ASESINATO DE ABEL

TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN
MARTINES DE PASQUALLY

Museo de Bellas Artes de Lyon

Después de esa ceremonia, Abel se presentó ante su hermano Caín y este le hizo muchos reproches. Abel los recibió con candor y humildad y, seguidamente, respondió a Caín: “No es contra mí, ni contra nuestro padre temporal contra los que debes revolverte, es contra ti mismo y contra aquel que en este momento te dirige contra quien debes combatir, pues te diré que vienes de realizar un culto falso e impío ante el Eterno. La fuerza de tu crimen supera al crimen de Adán: ofreciste a tu dios de oscuridad un holocausto que no está ni a tu disposición ni a la de él, hiciste erróneamente derramar la sangre del justo para justificar la de los culpables”. Abel fue después a buscar a Adán y le contó todo lo que pasó y esto afligió mucho a este padre infeliz y le hizo caer en una profunda consternación.

El primer entierro de la humanidad. Museo de Bellas Artes de Lyon

Abel, mientras, trató de consolar a Adán y le preguntó respecto a su tristeza y abatimiento, pero Adán no respondió nada. Parecía que adivinaba lo que iba a suceder a su hijo amado y no se lo osaba decir. Abel tranquilizó a Adán respecto a todas sus inquietudes y le dijo en tono firme: “Padre mío, lo que es decretado por el Creador en vuestro favor y en el de tu descendencia tendrá lugar, sea para bien, sea para mal, pues la Creación general que ves no es otra cosa sino un lugar que el Eterno reservó para convertir en obra la manifestación de su omnipotencia, para su gran gloria. Por lo tanto, padre mío, es en tu descendencia corporal en la que el Creador habrá de colocar sujetos convenientes que sean los verdaderos instrumentos de los que Él se servirá para el triunfo de su justicia, para el beneficio de los buenos y vergüenza de los malos. Es inútil para el hombre ir contra aquello que ha sido decidido por el Creador a favor o en contra de su criatura espiritual”. Adán pareció calmarse y, dirigiéndose al Creador, le dijo: “¡Oh, Eterno! ¡Que aquello que es concebido por tu pensamiento y por tu voluntad sea cumplido por tu fiel servidor, padre de las multitudes de naciones que habitarán y actuarán en tu círculo universal! ¡Amén!” Después, Adán y Abel fueron a visitar a Caín, el cual se encontró con ellos en compañía de sus dos hermanas. Cuando estuvieron juntos, esas hijas abrazaron al padre y Caín abrazó a su hermano Abel, mas en este abrazo, Caín dio a Abel tres golpes con un instrumento de madera hecho en forma de puñal. El primer golpe perforó su garganta, el segundo traspasó su corazón y el tercero se hendió en sus entrañas. Este asesinato sucedió en presencia de Adán, sin que este infeliz padre lo percibiese. Pero en cuanto fue cometido el asesinato, Adán sintió una conmoción terrible. Las dos hermanas de Caín y de Abel sintieron una conmoción semejante, a causa de la impresión cayeron hacia atrás mientras exclamaban “¡Nuestro conciliador, Señor, nos ha sido sustraído por la maldad del impío, reclamamos vuestra justicia y a ti sólo entregamos nuestra venganza!”. Ved con qué artificio los sujetos al demonio se disimulan a los ojos de la criatura a través de palabras espirituales y loables en apariencia. Esa conmoción, por otra parte, muy natural en los tres personajes mencionados y basada en la simpatía de los sentidos de materia, provenía, además de otra causa, así como el abatimiento que aconteció a los tres personajes. Provenía de la visión que tuvieron, en naturaleza efectiva, del menor y del mayor ser espiritual de Abel y de que no lo pudieron soportar sin caer en desfallecimiento. Adán fue el primero en levantarse e ir, en compañía del menor y del mayor espiritual de Abel, al encuentro de Eva a la cual contó todo lo que el Creador les exigiera para su entera reconciliación: que sus crímenes debían ser expiados por el sacrificio de su hijo Abel y que, así, todo estaba consumado.

Terror de Caín. Notre Dame de Fourviere, Lyon.

Os dejo meditar sobre cuál ha debido de ser el dolor de ese infeliz padre y el de su compañera. ¿No son esos los famosos espinos que iban a traspasar el corazón de Adán? ¿No es ese el funesto espino producido por la primera tierra creada por la prevaricación de Adán? Fue, por lo tanto, Eva la que produjo en Caín el instrumento del flagelo del infeliz Adán, al haber concebido con Adán mediante una operación de confusión de acuerdo con lo que el número dos, 2, nos anuncia y que yo voy a detallar aquí con sinceridad.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

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Planteamientos filosóficos

EL TAROT DE LOS ILUMINADORES DE LA EDAD MEDIA
OSWALD WIRTH
(Fragmento)

El Tarot de los Iluminadores e la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera¿Hasta qué punto hablar de Ocultismo implica tratar de Filosofía?

A lo largo de la Historia de la Filosofía una de las preocupaciones fundamentales del pensamiento es lo trascendental o la indagación en torno a qué es el alma, entendiendo que el ser humano, y la creación, son algo que van más allá de lo meramente físico. Desde el punto de vista del ocultismo, Guaita en La serpiente del Génesis explica este proceso de la creación desde el inicio del Evangelio de san Juan, con la presencia del Verbum divino que es trasunto del gran Adán, del Adán Kadmon de los cabalistas, del Zohar, el Verbo Absoluto o el Cristo Glorioso, así, escribe: “Dios no ha creado al hombre individual, sólo ha hecho esta individuación posible. El individuo se ha creado a sí mismo. El alma ha descendido pues del cielo, y se ha encarnado en la ciega materia. Desde ese momento muere como esencia espiritual, más aún, se duerme en un sueño más o menos profundo. En ella, la materia vela al espíritu, y Lamartine era profeta sin saberlo al decir: <el hombre es un dios caído que recuerda los cielos>”.

Culturalmente, la época histórica que le tocó vivir a Oswald Wirth es de confluencia de tres movimientos que marcarán el pensamiento occidental desde la segunda mitad del siglo XIX: la recuperación de un misticismo que hereda el saber hermético procedente de la Antigüedad; el racionalismo y el existencialismo cuyas primeras manifestaciones hay que situar a finales del siglo XIX, continuador del pensamiento de autores como Schopenhauer o Kierkegaard. A diferencia del ocultismo, los otros dos –Racionalismo y Existencialismo- se mueven en el territorio de la existencia contemplada como algo lógico y físico que se extiende en dos dimensiones: la espacial y la temporal. Ambos son fronteras que marcan un paisaje tan angosto para el ser humano que ha de buscar algo que va más allá; y es ahí donde nos encontramos con la fantasía, la imaginación y la intuición que, como señala Wirth en El tarot de los iluminadores de la Edad Media, es el primer acercamiento que el homínido tiene a la esencia que ha de separarle del resto de los seres vivos. Se hace necesario cruzar las fronteras de un espacio tan estrecho pues, de otra manera, el único resultado va a ser la angustia o el asco ante la nimiedad del ser humano, de la realidad toda, que es falsa.

tabla numericaPor lo que respecta al Racionalismo, que se arroga con el derecho a ser la plena expresión del hecho diferenciador de la especie humana, no deja de ser una construcción tan relativa como puede ser la creación de un mundo fantástico, por mucho que se cubra de la pátina de lo lógico. Los modelos cambiantes de la ciencia que se fundamentan en la racionalidad materialista son un claro ejemplo de cómo tales edificios lógicos no alcanzan la categoría de lo absoluto. Oswald Wirth compartió su tiempo con uno de los mayores revolucionarios en lo que respecta a la contemplación del mundo: la primera teoría de la Relatividad de Albert Einstein es de 1905; con ella se abre la puerta que ha de comunicar la existencia con la trascendencia.

