“Salutación del optimista”

Rubén Darío
(Comentario)

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita,
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

Abominada la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;
fuertes colosos caen, se desbancan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestran los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.

Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esta epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura;
en un trueno de música gloriosa, millones de labios,
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

Si entendiésemos la poesía como un proceso meramente musical, y ahora nos centramos en este asunto, habría que partir de la idea de ritmo. Las tres definiciones que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española de este son: ‘1. Orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas. 2. Sensación perceptiva producida por la combinación y sucesión regular de sílabas, acentos y pausas en el enunciado, especialmente en el de carácter poético. 3. En música, proporción guardada entre los acentos, pausas y repeticiones de diversa duración en una composición musical’.

Desde un punto de vista rítmico, la poesía es orden, sucesión, combinación, regularidad, sílabas, acentos, pausa, proporción y repetición; todo ello para alcanzar una sensación perceptiva que va a llevar al texto poético a diferenciarse del de otros ámbitos. ¿Siempre puede teorizarse en torno a la sensación perceptiva? Esta es personal, en ocasiones innata, en otras aprendida mediante un proceso en el que la atención a lo musical tiene un valor primordial. Sea de una manera o de otra, es que en algo ha de fundamentarse, la materialidad de unas repeticiones que se transforman en un ritmo alejado de cualquier tipo de estridencia. En ese alejamiento del ruido se encuentra también lo invaluable de lo lírico que aleja, beatus ille, al ser humano del mundanal existir.

Medir versos, para llegar a determinar el proceso mediante el cual una realidad constituida por palabras llega a ser una expresión musical, puede ser de una complejidad extrema; al fin y al cabo, mediante los procesos que llevan a definir una estructura métrica, intenta realizarse un análisis que quiere desentrañar, en su sentido etimológico de des-entrañar (de entrañas), un objeto cuya realidad se asienta en lo etéreo de la belleza, el simbolismo y la connotación  una serie de características musicales que no pueden computarse desde el papel pautado para la escritura de pentagramas. Tanto es así que simplemente, y a modo de muy escueto ejemplo bibliográfico, nos bastaría con ojear manuales como Métrica española de Antonio Quilis o de Tomás Navarro Tomás, o Estructuras lingüísticas en la poesía de Samuel R. Levin. Más todavía teniendo en cuenta la revolución poética que viene desarrollándose desde el Romanticismo y que alcanzará uno de sus momento claves en el poema en prosa o en la prosa poética de Baudelaire y Gustavo Adolfo Bécquer, conocer la inmensidad teórica de lo rítmico en el hecho poético no es un indicio de seguridad para lograr realizar la autopsia de la musicalidad de un poema.

Con todo, no estará de más recordar cuáles son los principios básicos en los que se asienta el comentario métrico de un poema en español.

¿Cuáles son las reglas básicas de la métrica en la poesía española? Así es la medida de versos, en general, rima y acentos.

Para medir versos, en primer lugar se han de computar las sílabas naturales de cada una de esas líneas que forman un poema. A partir de esa medida que es morfológica, pero también fonética (pues la ciencia de lo lírico está en el canto acompañado por una lira, tal y como se hacía en la Grecia arcaica). Se intentará encontrar una regularidad en la medida, tomando en cuenta que hay tres reglas que, una u otra, ha de cumplirse; las tres tienen que ver con la acentuación de la última palabra que forma el verso. Si esta es aguda, se suma una sílaba; cuando es llana, se mantiene el número natural de sílabas; y si es esdrújula, se resta una sílaba. cuando nos fijamos en el esquema que sirve para comprobar esto es algo artificial; sin embargo, desde un punto de vista del tempo musical de las sílabas, es importante, pues suponen alargar al doble la última en el caso de las agudas; o reducir a una sola las dos finales en el caso de las esdrújulas; todo porque el acento que predomina en las palabras españolas es el llano, de hecho, son las que llevan tilde en un menor número de casos (cuando acaban en consonante que no sea n ó s).

Desde luego, entre los recursos métricos se encuentran otras licencias que, desde su finalidad musical o rítmica, van a permitir el juego con la sílabas para llegar a un resultado regular. Entre estas se encuentra la sinalefa, que es la más frecuente (en la misma línea, la diéresis y la sinéresis); pero siempre recordando que no son normas, sino licencias.

Desde el número de sílabas de un verso, este puede ser clasificado como verso de arte menor (de dos a ocho sílabas) y de arte mayor (a partir de nueve). Cuando el arte mayor sobrepasa al endecasílabo pasa a ser un verso de arte mayor compuesto, en cuyo caso se organiza en dos hemistiquios que pueden ser regulares, es el caso del alejandrino (siete más siete sílabas), aunque no necesariamente. Sí que interesa recordar que al final de cada hemistiquio se respeta la regla de agudas y esdrújulas finales.

José María Pemán comienza su artículo “Creación y métrica de la <Salutación del optimista>, de Rubén Darío” (Boletín de la Real Academia Española, XXIV, 1945, pp. 289-334) con una definición de la poesía desde las palabras pronunciadas por Henri Bremond en 1925 en la Academia Francesa: “Todo poema debe su carácter propiamente poético a la presencia… a la acción transformante y unificante de una realidad misteriosa que llamamos poesía pura”. Henri Bremond (1865-1933) fue un erudito, historiador y filósofo católico, de formación jesuita de la Escuela Moderna Francesa de Teología; amigo de Maurice Barrès, abandonó la Compañía de Jesús en 1900, aunque luego mostró su arrepentimiento, para dedicarse exclusivamente a la literatura. Desde 1923 fue miembro de la Academia Francesa; entre su obras quiero mencionar una de 1926 titulada La poésie pure. Avec un débat sur la poésie por Robert de Souza. La afirmación que hace, así lo dice Pemán, no es nueva, está reflejada en autores como Paul Valéry (1871-1945), su obra El cementerio marino (Le cimetière marin) es de 1920, igual que también está presente en la poesía, entendida como creación desnuda, de Juan Ramón Jiménez. Tal esencia poética también puede estar en lo transcendente del verso que radica no sólo en la musicalidad, sino también en los contenidos cuyos símbolos mantienen todo su potencial, incluso en las traducciones; de ahí ese “fenómeno anímico anterior y superior a la mera construcción verbal”, realidad que es designada culturalmente con distintos nombres o conceptos: Musa, Diosa en Homero (poeta que nunca dejó de estar en el horizonte ideal de lo literario y que, pese a Robin Lane Fox, mejor leerlo traducido que no sumergirse en una existencia alternativa como puede ser la Odisea), locura como posesión divina (la poesía como relación con todo aquello que atañe a una realidad más allá de lo material, como explica Robert Graves en La diosa blanca) de Demócrito; un “no sé qué” de Feijóo; la “magia del verso” de Baudelaire; la transmisión de unos sentimientos que llegan al escalofrío de la emoción en Sibelius y Fauré. No se interpreten estas palabras como una negación de los valores materiales de la poesía, que también son importantes, pues la musicalidad de las sílabas y los acentos también tienen su contenido y pueden ser el eslabón sinestésico mediante el cual el símbolo alcanza su plena fluidez para estar vivo, tanto en el ritmo como en los colores. 

Quedaba, de nuevo en palabras de Pemán, que, a partir del alzamiento oficial y revolucionario (sirva la paradoja) de Bremond, que “la Poesía antes de ser algo en el papel es algo en el alma del poeta, y que lo que tiene de construcción verbal no es separable de lo que tiene de fenómeno psicológico, ni inteligible sin él”.  Sin embargo, Pemán llega a una conclusión que, aunque sea la que orienta este comentario fundamentalmente técnico, no me parece aceptable como definición absoluta, pues creo en lo que he escrito más arriba respecto al hecho poético como periplo hacia la transcendencia: “la auténtica Poesía iba a ser capturada a medio camino entre el énfasis de aquellas palabras y la artesanía de estos preceptos”. Y no la comparto porque no puede situarse en un mismo nivel, como si uniésemos cada oveja con su pareja, la intuición y la retórica. La retórica cuando no hay iluminación se transforma en el discurso nauseabundo del político, que se limita a repetir con ritmo de rap, igual de inmundo, consignas de arribista. Por fortuna, al poco de esta última cita, Pemán confiesa que la finalidad de su artículo es perseguir “al fenómeno creador desde su raíces espirituales hasta su realización métrica”. 

En palabras de Pemán: “este proceso de densificación de la poesía, de decantación de lo lírico hacia lo épico, que podría estudiarse en Virgilio, en Horacio, en tanto otros, aparte de obedecer a leyes muy comunes del desarrollo espiritual del hombre, fue, por aquellos días, camino muy general en los poetas y escritores de habla española. Es una de las vertientes o facetas de este fenómeno literario llamado <Generación del Noventa y ocho>. Entendida esta con toda amplitud y vaguedad que se quiera, es indudable que a partir del traumatismo de la pérdida de cuba y Filipinas, el retorno del pensamiento y la sensibilidad españoles hacia temas nacionales y objetivos es general, y yo creo que espontáneo y fisiológico como la acumulación defensiva de la sangre en el punto golpeado. Por la inquietud de Castilla dejó Machado sus coplas sevillanas, y Marquina, de la mano del Cid, como Rubén, sus cantos mediterráneos. No es raro que este último abandonara por parecidas inquietudes el Versalles de la marquesa Eulalia”.

La “Salutación del optimista”, desde la diferenciación tan irregular que se ha hecho de la literatura fin de siglo, corresponde, no a la estética modernista, sino a las preocupaciones noventayochistas, desde un punto de vista de manifiesto ante las negativas circunstancias que está viviendo el mundo hispánico en torno a esas fechas. Esta obra se aleja de la mirada nostálgica, crítica, deprimida por el desastre, ¿hasta qué punto tanto?, para declarar una actitud optimista, comprometida, renovada, regeneradora, arrogante contra el advenedizo que se arroga con la condición de juez y verdugo de una visión del mundo que se fundamenta en criterios de más feroz imperialismo económico (cuidado, no hace falta recordarlo, las cosas siguen muy parecidas, pero ahora sin la voz poética que conduzca a la altanería).

¿Por qué la “Salutación del optimista? Porque “aparte de un valor estético y su densidad de contenido, pocas poesías se han prestado a mayor discusión en su redacción métrica y formal, y pocas recibirán, creo yo, en ese aspecto, mayor luz al ser contempladas en el total proceso de su creación” (Pemán). Al final de este articulo podrá verse el análisis de los hexámetros que forman este poema desde la interpretación de María Delia Buisel, nada que ver con las normas métricas clásicas españolas que antes hemos enumerado; pero merece la pena el contraste detallado.

Pemán recuerda las circunstancias concretas en que fue escrito este poema de Rubén Darío; el mismo autor se refiere a ellas en “Historia de mis libros”, publicado en 1916: “El gran poeta tenía que intervenir, leyendo una poesía, en una velada que organizaba el Ateneo de Madrid. Pasaban los días, y a pesar de la insistencia de los amigos que le rodeaban, Darío no escribía su poesía. Tenía una idea vaga de lo que quería escribir, pero nada más. Al fin, inmediata ya la fecha de la lectura, la <Salutación> fue escrita en un par de horas, de las dos a las cuatro de la mañana y <en estado -dice Vargas Vila- de sonambulismo lúcido>”.

De tales circunstancias, definitorias de lo que debía de ser la vida de Rubén Darío, sean o no una mera leyenda más de las que conforman la vida de tantos escritores, “el dato es precioso para precaverse, desde ahora, contra ciertas interpretaciones demasiado analíticas sobre la redacción y métrica del poema así nacido”. 

“Salutación del optimista” pertenece al libro de Rubén Darío Cantos de vida y esperanza (1905) que contrasta con su poética de Prosas profanas y otros poemas (1896). Mientras, en este último, brilla el modernismo refinado de composiciones como “Era un aire suave…”, “Divagación”, “Sonatina”, la musicalidad según el modelo de Verlaine (“Responso” o “Canto de sangre”) o el tema hispánico desde sus raíces literarias (“Cosas del Cid”, “Al maestro Gonzalo de Berceo”); en Cantos de vida y esperanza encontramos algo diferente: una preocupación social, realista y épica, pero también el intimismo más profundo en “Lo fatal”. Leemos en las palabras liminares a Prosas profanas y otros poemas

“Yo he dicho, en la misa rosa de mi juventud, mis antífonas, mis secuencias, mis profanas prosas. Tiempo y menos fatigas de alma y corazón me han hecho falta, para, como buen monje artífice, hacer mis mayúsculas dignas de cada página del breviario. (A través de los fuegos divinos de las vidrieras historiadas, me rio del viento que sopla afuera, del mal que pasa). Tocad, campanas de oro, campanas de plata, tocad todos los días llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de fuego, y las rosas de las bocas sangran delicias únicas. Mi órgano es un viejo clavicordio Pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, Varona inmortal, flor de mi costilla. Hombre soy.” 

Y, en el Prefacio de Cantos de vida y esperanza:

“Al seguir la vida que Dios me ha concedido tener, he buscado expresarme lo más noble y altamente posible en mi comprensión; voy diciendo mi verso con una modestia tan orgullosa que solamente las espigas comprenden, y cultivo, entre otras flores, una rosa rosada, concreción de alba, capullo de provenir, entre el bullicio de la literatura. Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente, es porque son un clamor continental. mañana podremos ser yanquis ( y es lo más probable); de todas maneras mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter”.

Antes, en este mismo Prefacio, leemos estas palabras que atañen a una de las bases de este comentario:

“El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España y tanto aquí como allá el triunfo está logrado. Aunque respecto a técnica tuviese demasiado que decir en el país donde la expresión poética está anquilosada a punto de que la momificación del ritmo ha llegado a ser un artículo de fe, no haré sino una corta advertencia. En todos los países cultos de Europa se ha usado el hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y sobre todo la minoría se asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de mis lectores, que la Evangelina de Longfellow está en los mismo versos en que Horacio dijo sus mejores pensares. En cuanto al verso libre moderno… ¿no es verdaderamente singular que en esta tierra de Quevedos y de Góngoras, los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid cómico y los libretistas del género chico?”

¿Cuál era el proyecto de Rubén Darío al idear este poema? Llevado a cabo de un modo apresurado, según la leyenda, sin embargo es un proyecto madurado desde el interior, proceso desde el cual se llegan a generar tanto poemas. El autor busca, si es que esto se busca y no se manifiesta de una manera natural, un tono profético; para esto nada mejor que una libertad compositiva que va a acercarnos a los libros proféticos de la Biblia, traducidos en versículos, creadores de un ritmo que tiene más que ver con unos signos transformados en símbolo de lo absoluto; el ejemplo más claro, El Apocalipsis de san Juan. En el caso de Rubén Darío esa búsqueda concluirá en la utilización del hexámetro que, tal y como lo emplea, y desde un punto de vista de la métrica castellana más clásica, está más cerca del versículo e incluso del verso libre, que será la forma más adecuada tanto para la retórica libre del profeta como para la versificación desde finales del siglo XIX de este tipo de composiciones. Respecto a esto, Pemán escribe: “el escritor que tenga <una idea> y que ande vacilando sobre si la transmitirá en prosa o en verso, o sobre si, ya en verso, la escribirá en este o en aquel metro, no ha sido visitado por una auténtica intuición poética”. Y es que lo intuitivo, lo irracional es la base de la creación de una profecía o de una auténtica proclama. Entra aquí la posibilidad de consumo de distintas sustancias psicotrópicas y, no hay que olvidar, la dipsomanía de un autor que, además, se pone a escribir a altas horas de madrugada después de una “intensa vida social”.

El hexámetro

En la “Historia de mis libros”, Rubén Darío afirma: “Elegí el hexámetro por ser de tradición greco-latina y porque yo creo, después de haber estudiado el asunto, que en nuestro idioma, malgré la opinión de tantos catedráticos, hay sílabas largas y breves y que lo que ha faltado es un estudio más hondo y musical de nuestra prosodia”. Pemán recuerda a otros defensores del hexámetro en la poética española como Esteban Manuel de Villegas, Sinibaldo de Mas, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Eusebio Caro. El mismo Rubén Darío había utilizado el hexámetro en “A Venus” en Azul…

Veamos un ejemplo de Esteban Manuel de Villegas (1589-1669) en sus Eróticas o amatorias, donde traduce odas de Horacio y Anacreonte, autores en los que también se inspira.

Lícidas y Coridón, Coridón el amante de Filis
pastor el uno de cabras, el otro de blancas ovejas,
ambos a dos tiernos, mozos ambos, árcades ambos.

