El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media

OSWALD WIRTH
PRESENTACIÓN DE LA EDICIÓN (Fragmento)

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media, traducción de Hugo de Roccanera

Portada Libro El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Oswald Wirth. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González.

Da lo mismo intentar buscar una explicación racional a efectos reales; muchas veces los resultados son la consecuencia de la creencia, de la intuición con la que optamos por un rumbo u otro cuando el camino llega a una bifurcación; de la razón, también, cuando trazamos un línea que nunca se sabe cuándo llegará a torcerse, pues son tantas las variables con las que es posible toparse… ¿Por qué entonces intentar racionalizar la adivinación? No puede ser. Y este tratado, aunque aparentemente se anuncia como un manual de reglas de uso del tarot, no se queda en eso; mejor dicho, no lo es. El tarot de los iluminadores de la Edad Media es un bosque de símbolos. Leerlo es adentrarse en una selva, repleta de símbolos; cierto que por un sendero trazado por el autor. Palabras, conceptos, signos, imágenes, esquemas, un mapa con tantos detalles que acaba siendo como el mismo territorio, con tantos hitos en los que es posible detenerse que, al cabo, da igual el punto de destino.

Estrella seis puntasEl juego de naipes, junto al de ajedrez y de otras manifestaciones similares de combinación de fichas y estrategia –el de la Oca es un caso muy especial, pues ha llegado a ser interpretado como una especie de portulano secreto en la ruta que ha de seguirse en el proceso iniciático-, han acompañado a lo largo de los siglos al ser humano y han trascendido la categoría de mero juego para llegar a transmitir verdades que en el caso del tarot se relacionan plenamente con técnicas adivinatorias. Pasó algo similar con el ajedrez, así, tal y como aparece en el Libro de Ajedrez de Alfonso X el Sabio, tiene un sentido que va más allá del entretenimiento, hasta el punto de llegar a formar parte del sistema educativo del caballero.

Si consultamos la bibliografía reseñada en el Diccionario de los símbolos dirigido por Jean Chevalier, comprobaremos que una de sus fuentes documentales es El libro de los imagineros de la Edad Media de Oswald Wirth, y es que esta obra perfectamente puede ser considerada como un epítome en el que se muestran las distintas rutas que pueden ser seguidas cuando nos adentramos en el terreno desconocido de los símbolos; y es terra incognita porque, aunque se haya cartografiado tantas y tantas veces (ahí está también el magistral Diccionario de los símbolos de Juan Eduardo Cirlot), el enfrentamiento, quizá mejor, el encuentro con el símbolo es una experiencia trascendental y radicalmente personal. Y es en este sentido en el que El tarot de los iluminadores de la Edad Media es un compendio de simbolismo desde la comunicación establecida con los veintidós arcanos. Oswald Wirth escribió otras obras en las que también arrostra la explicación de los signos trascendentales, pero es en esta sobre el tarot en la que alcanza su culminación hermenéutica, porque es en estas cartas en las que el buscador se encuentra un mundo completo y abierto a la mirada que indaga en el horizonte de la significación absoluta.Figura, El Tarot de los Iluminadores de la Edad MediaEstudiar El tarot de los iluminadores de la Edad Media como un libro de texto más sobre interpretación de la baraja, con la finalidad de aprender a adivinar, es una lectura tan interesante como parcial pues, realmente, lo que se muestra es una vereda hacia lo profundo del bosque donde no va a encontrarse lo terrible sino la vida en su plenitud ya que el símbolo es “la inmutable fuente oscura de donde surge toda luz y toda palabra” (Olives 2018); este es el mundo en el que va a adentrarse el lector de la obra de Wirth.

Lo dijo un contemporáneo de Oswald Wirth, el español Antonio Machado en “Caminante no hay camino”. Nos lo demuestran las experiencias inefables de tantos practicantes de zen “antes de meditar, una montaña era una montaña; después la montaña es la montaña”. Importa el camino, cada paso, el poso que lo recorrido va dejando en cada peregrino, los pensamientos que manan para enriquecer un paisaje que llega a ser trascendental. Todo fluye y nosotros que somos parte del todo fluimos.

En el prefacio a su obra, Wirth realiza una descripción a todo punto elocuente del poder del simbolismo medieval, perfectamente acorde al de una época primitiva en la que no existían unas fronteras racionales tan marcadas entre la realidad y el mundo espiritual; tanto es así que cruzar el pórtico de una iglesia medieval implicaba pasar bajo unas advertencias tan realistas de las penas del infierno que el más incrédulo de los asistentes al oficio religioso habría de sentirse llamado al arrepentimiento por sus actos censurables en el día a día. Desde el punto de vista de Wirth, el simbolismo del tarot es comparable al de las catedrales góticas o al de la alquimia filosofal, que también alcanza uno de sus más importantes momentos en esta época.

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INICIO-LA CREACIÓN

TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN
MARTINES DE PASQUALLY

 

la-creacion-Tratado-de-la-Reintegración

La creación

Antes del Tiempo, Dios emanó seres espirituales, para su propia gloria, en su inmensidad divina. Tales seres tenían que ejercer un culto que la Divinidad les fijó mediante leyes, preceptos y mandamientos eternos. Eran, por lo tanto, libres y distintos al Creador, así que no se puede negar el libre arbitrio con el que fueron emanados sin destruir la facultad, la propiedad y la virtud tanto espiritual como individual que necesitaban para obrar con exactitud en los límites en que debían ejercitar su potencial. Era, desde luego, en esos límites, en los que tales primeros seres espirituales debían rendir el culto para el que fueron emanados. Esos primeros seres no podían negar ni ignorar sus convenciones con las que el Creador los hiciera, dándoles leyes, preceptos y mandamientos, puesto que era únicamente sobre tales convenciones sobre las que se fundamentaba su emanación.

Os preguntaréis acerca de qué eran esos primeros seres antes de su emanación desde la divinidad, si existían o no existían. Existían en el ser de la Divinidad, mas sin distinción de acción, de pensamiento y de entendimiento específico propio. Podían actuar o sentir únicamente por la Voluntad del Ser Superior que los contenía, en cuyo interior todo se movía; lo que, verdaderamente, no puede ser definido como existir. Mientras tanto, esa existencia en Dios era de necesidad absoluta, era lo que constituía la inmensidad de la potencia divina. Dios no podría ser el padre o señor de todas las cosas, si no tuviese innata, en sí mismo, una fuente inagotable de seres que emanaba por su voluntad y cuando Él así lo decidió. Y, por esa multitud infinita de emanaciones de seres espirituales hacia el exterior, Él recibía el nombre de Creador; y sus obras, el de Creación divina, espiritual y ánima espiritual temporal.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

Portada Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción Hugo de Roccanera

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Maestros de las Artes Marciales

NAKAYAMA HAKUDÔ

A partir de finales del siglo XIX, cuando Japón es obligado por el intervencionismo de los Estados Unidos a abrir sus fronteras a las injerencias extranjeras –que resultarían un fracaso absoluto-, a partir de ese momento, el desarrollo histórico de las Artes Marciales tradicionales sufre un cambio radical. Es la época de los grandes maestros que originan estilos nuevos y, sin embargo, profundamente arraigados en lo antiguo: Jigoro Kano, Gichin Funakoshi, Morei Ueshiba…, Judô, Karate-dò, Aikidô. En esta línea hay que situar también a Nakayama Hakudô, cuya misión respecto al Kendô y al Iaidô es comparable, de hecho, él es el responsable de que en 1932 el Iaidô recibiese tal nombre.

Nakayama Hakudô (Hiromichi) era oriundo de Ishikawa; vivió entre 1869 y 1958. Sus padres, él era el octavo hijo, regentaban un pequeño restaurante –yakitori- en la ciudad de Toyama. A los ocho años comenzó a trabajar en una posada –ryokan- y a entrenar con la espada, de manera que cuando cumplió once años fue aceptado en un importante dojo, regentado por Saito Michinori, adscrito a la escuela Yamaguchi Ha Itto Ryû. Gracias a la recomendación de Hosoda Kenzo, un importante miembro del Ministerio de Educación, que quedó muy impresionado por la entrega de Nakayama Hakudo al camino de la espada, éste es aceptado, a la edad de 18 años, en el Yushinkan en Tokio. Compaginará sus estudios de literatura clásica con la práctica de distintas escuelas marciales. En 1912, sería comisionado por su maestro Negishi Shingoro, de la Shindo Munen Ryû, como representante ante la Dai Nipon Teikoku Kendo Kata, importante institución para el desarrollo del Kendô moderno.

Su línea de desarrollo fundamental en el manejo de la espada corresponde a la escuela Musô Jikiden Eishin Ryû, de la cual fue el décimo sexto maestro, aunque acabaría dando origen a la Musô Shinden Ryû, que también recibe el nombre de Nakayama Ryû. El más alto grado alcanzado en su progresión en la Musô Jikiden Eishin Ryû muestra la maestría lograda por Nakayama Hakudô.