Las diferentes fases del desarrollo de la racionalidad humana generan argumentos que, además de su mero interés histórico, no dejan de tener un valor que los aproxima a la ficción más fantástica. Recordemos al respecto las biografías medievales de Alejandro Magno (el Libro de Alexandre, por ejemplo, o el Pseudo-Calístenes si retrocedemos un poco más en el tiempo); el gran conquistador decidió cruzar las fronteras de un poder que se basa exclusivamente en la dominación de territorios; quiere alcanzar el poder supremo que es el saber y para ello va a viajar a unos dominios inexplorados mediante unos medios tan fantásticos como los que muchos siglos después utilizarían autores como Julio Verne o Emilio Salgari, adelantando procedimientos tecnológicos que serían desarrollados a principios del siglo XX. Esta es la ficción del desarrollo racional y cientifista. Su evolución, especialmente a partir del último cuarto del siglo XX se aproxima a cierta explicaciones que muy bien podrían ser comparadas a ciertas cosmogonías mitológicas o a ciertas explicaciones del universo desde lo geométrico (el punto vibracional que genera la totalidad es un paradigma muy del gusto de la filosofía ocultista y de la ciencia que establece el Génesis en la teoría de la explosión y expansión que habrá de concluir en una nueva condensación de la materia).

Desde el momento en que Oswald Wirth escoge el título de su obra, El tarot de los iluminadores de la Edad Media, acorde al objeto que se propone estudiar, se está situando en un panorama ajeno a los adelantos de la ciencia positiva y del racionalismo, aunque él mismo confiesa que va a utilizar los hallazgos de la Arqueología para asentar con más firmeza los valores del libro más antiguo de la humanidad. El tarot, tal y como lo presenta Wirth hunde sus raíces en una época anterior a lo racional según el paradigma definido en la Edad Moderna, y en un ámbito social alejado del averroísmo, del aristotelismo o del tomismo medievales –como se guste-, un ámbito en el que se prefiere la cábala, el hermetismo, la astrología, de la Gnosis, que es un conocimiento intuitivo, irracional y místico, desde el simbolismo que, en definitiva, pretende alcanzar un universo que no puede ser cuantificado ni cualificado desde una taxonomia plenamente lógica; esa misma lógica que, desde dentro, Einstein desmonta, recuperando el mundo libre –que no relativo- ejemplificado en El Loco y El Mago, principio y final del tarot; con esta afirmación situamos la baraja como más meditativa que adivinatoria –pues nada puede negar el libre albedrío del hombre- en el ámbito interior más puro que es el del símbolo.

La serpiente del génesis. El tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de RoccaneraA muy grandes rasgos, desde luego, hay que considerar que la base del pensamiento filosófico –lo anterior sería la religión y el mito- sobre la que se asienta el ocultismo es Platón, sobre todo desde las lecturas que de su obra realiza la corriente neoplatónica. Esta escuela llegará con fuerza al Renacimiento y originará un pensamiento trascendental que está representado en autores como Marsilio Ficino, Pico de la Mirandola, Giordano Bruno, Cornelius Agrippa. Este esquema del mundo, que admite un universo que no es físico, aunque, a la vez se aleja de la ortodoxia de las creencias establecidas, pervive hasta el siglo XVIII. La época de las luces pretende explicar la existencia desde la razón, cosa que no es óbice para que la postura deísta permita el desarrollo de movimientos que son tanto de ilustración como de iluminación mística y teúrgica. Ahí, en el siglo XVIII nos vamos a encontrar con figuras como Martines de Pasqually y su Tratado de la Reintegración, origen de una orden tan mistérica como la de los Elus Coens, los Sacerdotes Elegidos, para mantener el culto que respeta el valor de la creación como expresión desde la emanación del Uno. La influencia de Martines de Pasqually marca el desarrollo de la filosofía mística de Louis Claude de Saint-Martin, origen del Martinismo; y a Willermoz, uno de los principales reformadores de la Masonería. Tanto uno como otro van a marcar directamente el desarrollo de los movimientos ocultistas del siglo XIX, bien desde la prolongación del Martinismo de Papus, la Francmasonería y la orden de la RosaCruz Cabalística. En todos ellos nos encontramos con nombres que aparecen frecuentemente a lo largo de esta exposición. El estudio, así sea mínimamente, de las corrientes antiguas de pensamiento se hace necesario a la hora de interpretar el pensamiento de los ocultistas de la época contemporánea, lo explica perfectamente Lepage (1988) en estas palabras: “no hay soluciones nuevas en el dominio de la metafísica, sino el reconocimiento de las viejas ideas con las que, después de su encarnación en la materia, el espíritu del hombre apacigua sus angustias”.

Un momento sumamente significativo se produce en la época medieval, aparente ruptura con el pensamiento griego, aparente porque el mundo de lo trascendental sigue siendo lo que da sentido a la existencia humana y a la creación en general. Cambian los nombres y los cultos o la lógica pero pervive esa consideración de lo humano como algo que va más allá de lo puramente físico.

Portada Libro El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media

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LA CAÍDA

TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN
MARTINES DE PASQUALLY

La caída. Tratado de la Reintegración. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición Antonio Joaquín González

La caída de Luzbel. Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina. Museo del Prado

Adán, pues, actuó conforme al pensamiento demoníaco, realizando una cuarta operación en la cual usó de todas las palabras de poder que el Creador le transmitiera para sus tres primeras operaciones, aunque había rechazado enteramente el ceremonial de estas mismas operaciones. Hizo uso, por sus preferencias, del ceremonial que el demonio le insinúo, tanto como del plan que de él recibió para atacar la inmutabilidad del Creador. Adán repitió aquellas que los primeros espíritus perversos habían pensado realizar para transformarse en creadores, en detrimento de las leyes que el Eterno les prescribiera para que les sirvieran de límite en sus operaciones espirituales divinas. Esos primeros espíritus no debían concebir ni entender nada sobre la acción de crear, simplemente debían seguir siendo nada más que criaturas de poder. Adán no debía tener más aspiraciones que ellos respecto a esa ambición de crear seres espirituales que le fuera sugerida por el demonio.

Vimos que tan pronto como esos demonios, o espíritus perversos, concibieron actuar según su voluntad de emanación, semejante a la que el Creador había realizado, fueron arrojados en lugares de oscuridad por una duración inconmensurable de tiempo, por la voluntad inmutable del Creador.

Notre Dame de Fourviere. Lyon. Expulsión de Adán y Eva del Paraíso

Esa caída y ese castigo nos demuestran que el Creador no ignora ni el pensamiento ni la voluntad de su creación. Ese pensamiento y esa voluntad, buenos o malos, son sentidos directamente por el Creador, que los acoge o los rechaza. Sería, por lo tanto, un error decir que el mal viene del Creador, con el pretexto de que todo emana de Él. Del Creador sale todo ser espiritual, bueno, santo y perfecto, ningún mal es ni puede ser emanado de él. Pero si me preguntareis de dónde, entonces, emanó el mal, diré que el mal es generado por el espíritu y no creado. La creación pertenece exclusivamente al Creador y no a la criatura. Los pensamientos malos son generados por el espíritu malo, como los pensamientos buenos son generados por el espíritu bueno; cabe al hombre el rechazar los primeros y acoger los segundos como corresponde a su libre albedrío, el cual le da derecho a querer las recompensas de sus buenas obras, aunque también lo puede hacer permanecer por un tiempo infinito en la privación de su derecho espiritual. El mal, repito, no tiene su origen en el Creador ni en ninguna de sus criaturas particulares. Este viene únicamente del pensamiento del espíritu que se opone a las leyes, a los preceptos y mandamientos del Eterno, pensamiento éste que el Eterno no puede cambiar en ese espíritu sin destruir su libertad y su existencia particular, tal y como ha sido dicho más arriba. Por otra parte, no se debe pensar que el espíritu que generó el mal sea el propio mal, porque si los demonios mudasen su voluntad, su acción cambiaría también, y, a partir de ese momento, no habría ningún mal en toda la extensión de este universo. Diréis que esto no puede suceder, pues Dios, al ser inmutable en sus decretos, condenó a la prisión eterna a los que originaron el mal. Responderé que es verdad que el Creador condenó a los adeptos del mal a una prisión y a un castigo infinitos. Mas haré ver que, en medio de la manifestación de la justicia del Creador sobre la criatura, Él se llamó a sí mismo Padre de Misericordia ilimitada de esa misma criatura. Hablaré más ampliamente de esa misericordia divina en otra parte.