El primer verso consta de diecisiete sílabas, con seis acentos en primera, cuarta, séptima, décima, decimotercera y decimosexta; por lo tanto, seis acentos que convierten el verso en hexámetro, formado por dáctilo-dáctilo-dáctilo-dáctilo-dáctilo-troqueo. El segundo verso consta de diecisiete sílabas; con seis acentos en segunda, cuarta, séptima, décima, decimotercera y decimosexta, por lo tanto, seis acentos que convierten el verso en hexámetro, formado por anfíbraco-dáctilo-dáctilo-dáctilo-dáctilo-troqueo. El tercer verso consta de quince sílabas, con acentos en primera, cuarta, séptima, novena, undécima y decimocuarta, por tanto un hexámetro formado por dáctilo-dáctilo-troqueo-troqueo-dáctilo-troqueo.

Rubén Darío está convencido de la existencia en español de silabas largas y breves; así que se hace necesario plantearse qué recursos tiene el castellano para imitar la versificación clásica grecolatina. Desde luego conocía lo metros latinos, pues era uno de los contenidos inexcusables en el sistema educativo de su época, más todavía en las escuelas de jesuitas, como aquella en la que estudio el futuro poeta. María Delia Buisel, en “Rubén Darío y la adaptación de la métrica clásica”, lo dice con toda claridad: “En un adolescente de oído tan receptivo se habrá fijado ese ritmo gracias a la escansión y lectura en voz alta de Virgilio, Horacio, Ovidio y otros grandes de la antigüedad, quizás leyó poco o no llegó a leer a Homero en su lengua, aunque alguna pizca de griego recogió según confesiones propias, pero nos vale la experiencia latina de la que estaba impregnado más de lo que suponemos”. Pensamiento que, de alguna manera, ya está reflejado en las palabras de Pemán: “La cantidad silábica, con relación exacta de uno a dos, entre la breve y la larga, es un artificio prosódico, residuo de la hermandad primitiva de música y poesía, para nosotros totalmente perdida. Fue en la poesía grecolatina, la dosis de música que se quedó adherida a la poesía al empezar ambas a separarse”. Afirmación concluida con estas de Andrés Bello (Opúsculos gramaticales I, 1890) citada por Pemán: “En castellano no hay de modo absoluto y musical sílabas largas y breves; hay, sí, sílabas más largas y más breves, pero en una gradación múltiple e inconmensurable, que las hace inútiles para elementos de un ritmo musical”. López Pinciano afirmaba en su Philosophia antigua poética (1596): “Consideraremos en los versos latinos el número de las sílabas que tienen y las partes adonde ponen los acentos, y haremos sus versos nuestros”. Al fin y al cabo, este es un proceso que ya comienza a manifestarse en latín hacia finales del imperio romano, circunstancia que habrá de marcar la diferenciación entre tónica y átona de las lenguas romances.

Con todo, nunca debemos olvidar la relación que se establece entre la lírica y la canción, más tomando en cuenta que, en algunos momentos de la historia literaria, el poema nace para ser cantando, así la irregularidad métrica deja de serlo para transformarse en musicalidad. Así se ve en el Renacimiento con obras teóricas como las de Francisco de Salinas, De musica (Salamanca, 1577) o Gonzalo Correas, Arte grande de la lengua castellana (1626). Estas indagaciones en torno a lo pentagramático de la poesía llegan a considerar la existencia de pies en la poesía castellana, con sílabas tónicas y átonas que corresponden a la pareja largas y breves. Esta organización en pies acentuales no cuantitativos, es la que pueden utilizar los poetas modernistas.

Abreviando la cuestión, en la métrica española, desde un punto de vista de cláusulas o pies podemos distinguir los siguientes (según resumen Pemán en el artículo que estamos utilizando como referencia para este comentario)

Tróqueo(Tónica-átona)(Cám-po)
Yambo(Átona-tónica)(Pas-tór)
Dáctilo(Tónica-átona-átona)(Lá-gri-ma)
Anfíbraco(Átona-tónica-átona)(O-lím-po)
Anapesto(Átona-átona-tónica)(Pe-des-tál)
Peánico(Átona-átona-tónica-átona)(Ca-ba-llé-ro)
Adónico(Átona-átona-átona-tónica-átona)(Mi-no-ri-tá-rio)

Aunque para Julio Cejador (La verdadera poesía castellana, 1921) todo ellos quedarían reducidos a troqueo y dáctilo, teniendo en cuenta la anacrusis de principio de verso.

Partiendo de que el esquema básico máximo de un hexámetro está formado por cinco pies dactílicos más el último troqueo, se suman un total de diecisiete sílabas. En este conjunto no es posible utilizar la prosodia del verso de arte mayor compuesto, es decir, el formado por dos hemistiquios que reducen a una medida simple el verso compuesto. Esta cantidad se acerca mucho a lo prosístico por su extensión, desde un punto de vista de la métrica más tradicional, anterior a la revolución plena del verso libre simbolista.

Emilio Huidobro (1879-1957), tanto en su obra Versificación (1924) como en los artículos póstumos publicado en el Boletín de la Real Academia Española, entre 1958 y 1960 acerca de “El ritmo latino en la poesía española”, acaba señalando tres características del hexámetro hispánico; desde ellas se abre todo un panorama métrico flexivo que supone una gran libertad en las posibilidades combinatorias silábicas. La primera de ellas es que el verso hexámetro en español tendrá entre trece y diecisiete sílabas. La segunda, es que presenta acentos obligatorios en la primera y la cuarta de las últimas cinco sílabas (Tónica-átona-átona-tónica-átona), con muchas posibilidades acentuales en las anteriores. La tercera, es una cesura o pausa mayor entre la quinta y la décima sílaba, de manera que (como es característico en los versos de arte mayor compuestos), el verso se divide en dos hemistiquios, el primero tendrá entre cinco y diez sílabas; el segundo entre seis y diez. Pemán llamó la atención, en concreto, sobre esto: “lo indudable es que la ley fundamental del hexámetro radica en la acentuación de ese quinario final como corrección y solución de una gran libertad previa. En general, la cláusula o las palabas finales del verso tiene una importancia fundamental para su constitución”; y esto es así porque “es una combinación vigorosa, natural y que responde espontáneamente al genio acentual de nuestra lengua”.

El hexámetro es un verso compuesto por seis pies, por eso también recibe el nombre de hexápodo. Su nombre técnico completo es hexámetro dactílico cataléctico. Es dactílico porque cada uno de sus pies es un dáctilo, teniendo en cuenta que el dáctilo contiene tres sílabas, la primera larga y las otras dos breves (-vv), aunque dos sílabas breves equivalen a una larga, de manera que el espondeo (–) también puede ser considerado desde un punto de vista de la duración como un dáctilo, pues dos sílabas breves (vv) son equivalentes a una larga (-). Es cataléctico porque el último pie del verso está formado por dos sílabas largas como es el espondeo (–), el cual, cuando esta métrica sea adaptada al español, se transformará en un troqueo (tónica-átona, -v), pues tal es la terminación del verso en español.

El origen del hexámetro hunde sus orígenes en los principios de la épica occidental en griego arcaico. con esta prosodia están escritas las obras de Homero (Ilíada y Odisea) y de Hesíodo. Fue la medida más utilizada en la cultura clásica. Se mantiene en la literatura en latín, tanto en la época de la Eneida de Virgilio o en la Farsalia de Lucano, como en la didáctica, De rerum natura de Lucrecio. Y se prolongará hasta la poesía bizantina del siglo VI.

La prosodia clásica, entendida como métrica centrada en lo fónico de los acentos y la cantidad distingue desde un punto de vista de la cantidad o duración del sonido vocálico de la sílaba entre sílabas largas y breves. Dos breves, en su tempo, ocupan lo mismo que una larga, por eso se puede producir la correspondiente equivalencia.

Básicamente, por ser las estructuras más repetidas, podemos distinguir entre pies espondeos (larga-larga, –), dáctilos (larga-corta-corta, -vv) y troqueos (larga-corta, -v).

Un hexámetro, partiendo de la definición antedicha presentará una medida de entre seis espondeos, doce sílabas, es el caso del hexámetro holoespondaico (–/–/–/–/–/–); a diecisiete sílabas, de cinco dáctilos y un espondeo final, este es el caso de un hexámetro holodáctilo (-vv/-vv/-vv/-vv/-vv/–). Sea cual sea la estructura, la duración no se altera. Por otra parte, cada hexámetro debe contener, al menos un dáctilo puro, de lo cual podemos deducir que el número mínimo de sílabas no será de doce, sino de trece. Más allá de estas estructuras básicas se pueden recordar otros como los versos ropálicos de Ausonio formados por palabras cuyas sílabas van aumentando a lo largo del verso

SPES, DEUS, AETERNAE,STATIONIS, CONCILIATOR

En el hexámetro áureo, el verbo ocupa la parte central y en las posiciones extremas, adjetivos y sustantivos.

Además de en pies, los hexámetros pueden estar divididos por dos o tres cesuras. La más frecuente es la penthemímera, después de la quinta sílaba

NOS PATRIAE FINES ET DULCIA LINQUIMUS ARUA

El hexámetro pasó a otras lenguas, en el caso de la española, la diferenciación entre sílabas largas y breves es sustituida por tónicas y átonas. 

En el caso de la “Salutación del optimista” de Rubén Darío, su primer verso presenta un hexámetro de cinco dáctilos más un último pie troqueo

Sigue el comentario

No pretendo realizar un comentario absoluto de la métrica en “Salutación del optimista”; ya lo hizo José María Pemán desde la finura del que busca un sentido a la musicalidad libre de Rubén Darío. Mi interés es, sin más, trazar un borrador de inquisiciones hacia su prosodia, como una muestra más de ese leer despacio e indagante que defendía Nietzsche; al fin y al cabo, Pemán lo expresa a la perfección en el colofón de su artículo: en pesquisas como esta “la fecundidad para la retórica verdadera y para el goce estético de este nuevo y total enfoque de la poesía que lo abarca y persigue, sin preterir etapa alguna en todo su itinerario creador, desde la intuición primera hasta la redacción final”.

Además, en el resumen que acompaña a su artículo “Rubén Darío y la adaptación de la métrica clásica” (2017), María Delia Buisel deja planteado a la perfección el asunto del hexámetro en la obra de Rubén Darío, en general, y en concreto para el poema al que dedicamos estas palabras: “No existiendo vocales largas y breves con diferencias cualitativas de timbre en castellano como en griego y latín sino vocales fuertes y débiles, a las que Rubén Darío equipara con largas y breves, el poeta logra un verso amétrico acentual de seis acentos internos que busca ajustar con los acentos propios de cada palabra; no se trata de un hexámetro o un pentámetro clásicos, pero su logro distendió las fronteras métricas del verso en nuestra lengua hasta límites impensados para una expresión genérica épico-lírica, apta para sus preocupaciones cívico-políticas”.

¿Cuál es la primera intuición que lleva a Rubén Darío a escribir este poema a altas horas de la madrugada después de un tiempo de fragua? Ante todo, escribir un poema de tono profético y épico de esperanza para la hispanidad. En cierta forma se inspira en las Bucólicas de Virgilio, en la Égloga IV, en el recuerdo de la sibila. La Sibila de Cumas anuncia el comienzo de una nueva Edad de Oro para la humanidad, un tiempo que será regido por Apolo, profecía que en algún momento, se ha interpretado como una anunciación de Cristo. Arturo Marasso en Rubén Darío y su creación poética (1934), señaló, así lo recuerda Pemán, que la prosodia escogida por el poeta para esta composición, tanto profética como épica, es muy adecuada para un deslumbramiento que se encuentra más en los signos que en la métrica.

Lo romano es un factor fundamental en el poema, ya desde la utilización del topónimo Hispania, por eso la utilización del hexámetro que busca enlazar con la tradición literaria de la clasicidad latina, alejada de otros elementos que caracterizaron la obra de Rubén Darío, como el exotismo y los brillos dieciochescos.

Comienza la “Salutación del optimista” con un perfecto hexámetro que, desde un primer momento, deja clara la voluntad, más vocación, clasicista virgiliana; este hexámetro manifiesta un vocativo cuyo referente es una serie de calificativos como son la fertilidad en el sentido de riqueza cultural, pero también de la potencia generatriz de la sangre fecunda hispana -escoger el nombre latino de Hispania también es sumamente significativo- unida por un espíritu fraterno que hunde sus raíces en la luz del alma. Ese saludo se completa con la interjección exclamativa de saludo “¡Salve!”, del latín ‘Ten salud’. Tanto este como el correspondiente “Ave”, también saludo, connotan a la vez que una cultura romana clásica, un ambiente de religiosidad cristiana que, a lo largo del poema cobrará su importancia.

Ese tiempo nuevo que se acerca estará marcado por nuevos himnos entonados en una lengua de gloria, una lengua celestial, sublime que es, desde un punto de vista político, el español; desde lo estético, el modernismo que en la segunda fase de la poética de Rubén Darío cobra nuevos visos. Ese vasto rumor de himnos gloriosos recitados en castellano se extenderá en ondas mágicas que manifestarán el renacimiento de una hermandad idiomática sumida en el desastre de finales de siglo y en el imperialismo yanqui que empobrece, todavía más, allá donde el águila planta su garras. Esa penuria es tanto el olvido como la muerte.

La regeneración, tan necesaria, se anuncia en el sueño de la sibila que, ya en tiempos de Virgilio, en sus Bucólicas, anunciase un tiempo nuevo, una Edad de Oro, por eso se trata de una profetisa beatífica, pues sus palabras pronuncian la bienaventuranza entendida como prosperidad tanto como felicidad humana; es el beatus ille horaciano que habrá de cumplirse en un futuro inmediato. Mientras que la caja de Pandora al ser abierta esparció la desgracia para el ser humano, ahora explotará con la luz divina y celestial de la Esperanza. No deja de ser interesante que en ese proceso misterioso, enigmático de la sibila se produzca una ambigüedad que iguala la mitología clásica romana a la cristiana porque desde un punto de vista de la connotación ciertos términos son ambivalentes. La presencia de lo mitológico griego vuelve a estar presente en la mención de ese Hércules calificado como “antiguo” que, por otra parte, también está relacionado con el pasado legendario de Iberia por sus correrías a lo largo de la península prerromana.

Tanta es la euforia de este optimista que proclama que pronto el amanecer se verá acompañado de la música triunfal de liras, instrumento que ya estaba en los inicios de la poesía y no sólo en la lírica, en la expresión de sus sentimientos, también en la épica arcaica de Homero.

El triunfo pasado que se hace necesario recordar en estos momentos de regeneración de lo hispánico cubre tanto tiempo como espacio y estos no son interpretados desde el característico espíritu del escapismo modernista sino como un recuerdo de una historia gloriosa extendida por el orbe que ha dejado abonados los huesos de sus héroes por dos continentes; América y Europa. Esta afirmación sitúa a Rubén Darío en el polo opuesto al crítico que negaba cualquier benevolencia al conquistador, destructor de ese ideal de locus amoenus que era América. Visión que se hace manifiesta en su poema “A Colón”, leído en 1892, con motivo del cuatricentenario del Descubrimiento de América, recogido en El canto errante de 1907.

La llamada a la esperanza exige una serie de imperativos que conducen a la negación de todo aquello que atenta contra ella en el futuro, sea la boca que predice desgracias eternas, los ojos que sólo contemplan funestos zodiacos; o en el presente, las manos que apedrean las ruinas ilustres, que son el recuerdo de la historia, que empuñan teas incendiarias o dagas suicidas; ¿por qué suicidas? ¿Quizá porque hacen brotar la sangre propia en el hermano? ¿Un recuerdo de la historia fratricida que han escrito Caín y Abel hispanos?

El tono profético, especialmente en la mitología judía, conlleva tanto la interdicción como el anuncio que consiste en leer los propios signos de los tiempos anunciadores de un apocalipsis para unos y de un resurgimiento para otros: las manifestaciones del ímpetu ctónico, la conmoción de las entrañas de la tierra que suenan a la inminencia de algo fatal; la caída de las águilas bicéfalas, imperialistas que en el caso de Rubén Darío bien podría ser las de “América para los Estados Unidos -perdón-, para los americanos”; porque las pieles de cordero caen y dejan al descubierto monstruos que no dudan en sacrificar en su propio nombre a los suyos mismos (siempre queda la duda razonable del auto sabotaje al volar el Maine). Pero no son cataclismos de oscuridad, sino de luz que alumbrará la faz del orbe y pondrá en movimiento la circulación de las savias dormidas del roble gigante bajo el cual los hijos de la loba se amamantaron, para ser el embrión de un imperio de cuya cultura es heredero lo hispánico.