La genealogía de la escuela Musô Jikiden Eishin Ryû hunde sus raíces en el samurái Hayashizaki Jinsuke Shigenobu, que vivió, aproximadamente, entre 1546 y 1621; tradicionalmente es considerado como el creador del método de desenvainar la espada que define al Iaidô; aunque hay que tomar en cuenta que un siglo antes de Hayashizaki Jinsuke Shigenobu vivió Izasa Ienao, fundador, en el siglo XVI de la Tenshin Shoden Katori Shintô Ryû, la más antigua escuela de Artes Marciales que sigue viva en la actualidad, manteniendo la tradición.

Desde las enseñanzas recibidas y su esfuerzo personal, Nakayama Hakudô desarrolló su propio estilo de Iaidô, denominado, en 1932, como Musô Shinden Ryû Battô Jutsu, a partir de 1955, sería conocido como Musô Shinden Ryû.

La escuela Musô Shinden ryû de Iaidô está codificada en tres niveles. El primero, shoden, Omory Ryu (once katas en suwari waza desde seiza y uno en tachiwaza). El segundo es chuden (medio) o Hasegawa Eishin Ryû, así llamado por proceder directamente de la escuela antigua Musô Jikiden Eishin Ryû (diez suwari waza desde tate hiza –como en seiza pero con la planta del pie derecho apoyada en el suelo-). El último, Okuden, formado por diez tachi waza y nueve suwari waza, aunque habría que sumar dos katas más de pie que casi no se practican en la actualidad por ser considerados como contrarios a la ética que orienta el desarrollo del Iaidô moderno.

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TRATADO DE LA RENTEGRACIÓN, MARTINES DE PASQUALLY

PRIMERAS PÁGINAS DE LA INTRODUCCIÓN

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Portada del libro Tratado de la Reintegración

Martines de Pasqually es uno de esos personajes que marcan el desarrollo contemporáneo del ocultismo desde su propia biografía tan misteriosa como los conocimientos que transmite. Hasta en su mismo nombre, posiblemente Joachim dom Martines de Pasqually, nos encontramos con diversas variaciones que han complicado las posibles investigaciones respecto a su persona. Menéndez y Pelayo, lo españoliza en Martínez de Pascual, cosa que ha de tenerse en cuenta, pues para él el taumaturgo es de origen ibérico; en el libro de Papus (1895) L’Illuminisme en France (1767-1774). Martines de Pasqually. Sa vie. Ses pratiques magiques. Son Œuvre. Ses disciples se muestran diversas rúbricas: Don Martines de Pasqually, o De Pasqually de la Tour. Rijnberk, en el estudio más completo realizado acerca del maestro, señala como nombre completo: Jacques de Lyoron Latour de la Casse Joachin don Martines de Pasqually. Al parecer nació en 1727 (Amadou 2008), en la ciudad sudoriental francesa de Grenoble, aunque también se ha señalado como fecha posible 1710 (Faivre 1976). Tampoco está muy clara su ascendencia. Seguramente, sus raíces –y su apellido así lo señala- están relacionadas con la Península Ibérica –su padre había nacido en Alicante en 1671 (Var 2009)- y con una tradición que se hace incuestionable en su obra escrita y en sus prácticas ocultistas: la de los judeo-conversos; de hecho en el Tratado de la Reintegración las fuentes cabalísticas y veterotestamentarias se hacen evidentes. Cabe planearse hasta qué punto todas las dudas que disimulan entre neblinas, tanto la cronología como los hechos biográficos de un ocultista como éste, no son sino un instrumento más para mantener un misterio muy apropiado a las prácticas espirituales que transmite. Según Willermoz (Amadou 2008), Martines heredó un cargo jerárquico, que también era de posesión de unos conocimientos, de su propio padre. Nos encontramos, pues, con una transmisión de carácter familiar, cosa que hace sumamente complicado estudiar el comienzo de las teorías sobre las que se fundamentan los principios desarrollados tanto en el Tratado de la Reintegración como en el mismo culto desde el que se originó la orden de los Elus Coëns (los Sacerdotes Elegidos) en la cual se cimienta buena parte de la fama ocultista que acompaña al autor.

Cuatro

Cuatro

Entre los datos que, tampoco, alcanzan carta de naturaleza documental evidente, se encuentra la posible carrera militar de Martines de Pasqually como Teniente del Regimiento de Dragones de Edimburgo (Marcenne 1996), al servicio del Rey de España; cosa que no habría de llamarnos la atención puesto que era frecuente en la época que los oficiales del ejército participasen en actividades de Sociedades más o menos secretas. También Louis Claude de Saint-Martin fue militar. Por otra parte, esta pertenencia al ejército explicaría el contacto con el Regimiento de Foix durante su estancia en Bordeaux, aunque en ella tuvo parte importante su propia esposa. La carrera militar de Martines de Pasqually se desarrolla entre 1737 y 1747, cosa que nos indica que la fecha más probable de nacimiento entre las mencionadas sería la de 1710.

Papus (1895), en su libro acerca de Martines de Pasqually, analiza la vida del taumaturgo entre 1767 y 1772, es decir, desde su llegada a Bordeaux, después de haber pasado por distintas ciudades de Francia, intentando asentar unas bases que sirviesen para el desarrollo de su sociedad, la de los Elus Coëns. Al parecer, pues no puede afirmarse tal hecho documentalmente, Martines de Pasqually contrajo matrimonio en Bordeaux a principios de septiembre de 1767; gracias a su esposa, Colas de Pasqually -siguiendo el estudio de Papus-, pudo relacionarse con los oficiales del Regimiento de Foix, del cual saldrían sus más ilustres adeptos, pues ella era sobrina de su Comandante. Entre las diversas cartas hay algunas a las que ahora, en este intento de situar mínimamente al autor, es interesante hacer mención. Así una fechada el 20 de junio de 1768; en ella se hace evidente que Martines consagra todos sus esfuerzos intelectuales a la propagación de sus doctrinas y de su Orden, tanto es así que está preparando la Constitución de un nuevo Tribunal Soberano en Bordeaux. Da noticia, también en ella, del nacimiento de su hijo, al que otorgó el título de Maestro de los Elus Coëns poco después de su bautismo. Más allá de lo estrambótico de tal iniciación, lo que es importante, y a lo cual el mismo Papus otorga una atención especial, es al hecho de que se llevase a cabo el sacramento cristiano, pues en ello se encuentra una primera prueba de la falsedad de aquellas alegaciones que, en algún momento, han considerado a Martines de Pasqually como fiel a la religión judía, más allá de eso se mantiene inalterable su filiación a los judeoconversos hispánicos.

Martines, tal y como vuelven a hacer evidente sus cartas, también tenía conocimientos de sanación, así, por ejemplo, en una carta dirigida a Willermoz, le describe un complicado remedio de medicina natural para sanar de cierta dolencia a la hermana de su adepto.

Entre los discípulos de Martines de Pasqually, a Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles (Libro VI, Capítulo IV, Epígrafe I, “Tres heterodoxos españoles en la Francia revolucionaria”), le interesa especialmente la figura del Abate Fournie, autor de Lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos, publicada en Londres en 1801; explica en este libro el sistema iniciático y de teurgia de su maestro en estos términos: “Sus instrucciones diarias eran que pensásemos siempre en Dios, que creciésemos en virtudes y que trabajásemos para el bien general… Muchas veces nos dejaba suspensos y dudando si era verdad o falsedad lo que veíamos, si era él bueno o malo, si era Ángel de Luz o demonio… De tiempo en tiempo recibía yo algunas luces y rayos de inteligencia, pero todo se me desaparecía como un relámpago. Otras veces, aunque raras, llegué a tener visiones, y creía yo que M. de Pasquallys tenía algún secreto para hacer pasar estas visiones por delante de mí y que para que todas a los pocos día se realizasen”.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

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SOÑAR

Amaneció en Quito y Don Antonio sintió mezclado con su coladura de café, un aroma especial. Dudó entre el ascensor o las escaleras. Otra vez pospuso el ejercicio matutino. Subió al autobús hacia su despacho en una oficina pública. Compró el periódico. Se embarcó y en un minuto más escuchó el molesto “Damitas y caballeros” del vendedor callejero. No alzó la vista de su diario. “vengo de muy lejos y no vendo caramelos, ni helados, ni lociones milagrosas; yo traigo sueños”. Don Antonio dejó de leer, vio un rostro iluminado con líneas de achiote; después no supo qué hacer con la pluma de tucán que aquel niño había puesto en su mano.

CARITA DE DIOS

Calles de Quito

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UN LUGAR SOBRE LA TIERRA

Relato

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden
Y seré, hasta el último día, otro hombre, o mejor, el mismo, pero rescatado
Y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.

Álvaro Mutis. Los emisarios

En el Nombre del Clemente y el Misericordioso, que Él perdone a este transmisor de la verdad, por descubrir la realidad de un hombre que siguió las veredas más escondidas del amor, que fue considerado por los otros como ejemplo de santidad, pero que, en ningún momento buscó otro martirio que el de la propia existencia.

