el hecho de que esa realidad plagada de fantasmas ya no corresponde a un mundo alejado en el tiempo, sino que invade nuestro presente que consideramos tan seguro, que utiliza las leyendas urbanas como una especie de diversión, y jugar con lo desconocido siempre es un peligro. Esa realidad fantasmal es la nuestra de cada día. Euridice-Izanami es una joven maestra de escuela y Orfeo-Izanagi es un fotógrafo que trabaja alguna horas en un restaurante chino y que, pese a su desapego, ama igual que ese Orfeo, o ese Izanagi , que bajaron a los infiernos para rescatar a sus amadas. Pero ahora el infierno es del odio y tiene la forma de una mina abandonada donde una niña diferente sufrió lo indecible.

Ya va siendo hora que agradezcamos al cine oriental su vital aportación al desarrollo del género de terror moderno, a través de unos films cuyos postulados teóricos no dan la espalda a la sociedad actual, sino que hace suyos sus problemas e inquietudes, codificándolos bajo los mecanismos del cine de género. De esta manera, el fenómeno <Ringu> y derivados vienen a ser una extensión más abstracta e intangible de los designios de la <Nueva Carne>, surgida en los años 80, y cuya representación oriental va desde el <cyberpunk> japonés –con el cine seminal de Shinya Tsukamoto, y el manga de Katsuhiro Otomo como principales valedores- hasta la biomecánica del cyborg –donde destacamos a Mamori Oshii y su obra Ghost in the Shell-. Así, de la fisicidad de los cuerpos unidos al hierro, de la degradación de la carne a manos del metal, en una mutación tan desagradable como aparentemente placentera, hemos pasado al objeto tecnológico como difusor del mal. Es decir, se nos sigue hablando acerca del poder alienante de la tecnificación, y de la tecnología como herramienta autoimpuesta de deshumanización. El <nuevo> cine de terror oriental, consciente de este proceso, ha sabido reciclar viejos temas –las historias clásicas de fantasmas, el llamado Kwaidan eiga– y situarlos en este presente desestructurado, acudiendo también al melodrama familiar como foco de la tragedia”

http://elprincipio.blogspot.com/2006/04/estreno-el-pozo-2005-de-renpei.html

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LOS TRES HIJOS DEL SAMURÁI

Las experiencias contenidas en esta narración, que tiene una evidente finalidad didáctica, son atribuidas a uno de los guerreros legendarios, aunque históricos, japoneses: Tsukahara Bokunden. Vivió entre 1498 y 1571, en la Era Ashikawa (1338-1568, con capital en Kyoto). La evolución continua marcó el desarrollo de su técnica en el uso de la espada; realizó tres peregrinaciones (musha-shugyô) a lo largo del país durante su vida, la última cuando contaba con sesenta años. Fue considerado como un Kengô –maestro de espada- y en sus enseñanzas, que en un principio fueron transmitidas oralmente, se encuentra el origen de la escuela denominada Shintô Ryû Bokuden Ryû, una de las más importantes Koryû –escuelas antiguas- de iajutu y jûjutsu (Serge Mol, Classical Fighting Arts of Japan), aunque no queda ningún documento que corrobore esta teoría; de hecho, el primer soke –representante autorizado para transmitir una enseñanza- de la Bokuden Ryû sería Ishii Bokuya, sobrino de Tsukahara.

Según la tradición (recogida por Daisetz T. Suzuki en El zen y la cultura japonesa), Tsukahara Bokuden definía su estilo de esgrima como mutekatsu, que puede traducirse como ‘derrotar al enemigo sin usar la espada’. En este sentido hay que decir que para Bokuden, la espada no implica un adiestramiento para matar, sino que es una herramienta de autodesarrollo espiritual. En esta línea se encuentra la siguiente narración.