Tratado de la ReintegraciónVuelvo nuevamente a la generación del mal, ocasionada por la voluntad mala del espíritu, y diré que la generación mala del espíritu, siendo tan solamente el pensamiento malo, es llamada espiritualmente como inteligencia mala, del mismo modo que la generación del pensamiento bueno es llamada inteligencia buena. Es por esos tipos de intelectos que los espíritus buenos y malos se comunican al hombre y le hacen conservar una determinada impresión, según use de su libre albedrío para rechazar o admitir el mal o el bien a su voluntad.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

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OSWALD WIRTH, vida y obra

EL TAROT DE LOS ILUMINADORES DE LA EDAD MEDIA
(fragmento)

Oswald Wirth-El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de RoccaneraJoseph Paul Oswald Wirth nació el 5 de agosto de 1860 en Brienz, ciudad perteneciente al cantón suizo de Berna. Su padre, de origen alsaciano, se vio obligado a abandonar su patria a causa de su compromiso político durante los acontecimientos revolucionarios de 1848. De los tres hermanos que le precedieron, dos murieron tempranamente, otro, Edward, en combate como oficial de Infantería. Su hermana Elisa, que nació en 1875, acompañaría a Oswald hasta el final de sus días. Los padres eran católicos y pretendieron educar al hijo en tal tradición, aunque desde muy joven, comenzó a interesarse por corrientes espirituales que, como mínimo, y en aquella época más, eran consideradas heterodoxas, cuando no directamente malditas. Así, él mismo cuenta, en su obra sobre el arte de sanar mediante el magnetismo, su primer acercamiento al mesmerismo, el movimiento seudocientífico y espiritualista iniciado por el médico e investigador Franz Anton Mesmer (1784-1815), que aplicó a los sistemas de curación la manipulación del fluido universal, la energía que rodea a todo lo existente. Wirth descubrió en él la posibilidad de disponer de las corrientes energéticas vitales que son inmensas y que surgen, tal y como se expresa en el símbolo del caduceo, de la confluencia de lo masculino y lo femenino, entendido esto más allá del género. Mediante la imposición de manos, y este es el principio de la medicina filosofal, esa energía puede ser utilizada para curaciones; se trata de la Filosofía hermética puesta al alcance de aquel que tenga una verdadera voluntad de emplearla, tal y como enseñaba uno de los grandes maestros del Martinismo, Philippe de Lyon. Según los principios de esta escuela iniciática que Wirth conoció perfectamente, en El ideal iniciático, afirma que el iniciado es un agente divino que no está limitado a sus propios recursos, siempre y cuando se ponga al servicio de una causa desinteresada; al actuar de esta manera se trabaja con un fuego que se agota, pero que se reanima con el calor externo que invade el ser, pues para el iniciado, el trabajo es la vida, esta es la gran diferencia entre él y el esclavo, a la vez que busca la belleza, desde la alegría con la felicidad que implica el vencer las dificultades.

El Tarot de los Iluminadores de la Edad MediaDebido, pues, a las creencias paternas, estudió en el colegio católico de Saint Michel de Freiburg, aunque no llegó a concluir, pues los clérigos de la institución escolar, cansados de las heterodoxas cuestiones que planteaba el muchacho, acabaron devolviéndolo a su casa. En La imposición de manos, Wirth describe cómo a los 14 años, en el Colegio de los Benedictinos, lee un relato “El doctor de los milagros” sobre curas que parecían milagrosas desde una energía que es emitida por el cuerpo. Marcado por esta lectura realizará su primera curación como si de un juego se tratase, a un compañero al que le había picado un mosquito. No era un buen momento en la vida para este tipo de experiencias pues son agotadoras, más en una período en la que el cuerpo todavía está en fase de crecimiento; sin embargo en esa época le nació a Wirth su pasión por el magnetismo. También leyó José Bálsamo de Alejandro Dumas, novela dedicada a Cagliostro, aquí las cuestiones relacionadas con el magnetismo y las curaciones se unen al misterio de pertenecer a una escuela esotérica. Todo ello fue marcando al adolescente que entonces era. En 1879 conoce en París la Sociedad Magneto-terapéutica dirigida por el Barón de Potet (1796-1881) y comienza a estudiar en ella, pero tuvo que abandonarla para marcharse a Inglaterra.

Permanecería durante tres años en Inglaterra; allí trabajó en una librería en Londres y entró en contacto con el magnetizador Adolphe Didier (en 1856 publicó Magnetismo animal y sonambulismo), con él se percató de que el magnetismo consiste en desarrollar la sensibilidad desde la cual la naturaleza guía al terapeuta. Por esta misma época, siguiendo con lo que nos cuenta en La imposición de manos, se planteó las ventajas del régimen vegetariano y el ayuno, se da cuenta de que con ello mengua la cólera, la tristeza y la ansiedad; todo ello demuestra una cierta preocupación por su régimen vital, de hecho también considera la importancia del bien dormir pues es necesario acumular energías para cuando éstas sean necesarias. Estudia a Pitágoras y la Psicurgia. Las fuerzas que entran en juego en la psicurgia son el pensamiento, la voluntad y la imaginación capaz de llevar a cabo visualizaciones de carácter curativo dirigidas hacia el enfermo; todo ello guiado por una cierta despreocupación de carácter estoico puesto que el resultado final no es responsabilidad del que lleva a cabo la operación (tanto es así que el propio Jesucristo en sus milagros recurría a la voluntad del Padre). Tal carácter de la psicurgia está presente en esta descripción que el autor realiza de las sensaciones físicas que siente el magnetizador mientras ejerce su labor (La imposición de manos): “He aquí a este respecto mi modo de proceder: mientras sostengo las manos del enfermo actúo en mí mismo y no en él; pero viene un momento en que mi energía psíquica alcanza un grado suficiente de tensión. Soy advertido de eso por sensaciones especiales: mis cabellos parecen levantarse, luego una suerte de escalofrío sale de la nuca y se propaga a lo largo de la columna vertebral. Pronto este influyo alcanza hasta la extremidad de los miembros, que ligeramente comienzan a trasudar; después el movimiento se vuelve sobre él mismo, hasta que el pecho se hincha y la respiración toma un ritmo anormal. Percibo en ello la invasión de un soplo misterioso; instintivamente me incorporo y abro los ojos”, una vez preparado para actuar, retiene su energía y después se transforma en activo, en el momento en que percibe qué debe hacer.

Wirth, El Tarot de los Iluminadores de la Edad MediaRegresó a Francia para cumplir el servicio militar en el Regimiento de Infantería 106, destinado en Châlons-sur-Marne. Durante este periodo sucedieron algunas de la anécdotas que él mismo relata en su obra la imposición de manos y el arte de sanar (L’Imposition des mains et la Medicine philosophale, 1895). En el cuartel tiene la oportunidad de practicar sus curaciones, aunque en un principio también sufrió las burlas de sus camaradas. Descubrió que tener la capacidad de curar implica aceptar una serie de obligaciones. En ese mismo lugar, el 26 de enero de 1884 fue iniciado en la logia “La Bienfaisance Châlonnaise”, dependiente del Gran Oriente de Francia; este sería uno de los acontecimientos cruciales que habrán de marcar su biografía intelectual, pues su obra gira especialmente en torno al deseo de transformar de una manera radical, desde un punto de vista simbólico, la Francmasonería. Su recepción en la orden impulsó un compromiso de trabajo incesante y la dedicación a crecer en sabiduría, en pos del conocimiento de ese Arquitecto desde el que se ha originado el Universo. Un año después, el 27 de junio de 1885, alcanzaría el grado de Maestro y, al poco, Secretario en su logia. Como tal formó parte de la Comisión encargada de elaborar una cuestión que habría de ser enviada al Gran Oriente de Francia: “¿Qué cambios deberían realizarse en los rituales?”. Nuevamente, la Masonería francesa, como sucediera a finales del siglo XVIII y principios del XIX, se encontraba sumida en un proceso de reflexión que provocaría, como en la época de Willermoz, profundos cambios en la Sociedad secreta. Se manifiesta, de esta manera, desde un principio, un rasgo evidente de la personalidad de Wirth: la preocupación por dar un sentido realmente iniciático a la participación en una Masonería que pretender hacer volver a una esencia que se había perdido, a la vez que la sencillez de unos rituales, enturbiados por la verborrea que contaminaba las ceremonias.

circulos El Tarot de los Iluminadores de la Edad MediaMazet (2000) define la francmasonería en estos términos: “una asociación filosófica y social, basada en unos pocos principios religiosos sencillos y presumiblemente universales que inculcan en sus miembros unas ideas de moral, amistad y caridad”, ahora bien, algunos masones, es el caso de Wirth, pueden tener mayores aspiraciones místicas que se hacen evidentes en la búsqueda de un contenido más esotérico, cosa que requiere un mayor esfuerzo por parte del adepto, pero es ahí donde se va enriqueciendo su pertenencia al grupo. El mismo autor afirma: “la masonería tuvo una vez un contenido esotérico propio, pero fue en gran medida olvidado. Esto sucedió cuando al abrir sus logias a los miembros de las clases ilustradas, la masonería se hizo consciente de su vocación de universalismo. El mundo occidental salía entonces de un periodo de autoafirmación, durante el que había estado firmemente convencido de la superioridad de su tradición y sus valores espirituales, a un nuevo periodo en el que se descubría la relatividad de estas cosas y se sentía un vivo interés por los valores y las tradiciones de culturas extrañas”, así sucede en el siglo XVIII y en la segunda mitad del XIX tal y como vemos reflejado en el ejemplo de Wirth.