En una noche de sosiego, mecido por el sonido de los tambores, hipnotizado por el movimiento circular de unas caderas ceñidas por un velo de transparente gasa azul, y un aroma de dulces especias llegadas de Sarandib impregnando cada rincón de penumbra, escuché decir a Abdul Bashur que sólo un relato se ha contado a lo largo de la historia, la del amor de un hombre por una mujer.

Conozcamos otro ejemplo de cómo es cierta tal afirmación.
El padre de Qasim Ibn Hasan Assaraqusti pertenecía a la más alta aristocracia de la ciudad que los cristianos llaman Cesaraugusta. Miembro de la corte de Al-Mutamin, primero, y de Al-Mustain, el segundo de este nombre, después, fue testigo de crueles acontecimientos. Vio cómo las grandezas en saber, en arte y en refinamiento cayeron con la llegada de los almorávides, venidos a este nuestro Al-Andalús por el miedo que nosotros mismos sentíamos a los cristianos, cada día más poderosos, con más sed de rapiña, con afán por conquistar nuestras ciudades, cuyas grandezas, después no supieron disfrutar.

Abú Qasim había caído en desgracia. Se oponía a entregar libremente el poder a los fanáticos. Pero las circunstancias eran adversas para todos los que pensaban como él, así que a la muerte de su rey Al-Mustain, decidió abandonar la ciudad de los muros que brillan con el atardecer, la Medina Albaida, la ciudad blanca cuyas murallas habían sido levantadas por las legiones romanas de Augusto.
Era el año 378, el 1110 para los nazarenos. Qasim tenía doce años. La noche anterior a la partida estuvo durante muchas horas sentado frente a la muralla del alcázar, la Aljafería, así conocida en honor a su constructor, Abú Yafar Almuqtadir, el segundo rey Hudí de Zaragoza. Lugar creado para el saber, para el placer, para la alegría. Numerosos habían sido los acontecimientos reflejados en la alberca del salón dorado, cuyas paredes deslumbraban a los embajadores que hasta allí llegaban.

Algo se rompió en el pecho de Qasim durante aquel atardecer, con su luz filtrándose tras cada una de las ventanas de las torres. Así lo describía él mismo a su hermano Ahmad que, por aquel entonces, se encontraba en la ciudad de Córdoba.

Hermano
Horas antes de salir hacia nuestro exilio, permanecí ante las murallas de la alcazaba, en aquel lugar donde tantas veces jugamos, mientras esperábamos la salida de nuestro padre. El reflejo de la blancura de sus torres se fue apagando y éstas tiñéndose de un tono rosáceo. Nunca me habían parecido tan hermosas, hasta este momento en el cual sé que no volveré a verlas.
Nuestro mundo está desapareciendo.

Cuando el sol se ocultó totalmente en el Occidente, algo en lo más profundo de mi ser había cambiado. Mis raíces se habían roto y sabía que, una vez arrancado de allí, no podría volver a ser de ningún lugar.

Salón Dorado de la Aljafería, Zaragoza

La estancia de la familia Ibn Hasán en el sur, en las tierras que pertenecieron a los Banu Razín, transcurría con mayor sosiego que en Zaragoza. Más alejados del peligro. La situación acomodada que ocupaba Hasán Ibn Hamad no era tan próspera como antaño, pero sus relaciones en la pequeña corte eran fluidas, tanto como para que la vida no les apesadumbrara más allá de la nostalgia por la tierra perdida.

Qasim continuaba con su formación, encargada a Abu Zakariyya y Sad Al-Muchbar. Abu Zakariyya había nacido en tierras griegas. Siendo niño fue capturado por un grupo de piratas normandos, junto a otros muchos de su poblado cuando éste fue asaltado y saqueado. A pesar de su juventud, Abu Zakariyya, entonces con el nombre de Alexandros, intentó defenderse bravamente. Los normandos lo vendieron como esclavo en las costas del reino de Valencia y, con quince años, pasó a formar parte del ejército del rey Al-Mutamin. Su valentía y destreza hicieron que consiguiese la libertad y un puesto en la guardia del monarca. Conoció a un guerrero cristiano, mercenario al servicio de Saraqusta; había sido desterrado por el rey Alfonso de Castilla, se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar, y era apodado entre musulmanes, Cid. En una de las incursiones contra los cristianos del norte, que amenazaban la ciudad de Huesca, Abu Zakariyya resultó herido en la pierna derecha. Cerca estuvo de la muerte, pero el veneno no era lo suficientemente fuerte; la herida, sin embargo, le dejó una visible cojera; eso le impedía que en el futuro siguiese realizando sus labores como guardia del monarca. En cierta ocasión, ante las murallas de Barbastro, Hasán Ibn Hamad se libró de la muerte gracias al auxilio de Abu Zakariyya. Por ello, se le ofreció un puesto en su casa como tutor militar de su hijo mayor, Ahmad. Años después, cuando Qasim cumplió diez años, Abu Zakariyya pasó a ocuparse de su educación.

Sad Al-Muchbar era un sabio versado en los más variados conocimientos. Pertenecía al círculo filosófico y místico que, bajo la tutela de Al-Mustain, había desarrollado su trabajo en la ciudad de Saraqusta. Sad Al-Muchbar había viajado mucho. La obligación sagrada del Islam, la peregrinación a La Meca, le había llevado por las tierras del norte de Ifriqiyya, Egipto, la Península de Arabia, Siria y Bizancio. En Siria había oído hablar de lejanos países por los que muchos siglos atrás anduvo el gran Iskander, lugares donde existían las amazonas, santones que martirizaban sus cuerpos traspasándolos con objetos punzantes; tierras de riqueza desde las cuales llegaban hasta Al-Maghreb riquísimos productos. De todo ello hablaba Sad Al-Muchbar con su joven discípulo Qasim. También le hacía ver cómo las realidades de los distintos lugares eran muy variadas, cómo había conocido a hombres que no participaban de sus mismos cultos religiosos, pero que le ayudaron en momentos de penuria, de ello se podía sacar una importante lección.

Desde un comienzo, los intereses de Qasim Ibn Hasán le llevaron a la filosofía. Leía continuamente en su retiro en las tierras de los Banu Razín. Pero no eran tiempos para deleitarse en los conocimientos abstractos que arrastraban a Qasim hacia una visión mística del mundo. Era el tiempo de la espada, del brazo fuerte levantado hacia el norte. El cariño que joven Qasim sentía por su tutor Abu Zakariyya hacía que no desdeñara en ningún momento todas las enseñanzas que éste le brindaba. Buena parte de los sueños juveniles de Qasim estaban ocupadas por las imágenes guerreras que el viejo soldado le contaba, por el deseo de emular a los grandes luchadores.

Fueron transcurriendo los años, una calma relativa presagiaba lo peor, y, así, en 1120, cuando había quedado claro que el poder de los cristianos aragoneses era destructivo para el Islam, los almorávides, desde el reino de Valencia y Murcia decidieron lanzar una ofensiva contra Alfonso, ya conocido como el Batallador.

Desde el sur había llegado Ahmad, el hermano mayor de Qasim. Hacía años que no se veían; no había disminuido el amor entre ellos. Ahmad mandaba un destacamento, enviado por el gobernador de Córdoba, para formar parte del grueso del ejército, reunido en la ciudad de Tirwal. Qasim acompañaría a Ahmad, con él iría Abu Zakariyya. Todo iba a ser un triunfal paseo, Alfonso sería derrotado y los lugares que habían visto el florecimiento del Islam volverían a sus dueños.
Meses después, desde las cercanías de Cutanda, Qasim Ibn Hasán escribiría a Sad Al-Muchbar, que había abandonado Al-Andalús tras años antes para vivir en la ciudad de Fez

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
Todo se ha perdido; las últimas esperanzas que nuestro mundo guardaba se han roto como una vasija al chocar contra el suelo de piedra.
Alfonso, Dios lo condene, nos ha derrotado totalmente. Hemos sido abandonados por la misericordia divina.
Abu Zakariyya murió en mis brazos; una flecha de los francos atravesó su garganta. Al terminar la batalla, supe que mi hermano Ahmad también había caído. No pude rescatar su cuerpo.
No hay ninguna belleza en lo que aquí he visto, todo ha sido muerte y destrucción.

Qasim Ibn Hasán partiría al año siguiente hacia Córdoba.
La ciudad de Córdoba todavía mantenía el antiguo esplendor de la capital califal de los Omeyas, la austeridad de los almorávides, llegados de unas tierras limítrofes con el desierto, no habían acabado con una belleza que aparecía en los ángulos más insospechados, muchas veces visible sólo por una pequeña línea de luz.

Qasim Ibn Hasán, nombrado ahora como Assaraqusti por las gentes, seguía una existencia sin mayores sobresaltos. Muchas eran las personas, las cosas, la forma de vida, perdidas; ya no existía el miedo, pero tampoco la esperanza, ni la ilusión. Ocupaba en el gobierno el mismo cargo que su hermano Ahmad; era uno de los capitanes encargados de la custodia de la puerta de Almodóvar. El peligro parecía muy lejano y las labores eran sencillas, anodinas. Era mucho el tiempo que le quedaba libre. Pasaba por ser un hombre piadoso, temeroso de Dios; su existencia, a sus treinta años emanaba tranquilidad a todos aquellos que trataban con él.