La alocución del profeta va aumentando de tono y en su última pregunta no deja de haber un reto, no sólo hacia el enemigo exterior, sino también hacia el que desde dentro niega cualquier posible despertar, “¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?” Incluso en esa palabra “áptera”, un cultismo procedente del griego está presente esa voluntad clásica que en tantos momentos brota en el modernismo; puede tratarse de aquel ser ‘que carece de alas’ y la voz de esperanza de este profeta demuestra que no es así; o bien, ‘dicho de un edificio, especialmente de un templo clásico; que carece de columnas en sus fachadas laterales’, y las columnas sobre las que se asienta la cultura hispánica son firmes raíces que se hunden en el sustrato de lo romano antiguo, enriquecidas por una historia que puede ser criticable, pero nunca avergonzante.

La pasión por lo pretérito no está sólo en el tono profético del hebreo, ni en los mitos grecolatinos, ni en la luz de un cristianismo espiritualizado en luz que proviene del Oriente; también se encuentra en el exotismo arqueologista que llega con las menciones de Babilonia, Nínive, momias. Son los años de euforia en las excavaciones de Oriente próximo, aunque siempre se han encontrado tales ecos en la cultura judeocristiana de los salmos que recuerdan Babilonia como un tiempo de maldición. Esta mitología del pasado no está sólo en el levante; también allí hacia donde se esconde el sol cada anochecer; la noche de los tiempos donde duerme la Atlántida, el continente perdido que también fue visto como el germen del nacimiento de las culturas americanas; los atlantes que encontrarán su sucesor, como un Hércules pater, en el Caupolicán de ese emocionante soneto del mismo Rubén Darío.

La misión de este profeta no se queda en recordar un pasado que pudo ser glorioso o desastroso, ni en anunciar el futuro de destrucción o luz. Su misión está también en convocar en el presente a las fuerzas que han de actuar, “los vigores dispersos”, cuya unión ha de producir una energía ecuménica. Esta epifanía encuentra su potencia en esa sangre “fecunda de Hispania” en las nobles razas con dones que ya triunfaran en el pasado, ardiente espíritu; lenguas de fuego, porque la unidad de una comunidad deja de ser injusticia imperialista cuando sus individuos hablan una misma lengua que respeta las otras con las que convive.

La llamada a la esperanza supone, también, un ataque a los pesimistas que sólo ven el Desastre y no la posibilidad de una regeneración. Es una especie de convocatoria a la resiliencia avant la letre. Al centrarse en lo hispánico, Rubén Darío pierde la fuerza del hexámetro entendido en su pureza latina, si es que cabe hablar de tal, para acercase a un sentimiento de pura esperanza contemporánea. La intuición, en un momento de fragua, le lleva a la prosodia virgiliana, pero el trabajo consciente, desde la sentimentalidad, por supuesto, le conduce hasta su época; y así, el lenguaje lírico pasa a lo cotidiano de un reportaje de la actualidad o el mitin.

La libertad creativa le lleva al fluir de la conciencia y al recuperar temas característicos de su poesía brillante y modernista de su etapa anterior, esto es, al exotismo especialmente desde un mirada arqueologista. Recojamos al respecto este fragmento del texto de Pemán:

“Aquí tenemos su curiosidad por las viejas civilizaciones, de la que en <Divagación> dio una prueba frívola y leve. Una de las fuentes de sus evocaciones poéticas es en Darío la Biblia, que se sabe que solía leer en la versión de Cipriano de Valera, tan preferida de Menéndez y Pelayo, y en sus años últimos en el mismo texto latino de la Vulgata. Su poema <Visión>, incluido en el Canto errante, que se suele adjetivar de <dantesco>, puede también adjetivarse de <apocalíptico>. Sin embargo, esta Nínive y Babilonia que surgen impensadamente en su <Salutación> al lado de esa reina enterrada entre momias y piedras, tienen, a mi juicio, filiación más cercana. Darío vivía el final de una nueva hora de entusiasmo por la <poesía de ruinas>, que ya había tenido dos grandes momentos de favor: el prerromanticismo de Rousseau y el Renacimiento de Rodrigo Caro. Ahora las maravillosas excavaciones de Schliemann, su persuasión de haber hallado Troya y el sepulcro de los Átridas; la publicación de su apasionante libro Troy and its remains y su Mycenae había sacudido la imaginación de los artistas. D’Annunzio había escrito las deslumbradas páginas de La Citta Morta; Teófilo Gautier, antes, La novela de una momia. Había vuelto a un nuevo favor Piranesco -el <Piranesco babélico> de Darío, el soñador para Hugo de effrayantes Babels-y sus grabados de ruinas eran unos de los puntos de espiritual apoyo de los simbolistas y parnasianos, así como los viejos lienzos románticos de su imitador John Martin, autor, precisamente, de una Ruina de Babilonia y una Caída de Nínive. De estas fuentes actuales y sombrías vienen seguramente la Nínive y la Babilonia y la reina entre momias de Darío” (p. 327).

Cuando aparece mencionado Oriente en este poema, lo es desde una focalización nueva; tengamos en cuenta que para el escritor nicaragüense, Oriente, también, es el idioma español que llegó desde levante; y la luz del cristianismo, por supuesto. De nuevo, en palabras de Pemán: “Sabemos que el ruiseñor de Rubén volaba indeciso de la flor a <un clavo de Nuestro Señor>; sabemos que su alma, su psiquis vacilante, iba siempre como una mariposa en inciertos giros, entre la catedral y el templo pagano. Esta vez el ruiseñor y la mariposa, arrastrados por una ráfaga de entusiasmo español, han ido a parar al buen lado. Desde la catedral cristiana, desde el clavo de Nuestro Señor, es de donde ha visto Darío esa gran esperanza que anuncia a las <ínclitas razas ubérrimas>”.

La llamada del profeta a la salvación regeneracionista de la cultura hispánica desde el coraje irá abandonando la admonición y lo exótico para recogerse en un panorama bucólico como corresponde a lo virgiliano, en la defensa de una Edad de oro agrícola y pacífica, cosa que, desde luego, como se ha encargado de demostrar el tiempo, no iba a ser el siglo XX.

A continuación reproduzco el análisis métrico del poema realizado por María Delia Buisel en “Rubén Darío y la adaptación de la métrica clásica” (Revista de literaturas modernas, 47-1, 2017). En esta reproducción puede verse a la perfección la presencia de los hexámetros, que son analizados con profundidad en el artículo citado.

Ínclitas razas urrimas, //sangre de Hispania fecunda, 
Esritus fraternos //luminosas almas, ¡salve!. 
Porque llega el momento // en que habrán de cantar nuevos himnos 
Lenguas de gloria. // Un vasto rumor // llena los ámbitos; 
gicas ondas de vida // van renaciendo de pronto 
Retrocede el olvido, // retrocede engañada la muerte; 
Se anuncia un reino nuevo, // feliz sibila sueña, 
Y en la caja panrica, // de que tantas desgracias surgieron, 
Encontramos de bito, // talisnica, pura, rïente, 
Cual pudiera decirla // en sus versos Virgilio divino, 
La divina reïna // de luz, ¡la celeste Esperanza!. 
lidas indolencias, // desconfianzas fatales que a tumba 
O a perpetuo presidio, // condenásteis al noble entusiasmo, 
Ya veréis el salir// del sol en un triunfo de liras,
Mientras dos continentes, // abonados de huesos gloriosos,
Del Hércules antiguo // la gran sombra soberbia evocando,
Digan al orbe: // la alta virtud resucita 
Que a la hispana progenie // hizo dueña de siglos.
Abominad la boca // que predice desgracias eternas,
Abominad los ojos // que ven sólo zoacos funestos,
Abominad las manos // que apedrean ruinas ilustres,
O que la tea empuñan //o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus // en las entrañas del mundo,
La inminencia de algo fatal//hoy conmueve a la tierra; 
Fuertes colosos caen, // se desbandan bifalas águilas, 
Y algo se inicia como //vasto social cataclismo 
Sobre la faz del orbe. // ¿Quién dique las savias dormidas 
No despierten entonces // en el tronco del roble gigante
Bajo el cual se exprimió//la ubre de la loba romana? 
¿Quién seel pusinime // que al vigor español niegue músculos 
y que al alma española // juzgase áptera y ciega y tullida? 
No es Babilonia ni Nínive // enterrada en olvido y en polvo 
Ni entre momias y piedras //reina que habita el sepulcro, 
La nación generosa, // coronada de orgullo inmarchito, 
Que hacia el lado del alba // fija las miradas ansiosas, 
Ni la que tras los mares en // que yace sepulta la Atlántida, 
Tiene su coro de vástagos, // altos, robustos y fuertes. 
Únanse, brillen, secúndense, //tantos vigores dispersos; 
Formen todos un solo // haz de enera ecunica. 
Sangre de Hispania fecunda, //lidas, ínclitas razas, 
muestren los dones preritos // que fueron antaño su triunfo. 
Vuelva el antiguo entusiasmo, // vuelvael esritu ardiente 
Que regalenguas de fuego // en esa epifaa. 
Juntas las testas ancianas // ceñidas de ricos lauros 
Y las cabezas venes // que la alta Minerva decora, 
Alos manes heroicos // de los primitivos abuelos, 
De los egregios padres // que abrieron el surco prístino, 
Sientan los soplos agrarios // de primaverales retornos 
Y el rumor de espigas // que inició la labor triptomica. 
Un continente y otro // renovando las viejas prosapias, 
En esritu unidos, // en esritu y ansias y lengua, 
Ven llegar el momento // en que habrán de cantar nuevos himnos. 
La latina estirpe // vela gran alba futura: 
En un trueno de sica // gloriosa, millones de labios 
Saludarán la espléndida //luz que vendrá del Oriente, 
Oriente augusto en donde // todo lo cambia y renueva 
La eternidad de Dios, // laactividad infinita. 
Yasea esperanza // la visión permanente en nosotros. 
¡Ínclitas razas urrimas, //sangre de Hispania fecunda!

Para finalizar, voy a realizar una medida de algunos de estos versos desde las reglas generales prosódicas de la poesía española para que, de este modo, se puedan comparar los resultados.

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda

Este verso está formado por dieciocho sílabas naturales. Como termina en palabra llana, esas sílabas permanecen. Desde ahí, en primer lugar, aplicamos la norma que corresponde a los versos de arte mayor compuestos; de manera que el verso se divide en dos hemistiquios. El primero de ellos termina en palabra esdrújula, de manera que las dos últimas sílabas se transforman en una sola. En segundo lugar; vemos que en la posición once se produce una sinalefa. El resultado es un verso de dieciséis sílabas dividido en dos hemistiquios de ocho.

Desde un punto de vista de los pies acentuales; este verso está formado por seis pies, un hexámetro con la siguiente estructura: dáctilo-dáctilo-troqueo/dáctilo-dáctilo-troqueo. Comparemos con el que desarrolla Buisel: Ínclitas razas urrimas, //sangre de Hispania fecunda.

En espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,

Este verso está constituido por diecinueve sílabas naturales y acaba en palabra llana. Se producen dos sinalefas en las posiciones cinco y trece. También podríamos considerar la fusión de doce y trece “tuyan” (las sílabas pasarían a ser dieciséis con posibilidad de organizar dos hemistiquios de ocho más ocho, aunque no es un resultado muy explicable por la aplicación de la norma de aguda a final de hemistiquio). Aunque, por el número de sílabas es un verso de arte mayor compuesto, es muy difícil decidir dónde se produce la cesura del primer hemistiquio. Podríamos considerar que está formado por dos hemistiquios, el primero de ellos de siete sílabas, el segundo de diez, pero resulta verdaderamente extraño, lo que, de alguna manera, nos indica que el autor se está rigiendo por unas características rítmicas diferentes a la normativa general. En realidad los acentos de este verso son cinco, que pueden convertirse en seis con la tonificación de la primera sílaba, una preposición, tal y como hace Buisel para organizar esta estructura de hexámetro:
En esritu unidos, // en esritu y ansias y lengua

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Ir a La Habana de Leonardo Padura

Ir a La Habana es un recordatorio de una ciudad que hemos ido conociendo a lo largo de todas las obras de Leonardo Padura, especialmente con el ciclo de novelas protagonizados por Mario Conde, policía, comprador de libros y escritor. De esta colección de textos publicados en 2024 he escogido un par de fragmentos con el interés que me lleva, desde La Mansión del Gaviero, de acercar la interpretación literaria a todos aquellos que sentimos lo poético como parte esencial de la condición humana.

Leonardo Padura. Il. D´Gioko.

Sumergidos en ese panorama de desoladores contrastes, mientras avanzamos por un sendero que siempre recuerda (y cada vez más) a la carretera postbélica de Cormac McCarthy y que conduce al mundo de las últimas cosas de Paul Auster, seguimos escuchando los discursos triunfalistas dichos en neolengua del Gran Hermano, arengas que pretenden borrar memorias incómodas y ocultar el rigor del presente tras una misma y cansada retórica, prometiendo incluso que el próximo año (así se anuncia cada diciembre) va a ser mejor. Pero la realidad más concreta y palpable es que el país se vacía mientras tanta gente escapa hacia cualquier destino más allá del Malecón y mi espacio urbano se torna cada vez más ajeno y agónico, más violento, más rico para algunos y más pobre para muchos.

Si el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro, el misterio habanero es que la ciudad, a pesar de todos esos pesares, sobrevive y, orgullosa de su historia y su prosapia, de sus bellezas patentes, sigue siendo el sitito al que muchos quieren ir, en que otros muchos empecinados queremos estar, a pesar de todos los pesares, que son muchos. Y en mi caso -que también debe de ser el de otros- porque es el lugar donde soy y estoy.

La narrativa de Leonardo Padura se asienta en un mundo en el que la literatura tiene un carácter casi absoluto. Pensemos en la relación del policía Mario Conde, reconvertido en comprador y vendedor de libros y en escritor; o en La novela de mi vida en la que el poeta José María Heredia alcanza un protagonismo tan esencial para la configuración de lo cubano. En esto está la clave de tantas obras de Padura, la indagación en los laberintos históricos y en la realidad cultural de La Habana para alcanzar un pergeño de descripción de una condición de la que el autor se siente orgulloso “ser cubano”, tan evidente también en los ensayos recogidos con el título de El viaje más largo (1984) o Agua por todas partes (2019). Ese acercamiento a la realidad, desde la observación y las vivencias, desde luego, pero también desde la literatura, teje un panorama de intertextualidad evidentes en el primer fragmento escogido.

¿Qué cosa es eso de las intertextualidades? (Esto va para aquellos de mis alumnos que se acercan a La Mansión del Gaviero para conocer algunos aspectos de la literatura que en las clases quedan sólo en balbuceo).

Leemos en el Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria de Angelo Marchese y Joaquín Forradellas: “La intertextualidad es <el conjunto de las relaciones que se ponen de manifiesto en el interior de un texto determinado> (M. Arrivé, Problèmes de sémiotique), estas relaciones acercan un texto tanto a otros del mismo autor como a los modelos literarios explícitos o implícitos a los que se puede hacer referencia”. El origen de este concepto se encuentra en la estética de la novela de Mijail Bajtin.

Lo más interesante de este principio, que también es lo emocionante del hecho literario, es cómo amplía la experiencia del lector hasta unos límites cuyo horizonte se muestra tan lejano y, a la vez, tan sugerente que una vida no es suficiente para alcanzarlo, por fortuna, porque así no llegaremos al decaimiento espiritual que supone ese verso de Mallarmé “ya he leído todos los libros”.

Desde el origen de su escritura, Padura mantiene un diálogo constante con lo literario. En 1984 publica Con la espada y con la pluma, comentarios al Inca Garcilaso de la Vega, que fue su tesis; pasando por Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (2002), una de las obras que más me han enseñado a la hora de ver cómo desde la realidad se alcanza la maravilla que, al fin y al cabo, se encuentra latente en lo cotidiano. Hasta Yo quisiera ser Paul Auster. Ensayos selectos (2015); en el texto de presentación de esta leemos “A manera de prólogo: escribir en Cuba en el siglo XXI (Apuntes para un ensayo posible)”: “Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo”.