En la primavera de 1887, Oswald Wirth conoce a Stanislas de Guaita (1861-1897). Este encuentro está narrado al principio de El tarot de los iluminadores de la Edad Media. Una paciente que estaba siendo tratada por Wirth mediante magnetismo e hipnosis, en una de las sesiones, anunció que su sanador recibiría una carta lacrada con un sello en rojo y armorial nobiliario, enviada por un hombre joven, rubio y de ojos azules. Así sucedió y Wirth fue invitado por Guaita. La reunión en París supuso el comienzo de la época en la que Wirth ejercería como secretario de Guaita.

Por esta misma época, Wirth se afilia a la logia Les Amis Triomphants del Gran Oriente, donde encontró muy poco apoyo en sus ideas de reforma de la estructura interna de la Masonería.

A consecuencia de sus relaciones con Guaita, entró a formar parte del Consejo de Gobierno de los Doce, de la Orden de la RosaCruz Cabalística- había sido fundada por Guaita en 1888 y funcionaba como una universidad libre que otorgaba títulos de Doctor en Cábala-, formado por seis iniciados: Stanislas de Guaita, Dr. Encausse-Papus (1865-1916), el propio Wirth, Joséphin Péladam (1858-1918), Paul Sedir, François Charles Barlet y otro seis hermanos desconocidos. Tal vínculo se haría público ante la necesidad de denunciar al falso abad Boullan, discípulo de Eugene Vintras, conocido mago negro desenmascarado por Eliphas Lévi. El mismo Stanislas de Guaita encargó a Wirth que investigase los hechos. Se averiguó que Boullan celebraba misas negras en las que también se recurría a la orgía sexual entre los miembros de la secta. Este suceso fue muy comentado en su época. Quedó un recuerdo de ello en El templo de Satán de Stanislas de Guaita. Joris K. Huysmans acusó a Guaita, tanto en alguno de sus textos narrativos como en artículos contemporáneos a los hechos, de haber asesinado al abad Boullan mediante un método no desvelado; sin embargo, cuando Stanislas de Guaita lo desafío a duelo, el escritor decadentista se retractó de lo dicho. Huysmans finalmente acabará volviendo al cristianismo, pero como no podía ser de otro modo, al haber estado en contacto con lo extraño, sigue el camino del misticismo. También hablaron de la cuestión periódicos como Le Figaro y Gil Blas en los cuales se acusaba a Guaita de realizar prácticas mágicas contra Boullan; tal denuncia procedía fundamentalmente del periodista Jules Blois, al cual acabarían enfrentándose en duelo tanto Guaita como Papus, sin que la sangre llegase al río. Este caso, en realidad, se enmarca a la perfección en una de las preocupaciones que guiaron a Stanislas de Guaita cuando se involucró en la orden RosaCruz mediante la cual pretendía reclutar a intelectuales capaces de adaptar los conocimientos esotéricos a su época, a la vez que combatir la hechicería que estaba rebrotando en esos momentos.

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera

Portada Libro El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media

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El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media

OSWALD WIRTH
PRESENTACIÓN DE LA EDICIÓN (Fragmento)

El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media, traducción de Hugo de Roccanera

Portada Libro El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Oswald Wirth. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González.

Da lo mismo intentar buscar una explicación racional a efectos reales; muchas veces los resultados son la consecuencia de la creencia, de la intuición con la que optamos por un rumbo u otro cuando el camino llega a una bifurcación; de la razón, también, cuando trazamos un línea que nunca se sabe cuándo llegará a torcerse, pues son tantas las variables con las que es posible toparse… ¿Por qué entonces intentar racionalizar la adivinación? No puede ser. Y este tratado, aunque aparentemente se anuncia como un manual de reglas de uso del tarot, no se queda en eso; mejor dicho, no lo es. El tarot de los iluminadores de la Edad Media es un bosque de símbolos. Leerlo es adentrarse en una selva, repleta de símbolos; cierto que por un sendero trazado por el autor. Palabras, conceptos, signos, imágenes, esquemas, un mapa con tantos detalles que acaba siendo como el mismo territorio, con tantos hitos en los que es posible detenerse que, al cabo, da igual el punto de destino.

Estrella seis puntasEl juego de naipes, junto al de ajedrez y de otras manifestaciones similares de combinación de fichas y estrategia –el de la Oca es un caso muy especial, pues ha llegado a ser interpretado como una especie de portulano secreto en la ruta que ha de seguirse en el proceso iniciático-, han acompañado a lo largo de los siglos al ser humano y han trascendido la categoría de mero juego para llegar a transmitir verdades que en el caso del tarot se relacionan plenamente con técnicas adivinatorias. Pasó algo similar con el ajedrez, así, tal y como aparece en el Libro de Ajedrez de Alfonso X el Sabio, tiene un sentido que va más allá del entretenimiento, hasta el punto de llegar a formar parte del sistema educativo del caballero.

Si consultamos la bibliografía reseñada en el Diccionario de los símbolos dirigido por Jean Chevalier, comprobaremos que una de sus fuentes documentales es El libro de los imagineros de la Edad Media de Oswald Wirth, y es que esta obra perfectamente puede ser considerada como un epítome en el que se muestran las distintas rutas que pueden ser seguidas cuando nos adentramos en el terreno desconocido de los símbolos; y es terra incognita porque, aunque se haya cartografiado tantas y tantas veces (ahí está también el magistral Diccionario de los símbolos de Juan Eduardo Cirlot), el enfrentamiento, quizá mejor, el encuentro con el símbolo es una experiencia trascendental y radicalmente personal. Y es en este sentido en el que El tarot de los iluminadores de la Edad Media es un compendio de simbolismo desde la comunicación establecida con los veintidós arcanos. Oswald Wirth escribió otras obras en las que también arrostra la explicación de los signos trascendentales, pero es en esta sobre el tarot en la que alcanza su culminación hermenéutica, porque es en estas cartas en las que el buscador se encuentra un mundo completo y abierto a la mirada que indaga en el horizonte de la significación absoluta.Figura, El Tarot de los Iluminadores de la Edad MediaEstudiar El tarot de los iluminadores de la Edad Media como un libro de texto más sobre interpretación de la baraja, con la finalidad de aprender a adivinar, es una lectura tan interesante como parcial pues, realmente, lo que se muestra es una vereda hacia lo profundo del bosque donde no va a encontrarse lo terrible sino la vida en su plenitud ya que el símbolo es “la inmutable fuente oscura de donde surge toda luz y toda palabra” (Olives 2018); este es el mundo en el que va a adentrarse el lector de la obra de Wirth.

Lo dijo un contemporáneo de Oswald Wirth, el español Antonio Machado en “Caminante no hay camino”. Nos lo demuestran las experiencias inefables de tantos practicantes de zen “antes de meditar, una montaña era una montaña; después la montaña es la montaña”. Importa el camino, cada paso, el poso que lo recorrido va dejando en cada peregrino, los pensamientos que manan para enriquecer un paisaje que llega a ser trascendental. Todo fluye y nosotros que somos parte del todo fluimos.

