ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (5)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Junto a esa afirmación integrada del Islam, la pervivencia de lo mitológico: Afrodita y las Nereidas cuya manifestación sigue causando una cierta prevención en los campesinos en las horas de la siesta. A la vez, por supuesto, las tradiciones cristianas como en el momento en el que se da la explicación popular al porqué es tan amargo el jugo de la adelfa: “La Virgen, dice la leyenda, caminaba hacia el Gólgota sumida en su pena, cuando el ruedo de la falda se le enganchó en una adelfa; impaciente maldijo al árbol, diciendo: <Que albergues para siempre la amargura que siento hoy>. Inmediatamente el zumo de la planta se volvió ácido” (Durrell 1998:114). También la mención de abundantes reliquias del mundo cristiano que se custodian en la isla, como la mano derecha de Juan Bautista, una cruz de bronce resultado de fundir la jofaina utilizada por Cristo en el Lavatorio, un crucifijo con astillas de la Vera Cruz, un fragmento de la corona de espinas milagroso pues florece en Viernes Santo, o una de las piezas de plata con las que fue pagada la traición de Judas; también la excursión hasta el monasterio de Patmos, donde San Juan escribió el Apocalipsis, paisaje dotado de tal simbolismo que Durrell (1998:77) lo define con estas palabras: “Patmos, pensé, era más una idea que un lugar, más un símbolo que una isla”, porque eso son las islas en la obras que estamos mencionando: un símbolo. Ejemplo del eclecticismo religioso que marca todas las tierras mestizas, y el Mediterráneo lo es, se encuentra en la romería que sirve casi como colofón a Reflexiones sobre una Venus marina. Al tratar de Nuestra Señora de Fileremo, la mezcla de creencias, que por otra parte promovió desde sus inicios el cristianismo oficial, produce el sincretismo entre mitologías “¿Desciende de Ártemis o de Atenea Lindia, que otrora fue la diosa más venerada de la isla? Difícil decirlo. Ártemis surge con frecuencia, en la actualidad, en el folklore del campesinado” (Durrell 1998:194). De la contemplación de las ruinas emanan tantos pensamientos; uno de ellos es el que llega al narrador acerca de cómo el tiempo amalgama las distintas culturas: “se pregunta uno si esa derruida reunión de piedras es de Micenas o de los francos, bizantina o sarracena. Y a menudo la respuesta es: de todos. Pero solo el ojo de un especialista puede leer en ellas como en un palimpsesto, texto sobre texto, cada uno dedicado a su manía o poesía particulares” (Durrell 1998:176).
En los vagabundeos que caracterizan a un personaje como es Maqroll el Gaviero, es fácil encontrarse con personajes peculiares que parecen sacados de una narración aventurera aunque perfectamente podrían tener existencia real. En el caso de Reflexiones sobre una Venus marina hay uno, presencia muy puntual, aunque es de esos secundarios que acaban dando a toda narración un carácter tan particular como sugerente; en este caso se trata del Comandante France:
“Un delicioso excéntrico, un excomando que ha pasado muchos años de su vida, en la paz y en la guerra, viajando entre estas islas; en la época de preguerra transportaba cargamentos en un vaporcito de su propiedad, en tanto que durante la guerra cambió ese papel por el de agente secreto. Calzado con botas de goma, con una suela de un palmo de grueso, y armado con el más temible surtido de cuchillería que la mente humana puede idear, viajó de un lado a otro, cortando gargantas, pilotando uno de los pequeños caiques pertenecientes a las fuerzas de Incursión Marítima. Ahora se sienta a la cabecera de una mesa de hospital, cubierto de medallas de guerra tan densas como el confeti, y añora los rigores de la campaña de Birmania” (Durrell 1998:73).

En este comandante France hay un eco de la necesaria presencia de la aventura en todo texto que supone un encuentro con el mundo ajeno.Otro de esos personajes que forja el mar y que el vagabundo puede encontrar en su peregrinaje es “Un capitán rodio”, descrito en los poemas seleccionados por Lawrence en 1964; se trata de otra de esa figuras humanas que configuran a la perfección un ambiente más allá de lo ficcional (Durrell 1972:73)
“Tomás no habla, los nudillos descansan
sobre una rodilla, entre las venas,
deformadas por los viajes que hizo este anciano capitán.
La vida ahora se ha contraído como la pupila de un ojo
y es una hendidura de imágenes en el espacio y el tiempo:
toda la salvia y madroño que ha visto:
bayas palpadas donde se estrella el águila dorada
desde su carroza de aire y muda trampa:
islas afortunadas como lo fue la Atlántida…
Sin embargo, cuando le pensábamos viajando por la vida,
realmente estaba aquí, de lleno, fuera del quicio de la puerta,
a la sombra de su esposa la vida eterna,
con el mismo plato de hojalata lleno de olivas en el regazo”.

Son importantes estas imágenes poéticas porque en ellas se mezclan imaginación, abstracción, aventura y realidad cotidiana, representada en la metáfora de ese “plato de hojalata lleno de olivas”.
Quizá estamos acostumbrados a recordar mundos de aventuras trepidantes como los retratados por Emilio Salgari, que también era mediterráneo; sin embargo, la aventura es la vida misma, aun cuando se trate de personajes cuya existencia es bregar con el mar, lo expresó perfectamente Pío Baroja en su trilogía El Mar; lo ejemplifica Maqroll el Gaviero en su diario contacto con los días demoledores.
En ese choque con el otro que es el exotismo no puede faltar otra forma de alteridad que es el contacto con el otro sexo; así relata uno de los personajes de Reflexiones sobre una Venus marina su encuentro con una mujer a la que la necesidad obliga a prostituirse; aparece en la noche y es contemplada a la luz de un fósforo, “dos ojos negros: un rostro mucho más viejo que el rostro mismo… serio, seductor y sumamente sabio”. Podríamos, desde luego, rechazar este episodio llevados por la moral actual que repugna, desde la hipocresía social, de este tipo de sucesos, ahora, vemos que en este encuentro entre un hombre y una mujer, aunque con transacción económica, no deja de haber un cierto asombro, especialmente de él:
“Ella era delgada y estaba medio muerta de hambre, y sus ropas sabían a sal marina. Su pobreza resultaba conmovedora en una forma que no podrá entender nadie que no haya conocido el Mediterráneo. En ella tuve todo el sabor de Grecia, y sus aires requemados por el sol, sus enceguecedoras islas óseas y la casta y honorable pobreza que el pueblo ha convertido en una dorada generosidad” (Durrell 1998:93).

Más parece que el personaje está ante una figura arquetípica que con una mujer propiamente dicha; además, ella se llama Afrodita y “caminaba todo el día junto al mar, recogiendo leña y carbón marino. Su esposo había sido un pescador próspero, pero ahora se encontraba en las últimas etapas de la tisis”. Se podría decir –y los ejemplos en contra son más numerosos- que esta Afrodita de carne, además de asombro, le produce respeto, acompañado de una enseñanza, como si el idilio fuese un apólogo, “la vida había sido demasiado grande para ella; al aceptarla, la dominaba”. Cierto, se trata de la sublimación de una realidad de dominación colonial, pero es un ejemplo más de cómo se experimenta el exotismo y al individuo que habita su territorio.
En una las travesías que realiza el narrador en Reflexiones sobre una Venus marina, se produce la imbricación entre paisaje y sentimiento estético del que nace la poesía: “se llega a Lindos a través de una estrecha hondonada de roca. Es como si uno hubiese estado apoyado contra una puerta que condujera a un poema; y que, de pronto se abriese y lo hiciera trastabillar directamente en el corazón de la poesía” (Durrell 1998:158).

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Literatura universal | Etiquetado , , , | Deja un comentario

ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (4)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Destrucción, desde luego, pero también la luz del ocaso en su maravilla estética. Y entonces el discurso de uno de los compañeros de Durrell en la experiencia de Rodas, Gideon, un oficial del ejército británico que antes de la guerra fue vagabundo por las islas del Mediterráneo Oriental, hombre de gran cultura y dotado de una capacidad picaresca que le permite estar en aquellos lugares a los que quiere viajar cumpliendo órdenes. Gideon pronuncia ante ese crepúsculo unas palabras muy interesantes, para acabar explicando la metáfora-personificación a la que recurre Homero en sus textos épicos:
“¿De dónde habría podido sacar Homero, por asociación –dijo- un adjetivo como dedos de rosa… a menos que hubiese presenciado una puesta de sol en Rodas? ¡Mire!-. Y en efecto, a aquella extraña luz sus dedos vistos a través del vino, temblaban, rosados como el coral contra el cielo radiante-. Ya no dudo de que Rodas fue la cuna de Homero” (Durrell 1998:30).

Hay en Reflexiones sobre una Venus marina un momento que es necesario tomar en consideración y que, además puede resultar sugerente a la hora de interpretar el poema de Álvaro Mutis “Hija eres de los Lágidas”. Se trata del descubrimiento de la escultura de Venus que está guardada en una cripta convertida en almacén. La estatua, protegida de la destrucción de la guerra, es descrita según inventario como “una estatua de mujer; periodo, incierto; hallada en el fondo del puerto de Rodas; perjudicada por el agua del mar” (Durrell 1998:39), aparentemente es el genio del lugar
“Apareció como nacida de la espuma, haciendo girar con lentitud su elegante cuerpo, de un lado a otro, como si saludara a su público. El agua del mar la había lamido durante siglos, dejándola como una yuyuba de piedra blanca; apenas le quedaba una sola facción tan afilada como sin duda las había trazado primitivamente el buril. Y sin embargo había tanta gracia en su composición (el esbelto cuello y los pechos, en ese torso de rico modelado, la flexible línea del brazo y el muslo), que la ausencia de un contorno firme no hacía más que prestarle una gracia suave y confusa. En lugar de netas facciones clásicas había recibido algo infinitamente más adolescente, no formado. La madurez de su cuerpo era equilibrada por la cara, no de una matrona griega, sino de una jovencita” (Durrell 1998:39).