Vayamos ahora al texto de un principio. Ahí se localizan las intertextualidades de Paul Auster (El país de las últimas cosas, 1987), Cormac McCarthy (La carretera, 2006), 1984 de George Orwell (1949). Todo ello un acercamiento desde la distopía al futuro de la humanidad, un mundo en el que lo esencial es la búsqueda de la muerte como máxima aspiración de la existencia; un periplo por una carretera que recorre un paisaje apocalíptico en que se cumple aquella aseveración, en un principio moral, de Hobbes de que el Hombres es un Lobo para el Hombre, ahora literal. Tengamos en cuenta que el capítulo al que pertenece este texto se titula “Apocalipsis now”, escrito para Ir a La Habana y acompañado de un fragmento que sucede en 1989 de Paisaje de otoño. (1998); así pues, otra intertextualidad, pues Apocalipsis Now es una película dirigida en 1979 por Francis Ford Coppola, basada en la novela El corazón de las tinieblas (1899) de Joseph Conrad; ni en un caso ni en otro de estos dos últimos nos encontramos con distopías, sino con crueles realidades de la guerra de Vietnam y del colonialismo belga, mejor de Leopoldo II de Bélgica, en el Congo.

Leonardo Padura se fija especialmente, por lo que se refiere a la novela de Orwell 1984 en dos elementos que, por desgracia, se han cumplido en el devenir de la historia contemporánea, en un mundo al que seguramente los historiadores dentro de cien años bautizarán con un nombre diferente, y no muy positivo, para esta era marcada por el desasosiego, la desilusión, la falta de compromiso, la hipocresía y especialmente por la existencia del Gran Hermano y de la Neolengua. En un escritor, compañero filólogo como Leonardo Padura, no podría ser de otro modo, pues para todos los que hemos recorrido el camino de la Filología, ese leer despacio que decía Nietzsche, las palabras nunca son inocentes cuando son dichas por aquel en cuyo interior germina la mala intención, o por el que pronuncia discursos triunfalistas o por el que se escuda en un mundo marcado por un anquilosado patriarcalismo para justificar su comportamiento de maltratador. El concepto de neolengua del gran hermano tiene un protagonismo especial en alguien que ha hecho de la palabra su oficio. Así revela cómo la palabra puede representar la verdad -eso es Ir a La Habana– y anunciar un futuro que desde una base literaria existencialista desvela la distopía; o, hecho retórica discursiva, dirigida por el homo políticus, se transforma en la mentira que ensucia la arenga del Gran Hermano. 

Hay algo también en este texto que resulta especialmente destacable para los lectores de Leonardo Padura, es la descripción de su paisaje, su territorio. Aquí ya no es la literatura quien dirige la orquesta de los signos sino el mundo habitado hasta en sus más pequeños detalles; su frontera es el Malecón de La Habana como frontera desde la que “tanta gente escapa hacia cualquier destino más allá”. 

El compromiso del autor con este mundo no puede decirse más claro: “Mi espacio”, la ciudad que progresivamente se acerca a la agonía. Aquí yo quisiera entender esta palabra desde su sentido etimológico como “lucha”, y no tanto como los estertores que anuncian la muerte; porque es la única posible agonía que dignifica, la que hace que sigan en el combate de la supervivencia aquellos que habitan la violencia de un sistema injusto en el que los pobres lo son cada vez más. Quizá me esté poniendo demagógico, pero me gustaría pensar que desde su espacio urbano, Leonardo Padura está enviando un mensaje de resistencia ante la injusticia; esta es otra de esas grandezas de lo literario; ahí está el milagro de vivir.

En apariencia, desde lo semántico, el texto se encuentra connotado desde conceptos negativos de una realidad “concreta y palpable”: “sumergidos, desoladores, carretera postbélica, últimas cosas, discursos triunfalistas, neolengua del Gran Hermano, arengas, memorias incómodas, ocultas, rigor del presente, cansada retórica, un país que se vacía, la gente que escapa, los muchos pesares, violento, vacío, ajeno, agónico”. En contraste, lo esperanzador: “El próximo año va a ser mejor, el Malecón, Mi espacio urbano, el milagro cubano, los cubanos, vivir de milagro, el misterio habanero, sobrevivir, orgulloso de su historia, prosapia y patentes bellezas”.

En el texto nos encontramos con una progresión que comienza en la amargura de la distopía, para llegar a la descripción de la realidad contemporánea e impulsarse a la esperanza (aquí se encuentra buena parte de la literatura de Leonardo Padura), a la melancolía agridulce del recordador y a la ética del resistente que defiende la dignidad de la vida, compromiso que se encuentra en Mario Conde, el cual se hizo policía para que los hijos de puta pagasen por sus actos.

Así, el texto no puede acabar más que en esas dos afirmaciones que son dos verbos que al unirse manifiestan la ontología del “soy y estoy”, que transcienden la mera defensa que el autor hace de La Habana desde la creación de un hermoso paisaje literario.

Este fragmento corresponde al principio del capítulo “Yarini, el rey. Vida, pasión y muerte del más célebre proxeneta cubano”, es un texto publicado en 1988.

Se veía caminar por una línea de ferrocarril que atravesaba un túnel angosto y húmedo, cuyo final le parecía estar siempre al alcance de la mano. Pero, mientras avanzaba, su desesperación crecía y la ansiada salida se le hacía cada vez más remota. Sudaba y sentía en su nariz el aroma de los musgos violáceos que colgaban de las paredes del túnel. Y por fin apareció un tren desbocado y negro que le apuntaba con la potente luz de su reflector; se lanzó entonces en la carrera más urgente de su existencia, mientras el tren se aproximaba hasta quemarle las espaldas. De pronto la vio: la rana parecía dormir sobre una de las traviesas de la línea y él trató de no pisarla. Su pie, sin embargo, fue a posarse justamente sobre el lomo viscoso del animal y cayó bajo las fauces del tren que…

Se despertó. Volvió a cerrar los ojos esperando a que su respiración se normalizara. En sus veintitrés años de vida había soñado en contadas ocasiones y se alegraba de tener pocos tratos con ese mundo intangible de la inconsciencia; desde que tenía uso de razón, sus sueños habían gozado de un realismo desorbitado y, generalmente, tétrico. Pero la pesadilla angustiosa de aquella mañana había sobrepasado todos los límites, y trató de explicarse el significado de aquella premonición de muerte.

El elemento más importante a la hora de comentar este texto es la presencia de un campo léxico que va a resultar muy sugerente desde la interpretación simbólica característica a la hora de buscar un significado en los productos del mundo de los sueños.

El narrador, de carácter omnisciente, está focalizando la historia desde el pensamiento del protagonista, desde el mundo onírico de este, así pues podríamos decir que es falsamente omnisciente, más bien se trata de un narrador autobiográfico que se escuda en la tercera persona verbal.

La literatura onírica se nutre de imágenes; las palabras en sí mismas, aunque sean los constituyentes de esas, no son las que alcanzan un significado pleno a la hora de analizar su valor connotativo. Lo onírico es una presencia que nos lleva hacia el mundo de lo real maravilloso que el propio Leonardo Padura analizó en Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso. Esta estética está relacionada con la interpretación del mundo desde la manifestación de un inconsciente muy profundo que puede llegar a transformar lo cotidiano en un mensaje de lo transcendente. Recordemos esas premoniciones que, en forma de pinchazos en el pecho, marcaban la ruta que el investigador Mario Conde debía seguir cuando buscaba aclarar un homicidio y parecía encontrarse en un callejón sin salida. A ello hay que unir también las referencias al mundo de las creencias afrocubanas, sobre todo, desde las que se origina una ambigüedad que en la palabra narrativa queda como un matiz, como un eco que sitúa al lector en la frontera entre lo real y el misterio.

En un primer momento en el texto nos encontramos con una carencia de información que supone la posibilidad de una mayor implicación por parte del lector; no sabemos quién es ese personaje perseguido por un tren e identificado por una tercera persona, él; y desde tal generalización, el desasosiego puede llegar a quien lee como si fuese un sueño propio, pues el mundo onírico somos, a la vez, voyeurs y protagonistas.

¿Cuáles son las imágenes que narran el sueño ficticio de Yarini? Quiero ahora recordar que lo onírico es una de las fuentes indiscutibles de la poesía:

Caminando por una línea de ferrocarril,
cuando atravesaba un túnel angosto y húmedo.
El final parecía al alcance de la mano,
pero, al avanzar, crecía la desesperación;
la ansiada salida era cada vez más remota. 
Sudaba. En su nariz sentía el aroma
de los musgos violáceos que colgaban
de las paredes oscuras.
Aparece un tren desbocado, negro,
que le apunta con la luz potente de un reflector.
Comenzó la carrera mas urgente de su existencia,
el tren se aproximaba hasta quemarle las espaldas.
De pronto,
una rana que parecía dormir sobre una traviesa.
Trató de no pisarla.
Pero su pie se posó sobre el viscoso lomo del animal
y cayó bajo las fauces del tren que…

Vamos a fijarnos en ciertos elementos, como si estuviésemos ante un fragmento lírico que actuase por la sugerencia de las imágenes convertidas en símbolo.

Llama la atención, en un primer momento, el contraste entre la oscuridad y la luz. Tradicionalmente, esta es un símbolo positivo que, sin embargo, se ve transformado aquí en un condensador de angustia. Al inicio, la línea del ferrocarril no supone congoja hasta que se materializa el tren. Como todo camino trazado en la horizontalidad, señala una ruta, que en este caso es la vida; pero, como en ese momento los carriles cruzan un túnel angosto y húmedo, lo ominoso comienza a contaminar una realidad que, en principio era neutra. Este es uno de los recursos del realismo mágico, mediante el cual algo que es cotidiano se acaba transformando en amenazante. Para aumentar el malestar de lo que está sucediendo, surge un final que parece estar al alcance de la mano, que es como un apoyo en la necesidad de recorrer el territorio de lo terrible. Pero se manifiesta la desesperación típica del sueño en el que el andar no implica avanzar, sino la ansiedad de una salida más y más remota que va acompañada del sudor y del aroma en la nariz de musgos violáceos.

No siempre los sueños aparecen dotados de la sensorialidad del color, así que cuando este aparece, unido, además, a lo olfativo es porque adquiere una importancia simbólica; más allá de la sinestesia que funde aroma y color.

Lo violáceo supone la fusión del azul de la ensoñación con el rojo que puede ser la violencia de la sangre vertida. Así que, violeta como sentido de lo misterioso, de la pasión y de la muerte, de la melancolía; el color del cordón que une cuerpo y alma, hasta que es cortado en el momento de la muerte.

El motivo de la ansiedad es un tren desbocado y negro, negro sobre negro, la suma oscuridad de la muerte que se produce en un sueño con los párpados cerrados, aunque disponga de un potente reflector que, curiosamente, se sitúa a la espalda del soñante como antónimo de la luz que ilumina el horizonte más allá de la oscuridad que se ha de cruzar en el momento definitivo. Además se trata de un monstruo, por las fauces que transforman al tren en un ser devorador de la vida.

¿Por qué una rana? Un ser anfibio, viscoso que en la mitología japonesa es protectora del viajero; y en Egipto, como diosa Heket o Hiqut, es la representación de la eternidad y la inmortalidad. Pero más allá de lo que todos estos símbolos insinúan, la pesadilla se queda en el angustioso despertar de unos puntos suspensivos.

En 1919, Sigmund Freud definió lo ominoso, Unheimlich, como algo que está destinado a permanecer oculto, pero que sale a la luz originando una idea terrorífica, por lo angustioso y lo extraño perturbador porque está relacionado con esa pulsión esencial que es la muerte. Sentimientos que se encuentran presentes en algunos textos como Los elixires del diablo o “El hombre de arena” de E.T.A. Hoffmann, y que, desde un punto de vista del soñador que padece esta pesadilla van a ser definidos desde conceptos como el mundo intangible de la inconsciencia, el realismo desorbitado y tétrico de los sueños, la pesadilla angustiosa que sobrepasa los límites y la premonición de muerte.

Desde un punto de vista narrativo, los sueños son un recurso importante de prolepsis, es decir, de percepción por adelantado de unas experiencias que están por llegar para el personaje, en este caso también narrador desde una falsa tercera persona, tan omnisciente que corresponde con su pensamiento.

Con este principio, el artículo “Yarini, el rey. Vida, pasión y muerte del más célebre proxeneta cubano” se aproxima a lo narrativo; de hecho, la vida de Alberto Yarini va a cruzarse con las andanzas de Mario Conde en Personas decentes (2022) y es que, como ya se ha dicho, vida, paisaje y literatura van unido en la obra de Leonardo Padura.

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Después del paraíso de Luis Alberto de Cuenca

Después del paraíso es una obra publicada en 2021 (Visor, Palabra de Honor, Madrid); contiene poemas escritos entre 2018 y 2021. En la “Nota del autor”, preliminar, Luis Alberto de Cuenca señala acerca del título, y las palabras valen para el texto que vamos a comentar en primer lugar:

Luis Alberto de Cuenca. Il. D´Gioko

“Después del paraíso, cuando la serpiente se salió con la suya haciendo que nuestra madre primigenia -Lucy la llaman los paleoantropólogos- comiera del fruto prohibido, las cosas no les han ido bien a los seres humanos. Demasiadas preocupaciones, demasiadas angustias, demasiadas desilusiones para tan pocos años de vida. La poesía es una de las consecuencias de nuestro destierro de aquel edén de delicias interminables del que, por desgracia, fuimos expulsados sin revisión posible de causa ni posibilidad de regreso. De ahí que, como todo lo que acompaña a nuestra especie desde que Yahvé o los Olímpicos (elija cada uno lo que mejor le cuadre) decidió o decidieron dejarnos de su mano y condenarnos a enfermedad y muerte, la escritura poética nos esté recordando que hubo un tiempo con mayúscula en que fuimos felices, aunque fuese tan solo por un rato”. 

Luis Alberto de Cuenca nació en Madrid en 1950, cronológicamente pertenece a la generación denominada de los Novísimos. El año 1971 aparecieron versos suyos en la antología Espejo de amor y de muerte (que emparenta con el poema que comentaremos más adelante) y, ese mismo año, publicó su primera obra Los retratos, la cual no ha acompañado a las diversas ediciones de su poesía completa Los mundos y los días. A partir de esta fecha, los versos de Luis Alberto de Cuenca van recorriendo el tiempo de la literatura española, con una serie de características que se extienden desde la búsqueda de la belleza -¿qué poesía no lo es en algún momento, como ejemplo de una de las actitudes que dignifican la naturaleza humana?- hasta la pasión por lo cultural que llevará a sus textos a enraizarse con la más profunda tradición clásica, pero no para apartarla del lector sino para abrir galerías que se recorren desde el gozo de la musicalidad y del acercamiento a lo mítico, que también es una manera de aproximarnos a nosotros mismos, alejándonos de un mundo esquizofrénico, cruel y materialista en el que ni los placeres oníricos pueden quedar a salvo del ojo del gran hermano, que no sólo es el voyeur en su máxima potencia, sino también el censor en el grado de sumo sacerdote de una sociedad hipócrita, sin cultura y también desculturizada.

“Tres mujeres”

El paraíso, la poesía y, en “Tres mujeres”, el sueño como territorios de felicidad, no exentos del buitre unamuniano, o del animal interior que nunca deja ser feliz, como cantaba el llorado Franco Battiato, o del censor moralista estoico que no admite los placeres y recuerda que la carne es ruina, sin embargo, tal y como predicó Quevedo, hasta las cenizas tendrán sentido, pues serán polvo resultado del incendio provocado por el dios de la pasión.

Tres mujeres

He soñado que andaba pastoreando
mis rebaños al pie del monte Ida
cuando las vi. Eran tres, a cuál más guapa,
y me pedían que dictaminase
quién era la más bella. Yo no pude
articular palabra, confundido
como estaba ante un sueño tan helénico,
tan sicalíptico y tan mitológico,
y ellas reían, viéndome tan tímido,
y se pavoneaban, encantadas
de haberse conocido. Rompí entonces
mi silencio y les dije: “No sabría
decidir quién me gusta más de todas.
Me quedo con las tres”. En ese punto
del sueño me encontraba cuando supe,
no sé cómo, que aquellos monumentos
no eran más que envoltorios fantasmales
y que debajo de sus aparentes
hermosuras no había más que humo,
polvo, ceniza, sombra. Y desperté.


Esquema métrico.

Esquema Métrico. Antonio Joaquín González.