En el prefacio a su obra, Wirth realiza una descripción a todo punto elocuente del poder del simbolismo medieval, perfectamente acorde al de una época primitiva en la que no existían unas fronteras racionales tan marcadas entre la realidad y el mundo espiritual; tanto es así que cruzar el pórtico de una iglesia medieval implicaba pasar bajo unas advertencias tan realistas de las penas del infierno que el más incrédulo de los asistentes al oficio religioso habría de sentirse llamado al arrepentimiento por sus actos censurables en el día a día. Desde el punto de vista de Wirth, el simbolismo del tarot es comparable al de las catedrales góticas o al de la alquimia filosofal, que también alcanza uno de sus más importantes momentos en esta época.

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INICIO-LA CREACIÓN

TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN
MARTINES DE PASQUALLY

 

la-creacion-Tratado-de-la-Reintegración

La creación

Antes del Tiempo, Dios emanó seres espirituales, para su propia gloria, en su inmensidad divina. Tales seres tenían que ejercer un culto que la Divinidad les fijó mediante leyes, preceptos y mandamientos eternos. Eran, por lo tanto, libres y distintos al Creador, así que no se puede negar el libre arbitrio con el que fueron emanados sin destruir la facultad, la propiedad y la virtud tanto espiritual como individual que necesitaban para obrar con exactitud en los límites en que debían ejercitar su potencial. Era, desde luego, en esos límites, en los que tales primeros seres espirituales debían rendir el culto para el que fueron emanados. Esos primeros seres no podían negar ni ignorar sus convenciones con las que el Creador los hiciera, dándoles leyes, preceptos y mandamientos, puesto que era únicamente sobre tales convenciones sobre las que se fundamentaba su emanación.

Os preguntaréis acerca de qué eran esos primeros seres antes de su emanación desde la divinidad, si existían o no existían. Existían en el ser de la Divinidad, mas sin distinción de acción, de pensamiento y de entendimiento específico propio. Podían actuar o sentir únicamente por la Voluntad del Ser Superior que los contenía, en cuyo interior todo se movía; lo que, verdaderamente, no puede ser definido como existir. Mientras tanto, esa existencia en Dios era de necesidad absoluta, era lo que constituía la inmensidad de la potencia divina. Dios no podría ser el padre o señor de todas las cosas, si no tuviese innata, en sí mismo, una fuente inagotable de seres que emanaba por su voluntad y cuando Él así lo decidió. Y, por esa multitud infinita de emanaciones de seres espirituales hacia el exterior, Él recibía el nombre de Creador; y sus obras, el de Creación divina, espiritual y ánima espiritual temporal.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

Portada Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción Hugo de Roccanera

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Maestros de las Artes Marciales

NAKAYAMA HAKUDÔ

A partir de finales del siglo XIX, cuando Japón es obligado por el intervencionismo de los Estados Unidos a abrir sus fronteras a las injerencias extranjeras –que resultarían un fracaso absoluto-, a partir de ese momento, el desarrollo histórico de las Artes Marciales tradicionales sufre un cambio radical. Es la época de los grandes maestros que originan estilos nuevos y, sin embargo, profundamente arraigados en lo antiguo: Jigoro Kano, Gichin Funakoshi, Morei Ueshiba…, Judô, Karate-dò, Aikidô. En esta línea hay que situar también a Nakayama Hakudô, cuya misión respecto al Kendô y al Iaidô es comparable, de hecho, él es el responsable de que en 1932 el Iaidô recibiese tal nombre.

Nakayama Hakudô (Hiromichi) era oriundo de Ishikawa; vivió entre 1869 y 1958. Sus padres, él era el octavo hijo, regentaban un pequeño restaurante –yakitori- en la ciudad de Toyama. A los ocho años comenzó a trabajar en una posada –ryokan- y a entrenar con la espada, de manera que cuando cumplió once años fue aceptado en un importante dojo, regentado por Saito Michinori, adscrito a la escuela Yamaguchi Ha Itto Ryû. Gracias a la recomendación de Hosoda Kenzo, un importante miembro del Ministerio de Educación, que quedó muy impresionado por la entrega de Nakayama Hakudo al camino de la espada, éste es aceptado, a la edad de 18 años, en el Yushinkan en Tokio. Compaginará sus estudios de literatura clásica con la práctica de distintas escuelas marciales. En 1912, sería comisionado por su maestro Negishi Shingoro, de la Shindo Munen Ryû, como representante ante la Dai Nipon Teikoku Kendo Kata, importante institución para el desarrollo del Kendô moderno.

Su línea de desarrollo fundamental en el manejo de la espada corresponde a la escuela Musô Jikiden Eishin Ryû, de la cual fue el décimo sexto maestro, aunque acabaría dando origen a la Musô Shinden Ryû, que también recibe el nombre de Nakayama Ryû. El más alto grado alcanzado en su progresión en la Musô Jikiden Eishin Ryû muestra la maestría lograda por Nakayama Hakudô.

La genealogía de la escuela Musô Jikiden Eishin Ryû hunde sus raíces en el samurái Hayashizaki Jinsuke Shigenobu, que vivió, aproximadamente, entre 1546 y 1621; tradicionalmente es considerado como el creador del método de desenvainar la espada que define al Iaidô; aunque hay que tomar en cuenta que un siglo antes de Hayashizaki Jinsuke Shigenobu vivió Izasa Ienao, fundador, en el siglo XVI de la Tenshin Shoden Katori Shintô Ryû, la más antigua escuela de Artes Marciales que sigue viva en la actualidad, manteniendo la tradición.

Desde las enseñanzas recibidas y su esfuerzo personal, Nakayama Hakudô desarrolló su propio estilo de Iaidô, denominado, en 1932, como Musô Shinden Ryû Battô Jutsu, a partir de 1955, sería conocido como Musô Shinden Ryû.

La escuela Musô Shinden ryû de Iaidô está codificada en tres niveles. El primero, shoden, Omory Ryu (once katas en suwari waza desde seiza y uno en tachiwaza). El segundo es chuden (medio) o Hasegawa Eishin Ryû, así llamado por proceder directamente de la escuela antigua Musô Jikiden Eishin Ryû (diez suwari waza desde tate hiza –como en seiza pero con la planta del pie derecho apoyada en el suelo-). El último, Okuden, formado por diez tachi waza y nueve suwari waza, aunque habría que sumar dos katas más de pie que casi no se practican en la actualidad por ser considerados como contrarios a la ética que orienta el desarrollo del Iaidô moderno.

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TRATADO DE LA RENTEGRACIÓN, MARTINES DE PASQUALLY

PRIMERAS PÁGINAS DE LA INTRODUCCIÓN

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Portada del libro Tratado de la Reintegración

Martines de Pasqually es uno de esos personajes que marcan el desarrollo contemporáneo del ocultismo desde su propia biografía tan misteriosa como los conocimientos que transmite. Hasta en su mismo nombre, posiblemente Joachim dom Martines de Pasqually, nos encontramos con diversas variaciones que han complicado las posibles investigaciones respecto a su persona. Menéndez y Pelayo, lo españoliza en Martínez de Pascual, cosa que ha de tenerse en cuenta, pues para él el taumaturgo es de origen ibérico; en el libro de Papus (1895) L’Illuminisme en France (1767-1774). Martines de Pasqually. Sa vie. Ses pratiques magiques. Son Œuvre. Ses disciples se muestran diversas rúbricas: Don Martines de Pasqually, o De Pasqually de la Tour. Rijnberk, en el estudio más completo realizado acerca del maestro, señala como nombre completo: Jacques de Lyoron Latour de la Casse Joachin don Martines de Pasqually. Al parecer nació en 1727 (Amadou 2008), en la ciudad sudoriental francesa de Grenoble, aunque también se ha señalado como fecha posible 1710 (Faivre 1976). Tampoco está muy clara su ascendencia. Seguramente, sus raíces –y su apellido así lo señala- están relacionadas con la Península Ibérica –su padre había nacido en Alicante en 1671 (Var 2009)- y con una tradición que se hace incuestionable en su obra escrita y en sus prácticas ocultistas: la de los judeo-conversos; de hecho en el Tratado de la Reintegración las fuentes cabalísticas y veterotestamentarias se hacen evidentes. Cabe planearse hasta qué punto todas las dudas que disimulan entre neblinas, tanto la cronología como los hechos biográficos de un ocultista como éste, no son sino un instrumento más para mantener un misterio muy apropiado a las prácticas espirituales que transmite. Según Willermoz (Amadou 2008), Martines heredó un cargo jerárquico, que también era de posesión de unos conocimientos, de su propio padre. Nos encontramos, pues, con una transmisión de carácter familiar, cosa que hace sumamente complicado estudiar el comienzo de las teorías sobre las que se fundamentan los principios desarrollados tanto en el Tratado de la Reintegración como en el mismo culto desde el que se originó la orden de los Elus Coëns (los Sacerdotes Elegidos) en la cual se cimienta buena parte de la fama ocultista que acompaña al autor.