Esta Venus volvió a nacer del mar cuando unos pescadores “la sacaron una tarde en sus redes. Creían estar sacando un rico botín, pero no era más que una pesada figura de mármol de una Venus marina, enredada en algas y con unos pocos peces asustados saltando como monedas de plata en torno de su plácido rostro blanco y sus ojos ciegos” (Durrell 1998:40). Una vez colocada la estatua en el museo, nuevas sensaciones nacen desde el tacto al pasar los dedos por la piedra: “Es como si estuviese hecha de cera; como si la hubiesen pasado con suma rapidez por una llama lo bastante intensa para suavizarle los rasgos, pero no para alterarlos en el plano material; como si hubiese entregado su madurez primitiva en favor de una juventud redescubierta” (Durrell 1998:40). En cada calificativo e imagen utilizados para presentarla hay una nota de exacerbación de los sentidos, característica en la descripción de lo exótico.

Precisamente será la contemplación de esta estatua la que dé título a este libro de Durrell, pues la Afrodita renacida de la cripta, una vez expuesta en el museo
“intensamente concentrada en su propia vida interior, meditando con gravedad sobre las obras del tiempo. Mientras sigamos en este lugar no estaremos libres de ella; es como si nuestros pensamientos tuvieran que estar eternamente teñidos de su oscura iluminación, la preocupación de una mujer de piedra heredada de un pasado cuyas más grandes esperanzas e ideales cayeron en ruinas. Detrás y a través de ella toda la idea de Grecia resplandece con un brillo triste, como un roto capitel, como los fragmento de un gracioso jarro, como el torso de una estatua a la esperanza” (Durrell 1998:40).

Es difícil que la cultura occidental se libere, pues está en su naturaleza, del modelo clásico, así que, ahora estoy pensando si ese exotismo, al ser innato, deja de serlo. Hay también una Afrodita en la obra de Álvaro Mutis, se trata de una joven, esposa agraviada y madre, vestida con un escueto bikini que aparece en La última escala del tramp steamer; es comparada a “la urgente Afrodita de oro” que aparece mencionada en el poema de Borges “La noche cíclica”, de El otro, el mismo (1964). La hermosa Venus, que no duda en utilizar las palabrotas, tiene más de la botticelliana nacida entre las espumas del mar que del equilibrio matemático que marca el desarrollo cíclico de la temporalidad de Borges. En La última escala del tramp steamer (1988), Mutis no ha logrado todavía esa comunión con lo absoluto, sea nostalgia, sea alumbramiento de la condición humana, que sí va a aparecer posteriormente en su narrativa, ya anunciada en Los emisarios (1984).
En un texto que, en definitiva, pretende expresar un cierto sentimiento hacia lo ajeno, no puede faltar el elemento exótico que es fácil localizar en las tierras cercanas al Mediterráneo en su forma de hibridismo cultural. Así en su encuentro con un muftí en Rodas, al narrador de Reflexiones sobre una Venus marina le pasan por la mente estas ideas antagónicas que, al serlo, muestran la inmediatez al captar este fluir de la consciencia:
“En un instante los pensamientos recogen todos los horrores de Egipto [recordemos que el autor acaba de llegar de Alejandría y estamos en los años de la Segunda Guerra Mundial]: la asfixiante bestialidad del islam y todo lo que este representa, el fanatismo, la crueldad y la fe han quedado mellados; los minaretes se yerguen sobre la plaza del mercado con esbelta gracia, el llamado del muecín resuena suave y musical a la luz del alba. El rostro patriarcal del muftí, con su fez escarlata y sus botines elásticos, fuma melancólicamente un cigarrillo en el patio de la mezquita y saluda a los fieles. Rodas se ha convertido al islam y lo ha incorporado a la verde y dulce personalidad de la isla” (Durrell 1998:61).

Se ha considerado que el acercamiento de Durrell a lo musulmán, en el caso de Limones amargos, tiene que ver con una toma de partido política en pro de debilitar la causa independentista chipriota, más cercana a lo griego y opuesta a lo turco, línea de intervención marcada por el Ministerio de Exteriores británico para el que trabaja el autor.

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Haruki Murakami y Literatura Japonesa, Literatura universal | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (3)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Lawrence Durrell

Lawrence Durrell nacido en la India británica en 1912, prácticamente durante toda su vida un trotamundos, formó parte de ese grupo de intelectuales británicos que fueron reclutados por el Foreign Office para realizar misiones de propaganda y manipulación de información (Flores 2016); entre algunos de sus trabajos al servicio de Su Majestad se encuentra el de Consejero extraoficial de prensa en Atenas en 1939 y el de profesor de inglés para el Instituto del British Council, institución que se encarga de promover la anglofilia, creando un ambiente probritánico, útil en una situación de enfrentamiento más o menos velada como la que vivió Europa entre 1914 y 1989, con la caída del Muro de Berlín. El British Council forma parte de la estrategia de política exterior del Gobierno Británico –nada extraño, pues cada potencia imperialista tiene una institución u órganos similares-.
En 1935, Lawrence Durrell llega a Corfú, seguramente huyendo de la inestabilidad que se palpa en el continente, buscando un paraíso de cuya experiencia surgiría el primer texto de los que forman la trilogía de su pasión hacia el Mediterráneo, 1945, La celda de Próspero. Al final de la Segunda Guerra Mundial, desde Alejandría, es destinado a Rodas como agente de información (1945 y 1946). Desde lo experimentado y visto en la isla publica en 1953 Reflexiones sobre una Venus marina. En Chipre permanecerá entre 1952 y agosto de 1956, en una época de crisis que comenzó en 1953; desde aquí Limones amargos (1957). En ese mismo cronotopo, formado desde sus experiencias vitales, pero ahora desde la ficción, Lawrence llevará a cabo una de las obras más importantes de la literatura inglesa del siglo XX, el Cuarteto de Alejandría -Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960)-; su acción que puede situarse temporalmente entre 1939 y 1945, con unos personajes ficticios (Trejo 2015) en una ciudad real que está marcada por la convivencia de culturas, aunque en algún momento aparecen los elementos mágicos, que marcan el devenir de los protagonistas. Flores (2016:10) define la visión de Lawrence Durrell en estos términos, que muestran la ambigüedad del autor hacia las islas mediterráneas en sus textos; hay que tomarlas en cuenta aunque en este artículo lo que me interesa especialmente es su mirada estética:
“Pienso que no existió jamás ningún cambio súbito en el comportamiento de Durrell. Es probable que amara Grecia, pero como en el caso de Chipre, siempre y cuando estuviera bajo influencia británica. Ambos países le resultaban soportables como colonias británicas oficiales o extraoficiales; sobre el destino de sus habitantes no parece haberse preocupado lo más mínimo, además existen distribuidas en su obra expresiones descalificativas para los lugareños. Le bastaba con que fueran lugares de residencia baratos y agradables, además de puntos de reunión, de manera que ofrecieran diversión y experiencias a los aspirantes a escritores, así como a sus amigos. De esta manera, sus simpatías en Chipre se volcaron sobre la población minoritaria de origen turco. Con el fin de favorecerlos trabajó intensivamente buscando la manera de resolver el problema de los porcentajes cinco a uno entre la población, ganando tiempo para poder crear las condiciones adecuadas para lograrlo, con el fin de que la argumentación de Turquía que <no sólo era políticamente conveniente> llegara a determinar el rumbo del problema de Chipre”.

Reflexiones sobre una Venus marina nace de las experiencias del autor en Rodas a partir de la primavera de 1945 cuando recibe la orden de trasladarse en misión oficial desde Alejandría a la recién liberada isla. Al llegar allí se encuentra con un lugar deshecho a consecuencia de la guerra; contemplando aquellas ruinas, rememora, desde la empatía, otros períodos de la historia que marcaron Rodas, hasta llegar a la ocupación por parte de los fascistas italianos y sus inverosímiles recreaciones de algunos monumentos, especialmente el Castello. Se hace así evidente la voluntad de asimilar territorio e historia en un paisaje que sólo en su naturaleza permanece inmutable
“La ciudad se extendía debajo de nosotros, salpicada de sol. Golondrinas y vencejos se precipitaban y giraban en los acogedores espacios de los jardines. Los árboles cuajados de mandarinas del primer plano mostraban el paisaje con bailoteantes puntos de fuego. El aire estaba cargado de todos los olores sulfurosos de la primavera. El mar estaba otra vez sereno y azul… más azul de lo que cualquier metáfora podría expresar” (Durrell 1998:29).

Y como siempre en este tipo de experiencias de lo ajeno, en lugares como el Mediterráneo, la luz, que alcanza una categoría muy especial:
“una de las fantásticas puestas de sol de Rodas que, desde los tiempos medievales contribuyeron con tanta justicia a la fama de la isla, según los relatos de los viajeros por el Egeo. Toda la calle de los Caballeros estaba encendida. Las casas habían comenzado a enroscarse en los bordes, como papel ardiente, y con cada partícula de descenso del sol detrás de la oscura colina que se erguía sobre nosotros, los tonos de rosa y amarillo se cuajaban y corrían de extremo a extremo, de alero en alero, hasta que por un momento los oscuros minaretes de las mezquitas brillaron ígneos, azules, como la luz que se refleja en una hoja de papel carbón. Inmunes ya a una belleza que les resultaba familiar, las oscuras sombras de los refugiados se movían dentro de sus casas bombardeadas” (Durrell 1998:30).