En las casillas sombreadas podemos situar las sílabas pronunciadas enfáticamente en el desarrollo rítmico del poema, que así, gráficamente, se hace más evidente.

Estos versos son endecasílabos, metro que se comienza a mostrar en la literatura castellana en la Edad Media; con ejemplos en los dísticos que concluyen los exempla de El conde Lucanor; ya antes los había utilizado Alfonso X el Sabio en sus Cantigas a la Virgen en galaico-portugués; también la Cantiga en loor de la Virgen escrita por Juan Ruiz. O, ya en el siglo XV, en las obras de Francisco Imperial y el Marqués de Santillana, que intentó adaptar las modalidades del endecasílabo italiano a la poesía castellana. Pero será en el Renacimiento, con el compromiso de Juan Boscán y de Garcilaso de la Vega, cuando esta medida de once sílabas pase a ser una de las más importantes de la literatura española, mantenida a lo largo de los siglos y evidente en el poema que estamos comentando.

“Tres mujeres” está compuesto por veinte versos endecasílabos. El recurso métrico más utilizado, como puede comprobarse en el esquema de más arriba es la sinalefa (versos 1,3,7,8,9,11,12,15,16,17,19,20). En el verso 2 podría haberse dado la sinalefa Monte-Ida, pero hubiese trastocado la medida del endecasílabo (una muestra más de cómo la sinalefa no siempre es necesaria, ni obligatoria). Encontramos tres versos esdrújulos consecutivos (7,8,9) y uno agudo (20), el último, que permite un cierre en consonancia con el argumento del poema como expresión de un sueño que acaba en lo abrupto del despertar. Todos los endecasílabos aparecen con sílabas enfáticas en sexta y décima (la penúltima de la versificación española siempre ha de ser tónica). Las posiciones silábicas con más acentos son: octava (con 12) cuarta (con 9), primera (con 8) y tercera (con 7). Desde un punto de vista de la modalidad del endecasílabo, el más representado es el sáfico, con nueve versos (3,4,5,6,8,9,10,19,20) con el tiempo marcado en cuarta, sexta y octava; el melódico, con siete versos (1,2,7,12,13,17,19), marcado en la sílaba tercera y sexta; el heroico, con tres versos (14,15,16), en segunda y sexta; y el enfático, con uno solo, el 11. 

Comienza este sueño hecho poema, lo onírico es una de las fuentes de la que brota la poesía, en un ambiente más pastoril que eglógico, pues no es tanto el paisaje como lo narrativo lo que aquí importa. El autor, pues es su sueño, aunque uno no sea dueño de lo que sueña, que como pastor conduce su rebaño por las faldas del monte Ida. Realidad que va a verse transformada en maravilla por la presencia de las tres mujeres. ¿Sabría Paris, en su mito, que se encontraba ante tres diosas?

El caso es que el soñador de mitologías se encuentra en ese territorio por el que anduvo también Alejandro-Paris, cumpliendo con sus labores bucólicas; allí aparecen las tres mujeres que le van a poner en el compromiso de dictaminar, como en concurso de belleza; decisión más que complicada, tal y como deja clara esa primera exclamación “a cuál más guapa” y continuada en la confusión, en la imposibilidad de articular palabra, resultado que podría acabar en pesadillesco si no fuese por lo helénico, sicalíptico y mitológico.

¿Cuándo la mitología ha sido sicalíptica sino en la contemplación de la mente estrecha de una fanático negador de la maravilla de la carne? No es este el caso de Luis Alberto de Cuenca. Lo erótico de este sueño, de un tímido exacerbado, ante tres bellezas que se pavonean ante él, no encarnizadas ante el deseo de conseguir la manzana trofeo para la más bella, sino encantadas de haberse conocido.

Hasta ahora, el contemplador se ha mantenido en su tímido silencio para expresar, como corresponde a su condición, que no sabe decidir, no quién es la más hermosa, sino cuál es la que más le gusta. ¿En qué momento se ha transformado este juicio de Paris en un flirteo por parte de las tres mujeres? La modernización onírica del mito lleva a la osada afirmación del soñador: “Me quedo con las tres”, y el erotismo se transforma en un sueño pornográfico, si se hubiese mantenido.

Sin embargo, las fantasmales imágenes del deseo, algunas veces cumplidas en los sueños, van a borrarse por efecto no tanto del despertar, como por el férreo control de una mirada estoica de la existencia, que conduce a que aquellas monumentales mujeres sean vistas como meros envoltorios fantasmales, apariencia de hermosura bajo las cuales sólo hay “humo, polvo, ceniza y sombra” (tópico que desde la poesía griega llegará a Góngora). También aparece en otro poema de Después del paraíso, “Tu triste imagen” en el cual, la aparición en sueños del padre fallecido acaba en este alejandrino: “como si fuese viento, sombra, ceniza, nada”.

El censor moral impide el cumplimiento del deseo, a manera del director de un ejercicio espiritual ignaciano que lleva a un despertar que no es iluminación, sino mera vuelta a la realidad. Este juego entre la realidad y el deseo que consigue manifestarse en el paisaje y el tiempo de la fantasía, cuando parece que va a triunfar el segundo, aunque diversas circunstancias conducen a su fracaso, es un recurso utilizado con cierta frecuencia en la poesía de Luis Alberto de Cuenca; porque la realidad, sólo en apariencia triunfa; al fin y al cabo, el disfrute de tal panorama mitológico ha sido, por más que quede en un sueño, en cenizas, en sombras, pero nunca en nada, pues ahí queda el poema.

La historia de Paris y el juicio de las tres Diosas
(Desde Los mitos griegos de Robert Graves)

Paris, hijo del rey de Troya Príamo y de su esposa Hécate o Hécuba, nació entre los ecos de una profecía pronunciada por Ésaco (también hijo del soberano troyano): “La troyana de la casa real que hoy dé a luz un niño debe ser destruida, y también su hijo”. Príamo no pudo llevar a cabo tal sacrifico y se dejó convencer para que entregase al recién nacido a Agelao, el jefe de sus pastores, el cual abandonó al bebé en el monte Ida, donde fue amamantado por una osa. Cinco días después, Agelao pasó por aquel paraje de nuevo y, al ver tal portento, decidió llevarse al niño metido en su zurrón (de aquí el nombre de Paris, pues su nombre real era Alejandro), a su casa, para que se criase junto a su propio hijo. Para justificar ante Príamo que la orden de asesinato había sido cumplida, Agelao le llevó la lengua de un perro.

Pronto se hizo evidente que Paris pertenecía a noble alcurnia, por su belleza, su inteligencia y su fuerza. Siendo niño derrotó a una banda de ladrones de ganado (parece mentira que sus hazañas, tal y como se retratan en la Ilíada fuesen más bien las de un cobarde). Estos rasgos le llevan a ser escogido por Enone, una ninfa hija del río Eneo, como amante. Ambos compartían las horas en las que el pastor cuidaba los rebaños que no eran suyos, pues era poco más que un sirviente. Uno de los entretenimientos pastoriles de estos amantes era hacer que luchasen entre sí los toros; al vencedor lo coronaban con flores y al perdedor con paja. El toro victorioso fue presentado para combatir contra los de otras manadas. Como premio se pondría una corona de oro en la testuz del vencedor. Ares se metamorfoseó en toro, venció y Paris, sin dudar, le entregó la corona de la victoria. Todo esto fue contemplado por los dioses desde el Olimpo y esta fue la razón por la que Zeus decidió elegirlo como árbitro en la justa entre las tres diosas.

Paris pastoreaba el ganado en el Gárgaro, la cumbre más elevada del Ida, cuando Hermes le entregó una manzana de oro con la cual habría de premiarse la mayor belleza de una de las tres diosas que le acompañaban, Hera, Atenea y Afrodita.

Paris, haciéndose el pastor ignorante, intentó rehuir el compromiso de proclamar algo para lo que decía no estar capacitado, aunque en sus brazos ya había disfrutado del cuerpo de una ninfa, “¿cómo puede un simple pastor como yo hacerse árbitro de la belleza divina?” Pero es una orden del propio Zeus, así que la excusa no es aceptada por Hermes, el mensajero de los Dioses y el símbolo del saber oculto, no consiente en la posibilidad que ofrece el muchacho, repartir la manzana entre las tres beldades. Ante todo, Paris quiso asegurarse de que las dos diosas que no alcanzasen el galardón no se vengarían de él. Así lo acataron ellas; no tomarían represalias. 

Con aparente inseguridad, Paris le preguntó a Hermes: “¿Bastará juzgarlas tal como están o deberán desnudarse?” Pero las reglas deben ser puestas por el juez elegido, así que las diosas tendrán que desvestirse. La divinas comenzaron a despojarse de sus ropajes. Afrodita no tardó en estar lista, para algo es la divinidad del amor pasional. Atenea exigió que se quitase el ceñidor maravilloso que hacía que todos se enamorasen de quien lo llevaba puesto. Afrodita, con cierto enfado consiente, no sin antes decirle a Atenea que se quitase su yelmo, pues “estás espantosa sin él”.

Paris quiso estar a solas con cada una de las diosas desnudas; el tímido pastor se fue liberando de su aparente embarazo ante las beldades. Primero Hera, y basándose en Ovidio, Luciano e Higinio, Robert Graves pone en boca de ella estas palabras: “Examíname concienzudamente, -dijo Hera mientras se daba vuelta lentamente y exhibía su figura magnífica-y recuerda que si me declaras la más bella te haré señor de toda el Asia y el hombre más rico del mundo.

Pero Paris se presenta como insobornable. Después, Atenea le ofrece la posibilidad de triunfar en todas las batallas y el ser el hombre más bello y sabio entre todos. Tampoco esta promesa es aceptada.

Llega el turno a Afrodita. “Se acercó a él despacio y Paris se ruborizó porque se puso tan cerca que casi se tocaban”.

“-Examíname cuidadosamente, por favor, sin pasar nada por alto. Por cierto, en cuanto te vi me dije: <A fe mía, éste es el joven más hermoso de Frigia ¿Por qué pierde el tiempo en este desierto cuidando un ganado estúpido?> y ¿por qué lo haces, Paris? ¿Por qué no vas a una ciudad y vives una vida civilizada? ¿Qué puedes perder casándote con alguien como Helena de Esparta, que es tan bella como yo y no menos apasionada? Estoy convencida de que, cuando os hayáis conocido, ella abandonará su hogar, su familia y todo para ser tu amante. Habrás oído hablar de Elena, ¿no?”

Y con las palabras de Afrodita y el brillo de su cuerpo tan cercano, Paris se fue animando en su deseo, pero esto ya es otra historia y nada nos añade a la interpretación del poema de Luis Alberto de Cuenca.

Luis Alberto de Cuenca ya se había aproximado al tema del Juicio por la belleza de las tres diosas en su obra El hacha y la rosa (1987-1993). Si tuviese que elegir mi libro favorito de este poeta, seguramente diría este, porque con sus versos llegó a mi experiencia lectora por primera vez este autor, cuando el mundo todavía guardaba algo de su luz inmaculada de lo extraordinario; por fortuna esta luz todavía no se ha apagado, pero ya no cubre con su patina toda la vida, tampoco entonces. “El juicio de Paris” es el poema prólogo del mencionado libro, ahora recogido en Los mundo y los días.

El juicio de Paris

A la dudosa luz del alba
las tres diosas se contonean
recién lavadas y peinadas,
cada una con un espejo
que dice: <Tú eres más hermosa>.


Fina escarcha y polvo de estrellas
salpica los divinos cuerpos
hechos de sueño y de rocío
y de polen de madreselva
y de feérica telaraña.


Se desperezan los gorriones.
Un viento sur muy destemplado
riza las ramas de los árboles.
Llega Paris a la glorieta
silbando alegre tonadilla.

“Tempestad”

Tempestad

“Sobre el inmenso abismo nadan, raros, los náufragos”
No suena mal. Es un alejandrino
que vierte al castellano cierto hexámetro
latino de Virgilio, de su
Eneida.
Pero el latín es insustituible.
Dice así (y no lo puedo convertir
en un endecasílabo, lo siento).
Apparent rari nantes in gurgite uasto.
Un hexámetro que tiene un solo dáctilo,
el del pie quinto, y que en seis palabras
resume de manera inmejorable
la esencia de una horrible tempestad,
el sonido y la furia de los vientos
al levantar la falda de la olas.

En este poema, “Tempestad”, que pertenece también a Después del paraíso, confluyen dos rasgos característicos en la obra de Luis Alberto de Cuenca: la metaliteratura y la Antigüedad clásica. Este segundo, por el protagonismo tan esencial que adquiere una de la obras y uno de los autores fundamentales en la literatura clásica latina, la Eneida de Virgilio.

En El Mundo (7 de noviembre de 2018), Luis Alberto de Cuenca escribió:

“Debo reconocer que en cuestión de mitomanías, y en casi todo lo demás, soy bastante antiguo. hablar de antigüedad en el caso del mito carece de sentido, pues el mito es presente eterno, palabra de Dios que no tiene caducidad, relato ejemplar para siempre. Dentro de la literatura, he ido con preferencia a cobrar mitos en los cazaderos de la épica. Soy un fan irredento de la epopeya mesopotámica del Gilgamesh, de la Odisea, y la Ilíada homéricas, del Beowulf anglosajón, de La canción de Rolando francesa y del Cantar de los Nibelungos alemán. […] También tengo habitaciones de lujo en el hotel de mis obsesiones, y estoy pensando en la Eneida de Virgilio, en el Libro de los Reyes del persa Firdusi, en la Divina comedia de Dante, en el Orlando furioso de Ariosto”.

Después de la épica homérica, el siguiente modelo de este género lo encontramos en la obra de Apolonio de Rodas, Las Argonáuticas (siglo III a.C.), con un estilo culto que se aleja de lo que puede interpretarse como más tradicional de Homero. Virgilio va a seguir estos valores más cultos de Apolonio de Rodas.

La Eneida fue definida por Luis Alberto de Cuenca como “museo de prodigios textuales, un vivero inagotable de loci memorabiles, un palacio encantado de palabras maravillosas” (Nueva Revista, 29 de Septiembre de 2013). En estas palabras está la excusa que permite el acercamiento desde la riqueza del mensaje, de la palabra, del código, a los hexámetros de Virgilio, pues, aunque desde lo épico, el autor también defiende este texto, lo que ahora prima en sus versos es el efecto rítmico y no tanto el argumento mítico.

Los seis primeros libros de la Eneida relatan las aventuras de Eneas, desde que abandonó la destruida Troya hasta alcanzar la Península Itálica. En el Libro I de la obra se narra la llegada de Eneas y los suyos a Cartago, con el naufragio provocado por Juno, después del cual los supervivientes son recibidos con hospitalidad por la reina Dido. Recordemos que Juno, la esposa de Júpiter (Hera y Zeus en la mitología griega) es enemiga de los troyanos, por el resquemor que en ella sigue encendido desde el juicio de Paris, cuando la manzana de la discordia fue entregada a Afrodita; todavía más, Juno es la diosa que, a través de Dido, protege la ciudad de Cartago. La esencia femenina de la tempestad, encarnada también en la diosa Juno, se encuentra en el género de esta misma palabra y en el verso final del poema: “la falda de las olas”, más allá de su significado literal de ‘parte baja de un monte o una sierra’.

Por lo que respecta a lo metapoético, citaré un fragmento de Guillermo Carnero (en Pedro Provencio, Poéticas españolas contemporáneas, Hiperión, Madrid, 1988):

“Metapoesía es el discurso poético cuyo asunto, o uno de cuyos asuntos, es el hecho mismo de escribir poesía y la relación entre autor, texto y público. Con otras palabras, un metapoema es un poema que tiene dos niveles discursivos paralelos. En el primero, se trata de lo que habitualmente entendemos por poema. En el segundo, que discurre paralelamente al primero, y entremezclado con él, el poema reflexiona sobre su propia naturaleza, su origen, condicionamientos y demás circunstancias”.

Ramón Pérez Parejo en su libro Metapoesía y ficción: claves de una renovación poética (Generación de los cincuenta-Novísimos)  (Visor, Madrid, 2007) señala que la fascinación por la creación poética, convertida en recurso del poema, es un asunto fundamental en el grupo de los Novísimos al que fue adscrito Luis Alberto de Cuenca.

