JOAN MARGARIT, LUIS ALBERTO DE CUENCA Y MANUEL LARA CANTIZANI
Desde que a finales del siglo VIII a.C. comenzasen sus aventuras literarias, Ulises se ha convertido en uno de los personajes arquetípicos de la literatura occidental. Aparentemente oculto en algunos momentos de la historia cultural, surge de nuevo con su fuerza simbólica en el siglo XX.
Ulises es en uno de los hitos fundamentales para la literatura del siglo XX. El presente artículo pretende acercarse a la visión que tienen del mito uliseico tres poetas contemporáneos: Joan Margarit (1938-2021), Luis Alberto de Cuenca (1950) y Manuel Lara Cantizani (1969-2020). Tres visiones distintas de un mismo personaje; miradas filtradas desde los ojos de los poetas; Ulises respetado como expresión de la heroicidad mítica, convertido en metáfora de la vida, o interpretado desde la ironía. De un modo u otro, lo que es incuestionable es que Ulises, aquel héroe procedente de la isla de Ítaca, un lugar casi perdido en el Mediterráneo, pervive en la poesía. Cada poeta lo dotará de un significado conforme a sus anhelos o sus odios, y, así, la metáfora del viaje cada vez se hace mayor.
Dos pueden ser los motivos fundamentales por los cuales Ulises ha alcanzado una época tan alejada a la que le vio nacer. El primero de ellos tiene que ver con el viaje, con la aventura, con la expresión metafórica de la existencia. Tal interpretación nace, sobre todo, desde la poesía de Cavafis. El segundo está relacionado con la mentira y con la poesía, pues ambas, al fin y al cabo son lo mismo: Al igual que Ulises, la poesía pretende encandilar mediante el uso de la palabra; pero quizá en ese juego metafórico, cuya mentira radica simplemente en que no es una realidad física, sino la suma de sonidos, es donde se encuentra la verdad profunda que el ser humano busca en su viaje que es la vida.
¿Quién es Ulises? Como él mismo se llamó ante la presencia de Polifemo, Ulises es Nadie, aunque antes recibió el nombre de Odiseo. Ulises es el héroe que con su ingenio consiguió vencer la resistencia de Troya, la cual se mantuvo invencible ante los héroes aqueos durante diez años. Ulises es quien durante siete años olvidó su casa entre los muslos de una diosa, Calipso, quien le ofreció la inmortalidad; el que consiguió domeñar a Circe, la mujer bruja que convertía a los hombres en bestias y a los compañeros del propio Odiseo en cerdos.
Ulises consiguió escuchar a las sirenas sin llegar a ser convertido en un horrible despojo entre las espumas del mar, quizá fue en ese canto de las sirenas en el que el rey de Ítaca logró dominar los secretos de la poesía, porque realmente, Ulises es el rapsoda de sus propias gestas, ante la corte de los feacios en primer lugar. Ante el rey Antínoo cuenta una verdad, pero ¿realmente es una verdad? Al fin y al cabo narra los hechos desde su mirada, por ello sólo hay tristeza al recordar a los compañeros muertos, devorados por Polifemo, por los lestrigones, por Escila; ahogados en un mar funesto que, sin embargo hace de él un hombre lleno de experiencias.
Ulises cuenta sus hechos continuamente y en algún momento tales hechos engañan al auditorio: se finge otro cuando llega, por fin, a la isla de Ítaca, sólo la diosa Atenea es capaz de descubrir su mentiras. Y en las fantasías de Ulises hay una música que suspende totalmente al que le escucha. Penélope, la esposa que aguarda durante veinte años, acepta las palabras de su marido, sin ningún reproche por los años pasados en la isla de Calipso, sin ningún dolor por las noches de soledad en las que la piel de Ulises era acariciada por Circe.
¿Quién es Ulises? Desde luego, como él mismo se nombró ante Polifemo, para engañar al cíclope, pero también para decirnos la verdad, Ulises es Nadie, Odiseo, Outis; y al ser nadie lo es todo. Una totalidad de existencia que viene dada en la magia de la palabra, porque Ulises, ante todo es un poeta que teje sus historias para convertir en épica una existencia heroica. En apariencia, sólo en apariencia.
Embustes, supervivencias, infidelidades continuas borradas en ocasiones por las lágrimas de una nostalgia, tras la cual simplemente se esconde el deseo del viaje, del cambio, de la aventura.
Ulises es el poeta mentiroso (para Bettetini 2002, Ulises es uno de los ilustres mentirosos que ha dado la literatura universal), que embellece sus experiencias convertidas en gestas por sus palabras. Y todo se le perdona, porque ante todo es una figura profundamente humana, con una humanidad que radica en la belleza de sus palabras. No hay Odisea más hermosa que aquella en la que Homero se finge su personaje, tiñe sus palabras con los acentos de la isla de Ítaca. Más allá de estos momentos en los que Ulises cuenta sus muchas historias, nos encontramos con el típico héroe trágico griego, bañado en un mar de sangre y capaz de fingir que hace justicia en unas sirvientas cuyo único error ha sido buscar el placer entre los brazos de los pretendientes que devoraban las riquezas de Penélope.
Ulises, el héroe, el mentiroso, el nostálgico de su hogar que pierde siete años de su vida en brazos de una diosa -¿realmente los pierde?-. Ulises es todo y es nadie, lo cual le permite convertirse perfectamente en metáfora del hombre, del viaje y del poeta. “Desde el punto de vista espiritual, el viaje no es nunca la mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo. En consecuencia, estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo son modalidades de viajar, o si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje. Los héroes son siempre viajeros, es decir, inquietos” (Cirlot 1988:459). Es por ello por lo que la Odisea sigue viva en la literatura, en cualquiera de sus manifestaciones, en poesía, en teatro, en novela, tebeos, cine. “Cada año Ulises es recordado en algún libro, pieza teatral, film, cuadro, estatua, etc., no como un personaje de la Antigüedad, sino como una figura contemporánea. De hecho, la búsqueda de Ulises es, en esencia, la búsqueda de un conocimiento más profundo del indomable espíritu del hombre. Nunca concluirá en tanto que haya poetas, artistas, científicos y pensadores que tengan como objetivo el mismo del Ulises de Tennyson. “To strive, to seek, to find, and not to yield”. La paradoja final es que Odiseo, aun procediendo del estadio más antiguo de la civilización europea, sigue siendo un modelo del héroe por venir. Como dijo Kazantzakis, Ulises mira siempre hacia adelante, <avanza sin cesar, con el cuello extendido hacia el futuro, como si fuese el guía de una bandada de aves migratorias>” (Cuenca 1991:98). Ulises, como aventurero es un símbolo “se enfrenta a su destino, solitario, exiliado incluso en su propia tierra, Ulises se hace un símbolo del hombre moderno, peregrino hacia su propia patria, que se enriquece con las experiencias de su viaje y su nostalgia” (García Gual 1994:328).
Carlos García Gual (1994, 2000) se ha encargado de estudiar cómo el mito de Odiseo recorre el paso del tiempo en la literatura. No es ahora el momento de recordar todas esas referencias, pero sí podríamos detenernos, siquiera sea ligeramente, en la interpretación que encontramos en algunos textos herederos de la tradición odiseica. Carlos García Gual está presente en la poesía de Luis Alberto de Cuenca en la dedicatoria de alguno de sus poemas, por ejemplo a “Germania Victrix” en Elsinore (1972) (Los mundos y los días, p. 27). También aparece mencionado en la biografía de Joan Margarit tal y como lo recuerda José Luis Morante (2006): “un restaurante de Buenos Aires, 1995; son comensales Emilio Lledó, Luis Antonio de Villena, Carlos García Gual, Fernando Valls y Margarit”.
La historia de Ulises ha tenido representación en el mundo de los tebeos –manifestación artístico-literaria que comienza a ser valorada como se merece. La última interpretación del mito uliseico en formato de cómic se debe a Sebastien Ferrán. pero con ser esta la más moderna, y puesto que nos estamos acercando al mito de Ulises, más desde un punto de vista épico, me interesa destacar especialmente una versión anterior de la Odisea en formato de arte secuencial. Se trata de la magnífica obra titulada Odiseo, de Francisco Pérez Navarro (guion) y José Mª. Martín Saurí (dibujos), dos importantes representantes del cómic en España. Odiseo fue publicado en 1984 en Estados Unidos, en la revista Heavy-Metal. Posteriormente en España, por episodios, en una de las más importantes revistas para la historia del tebeo español en la década de 1980: Comix International, de Toutain, unos años después adquiriría su forma definitiva en 1995.