Publicado en Haruki Murakami y Literatura Japonesa | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (2)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)Los escritores de viaje saquean cualquier ciencia que les sea de utilidad: Geografía, Historia, Antropología, Sociología, Zoología, Etnografía, Botánica; en todas ellas se busca una autoridad que convierta el relato en, como poco, verosímil, aunque en muy pocas ocasiones se va a conseguir, pues el viaje supone un encuentro alucinado mediatizado por experiencias que son más aprendidas que vividas; todas ellas pretenden ser el cimiento objetivo de la narración subjetiva, más todavía cuando la expresión de la experiencias se aproxima a lo lírico. Quizá en algún momento se consiga una cierta objetividad: expediciones académicas, realización de guías de viaje, espionaje. Lo que sí que es evidente en los textos viajeros, y en esto coinciden Lawrence Durrell, D.H. Lawrence y Álvaro Mutis, es la manifestación directa de una voluntad antiturística; el narrador deja bien claro que es un viajero. Lawrence Durrell se refiere a los turistas en estos términos:
“Recorren Delos como un sacrificio humano a una cultura que ha dejado de identificarse con sus propias raíces del pasado. Estos rostros pálidos, de pastel, buscan curiosos en el pasado las claves perdidas de su presente. Tanta carne achicharrada bajo el tórrido sol: su devoción es tan conmovedora como exasperante. Míkonos y Delos se tambalean bajo su presencia, pero por lo general sólo durante un mes o dos y no todos los días. Cualesquiera que sean los efectos del turismo sobre la isla hay que ver Míkonos; no puede uno perdérsela o verla de pasada. Sería como no ir a Venecia por causa de los turistas o a Fez por el olor de los zocos” (Durrell 1983:124)

El viaje, el paseo, el caminar, como la literatura, requieren ensueño y soledad (un ejemplo: Rousseau en su obra Las ensoñaciones del caminante solitario); por ello, viajar y escribir solicitan retiro y seriedad, son la mayéutica que permite el alumbramiento de la idea. Ante tal experiencia, la del turista contra el cual Nietzsche (1985:1837) ya lanzara en 1879 una diatriba en El caminante y su sombra: “Turismo. Suben la montaña como animales, bestialmente y sudando a mares; no encuentran quien les diga que en el camino hay muy buenas perspectivas”, en una ruta que permite que el viajero pueda establecer el diálogo con su propia sombra, metáfora, no de los aspectos oscuros de la personalidad, sino de la realidad metafísica que somos.
El aislamiento es el primer paso hacia el conocimiento. El ser humano nace y muere en soledad –aun cuando esté rodeado de los otros-, así que toda experiencia trascendental ha de partir del arrostrar individualmente la realidad o el viaje que acaba en muerte, la vida misma. Existe un texto medieval, de la cultura islámica, escrito por Ibn Tufayl (siglo XII), El filósofo autodidacto, en el que viene a demostrarse cómo el hombre es capaz de alcanzar la más profunda trascendencia sin necesidad de maestros externos; en esta obra, traducida al latín, en Inglaterra en 1671, se encuentra el germen de Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe. Esta es también la soledad que perpetuamente vive Maqroll el Gaviero en su continuo deambular.
Toda literatura es un viaje en el que se une la realidad fenoménica, percibida o vivida, a la experiencia de la ficción. Ese recorrido bien puede concluir en una catarsis, en una iluminación que implica una transformación ontológica. Tan importante es la noción de viaje para la literatura que Conde Parrado (2004:73) puede llegar a concluir: “a uno le da la impresión de que, del mismo modo que no puede haber filosofía sin pensamiento, ni ciencia sin matemáticas, tampoco puede existir literatura sin viaje”. La relación aventura, viaje, literatura y épica es definida en este interesante párrafo de Zumthor (1994:369) que deberíamos tener en cuenta para nuestra interpretación:
“El término <aventura> conserva un recuerdo de su origen, que es un futuro latino; la palabra designa lo que, no realizado todavía, corresponde al héroe como un favor del destino. La aventura supone el privilegio de quien, consagrado por la profesión caballeresca ha salido del refugio, del reposo, de la certidumbre tranquilizadora… La aventura pone en marcha un dinamismo que orienta la búsqueda, al igual que un itinerario orienta el viaje. La búsqueda hace posible la aventura, en la medida en que esta implica un cambio de lugar”.

La Historia, como encontraremos en los textos de Lawrence Durrell, o en los de Álvaro Mutis, y menos visible en los de D.H. Lawrence, como en la de tantos otros viajeros desde la Antigüedad (Heródoto), forma parte importante del acervo con el que le gusta acompañarse al caminante, pues, de un modo u otro, ayuda a comprender y a llenar de significado el paisaje que se va a recorrer y a las gentes que se va a conocer. Así, Sabaté (2019:39) considera como una información importante para el visitante de las islas jónicas que estas “de poca relevancia en la Antigüedad salvo para la literatura y el mito –recordemos la Ítaca de Ulises y la Citera de Afrodita-, cobraron importancia al caer, después de la toma de Constantinopla por los cruzados (1204), en las rapaces manos de Venecia. La Serenísima introdujo el feudalismo, que duraría hasta el convulso fin del siglo XVIII, mandó colonos, que pronto se helenizaron, y defendió el archipiélago de los ataques turcos”.

Historia y cultura, desde luego, pero también el mundo y su naturaleza captada desde la plenitud del que observa algo que no es su mundo habitual. Para comprobar hasta qué punto lo estético se ancla en la naturaleza, me parece interesante recurrir a un artículo publicado en una reconocida revista de viajes, el año 2019, acerca de las islas griegas del Jónico, escrito por un filólogo traductor de literatura griega, Pau Sabaté. La realidad no puede liberarse del mito porque contemplada por el ser humano, éste no puede dejar de encontrar en ella un simbolismo, “en las islas jónicas, la naturaleza es verde y exuberante, las montañas boscosas y las aguas turquesas. El monte, tanto en unas como en otras, predomina, pero si en el Egeo transmite dramatismo, aquí infunde serenidad” (Sabaté 2019:39), y el concepto de dramatismo, no tanto el de serenidad, es estético.

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Haruki Murakami y Literatura Japonesa, Literatura universal | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (1)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Resumen
En el siglo XX, el territorio que limita el Mediterráneo y sus islas sigue siendo un paisaje orientalista. En este artículo se observa la presencia de rasgos exóticos en tres autores: D.H. Lawrence, Lawrence Durrell y Álvaro Mutis. En sus obras se describe un mundo percibido desde la exacerbación de los sentidos, característica del que escribe acerca de un mundo que no es el propio. Los tres autores viajaron por islas y costas del Mediterráneo: Cerdeña, Rodas, Chipre, Palma de Mallorca, Sicilia. Sus experiencias enlazan perfectamente con la visión del mundo mediterráneo desde la estética de la alteridad, fundamentada en la Historia, la Literatura y el encuentro con una realidad ajena que ilumina el propio ser y explica su obra.