Visitaba a menudo la gran mezquita. Le gustaba respirar el aroma de las higueras del paseo junto al río, y, sobre todo, el de las flores de azahar del patio donde realizaba las abluciones necesarias para entrar en el recinto sagrado. Allí, el agua parecía más pura, casi esencia licuada directamente de los árboles, cuya sombra tan agradable le resultaba. No era difícil rezar en la mezquita. La oscuridad que unía las columnas, semejantes a palmeras, sólo se rompía con unas breves luces surgidas de pequeñas lámparas, matizadas entre el humo que brotaba de algunos pebeteros donde, continuamente, se consumía incienso, llegado de lejanas tierras.
Qasim iba atravesando el espacio que le separaba del mihrab, allí sí que había luz, aumentada por los dorados de las paredes.

Patio de lso Naranjos, Mezquita de Córdoba
El monólogo mantenido con Dios en aquel lugar, fluía con libertad; Qasim encontraba instantes de paz. Los oscuros pensamientos le abandonaban. ¡Qué sencillo era encontrar en aquel lugar el mensaje de la unidad! Cada uno de los colores que formaban los ejes del mihrab concluían en un solo punto, igual que la dorada cúpula en forma de estrella. Mirados desde la pared norte, los arcos bicolores iban produciendo una especial sensación de perspectiva que agrandaba el espacio, que emborrachaba el sentido de la vista y provocaba una especial configuración del espacio.

Un día de primavera, al abandonar la mezquita, embriagado por los aromas, momentáneamente cegado por la luz del exterior, fue deslumbrado por una visión que le dejó clavado en el sitio, sin aliento. Como pudo, asiéndose a la pared igual que un anciano que hubiese quedado ciego, llegó hasta el hammam cercano a la mezquita. Su corazón latía apresuradamente, parecía haber perdido el sentido. Unos esclavos nubios le despojaron de sus ropas. Tumbado en la sala cálida pudo recordar.

En una de las calles que llevaban desde la mezquita hasta el hammam había visto a una mujer, no llevaba velo, posiblemente porque era una hora temprana, y no pensaba encontrar a nadie en aquel camino poco transitado. No era angustia lo que Qasim había visto en el rostro de aquella mujer, fue una sonrisa, teñida de una posible timidez fingida que le recordó aquellas suras del Corán que prometen el paraíso a los fieles. La visión fue rápida.
Durante días, Qasim paseó por aquellas calles intentando volver a encontrarse con aquella mujer. No lo consiguió.

Varios meses después, cuando el fuego no se había consumido, sino avivado por el paso de las horas, Qasim fue invitado por Attar Ibn Hafsún, rico comerciante que había llegado, por oriente, hasta los confines del mundo, que había traficado con nativos de las tierras de Ifriqiyya y que llevó sus especias hasta los nebulosos reinos del norte. Attar Ibn Hafsún prometió una sorpresa durante la celebración.

No eran del gusto de Qasim estas fiestas; normalmente acaban en orgías en las que alguna vez había participado, pero que le dejaban tal sensación de hastío que desaparecía cualquier placer. La melancolía que, desde aquel día, acompañaba a Qasim, hizo que aceptase; quizá abrazado a alguna de las esclavas de la casa de Attar desapareciese la pena.

Caen desde el rosal
cuatro flores en la fuente.
El agua, teñida con su color,
recuerda los labios del amado.

Mecida entre los sones de un laúd, la voz clara, ligeramente aguda, con una pronunciación oriental muy marcada, hizo cesar el murmullo. Una cortina fue apartada por unas manos con tatuajes de henna y allí estaba la mujer que había encadenado a Qasim.

Era Aixa, poetisa venida desde las tierras de Siria. Había aprendido su arte en la ciudad de Damasco. Aquella misma noche, Aixa se entregó a Qasim. El encuentro de ambos fue secreto. Aixa no era libre. Comprada por Ibn Hafsún en Damasco, el comerciante había pensado regalarla a Alfonso, rey de Castilla. De nada sirvieron las promesas de amor, las promesas de conseguir su libertad; Aixa no quería aceptarla, su amor era un regalo de una sola noche y Qasim así debía tomarlo.

Aparentemente, Qasim no opuso ninguna resistencia. Otra vez perdía, no sucedía nada por ello. Una nostalgia antigua volvió a apoderarse de él. Pasaba a menudo por la calle cercana a la mezquita; dejaba que el vapor del hammam penetrase por los poros de su piel. Seguía siendo considerado como un hombre piadoso. Pero en ningún momento consiguió que la sensación de soledad desapareciese de él. Algunas mujeres compartieron su lecho.

Qasim consideró que había llegado el momento de realizar la obligación religiosa de viajar hasta La Meca. Recordó a su maestro Sad Al-Muchbar. Desde Algeciras embarcó hacia Tánger, allí comenzaría su periplo a la ciudad santa. Seguiría la ruta de las caravanas que cruzaban el desierto.

Por las noches, al acampar, Qasim solía separarse de sus compañeros. Le gustaba sentir la infinita soledad que fluía de la inmensidad del desierto. Contemplaba las estrellas, y como un susurro desde la lejanía llegaban a él las voces de los viajeros. Poco antes del amanecer, la caravana iniciaba su marcha, después de realizar las obligatorias postraciones hacia el sol naciente.
No sintió nada especial cuando pisó la ciudad de La Meca, no fue arrastrado por el fervor religioso que le podría haber salvado de sí mismo. Casi automáticamente, realizó los gestos que marca la tradición.

Permaneció unos meses por aquellas tierras. Visitó el lugar considerado reino de Balkis, la conocida por los cristianos como reina de Saba, la que inspiró a Salomón encendidos poemas de amor que iban más allá de lo humano. Vio cómo en las lindes del desierto nacía un vergel donde la gotas de resina manaban olorosas para transformarse en incienso. Se sentó a los pies de grandes palmeras, sintiendo la agradable frescura de la fronda. Por las noches escuchaba a los recitadores; narraban eternas historias de venganzas, pero también de amores que llevaban a la muerte; oyó hablar de una tribu cuyos hombres podían llegar a morir, asaeteados sus pechos por Eros.

El viaje de regreso atravesaría el desierto árabe para llegar hasta Palestina. También allí los cristianos estaban mostrando su fuerza. Viendo aquel inmenso desierto, Qasim entendió las historias de ejércitos enteros desaparecidos cuando iban a la conquista de Saba, tragados por la arena, el único botín conseguido en su conquista del sur.

Su destino era Damasco. Quería transitar por las calles de piedra, por donde sus pies habían dejado huellas que, sin duda, su corazón reconocería. La presencia de Aixa habría dejado, flotando, en el aire de la ciudad un aroma que respiraría en cada rincón. Recorrió las calles, pasó sus manos por las columnas de las mezquitas, apoyó su cuerpo en paredes ocultas, pero en ningún momento apareció aquella visión de las penumbras de una calle de Córdoba, junto a la mezquita.

Algunos cuentan que Qasim tomó la última determinación en lo alto de la muralla de la ciudad. Es cierto, pero cuán equivocados están aquellos que piensan que el martirio sería en defensa de la fe; el martirio lo sería, efectivamente, pero no por un Dios que le había hecho perder todo.

Lejos estaban los días en que los francos llegaron como una tormenta de destrucción a Tierra Santa, como ellos gustaban en llamarla; pero aquella mañana, con la salida del sol, llegó un ejército cristiano. Su intención era sitiar Damasco, conquistar la ciudad. El terror corrió entre las gentes. Se organizó la defensa. El enemigo no era lo suficientemente poderoso como para entrar en la romper las defensas, pero sí para mantener a sus habitantes cercados, sin posibilidad de comunicación con el exterior, dando lugar a que llegasen más francos y, entonces sí, todo estaría perdido. Se sabía que ejércitos cruzados tenían sitiada la ciudad de Edesa, allí la situación ya era desesperada. Si Edesa caía, Damasco sufriría la plaga de la conquista. Así pues, era absolutamente necesario combatir.

Tras un día de frenéticos preparativos y mutuas observaciones, llegó la noche. No fue reparadora como en otras ocasiones. Los que, al día siguiente, iban a enfrentarse con la muerte se revolvían inquietos en sus lechos, sin poder conciliar el sueño, mirando en la oscuridad de sus alcobas a la esposa y a los hijos que seguramente, simulaban dormir para no inquietar, todavía más, al que, quizá, no volvieran a ver.

Qasim también permanecía despierto en su lecho, pero su vigilia era distinta a la de los otros. No era inquietud lo que le impedía dormir, era una tranquilidad, un reposo absoluto, una especie de descanso interior que hacía innecesario el sueño. Ya conocía su destino, ya había decidido su punto final. Horas antes habló con el gobernador de la ciudad; se le había encomendado un grupo de pocos hombres para encabezar la carga de la caballería.

A la mañana siguiente, cuando Qasim vio preparado su corcel de guerra, no pudo menos que recordar aquellos versos de Abu Salt Umayya de Denia.