Bokuden había enseñado la técnica de la esgrima a sus tres hijos, los cuales habían alcanzado un cierto grado de maestría. Un día, el padre quiso comprobar hasta qué punto ellos habían logrado entender que significa ser portador de una espada y responsable de unos actos que implican vida o muerte; así que colocó un cojín situado en el quicio de la entrada a la habitación en la que él se encontraba, dispuesto de tal manera que caería cuando alguien cruzase el umbral; después llamó a su hijo más pequeño, el cual acudió presuroso, entró como un arrebato en la estancia y el cojín cayó sobre él, inmediatamente desenvainó su espada y lo cortó en dos antes de que tocase el suelo. El segundo hijo fue el siguiente en ser convocado; éste entró con un cierto cuidado y percatándose de la caída del cojín, lo agarró con sus manos, sin sobresaltos y lo depositó con cuida en su lugar. El primogénito fue el tercero en llegar a la llamada del padre; al acercarse a la entrada, fue consciente de que algo no habitual ocurría y antes de que el cojín comenzase a caer lo cogió y lo depositó donde correspondía.

Ante todo esto, el padre calificó a sus hijos en los siguientes términos: al mayor lo consideró como perfectamente apto para la esgrima; reconoció en el segundo que estaba en el camino correcto y se avergonzó de la violencia del más pequeño.

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Poeta de línea clara

(a Luis Alberto de Cuenca)

Sales del patio de tu casa,
puerta de forja
y restos de noche
en la penumbra del umbral.

Son todavía los años frescos,
aún se espera encontrar ese texto,
o ese cuerpo de mujer
que expliquen cada día
de cada amanecer justificación.

Quieres llegar al Museo
Arqueológico Nacional.

Quizá mires de refilón
el escote de Pepita Jiménez
en el Paseo de Recoletos.

Y tus ojos volverán a subir
por la pétrea escalinata de la Biblioteca
Nacional;
saludarás a San Isidoro, Alfonso X
y a Cervantes.

Quieres volver a mirar a esa dama,
de Elche,
con trenzado de Princesa Leia,
pues eso te guía
y no la última exposición de cráteras
puesta como excusa para ir al Museo
Arqueológico Nacional.

Pero ya son las once,
y acaban de abrir esa tienda
de tebeos;
y vuelves a encontrarte entre olor
a tinta de líneas claras.

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MUSHIN

Un concepto

Cuando un principiante comienza a desarrollar un arte que -con el tiempo, perseverancia y buena fortuna- puede llegar a ser su arte, las acciones que realiza las hace de una manera natural, sin saber muy bien su finalidad, pero logrando un cierto resultado. La misma fuerza con la que la mano de un niño se agarra al que siente como su asidero más sólido; la misma libertad con la que se suelta al verse seguro; así son los movimientos del principiante. Eugen Herrigel, en su magnífico El zen en el arte del tiro con arco, lo explica, aplicándolo a las artes marciales. Cuando la práctica comienza a ser conceptualizada, se pierde la frescura, la fuerza y la capacidad para llegar al blanco de aquello que se ansía. Viene entonces el decaimiento, que puede acabar en el abandono si no se tiene la paciencia suficiente como para ir encontrando pequeñas señales que marcan el camino, el Dô. La sensación de que nada se hace bien puede llegar a ser abrumadora. Y así hasta que se adquiere un grado de maestría; es entonces cuando se recupera la naturalidad del principiante, la actuación ya no requiere del pensamiento; cuerpo, mente y espíritu actúan como uno solo.

Para llegar a este punto hay que liberarse del pensamiento que transforma todo en conceptos. Así es como se trasciende la fase de aprendizaje, que, en su momento, fue necesaria. Tal actitud, que es Mushin, se logra en situaciones de combate o en demostraciones que requieren de una concentración total. Aquellos que hayan tenido que pasar por un embu –una demostración pública- o por un examen –y todos lo hemos vivido- habrá experimentando esa sensación previa de la mente en blanco; todo se ha olvidado y parece nacer un cierto miedo al fracaso; la presión de quedar mal es un peligro al que todo practicante de Artes Marciales debe enfrentarse, esa es su mayor lucha, y la victoria de realizar aquello para lo que se ha preparado durante años y años. Mushin está en ese no saber qué hemos hecho mientras en el centro del tatami hemos desarrollado nuestro kata ante unos ojos expertos que nos juzgan o ante un público al cual hay que transmitir la pureza de un arte que no está en el hecho de ser eficaz a la hora de matar.