Tanto en los dibujos de Martín Saurí, como en el guion de Pérez Navarro, se consigue una plasmación perfecta del mundo épico en todos sus aspectos. Desde los rasgos físicos de un paisaje que en ocasiones parece cobrar vida propia en la tinta negra y los espacios en blanco, a los del héroe; o en los desnudos clásicos de las mujeres que parecen recuerdos de las esculturas griegas que cobrasen vida mediante las sombras. Unas mujeres heroicas, apasionadas en cada uno de sus gestos, con una pasión que nace de sus muslos, en los cuales, un Ulises, lloroso por la lejanía de su patria Ítaca, vence la nostalgia.
Más allá de esa recreación del mito de Ulises en la novela gráfica, nos encontramos con otra interpretación de carácter teatral, dialogado sería más correcto afirmar. Se trata de Odiseo y Penélope de Mario Vargas Llosa. En esta obra, Ulises relata detalladamente a Penélope todas las vicisitudes sufridas en su viaje. En la obra de Mario Vargas Llosa, Ulises pierde algo de su personalidad épica; es más humano, más cercano, por tanto, al receptor contemporáneo que no entiende la frialdad épica de la muerte, pero sí comprende perfectamente todas las dudas que conlleva la existencia. En las palabras de Mario Vargas Llosa, Ulises sigue siendo el aventurero que regresa cumplido de experiencias a Ítaca, con una riqueza expresada perfectamente en el siguiente párrafo:
Odiseo es un personaje ambiguo, no se deja encajonar, se escurre de toda tentativa de encasillarlo en una personalidad unívoca. Esa ambigüedad es uno de sus atractivos: estar en el mundo de la realidad y en la fantasía, en la historia y en el mito, en la mentira y la verdad, en lo vivido y lo soñado a la vez.
Ulises es el poeta, un poeta que basa sus palabras en experiencias que en algún momento pueden llegar a representar una mentira; pero experiencias, al fin y al cabo, que alcanzan su plenitud en unas palabras que han cruzado los siglos para seguir dotando a los hombres de sueños inalcanzables; en relación con esto las siguientes palabras de (Vargas Llosa 2007:153): “hay una constante en la cultura occidental: la fascinación por los seres humanos que rompen los límites, que en vez de acatar las servidumbres de lo posible, se empeñan contra toda lógica en buscar lo imposible”; de mundos épicos que representen una libertad absoluta, de viajes que abran horizontes insospechados ante la penuria de lo repetido (este sería, al fin y al cabo, el cometido final del poema “Ítaca” de Cavafis), de aventuras que iluminen la desesperanza de lo cotidiano. “Nunca renunciaremos a leer obras de ficción, porque en el mejor de los casos buscamos en ellas una fórmula que dote de sentido a nuestra vida. En el fondo, buscamos a lo largo de nuestra existencia una historia originaria, que nos diga por qué hemos nacido y vivido. A veces buscamos una historia cósmica, la historia del universo; otras, nuestra historia personal (la que contamos al confesor o al psicoanalista; la que escribimos en las páginas de un diario). Y otras aún esperamos que nuestra historia personal coincida con la del universo”(Eco 1994:173).
Joan Margarit
De los tres poetas que ocupan la presente exposición, Joan Margarit es el más mediterráneo, aquel en el que el mar tiene una presencia metafórica fundamental. El mismo Joan Margarit, en el “Prólogo” a El primer frío. Poesía 1975-1995 afirma que el nacimiento de su poesía está relacionado con los viajes en barco que realizaba desde Tenerife a Barcelona; es durante estas travesías que el autor comienza a escribir su poesía en la cual se funden las aguas del Atlántico y del Mediterráneo, mar que con el paso del tiempo se irá convirtiendo en todo un símbolo en la poesía de Joan Margarit.
El mar, pues, en un primer momento no se puede separar de otra experiencia que, para José Luis Morante, es otro de los formantes básicos de la poesía de Joan Margarit, el viaje entendido como una metáfora, acorde totalmente a la visión que desde Cavafis se lee en las aventuras de Odiseo “para legitimar la escritura es inevitable emprender un recorrido que traspase el territorio del esteticismo y se acerque a la frontera del ser, a los estados existenciales del hombre que sufre la hostilidad de lo cotidiano. Es el viaje hacia nosotros mismos el que hace posible la intensidad y la búsqueda; en él se gesta una herencia espiritual y una cosmovisión” (Morante 2006:64).
Más adelante se mencionarán en concreto los momentos básicos de la poesía de Joan Margarit en los cuales aparece reflejado directamente el símbolo de Ulises. Ahora interesa destacar que, desde un primer momento, están presentes dos aspectos que configuran el mito odiseico: el mar y el viaje, un viaje hacia la introspección, un viaje interior tal y como Cavafis entendía el periplo de Ulises hacia Ítaca.
Son muy abundantes en la obra de Joan Margarit los poemas en los que aparece el mar, asimilado a diversas experiencias y con distintos significados. Esto ocurre sobre todo, a partir de El orden del tiempo, que contiene la poesía escrita entre 1980 y 1986.
En el poema “Caminos” ( El primer frío, p. 37), la playa es una frontera más allá de la cual hay una patria; las olas son la expresión de la añoranza. Esa patria cuyo recuerdo provoca la nostalgia es la niñez y la temprana adolescencia, los momentos en los que se siente la plenitud de la vida (“El primer mar”, El primer frío, p. 39). Poco después de ese primer mar, la poesía de Joan Margarit se tiñe del recuerdo expresado en el viaje uliseico contado por Cavafis, poeta que aparece mencionado en algunos momentos de la poesía de Joan Margarit, como en “Conversaciones en Alejandría” (El primer frío, p. 145), composición en la cual Margarit adquiere la voz del escritor griego, y “Poetas” (El primer frío, p. 53).
Puede ser que, al final de tu camino,
una casa vacía esté esperándote
si dejas que en los campos
la mala hierba extienda una heráldica de olvido
“Perspectiva”, El primer frío, p. 41.
El mar contemplado en la poesía de Joan Margarit está perfectamente delimitado a un paisaje mediterráneo, las islas con olivos (El primer frío, p. 55), en el “Nocturno en Cirene” (El primer frío, p. 63): “regadíos y huertos de frutales a orillas del mar”. En este mismo poema se acaba considerando la vida como un paisaje
Hoy, desde la muralla, cuando cae la sombra,
pienso si no habrá sido, esta vida
que se escapa, también cruzar de noche
por un dulce olivar que hemos ignorado.
La ciudad de Barcelona, en el poema “Cansancio” (El primer frío, p. 69) responde plenamente a ese paisaje mediterráneo al que estamos haciendo referencia
Barcelona, la oscura enciende un tierno
verde de nobles árboles en el judaico
promontorio que mira al mar abierto.
Mar, vida y muerte se aúnan en algunos momentos como en “Cementerio de Montjuic” (El primer frío, p. 189).
Ya es de noche. Mira, desde la cumbre
de la colina de los muertos, bajo el cielo negro,
las luces de la ciudad:
un navío anclado en el firmamento
que está esperándonos para zarpar.
En otros momentos, el regreso es el encontrarse con la muerte como sucede en “Retorno de vacaciones” (El primer frío, p. 93)
La proa hiende el agua y se desliza
sin ruido alguno frente al cementerio
desde donde nos das la bienvenida
[…]
Los retornos por mar acaban frente a ti.
El mar es la contemplación, la mirada del paso del tiempo, un paso que destruye el amor (El primer frío, p. 117)
El amor,
que tan difícil fue de construir
con castillos de arena, lo ha arrasado
el mar de cada día
Sin embargo, en otro momento el mar es lo que salva el recuerdo del amor (“Mar sustancial”, El primer frío, p. 219)
Si hemos querido a una mujer,
queda en el mar un rastro de miradas
donde ir a buscarla, cuando al fin
la soledad es la última pasión.
Uno de los símbolos más frecuentes en la poesía de Joan Margarit, sobre todo desde la Edad roja (1990) es la isla, una isla que en muchos momentos recibe el calificativo de Isla del Tesoro. Edad roja y Los motivos del lobo son dos obras en las que el tiempo alcanza una categoría especial. Es el tiempo en que comienza el acercamiento más sensible a la muerte, por ello, las imágenes poéticas se cargan del significado metafórico del tiempo.