Cuatro

Cuatro

Entre los datos que, tampoco, alcanzan carta de naturaleza documental evidente, se encuentra la posible carrera militar de Martines de Pasqually como Teniente del Regimiento de Dragones de Edimburgo (Marcenne 1996), al servicio del Rey de España; cosa que no habría de llamarnos la atención puesto que era frecuente en la época que los oficiales del ejército participasen en actividades de Sociedades más o menos secretas. También Louis Claude de Saint-Martin fue militar. Por otra parte, esta pertenencia al ejército explicaría el contacto con el Regimiento de Foix durante su estancia en Bordeaux, aunque en ella tuvo parte importante su propia esposa. La carrera militar de Martines de Pasqually se desarrolla entre 1737 y 1747, cosa que nos indica que la fecha más probable de nacimiento entre las mencionadas sería la de 1710.

Papus (1895), en su libro acerca de Martines de Pasqually, analiza la vida del taumaturgo entre 1767 y 1772, es decir, desde su llegada a Bordeaux, después de haber pasado por distintas ciudades de Francia, intentando asentar unas bases que sirviesen para el desarrollo de su sociedad, la de los Elus Coëns. Al parecer, pues no puede afirmarse tal hecho documentalmente, Martines de Pasqually contrajo matrimonio en Bordeaux a principios de septiembre de 1767; gracias a su esposa, Colas de Pasqually -siguiendo el estudio de Papus-, pudo relacionarse con los oficiales del Regimiento de Foix, del cual saldrían sus más ilustres adeptos, pues ella era sobrina de su Comandante. Entre las diversas cartas hay algunas a las que ahora, en este intento de situar mínimamente al autor, es interesante hacer mención. Así una fechada el 20 de junio de 1768; en ella se hace evidente que Martines consagra todos sus esfuerzos intelectuales a la propagación de sus doctrinas y de su Orden, tanto es así que está preparando la Constitución de un nuevo Tribunal Soberano en Bordeaux. Da noticia, también en ella, del nacimiento de su hijo, al que otorgó el título de Maestro de los Elus Coëns poco después de su bautismo. Más allá de lo estrambótico de tal iniciación, lo que es importante, y a lo cual el mismo Papus otorga una atención especial, es al hecho de que se llevase a cabo el sacramento cristiano, pues en ello se encuentra una primera prueba de la falsedad de aquellas alegaciones que, en algún momento, han considerado a Martines de Pasqually como fiel a la religión judía, más allá de eso se mantiene inalterable su filiación a los judeoconversos hispánicos.

Martines, tal y como vuelven a hacer evidente sus cartas, también tenía conocimientos de sanación, así, por ejemplo, en una carta dirigida a Willermoz, le describe un complicado remedio de medicina natural para sanar de cierta dolencia a la hermana de su adepto.

Entre los discípulos de Martines de Pasqually, a Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles (Libro VI, Capítulo IV, Epígrafe I, “Tres heterodoxos españoles en la Francia revolucionaria”), le interesa especialmente la figura del Abate Fournie, autor de Lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos, publicada en Londres en 1801; explica en este libro el sistema iniciático y de teurgia de su maestro en estos términos: “Sus instrucciones diarias eran que pensásemos siempre en Dios, que creciésemos en virtudes y que trabajásemos para el bien general… Muchas veces nos dejaba suspensos y dudando si era verdad o falsedad lo que veíamos, si era él bueno o malo, si era Ángel de Luz o demonio… De tiempo en tiempo recibía yo algunas luces y rayos de inteligencia, pero todo se me desaparecía como un relámpago. Otras veces, aunque raras, llegué a tener visiones, y creía yo que M. de Pasquallys tenía algún secreto para hacer pasar estas visiones por delante de mí y que para que todas a los pocos día se realizasen”.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

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SOÑAR

Amaneció en Quito y Don Antonio sintió mezclado con su coladura de café, un aroma especial. Dudó entre el ascensor o las escaleras. Otra vez pospuso el ejercicio matutino. Subió al autobús hacia su despacho en una oficina pública. Compró el periódico. Se embarcó y en un minuto más escuchó el molesto “Damitas y caballeros” del vendedor callejero. No alzó la vista de su diario. “vengo de muy lejos y no vendo caramelos, ni helados, ni lociones milagrosas; yo traigo sueños”. Don Antonio dejó de leer, vio un rostro iluminado con líneas de achiote; después no supo qué hacer con la pluma de tucán que aquel niño había puesto en su mano.

CARITA DE DIOS

Calles de Quito

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UN LUGAR SOBRE LA TIERRA

Relato

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden
Y seré, hasta el último día, otro hombre, o mejor, el mismo, pero rescatado
Y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.

Álvaro Mutis. Los emisarios

En el Nombre del Clemente y el Misericordioso, que Él perdone a este transmisor de la verdad, por descubrir la realidad de un hombre que siguió las veredas más escondidas del amor, que fue considerado por los otros como ejemplo de santidad, pero que, en ningún momento buscó otro martirio que el de la propia existencia.

En una noche de sosiego, mecido por el sonido de los tambores, hipnotizado por el movimiento circular de unas caderas ceñidas por un velo de transparente gasa azul, y un aroma de dulces especias llegadas de Sarandib impregnando cada rincón de penumbra, escuché decir a Abdul Bashur que sólo un relato se ha contado a lo largo de la historia, la del amor de un hombre por una mujer.

Conozcamos otro ejemplo de cómo es cierta tal afirmación.
El padre de Qasim Ibn Hasan Assaraqusti pertenecía a la más alta aristocracia de la ciudad que los cristianos llaman Cesaraugusta. Miembro de la corte de Al-Mutamin, primero, y de Al-Mustain, el segundo de este nombre, después, fue testigo de crueles acontecimientos. Vio cómo las grandezas en saber, en arte y en refinamiento cayeron con la llegada de los almorávides, venidos a este nuestro Al-Andalús por el miedo que nosotros mismos sentíamos a los cristianos, cada día más poderosos, con más sed de rapiña, con afán por conquistar nuestras ciudades, cuyas grandezas, después no supieron disfrutar.

Abú Qasim había caído en desgracia. Se oponía a entregar libremente el poder a los fanáticos. Pero las circunstancias eran adversas para todos los que pensaban como él, así que a la muerte de su rey Al-Mustain, decidió abandonar la ciudad de los muros que brillan con el atardecer, la Medina Albaida, la ciudad blanca cuyas murallas habían sido levantadas por las legiones romanas de Augusto.
Era el año 378, el 1110 para los nazarenos. Qasim tenía doce años. La noche anterior a la partida estuvo durante muchas horas sentado frente a la muralla del alcázar, la Aljafería, así conocida en honor a su constructor, Abú Yafar Almuqtadir, el segundo rey Hudí de Zaragoza. Lugar creado para el saber, para el placer, para la alegría. Numerosos habían sido los acontecimientos reflejados en la alberca del salón dorado, cuyas paredes deslumbraban a los embajadores que hasta allí llegaban.

Algo se rompió en el pecho de Qasim durante aquel atardecer, con su luz filtrándose tras cada una de las ventanas de las torres. Así lo describía él mismo a su hermano Ahmad que, por aquel entonces, se encontraba en la ciudad de Córdoba.

Hermano
Horas antes de salir hacia nuestro exilio, permanecí ante las murallas de la alcazaba, en aquel lugar donde tantas veces jugamos, mientras esperábamos la salida de nuestro padre. El reflejo de la blancura de sus torres se fue apagando y éstas tiñéndose de un tono rosáceo. Nunca me habían parecido tan hermosas, hasta este momento en el cual sé que no volveré a verlas.
Nuestro mundo está desapareciendo.