Esta fascinación metapoética se transforma en “Tempestad” una consideración transcendente del ser humano como náufrago. ¿Hasta qué punto podemos considerar este texto de un punto de vista sólo metapoético? El verso de la Eneida escogido por Luis Alberto de Cuenca está teñido de un contenido metafórico que transciende hacia la condición humana del náufrago. Leamos al respecto estos versos de “La tristeza” en La caja de plata (1979-1983):

“Cuando Shakespeare murió, ya estaba triste.
Cuando la Armada naufragó, mis ojos
habían naufragado ya en su daño.
A Marlowe le enviaron al infierno
y ya mi corazón estaba roto”.

El poeta, Luis Alberto de Cuenca, se retrata en ocasiones como un náufrago que contempla el mundo exterior, el mar insondable, desde la protección de la propia biblioteca.

No olvidemos que La tempestad (1611) es una obra dramática de William Shakespeare; en ella, Próspero, legítimo duque de Milán; es derrocado por su hermano Antonio. Próspero acaba abandonado en una isla desierta. Al principio de la obra sucede una tempestad que ha sido desatada por Ariel, el espíritu del aire, conjurado por Próspero, que domina la magia y quiere vengarse del usurpador.

Uno de los aspectos básicos de lo metapoético en “Tempestad” es la preocupación por el ritmo versal. Se hace referencia en el poema al hexámetro, el verso característico de la poesía épica, mediante esta métrica están compuestos los poemas heroicos más antiguos de la tradición mediterránea como son la Odisea y la Ilíada de Homero. Implica un ritmo solemne muy apropiado para el tema épico, aunque también encontramos ejemplos en la sátira y en la didáctica antiguas.

El hexámetro está compuesto por seis pies. Los cuatro primeros pueden ser dáctilos (una sílaba larga y dos breves) o espondeos (dos sílabas largas); el quinto suele ser dáctilo y el sexto un espondeo o troqueo (larga y breve). Este sistema de sílabas largas y breves encuentra su representación en la lírica española en la pareja de sílabas tónicas y átonas, las tónicas equivalentes a las largas; las átonas, a las breves. 

Los primeros hexámetros latinos fueron atribuidos a Ennio, aunque su punto culminante está en las epopeyas como la Eneida de Virgilio, la Farsalia de Lucano, la Tebaida de Estacio, pero también en el De rerum natura de Lucrecio o en Las metamorfosis de Ovidio.

Luis Alberto de Cuenca transforma este hexámetro en un alejandrino que también puede organizarse, desde un punto de vista acentual en seis pies

“Sobre el inmenso abismo nadan, raros los náufragos”


Organización métrica silábica (en sombreado las sílabas tónicas):

tomando en cuenta que al ser un verso esdrújulo, las dos últimas sílabas ocupan el tempo de una sola.

Y organizados en pies métricos, un hexámetro

que corresponde plenamente a la característica del hexámetro clásico al presentar el quinto pie dáctilo.

Lo metapoético está emparentado con lo intertextual, pues esto último no deja de ser una indagación de lo literario desde la literatura.

La intertextualidad es la presencia en un texto de una expresión, tema o estructura estilística o de género procedente de otro, incorporados como cita, alusión, imitación o recreación desde el principio de la parodia. Toda literatura es, al fin y al cabo, un continuo intertexto, pues todo autor nace desde una tradición o desde una base lectora que viene a demostrar la opinión de Jorge Luis Borges de que, después de la Odisea, en la literatura todo es recurrencia; así en el poema en prosa de El oro de los tigres (1972) titulado “Los cuatro ciclos”.

La intertextualidad que salta ya desde una primera lectura está en el verso “el sonido y la furia de los vientos”. “The Sound and the Fury” se encuentra en un verso de William Shakespeare y en 1929 sería convertido en el título de una novela de William Faulkner, traducida como El sonido y la furia y posteriormente como El ruido y la furia, variación que supone la presencia en ruido de algo feroz, tal y como señala Augusto Monterroso en “Sobre la traducción de algunos títulos”. Este sintagma se localiza en el soliloquio de Macbeth, en el acto V, escena 5, cuando las tropas escocesas de Malcolm y Macduff se acercan al castillo del traidor. Se oye el grito de una mujer, Lady Macbeth, que en cualquier otro momento hubiese espantado al protagonista pero que, ahora, sumergido como se encuentra en un ambiente de horror y de premonición de muerte, no le causa ninguna impresión, sino una reflexión que destruye el mundo, la vida como un cuento narrado por un idiota (desde aquí el título de la novela de Faulkner).

Luis Alberto de Cuenca traduce la palabra gurges como “abismo”. En otras versiones al español de la Eneida nos encontramos con “remolino”, “Pocos nadan en el gran remolino”. Bien podríamos considerar que “abismo” es un vocablo con una connotación especial. Un remolino es el efecto físico de un ‘movimiento giratorio y rápido del aire, el agua, el polvo, el humo…’, aunque también, según el Drae, es ‘amontonamiento de gente, o confusión de unas personas con otras, por efecto de un desorden. Disturbio, inquietud o alteración’. Pero, con su traducción, Luis Alberto de Cuenca va más allá, dejando entrever una visión más desgarradora de la realidad, al estar cargada la palabra “abismo” de un simbolismo mucho más profundo y existencial; el remolino de otras traducciones bien podría verse como un fenómeno que acompaña a ciertos relatos de terror en los que no se pone tanto en juego la mirada lúcida ante los miedos que arrastra la vida, se trata del Maelstrom de Edgar A. Poe. Comprobemos algunas acepciones de Abismo en el Drae: ‘Profundidad grande, imponente y peligrosa. Realidad inmaterial inmensa, insondable o incomprensible. Infierno. Maldad, perdición, ruina moral o económica’.

Abismo
Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot. 

Siempre es preceptivo citar a Cirlot cuando se está tratando de Luis Alberto de Cuenca.

Toda forma abisal posee en sí misma una dualidad fascinadora de sentido. Por un lado, es símbolo de la profundidad en general; de otro, de lo inferior. Precisamente, la atracción del abismo es el resultado de la confusión inextricable de esos dos poderes. Como abismo han entendido la mayoría de los pueblos antiguos o primitivos diversas zonas de profundidad marina o terrestre. Entre los celtas y otros pueblos, el abismo se situaba en el interior de las montañas; en Irlanda, Japón, Oceanía, en el fondo del mar y de los lagos; entre los pueblos mediterráneos, en las lejanías situadas más allá del horizonte; para los australianos, la Vía Láctea es el abismo por excelencia. Las regiones abisales suelen identificarse con el <país de los muertos> y, por consiguiente, con los cultos de la Gran Madre y lo ctónico, aun cuando esta asimilación no puede generalizarse. La asimilación del país de los muertos y el fondo del mar o de los lagos explica muchos aspectos de las leyendas en las cuales surgen palacios o seres del abismo de las aguas. En La muerte del rey Arturo, cuando la espada del mítico monarca es arrojada al lago, siguiendo su mandato, surge un brazo que la coge al aire y la blande, antes de llevársela al fondo.

Otra interpretación, del Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant:

Abismo, en griego como en latín, significa sin fondo, y designa el mundo de las profundidades o de las alturas indefinidas. El equivalente galés del sîd irlandés es, en los textos medievales tanto como los apócrifos, annwn o annwfn; el aspecto maravilloso del Otro Mundo ha desaparecido y el semantema no guarda más que el sentido general de infierno. Se ciñe, en los textos apócrifos, a designar y simbolizar globalmente los estados informales de la existencia. Es adecuado tanto para el caos tenebroso de los orígenes como para las tinieblas infernales de los últimos días. Sobre el plano psicológico, igualmente, corresponde tanto a la indeterminación de la infancia como a la indiferenciación de la final descomposición de la persona. Pero puede también indicar la integración suprema en la unión mística. La vertical no se contenga con hundirse, se eleva; un abismo de las alturas se revela como de las profundidades; un abismo de felicidad y de luz, como de desgracia y de tinieblas. Pero el sentido de la elevación ha aparecido posteriormente al del descenso. En la tradición sumeria, la morada del señor del mundo flota sobre el abismo. Entre los akkadios, es Tiamat quien coloca monstruos a la entrada del abismo. En la Biblia también, el abismo será algunas veces concebido como un monstruo, el Leviatán. […] C.G. Jung incorporará este símbolo al arquetipo maternal, imagen de la madre <cariñosa y terrible>. En los sueños, fascinante o espantoso, el abismo evocará el inmenso y poderoso inconsciente; aparecerá como una invitación a explorar las profundidades del alma, para liberar los fantasmas o deshacer las ataduras.

Algo similar a lo que le ocurre a Eneas con el resto de los troyanos que se han salvado de la destrucción de su ciudad es lo que encontramos en la Odisea a Homero, cuando Ulises llega a la playa de la isla de los feacios, Esqueria, posiblemente Corfú, y es encontrado por Nausicaa; o cuando llega a Ogigia, el territorio de la hermosa Calipso.

Los cuatro ciclos.

Jorge Luis Borges. (El oro de los tigres, 1972)

Cuatro son las historias. Una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. Los defensores saben que la ciudad será entregada al hierro y al fuego y que su batalla es inútil; el más famosos de los agresores, Aquiles, sabe que su destino es morir antes de la victoria. Los siglos fueron agregando elementos de magia. Se dijo que Helena de Troya, por la cual los ejércitos murieron, era una hermosa nube, una sombra; se dijo, que el gran caballo hueco en el que se ocultaron los griegos era también una apariencia. Homero no habrá sido el primer poeta que refirió la fábula; alguien, en el siglo XIV, dejó esta línea que anda por mi memoria: “The borgh brittened and brent to brondes and askes”. Dante Gabriel Rossetti imaginaría que la suerte de Troya quedó sellada en aquel instante en que Paris arde en amor de Helena; Yeats elegirá el instante en que se confunden Leda y el cisne que era un dios.

Otra, que se vincula a la primera, es la de un regreso. El de Ulises, que al cabo de diez años de errar por mares peligrosos y de demorarse en islas de encantamiento, vuelve a su Ítaca; el de las divinidades del Norte que, una vez destruida la tierra, la ven surgir del mar, verde y lúcida, y hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron.

La tercera historia es la de una busca. Podemos ver en ella una variación de la forma anterior. Jasón y el Vellocino; los treinta pájaros del persa, que cruzan montañas y mares y ven la cara de su Dios, el Simurgh, que es cada uno de ellos y todos. en el pasado toda empresa era venturosa. Alguien robaba, al fin, las prohibidas manzanas de oro; alguien, al fin merecía la conquista del Grial. Ahora, la busca está condenada al fracaso. El capitán Ahab da con la ballena y la ballena lo deshace; los héroes de James o de Kafka sólo pueden esperar la derrota. Somos tan pobres de valor y de fe que ya el happy-ending no es otra cosa que un halago industrial. No podemos creen en el cielo, pero sí en el infierno.

La última historia es la del sacrificio de un dios. Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificado a Odín, Él mismo a Sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos.

Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.

Traducción de J.L. Borges de la cita en inglés: 

El verso en inglés medio quiere decir “La fortaleza rota y reducida a incendio y cenizas”. Pertenece al admirable poema aliterativo Sir Gawain and the Green Knight, que guarda la primitiva música del sajón, aunque fue compuesto siglos después de la conquista que dirigió Guillermo el Bastardo.

Partir de Ogigia

Partir de Ogigia

Nadie puede engañar a quien ama. Ella sabe
que él se irá alguna vez. Cuando un cielo brumal
Amenace tormenta en el mar, por ejemplo.
Porque el mar que lo trajo a sus brazos será
también el que reclame su regreso a la patria,
y ya no volverá.

Tal vez tenga palabras brutales que decirle:
<Quiero volver a Ítaca. Me voy. No te soporto>.
(Se aburría hasta el fondo del abismo con ella,
hasta el fondo del tiempo y de la eternidad).
<Quédate -dijo ella-. Si te quedas, tus penas
desaparecerán.

<El dolor me enriquece, la muerte me humaniza,
reconocer mis límites me alivia, me da paz>.
<Conmigo olvidarás tu nombre y serás Alguien
en lugar de ser Nadie, y resplandecerás
como un astro de fuego que inunda con su luz
la vasta oscuridad>.

Renunciando a la entrega y al amor de Calipso,
Ulises renunciaba a la inmortalidad.
La que Homero llamó <divina entre las diosas>
no supo convencerle de que, siendo mortal,
la existencia es un sueño que aboca en pesadilla,
y lo dejó marchar.

Comencemos el comentario de este poema de Después del paraíso con algunas referencias métricas. En primer lugar, a modo de ejemplo, la medida de la primera estrofa:

Se trata de versos alejandrinos, así que dividiré cada uno de ellos en los correspondientes hemistiquios (con la columna sombreada), tomando en cuenta que el sexto verso de cada una de las estrofas es heptasílabo; las sílabas acentuadas se verán coloreadas en relleno azul:

Como se puede comprobar hay una cierta recurrencia en la acentuación de la sílaba tercera de cada uno de los hemistiquios; hasta podríamos llegar a considerar, desde un punto de vista del ritmo tónico el trasladar el de las segundas sílabas a tercera.

Por lo que respecta a la rima versal, utilizaré el siguiente cuadro, donde se podrá apreciar en sombreado azul la rima que es asonante en agudo.

Sumemos a estas rimas la del primer hemistiquio del verso tres de la primera estrofa (mar).

Una de las características que encontramos en las rememoraciones de lo clásico en la poesía de Luis Alberto de Cuenca es la recreación mediante un lenguaje moderno que asume lo antiguo a lo contemporáneo, de ahí la supervivencia de historias que han alimentado la imaginación y el alma de la humanidad desde sus inicios (hay que recordar aquí otros poemas de este autor como son “La Venus de Willendorf”, de El hacha y la rosa, o “Teichoscopia”, de Por fuertes y fronteras -ambos los reproduciré al final de este comentario). Este recurso se hace evidente, en especial, en la traducción que este autor realizó del Cantar de Valtario; en la contracubierta de la edición realizada para la editorial Reino de Cordelia, leemos:

“Compuesto probablemente a finales del siglo X, durante el reinado del emperador Otón III, el Cantar de Valtario es una de las joyas más preciadas de la literatura latina medieval. Canta las hazañas de Walther o Valtario de Aquitania o de España, héroe del reino godo de Tolosa en los años oscuros de las invasiones germánicas, allá por el siglo V. De autor desconocido, poco importa quién fuera o el momento en que lo escribió, porque lo que cuenta es la fluidez mágica del relato y la atmósfera irreal que envuelve esta auténtica novela de aventuras trepidantes, brutal y salvaje como una película de James Bond. Se adapta como un guante a las ilustraciones a color de Miguel Ángel Martín realizadas para esta edición. Tan sugerente y tan moderna es su lectura que se convierte en una experiencia inolvidable. Con esta versión magistral del Cantar de Valtario, Luis Alberto de Cuenca obtuvo el Premio Nacional de Traducción”.

La relación, desde un punto de vista de la comunicación verbal entre Calipso y Odiseo parece la de una pareja actual que se está enfrentando al momento que concluye una vida en común, vista desde una crispación que podría llegar a lo brutal (“Tal vez tenga palabras brutales que decirle”, “No te soporto”), sin que por ello se pierda la carga mítica del mundo antiguo y extraordinario, especialmente en la intervención de Calipso, la ninfa: “resplandecerás como un astro de fuego que inunda con su luz la vasta oscuridad”; y es que en Calipso todo es divino, hasta el amor que inmortaliza. 

Jean François Michel Noël (1755-1841) culminó su Diccionario de Mitología Universal, con su publicación, en 1801; en la edición en español realizada por F. Lluís Cardona (en 1991) leemos respecto a Calipso 

“Hija de Océano y Tetis, o bien, según Homero (Odisea, 7.15) de Atlante. Reinaba en la isla Ogigia, en el mar Jónica. Hospedó en ella a Ulises cuando regresaba del sitio de Troya, y la retuvo por espacio de siete años en su compañía, ofreciéndole la inmortalidad si quería desposarse con ella, pero el héroe prefirió a su querida esposa y la posesión de la pequeña isla de Ítaca a las brillantes proposiciones que se le hacían. La diosa entonces recibió orden de Júpiter, por conducto de Mercurio de dejarle partir. Tuvo dos hijos de Ulises, Nausitoo y Nausinoo”. Su nombre se traduce como ’la que oculta’ o ‘la ocultadora’.