El concepto de Mushin es muy utilizado en la filosofía zen. Daisetz T. Suzuki, en su Zen y cultura japonesa –otra de esas obras que deberíamos estudiar en detalle- lo define así:

“Una mente inconsciente de sí es una mente que no está en absoluto perturbada por sentimientos de ninguna clase. Es la mente original y no la engañosa, que está atestada de sentimientos. Siempre fluye, nunca se detiene ni se convierte en algo sólido. Cuando no tiene discriminación que hacer, ni preferencia afectiva que seguir, llena completamente el cuerpo, penetrando cada parte del mismo, sin estacionarse en ninguna. No es nunca como una piedra o un trozo de madera. Siente, se mueve, nunca descansa. Si puede encontrar un lugar cualquiera de descanso, es que no es un estado mental de no-mente. La no-mente no guarda nada para ella”.

De ahí esa sensación de un vacío temporal, que en realidad es un fluir con el mundo, cuando nos entregamos plenamente a la práctica del arte.

En algún momento, el concepto de Mushin también ha sido asociado al de intuición, no entendida como una cierta capacidad adivinatoria, sino como la gestión de toda la interioridad acumulada en un inconsciente que almacena todas las experiencias vividas, sin necesidad de filtrar la acción desde la lógica de la memoria, liberándose del yo, liberando la mente hacia una vacuidad que permite el acceso a la plenitud.

Para lograrlo, como todo lo que acompaña a la práctica del arte marcial, sólo cabe la repetición desde la sinceridad más absoluta y desde la inocencia del niño que se agarra a ese punto fuerte con una seguridad total. Ahí está el maestro.

A ellos, y a dos en concreto que marcan mi camino en esa búsqueda dedico mis palabras.

A vosotros:

Shihan Antonio Gutiérrez (Iaido)

Shihan Javier Sánchez (Karate)

Sensei Héctor Lahoz (Karate)

En el último libro de cuentos de Haruki Murakami publicado en español, El elefante desaparece, en la narración “Silencio”, en palabras de su protagonista, un veterano practicante de boxeo leemos:

Una de las cosas que más me gustó del boxeo desde el principio fue su profundidad. Eso me atrapó. Comparado con eso, golpear o recibir golpes no me importaba nada. No era más que el resultado. Se puede ganar o perder, pero si llegas al límite de esa profundidad, perder no importa porque nada puede herirte. De cualquier modo, no siempre se puede ganar y en algún momento hay que perder. Lo más importante es llegar al fondo. Al menos para mí eso es el boxeo. Cuando participaba en un combate me sentía dentro de esa profundidad, en un agujero inmenso, tan lejos que no podía ver a nadie, donde nadie podía verme a mí. Luchaba contra la oscuridad. Lo hacía solo, pero no triste. Aunque se trate de soledad, hay muchos tipos distintos. Esta es la trágica y dolorosa que corta y rasga los nervios, y hay también otra muy distinta. Para llegar ahí uno debe rasgar su cuerpo, pero si supera el esfuerzo, recibe la compensación. Así entiendo yo el boxeo

Una buena explicación de ese concepto del que hemos tratado.

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“Pascual de Gayangos”

Fragmento de Juan Valera y Oriente. Miscelánea de textos orientalistas

Si algún autor ha hecho mucho por el conocimiento de la literatura medieval, en una época en la que prácticamente estaba todo por hacer, este ha sido Pascual de Gayangos, responsable de algunas obras fundamentales para el desarrollo de la Filología Hispánica desde una focalización historicista; junto a los otros dos grandes padres de esta rama del saber que son Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal. Pascual de Gayangos, durante su estancia en Inglaterra catalogó los manuscritos españoles del British Museum de Londres; estudió, además, diversas obras del medievo, entre las cuales hay que destacar La Gran Conquista de Ultramar, publicada en 1851, sobre la cual, en su introducción, escribe: “Las cruzadas, esa grande epopeya de la edad media, que suministró al genio inmortal de Tasso materiales para uno de los mejores poemas de los tiempos modernos, son sin disputa el acontecimiento más notable desde la caída del Imperio Romano hasta nuestros días. Porque aparte del espíritu religioso y militar, de piedad y caballería que las distingue, fue grande, inmensa, trascendental su influencia en la civilización y cultura de los latinos o europeos occidentales, y aun hoy día, al través de los siglos, se descubren sus huellas en los hábitos, costumbres, creencias y sentimientos de la sociedad moderna. La historia de aquellas expediciones guerreras con que la Europa cristiana, durante más de cuatro siglos, fatigó el colosal imperio fundado en Oriente por Mahoma y sus sectarios, tal es el asunto de la Gran conquista de Ultramar” (Gayangos 1951: V).