Cuando el sol se ocultó totalmente en el Occidente, algo en lo más profundo de mi ser había cambiado. Mis raíces se habían roto y sabía que, una vez arrancado de allí, no podría volver a ser de ningún lugar.

Salón Dorado de la Aljafería, Zaragoza

La estancia de la familia Ibn Hasán en el sur, en las tierras que pertenecieron a los Banu Razín, transcurría con mayor sosiego que en Zaragoza. Más alejados del peligro. La situación acomodada que ocupaba Hasán Ibn Hamad no era tan próspera como antaño, pero sus relaciones en la pequeña corte eran fluidas, tanto como para que la vida no les apesadumbrara más allá de la nostalgia por la tierra perdida.

Qasim continuaba con su formación, encargada a Abu Zakariyya y Sad Al-Muchbar. Abu Zakariyya había nacido en tierras griegas. Siendo niño fue capturado por un grupo de piratas normandos, junto a otros muchos de su poblado cuando éste fue asaltado y saqueado. A pesar de su juventud, Abu Zakariyya, entonces con el nombre de Alexandros, intentó defenderse bravamente. Los normandos lo vendieron como esclavo en las costas del reino de Valencia y, con quince años, pasó a formar parte del ejército del rey Al-Mutamin. Su valentía y destreza hicieron que consiguiese la libertad y un puesto en la guardia del monarca. Conoció a un guerrero cristiano, mercenario al servicio de Saraqusta; había sido desterrado por el rey Alfonso de Castilla, se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar, y era apodado entre musulmanes, Cid. En una de las incursiones contra los cristianos del norte, que amenazaban la ciudad de Huesca, Abu Zakariyya resultó herido en la pierna derecha. Cerca estuvo de la muerte, pero el veneno no era lo suficientemente fuerte; la herida, sin embargo, le dejó una visible cojera; eso le impedía que en el futuro siguiese realizando sus labores como guardia del monarca. En cierta ocasión, ante las murallas de Barbastro, Hasán Ibn Hamad se libró de la muerte gracias al auxilio de Abu Zakariyya. Por ello, se le ofreció un puesto en su casa como tutor militar de su hijo mayor, Ahmad. Años después, cuando Qasim cumplió diez años, Abu Zakariyya pasó a ocuparse de su educación.

Sad Al-Muchbar era un sabio versado en los más variados conocimientos. Pertenecía al círculo filosófico y místico que, bajo la tutela de Al-Mustain, había desarrollado su trabajo en la ciudad de Saraqusta. Sad Al-Muchbar había viajado mucho. La obligación sagrada del Islam, la peregrinación a La Meca, le había llevado por las tierras del norte de Ifriqiyya, Egipto, la Península de Arabia, Siria y Bizancio. En Siria había oído hablar de lejanos países por los que muchos siglos atrás anduvo el gran Iskander, lugares donde existían las amazonas, santones que martirizaban sus cuerpos traspasándolos con objetos punzantes; tierras de riqueza desde las cuales llegaban hasta Al-Maghreb riquísimos productos. De todo ello hablaba Sad Al-Muchbar con su joven discípulo Qasim. También le hacía ver cómo las realidades de los distintos lugares eran muy variadas, cómo había conocido a hombres que no participaban de sus mismos cultos religiosos, pero que le ayudaron en momentos de penuria, de ello se podía sacar una importante lección.

Desde un comienzo, los intereses de Qasim Ibn Hasán le llevaron a la filosofía. Leía continuamente en su retiro en las tierras de los Banu Razín. Pero no eran tiempos para deleitarse en los conocimientos abstractos que arrastraban a Qasim hacia una visión mística del mundo. Era el tiempo de la espada, del brazo fuerte levantado hacia el norte. El cariño que joven Qasim sentía por su tutor Abu Zakariyya hacía que no desdeñara en ningún momento todas las enseñanzas que éste le brindaba. Buena parte de los sueños juveniles de Qasim estaban ocupadas por las imágenes guerreras que el viejo soldado le contaba, por el deseo de emular a los grandes luchadores.

Fueron transcurriendo los años, una calma relativa presagiaba lo peor, y, así, en 1120, cuando había quedado claro que el poder de los cristianos aragoneses era destructivo para el Islam, los almorávides, desde el reino de Valencia y Murcia decidieron lanzar una ofensiva contra Alfonso, ya conocido como el Batallador.

Desde el sur había llegado Ahmad, el hermano mayor de Qasim. Hacía años que no se veían; no había disminuido el amor entre ellos. Ahmad mandaba un destacamento, enviado por el gobernador de Córdoba, para formar parte del grueso del ejército, reunido en la ciudad de Tirwal. Qasim acompañaría a Ahmad, con él iría Abu Zakariyya. Todo iba a ser un triunfal paseo, Alfonso sería derrotado y los lugares que habían visto el florecimiento del Islam volverían a sus dueños.
Meses después, desde las cercanías de Cutanda, Qasim Ibn Hasán escribiría a Sad Al-Muchbar, que había abandonado Al-Andalús tras años antes para vivir en la ciudad de Fez

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
Todo se ha perdido; las últimas esperanzas que nuestro mundo guardaba se han roto como una vasija al chocar contra el suelo de piedra.
Alfonso, Dios lo condene, nos ha derrotado totalmente. Hemos sido abandonados por la misericordia divina.
Abu Zakariyya murió en mis brazos; una flecha de los francos atravesó su garganta. Al terminar la batalla, supe que mi hermano Ahmad también había caído. No pude rescatar su cuerpo.
No hay ninguna belleza en lo que aquí he visto, todo ha sido muerte y destrucción.

Qasim Ibn Hasán partiría al año siguiente hacia Córdoba.
La ciudad de Córdoba todavía mantenía el antiguo esplendor de la capital califal de los Omeyas, la austeridad de los almorávides, llegados de unas tierras limítrofes con el desierto, no habían acabado con una belleza que aparecía en los ángulos más insospechados, muchas veces visible sólo por una pequeña línea de luz.

Qasim Ibn Hasán, nombrado ahora como Assaraqusti por las gentes, seguía una existencia sin mayores sobresaltos. Muchas eran las personas, las cosas, la forma de vida, perdidas; ya no existía el miedo, pero tampoco la esperanza, ni la ilusión. Ocupaba en el gobierno el mismo cargo que su hermano Ahmad; era uno de los capitanes encargados de la custodia de la puerta de Almodóvar. El peligro parecía muy lejano y las labores eran sencillas, anodinas. Era mucho el tiempo que le quedaba libre. Pasaba por ser un hombre piadoso, temeroso de Dios; su existencia, a sus treinta años emanaba tranquilidad a todos aquellos que trataban con él.

Visitaba a menudo la gran mezquita. Le gustaba respirar el aroma de las higueras del paseo junto al río, y, sobre todo, el de las flores de azahar del patio donde realizaba las abluciones necesarias para entrar en el recinto sagrado. Allí, el agua parecía más pura, casi esencia licuada directamente de los árboles, cuya sombra tan agradable le resultaba. No era difícil rezar en la mezquita. La oscuridad que unía las columnas, semejantes a palmeras, sólo se rompía con unas breves luces surgidas de pequeñas lámparas, matizadas entre el humo que brotaba de algunos pebeteros donde, continuamente, se consumía incienso, llegado de lejanas tierras.
Qasim iba atravesando el espacio que le separaba del mihrab, allí sí que había luz, aumentada por los dorados de las paredes.

Patio de lso Naranjos, Mezquita de Córdoba
El monólogo mantenido con Dios en aquel lugar, fluía con libertad; Qasim encontraba instantes de paz. Los oscuros pensamientos le abandonaban. ¡Qué sencillo era encontrar en aquel lugar el mensaje de la unidad! Cada uno de los colores que formaban los ejes del mihrab concluían en un solo punto, igual que la dorada cúpula en forma de estrella. Mirados desde la pared norte, los arcos bicolores iban produciendo una especial sensación de perspectiva que agrandaba el espacio, que emborrachaba el sentido de la vista y provocaba una especial configuración del espacio.

Un día de primavera, al abandonar la mezquita, embriagado por los aromas, momentáneamente cegado por la luz del exterior, fue deslumbrado por una visión que le dejó clavado en el sitio, sin aliento. Como pudo, asiéndose a la pared igual que un anciano que hubiese quedado ciego, llegó hasta el hammam cercano a la mezquita. Su corazón latía apresuradamente, parecía haber perdido el sentido. Unos esclavos nubios le despojaron de sus ropas. Tumbado en la sala cálida pudo recordar.