Blanco como el lucero del amanecer
Avanzaba orgulloso, enjaezado con la silla de oro.
Alguien dijo, envidioso,
¿Quién ha embridado la aurora
y ha ensillado el relámpago?

Se abrieron las puertas de la ciudad. Poco a poco los caballos fueron lanzándose a un feroz galope. El choque fue brutal. Qasim no sintió el rasgar de su propia carne. Comenzó a perder fuerzas; se agarró como pudo al cuello de su montura. Sin una mano que le llevase hacia el peligro, el corcel se fue alejando del escenario de la batalla. A lo lejos se veía un grupo de palmeras, ignorantes del destino de destrucción y sufrimiento.
Al llegar junto a una pequeña fuente, Qasim cayó y, entre el sonido del agua al brotar, escuchó:

Caen desde el rosal
Cuatro flores en la fuente.
El agua teñida con su color
Recuerda los labios del amado.

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DE TAL PADRE, TAL HIJO

IMÁGENES DEL JAPÓN CONTEMPORÁNEO

DE TAL PADRE, TAL HIJO

Pelicula-de-tal-padre-tal-hijoDE HIROKAZU KORE-EDA

Ryota, un ejecutivo de alto nivel, es consciente de la necesidad de trabajar duro para poder conseguir una cierta posición social; por ello intenta grabar este mensaje en su hijo Keita. Trabajo y esfuerzo que obligan a que los sentimientos permanezcan ocultos. Una llamada de la maternidad donde fue atendida Midori, la esposa, va a cambiar radicalmente la visión del mundo de dos familias, pues se descubre que dos bebés fueron con cambiados y Keita no es el hijo biológico de Ryota y Midori.

De-tal-padre-tal-hijo-Familia1Ryota va a tener que enfrentarse a sí mismo, tendrá que descubrir que la sangre y el trabajo son valores que, en su caducidad, es necesario analizar, de otra forma se puede perder una parte muy importante de la persona: los sentimientos, los cuales permanecen escondidos hasta que unas fotografías desconocidas desvelan la verdad callada del amor.

De-tal-padre-tal-hijoTodo ello, que podría haber dado paso a una interpretación patética de la existencia, se describe desde el equilibrio que caracteriza el tratamiento de estas cuestiones en la cinematografía de Kore-Eda, y casi podríamos decir en buena parte de la japonesa. Y, curiosamente, en esa lucha de lo cotidiano, van a ser los niños la pieza fundamental para el auto descubrimiento de los adultos, dominados por la entrega a la frialdad del mundo de la empresa o por la sumisión y el dolor de una madre, Midori. Ante ellos, la familia de Yudai es la alegría de vivir con la naturalidad que lleva a aceptar la existencia tal y como es.

de-tal-padre-tal-hijoLas relaciones familiares y la necesaria sinceridad para aceptar la vida y los sentimientos son algunos de los temas que orientan la producción cinematográfica de Hirokazu Kore-Eda (Tokio, 1962): Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004), Hana (Hana Yori mo naho, 2006), Caminando todavía (Aruitemo Aruitemo, 2008), Milagro (Kiseki, 2011), De tal padre, tal hijo (Soshite Chichi ni Naru, 2013) o Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015).

Hirokazu-kore-edaHana relata, en el marco del siglo XVIII, una falsa historia de una venganza familiar que se convierte en una magnífica excusa para retratar la vida en un barrio pobre de Edo. Más allá de este argumento, en buena parte de sus películas, Kore-Eda, hace que el mundo de la infancia cobre una importancia central, así es De tal padre, tal hijo, aunque en ella no se llega al punto de mirar la realidad desde los ojos de un niño, como sí sucede en Kiseki. Sea desde la focalización de un niño, o no, en los filmes de Kore-Eda, reconocida por él mismo, está la influencia de una de las cinematografías más clásicas japonesas, la de Yasujiro Ozu, como representación de la cotidianidad, aunque desde Occidente no podamos obviar esas lentes orientalistas que miran para encontrar lo exótico: El sabor del té verde con arroz (1952), Tokyo Monogatari (1953) Ohayo (1959).

De-tal-padre-al-hijoDe tal padre, tal hijo recibió dos importantes premios europeos cuando fue estrenada en 2013: el del Jurado en el Festival de Cannes y el del Público en el de San Sebastián. En ella nos encontramos con algunos de los aspectos sobre los que merece reflexionar. Ahí está el enfrentamiento entre un Japón antiguo y moderno; para el primero, el valor de la sangre, la entrega total a la empresa como si de una familia feudal se tratase, la negación del sentimiento que se esconde ante una aparente armonía, todo ello, además de en el personaje de Ryota, se encuentra representado en la figura del Director de la empresa en la que éste trabaja, desde su ambigüedad, que bien puede llamar al equívoco, pues no se puede llegar a afirmar que sea una duda, sino más bien un engaño, el Director llega a plantearle a Ryota que los tiempos en los que el asalariado se entregaba a la empresa como si de un vasallo se tratase, han acabado; aunque, a la vez, recurre a sugerir la posibilidad de una adopción del hijo biológico que no lo es según el Registro Civil; en ello hay un eco de una práctica muy común en lo que bien podríamos denominar el Japón del Antiguo Régimen. Es evidente que aquí también está lo contemporáneo: la problemática del hijo único –un tema tan frecuente en la narrativa de Haruki Murakami-, o la presión a la que son sometidos los niños en pro de alcanzar unos objetivos educativos que se plantean desde muy temprana edad.De-tal-padre-tal-hijo

 

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MAQROLL EL GAVIERO

EL ASESINATO DEL DUQUE DE ORLEÁNS Y LAS EMPRESAS DE MAQROLL EL GAVIERO

Alvaro-MutisEn la lectura de las obras de Álvaro Mutis se hace evidente el interés del autor por épocas pasadas, confirmado, por otra parte, en diversas entrevistas que le fueron realizadas en las cuales, además de definirse como monárquico legitimista y gibelino, afirma que el último acontecimiento de la Historia que realmente le interesa es la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453; manifestación a todas luces que buscaba simplemente la provocación, pero que ahora me interesaba recordar dado el tema que quiero tratar.

Antes de entrar plenamente en la cuestión del asesinato del Duque de Orleáns no estaría de más recordar que en fechas cercanas a la publicación de la novela La Nieve del Almirante, primera del ciclo Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, Álvaro Mutis presenta el que, como ya he afirmado en otras ocasiones, me parece su mejor libro de poesía, Los Emisarios, año 1983. Entre los poemas de historia, amor, muerte y aventura que lo forman, ahora destacaré el titulado “La visita del Gaviero”, una de sus muchas composiciones en prosa protagonizadas por Maqroll, espejo vagabundo del mismo escritor. Ambos, Álvaro Mutis –en la forma del narrador- y personaje vuelven a encontrarse, para hablar, porque la palabra es la guía una relación que se va prolongando más allá del tiempo y del espacio.

Cesar-borgia“En realidad vine para dejar con usted estos papeles. Ya verá qué hace con ellos si no volvemos a vernos. Son algunas cartas de mi juventud, unas boletas de empeño y los borradores de mi libro que ya no terminaré jamás. Es una investigación sobre los motivos ciertos que tuvo César Borgia, Duque de Valentinois, para acudir a la corte de su cuñado el Rey de Navarra y apoyarlo en la lucha contra el Rey de Aragón, y de cómo murió en la emboscada que unos soldados le hicieron, al amanecer, en las afueras de Viana. En el fondo de esta historia hay meandros y zonas oscuras que creí, hace muchos años, que valía la pena esclarecer. También le dejo una cruz de hierro que encontré en un osario de almogávares que había en el jardín de una mezquita abandonada en los suburbios de Anatolia. Me ha traído siempre mucha suerte, pero creo que ya llegó el tiempo de andar sin ella”.

Vida_vasca_1936_viana_cesar_borgiaObservamos aquí dos intereses históricos que aparecen en diversos momentos de la obra de Álvaro Mutis: César Borgia, sobre el cual en Los Emisarios se contiene “Funeral en Viana”, también presente en un artículo publicado en la revista Novedades de México el 10 de mayo de 1980; la muerte del Duque de Valentinois es descrita así: “Acompañó a su cuñado en una expedición contra España y murió en Viana en una emboscada nocturna. Luchó como un león sin proferir una palabra. Acribillado por las lanzas enemigas, su cadáver fue recogido al día siguiente y recibió cristiana sepultura con los honores de un gran guerrero”.