También editó Escritores en prosa anteriores al siglo XV (1860) y Libros de caballerías (1857); obra que durante muchos años fue fundamental para el estudio de este género de ficción; a modo de ejemplo de su mirada sobre esta narrativa, el siguiente fragmento: “Una de las más nobles y más provechosas operaciones del entendimiento humano es la que nos hace echar una mirada retrospectiva sobre cuestiones ya juzgadas y sobre hechos condenados al olvido, poniéndonos en la precisión de someterlos a nuevo y maduro examen, de analizarlos sesudamente, y de separar con el escalpelo de la crítica todo aquello que podía encubrir y oscurecer la verdad. Desde que Cervantes, con su punzante sátira, aniquiló los libros de caballerías, desterrándolos del mundo literario, la opinión de la Europa culta en materia de literatura ha cambiado radicalmente; y los estudios de la Edad Media, entonces considerados como inútiles y aun perniciosos, obtienen hoy favor, y están, por decirlo así, a la orden del día” (Gayangos 1963: 7).

Más en relación con el arabismo están dos de sus estudios, que son sumamente importantes para el conocimiento del Islam en la Península Ibérica: Historia de las dinastías mahometanas en España (1843, en inglés) y el estudio de la Crónica del moro Rasis (1850); también tradujo la History of Spanish Literature (1849) de George Ticknor.

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SOSAI OYAMA

SU BÚSQUEDA EN LAS MONTAÑAS

Al poco de concluir la guerra en el Pacífico, Masutatsu Oyama decidió seguir un consejo que había recibido de su maestro Cho Hyung Ju (con el cual había practicado karate Goyukai desde poco después de haber llegado a Tokio por primera vez). Cho Hyung Ju le había planteado la necesidad de ir a un monasterio en las montañas para indagar en la esencia de las artes marciales más allá de lo físico. Oyama escogió el Monte Minobu, a unos setenta kilómetros de Tokio, allí permaneció durante tres meses, trabajando en un monasterio donde realizaba labores cotidianas –cortar madera, portar agua…-, aunque esto le impedía disponer del tiempo que exigía su búsqueda. No deja de ser interesante, y quede ahora como un breve apunte que el monte Minobu es uno de los centros importantes de la secta budista Nichiren –más adelante trataremos sobre ello-.

Regresa, pues, a Tokio, insatisfecho del resultado y esperando que se den las condiciones oportunas para llevar a término el consejo que en su día le diera el maestro Cho Hyung Ju.

La ocasión sucede cuando Masutatsu Oyama es presentado a un político, Tenshichiro Ozawa, el cual, más que convencerle, le provee de lo necesario para que se cumpla esa búsqueda que requería el desarrollo de la práctica marcial de Oyama. Ozawa le hará llegar una cantidad mensual para que pueda sobrevivir y el futuro fundador del Kyokushinkai decide recluirse en una pequeña cabaña en el Monte Kiyosumi (también conocido como Seicho). En este lugar, curiosamente, también se encuentra un importante centro de culto del Budismo Nichiren.

En el Monte Kiyosumi, Oyama va a permanecer viviendo en soledad, practicando karate y buscando una fortaleza mayor que ya no estará sólo en el adiestramiento corporal sino también en la entrega a la meditación y al estudio.

En un principio Masutatsu Oyama se plantea quedarse allí durante mil días, tiempo que marca el primer acercamiento serio al conocimiento de un Arte Marcial; así dice la tradición, y en ello hay que entender un límite simbólico tras el cual comienza un perfeccionamiento que es la vida, y eso es el Dô –camino-. No podrá llegar a cumplir ese plazo pues, dieciocho meses después de haber comenzado su búsqueda, Oyama se ve sin el apoyo económico de Tenshichiro Ozawa, el cual, al parecer, se vio involucrado en un caso de corrupción política y fue encarcelado.