En una de las calles que llevaban desde la mezquita hasta el hammam había visto a una mujer, no llevaba velo, posiblemente porque era una hora temprana, y no pensaba encontrar a nadie en aquel camino poco transitado. No era angustia lo que Qasim había visto en el rostro de aquella mujer, fue una sonrisa, teñida de una posible timidez fingida que le recordó aquellas suras del Corán que prometen el paraíso a los fieles. La visión fue rápida.
Durante días, Qasim paseó por aquellas calles intentando volver a encontrarse con aquella mujer. No lo consiguió.

Varios meses después, cuando el fuego no se había consumido, sino avivado por el paso de las horas, Qasim fue invitado por Attar Ibn Hafsún, rico comerciante que había llegado, por oriente, hasta los confines del mundo, que había traficado con nativos de las tierras de Ifriqiyya y que llevó sus especias hasta los nebulosos reinos del norte. Attar Ibn Hafsún prometió una sorpresa durante la celebración.

No eran del gusto de Qasim estas fiestas; normalmente acaban en orgías en las que alguna vez había participado, pero que le dejaban tal sensación de hastío que desaparecía cualquier placer. La melancolía que, desde aquel día, acompañaba a Qasim, hizo que aceptase; quizá abrazado a alguna de las esclavas de la casa de Attar desapareciese la pena.

Caen desde el rosal
cuatro flores en la fuente.
El agua, teñida con su color,
recuerda los labios del amado.

Mecida entre los sones de un laúd, la voz clara, ligeramente aguda, con una pronunciación oriental muy marcada, hizo cesar el murmullo. Una cortina fue apartada por unas manos con tatuajes de henna y allí estaba la mujer que había encadenado a Qasim.

Era Aixa, poetisa venida desde las tierras de Siria. Había aprendido su arte en la ciudad de Damasco. Aquella misma noche, Aixa se entregó a Qasim. El encuentro de ambos fue secreto. Aixa no era libre. Comprada por Ibn Hafsún en Damasco, el comerciante había pensado regalarla a Alfonso, rey de Castilla. De nada sirvieron las promesas de amor, las promesas de conseguir su libertad; Aixa no quería aceptarla, su amor era un regalo de una sola noche y Qasim así debía tomarlo.

Aparentemente, Qasim no opuso ninguna resistencia. Otra vez perdía, no sucedía nada por ello. Una nostalgia antigua volvió a apoderarse de él. Pasaba a menudo por la calle cercana a la mezquita; dejaba que el vapor del hammam penetrase por los poros de su piel. Seguía siendo considerado como un hombre piadoso. Pero en ningún momento consiguió que la sensación de soledad desapareciese de él. Algunas mujeres compartieron su lecho.

Qasim consideró que había llegado el momento de realizar la obligación religiosa de viajar hasta La Meca. Recordó a su maestro Sad Al-Muchbar. Desde Algeciras embarcó hacia Tánger, allí comenzaría su periplo a la ciudad santa. Seguiría la ruta de las caravanas que cruzaban el desierto.

Por las noches, al acampar, Qasim solía separarse de sus compañeros. Le gustaba sentir la infinita soledad que fluía de la inmensidad del desierto. Contemplaba las estrellas, y como un susurro desde la lejanía llegaban a él las voces de los viajeros. Poco antes del amanecer, la caravana iniciaba su marcha, después de realizar las obligatorias postraciones hacia el sol naciente.
No sintió nada especial cuando pisó la ciudad de La Meca, no fue arrastrado por el fervor religioso que le podría haber salvado de sí mismo. Casi automáticamente, realizó los gestos que marca la tradición.

Permaneció unos meses por aquellas tierras. Visitó el lugar considerado reino de Balkis, la conocida por los cristianos como reina de Saba, la que inspiró a Salomón encendidos poemas de amor que iban más allá de lo humano. Vio cómo en las lindes del desierto nacía un vergel donde la gotas de resina manaban olorosas para transformarse en incienso. Se sentó a los pies de grandes palmeras, sintiendo la agradable frescura de la fronda. Por las noches escuchaba a los recitadores; narraban eternas historias de venganzas, pero también de amores que llevaban a la muerte; oyó hablar de una tribu cuyos hombres podían llegar a morir, asaeteados sus pechos por Eros.

El viaje de regreso atravesaría el desierto árabe para llegar hasta Palestina. También allí los cristianos estaban mostrando su fuerza. Viendo aquel inmenso desierto, Qasim entendió las historias de ejércitos enteros desaparecidos cuando iban a la conquista de Saba, tragados por la arena, el único botín conseguido en su conquista del sur.

Su destino era Damasco. Quería transitar por las calles de piedra, por donde sus pies habían dejado huellas que, sin duda, su corazón reconocería. La presencia de Aixa habría dejado, flotando, en el aire de la ciudad un aroma que respiraría en cada rincón. Recorrió las calles, pasó sus manos por las columnas de las mezquitas, apoyó su cuerpo en paredes ocultas, pero en ningún momento apareció aquella visión de las penumbras de una calle de Córdoba, junto a la mezquita.

Algunos cuentan que Qasim tomó la última determinación en lo alto de la muralla de la ciudad. Es cierto, pero cuán equivocados están aquellos que piensan que el martirio sería en defensa de la fe; el martirio lo sería, efectivamente, pero no por un Dios que le había hecho perder todo.

Lejos estaban los días en que los francos llegaron como una tormenta de destrucción a Tierra Santa, como ellos gustaban en llamarla; pero aquella mañana, con la salida del sol, llegó un ejército cristiano. Su intención era sitiar Damasco, conquistar la ciudad. El terror corrió entre las gentes. Se organizó la defensa. El enemigo no era lo suficientemente poderoso como para entrar en la romper las defensas, pero sí para mantener a sus habitantes cercados, sin posibilidad de comunicación con el exterior, dando lugar a que llegasen más francos y, entonces sí, todo estaría perdido. Se sabía que ejércitos cruzados tenían sitiada la ciudad de Edesa, allí la situación ya era desesperada. Si Edesa caía, Damasco sufriría la plaga de la conquista. Así pues, era absolutamente necesario combatir.

Tras un día de frenéticos preparativos y mutuas observaciones, llegó la noche. No fue reparadora como en otras ocasiones. Los que, al día siguiente, iban a enfrentarse con la muerte se revolvían inquietos en sus lechos, sin poder conciliar el sueño, mirando en la oscuridad de sus alcobas a la esposa y a los hijos que seguramente, simulaban dormir para no inquietar, todavía más, al que, quizá, no volvieran a ver.

Qasim también permanecía despierto en su lecho, pero su vigilia era distinta a la de los otros. No era inquietud lo que le impedía dormir, era una tranquilidad, un reposo absoluto, una especie de descanso interior que hacía innecesario el sueño. Ya conocía su destino, ya había decidido su punto final. Horas antes habló con el gobernador de la ciudad; se le había encomendado un grupo de pocos hombres para encabezar la carga de la caballería.

A la mañana siguiente, cuando Qasim vio preparado su corcel de guerra, no pudo menos que recordar aquellos versos de Abu Salt Umayya de Denia.

Blanco como el lucero del amanecer
Avanzaba orgulloso, enjaezado con la silla de oro.
Alguien dijo, envidioso,
¿Quién ha embridado la aurora
y ha ensillado el relámpago?

Se abrieron las puertas de la ciudad. Poco a poco los caballos fueron lanzándose a un feroz galope. El choque fue brutal. Qasim no sintió el rasgar de su propia carne. Comenzó a perder fuerzas; se agarró como pudo al cuello de su montura. Sin una mano que le llevase hacia el peligro, el corcel se fue alejando del escenario de la batalla. A lo lejos se veía un grupo de palmeras, ignorantes del destino de destrucción y sufrimiento.
Al llegar junto a una pequeña fuente, Qasim cayó y, entre el sonido del agua al brotar, escuchó:

Caen desde el rosal
Cuatro flores en la fuente.
El agua teñida con su color
Recuerda los labios del amado.

Publicado en Alvaro Mutis y Literatura Hispanoamericana | Deja un comentario