El poema “Ofrecimiento” (El primer frío, p. 157) con el que se abre Edad roja es un recorrido por las islas de la literatura con los diversos significados que los autores les han dado. Para Homero, la isla es el “símbolo del retorno al pasado”, para Baudelaire “un estigma” y Stevenson
habló de una isla para salvarnos
donde el tiempo y la muerte enterraron la luz
dorada del tesoro
Esa luz dorada, ese tesoro es la juventud, mejor, la niñez.
La presencia de estos autores es sumamente interesante, pues, en realidad, lo que está diciendo es la interpretación que el propio Joan Margarit da a las islas; en ningún momento para Homero la isla es el retorno al pasado, sino la vuelta al hogar; de igual manera la luz dorada del tesoro que aparece en la isla de Stevenson olvida el terror con el que Jim Hawkins recibía las pesadillas en las que sonaba el golpear del mar contra los acantilados.
La isla es, por tanto, la posibilidad de recuperar un tiempo que fue feliz porque en él todavía existían las ilusiones. La isla del tesoro es el lugar en el cual protegerse cuando se pasa la mitad del camino, “el sueño clandestino de los cincuenta años” (El primer frío, p. 165).
En algún momento (“Fulgores”, El primer frío, p. 447) se niega la importancia que el mar pueda tener, para hacerlo Joan Margarit utiliza un tono profético que recuerda ciertas afirmaciones metapoéticas de Álvaro Mutis, por ejemplo en “Los trabajos perdidos”,
Nada ni nadie es la poesía.
Ni el personaje solo es una roca
que mira los embates
del mar. Ni el mar, lo único
que ha perdurado en la mitología.
Otro de los motivos que encontramos en la poesía de Joan Margarit, y que nos acerca a la presencia de Ulises en este poeta, es el del clasicismo griego. Ya se ha mencionado la presencia de Cavafis en los poemas de Joan Margarit. Ahora sería interesante ejemplificar esas alusiones a lo griego. La primera corresponde a “Primum vivere” (El primer frío, p. 407), en este poema, la contemplación de la belleza griega clásica libera a un vendedor de enciclopedias de la dureza del vivir cotidiano.
Abre la enciclopedia
y se pone a mirar estatuas griegas,
aquella indiferente nobleza de los clásicos,
el cuerpo humano, monstruoso, efímero,
que el mármol vuelve tolerable y lógico.
Las esculturas son una victoria,
pero lejana
Un ligero alivio ante la tristeza del día a día, y, así, el vendedor de enciclopedias, ante esa lejanía de una belleza ideal, prefiere la contemplación de la realidad que también tiene los colores “rojo y tierra de Tiziano”.
En otro poema, “Museo de Empúries” (El primer frío, p. 431), Joan Margarit vuelve a recordar la luz de lo clásico
Me creí lo de Grecia. Los símbolos me atraen
como el brillo del agua atrae al cuervo.
Con fragmentos de estatuas, de poemas,
¿Cómo pudimos componer tal gloria?
Poco es lo que queda de la cultura griega, “algún tema como el de la muerte”; esa misma cultura que es el mito con una luz “la misma luz de hoy”. El ayer y el hoy se funden por la existencia de una luz común que siendo cotidiana se transforma en mítica. Esta última consideración asimila perfectamente el pasado con el presente; es una actualización del mito. La luz del pasado es la misma que el presente, pues el mito perdura en cada existencia
Todos los días tienen su luz mítica
incluso los que acaban derrotados,
durmiéndonos delante de la televisión.
El mito, por tanto, no sólo es el ayer, también es el hoy. El pasado glorioso de las estatuas griegas, de los mármoles antiguos, son el polvo que queda de un glorioso pasado; no espera otro futuro al presente que, de este modo, se tiñe de melancolía.
sucederá lo mismo conmigo y las palabras:
ellas serán mi polvo, las palabras.
Una melancolía que se acrecienta con ese tono profético característico en algunos momentos de la poesía de Joan Margarit, evidente cuando era él mismo quien leía en público sus textos.
La recuperación de una mirada hacia el pasado griego, como una breve bocanada que permite seguir vivo en el presente y, a la vez, hace patentes las bellezas que también se encuentran en el momento preciso en el que nace el poema; tal mirada hacia lo griego nos conduce directamente a un poema “Helena” (El primer frío, p. 205), perteneciente a Edad roja (1990). En este poema, Joan Margarit se sitúa en el ámbito del mito de la Guerra de Troya. No hay ninguna voluntad de arqueologismo en su poema; ni de ironía transgresora con el mito. El tema del tiempo es el que alumbra “Helena” como muchos otros poemas de Edad roja o de Los motivos del lobo. “Helena” expresa existencialismo desde un pasado que tiene la excusa en el mito troyano pero que realmente se refiere a lo más puramente vital del poeta: “cuando el joven que fuiste está muy lejos”.
La consciencia de esa lejanía, con el dolor por el paso del tiempo y la nostalgia, hacen que el pasado se cubra de una pátina negativa expresada en frases como “El ayer es tu infierno”, “cada instante en el que, sin saberlo, te has perdido” o “el amor es venganza del pasado”. Negatividad que permanece más allá de que ese tiempo anterior sea “también cada instante en el que te has salvado”.
El poeta finge dirigirse directamente a un tú, que es Paris, pero que realmente es la proyección de sí mismo en un momento central de su vida, el momento de la edad roja.
El amor, que podía salvar la contemplación melancólica de la vida transcurrida, es simplemente una “venganza del pasado”. Un amor que está relacionado con una guerra perdida y comenzada a causa de una mujer. Pero no hay que buscar ese conflicto en el exterior pues está “en la Troya que llevas en ti mismo”. Con esta afirmación queda patente el carácter existencialista de un poema como “Helena”.
¿Quién es Helena? Los sueños perdidos de una vida. Pero al igual que sucediera con ese vendedor de enciclopedias que se refugia brevemente de lo gris en la contemplación de imágenes griegas para acabar viendo que, realmente, los colores de Tiziano se encuentran en el paisaje de todos los días; de igual manera que en ese “Primum vivere”, en “Helena” también hay un margen para la esperanza que se asienta en la contemplación épica de la vida
Helena es todos los sueños que la vida
se ha ido apropiando. Defiéndela con valor
por última vez, desarmado.
Helena son los sueños que hacen que una vida merezca la pena, es la existencia misma.
En Los motivos del lobo se encuentra otro poema que también tiene como referencia el mito de Troya, liberado de todo culturalismo; lo que realmente interesa a Joan Margarit en este poema –como en la mayoría de los que aquí se mencionan- es trasladar su sentir –principalmente relacionado con el paso del tiempo y las sensaciones que ello origina- a un tiempo pasado; así en el poema “Fabuloso lugar” (Los motivos del lobo, p. 47) después de un recorrido por lo que un día fuera Troya y ahora sólo es “ruinas de sueños”, “montones de arcilla roja” que el viento mueve, los trozos de muralla, -después de todo eso, los cuatro versos finales nos dan realmente la clave de por qué estas ruinas son convertidas en tema para un poeta que aparece especialmente interesado en el paso del tiempo
Ahora empieza para mí la Ilíada,
sin mito alguno porque, a cierta edad,
de la épica sólo se conservan
estratos del fracaso en la mirada.
En Luz de lluvia (1987) aparece el poema “Ulises en aguas de Ítaca” (El primer frío, p. 121). Este poemario es importante en la trayectoria creativa de Joan Margarit. El libro es un primer escalón que aproxima hacia el momento central de la poesía de Joan Margarit, el formado por Edad roja y Los motivos del lobo, de hecho, en “Ulises en aguas de Ítaca” nos encontramos con la presencia de ese símbolo continuo en la obra de Joan Margarit al que ya hemos hecho mención con anterioridad: la isla, en un verso que se repite a manera de cantilena: “Vas llegando a la isla”, ese alguien que va llegando es Ulises, pero también es el poeta. Al escribir sobre esta obra, Morante (2006:53) trata de las influencias que pueden encontrase en esta fase de la poesía de Joan Margarit: “El legado intelectual aporta acreditados referentes: Ulises y parte del compendio nominal de la Ilíada, Platón, Parménides… Asimismo, están influencias canónicas como Baudelaire, Rainer María Rilke, Rupert Brooke, Cavafis, Pavese o Jorge Luis Borges, cuyas siluetas desencadenan consideraciones sobre la estela del tiempo y sus efectos”.