El otro episodio es el de los almogávares que estará presente en uno de sus últimos trabajos narrativos, el relato “Jamil”, contenido en Tríptico de mar y tierra (1993): “Fue así como caí en la cuenta de que Jamil había asimilado a su manera mis charlas con mosén Ferrán sobre las incursiones de los almogávares y había hojeado también varios de los libros sobre el tema que solía prestarme nuestro amigo y en cuyas láminas, de seguro, se inspiraba para crear sus historias”.Almogavar-moreno-carbonero

En la misma “La visita del Gaviero”, Álvaro Mutis pone en boca de Maqroll, otra vez, recuerdos de los tiempos de esplendor de Borgoña en plena otoño de la Edad Media, tal y como nombró a esta época el historiador Johan Huizinga

“Bajé, luego, a los puertos y me enrolé en un carguero que hacía cabotaje en parajes de niebla y frío sin clemencia. Para pasar el tiempo y distraer el tedio, descendía al cuarto de máquinas y narraba a los fogoneros la historia de los últimos cuatro grandes Duques de Borgoña. Tenía que hacerlo a gritos por causa del rugido de las calderas y el estruendo de las bielas. Me pedían siempre que les repitiera la muerte de Juan sin Miedo a manos de la gente del Rey en el puente de Monterau y las fiestas de la boda de Carlos el Temerario con Margarita de York. Acabé por no hacer cosa distinta durante las interminables travesías por entre brumas y grandes bloques de hielo. El capitán se olvidó de mi existencia hasta que, un día, el contramaestre le fue con el cuento de que no dejaba trabajar a los fogoneros y les llenaba la cabeza con historias de magnicidios y atentados inauditos. Me había sorprendido contando el fin del último Duque en Nancy, y vaya uno a saber lo que el pobre llegó a imaginarse. Me dejaron en un puerto del Escalda”.Asesinato-de-juan-sin-miedo

Tal episodio sucede poco después de las andanzas del Gaviero por los páramos. Es en el mar donde ahora se rememoran sus tiempos de los grandes Duques de Borgoña: la muerte de Juan sin Miedo en el puente de Montereau, las fiestas de la boda de Carlos el Temerario con Margarita de York, la muerte en batalla del último de los Duques de Borgoña en Nancy: guerra, fiestas, bodas, muerte, traiciones, crueldad…, en definitiva, contrastes, los mismos que vamos a encontrar en el relato de La Nieve del Almirante, publicado en 1986. Tales contrapuntos están reflejados ya desde los inicios de la producción narrativa de Álvaro Mutis; recordemos que La Mansión de Araucaíma (publicado en 1973) nace de la voluntad de situar un relato gótico en tierras del trópico, cuando el ambiente de estos está situado en las nieblas de inquietud que rodean las mansiones inglesas o en las brumas ominosas que cercan los castillos mediterráneos.

Sorprende de presencia del Medievo francés en un ambiente como es el de la selva por la que discurre el cauce del río arquetípico, fusión de topos ficticio y realidad, el Xurandó, por el que viaja, más interior que físicamente, Maqroll el Gaviero, hacia una de sus empresas que solo en la imaginación no son naufragio.

Carlos-el-temerarioLo medieval francés y borgoñón aparece en La Nieve del Almirante en el texto introductorio, cuyo protagonista es un narrador, alter ego del mismo Álvaro Mutis, en muchos episodios de la vida de Maqroll. En este caso, el personaje encuentra en una librería del barrio Gótico de Barcelona, un libro viejo: la Enquête du Prevôt de París sur l’assessinat de Luis Duc de Orleans, publicada en la Bibliothèque de l’Ecole de Chartes en 1865 debida a Paul Raymond, en este volumen se contiene “la escrupulosa investigación del historiador francés sobre el alevoso asesinato del hermano de Carlos VI de Francia, ordenado por Juan sin Miedo, duque de Borgoña”. Un asesinato especialmente salvaje, ¿cuál no lo es? Sucedido en la noche del 23 de noviembre de 1407 en la calle Vielle du Temple en París. El suceso acabó con tres cadáveres con uno de los cuales, los asesinos se habían ensañado especialmente, pues tenía la mano derecha amputada y su cabeza había sido golpeada de tal manera que se había esparcido la masa encefálica. Este cuerpo, vestido con lujoso ropaje, era el de Luis de Orleáns. Paul Raymond edita las notas del agente del rey en París (Prévôt –un Preboste, según DRAE, es el ‘oficial nombrado en tiempo de guerra para velar sobre todo lo concerniente a la policía’-), posiblemente Charles de Albret, custodiadas en los Archivos de la Prefectura de los Bajos Pirineos, serie E, familia D’Albret, año 1407, en la Bibliothèque de l’Ecole de Chartes, Revued’Érudition consacré espécialement a L’Étude de MoyenAge (Vingt-Sixiémeannèe. Tomé Premier) –que puede localizarse en la Bibliothèque Nationale de France- Gallica-Digital-.

Asesinato-del-duque-de-orleans¿Qué es lo que sucedió?, si es que en algún momento puede llegar a esclarecerse totalmente un crimen.

Al morir Carlos V de Francia, hereda el trono su hijo Carlos VI; debido a su minoría de edad, la regencia recae en sus tíos: Luis de Anjou, Felipe el Atrevido de Borgoña, Juan de Berry y Luis de Borbón. La rivalidad entre ellos, les lleva a repartirse el Reino y llegar a una situación muy cercana a la guerra civil. Debido a la inestabilidad emocional de Carlos VI, la regencia se prolonga más allá de su mayoría de edad, hasta que en 1383, tres años después del comienzo de su reinado (1380-1422), en Reims, el monarca retira su confianza los regentes en pro de su hermano, Luis de Orleáns y de los consejeros que fueron de su padre Carlos V. Al hacerse evidente que Carlos VI no puede gobernar, Luis de Orleáns toma las riendas de la corte y de la Política exterior, dejando las tareas administrativas del gobierno del Reino a los consejeros del anterior monarca.

A la muerte, en 1404, de Felipe el Atrevido, el Ducado de Borgoña recae en su hijo, Juan sin Miedo, el cual acaudilla a los descontentos con Luis de Orleáns y acaba preparando y ordenando su muerte, el año 1407; magnicidio que llevaría al país a una guerra civil entre Armagnacs (representantes de los más poderosos de la pirámide feudal) –implicados directamente por Luis de Orleáns, casado con Bona de Armagnac- y los Borgoñones, apoyados desde la demagogia y el oportunismo, equivalentes al populismo, por los gremios y burgueses urbanos. Más allá de todos estos sucesos, de la batalla de Agincourt (octubre de 1415) y de las diferentes alianzas que marcaron el desarrollo final de la guerra de los Cien Años, Juan sin Miedo sería asesinado en 1419 en el puente de Montereau, donde había acudido para pactar una tregua con Carlos de Orleáns, futuro Carlos VII.

Es indiscutible el contraste que hay entre una historia como ésta y el periplo que está realizando Maqroll por el río Xurandó, que, por otra parte, no impide que el Gaviero llegue a abstraerse en la lectura, abandonando un paisaje que no siente como propio:

Maqroll-el-gaviero“con la luz de la tarde y hasta cuando tuve que encender la Coleman avancé en el libro de Raymond sobre el asesinato del Duque de Orleáns. Habría mucho que decir sobre este asunto. No es la ocasión ni el ánimo se inclina a esta clase de especulaciones. De todos modos, es curioso anotar la falta de objetividad del informe que rinde el Preboste de París a raíz de cometerse el crimen y la concomitante falta de malicia del autor que lo recoge y comenta. Los móviles de un crimen político son siempre de una complejidad tan grande y se mezclan en ellos motivos escondidos y enmascarados tan complejos, que no basta la relación minuciosa de los hechos ni la trascripción de lo que sobre el asunto opinaron las personas involucradas para sacar conclusiones que pretendan ser terminantes. El alma retorcida del Duque de Borgoña oculta abismos y laberintos harto más tortuosos que lo que el buen Preboste alcanza a percibir y Raymond intenta dilucidar”.

Y toda esta elucubración en un ambiente de selva, de una “oscura muralla vegetal que nos ha de tragar dentro de unas horas”, en una atmósfera de fetidez sobre aguas lodosas; para así producir el contraste enriquecedor de las sensaciones descritas.