Abstract
In the 20th century, the territory that borders the Mediterranean and its islands continues to be an orientalist landscape. In this article, the presence of exotic features is observed in three authors D.H. Lawrence, Lawrence Durrell y Álvaro Mutis. In his works a world perceived from the exacerbation of the senses is described, characteristic of the one who writes about a world that is not his own. The three authors travelled through the islands and coasts of the Mediterranean: Sardinia, Rhodes, Cyprus, Palma de Mallorca, Sicily. His experiences link perfectly with the vision of the Mediterranean world from the aesthetics of alterity, based on History, Literature and the encounter with a foreign reality that illuminates one’s own being and explains his work.
En el presente artículo me acercaré a tres miradas orientadas hacia el Mediterráneo, la de tres autores del siglo XX que no son originarios de sus costas: David H. Lawrence (1885-1930), Lawrence Durrell (1912-1990) y Álvaro Mutis (1923-2013). El espacio en los textos utilizados está repleto de connotaciones que superan lo geográfico, para transformarlo en un paisaje y en un lugar de encuentro con la Historia y con el propio ser; una fusión de estética, historiografía, narrativa y ontología. Para los tres, este mar, especialmente sus islas, son un espacio exótico (recordemos que el primero era británico, igual que el segundo –aunque este nacido en la India- y el tercero, colombiano), en el sentido de otredad y diferencia, en comparación con el territorio en el que se vieron forjadas sus respectivas personalidades. Es por ese encuentro con lo ajeno por lo que los sentidos se agudizan a la hora de contar sus experiencias.
En realidad, el Mediterráneo es un espacio marcado de un modo muy significativo por la Historia. Ya lo había definido así Fernand Braudel en su obra clásica El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (publicado en 1949). Este texto comienza con unas reveladoras palabras que conviene tener en cuenta: “Amo apasionadamente al Mediterráneo, tal vez porque, como tantos otros, y después de tantos otros, he llegado a él desde las tierras del norte” (Braudel 1987:12). En estos tantos, la nómina es tan extensa…: Goethe, Byron, Paul Válery, Thomas Mann, Robert Graves (en cuyos cuentos el espacio mallorquín adquiere un especial protagonismo). También desde un punto de vista histórico, más contemporáneo y totalizador, hay que mencionar a David Abulafia: El Gran Mar. Una historia humana del Mediterráneo (2011). Tanto Braudel como Abulafia son historiadores, indiscutibles especialistas en indagar en el pasado mediante el método científico, sin embargo, y esto es una característica que comparten las Humanidades, ambos se acercan a su objeto de estudio sin conseguir la, aparentemente, necesaria distancia técnica entre el investigador y el objeto. Ya hemos leído las palabras de Braudel; en el caso de Abulafia, se pergeña, desde el inicio de su estudio, un homenaje a una familia hebrea y sefardí cuyo transcurrir por las edades es paralelo a los hitos que marcaron la historia del Mediterráneo. En ambos, la Historia lo es de las confrontaciones entre dos miradas hacia la realidad, en un principio, opuestas: Oriente y Occidente. Se transforman así sus respectivos estudios en una pervivencia de las intenciones que, desde el siglo XVIII, llevaron hacia el Este a los viajeros que acabarían por definirlo como fenómeno cultural, base del Orientalismo, contemplación del otro desde los paradigmas de lo exótico, alejado de la realidad pura, transformada en reflejo de unas ideas que no nacen en el lugar mismo del que se trata, sino en las expectativas estéticas forjadas desde la lectura de los grandes relatos y desde la percepción de la obra arte que mitifica. No debe considerarse esta afirmación como demérito, pues, al fin y al cabo, aunque desde el filtro de lo occidental, no deja de producir una imagen enfocada en la riqueza de percepción de lo real.A lo largo del presente artículo me referiré a los rasgos que sirven para definir un libro de viajes, aunque los textos comentados no corresponden plenamente a este género o estética. Los emisarios y “Jamil” de Álvaro Mutis no hablan tanto de periplos como de llegadas en las que, tanto el autor como su personaje Maqroll el Gaviero, perciben, en un espacio que les es ajeno al principio, la posibilidad de una iluminación, evidente en poemas como “Una calle de Córdoba” y “Un gorrión entra en el Mexuar”. De Lawrence Durrell, Limones amargos y Reflexiones de una Venus marina parten de una estancia prolongada en un territorio, aunque Islas griegas sí es un itinerario, pensado para viajeros avisados. Quizá el más viajero de todos los textos utilizados para este artículo sea el de D.H. Lawrence Cerdeña y el mar. El viaje, desde luego, es movimiento en el espacio, y como tal encuentro con la alteridad, pues al cambiar un paisaje, un idioma o un clima, sus gentes son diferentes y es esa esencia humana, que actúa como un espejo, la que sirve para definir al vagabundo en su otredad. Estas trayectorias convertidas en literatura nacen desde lo retrospectivo, que en buena parte es invención, recreación y literariedad, por mucho que pretenda alcanzar una categoría de autobiografía; al fin y al cabo, no estamos ante diarios, notas de viaje o cuadernos de bitácora; los escritores de los que vamos a tratar realizan su tarea desde una cierta seguridad, necesaria para la creación; no se piensa en escribir cuando se está viviendo en plenitud. También existen el viaje interior y el fantástico; el primero supone una capacidad de iluminación; el segundo, la imaginación en estado puro. El género de la literatura de viajes es muy antiguo, tanto así que bien puede ser considerado como uno de los rasgos que forman la épica, así el Poema de Gilgamesh o la Odisea, de hecho, esta, según los principios que orientan el desarrollo de la hipertextualidad (Allen 2000), actúa como un hipotexto desde el que surgen numerosos elementos en la contemplación del paisaje mediterráneo. Cuando Goethe viaja por Italia del sur, entre 1786 y 1788, uno de los intereses que le guía, y dejará constancia de ello en El viaje a Italia, es la presencia de lo griego, considerado como el fundamento de la cultura occidental; en Sicilia cree encontrar el mundo descrito en la Odisea, llevado por su amor a la literatura de Homero (Costa 2004). La Historia de la Humanidad es un perpetuo viaje; por ceñirnos al Mediterráneo, espacio que ahora nos interesa más: migraciones de pueblos que acabarán configurando naciones, peregrinaciones, exploración, conquistas, comercio, búsqueda de la sabiduría –Heródoto, Ibn Arabi-, diversión, aprendizaje –el grand tour de los viajeros del siglo XVIII-. Todo ello será objeto de ficcionalización, de expresión de sentimientos y, por tanto, literaturiedad. Aunque se hayan señalado como especiales dos tiempos culturales como son el orientalismo-imperialismo y el postcolonialismo, lo cierto es que la alteridad ha marcado el encuentro del viajero con la realidad nueva a la que llega con una mirada siempre mediatizada por la cultura a la que este pertenece (el Libro de las maravillas, escrito al alimón por Marco Polo y Rusticello de Pisa, es un ejemplo más que evidente de ello).

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Literatura universal | Etiquetado , , , , , , , | 1 Comentario

Samadhi. La supraconciencia del futuro

Samadhi. Mouni Sadhu

Mouni Sadhu.
Luis Cárcamo editor. Madrid. 2004

En la voluntad que tengo que convertir la Mansión del Gaviero en una biblioteca como la que cada día llena mi cerebro, mi corazón, mi espíritu, mi vida y experiencias todas, quiero volver hoy a un tema que quizá ha estado ausente muchos días en estas páginas –no en mí-, por eso ahora reseño este libro; porque esta, también, es una premisa de la Mansión del Gaviero, dar cabida a las lecturas que enriquecen el camino.

Mouni Sadhu

Mouni Sadhu

Mouni Sadhu (‘Silencio Santo’) es el seudónimo de Mieczyslaw Demetriusz Sudowski (1897-1971), nacido en Polonia; acabada la Segunda Guerra Mundial, después de un periodo en Francia, vivió entre 1946 y 1948 en Brasil. Permaneció varios meses en la India, en el Ashram de Ramana Maharshi, al que consideró como uno de sus más importantes maestros.

Finalmente se instaló en Australia donde recibió la nacionalidad.

Ramana Maharshi

Ramana Maharshi

Samadhi fue publicado en 1962. Es el tercer libro de una trilogía (En días de Gran Paz y Concentración) en la que desde los principios de un ocultismo de raíces cercanas a la Teosofía, con elementos rosacruces, hinduistas y cristianos, se explica el proceso que ha de concluir en el Samadhi, o supraconciencia, una experiencia de iluminación que implica el autorreconocimiento de una realidad que trasciende lo físico, lo sentimental y lo mental.

Aunque la tradición india es una de las bases sobre las que se cimienta la búsqueda espiritual de Mouni Sadhu, la cristiana también es importante; esta, unida al interés por el ocultismo –evidente cuando cita autores como Juan el Evangelista, Martines de Pasqually, Stanislas de Guaita o Sedir- son las que señalan al autor en el ámbito Rosacruz.
Desde lo cristiano, es interesante destacar esta oración al Espíritu Santo, cúspide la trinidad (p. 220)

“¡Oh, Regente del Cielo, Consuelo y Espíritu de la Verdad!
Que habitas en todas las partes y todo lo llenas,
Dador de vida.
Ven y habita en nosotros.
Límpianos de toda impureza y salva nuestras almas.
¡Oh, Señor de Misericordia!”

Memorial. Virginia TechEn estos tiempos de continuo enfrentamiento, de falta de reconocimiento del otro, de sospecha perpetua, no está de más recordar, otra vez, que este eclecticismo surge de una visión que ya estaba presente en la culminación del misticismo musulmán, Ibn Arabi, en cuyo corazón tenían cabida todas las creencias, pues no dejaban de ser distintas laderas de una misma montaña con una sola cúspide.
El reconocimiento de la Verdad supone una instrucción que “debe venir del interior de nosotros mismos, esto es, de nuestro propio Atmán, despertado por nuestros propios esfuerzos y dolor” (p. 24). Este es uno de los fundamentos que continuamente defiende Mouni Sadhu a la hora de explicar el proceso de iluminación en el que siempre es básica la fuerza interna del ser humano.
Este esfuerzo, por otra parte, nunca va a ser mayor que la fuerza que tenga quien desee llevarlo a cabo, porque (p. 267) “nadie recibe nada que esté más allá de sus posibilidades de resistencia”.
Aunque el objetivo sea el espíritu, la mente es un instrumento fundamental en el desarrollo del ser pero siempre contemplada según lo leído en este párrafo (p. 233):
“La principal diferencia que divide a un ocultista de un científico oficial está en su concepción del mismo poder: la mente. Mientras que el primero considera que la mente es su sirviente y la educa, amplía y desarrolla justo para un mejor servicio sin perder nunca su posición de amo, el segundo no conoce esta división y, usualmente se identifica con lo que debería ser su sirviente, pero no amo”.

El objetivo, al final va a ser el Samadhi, descrito en estas palabras (p. 280):
“El rayo blanco, roto en diferentes colores por el prisma del mundo, inserto en su camino, es reintegrado en su pureza primordial en la experiencia de este estado supremo. No hay más acción o reacción, pues no hay hacedor en la infinitud del Espíritu”.

Entre las distintas parábolas que utiliza el autor para explicar estos elementos de la vida espiritual hay dos que me impresionan de una manera especial.