El poema “Ulises en aguas de Ítaca” utiliza como excusa argumental un momento especial en la vida mítica de Ulises, cuando ya está llegando a Ítaca después de una ausencia de veinte años plagados de aventuras. Indudablemente, no es este uno de los momentos más emocionantes de la Odisea: con un Ulises que es depositado por los feacios en la isla, mientras duerme; al despertar duda incluso del lugar en el que se encuentra hasta que Atenea se lo descubre. Sin embargo, desde un punto de vista simbólico, el arribo a Ítaca sí que tiene una importancia fundamental, tal como ocurre en el poema de Cavafis “Ítaca”.
Con Cavafis, Joan Margarit comparte la utilización de un vocativo, aparentemente dirigido a Ulises, pero que va mucho más allá. No nos encontramos ante una poesía culturalista anclada en una historia mitológica. Ese vocativo, tú, Ulises, que aparece en el poema de Joan Margarit se descubre como una clara figura retórica en el momento en que, al final del poema, Ulises se convierte en una mera creación ficticia de la mente de Homero. ¿Quién, pues, es aquí Ulises? Ulises es el poeta que habla consigo mismo en un intento de advertir el nihilismo que conlleva la vida.
Esta negación de una realidad vital, de la cual hay que advertir a Ulises, de la cual el mismo poeta ha de tomar conciencia, se plasma continuamente a lo largo del poema en la presencia de un campo semántico relacionado con lo mítico, con lo soñado, en definitiva, con aquello que no ha existido.
La experiencia vital que configura la mirada hacia la existencia es que vivir y azar son una misma cosa. Esa es la enseñanza que se extrae del deambular de Ulises.
En este poema uliseico, se encuentra una de las metáforas frecuentes que Joan Margarit utiliza en su poesía para expresar el paso del tiempo; el agua que fluye en las olas que golpean la costa de Ítaca, como el tiempo que bate contra la Odisea. ¿Todo lo transforma el tiempo en nada? El polvo en el que se ha convertido el arco, el telar y el sudario que Penélope teje para Laertes. Igual que el tiempo hace ficción en algo que no fue, pues Ulises es nadie, simplemente salvado en el sueño de un poeta ciego. Así la expresión del tiempo en el peregrinar odiseico, en la misma llegada de Ulises a una playa en la que desembarca solitario, está repleta de conceptos negativos
Nadie tejió nunca tu ausencia. Nadie
vino tampoco a destejer tu olvido.
Versos que recuerdan las negaciones absolutas que encontramos en algunos poemas del ciclo de Brown de Juan Eduardo Cirlot, ejemplificadas en el significativo verso “Donde nada lo nunca ni” (Granell Trías 1999, 2000). Abundan en este poema de Joan Margarit los elementos de carácter negativo: el polvo que fue el arco, el telar y la pieza tejida por Penélope, las sombras de un sueño son los pretendientes; nadie, ausencia. Ulises es nadie y la metáfora que él mismo inventó para salvar a los suyos y a él mismo de Polifemo se transforma en una realidad: las gaviotas que llenan la playa en la que desembarca Ulises no se mueven, ni Ulises deja huellas pues “tú no existes: eres la leyenda”. Una leyenda que, como todas, pudo tener algo de verdad. Joan Margarit adquiere el rol de un filólogo tradicionalista que bucea en el pasado, buscando señales de unos personajes. Un posible Ulises murió en Troya y fue llorado por una mujer, pero no es esa la realidad que importa, pues hubo un poeta ciego que salvó a Ulises, que originó el mito; un Homero que también es un mito, la representación del Illo tempore que origina el mito, el momento genésico
cada vez que rompe el alba
un solitario Ulises desembarca.
Es en ese punto final del poema en el que Ulises alcanza su trascendencia, no necesita de actualizaciones del mito, porque explica la vida de cada hombre.
El tema uliseico en la poesía de Joan Margarit también está presente en el poema “El desprecio de Calipso”, en Edad roja (1990) (El primer frío, p. 215). Los personajes femeninos que aparecen en la Odisea siempre han encontrado un atractivo especial en la poesía contemporánea. Quizá el mismo Homero representó de una manera más sentida esos personajes cuya existencia no puede pasar desapercibida para el lector de la Odisea: Penélope, Calipso, Circe, Nausícaa, Helena. Hay en este poema dos versos que explican el motivo por el cual los mitos siguen vivos, son totalmente necesarios
Habrás perdido la dignidad si pierdes
la hospitalaria luz del mito.
Ante lo horrible, lo vacío, la no existencia de la vida cotidiana, sólo cabe la salvación del mito. Joan Margarit coincide con la afirmación de la necesidad de la mitología que subyace a lo largo de la obra del más importante mitólogo del siglo XX, Joseph Campbell (1991, 1994). Y en ese ámbito es donde cobra su total justificación la representación que en este poema se hace de Calipso.
La expresión de la divinidad de Calipso viene dada en la altivez que muestran sus palabras. Los cuatro primeros versos son bastante significativos. El amor de Calipso es tan absoluto que no puede ser entendido por un simple mortal, aunque ese mortal sea el más sagaz de los aqueos. Ante ese amor absoluto, que brinda una vida inmortal de felicidad, las proezas del héroe serían gestos vulgares que nada significan. Calipso es la luz del mito, lo único que puede salvar de la pérdida de una vida cuando “los perros devoran tus días”, o ya ha llegado el momento de la edad roja. Ante todo lo que ofrece Calipso, Ulises, que pasa por ser el más inteligente de los griegos, se comporta de una manera estúpida con su desconfianza, pues sólo en el amor, en el sexo de una diosa se hace posible lo absoluto, la vivencia de la inmortalidad. Por ello, de los tres amores que vive Ulises, más allá del matrimonio y más allá de Ítaca, el de Calipso es el más absoluto. La estupidez de Ulises, que dejan entrever las palabras de Calipso, radica en que no entiende y cambia todo lo que le ofrece la diosa “por las monedas viles del pasado”.
Las virtudes épicas que han caracterizado a Ulises desde su presencia ante los muros de Ilión de nada le servirán; el valor llegará un momento en el que se le acabará y permanecerá la astucia, pero esta no será nada en el momento en que el héroe, ya en la edad roja, descubra, que donde realmente hubiese querido estar era en la isla de Calipso, pues allí no hay edad roja, ya que la muerte no existe, y el amor es inmortal.
De nuevo volvemos a encontrar esa metáfora de la isla, tan importante en la poesía de madurez de Joan Margarit. La isla de Calipso es el amor, el placer, la libertad, la inmortalidad.
Al final del poema, el desprecio de Calipso –al fin y al cabo es el propio poeta el que le cede su voz- se transforma en un cierto matiz de esperanza, pues, quizá, Ulises pueda volver a encontrar la isla en su interior
La inventarás, entonces: junto a una mujer
cansada de aventuras, sólo dentro de ti
podrás hallar mi costa abrupta.
Palabras de consuelo para la desesperación del héroe, pero también manifestación de la soledad total en la que queda Calipso en su inmortalidad.
Luis Alberto de Cuenca
A la hora de analizar el tema que nos ocupa en la poesía de Luis Alberto de Cuenca –como en casi toda su producción poética- hay que señalar una serie de elementos que identifican el tratamiento con el que el autor desarrolla su visión del mito odiseico.
Una faceta que en ningún momento hay que olvidar cuando se analiza la obra de Luis Alberto de Cuenca es su dedicación a la investigación filológica. En concreto, respecto al tema uliseico habría que decir que hay un texto fundamental que explica la mirada de este autor hacia la Odisea: la introducción redactada para tal obra en la colección “Clásicos Universales” de la Sociedad General Española de Librería (1982). Cuando Luis Alberto de Cuenca publique una colección de textos como es El héroe y sus máscaras, al comentar el titulado “La Odisea de Homero”, escribirá “Qué ocurre en la Odisea más allá de las peripecias que acontecen a Ulises. En qué atmósfera se mueve el héroe. Qué otras atmósferas heroicas evoca el poema. De qué sueño fantástico surgen algunos de sus personajes. Ese tipo de cosas me pregunto en este trabajo. Creo que alguna de las respuestas puede ayudar a mejor leer la historia de la Odisea” (El héroe y sus máscaras, p. 12).