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Llegaron con el viento

DE AKIRA KUROSAWA A ANTOINE FUQUA

THE MAGNIFICENT SEVEN

Uno de los motivos, casi metáfora, más que imagen, del cine de Akira Kurosawa es el viento; así sucede en ese canto a la Humanidad que es Barbarroja (Akahige, 1965), aunque se hace muchos más evidente en sus películas de samuráis, sobre todo en Yojimbo (1961) y en Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954); esta última me interesa de una manera especial, puesto que tengo en mente el último remake hasta la fecha de este filme fundamental en la creación artística del “Emperador” del cine japonés.Siete-samurais

El viento, en las películas de Akira Kurosawa, anuncia cambios y produce el desasosiego de no saber qué va a suceder en el futuro, cargado, por otra parte, de oscuros presagios, pues sopla en tierras marcadas por la violencia y la desgracia. Posiblemente sea por ello por lo que también significa la llegada de alguien que carga con un pasado de sangre y al que acompaña la muerte. El viento también aúlla como si desease manifestar el dolor de vivir, cuando la existencia se hace difícil de soportar. Recordemos esa secuencia perfecta, la segunda de Los siete samuráis, en la que, desde un encuadre en picado, mientras el viento aúlla y arrastra el polvo, se expresa el dolor de los campesinos que viven bajo la amenaza de los bandidos, mediante la descripción de una aldea muy similar a las que sirven como escenografía a los western rodados en Almería. A la vez que todo lo anterior, el viento es una corriente que arrastra la suciedad de un mundo corrompido. Barre las calles del pueblo en el que se forma el grupo de los siete samuráis; de una cortina de polvo llevado por la tempestad surge la figura de Yojimbo. Este fenómeno atmosférico llegará a su culminación en la batalla final en la tormenta que purifica, como ceremonia de muerte y agua, el valle en el que después de la explosión de violencia todo volverá a ser como siempre; hasta para unos samuráis que, después de jugarse la vida, son rechazados por una comunidad que no puede admitir su presencia, porque es indigna, aunque parezca que es porque ellos son un símbolo de la violencia en una tierra que quiere ser idílica.Yojimbo

Es muy posible que Akira Kurosawa recibiese la imagen del viento como metáfora cinematográfica de las muchas películas estadounidenses que vio antes de comenzar su carrera; ahora bien, lo que es indudable es que él se convertiría en un referente durante el desarrollo del western a lo largo de la década de 1960; Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari), una coproducción italiana, española y alemana, se estrenó en 1964 y es una versión de Yojimbo; La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più) –ambas de Sergio Leone- es de 1965; el ambiente en las dos es muy similar; de la misma manera, aunque más temprana Los siete magníficos (The magnificent seven) de John Sturges, de 1960, marcada directamente por Los siete samuráis de Akira Kurosawa.

El viento sigue siendo un elemento fundamental en el desarrollo simbólico de la nueva versión de Los siete magníficos (2016) de Antoine Fuqua.Los-siete-magnificos

Aunque poco quede de la primera historia realizada por Akira Kurosawa –lo cual no niega los valores que esta nueva versión tiene- es interesante leer Los siete magníficos desde las claves que marcaban el desarrollo simbólico de Los siete samuráis: el viento, la violencia, la muerte, la purificación, la justicia y la soledad.

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El mar y la amada

DOS EXPRESIONES PARA LA MANIFESTACIÓN DEL TODO EN PEDRO SALINAS

A Gioconda, en el Caribe.

Horizonte-de-marEL CONTEMPLADO

PEDRO SALINAS

Tema
 
De mirarte tanto y tanto,
del horizonte a la arena,
despacio,
del caracol al celaje,
brillo a brillo, pasmo a pasmo,
te he dado nombre; los ojos
te lo encontraron, mirándote.
Por las noches,
soñando que te miraba,
al abrigo de los párpados
maduró, sin yo saberlo,
este nombre tan redondo
que hoy me descendió a los labios.
Y lo dicen asombrados
de lo tarde que lo dicen.
¡Si era fatal el llamártelo!
¡Si antes de la voz, ya estaba
en el silencio tan claro!
¡Si tú has sido para mí,
desde el día
que mis ojos te estrenaron,
el contemplado, el constante
Contemplado!

El contemplado (1946)

Pedro-salinasDiez años después de verse obligado a abandonar España, Pedro Salinas se encuentra con un venero que va a permitir fluir de nuevo su poesía desde el manantial de la lengua reencontrada en el cauce de lo cotidiano; porque el escritor necesita de la fuente que es su idioma materno, porque sólo en el Español puede encontrar Pedro Salinas la capacidad de expresar su mundo interior y poético. Y todo ello para originar una experiencia que acaba en las palabras del silencio, que va desde la mirada al poema, con el silencio, de los labios y la voz, pronunciado en la lectura hecha de introspección callada y de ritmo interno que es música no oída. Paradojas de la vía mística. En 1946, Pedro Salinas va a dar a la luz su libro El contemplado.

Pedro Salinas fue profesor visitante de la Universidad de Puerto Rico entre 1943 y 1946.

En una carta fechada en San Juan de Puerto Rico el 9 de febrero de 1946, Pedro Salinas, después de mucho tiempo –por causas debidas al miedo a la censura-, vuelve a escribir a Katherine Whitmore, y entre otras muchas cosas hace referencia al mar, que es como una metáfora que bien pudiera sustituir al sentimiento tan apasionado que durante tantas cartas y poemas fue uno de los motivos para la escritura:

“esta isla es un encanto. Sol, luz maravillosos. Un mar de hermosura constante, lleno de espumas alegres. La temperatura, para algunos un poco demasiado calurosa, a mí me gusta mucho, Vive uno con las ventanas abiertas de par en par, diez meses al año, día y noche. Y ahora, en febrero y marzo, se cierra la mitad a la hora de dormir. El gabán es desconocido. Clima sin igual para el que no necesita como yo ir y venir mucho, agitarse. He pasado horas hermosísimas frente al mar. He escrito un poema (un conjunto de quince poemas) sobre ese mar de Puerto Rico”.

Pedro-salinas-el-contempladoEn Puerto Rico, ante unas aguas que recuperan ecos de las palabras pronunciadas en la patria misma, Pedro Salinas recibe el don de ver una realidad en la que se borran las fronteras separadoras de lo físico y el espíritu. En una carta a Katherine Whitmore, fechada en el Altet el 14 de agosto de 1932, el poeta había escrito: “desde aquí, desde esta orilla, parece que detrás del azul del horizonte está al alcance la tierra donde vives. ¿Une el mar o separa? Une para separar; une por la vista, separa por el espacio”.

Una contemplación implica un atreverse a mirar con los ojos de la trascendencia para ir más allá de la realidad que se está viendo. Tales observaciones pueden producirse en distintas circunstancias: ante una experiencia religiosa, estética o amorosa, todas ellas pueden ser provocadoras del alcance de lo absoluto, la visión extática que abre los ojos al misterio de la mística.

Pedro-salinas-fotoY se produce el milagro, previo a estas palabras, de un día claro, cuando el viento ha limpiado de nubes el cielo. Silencio entre cuatro paredes blancas, aunque de fondo, a lo lejos, el murmullo de la ciudad que va desapareciendo. Las palabras escritas, con un ritmo hecho de interior, atemperan cualquier sonido, hasta el que procede de un alma desbocada que no sabe de asidero. El milagro es la lectura de unos poemas que acallan el tiempo, porque la letra no es un ruido ensordecedor cuando encuentra los ojos para los que ha sido escrita y produce ecos en el pecho que hacen vibrar el alma.

La acción contenida en el poema es sencilla y grandiosa a la vez, pues es mirar, pero con un movimiento que lleva a los ojos desde la inmensidad del horizonte hasta la cercanía de la arena, desde el celaje que es la bruma sobre el mar hasta el caracol yaciente en la playa. Grandiosa, también porque no es ver simplemente arena, bruma, horizonte o caracola, es percibir también un brillo que es pasmo. Éste es el asombro que acompaña a toda emergencia del ser tras la cual, aunque sea balbuceando, es posible dar un nombre; tal y como ocurrió con Adán al encontrarse ante la maravilla de la creación. Un sustantivo es una palabra que, en este caso, no es pronunciada sino vista, es la letra, pues, tal y como dice Pedro Salinas: “los ojos te lo encontraron, mirándote”. ¿En todo momento se refiere ese “te” al mar? El poeta se encuentra ante él, pero en la oscuridad de la noche “soñando te miraba”, los ojos no pueden verlo, así que ese “te” es otra realidad que “maduró”, la de la amada que más allá de la posibilidad de vivir en la pasión sigue existiendo “al abrigo de los párpados” cerrados ante el dolor de lo perdido.

Confluye la experiencia del contacto con los elementos -el mar- y el recuerdo -la amada- madurado éste en el tiempo; y, así, desciende a los labios el nombre que todo ha de contener, redondo como la figura perfecta de una esfera, alma del mundo platónico.

Es necesario pasar por la oscuridad del alma, bien lo supo expresar san Juan de la Cruz, para llegar al brillo máximo que se ve aún con los ojos cerrados en la noche y en el silencio. El proceso llevará a la fatalidad, que no es la tragedia sino el destino, la culminación de un proceso que también es la vida: “¡si era fatal el llamártelo!”. Así llega a los labios, que son la materia, la pronunciación de lo que es espíritu e iluminación, expresado en “el constante Contemplado”.

Este Contemplado que surge de la experiencia (el contemplado) es como Dios en una mística agnóstica cuya religión está en volver a ligar en una unidad el pasado con el presente; en definitiva, en dar un sentido total a la dispersión que es la vida. No podía ser de otra manera para un poeta que hizo de la belleza y del amor su absoluto; para un hombre que, en los momentos más terribles de la vida, cuando se aproxima la sombra, no quiso rezar, aunque siempre sus palabras fueron oración, pues clamar desde lo profundo cuando el miedo es acuciante, es una muestra de cobardía.

El amor absoluto deja huellas imborrables en la luz y en la inmensidad de las aguas; es por ello por lo que en los pronombres tú y yo, que siguen marcando las dos presencias de “El contemplado”, son un eco de aquel momento en que, ante otro mar, el Mediterráneo, Pedro Salinas lo veía como apartamiento pero también como superficie de aguas que ponen en contacto dos orillas, la del tú, la amada, y la del yo del poeta.