En el resumen y versión que Robert Graves hace de la Odisea para su obra Los mitos griegos, describe en estos términos Ogigia, que ha sido asimilada a una isla cercana a Ceuta,

“Bosquecillos de alisos, álamos negros y cipreses, con búhos, halcones y locuaces cuervos marinos posados en sus ramas ocultaban la gran cueva de Calipso. Una parra se extendía a través de la entrada. Perejil y lirios crecían densamente en una pradera adjunta, regada por cuatro claros riachuelos. Allí la bella Calipso recibió a Odiseo cuando salió a tierra tambaleando y le ofreció comida abundante, bebidas fuertes y una parte de su blando lecho”.

La interpretación de Graves al respecto es como sigue:

“Ogigia, el nombre de otra isla sepulcral, parece ser la misma palabra que ‘Océano’ y Ogen es la forma intermedia; y Calipso (‘oculta’ u ‘ocultadora’) es una diosa de la Muerte más, como lo demuestra su caverna rodeada por alisos -consagrados al dios de la Muerte, Crono o Bran- en cuyas ramas se posan sus cuervos marinos o chovas y sus propios búhos y halcones. El perejil era un emblema de luto y el lirio una flor de la muerte. Prometió a Odiseo una juventud eterna, pero él deseaba la vida y no la inmortalidad heroica”.

“Partir de Ogigia” comienza con una sentencia, “Nadie puede engañar a quien ama”; sin embargo, la ambigüedad rompe lo absoluto de este enunciado convertida en aforismo; y deja de serlo cuando recordamos que Nadie, en griego Outis-Oudis, es el nombre que se dio a sí mismo Ulises durante la aventura de Polifemo. La enunciación negativa se transforma entonces en una aseveración equivalente a “Ulises puede engañar”; al fin y al cabo, en la Ilíada, el rey de Ítaca es el sagaz estratega que no duda en utilizar la mentira y el ocultamiento, claro que ahora se encuentra ante Calipso, cuyo nombre también está relacionado con la ocultación desde su etimología. En el poema “Teichoscopia”, Helena de Troya define a Odiseo con estas palabras: “un fullero de quien nadie se fía, un sinvergüenza”.

Ya el título del poema nos está situado en una paisaje muy concreto en la épica arcaica griega, en el episodio de Calipso de la Odisea, en su momento final; después de unos siete años, Ulises quiere partir, porque, en realidad, esta es su esencia como viajero eterno. Nicos Kazantzakis supo verlo muy bien en la creación de nuevas aventuras para este peregrino cuya naturaleza es la inquietud del demonio de lo absoluto; así tituló André Malraux la biografía de T.E. Lawrence, de Arabia, para el este “existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día… estos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad”, estos son los que acaban enfrentándose al demonio que custodia esa esencia absoluta que vive en lo profundo del ser humano, a cual algunos llamamos alma.

Calipso, en un comienzo, en el primer verso, aparece mencionada mediante el pronombre “ella”, que unido a Nadie identifica una narración particular en un ejemplo universal para el ser humano cuyo destino es la separación. Nadie-Ella-Él. Los tres protagonistas que se ven individualizados desde lo abstracto de los pronombres catafóricos, sin una referencia previa,

por la mención en el título de un lugar muy concreto: Ogigia que para todo disfrutador de la obra de Homero es un paisaje inmediatamente situado en su atlas imaginal.

Habrá un momento en que Nadie partirá, como hemos dicho porque esto se encuentra en su naturaleza; pero no será cuando las circunstancias sean las mejores, ya que el suyo es un espíritu aventurero que se crece en las dificultades: el cielo será brumal, amenazará tormenta. La oscuridad y la tempestad que acompaña a los momentos decisivos en que la vida cambia. ¿Para regresar a la patria? Bueno, así lo cree él mismo y así intentó transmitirlo Homero, porque así corresponde a un héroe tradicional; la realidad es otra. Comenzó anunciándolo Constantinos Kavafis (1863-1933) en su magistral “Ítaca” (1911), esencia de lo humano; y posteriormente Nicos Kazantzakis (1883-1957) con su Odisea (1938). No, no es la patria lo que busca Ulises. Es la experiencia de sentirse vivo; aunque no debemos olvidar la existencia de los Nóstoi, los regresos al hogar de los héroes griegos vencedores, ¿de verdad?, en Troya. Los Nóstoi son obras que pertenecen al ciclo literario de la guerra de Ilión, como la Eneida, y desarrollan los sucesos posteriores a la destrucción de la ciudad de Príamo.

En la segunda estrofa es en la que localizamos ese verter el mito clásico al lenguaje más moderno; palabras brutales, no te soporto, se aburría. Un aburrimiento, el de Nadie, que alcanza lo trascendente, pues toca el fondo del abismo, del tiempo y de la eternidad. Y esto es más difícil de encontrar en las barbaridades que pueden llegar a pronunciarse en un momento de ruptura; pero, claro, estamos en la idealidad mitológica.

Calipso le presenta a su amado una serie de ofrendas que solo puede hacer una divinidad como ella: tus penas desaparecerán; cómo, si realmente su pena nace de estar en Ogigia, ¿o no?, allí en compañía de la ninfa hecha mujer apasionadamente enamorada, Ulises perderá su no identidad, dejará de ser Nadie para transformarse en Alguien; hasta llega a ofrecerle el catasterismo, llegar a ser un “astro de fuego que inunda con su luz la vasta oscuridad”.

Pero Ulises tiene que renunciar, ¿a qué?, ¿a ser feliz, a transformarse en un astro, a la entrega y el amor de Calipso, la llamada por Homero “Divina entre las diosas”, a la inmortalidad?

¿Realmente a la inmortalidad? No olvidemos que ciertos rasgos paisajísticos, según Robert Graves, que definen el territorio de Ogigia son símbolos de muerte. La felicidad es la muerte de los héroes, porque sin el combate no hay fama, y esta es la permanencia del guerrero, como Aquiles, que decidió morir joven en la plenitud de su vida, como Alejandro Magno; como el Odiseo de Kazantzakis, que escapa de la felicidad pasiva del que todo cree tenerlo en la isla de Ítaca. Y, es que, para una Ninfa inmortal la vida es un sueño que acaba en una pesadilla, en la oscuridad de la muerte.

Pero, ante la negativa del héroe, solo cabe ese verso alejandrino partido en su primer hemistiquio, de siete sílabas, verso final que no deja de recordar la solemnidad de la estrofa manriqueña de pie quebrado: “y lo dejó marchar”. Hasta en este final tan absoluto se percibe el rasgo de la modernidad ejemplificado en la hermosa canción de 1989 de Luz Casal, hecha nueva Calipso: “Te dejé marchar”, con letra de David Summers y música de Dani Mezquita. Y desde luego que es rotunda, porque significa la muerte del que renuncia a la vida eterna.

Teichoscopia

a Carlos García Gual

Tras nueve años de guerra, el rey de Troya
no sabe quiénes son sus enemigos.
Se lo pregunta a Helena, allá en lo alto
de la muralla: <Dime, Helena, hija,
¿quién es ese que saca la cabeza
a los demás y que parece un rey
por su modo de andar y por su porte
señorial?>. <Mi cuñado, Agamenón,
un hombre insoportable que no cesa
de gruñir, el peor de los esposos
y un mal padre>. <¿Y el rubio que está al lado?>.
<Es mi marido, Menelao, un idiota
que no supo apreciar como es debido
lo que tenía en casa y no comprende
a las mujeres>. Príamo registra
la información de Helena en su vetusto
cerebro, y continúa preguntando:
<Y ese otro de ahí, de firme pecho
y anchos hombros, que va y viene nervioso
por el campo, las manos a la espalda,
como quien trama algo, ¿quién es ese?>.
<Odiseo de Ítaca, un fullero
de quien nadie se fía, un sinvergüenza>.
<¡Caramba con los griegos!>, piensa Príamo,
y le dice a la novia de su hijo:
<Otros veo, muy altos y muy fuertes,
que destacan del resto. Por ejemplo,
esa masa magnífica de músculos
que está sentada al fondo, a la derecha…>.
<Es Ayante, una bestia lujuriosa
y prepotente, un grandullón con menos
inteligencia que una lagartija>.
<¡Qué bien hice estos años -piensa Príamo-
sin saber quiénes eran estos tipos!
Basta que gente así reclame a Helena
para no devolverla>. Y en voz alta
dice a la chica: <¿Dónde estará Paris?>.
<Imagino que en la peluquería,
haciéndose las uñas y afeitándose>.
<Ayúdame a bajar de la muralla
y vamos en su busca, que os invito
a los dos a una copa en el palacio>.

Una teicoscopia (también teichoskopia) procede del griego teikos, ‘muralla’, y skopein, ‘ver’. Es una figura temática que procede de la literatura clásica, mejor casi de la arcaica griega. Consiste en una narración con carácter descriptivo que realiza un observador desde un punto elevado, desde una muralla para presentar un paisaje en el que las figuras humanas pueden cobrar un cierto protagonismo. En la Ilíada encontramos una de las teicoscopia más célebres, de la cual Luis Alberto de Cuenca hace su versión, está en el tercer canto, hexámetros 161 a 246, cuando Helena contesta a las preguntas de Príamo, interesado en conocer la identidad de los héroes aqueos.

LA VENUS DE WILLENDORF

Entre las chicas norteamericanas
que estudian español en la academia
de enfrente de tu casa, hay una gorda
que es igual que la venus de tus sueños.
Bajo una camiseta de elefante
que pone University of Indiana
(Jones) y unos pantalones de hipopótamo,
se mueve por el mundo con el arte
que le da su ascendencia
mitológica.
Hace ya varios días que vigilo
desde el balcón su cuádruple barbilla
y el Sol dorado de su cabellera.
Hace ya varios días que le envío,
cuando se pone a tiro de mis ojos,
dardos de amor y flechas de deseo.
Pero no llegan nunca a su destino.

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Imágenes decimonónicas de Córdoba

El libro Córdoba pertenece a la colección España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia, presentada en 27 tomos entre 1884 y 1891. Fue publicada en 1886 en Barcelona por el Establecimiento tipográfico-Editorial de Daniel Cortezo y Cía (situado en la calle Pallars-Salón de San Juan, también estuvo ubicada en la calle Ausiàs March). Junto a esta información de carácter editorial, en la contraportada de este libro se mencionan los siguientes datos: su autor fue Pedro de Madrazo; la obra va acompañada de fotograbados y heliografías de Laurent, Joarizti y Mariezcurrena, de cromos de Casals y dibujos a pluma de Gómez Soler. No se cita que el primer capítulo y la presentación de la Mezquita de Córdoba fueron escritos por Pi y Margall, hasta que este abandonó la empresa editorial por circunstancias particulares, como señada Madrazo sin concretar, aunque bien pudo ser por la persecución clerical a la que se vio sometido o por su dedicación en exclusiva a la carrera política (Presidente del Poder Ejecutivo de la República Española, Ministro de Gobernación de España; Diputado en Cortes por Barcelona, Valencia, Sabadell, Madrid, Tarragona y Figueras hasta su fallecimiento en 1901).

A continuación reseñaré alguno de los aspectos citados en el párrafo anterior para situar la obra en su contexto editorial.

La Editorial de Daniel Cortezo y Cía fue una empresa con cierta importancia en el desarrollo del Realismo español; publicó La Regenta de Clarín en 1884 y, al año siguiente, La dama joven de Emilia Pardo Bazán. Entre 1884 y 1888 fue la tipográfica encargada de la Biblioteca Arte y Letras, importante empresa cultural de finales del siglo XIX. Entre otros títulos de la casa hay que mencionar las traducciones de Mil y un fantasmas de Alejandro Dumas, 1885; La niña Dorrit de Charles Dickens, 1885; La obra de Émile Zola, 1886; Cuentos fantásticos de Ernest T. A. Hoffmann, 1887; una selección del Teatro de Victor Hugo, 1887; Ana Karenina de Lev Tolstói, 1888. En 1886 también imprimieron María, de Jorge Isaacs. Entre los clásicos hay que mencionar El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Alonso Fernández de Avellaneda en 1884; las Obras escogidas de José Cadalso, 1885; o La Diana de Jorge de Montemayor con La Diana enamorada de Gaspar Gil Polo, 1886.

Laurent. Monasterio de Piedra

La técnica del fotograbado se desarrolló a partir de la década de 1820 con Joseph-Nicèphore Niépce. Consiste en la producción de impresiones en relieve mediante la transferencia de imágenes fotográficas a una placa para su posterior impresión. Esta técnica cobrará gran importancia en las artes gráficas, pues permite reproducciones de gran calidad a menor coste que las realizadas en plancha metálica. En torno a la década de 1890, este proceso desbancó a los grabados realizados a mano en madera y metal. El proceso de la heliografía también fue desarrollado por Joseph-Nicèphore Niépce; consistía en una fotografía de positivo directo mediante la utilización de una cámara oscura y distintos materiales que actúan como soporte sensibilizado (papel, cristal, peltre, estaño…); para captar la imagen era necesaria una exposición a la luz durante un tiempo largo.

Miquel Joarizti y Lasarte (Gerona 1843-1910 Barcelona), ingeniero, fue uno de los responsables de la introducción de nuevos sistemas de reproducción gráfica en la imprenta española. En 1876, junto a otros tres socios fundó la Sociedad Heliográfica Española; uno de ellos fue Heribert Mariezcurrena; este grupo sería fundamental para el avance de la reproducción fotomecánica de la heliografía y del fotograbado.

Miguel Joaritzi. 1887. Claustro Ojival de la Colegiata.

Heribert Mariezcurrena i Corrons (Gerona 1847-1898 Barcelona)  fue grabador y fotógrafo catalán, propietario desde 1870 de la galería conocida como Fotografía catalana, en el histórico pasaje Madoz. El taller de la Sociedad Heliográfica Española marcó la evolución de la ilustración en la imprenta de la época.

Jean Laurent (Garchizy 1816-1886 Madrid) fue uno de los más importantes fotógrafos franceses del siglo XIX; su obra se desarrolló principalmente desde España; se asentó en Madrid en 1843 y se identificaba con el nombre de Juan; allí estableció, en la Carrera de San Jerónimo, su estudio fotográfico y fue nombrado fotógrafo de la reina Isabel II. En 1857 comenzó a recorrer España y publicó distintos catálogos que describen el paisaje de la época, tanto desde lo natural como desde la arquitectura y sus gentes.

La técnica de los cromos alcanzó uno de sus momentos culminantes en la segunda mitad del siglo XIX; suponía un abaratamiento de la técnica fotográfica realizada sobre vidrio. Se utilizó mucho para la realización de retratos. 

J. Laurent

Por lo que respecta a Francisco Gómez Soler (ca. 1860-1899), discípulo del dibujante Apeles Mestres, comenzó su carrera de ilustrador en la colección Arte y Letras. Puso imagen a Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, al Romancero selecto del Cid (1884), a El anacronópete (1887) de Enrique Gaspar Rimbau y a los Dramas de Victor Hugo editados por la Tipográfica de Daniel Cortezo en 1884.

Córdoba de Madrazo

Mediaba ya la noche, cuando entramos por primera vez en esa ciudad de Córdoba, a que han comunicado tanto interés la historia y la poesía. Yacía la ciudad sepultada en silencio; apenas se percibía más que el dulce susurro del viento entre sus frescas arboledas. La luna resplandecía en lo alto del horizonte; pero no alumbraba sino los techos de sus viejos monumentos; sus estrechas y tortuosas calles estaban casi todas cercadas de tinieblas.

Sentíamos una viva inquietud. Éramos aún niños cuando la leyenda nos había hecho ver ya con los ojos de la fantasía esa segunda Damasco, sentada bajo la sombra de sus palmeras a orillas de un caudaloso río. Agolpábanse a la sazón en nuestra frente las ilusiones de la infancia; y temíamos verlas deshojadas por el soplo de la realidad, soplo helado y funesto que pasa sobre nuestra imaginación como el del cierzo sobre el cáliz de las flores.

No distinguimos por de pronto nada que revelase la mano de los árabes; pero debimos reconocer a poco la antigua ciudad musulmana en lo desigual de sus calles y sus casas, en lo mezquino de sus portales, en la sencillez de sus fachadas. Vimos a trechos asomar por encima de estos, árboles frondosos que subían al parecer desde el fondo de los patios; recordamos que los orientales guardan para el interior la belleza que otros pueblos se complacen en desarrollar en el exterior de sus edificios; y no pudimos menos de concebir la esperanza de descubrir todavía, aunque desfigurada y rota, una ciudad morisca.