En el amplio mundo de la investigación filológica, un aspecto que ha sido tratado por Luis Alberto de Cuenca es la mitología (1976, 1993). Es significativa al respecto la colección de textos mencionada: El héroe y sus máscaras, título que, por otra parte, nos acerca al investigador de la mitología universal Joseph Campbell (1993). Esa mirada filológica sobre el mito influirá en el desarrollo de su poesía. Luis Muñoz, en la introducción a la antología épica de la poesía de Luis Alberto de Cuenca, señala: “En su poesía, los mitos clásicos son requeridos y son representados en una suerte de apariencia inmortal, por otra parte, se dejan modificar y aceptan nuevas figuraciones. Y es a ellas, sobre todo, a quienes se dedica desde el punto de vista del lenguaje la poesía de Luis Alberto de Cuenca, a las figuraciones contemporáneas, a acuñar una imaginería, desarrollos argumentales, monedas de hoy” (Cuenca 2001:13).
El esteticismo, el culturalismo, el amor y el humor son los otros elementos que configuran la lírica de Luis Alberto de Cuenca. Esta confluencia de factores tan diversos hace que en muchos momentos su poesía cobre un claro sentido paródico (Letrán 2003) que, de alguna manera, contribuye a la actualización del mito. Respecto al culturalismo leemos: “Se llegó a decir que mi poesía era de las más culturalistas de los años 70. Este culturalismo no ha desaparecido del todo en mi poesía. Lo que pasa es que se ha convertido más que en un culturalismo evidente textual en algo más hipotextual porque ha incorporado ese culturalismo a elementos más vitales, más biográficos o seudobiográficos. Se ha hecho más permeable con el pálpito de vida que hay en mi poesía. El culturalismo aquel venía de raíces anglosajonas. Ezra Pound es una de mis referencias de aquellos años”, (Cuenca 2003). Lara Cantizani (2005) señala que ese horizonte cultural en el que se mueven los poemas de Luis Alberto de Cuenca une el humor a una sencillez alejada totalmente de la pedantería, cosa que le permite al autor moverse con total libertad en los territorios sin fronteras de Homero a los tebeos; tanto es así que para definir esta poética se utiliza el término de “línea clara”, como referencia al noveno arte ejemplificado en la narrativa visual de Hergé.
Entre los diversos temas que están presentes en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, en estos momentos en los que nos acercamos a su interpretación del mito uliseico, interesa destacar dos especialmente: el mar y la mujer.
Hay una temprana presencia del mar, desde su mismo título, en “Marítima” (Elsinore, 1972) (Los mundos y los días, p. 22). Los elementos náuticos sirven como término de comparación para la hermosura de un rostro mirado en alta mar. Sin embargo, la visión que predomina en su obra es la del mar como espacio de aventura. Un ejemplo de ello es “Evocación de Francisco Salas, cosmógrafo” (Elsinore, Los mundos y los días, p. 38). En este texto aparece el mar en estado de aventura puro: por la piratería (tema ha tratado en sus ensayos en varias ocasiones). En un artículo publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (1991, escogido en El héroe y sus máscaras, pp. 115-128), “La piratería en la Antigüedad grecorromana”, se aproxima al tema de la piratería y de la Odisea, pues Ulises fue uno de esos ladrones de mar. También en el prólogo escrito para Las mujeres piratas. Aventuras y leyendas del mar, de Henry Musnik (2007), donde el autor confiesa hasta qué punto le ha subyugado este asunto. Mar, aventura y piratería transmiten una idea de libertad: “Rumbo a Jamaica todos los hombres son iguales” y las pulsiones que mueven al ser humano se simplifican: “sólo queda morir de fiebre o de alegría en las heladas / playas del misterio”.
La alusión en algún momento a la vida pirata de Ulises es bastante significativa pues nos da una clave de lectura de la Odisea más allá de la que podríamos suponer en un filólogo clásico, y poeta culturalista. La Odisea, para Luis Alberto de Cuenca puede interpretarse, también en clave de aventura.
Otro aspecto que me interesa destacar de la literatura de Luis Alberto de Cuenca es la presencia de la mujer, la cual cobra una importancia simbólica indudable. En algunos momentos es la madre tierra representada en “La Venus de Willendorf” (El hacha y la rosa, 1993, Los mundos y los días, p. 179). También en El hacha y la rosa (Los mundos y los días, p. 181), con un evidente recuerdo a Robert Graves, nos encontramos un poema “Preguntas a la diosa blanca” con versos como los que siguen
Continúas tan bella como entonces,
hace siete mil años,
cuando Europa era un templo que temblaba
en tu honor, Madre mía
Esa diosa puede coincidir con la mitología cristiana, es el caso de “Ave María” (Por fuertes y fronteras, 1996, Los mundos y los días, p. 298)
Bendita tú, María, entre todas las diosas
que habitan en el cielo de nuestro desamparo.
Y bendito sea el fruto de tu vientre.
La mujer aparece reflejada como un ser de la naturaleza representada en el color verde que la configura (“La chica verde”, Por fuertes y fronteras, Los mundos y los días, p. 273). Lara Cantizani, en el continuo juego de intertexualidad, también publicó, en 1994, un poema dedicado a la mujer verde, representación de la fuerza de la naturaleza (“Verde”, Yo maté al cisne) . Aparecen con cierta frecuencia, como reflejo de lo femenino misterioso, las mujeres brujas. En “Cuando vivías en la Castellana” (La caja de plata, 1985, Los mundos y los días, p. 114) se representa a una mujer perfumada que es el veneno. También de La caja de plata es “Urganda la Desconocida” (Los mundos y los días, p. 119); en él se actualiza, hacia un erotismo culturalista, a la maga por excelencia del Amadís de Gaula
La de entonces. Sin medias. Va desnuda
debajo de un exótico impermeable
que finge ser la piel de un tigre.
Pero el poema en el cual Luis Alberto de Cuenca capta totalmente la esencia de esa mujer hechicera es “Sobre un poema de Baudelaire” (El hacha y la rosa, 1993, Los mundos y los días, p. 232)
La mujer, entretanto, con su boca de fresa,
retorciéndose como serpiente entre las brasas,
colmando con su pecho los hierros del corsé,
recita estas palabras impregnadas de almizcle:
Tengo los labios húmedos y conozco la ciencia
de olvidar en el fondo de un lecho la conciencia.
Seco todos los llantos con mis senos triunfantes,
reír hago a los viejos con risas infantiles.
¡Y para quien me vea desnuda y sin mis velos
soy la luna y el sol, las estrellas y el cielo!
Soy, mi querido sabio, tan erudita en goces,
cuando sofoco a un hombre en mis temibles brazos,
o cuando ofrezco el pecho a crueles mordiscos,
tímida y libertina, y frágil y robusta,
que sobre esos colchones que de emoción me pasman
los impotentes ángeles por mí se perderían
No ha de extrañarnos la presencia del mundo de los héroes griegos: en él confluyen sus intereses como filólogo investigador, el mar como espacio de aventura y la riqueza de la tipología femenina: Helena, Penélope, Calipso, Nausícaa, Circe. Todas ellas actualizadas en un momento u otro de su obra. Este mundo mítico grecolatino aparece pronto en sus versos. En Elsinore (1972) nos encontramos a Perseo (Los mundos y los días, p. 30), a las Nereidas (Los mundos y los días, p. 32) y a los lotófagos (aunque no sean los del país que visitó Odiseo), “si el lotófago sueña países lupercales” (Los mundos y los días, p. 43). En El hacha y la rosa (1993), “El juicio de Paris” (Los mundos y los días, p. 171) es un poema de reconstrucción en tono cercano a lo popular con una clara voluntad de apartarse de lo épico, tanto en la descripción de las diosas
Las tres diosas se contonean
recién lavadas y peinadas
cada una con un espejo
que dice: “Tú eres la más hermosa”.
como en la llegada al escenario del mismo Paris
llega Paris a la glorieta
silbando alegre tonadilla.
En “Zombies en la calle” (El hacha y la rosa, Los mundos y los días, p. 206) se representa un mundo tedioso, en el tiempo de las vacaciones de verano, un tiempo en el que es necesaria la heroicidad de Gilgamesh para salir a la calle; un mundo que se ha vuelto todavía más extraño al comportamiento heroico, pues “He vendido mi último ejemplar de la Ilíada”.
En Sin miedo ni esperanza también aparece el tema poético de Troya. La guerra contra Ilión es un recuerdo que surge cuando una mano roza un muslo (“El roce de su mano”, p. 22); en “Otelo, Mosca y Gloria” (p. 38) unos gatos recuerdan a la maga Circe; en “Celos” (p. 70), menciona a la Helena de Estesícoro, poeta de Hímera, y en “Preguntas en el aire” (p. 87): “¿De verdad tienen alas las palabras de Homero?”. Todas son presencias menores pero demuestran cómo interesa el recuerdo de los poemas homéricos.