PRIMERA PARÁBOLA. EL PESCADOR. (p. 32)

“El mundo astral está lleno de vórtices y corrientes de toda clase, igual que el océano está lleno de peces, animales, plantas y corrientes. Cuando estamos pescando, no sabemos usualmente con exactitud qué pez cogeremos en un momento dado. Pero hacemos un esfuerzo definido por cazar algo y este es el elemento correspondiente a nuestras emociones. Cuando el pescador coge del agua algo que no quiere arroja de vuelta al indeseado habitante del océano y no se preocupa más por él, transfiriendo su atención a otras cosas que prefiere. ¡En ambos casos actúa! Y esto quiere decir fuerza de voluntad en acción”.

SEGUNDA PARÁBOLA. LA COLMENA (p. 252)

“En una colmena, las abejas obreras dividen la miel entre panales separados, pero cuando llega el tiempo de recolectarla, es sacada afuera y los panales separadores quitados, hasta que está lista una masa uniforme de miel. Esta es la <cosecha> de la que Cristo habló a menudo como objetivo y fin último de la vida”.

TERCERA PARÁBOLA. NAVEGAR (p. 258)

“La clave para su realización es, como con toda meditación, empezar desde el punto de silencio en el cerebro. A partir de este, comenzar a <flotar> en el océano mental, no como un ocupante de una barca sin rumbo, sino como un marinero consciente, que sabe a dónde quiere viajar. Por ejemplo, pensad acerca de otros mundos en otras galaxias. Esto ha demostrado producir un considerable grado de liberación del estrecho pensamiento del cerebro del ego. Podéis meditar también acerca de algunas ideas elevadas, tomadas de las principales mentes de la humanidad, y así sucesivamente”.

Publicado en Espiritualidad | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El jugador (Unos apuntes para Literatura Universal)

Portada de El Jugador1865, Dostoievski pasa, a sus cuarenta y cinco años, por una situación apurada, otra más de las muchas que tuvo que vivir; ese año falleció su hermano y tuvo que hacerse cargo de la viuda y de sus cinco hijos –uno ilegítimo- y asumir las deudas. Para conseguir un adelanto, el autor se compromete a entregar una novela al editor Stellovski. Comienza a escribir, en julio, lo que será Crimen y castigo, una de sus obras más importantes. Sin embargo, llevado por la necesidad económica, esta narración comienza a ser publicada por entregas a partir de enero de 1866 en El mensajero ruso. Corre el plazo comprometido para entregar un texto a Stellovski, por ello contrata a una taquígrafa, Anna Grigorievna Snitkina –con la que acabará contrayendo matrimonio un año después- y le dicta, entre el 4 y el 29 de octubre la novela que en un principio se tituló Ruletenburgo, entregada al editor a principios de noviembre, como Igrok, ‘jugador’.

Fiodor Dostoievski

Fedor Dostoievski.
(Biblioteca básica Salvat. Estella. 1982)
Tr. José Laín entralgo.

En El jugador, Dostoievski desarrolla un argumento que comenzó a elaborar tres años antes; está basada en un conocimiento directo del mundo que presenta.
En 1862, el escritor viajó hacia París, se detuvo durante un tiempo en Wiesbaden, una de esas ciudades alemanas que hicieron fortuna con sus balnearios y sus casinos, a los que acudían una serie de personajes perfectamente retratados en El jugador.

En 1863, Dostoievski volverá a Wiesbaden, en ese momento viaja de nuevo hacia París desde San Petersburgo para encontrarse con su amante Polina Suslova –cuyo nombre es el de uno de los personajes de la novela-, mientras en Rusia agoniza su esposa, María Dimitrievna a causa de la tisis. En este segundo encuentro con los casinos, Fedor acaba perdiendo cuanto tiene en cinco días y es abandonado por Polina.

Anna Snitkina

Anna Snitkina

Este conocimiento directo del mundo de los casinos está perfectamente retratado en El jugador, aunque su protagonista, un alocado preceptor –que mantiene vivo el ideal romántico del arrebato-, es presentado como un enamorado idealista que, en un principio, apuesta para encontrar una riqueza que le permita acercarse a la mujer a la que ama.
Poco se salva de la visión profundamente pesimista de un mundo en el que la mayor pasión es la de verse arrastrado por el vértigo de la ruleta o de las cartas, descrito de una manera tan magistral que acaba causando un hondo desasosiego en el lector.
Uno de las rasgos definidores de esta novela es que se desarrolla en primera persona, en algún momento del relato se recurre a hacer referencia a unas reflexiones escritas en el mismo momento de los hechos por su protagonista, y lo es no solo porque vemos el mundo a través de su mirada sino porque es el que más cambia a causa de sus experiencias a lo largo de la novela. Alexei Ivánovich es un luchador por amor en un mundo clasista de degradación.

María Isaeva Dimitrievna

María Isaeva Dimitrievna

Los hechos suceden en una ciudad alemana que es denominada como Roulettenbourg. Alexei Ivánovich es preceptor de los hijos pequeños de un general ruso que se aloja en un hotel, aunque prácticamente se encuentra arruinado. Un francés, parásito y usurero, De Grieux, ha conseguido adueñarse, por pagarés firmados por deudas, de las posesiones del General, al que no le queda otra que aceptar la presencia de este personaje que, además, pretende a la hijastra, Polina Aleksándrova. La única esperanza para el general es la muerte de la Abuela, a la que piensa heredar. El general ha sido seducido por una aventurera, Mademoiselle Blanche de Cominges.
Para mostrar su amor a Polina, Alexei apuesta y poco a poco va verse inmerso en un vendaval de ganancias y pérdidas que le llevan a una entrega febril al juego.
Digamos que con esto es suficiente para mostrar, a grandes rasgos, el argumento de El jugador, cuya historia y discurso atrapan al lector hasta casi llegar a producirle ese sudor frío que acompaña al saltar de una bola, entre rojos y negros, mientras sobre la mesa está a punto de conseguirse la fortuna o la ruina.

Polina Suslova

Polina Suslova

Texto 1. (p. 26)
Nuestro general, grave y respetable, se aproximó a una mesa, el lacayo había corrido a acercarle una silla, pero él ni siquiera se fijó en aquel hombre; buscó premiosamente el bolso, sacó premiosamente de él trescientos francos en oro, los colocó al negro y ganó. No retiró la ganancia, la dejó sobre la mesa. De nuevo salió el negro; tampoco esta vez retiró su dinero, y cuando a la tercera salió rojo, perdió de un golpe mil doscientos francos. Supo contenerse y se retiró con una sonrisa. Estoy convencido de que unos gatos arañaban su corazón y de que, si la apuesta hubiera sido el doble o el triple, no habría sido capaz de contenerse y su agitación se habría revelado. Por lo demás, un francés ganó y luego perdió, en mi presencia, unos treinta mil francos alegremente y sin dar muestras de la menor emoción. El auténtico caballero, aunque haya perdido toda su fortuna, no debe dejar traslucir emoción alguna. El dinero es algo tan inferior al espíritu caballeresco, que casi no merece la pena ocuparse de él”.

En este fragmento, el narrador, Alexei presenta al General, la persona para la que trabaja como preceptor de sus hijos. Es interesante destacar que bien podríamos diferencias tres partes en él. Al principio, el General es representado como un señor “grave y respetable”, orgulloso de su condición, jugador y capaz de perder una cantidad que parece cuantiosa. Sentimos, así, en un primer momento de la novela, que el personaje es aristocrático. Pero Alexei lo conoce bien, y es ahí donde va a desarrollarse la segunda fase. Comienza la duda, realmente, ¿el General es lo que parece? Ante una pérdida más cuantiosa, y de ello el narrador no tiene ninguna duda, “no habría sido capaz de contenerse y su agitación se habría revelado”. Como contraste, el recuerdo de un francés que perdió treinta mil francos, la pérdida del ruso fue treinta veces menor, “alegremente y sin dar muestras de la menor emoción”. Ahora bien, y aquí está lo magistral de este breve discurso, al final quien realmente es retratado de una manera indirecta, pero con sus propias palabras, es el mismo narrador, espejo en el que autor representa lo vivido unos años antes de que El jugador fuese escrito. Las últimas líneas de este texto pretenden ser un manifiesto, la plasmación de unos principios vitales de los que en todo momento va a hacer gala Alexei.

Texto 2. p. 34 Mademoiselle Blanche

Polina Suslova

Polina Suslova

Mademoiselle Blanche es hermosa, pero no sé si se me comprenderá si digo que su cara es de las que pueden inspirar miedo. Por lo menos, yo siempre he temido a esa clase de mujeres. Tendrá seguramente, veinticinco años. Es alta, ancha de espaldas y de hombros redondos; su cuello y sus pechos son espléndidos; la tez es de un color moreno amarillento, el pelo, negro como la tinta china y muy abundante, como para dar trabajo a dos peinadoras. Pupilas negras sobre un fondo amarillento, el mirar descarado, los dientes blanquísimos y los labios siempre pintados; y huele a almizcle. Sus vestidos son llamativos, lujosos, pero de mucho gusto. Pies y manos maravillosos. Su voz es ronca, de contralto. A veces ríe a carcajadas y muestra todos sus dientes, pero de ordinario mira en silencio y con descaro. […] Me parece que mademoiselle Blanche, aunque carece por completo de instrucción y ni siquiera es inteligente, es suspicaz y astuta. Me da la impresión de que en su vida no han faltado las aventuras”.