Ha de abandonar el monte Kiyosumi, pero su visión del karate ya se ha visto forjada en la fragua del contacto pleno con la naturaleza, fuente de la que han surgido buena parte de las técnicas, y hasta de las escuelas más importantes de las Artes Marciales tradicionales.

Durante esos dieciocho meses, Masutatsu Oyama sigue una rutina muy similar a la que acompañó a los monjes guerreros yamabushi, hito importante en el desarrollo de las Artes Marciales –quede para otro momento tratar de ellos-. En su rutina diaria practica karate durante unas siete horas diarias, siempre en pleno contacto con la naturaleza; estudia y medita. Fruto de su experiencia, además de muchas más cosas, ahí está el desarrollo del uso de la respiración, que presente en otras escuelas de karate, tiene una considerable importancia en la de Kyokushin.

El mismo Sosai Oyama describe cómo fue este periodo, en su libro El camino del Kyokushin: la filosofía del karate de Mas Oyama.

Sus palabras son lo suficientemente importantes como para ser transcritas aquí por extenso, leamos: “Mi entrenamiento cotidiano comenzaba muy temprano de madrugada con una sesión de meditación y purificación bajo las aguas heladas de una cascada. Después volvía corriendo a mi pequeña cabaña. Utilicé todo lo que la naturaleza ponía a mi disposición para desarrollar mi fuerza y mi condición física. Puse especial cuidado en no descuidar ninguna parte de mi cuerpo, ni ningún aspecto del entrenamiento. La mañana estaba dedicada al fortalecimiento de los músculos y de la capacidad respiratoria. Corría por las montañas, levantaba piedras y troncos, me sumergía en las aguas heladas, hasta que la jornada matutina terminaba con otra sesión de meditación. Seguía el día con la práctica de karate. Había sujetado makiwaras en los troncos de los árboles y golpeaba durante horas y horas, tanto con los puños como con las piernas. También me ejercitaba en los rompimientos, hasta que el estado de mis manos me impedía continuar.

Durante mi permanencia en la montaña no pasó un día en que no me sometiese a esta disciplina hiciese el tiempo que hiciese.

Al caer la oscuridad percibía la profundidad de mi soledad, rodeado como estaba por las tinieblas y el silencio. Encendía una vela en el interior de mi cabaña y trazaba dos círculos en una hoja blanca. El de la derecha, SEI, es la acción; el de la izquierda, DO, era la quietud. Observaba estos dos círculos y me sumergía en una profunda meditación.

Mi estancia prolongada, alejado de la civilización me permitió aumentar considerablemente el nivel de mi karate; pero más importante aún, me llevó a un estado mental muy particular, alejado totalmente del que yo era antes”.

En estas palabras se encuentra implícito uno de los rasgos que definen la peculiar mirada de la nación japonesa: la importancia del contacto con la naturaleza. Mirada que marca el especial desarrollo del Budismo en Japón por influencia directa de la religión propia del archipiélago del Sol Naciente, el Shintô.