El mundo épico no sólo es un aspecto que ocupa su tiempo de investigación, es una de las posibles salvaciones ante el desengaño de lo cotidiano, porque el tiempo contemporáneo es un mal tiempo para el heroísmo. En “Sobre un poema de Robert Ervin Howard “ (El hacha y la rosa, 1993, Los mundos y los días, p. 234), asimila el mundo heroico a Homero
Mohosa está la lira de Homero en estos tiempos.
Las hojas amarillas se disputan el mundo.
Un mundo sin épica para un poeta del heroísmo es un universo vacío.
El murmullo del mar es una canción hueca
y el vuelo de los pájaros una triste metáfora.
Sólo hay una salvación ante esa negativa visión de la existencia: el retorno de los héroes
¿Volverán algún día los héroes de su exilio
dorado, allá en las islas, donde el sol no se pone?
¿Dejará de reinar por doquiera el hastío?
¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía?
En otros muchos momentos la salvación del género humano no está necesariamente sino en la recuperación literaria de ese mundo épico. “Debajo de la piel” (Por fuertes y fronteras, Los mundos y los días, p. 291) afirma categóricamente el dolor que supone la existencia humana, sin embargo
al margen de este hecho incontestable, existe
algún hecho menor que justifica, acaso
el dolor de ser hombre: debajo de la piel
de la especie hay un hueco para el temblor inútil
y hermoso que transmiten los poemas homéricos,
la Eneida de Virgilio, el teatro de Shakespeare,
las Sonatas de Valle o los cuentos de Borges.
Puede haber momentos negros en la existencia, sin embargo, la literatura puede salvarlos al convertir al triste, al desengañado, en un héroe similar, en las palabras a aquellos que vencían las iras de los dioses cuando los mundos de ambos eran uno mismo. La confluencia de amistad y literatura es el madero que conduce al náufrago a puerto seguro, así en “Encuentro del autor con Fernando Arozena” (La caja de plata, 1985, Los mundos y los días, p. 105) en un momento de desamparo
dijiste del saqueo de Troya por los griegos,
de la sombra de Helena y del hacha de Hagen;
de abrazos que duraron un siglo, de
y del múltiple rostro del campeón eterno.
El mundo ya no es épico, pero la amistad es la heredera de la fraternidad entre héroes y la literatura es esa isla apartada del mundo de cada día en la cual recuperar el ser, vencer la nostalgia y todos los males que conlleva la condición humana.
También los sueños pueden oponer el mundo de la realidad al mundo anhelado. Uno de los más hermosos ejemplos es “El enemigo común” (Por fuertes y fronteras, Los mundos y los días, p. 294), la realidad que lastra las alas humanas con pesadas cadenas.
Como Machado, yo también soñaba.
de niño con los héroes de la Ilíada
pero mezclándolos en coctelera
con los padres de la revolución.
Más allá de esa recuperación de la épica como salvación, nos encontramos con la parodia, el humor ante lo serio, “pero ese humor no es sino la cara de una moneda cuya cruz, no lo olvidemos, es la desolación que da la lucidez” (Letrán 2003:II). En Por fuertes y fronteras (El mundo y los días, p. 254) hay un poema dedicado a Carlos García Gual, es “Teichoscopia”, en él desarrolla ampliamente el tema de la guerra de Troya. Desde la muralla de la ciudad, después de nueve años de guerra, Príamo, el rey de Ilión, decide enterarse por fin de quiénes son sus enemigos. Descuido que presenta bien a las claras el carácter necio del rey, carácter que queda más evidente en la parte final del poema, en la cual Príamo ya no es sólo ese bobalicón que desconoce a sus enemigos, sino el tonto integral, totalmente pasivo y amanerado, engañado por las palabras de Helena, la cual retrata a los distintos héroes aquellos con palabras de desprecio. La parodia no puede ir a más. El mundo heroico creado por Homero, puesto en boca de una mujer que interpreta la realidad como le interesa en cada momento. En la Odisea aparece una Helena de estas características durante la visita de Telémaco a la corte de Menelao. ¿Cuál es la visión que transmite de los héroes aqueos Helena la falaz a un Príamo estúpido?: Agamenón, “un hombre insoportable, mal esposo y padre”; el rubio que está a su lado es Menelao “mi marido, Menelao, un idiota” que no comprende a las mujeres y mucho menos al tesoro que es Helena; la cual, tal y como se refleja en la Odisea no ha dudado en ningún momento en volver con él. Ulises es reflejado en una etopeya que muestra sus características fundamentales:
Y ese otro de ahí, de firme pecho
y anchos hombros, que va y viene nervioso
por el campo, las manos a la espalda
como quien trama algo, ¿quién es él?
La respuesta de Helena.
Odiseo de Ítaca, un fullero
de quien nadie se fía, un sinvergüenza.
Ayante es una
masa magnífica de músculos,
una bestia lujuriosa
y prepotente, un grandullón con menos
inteligencia que una lagartija
Una vez el “vetusto cerebro” de Príamo ha digerido toda la información recibida de Helena, decide que su decisión de plantar cara a unos invasores que no conocía hasta ese momento ha sido algo que debía hacerse.
Como es habitual en sus poemas paródicos (aunque casi podríamos considerarlo como una característica general de su poética), al final de toda esta descripción hay una sorpresa. Nos hemos encontrado con una viperina Helena, con un Príamo idiota, con unos aqueos que reciben toda clase de calificativos de la boca de Helena, ¿qué hay de Paris? Paris, el escogido de la diosa, el representante de la civilización frente a la brutalidad de los aqueos, “¿Dónde estará Paris?”; la respuesta no puede ser más destructora
Imagino que en la peluquería
haciéndose las uñas y afeitándose
No puede interpretarse de un modo más paródico el mundo homérico y a la vez decir lo que realmente se siente de los distintos personajes que configuran el universo de la Ilíada. Es evidente que Luis Alberto de Cuenca habría tomado claro partido, y no para defender las murallas de Ilión, desde luego. Casi se podría afirmar que no existe mejor parodia literaria que esta que encontramos en el poema de Luis Alberto de Cuenca. “Para Bajtin, la parodia implica la creación de un sosia que <destrona> al héroe principal, la afirmación de un <mundo al revés>, como la sátira, parece estar unida en sus orígenes, a lo cómico carnavalesco, en el que cada uno de los valores jerárquicos tradicionales, se desacraliza, se escarnece y se derrumba. En un sentido más amplio, se produce la parodia cuando la imitación consciente y voluntaria de un texto, de un personaje, de un motivo se hace de forma irónica, para poner de relieve el alejamiento del modelo y su volteo crítico” (Marchese y Forradellas 1991:311).
En El hacha y la rosa (Los mundos y los días, p. 220), en el apartado “Perfiles literarios” e inmediatamente después del poema dedicado a Nausícaa, leemos “Helena: Palinodia”, con una ironía que se acerca a lo visto en “Teichoscopia”. El poeta finge la voz de Menelao, el marido de Helena. Comienzan sus palabras con una negación del mito: “No, no es verdad, amor, aquella historia”. Paris es calificado como “Imbécil de rizos perfumados”. Tal y como sucedía en “Teichoscopia”. Precisamente en una de las reconstrucciones del mito de la Ilíada en el mundo del cómic, nos encontramos a un Paris que corresponde plenamente a la representación hecha por Luis Alberto de Cuenca, se trata de la novela gráfica de Eric Shanower La edad de bronce. Mil naves I.
Helena aparece representada como una expresión de lo lúbrico
con los ojos
clavados en el bulto que emergía
de entre sus piernas, y con las narices
saturadas de droga
Además de ironía, en este poema observamos la actualización que experimentan los mitos: en la referencia a la cocaína y “el yate de lujo” de Paris en el que Helena huye casi desnuda.