Escultura griega

Escultura griega

A finales del siglo XIX, un arquetipo femenino, tanto en lo literario como en el resto de las artes, es la mujer como símbolo de perversidad, la mujer que utiliza sus encantos para arrastrar a los hombres que caen rendidos entre sus brazos a un infierno de penurias como pago por unos instantes de placer. Fiodor Dostoievski vivió una circunstancia que lejanamente se aparece a esto. Cuando en El jugador, uno de sus personajes recibe el nombre de Polina, es evidente que el autor está pensando en la amante con la que compartió un cierto tiempo de su vida, y como tal, desde la posible felicidad que se recuerda, sigue idealizada. Pero también es Mademoiselle Blanche está reflejada esa seducción que acabaría en el ruina, es la oscuridad opuesta totalmente a la noción de blancura representada en su nombre. Las dos caras de una moneda, Blanche y Polina; una el amor idílico, aunque frustrado, el otro el deseo y la pérdida desde la aceptación.
Es interesante comprobar como esta figura está construida desde las contraposiciones que posteriormente caracterizarán la poesía decadentista: belleza y miedo; un físico arrebatador pero con una piel amarillenta, otoñal, no por la edad, pues está en los veinticinco años, sino por la decadencia moral, tanto propia como la de aquellos a los que seduce. La naturaleza (dientes blanquísimos) y el artificio (labios pintados y vestidos lujosos y llamativos). Una mujer así no puede llegar a ser retratada en la desnudez de una belleza divina como la de Afrodita naciendo de las espumas. Y, en el momento de la risa, el detalle sobrecogedor de la fiera que muestra su dientes.

Texto 3. p. 40. Alexei Ivánovich define a los rusos.
Hay un rasgo que define perfectamente la literatura rusa de finales de la segunda mitad del siglo XIX, es equiparable a una sustancia, un aroma sutil que emana de las palabras, y que sirve para definir lo que tópicamente se ha considerado la naturaleza rusa. Esa presencia de la humanidad rusa está en Turgueniev, en Pushkin –desde luego-, en Vladimir Arseniev y en Lev Tolstói –faltaría más-. En casi todos los casos, como digo, fluye desde el discurso, en otros, y es el caso de este texto, las mismas palabras del personaje son las que sirven para definir la esencia.

Fiodor Dostoievsi. Vasili P

Fiodor Dostoievsi. Vasili P

En el catecismo de las virtudes y méritos del hombre civilizado de Occidente ha entrado históricamente, y casi como su punto principal, la capacidad de adquirir bienes. El ruso, en cambio, no solo es incapaz de adquirirlos, sino que los derrocha sin cálculo alguno y de una manera estúpida. No obstante, nosotros, los rusos, también necesitamos el dinero –añadí-, y por consiguiente mostramos gran afición a recursos como la ruleta, por ejemplo, que permiten enriquecerse de pronto, en dos horas, sin necesidad de trabajar en absoluto. Esto nos seduce mucho, pero como jugamos a lo que salga, sin tomarnos ningún trabajo, perdemos”.

Texto 4. p. 51. Alexei expresa el amor que siente por Polina.
El contrapunto del que hablábamos cuando comentábamos el retrato de Mademoiselle Blanche se hace evidente también en las palabras con las que Alexei define su amor ante Polina. En ellas se pretende hacer del servicio amoroso una especie de esclavitud que lo único que genera, aumentado por la imposibilidad de consumar el deseo, es una serie de imágenes de crueldad que retratan la frustración del personaje.

Polina Suslova

Polina Suslova

“¿Sabe una cosa? Cuando estamos a solas los dos corremos peligro. En muchas ocasiones siento el irresistible deseo de golpearla, de dejarla tullida, de estrangularla. ¿Piensa que no llegaré a tanto? Usted me lleva hasta un estado febril. ¿Es el escándalo lo que temo? ¿Su cólera? ¿Qué me importa su cólera? La amo sin esperanza y sé que después de esto la amaré mil veces más. Si llego a matarla, también tendré que matarme a mí mismo. Tardaré en hacerlo todo cuando pueda para sentir este dolor insoportable de su ausencia. ¿Sabe una cosa increíble? Cada día la amo más, y eso es casi imposible. ¿No voy a ser fatalista después de esto? Recuerde lo que pasó anteayer en el Schlangenberg, cuando murmuré, impulsado por usted: <Diga una palabra y me arrojaré a este abismo>. Si hubiese dicho esta palabra, yo habría saltado. ¿No cree que me habría arrojado?”.

Texto 5. p. 55. Ejemplo de Discurso interior.
Han pasado dos días desde aquella jornada tan estúpida. ¡Cuántos gritos, ruido, voces y golpes! ¡Qué desorden, qué trifulcas, qué estupidez y villanía! Y yo tenía la culpa de todo. Por lo demás, a veces mueve a risa, a mí por lo menos. No sé darme cuenta de lo que ocurre, si efectivamente me encuentro en un estado de enajenación o si, sencillamente, me he descarriado y escandalizo mientras no lleguen a atarme. A veces me parece que me estoy volviendo loco. En otras ocasiones se me figura que todavía estoy cerca de la infancia, del pupitre de la escuela, y lo que yo hago son simples groserías de colegial. ¡Es Polina; Polina es la que tiene la culpa de todo!”.

Portada de El jugador

Portada de El jugador

Publicado en Comentario | Etiquetado , , | Deja un comentario

Álvaro Mutis y Victor Hugo (7)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

El tercer momento en el que aparece una referencia directa a la condición de abuelo-nieto en la obra acontece a raíz de la enfermedad de Jamil, cuando es hospitalizado y Maqroll sufre un pánico que ni en las peores experiencias de su vida ha conocido: “Debía de tener una cara de angustia patética porque la doctora me puso la mano en el hombro y me consoló en un mallorquín cantarino. También ella era abuela y comprendía mi pánico, pero no tenía porqué preocuparme; era comprensible que los abuelos fuéramos más vulnerables, pero en este caso no había lugar a ningún temor” (p. 747). Y ante ello, la asunción de Maqroll de esa condición: “No pude explicarle a la buena doctora cuál era mi relación con Jamil, tampoco mossén Ferrán quiso sacarla de su error. Creo que tanto él como yo nos sentíamos más cerca de la condición de abuelos que de la de transitorios responsables del niño” (p. 747).

Victor Hugo (à gauche) posant avec sa famille dans le jardin de Hauteville House (Guernesey). Vers 1853.

El arraigo de ese sentimiento llega a ser tan profundo en Maqroll que, hasta el pensamiento de que en algún momento va a tener que separarse del niño, es un agudo dolor. Aquí sí que el Gaviero tiene sus recursos, aprendidos en tantas miserias como ha tenido que vivir; así que se fue “aplacando hasta esfumarse, dejándome en ese estado de resignada postración que ha acabado por serme tan familiar que a menudo pienso que es ya mi condición natural” (p. 752).
En estas palabras, que podrían servir como colofón, se encuentra la diferencia fundamental entre el compromiso del luchador, Victor Hugo, y la metáfora personificada en Maqroll del principio de desesperanza, tan presente en toda la producción de Álvaro Mutis.

Bibliografía
Ayram Chede, Carlos Julio (2015), “Poética de una infancia: juego, nostalgia y soledad habitada en <Jamil> de Álvaro Mutis”. La palabra, 27 julio-diciembre 2015. pp. 67-77.
Bachelard, Gaston (1997), La poética de la ensoñación. Tr. Ida Vitale. México. Fondo de Cultura Económica.
Cirlot, Juan Eduardo (1988), Diccionario de símbolos. Barcelona. Labor.
Curtius, Ernst Robert (1984), Literatura europea y Edad Media latina. Madrid. Fondo de Cultura Económica.
Fernández Ariza, Guadalupe (2015), Álvaro Mutis, cronista de viajes. Zaragoza. Libros Pórtico.
García Aguilar, Eduardo (2000), Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. Barcelona. Casiopea.
García Berrio, Antonio y Javier Huerta Calvo (1992), Los géneros literarios: sistema e historia. Madrid. Cátedra.
Gimferrer, Pere (1981), “La poesía de Álvaro Mutis”. Escritos acerca de la obra de Álvaro Mutis. Poesía y prosa. Ed. Santiago Mutis Durán. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura. pp. 702-706.
Hugo, Victor (1885), L’Art d’être grand-père (nouvelle édition Illustrée). Paris. E. Hugues Éditeur.
Hugo, Victor (1888), El arte de ser abuelo. Tr. Jacinto Labaila. Obras completas V. Valencia. Terraza, Aliena y Compañía Editores.
Mutis, Álvaro (1997), Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Madrid. Siruela.
Mutis, Álvaro (2002), Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía reunida. Madrid. Fondo de Cultura Económica.
Mutis, Álvaro (2008), “Un rey mago en Pollensa”, Relatos de mar y tierra. Barcelona. Random House Mondadori.
Rosa, Annette (1985), Victor Hugo. L’Eclat d’un siecle. Paris. Ediciones Messidor.
Ruiz Barrionuevo, Carmen (1997), “Summa de Maqroll. La poesía de Álvaro Mutis”. Int. y Ed. Álvaro Mutis, Summa de Maqroll el Gaviero (Poesía 1948-1997). Salamanca. Universidad de Salamanca. pp. 7-57.
Sartre, Jean Paul (1966), El ser y la nada. Buenos Aires. Losada.
Verjat, Alain (2012), “Introducción” a Victor Hugo, Los miserables, ed. José Luis Gómez. Barcelona. Planeta. pp. XIX-XXXV.