También hemos mencionado la secta budista de Nichiren. Es el momento de detenerse en ello. Nichiren fue un monje budista que vivió entre 1222 y 1282; uno de los más importantes reformadores del pensamiento religioso japonés. Su vehemencia le llevó a ser perseguido y al destierro. El principio básico de su doctrina está en la búsqueda del perfeccionamiento integral del ser humano en su acercamiento a la liberación interior. Aunque no descarta en su culto la práctica mágica chamánica, la Escuela de Nichiren se cimienta especialmente en uno de los textos esenciales del Budismo, el Sutra del Loto y en la recitación de “NAMU MYÔHO RENGE KYO” (Devoción a la ley mística del Sutra del Loto) convertido en una fervorosa oración que, a modo de mantra, pronuncian desde lo más profundo de su ser los seguidores de Nichiren, cuyo grupo aumentó visiblemente con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial (puede consultarse al respecto Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Desde la época de los descubrimientos a nuestros días. Barcelona. Herder. 1996). Ahora bien, si esta fuente es importante a la hora de entender algunos aspectos del porqué Minobu o por qué Kiyosumi, no hay que olvidar, para nada, la base Shintô sobre la que se asienta el acercamiento del japonés a la naturaleza. El Shintô es, básicamente, la religión nativa de Japón para interpretar el universo desde la autoconsideración del Centro, físicamente manifestado en la Tierra de los Dioses que es el archipiélago japonés. Esta doctrina está en uno de sus momentos de revitalización cuando Masutatsu Oyama llega a Japón en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Sokyo Ono (Sintoísmo. El camino de los kami. Gijón. Satori Ediciones. 2008) define magistralmente en estas palabras qué es el Shintô: “El mundo no está en conflicto con el ser humano, ni se opone a él. Al contrario, está lleno de las bendiciones de los kami y se desarrolla mediante la armonía y la cooperación. El Sintoísmo no es una religión pesimista, sino todo lo contrario. Considera que el mundo es intrínsecamente bueno y que todo aquello que interfiera con la felicidad del hombre debe ser expulsado, pues no pertenece a este mundo. El hombre es hijo de los kami y, por tanto, es esencialmente bueno. No hay una clara distinción entre el hombre y el kami; en cierto sentido los hombres son kami y en cierto modo, llegado el momento, se convertirán en kami. El hombre debe dar gracias por su vida, que es sagrada, a los kami y a sus antepasados, que le aman y le protegen. También se debe mostrar agradecido a su familia, a su comunidad y a la nación. Su vida es una bendición y por ello debe aceptar sus obligaciones para con la sociedad y contribuir al desarrollo vital de cualquier empresa que se le confíe”. En definitiva, el Shintô consiste en la creencia en unos dioses que pueden ser una metáfora de las fuerzas naturales que sobrecogían al ser humano primitivo, personificadas en todo un panteón de divinidades cuyas expresiones más importantes son Izanagi, Izanami y Amateratsu. El Shintô también respeta todo lo existente como expresión del espíritu panteísta que subyace dentro de la realidad física; en la valoración de unos espíritus de la naturaleza que, si bien en el animismo más primitivo pueden ser fuerzas tanto positivas como negativas, en él se han transformado en kami protectores, manifestación de unas energías depuradas de toda negatividad. Entre esas potencias protectoras se localizan los elementos naturales; de ahí ese sentido místico del contacto con la naturaleza que encontramos frecuentemente en lo japonés elevándose sobre cualquier interpretación puramente estética. Trascendencia que viene a ser la base sobre la que se apoya la decisión de Masutatsu Oyama de adentrarse en la montaña, como la de tantos otros buscadores de una verdad en la práctica de las Artes Marciales. Daniel Clarence Holtom (Un estudio sobre el Shintô moderno. La fe nacional del Japón. Barcelona. Paidós. 2004) presta una atención especial a los procesos de purificación que marcan buena parte de las diferentes sectas sintoístas. En la historia mitológica que explica el nacimiento del universo japonés en el Kojiki, la práctica de la purificación tiene una categoría primordial (se trata de la historia de Izanagi, cuando regresa de su visita al mundo de los muertos). A lo largo de la historia del Shintô, este tipo de práctica –común, por otra parte, a todo lo sagrado- se mantendrá como un eje central del acercamiento del fiel al misterio. En la secta Misogi kyô, fundada en el siglo XIX por Inoue Masakane, el rito de lavar el cuerpo con agua fría (misogu) se transforma en una de las técnicas más importantes en la búsqueda del aquietamiento mental y de la lucha contra la enfermedad que, al fin y al cabo, tiene, en buena medida, su origen en una vida desordenada en la que sólo queda lugar para el caos. El mismo ritual que practicará Sosai Oyama durante su estancia en la montaña. Un ritual, el del misogi, que más allá del concepto religioso de purificación es una prueba física que muestra cómo es necesario controlar las emociones y un ejercicio fundamental en la búsqueda del fortalecimiento del cuerpo, otro de los pilares de la práctica marcial. Recordemos todo ello la próxima vez que lo practiquemos en alguno de nuestros entrenamientos.

OSU

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