Más allá de estas alusiones al mundo homérico de la Ilíada ¿qué encontramos en Luis Alberto de Cuenca referido a la Odisea? La importancia que Luis Alberto de Cuenca otorga a la Odisea queda patente en las siguientes palabras: “Todas las novelas del mundo en las que pasan cosas, cuyos personajes viajan y regresan, matan y mueren, odian, hacen el amor y preguntan, imaginan y traicionan, son la Odisea. Ulises u Odiseo, su protagonista, se hizo llamar Nadie para escapar de Polifemo, y no hay que ser un lince para darse cuenta de que ese Nadie es Todos, de que en su historia se refleja la historia del héroe de entonces, de ahora y de mañana, de que su relato es todos los relatos y su sueño todos los sueños” (El héroe y sus máscaras, p. 73). Evidentemente sus preferencias van orientadas más hacia el mundo de la Odisea y de los aqueos representantes de los valores más profundamente míticos de la aventura frente a los acomodaticios troyanos, más preocupados por el acicalamiento físico que por hacerse respetar en un mundo en el que los únicos valores que cuentan son los épicos. Además, encuentra en la literatura homérica una actualidad indiscutible: “En la épica de Homero se encuentran ya y se aúnan todas las situaciones de vida que nuestro mundo puede contener; por eso sirvió de modelo y de prototipo para toda la épica posterior y sigue hoy sirviendo de paradigma insustituible para los novelistas de la imaginación y para los cultivadores de la épica fantástica” (El héroe y sus máscaras, p. 87).
Como es comprensible, uno de los episodios de la Odisea que más interesan a Luis Alberto de Cuenca, al menos desde un punto de vista teórico (aunque ensayo y poesía están muy cercanos en la obra de este autor) es el de Calipso: “Una aventura como la de Ulises y Calipso, celebérrima en la antigua Grecia, me parece emblemática para entender de qué manera la cultura helénica, a través de los mitos, quiso dar significación y valor a la existencia humana, presentando incluso los elementos negativos y dolorosos de ésta como dignos de aprecio y de deseo: ése es el sentido que tiene el episodio de Ulises en Ogigia” (El héroe y sus máscaras, p. 55). Calipso es la pasión de una diosa, y a Luis Alberto de Cuenca, poéticamente, le interesan más las aventuras de los humanos, pues al fin y al cabo permiten una actualización del mito más directo, por ello, la Odisea originará “Nausícaa” en El hacha y la rosa, primer poema del apartado de “Perfiles literarios” (Los mundos y los días, p. 219). El ambiente físico de “Nausícaa” está situado tanto espacial como temporalmente en el primer verso “El mar de Homero ríe para ti”. Más allá de ese comienzo, en palabras de López Rivera (2003) se produce una desautomatización de los elementos descriptivos que nos conduce a la actualización, “aquí Ulises no es un héroe, ni Nausícaa quien lo ayude tras la tempestad. La situación es totalmente cotidiana. Esta es una de las principales bazas con las que juega este poema: la unión de tradición y modernidad, o mejor, posmodernidad, debido a la fuerte carga irónica del poema, que por lo demás es una de las principales características en la poética de Luis Alberto de Cuenca”. Una situación cotidiana de la que cualquier lector querría ser testigo: “Te acodas desnuda en la baranda”. El desnudo mitológico que ya aparecía en “Helena: Palinodia” y que es muy frecuente en las reconstrucciones de la antigüedad. Lo cotidiano es más lo que sigue, al menos en un ambiente de alta sociedad como el que se quiere reflejar:
con la copa
de néctar en la mano, mientras vienen
y van los invitados por la fiesta
que has dado en el palacio de tu padre
Soledad y belleza se aúnan en la figura de Nausícaa que sería definida en los siguientes términos por el mismo Luis Alberto de Cuenca: “Nausícaa es la más acabada encarnación de la gracia virginal, exuberante a la par que esquiva, tímida y audaz, transparente y oscura” (El héroe y sus máscaras, p. 92). En ese momento de soledad y belleza, con Nausícaa desnuda contemplando el mar de Homero, llega el hombre de su vida. Ese hombre es Ulises “una hermosa mezcla / de fortaleza y sabiduría”. Nausícaa desea a Ulises y trasmite ese deseo en cada poro de su piel, en los ojos, en los oídos que reclaman palabras de amor que sean un acicate para seguir viviendo, en el sexo: “Dueño mío, haz de mí lo que te plazca”. Pero Ulises no se fija en las promesas de Nausícaa, “está aburrido de la fiesta” y “perdido en el recuerdo de su patria”. ¿Sólo es eso lo que le aparta de los goces que le ofrece Nausícaa? Ulises ha amado a Calipso, poco es el placer que, a sus ojos, puedan brindarle los deseos de una princesa como Nausícaa.
En La vida en llamas, también está presente el mito de Ulises. Las primeras referencias se encuentran desde una mirada cinematográfica. En el poema “Die Nibelungen (1923-1925)” (p. 27), el poeta afirma “Ulises es Kirk Douglas”, refiriéndose claro está a la magistral actuación de Kirk Douglas en Ulises (Ulisse, 1954, Mario Camerini).; y en “Scarface (1932)” (p. 29) dirá que
Los gángsters
son para el siglo XX lo mismo que los héroes
de Homero para el mundo micénico
Indudablemente sigue prevaleciendo la visión del mito uliseico desde el punto de vista de la aventura. El siguiente momento, en ese mismo libro, en que aparece Ulises será en la parte dedicada a una forma métrica japonesa que está recuperando nuevos bríos en la actualidad occidental, se trata del haiku. En tres de los haikus contenidos en La vida en llamas se puede encontrar a Ulises. El primero de ellos (p. 63)
ULISES
Atado al mástil.
Las garras afiladas
de las sirenas.
Referencia clara, que no requiere comentario, al episodio de Ulises con la sirenas. El haiku, ante todo tiene conseguir captar lo más vivamente un instante concreto que, trasciende las palabras del propio poema mediante unas sugerencias que son vividas plenamente por el receptor, así como es la tortura que supone escuchar las voces de las sirenas, expresada en las garras afiladas. Poco después podemos suponer una referencia a Ulises en el siguiente haiku (p. 71), casi un epitafio que seguramente habría sido del gusto de Odiseo
EL HÉROE
Vivió. Murió.
Supo ser nadie y todos
al mismo tiempo.
Recordemos ese famoso Nadie con el que se nombra a sí mismo Ulises para salvar a los suyos de Polifemo. Pero a la vez que nadie, Ulises, el héroe, es todos. Recordemos su capacidad proteica favorecida por la misma diosa Atenea, engañadora mediante la forma como no hay dos. Ulises es nadie, pero también es el que inventa su historia en el palacio de Alcínoo y el que urde una trama para no ser reconocido cuando llega a la isla de Ítaca.
Finalmente el haiku (p. 73)
EN LA CORTE DE ALCÍNOO
La noche es larga
en la corte de Alcínoo.
Cuéntanos huésped.
El recuerdo de la corte de los feacios; episodio que parece interesar especialmente a Luis Alberto de Cuenca, puesto que también se ha referido a él en el poema “Nausícaa”. Y Ulises contará el momento más interesante de la Odisea.
Manuel Lara Cantizani
Básicamente la poesía de Manuel Lara Cantizani arranca desde dos aspectos: la vida cotidiana y la literatura. Respecto a la vida cotidiana, en muchos momentos es interpretada como una épica desarrollada mediante un argumento con sorpresa final. El existir de cada día en la poesía de Lara Cantizani conlleva un concepto de aventura cuyo desenlace se acerca a lo antiheroico. Es el caso del poeta que pierde la vida al poco de perder la lentilla (Isla desierta, p. 97), el ejemplo del duatleta que recorre los campos de olivos con el riesgo de que le atrape un oso (Isla desierta, p. 103) o el viaje realizado hasta el Caribe sin salir del ámbito acogedor del propio hogar (Isla desierta, p. 109). La presencia de lo cotidiano como punto de comienzo de una mirada antiépica también se encuentra en El invernadero de nieve. Un ejemplo claro de cómo la realidad cotidiana se transforma en algo distinto es “La vida en llamas” (p. 57)
Entre sombrillas
dos labios extranjeros
arden el mar.
Fuego griego en los ojos
de hogueras sin bikini.
El mar es un elemento imprescindible en El invernadero de nieve. Poemario que, por otra parte está organizado desde lo acuático: charcos, lagos y mares. Dos haikus de este libro recuperan la visión del mar; en el primero de ellos una nostalgia patente en la contemplación (p. 33)
MÁS TRISTE MAR
Tiendo mis lágrimas
en la orilla mojada.
Olas de otoño.
En el segundo ya se anuncia la presencia de la mitología, que marcará numerosas composiciones de este poeta (p. 46)
OXÍMORON MARINO
De dulce sal
la mirada serena
de la sirena.