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Espiritualidad, Lecturas de nostalgia, Reseñas | Etiquetado , | Deja un comentario

ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (6)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

Empresas y tribulaciones

Empresas y tribulaciones

En realidad, esos rasgos de humanidad que le definen son innatos, aunque solo se muestren en su plenitud natural ante aquello que entra en su círculo de confianza, cuyo centro protege con extremo cuidado, pues es melancólico y teme el dolor que viene de lo ajeno.
Maqroll el Gaviero es una imagen convertida en metáfora del fracaso que es la vida, pues aunque la existencia sea plena, siempre concluye en la muerte que, por desgracia, con mucha frecuencia no es un tránsito digno. El personaje, alter ego de Álvaro Mutis, se fundamenta en las ensoñaciones nacidas desde la lectura: Melville, Conrad, Pío Baroja, Emilio Salgari; autores de finales del siglo XIX y principios del XX a los que, indiscutiblemente, hay que sumar los del Romanticismo, es evidente la presencia de Chateaubriand a lo largo de toda la obra del escritor colombiano; aunque ahora me interesa de una manera especial que quede en nuestro horizonte la figura de Victor Hugo. A la vez, Maqroll es también un heredero de la necesidad vital que siente el ser humano de contar, de hablar ante un auditorio, pues solo en la voz es posible sentir cómo puede deshacerse la soledad. En la “Oración de Maqroll”, primera presencia del personaje en 1948 (La balanza), después en Los elementos del desastre (1953), el marino es caracterizado desde la voz, por eso es tan importante su capacidad narrativa; en ello es heredero de otro de los grandes navegantes de la Literatura, Ulises, cuya fuerza, como en el emblema de Alciato, protagonizado por Hércules, es la palabra que atrapa como una red, como una “fina cadenica” que fluye desde la voz del héroe. La “Oración de Maqroll” es una enumeración en la que abundan los elementos indignos que se pretende sacralizar, pues son la vida del miserable, del vagabundo, del que nada tiene salvo la existencia. Algo así hace Victor Hugo con esa “tentación imposible” que es Los miserables. Enumeración de flores que como el loto de la iluminación nacen del lodazal. Esta va a ser una técnica muy representada en la poesía posterior de Álvaro Mutis, así entre los poemas añadidos a Reseña de los Hospitales de Ultramar hay que destacar “Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de Maqroll el Gaviero, algunas de sus experiencias en varios de sus viajes y se catalogan algunos de sus objetos más familiares y antiguos”. Esta enumeración ad infinitum es equivalente al gesto de Jamil cuando guarda los variopintos objetos ofrecidos por el mar mientras pasea con Maqroll. Esta es la poesía del niño surgida desde el sinsentido que es el de la vida, cuando esta adquiere significado en los versos. Ha de ser un inocente, un nieto -más que un hijo- el que en su presencia vuelva a organizar el caos dotándolo de un sentido proyectado hacia el futuro en el que no cabe la soledad absoluta desde la que comienzan las aventuras de Maqroll el Gaviero, o el revivido compromiso ante la humanidad de un luchador por la Libertad como fue Victor Hugo.
Desde la dedicatoria de “Jamil”: “A mi nieto Nicolás”, confirmada en la de “Un rey mago en Pollensa”: “Para Camila, Catalina y Nicolás”, se hace evidente que el relato parte de la asumida condición de abuelo, que aquí, además se basa en la inspiración de la relación con la inocencia de un niño que es el nieto. En estas dedicatorias se retrata directamente el autor, desde una categoría familiar de abuelo. Esto implica una visión de la existencia muy diferente a la que se ha encontrado en otros momentos de su obra. Esta mirada nueva va a marcar los rasgos con los que es identificado Maqroll el Gaviero. A la dedicatoria acompaña una cita de Éloges (1911) de Saint-John Perse (1887-1975): “Si non l’enfance, qu’y avait alors qu’il n’y a plus?”. Este autor es uno de los referentes que marcan el desarrollo de la obra poética de Álvaro Mutis. Uno de sus libros más importantes, Anábasis, fue traducido en 1949 por el poeta colombiano Jorge Zalamea (1905-1969).
Desde el primer momento de la narración, en “Jamil” queda muy claro que la vida del Gaviero va a sufrir un giro decisivo, no tanto por lo que respecta a sus andanzas como en cuanto a su visión del mundo; así en palabras del narrador-Mutis:
Hay un episodio en la vida de Maqroll el Gaviero que casi nada tiene en común con los que he narrado en el curso de estos últimos años pero que, sin embargo, significó un cambio esencial en el desorden de sus andanzas y vino a traerle, en la etapa final de sus días, una especie de serena conformidad con la encontrada suerte de su destino y lo llevó a ejercer, hasta sus últimas consecuencias, su doctrina de aceptación sin reservas de los altos secretos de lo Innombrable. No que su vida, después de esta experiencia que voy a relatar, dejase de tener altibajos e incidentes de la más diversa índole y origen, sólo que el ánimo con el cual estos fueron enfrentados por Maqroll no tuvo ya ese tinte de reto, de tenaz desafío sin recompensa que había caracterizado antaño su errancia por el mundo” (p. 691).

El cambio que se ha producido ya estaba anunciado en la primera presencia de Pollensa en las Empresas y tribulaciones, en concreto en Amirbar, o en la carta que el Gaviero envía a Alejandro Obregón, en Cartagena de Indias, con la esperanza de encontrar uno de esos asideros que ya en otras ocasiones le han salvado. Mosén Ferrán, en las primeras palabras que cruza con el narrador también es consciente de ello:
Algo ha cambiado en él allá en lo profundo de su alma, si bien es cierto que sigue aceptando los mudables decretos del destino y abocado a su perpetua errancia. Pero no debo adelantarles más porque deseo que sea el propio Maqroll quien les cuente cuál fue la prueba por la que pasó y cómo ésta ha trabajo en su ánimo, dejándole una impresión de inutilidad y derrota que, según me parece, ha sido para él algo hasta hoy inusitado” (p. 696).
No va a aclararse el misterio hasta ya avanzado el relato; así se mantiene en vilo la atención del lector, que es también la del narrador; este se encuentra con Maqroll en su alojamiento, un astillero tan destartalado como su aspecto físico. Supone que algo le pasa, pero el marino no va a decir nada hasta crear las circunstancias apropiadas para el discurso y ahí es necesaria la presencia de una mujer que escuche y pueda entender realmente la prueba por la que ha pasado. Las palabras con las que es descrito son un claro indicio de ello: desconcierto, desasosiego, pena, confusión. Tales calificativos no disminuyen la posible preocupación del lector, más si se tiene en cuenta la cantidad de desventuras que a lo largo de su vida ha experimentado este personaje, hasta rondar muy de cerca las lindes de la muerte. Carmen, la esposa del narrador, sabe interpretar las señales desde el primer momento: “lo peor ya pasó para él, ahora está buscando cómo encontrar de nuevo su camino acostumbrado. Se me hace que ha sufrido una de esas pruebas para las que no están hechos los hombres, que suelen carecer de ciertos recursos que nosotras tenemos” (p. 702).
Cuando todo está preparado, Maqroll comienza su discurso haciendo referencia a una carta recibida desde Port-Vendres; en ella, Lina Vicente, que fue compañera de Abdul Bashur, le pide que le ayude, aunque el lugar está marcado de recuerdos infaustos por una experiencia vivida muchos años atrás, viaja hasta la costa del sureste francés y allí acabará conociendo al hijo de su difunto amigo; el primer encuentro ya anuncia la experiencia sentimental que le va a suponer lo que sucederá: “Una punzada de dolor y de nostalgia irremediable me dejó casi sin respiración. Traté de disimular mi emoción y algo le pregunté a Jamil que no recuerdo. Él, sin contestarme, puso su mano en mi brazo y me sonrió como indicándome que todo lo sabía y todo lo entendía” (p. 714). Es interesante constatar ante estas palabras cómo el adulto bien fogueado en la batalla cotidiana del vivir encuentra un apoyo ante el mundo; lo mismo que sucede en la poesía de Victor Hugo. Experiencias de este tipo, al ser relatadas, corren el riesgo de caer en el sentimentalismo más patético. Álvaro Mutis ya se había encontrado con esa dificultad en La última escala del tramp steamer y ahora lo expresa en las propias palabras del Gaviero:
“No era un niño lo que tenía enfrente. Al menos, no la presencia convencional que solemos imaginar los mayores con poca experiencia en esa relación. Lo que sí puedo asegurarles es que, desde ese instante, sentí hacia él una calurosa solidaridad, una simpatía total, sin reservas ni vacilaciones. Cosa que a mí mismo me sorprendió entonces. Era algo para mí desconocido. Yo creía haber recorrido todos los matices de relación en la accidentada trayectoria de mis innumerables desplazamientos y descalabros. Era como si, de repente, se hubiese abierto de par en par, allá en lo más escondido de mi ser, una puerta que daba a un vasto territorio hasta entonces inexplorado, lleno de las más desconcertantes maravillas. No pudo explicarlo mejor y temo estar cayendo en el sentimentalismo” (p. 717).
Pero, ¿es que puede contarse una vivencia como esta sino es desde lo sentimental? Pierre Vidal, uno de los ayudantes de Maqroll cuando tiene que cruzar la frontera entre Francia y España con el niño, le anuncia la naturaleza de tal experiencia; las palabras de Vidal nos interesan de una manera especial, pues, junto a la dedicatoria, son una de las afirmaciones que justifican la presente exposición:
Jamil es un encanto. Mucho bien le hará a usted estar a su lado y descubrir esa vida que despierta. Tengo dos nietos. Para mi esposa y para mí son como un baño que renueva sentimientos que pensábamos ya muertos. Es algo muy intenso y a la vez muy tonificante. Todo saldrá bien. Ya lo verá. Casi le diría que lo envidio”.
Y así va a suceder:
caí en la cuenta de que Jamil estaba ya vinculado a mi existencia. Una existencia que había creído solucionada y estable en este refugio de Pollensa. Era curioso sentir cómo ese cambio, en lugar de pasarme como una responsabilidad inesperada, me inyectaba una especie de entusiasmo que hacía muchos años había dejado de sentir por cosa alguna” (p. 723)
hasta tal punto que, todo ello “se me antojaba un magnífico regalo de los dioses” (p. 724).
Al igual que le sucede a Victor Hugo, Maqroll el Gaviero va a retroceder en el tiempo para recordar su propia infancia aunque el rendimiento de cuentas no es tan positivo pues: “desde muy joven, ya en la gavia de los pesqueros donde trabajaba, tuve que estar atento a lo que cada día se me echaba encima como un torrente de riesgos y de súbitas alarmas” (p. 724). Y con el recuerdo también viene la recuperación del tiempo perdido y la contaminación del presente adulto con la claridad de la mirada que está en los ojos del inocente. Esa apertura a la sentimentalidad en un personaje aparentemente tan duro como el Gaviero ya fue anunciada, como se recuerda, en unas palabras que pronunciara Abdul Bashur, cuya presencia renace en esta narración gracias al hijo: “El Gaviero es como esos crustáceos que tienen un caparazón duro como la piedra que protege una pulpa delicada. Suele guardar esa zona sensible de su intimidad con tal cuidado que es fácil pensar que no la tiene. Luego vienen las sorpresas que, con él pueden ser reveladoras” (p. 730).
La nueva vida que comienza cuando llega Jamil a los astilleros de Pollensa, está llena de esas experiencias a pequeña escala que generan poesía, pues desde el sentimiento son iluminaciones para lo cotidiano; casi un nuevo descubrir el mundo que siempre había estado ahí; como las flores, el paseo por el zoológico o el contacto con la mano de la niña nieta para Victor Hugo. Esos cambios al mirar lo cercano son expresados en estas palabras pronunciadas por el Gaviero:
Convivir con él y con su descubrimiento del mundo, percibir de cerca esa secreta y arrolladora energía que cada niño trae consigo y le permite conquistar su sitio entre los mayores, me hicieron mudar paulatinamente mi idea del hombre. Siempre he estado convencido de que bien poco debe esperarse de nuestros semejantes que constituyen, sin duda, la especie más dañina y superflua del planeta. Sigo pensándolo así, cada día con mayor certeza, pero lejos de producirme el enojo y la amargura que antes me torturaban, ahora siento algo que definiría como una indulgente ternura. Pienso que, cuando fueron niños, el camino que les estaba destinado era otro muy distinto del que escogieron cuando fueron adultos” (p. 742).