Katherine-whitmoreTambién contemplando el mar, desde El Altet el 16 de noviembre de 1935, Pedro Salinas describe cómo desde la “materia bruta”, que es la vida cotidiana, se produce la transformación hacia la poesía: “Y es verdad. Los hechos en sí no son nada; se ejecutan de un modo mecánico, así se toma el tren, o el taxi; son materia bruta de la vida. Pero de pronto les da una luz, les alumbra una significación y cobran un valor único, sin par; se convierten en milagros. El carbón y el diamante son de la misma materia. ¡Pero quién los confundiría! Así los hechos. Muchos, casi todos, son hechos carbón, pero los hay diamante, puros, claros, durísimos e inolvidables” (Cartas a Katherine Whitmore. El epistolario secreto del poeta del amor. Pedro Salinas).

Birth of Aphrodite. Altar of Aphrodite, so-called “Ludovisi Throne”. Marble. First third of the 5th century B.C. Rome, Roman National Museum, Palazzo Altemps.El martes 2 de agosto de 1932, Pedro Salinas escribe a Katherine Whitmore. En ese verano ella está viajando por España y en la carta, el poeta recuerda el primer encuentro de ambos en la clase que éste daba sobre la Generación de 1898, a la cual ella llegó con retraso. La epístola está fechada en Madrid, donde Pedro Salinas ha comenzado a dar clases de Literatura Contemporánea en el Curso de Verano de la Residencia de Estudiantes; Katherine, en esos momentos está en Valencia:

“Ayer la clase era una forma más de tu huida; y tanto más dolorosa cuando que por ella viniste, cuando fue el lugar del mundo designado por los dioses -¡sí, sí, por los dioses!- para tu aparición sobre la tierra. ¡Momento mágico, inolvidable en que yo vi surgir lentamente de la nada, unos ojos, unos labios, un cuerpo, un ser humano detrás del cual sentí temblar una luz intacta, pura, nueva, de la vida! Te aseguro que la Mitología, que me gusta mucho, jamás ha hecho nada tan perfecto. Ningún nacimiento de Venus –ni el relieve griego, ni Botticelli- tiene ese patetismo, esa profundidad de sentimiento, que el verte a ti nacer, no sé de dónde, del olvido, de lo inexistente, del cielo, o más bien de ti misma. Sí, porque naciste de ti misma. Yo vi primero tus apariencias corporales. Fueron el signo, como la seña indicadora. Pero luego, poco a poco, según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada. ¡Prodigio, milagro, asombro! Y lo más raro es que todo ello se verificaba, sucedía, sin que nadie se diera cuenta, más que yo –ni tú siquiera-, en un lugar y ambiente que nada tenían de milagrosos, en una clase… Nadie notó nada, nadie advirtió nada. Pero aquella noche, al salir de clase, el mundo llevaba encima una ilusión nueva, un anhelo más” (Cartas a Katherine Whitmore).

El epistolario de Pedro Salinas a Katherine Whitmore Reding fue entregado para su custodia por ella a la Houghton Library de la Universidad de Harvard, en 1979, acompañado de una nota que trata de cómo fue la relación desde la que surgiría uno de los más hermosos libros de poesía amorosa de la Literatura Española. Aquí, en palabras de Katherine Reding se lee cómo fue el comienzo de su relación con el poeta:

“En el verano de 1932 fui a Madrid a estudiar y a estar con mi amiga y colega, Miss Caroline Bourland, jefa del Departamento de Español de Smith College. Ella me aconsejó que me matriculara en la clase de Generación de 1898 que Salinas impartía. Lo hice, pero llegué tarde a la primera sesión. La única silla libre estaba al final, a la derecha de una mesa muy larga, desde la que sólo podía ver al profesor si alargaba el cuello y esforzaba la vista como podía. Cuando acabó la clase, salí corriendo sin hablar con nadie. A la segunda clase no fui, pero poco después Miss Bourland se encontró a Salinas por la calle. Se pusieron a charlar y en medio de la conversación la invitó a cenar. (La familia de él se había ido de vacaciones). Ella aceptó encantada y entonces él, como quien no quiere la cosa, le dijo que había oído que tenía una amiga durmiendo en su casa. ¿Vendría ella también? Yo no quería ir. Mi español era todo menos fluido y estaba segura de que Salinas sólo me había invitado por educación. Sin embargo, Miss Bourland me dijo que me perdería algo muy agradable, así que acepté. ¡Hay que ver cómo los acontecimientos más maravillosos dependen de las decisiones más triviales! Más tarde descubrí que ni la invitación a Miss Bourland ni el preguntar por su invitada fue algo casual. Me había visto en clase. Ya había caído el relámpago y la persecución había comenzado”.

Nacimiento-de-venus-botticelliLejanos en el tiempo están los días de lo absoluto del amor, al poco de conocer a Katherine Whitmore, pero ahí está ella, en esta contemplación del mar en Puerto Rico, en el cual el juego de los pronombres es el mismo que encontramos en La voz a ti debida: “¡Si tú has sido para mí, desde el día que mis ojos te estrenaron!”.

Primero, el mar, aunque sea una experiencia iluminadora más tardía, casi de cuando el final se acerca; ahora la amada, desde una carta dirigida a Katherine Whitmore, escrita en Madrid el dos de agosto de 1932. En ella está el deslumbramiento de los comienzos del amor.

En verano de 1932, Katherine Whitmore está viajando por España y entre sus actividades se encuentra la participación, como alumna, en un curso sobre la Generación de 1898 que Pedro Salinas imparte. Ella, como recuerda en un texto publicado junto a las cartas escritas por Pedro Salinas, en el libro ya citado, llegó tarde a su primera clase y se vio obligada a sentarse en un lugar prácticamente fuera de la vista del profesor. Sin embargo, cuando el amor llega lo hace de una manera arrebatada, sin que importe ni vida, ni espacio, ni tiempo. Ahí está el comienzo. Algunos días después, mientras Katherine está en Valencia, Pedro Salinas volverá a experimentar lo absoluto que es el amor. Ha comenzado sus clases de Literatura Contemporánea en el Curso de Verano de la Residencia de Estudiantes en Madrid, pero su realidad interior es otra.

Esta carta del 2 de agosto de 1932 es una rememoración, en un momento de reciente alejamiento, del principio del amor, expresado desde la imagen del nacimiento de Venus, desde lo pagano, pues una iluminación de pasión de un ser humano hacia otro se aleja de la mística cristiana; es necesario el mundo de los dioses para que este sentimiento brote; se trata de la misma frontera, casi herejía que marcan los poetas del Amor Cortés, tan bien conocidos por Pedro Salinas. Ahora bien, en esta carta, su emisor habla de una experiencia trascendente que, entre exclamaciones –como no podría ser de otro modo- califica de “¡Prodigio, milagro, asombro!”. La utilización de estos términos en un especialista de los estudios literarios –aquí estamos hablando del filólogo profesor- no es aleatoria; en ella se aúna el prodigio pagano, el milagro cristiano o y el asombro estético con la finalidad de expresar aquello que va más allá de la experiencia cotidiana; todo ello calificado mediante una serie de términos muy abundantes en el texto como momento mágico, inolvidable, luz intacta, pura, nueva de la vida.

Relieve-de-sarcofago-en-villa-borghese-roma-del-siglo-iiiLa referencia al nacimiento de Venus está plenamente justificada desde la rememoración del nacimiento del amor, que es, también, el momento de percatarse de la Belleza expresada aquí en la figura femenina, metamorfoseada a consecuencia de la mirada, especial desde el sentimiento, del poeta: “según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada”; pues a los ojos del enamorado, la realidad, incluso lo físico, se transforma por efecto del sentimiento que crea, de la nada, lo absoluto.

Por otra parte, cabe recordar que este tema mitológico como expresión de la experiencia estética lo encontramos también en una de las obras de Juan Ramón Jiménez, considerado, en unos primeros momentos como uno de los maestros de las innovaciones propugnadas por los poetas del 27. En Diario de un poeta recién casado, Juan Ramón Jiménez, en su poema en prosa “Venus”, describe el malogrado nacimiento de la diosa Afrodita, en medio del océano Atlántico, como culminación de un proceso que da lugar a uno de esos poemas que tan bien expresan la transformación poética de la realidad en eternidad.

El-nacimiento-de-venus-alexandre-cabanelAsí sucede también con Pedro Salinas en los dos textos que aquí hemos comentado. Desde la nada que es lo cotidiano carente de una mínima pasión se llega a la culminación mística de la luz que es tanto la perfección del cuerpo de la amada –por eso se escoge el Nacimiento de Venus– como percepción de un paisaje como es el contemplado en Puerto Rico en el cual el recuerdo de la amada se encuentra en esa presencia tan característica de la poesía de Pedro Salinas, como es el de los pronombres: “Sí, porque naciste de ti misma. Yo vi primero tus apariencias corporales”; pronombres Tú y Yo que no pueden vivir alejados una vez que la criatura ajena, el tú, deja de ser para transformarse en una “criatura revelada” que da sentido a la existencia del poeta.

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