El mar es nostalgia, deseo, el cuerpo desnudo, la luz y el fuego, un fuego griego que no puede apagarse sino tras haber consumido todo aquello que puede arder. La realidad desaparece y se transforma en un deseo sublimado. El mar también aparece como el paisaje idóneo para un viaje mental en “Mi sombra se derrite en el verano (2)” (El invernadero de nieve, p. 77). Un viaje que comienza en los momentos previos a la siesta, cuando un paisaje de olivos y de “invisibles cigarras displicentes” se va transformando en una marina en la que las curvas de sirenas producen mareo. El mar de la poesía de Lara Cantizani es un mar antiheroico.
Respecto a la presencia de la mujer en la existencia heroica del poeta, igual que en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, en Lara Cantizani también se refleja esa mujer bruja que, como Circe odiseica, tortura al poeta. Una mujer que anda con tacones por sus venas, que le salta los ojos con la uña del dedo índice y que vende su hígado en oferta como un “vulgar paté” (El invernadero de nieve, p. 81). En otros momentos, el mayor peligro que conlleva la existencia de una mujer
siempre crepuscular
para mis besos;
indefinida, aulladora
y peligrosa loba de las calles
casi nocturnas
es la indiferencia (La isla desierta, p. 47).
El otro polo que orienta el desarrollo de la poesía de Manuel Lara Cantizani es la literatura. Una literatura que tiene la capacidad de cambiar totalmente la vida de
un probo funcionario
profesor de inglés,
asquerosamente puntual
el cual recibe un día como regalo el Book of the thousand Nights and a Night en edición de Richard F. Burton (“Interrogación retórica”, La isla desierta, p. 69); a partir de ese momento su vida ya no podrá ser la misma:
Hoy ha vuelto a llegar tarde
y sus ojeras de oriente
las firma Shahrazad.
La gran literatura religiosa del siglo XVI de San Juan de la Cuz y de Fray Luis de León, en otros casos, es el instrumento para sublimar la realidad cotidiana (“Rayos de luz tibia”, Isla desierta, p. 23; “Beatus Ille”, Isla desierta, p. 25). También puede ser Tirant lo Blanc (Isla desierta, p. 27) o José Cadalso (Isla desierta, p. 26). La importancia de la literatura en el mundo poético de Lara Cantizani se hace patente en un libro como es Incultura clásica. Ante todo, lo que nos encontramos en esta obra es la revisión de algunos mitos clásicos hacia la modernidad. El suplicio de Tántalo (p. 7) se interpreta como la dificultad que entraña el hacer un poema, la maldición de la literatura, que aleja del mundo, pues, al final acaba contemplándose el mundo exclusivamente desde los libros conocidos. Por las páginas de esa obra desfilan otros personajes mitológicos como pueden ser: Narciso, Endimión, Minotauro, Saturno devorando un yogur griego, Apolo. En algún momento, incluso, la mitología se verá interpretada desde el arte, lo cual dota a algunos de los poemas de Incultura clásica de un tono barroco innegable, acompañado de una mayor literaturización en la lectura del mito, es sobre todo el caso de “Homenaje a las fábulas mitológicas de Barahona de Soto”.
El acercamiento a lo homérico en Manuel Lara Cantizani viene dado por dos poemas: “Preguntas de Laocoonte antes de salvar a sus hijos de dos sierpes enviadas por la herida eterna de Juno” (Incultura clásica, p. 9) en el que se plantea el cambio de destino de Troya; y en “El que nada ve” (Incultura clásica, p. 12) donde aparece la figura de Homero. Siguiendo con una de las líneas que hemos trazado al principio de la presente exposición, podemos considerar que Ulises puede ser interpretado como metáfora del poeta. Hay un momento en el que Lara Cantizani desarrolla la cuestión de la propia identidad en “Yo soy el otro” (El invernadero de nieve, p. 79). Ulises es el poeta que afirma su inexistencia en esa paradoja de que “Yo” soy el “otro” en sus mentiras. La auto-etopeya que el poeta realiza en este texto nos sitúa en un plano totalmente alejado de lo épico. ¿Quién es el yo? El que no arriesga, acarrea leña, pero no enciende el fuego; corta pimientos en tacos irregulares para una paella que nunca hará y con arroz que se pasa; es el pez payaso y el que mira al pez payaso, es el que, en definitiva,
ignora el dolor
del arpón de la aventura
una imagen totalmente opuesta a aquella que asimila Ulises y poeta. Es una definición antiépica que nos permite acercarnos perfectamente al poema uliseico de la obra de Lara Cantizani: “Carta de Penélope a Circe” (Incultura clásica, p. 10). Penélope en la tradición clásica es representada como un personaje totalmente pasivo más allá de la acción de tejer o deshacer el sudario de Laertes; totalmente pasivo con respecto a las aventuras eróticas de su marido más allá del matrimonio. Sin embargo, de un modo u otro, todos los personajes femeninos de los poemas homéricos tienen una importancia indiscutible. Se abre el poema con una alusión al agua, elemento configurador de las aventuras del héroe, pero que en este caso se puede interpretar más cercano a lo simbólico, como expresión de lo femenino o de lo sexual. El agua en este poema es el elemento que separa a Penélope de Ulises; el agua representada en las olas, en las lágrimas, en la lluvia y el sudor de los cuerpos desnudos de Circe y Ulises amándose, todo es “demasiada agua”, tanto en el espacio de la aventura en el que se desarrolla la odisea de Ulises como en el escenario de los sentimientos, ejemplificado en las lágrimas por la distancia y la ausencia y en el sudor de la pasión.
Lara Cantizani escoge un episodio de los amores de Ulises que permite la parodia mucho más que cualquier otro. Hay amor en la relación de Ulises con Calipso, aunque, más allá de las lágrimas, Ulises parta de la isla de Ogigia, renunciando a lo que durante siglos el hombre ha estado buscando: la inmortalidad, acompañada además de un amor más allá de todo desamparo. Hay dulzura y castidad en la manera de comportarse Nausícaa con Ulises. Sin embargo, las relaciones establecidas entre Circe y Ulises son las más primarias. En la descripción de esta relación no hay ninguna referencia a sentimientos salvo los de posesión de Circe por Ulises como una forma de dominio.
Penélope, la fiel esposa en la distancia según la tradición, confesará en la carta a Circe ciertos acontecimientos que convierten el poema en una parodia, pues la transforman radicalmente. Para Penélope, el recuerdo de Ulises es un pensamiento insípido que se mantiene seco en la memoria. Telémaco, realmente, no es hijo de Ulises. Pensamiento que, por otra parte, tiene cierto eco de un momento de la Odisea (Canto I, vv 215-220), cuando habla con Atenea, poco antes de abandonar Ítaca para ir a buscar a su padre Ulises (Odisea, p. 8):
De él nacido me dice mi madre, mas yo por mí mismo
no lo puedo saber: ¿qué mortal reconoce su sangre?
Bien quisiera ser hijo de un padre feliz al que hallara
la vejez disfrutando en mitad de sus propias haciendas,
mas mi padre es el más desdichado de todos los hombres:
de ese tal según cuentan nací, ya que tú me lo preguntas
Penélope sigue confesando una vida sexual tanto o más activa que la de Ulises. Ha olvidado los labios del que engendró a Telémaco, en realidad:
te seré sincera, amiga,
no sé bien quién lo engendró
Ahora tiene un nuevo amante, es un poeta. La parodia se completa con esta circunstancia según la cual un poeta ocupa el lugar del héroe. Es, precisamente, el poeta que “ha escrito estos versos”, un poeta que, además admira a Ulises, cosa que Penélope no comparte con él. El final del poema es característico en la obra de Lara Cantizani, una ruptura del ritmo serio que se ha podido mantener a lo largo de la composición. “Recuerdos a los cerdos”. Y aquí la palabra “cerdos” está utilizada con una ambigüedad que aumenta la ruptura humorística, a la vez que nos dice de la ira contenida por Penélope a lo largo de toda la carta dirigida a Circe (una ambigüedad que también se encuentra en un verso anterior: “No los desilusiones, no seas bruja”). Sabido es que Circe transformaba en animales a los hombres; en concreto, a los compañeros de Ulises en cerdos, pero en el momento en que la bruja –técnicamente lo es- es dominada por Ulises (tras las indicaciones dadas por Apolo) sus compañeros recuperan su forma humana. Así pues, de ahí esa ambigüedad tan significativa desde el humor, pues, al fin y al cabo, lo que está haciendo Penélope es utilizar la palabra “cerdo” en un claro sentido despectivo. La parodia es total, pues Penélope no ha sido sólo retratada con una moral antiépica alejada de la Odisea, también desde el comportamiento lingüístico ha bajado del pedestal de la altiva reina de Ítaca.
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