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Espiritualidad, Lecturas de nostalgia, Reseñas | Etiquetado , | Deja un comentario

ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (5)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

Maqroll el Gaviero en su condición de abuelo adoptivo

ÁLVARO MUTIS

ÁLVARO MUTIS

En la creación literaria de Álvaro Mutis hay que destacar su ciclo narrativo Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, cuya primera edición se fecha en Colombia en 1993. Está compuesto por los relatos La Nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1987), La última escala del tramp steamer (1988), Un bel morir (1989), Amirbar (1990), Abdul Bashur soñador de navíos (1991) y Tríptico de mar y tierra (1993); a este último pertenece “Jamil”, que se vería completado años después con “Un rey mago en Pollensa”, texto que se publicaría por primera vez en libro en Relatos de mar y tierra (2008). Es indudable que con Tríptico de mar y tierra se inició en la producción del autor un cambio en la interpretación del mundo, equivalente a la que podemos leer en las iluminaciones poéticas de Los emisarios (1984). Tanto en uno como en otras se expresa una mirada existencial en la que la desesperanza deja un cierto espacio a la contemplación del mundo donde el instante de plenitud es posible, donde la vida no es exclusivamente un avanzar pausado pero seguro hacia la nada. “Un rey mago en Pollensa” vio la luz el 24 de diciembre de 1995 en la publicación periódica colombiana El Tiempo; en la presentación del relato se hace evidente ese espíritu navideño relacionado con la visión del mundo infantil. Leemos en “Un rey mago en Pollensa” estas palabras de Maqroll: “le confieso que ahora es una época [la de Navidad] que tiene la curiosa condición de comunicarme una mezcla de nostalgia y agradable bienestar que antes no conocía” (Mutis 2008:231), y ello es gracias a la experiencia vivida en compañía de Jamil, de la que en el relato se destaca un episodio en el que el niño participó en un belén viviente organizado en la parroquia de Pollensa regida por Mosén Ferrán. En la presentación del cuento para El Tiempo, en consonancia, aflora esta afirmación que busca el patetismo incitado por la conmemoración en el calendario cristiano del nacimiento de Jesús: “demuestra cómo hasta los corazones más fuertes pueden rendirse ante el encanto de los niños en tiempos de Navidad. En este caso, el corazón de Maqroll, acostumbrado a vivir entre los tiempos y el azar de la aventura, es el que cede a la euforia decembrina”.

Familia Álvaro Mutis

Familia Álvaro Mutis

Maqroll el Gaviero es un personaje de carácter melancólico, tanto que, después de sugerir su relación con Saturno, Fernández Ariza (2015) considera que es uno de los rasgos que definen su personalidad; hasta tal punto es así que cuando se encuentra en su continuo vagabundear (“alegoría del éxodo errante y sin destino del hombre de nuestro tiempo”, Gimferrer 1981:705) con una vivencia que puede ser positiva o gratificante, también la experimenta desde la tristeza que lo efímero proyecta hacia el futuro; es una nostalgia que se va gestando desde el nacimiento de lo vivido; así en “Jamil”, antes de conocer la plenitud feliz, una de las pocas para el personaje, el lector sabe de su malestar que le tiene postrado en Pollensa. Esta puede ser una de las posibles explicaciones para esa incapacidad del Gaviero de permanecer en un solo lugar. El nostálgico o el melancólico, por naturaleza siempre piensan que la felicidad se encuentra en la otra orilla y si, además, es lúcido se percata de que la cosa es así y no va a hallar esa dicha que persigue, llega a la conclusión de que es necesario seguir moviéndose, pues mientras permanezca en el camino todavía se mantiene la ilusión del futuro, engañándose ante algo que interiormente sabe de una manera indudable: esta en su estado absoluto es imposible. En el periplo de Maqroll, “Jamil” es un hito más que demuestra tal aseveración.
La melancolía es una de las más tremendas tragedias que experimenta el ser humano, tanto así que, incluso, puede llegar a regodearse en ella; es un eco de la expulsión del paraíso (Fernández Ariza 2015:59); es como un castigo autoasumido de ese mito, convertido en una metáfora, que impide toda posible redención; la gran mancha que está presente en todo momento en el ser humano, sea cual sea la religión que practique, sea agnóstico o ateo; es más, parece consustancial a todo ser vivo, pues, ¿no sufren los animales de melancolía? ¿No se agostan las plantas? ¿No mueren los verderones cuando son enjaulados? Es como el buitre que devora las entrañas de Miguel de Unamuno, o el animal que llevamos dentro según la canción de Franco Battiato. La oscuridad anunciada que nos hace perder los momento de dicha, y estos solo pueden darse en el aquí y el ahora.

Empresas y tribulaciones

Empresas y tribulaciones

Hasta el tiempo de “Jamil”, la vida del Gaviero era un transcurrir en el que cada día es un acercamiento a la muerte, cuestión que se hace evidente en diversos momentos de La Nieve del Almirante, e incluso en el desesperanzado vivir de Alar el Ilirio, protagonista de La muerte del estratega, cuya existencia es un mero mantenerse en una prolongación que desea la llegada de la Muerte. Sin embargo, el contacto con el niño Jamil, la experiencia de ser abuelo, el contemplar lo cotidiano de un modo distinto, sin tanta desesperanza (¿hasta qué punto esta es medible?), pues, ante la explosión de la vitalidad de un niño, de un hijo, de un nieto, se borra la visión de la tumba; se puede desear, aguardar o ser consciente de la propia muerte, pero la genética del ser humano no puede, ni está preparada, para admitir, ni siquiera vislumbrar, la desaparición del que es futuro. Tanto es así que, uno de los momentos más dramáticos de “Jamil” es cuando se mantiene la tensión de qué ha sucedido con el niño; por ello, durante una de las conversaciones que definen este relato, aunque sea adelantar su final, el narrador-Maqroll, se apresura a decir que el niño está donde debiera, con su madre.
Mosén Ferrán sabe que Maqroll es una profundidad insondable, de la que la superficie solo muestra melancolía y nihilismo; los lectores de todo el ciclo de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero lo saben, con todo, en palabras de Fernández Ariza (2015:267)
“Nos sorprende la aproximación del viejo gaviero a un niño de menos de cinco años; nos sorprende la delicada tarea que emprende Maqroll en testimonio de la amistad profesada al compañero de aventuras; nos sorprende la ternura que despierta Jamil y su curiosa mirada sobre las cosas que le rodean; y nos deslumbra la capacidad de alentar en el experimentado maestro una reconciliación con el mundo y una extraña letargia de su nihilismo”.

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana, Espiritualidad, Lecturas de nostalgia, Reseñas | Etiquetado , | Deja un comentario