Este fragmento con el que comienza el libro fue escrito por Pi y Margall, que se encargó del primer capítulo y las primeras páginas del segundo. A esta circunstancia se refiere Pedro de Madrazo con estas palabras:

Córdoba de Madrazo

“Este capítulo I y las primeras páginas del II fueron escritas por el señor D. Francisco Pi y Margall, quien por motivos particulares, se creyó en el deber de abandonar luego la redacción de la obra de que el tomo actual formaba parte. Al publicar de nuevo este tomo de Córdoba, concienzudamente anotado respecto de las vicisitudes ocurridas en los monumentos que tan interesante ciudad encierra, nos abstenemos de introducir modificación alguna en este primer capítulo por ser obra ajena que debemos respetar en su integridad. Del capítulo siguiente suprimimos por innecesarias las pocas páginas que escribió el mismo señor Pi, dada la latitud con que tratamos nosotros todo lo referente a la historia de la gran mezquita aljama y reproducimos sólo uno de sus brillantes párrafos como encabezamiento de dicho capítulo II”. 

La Mezquita de Córdoba. J. Laurent

Este es el fragmento al que se refiere Pi y Margall:

“¡Mezquita para siempre célebre! ¡Mezquita levantada y frecuentada por emires y califas! ¡Mezquita por cuya pérdida lloran aún bajo su cielo oriental los que creen en Alá y en su Profeta! ¡Mezquita a que han venido a inspirarse ya tantos poetas y a estudiar tantos artistas! ¡Salud! Un viajero desconocido va a atravesar con respeto tus umbrales y a revelar tus encantos a las generaciones presentes y futuras. Eleva su lenguaje al par de tu belleza, evoca ante él todas sus glorias y recuerdos, enardece hasta donde puedas su corazón, exalta hasta donde quepa su humilde fantasía. La pluma se estremece en su mano al contemplarte en toda su grandeza y necesita de todo tu favor para no sucumbir en tan ardua y aventurada empresa. ¡Que el genio de creación y de armonía que te construyó dirija mis acentos! ¡Que sea yo quien escriba! ¡Que seas tú quien dictes!”

Francisco Pi y Margall

En estas palabras se hace evidente el sentido de viajero emocionado más que el de un erudito que quiere retratar el arte de una ciudad desde el análisis de sus monumentos. 

Francisco Pi y Margall (Barcelona 1824-1901 Madrid), estudió Leyes en su ciudad natal; allí se relacionó con el grupo de escritores románticos catalanes encabezados por Milá y Fontanals y Pablo Piferrer. En 1842 publicó el volumen Cataluña en La España Pintoresca, colección que pretendía recorrer todas las regiones españolas, pero que se quedó en este. En 1847, se trasladó a Madrid; allí escribió críticas teatrales para El Correo. Al morir Piferrer, Pi y Margall pasó a ocuparse de Recuerdos y bellezas de España (1839-1865), obra litográfica sobre paisajes españoles; completó el volumen correspondiente a Cataluña y comenzó el de Andalucía, cosa que le supuso viajar a esta región en diversas ocasiones. También escribió una Historia de la pintura que, por considerarse que contenía ataques al catolicismo, acabó siendo prohibida por la presión de los obispos españoles al gobierno de Bravo Murillo. Por tal motivo, Pi y Margall tuvo que renunciar también a seguir con la empresa de Recuerdos y bellezas de España.

En 1848 había ingresado en el Partido Demócrata y en 1854 abandonó el ejercicio de las letras para dedicarse a la política; ese mismo año participó en el levantamiento de Madrid, fue autor de una Proclama radical, que no sería aceptada por la Junta Revolucionaria, y de un folleto, El Eco de la Revolución, en el cual pide al armamento del pueblo y la convocatoria de Cortes Constituyentes por sufragio universal, la defensa de las libertades de prensa, conciencia, enseñanza, reunión y asociación. Tales planteamiento le llevarán a prisión. Se comprometió con los cenáculos que conspiraban contra la monarquía de Isabel II y tuvo que exiliarse en París hasta que pudo regresar a España cuando triunfó la revolución de La Gloriosa. En 1870 comenzó a dirigir el Partido Republicano y en 1873 fue nombrado Ministro de Gobernación y segundo Presidente de la República del 11 de junio al 18 de julio. Ocuparía diversos puestos en el gobierno de España hasta su muerte.

Ka Mezquita de noche. Antonio Joaquín González

El primer acercamiento a la ciudad de Córdoba en este libro se desarrolla desde el misterio de la noche en un lugar que no es el habitual para el viajero; de ahí, ese comienzo tan rotundo: “Mediaba ya la noche”. Este ambiente de oscuridad, pensemos en una ciudad a la que todavía no alcanzaba un alumbrado que borra fronteras temporales, permite el desarrollo desde el paralelismo por sugerencia entre el territorio de la realidad y la fantasía; no tanto enfrentados como complementarios. Esto es un eco, una herencia del Romanticismo del que el Realismo español no consigue desligarse del todo, para cuando quiera comenzar a sentirse como tal, ya habrá llegado el Modernismo que, en muchos aspectos, es una continuación de la estética de Espronceda, el Duque de Rivas y Zorrilla.

En el panorama real se encuentra la noche cuya oscuridad está ligeramente matizada por una luna en el horizonte que casi no alumbra; la ciudad en silencio sólo interrumpido por el susurro del viento que discurre entre frescas arboledas; unos techos viejos, más bien antiguos, y monumentales y las calles estrechas y tortuosas en tinieblas. Descripción en la que, por otro lado, la contraposición entre la ciudad y una naturaleza que aparece idealizada como un locus amoenus con términos como “frescas arboledas”.

Igual que hace Bécquer en “Un rayo de Luna” y en “El Miserere”, la oscuridad es el tiempo idóneo para que, desde la penumbra, se desarrolle una visión fantástica del paisaje que es más interior que objetiva. Esa objetividad cuyo campo léxico acabamos de detallar permite una traslocación de la mera observación en una fantasía que abre el camino a una vivencia apasionada del paisaje. Esto es algo que se encuentra en Córdoba. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia, en la parte inicial, la escrita por Pi y Margall; más allá del primer párrafo del segundo capítulo nos vamos a situar con un recorrido más descriptivo que sentimental, apropiado a lo que se acerca a una guía de viajes decimonónica. 

Callejón de las cabezas. Córdoba. F. Antonio Joaquín González

¿Por qué es así? Sobre todo por el valor connotativo de algunas de los descriptores utilizados para plasmar una realidad objetiva. Si separamos las palabras, entendiéndolas como semantemas, con un significado pleno, de un modo inmediato, comienza una sugerencia que late bajo lo existente: noche, luna, silencio, viento susurrante, arboledas, viejos monumentos, estrechas y tortuosas calles.

Así en el primer párrafo, en el que aparecen mencionadas como compañeras, en la interpretación del mundo que se propone Pi y Margall, la historia y la poesía, convertidas en llaves para adentrarse en el paisaje del misterio por el silencio y la oscuridad. Lo poético, en el sentido de ‘perteneciente o relativo a la poesía’ no va a verse tan reflejado en la obra a la que pertenece este fragmento más centrada en asuntos relacionados con la arquitectura; pero pensemos que todas las artes están englobadas en el concepto de poiesis interpretado como creación; según Platón, en El Banquete, este proceso de creación, la poiesis, es “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”.

¿De verdad, Pi y Margall está describiendo lo que ve? ¿No será mejor pensar más en el sentimiento, en una hermenéutica que en una fenomenología? Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “Fenomenología” tiene tres acepciones que ahora me interesa destacar: ‘1.- Teoría de los fenómenos o de lo que aparece. 2.- En Friedrich Hegel, filósofo alemán de comienzos del siglo XIX, dialéctica interna del espíritu que desde el conocimiento sensible a través de las distintas formas de consciencia llega hasta el saber absoluto. 3.- Método desarrollado por Edmund Husserl que, partiendo de la descripción de las entidades y cosas presentes a la intuición intelectual, logra captar la esencia pura de dichas entidades, transcendente a la misma consciencia’.

De un modo u otro, el autor -como texto descriptivo creo que es perfectamente legítimo hablar de esta categoría más que de narrador- va a dar un salto definitivo al comienzo del segundo párrafo: “sentíamos una viva inquietud. Éramos aún niños cuando la leyenda nos había hecho ver ya con los ojos de la fantasía esa segunda Damasco, sentada bajo la sombra de las palmeras a orillas de un caudaloso río”. Sentimientos que desde “las ilusiones de la infancia” permite ver el mundo existente bajo la realidad, contra la cual, a manera de un nuevo Quijote, el autor lucha para que no se deshaga esa quimera que alcanza la posición del fenómeno, pues lo objetivo es “como el cierzo sobre el cáliz de las flores”.

Cuatro lexemas me parecen especialmente destacables en el segundo párrafo de este texto: inquietud, fantasía, ilusión e imaginación. Lo ominoso de la inquietud, inevitable en la oscuridad de lo desconocido, origina la posibilidad de las otras tres. Hermosa palabra “Ilusión” que va desde el compromiso de la persona ante el deseo de conseguir un objetivo hasta la esperanza pasando por el ‘concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos’. Ilusiones que, además lo son de la infancia como ese tiempo en que no existen las fronteras entre la realidad y lo maravilloso.

Patio de Córdoba. F. Antonio Joaquín González

El recuerdo permite, junto a la fantasía de la infancia, un retroceso en la temporalidad que alumbra el mundo antiguo que subyace en la contemporaneidad; y así Córdoba recuerda en sus reminiscencias a la antigua Damasco, capital de los primeros Omeya, pues Córdoba es “esa segunda Damasco sentada bajo la sombra de sus palmeras a orillas de un caudaloso río”, según la misma base que encontramos en el libro de Adolf Friedrich von Schack Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia, traducido por Juan Valera.

Aunque no se hace tan evidente en este fragmento, sí en otros momentos de la obra, la historia y la realidad arquitectónica van a resultar ficcionalizadas al verse interpretadas desde el paradigma del Orientalismo; creado desde la fantasía, la imaginación y la ilusión; también desde la inquietud, pues buena parte del exotismo encuentra sus raíces en el miedo de Occidente hacia el Levante.

Como podemos leer en el tercer párrafo del texto, lo árabe, lo hispanoárabe sería mejor, es una corriente subterránea en la cultura española que, como le sucede al autor, en un primer momento no se percibe, más en la oscuridad del paisaje. Pero ahí está la antigua ciudad musulmana, lo desigual de las calles, la mezquita y sus portales que sobrecogen la sangre andalusí que palpita en quien esto escribe, la sencillez de las paredes que ocultan al extraño la vida que en el texto parece ausente, pues se guarda para la hospitalidad esencial de unos patios que dignifican la condición humana.

Adolf Friedrich von Schack en su Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia (1865) en la traducción y versión de Juan Valera, fechada entre 1867 y 1871, escribe en torno a Córdoba y Abderramán I y su poesía:

“Con el intento de hermosear su capital por todos estilos, a imitación de las ciudades de Oriente empezó Abd al-Rahman en Córdoba, de cuyo esplendor puso los cimientos, la construcción de la gran mezquita, que aún en el día sobresale, entre las ruinas de tantas obras maestras del arte arábigo, como una maravilla del mundo. Al mismo tiempo edificó un quinta hacia el noroeste de la ciudad, a la cual dio el nombre Ruzafa, en conmemoración de una casa de campo cercana a Damasco y perteneciente a su abuelo Hisam. En los jardines que se extendían en torno de este palacio hizo plantar árboles raros de Siria y de otras tierras de Oriente. Una palma, que allí, bajo el apacible cielo de Andalucía, creció como en su patria oriental, y que parece haber sido la madre de todas las otras palmas de Europa, infundiendo en el alma de Abd al-Rahman melancólicos recuerdos del país nativo, le inspiro los siguientes versos:

Tú también eres, ¡oh, palma!
en este suelo extranjera.
llora, pues; mas siendo muda,
¿cómo has de llorar mis penas?
Tú no sientes, cual yo siento,
el martirio de la ausencia.
Si tú pudieras sentir,
amargo llanto vertieras.
A tus hermanas de Oriente
mandarías tristes quejas,
a la palma que el Éufrates
con sus claras ondas riega.
Pero tú olvidas la patria,
a par que me la recuerdas;
la patria de donde Abbas
y el hado adverso me alejan.

En el libro citado se contienen otras dos composiciones del emir con el mismo tema.

Abderrahmán I

El mismo ambiente de nocturnidad con el que comienza Córdoba lo encontramos también en el Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós Zaragoza (1874):

“Me parece que fue al anochecer del 18 cuando avistamos Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante a vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda, Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetos hasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados y enfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba nuestras penas”.

Ese mismo ambiente nocturno se encuentra en “El rayo de luna. Leyenda soriana”, narración de Gustavo Adolfo Bécquer, publicada en El Contemporáneo entre el 12 y el 13 de febrero de 1862:

“Las calles de Soria eran entonces y lo son todavía estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ella, silencio que sólo interrumpía, ora el lejano ladrido de un perro, ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas. Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas corriendo al azar de un sitio a otro. Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente”.

Pío Baroja en 1905 publicó su novela titulada La feria de los discretos, de su trilogía El pasado (junto a Los últimos románticos y Las tragedias grotescas), su acción se sitúa en Córdoba en vísperas de la revolución de 1868. En ella, la llegada de Quintín a la ciudad es en ferrocarril: “<Me estoy convenciendo de que estoy en Córdoba>, murmuró Quintín, y entró en el paseo del Gran Capitán, tomó después por la calle de Gondomar hasta las Tendillas y de aquí, como si el día anterior hubiera paseado por aquellas calles, se plantó en su casa”. Al día siguiente, Quintín pasea por la ciudad:

“Las calles delante de él se estrechaban, se ensanchaban hasta formar una plazoleta, se torcían sinuosas, trazaban una línea quebrada. Los canalones, terminados en bocas abiertas de dragón, se amenazaban desde un alero a otro, y las dos líneas de tejados, rotas a cada momento por el saliente de los miradores y de las azoteas, limitaban el cielo, dejándolo reducido a una cinta azul, de un azul muy puro. Terminaba una calle estrecha y blanca, y a un lado y a otro se abrían otras, igualmente estrechas, blancas y silenciosas. Quintín no se figuraba tanta soledad, tanta luz, tanto misterio y silencio. Sus ojos, acostumbrados a la luz cernida y opaca del norte, se cegaban con la reverberación de las paredes; en su oído zumbaba el aire como esos grandes caracoles sonoros. […] En las plazoletas, las casas blancas de persianas verdes, con sus aleros sombreados por trazos de pintura azul, sus aristas torcidas y bombeadas por la sal, centelleaban y refulgían y al lado de una plazuela de éstas, incendiada de sol, partía una estrecha callejuela húmeda y sinuosa llena de sombra violácea. En algunas partes, ante las suntuosas fachadas de los viejos caserones solariegos, Quintín se detenía. En el fondo del ancho zaguán, la cancela destacaba sus labrados y flores de hierros sobre la claridad brillante de un patio espléndido, de sueño, con arcos en derredor y jardineras colgadas desde el techo de los corredores; y en medio de una taza de mármol, un surtidor de agua cristalina se elevaba en el aire. En las casas ricas, los grandes plátanos arqueaban sus enormes hojas; los cactos decoraban la entraba, enterrados en tiestos de madera verde; en algunas casas pobres, los patios aparecían desbordantes de luz al final de un larguísimo y tenebroso corredor lleno de sombra…”

Retrato de Guztavo Adolfo Bécquer. Realizado por su hermano Valeriano Béquer. 1862

Pedro de Madrazo y Kuntz (Roma 1816-1898 Madrid) perteneció a una importante dinastía de las artes entre cuyos miembros, era su hermano, se encuentra el célebre pintor decimonónico Federico de Madrazo. Se dedicó a la pintura y a las artes, también fue escritor, jurista, periodista y crítico de arte. Participó en la creación de la revista El Artista (1835-1836), publicación fundamental para conocer el Romanticismo español. Como poeta siguió una temática religiosa (su compromiso con el catolicismo se hace evidente en muchos momentos del volumen dedicado a Córdoba), moral y patriótica, sentimiento que no puede desgajarse, tampoco, de la obra que estamos comentando. Como traductor destacan sus versiones de la poesía del espartano Tirteo o de la obra de Thiers, Historia del Consulado y del Imperio (1845). Colaboró en Recuerdos y bellezas de España, empresa editorial cuya primera responsabilidad corresponde al poeta Pablo Piferrer y al editor y dibujante Francisco Parcerisa. En esta colección Pedro de Madrazo escribió los volúmenes dedicados a Córdoba (1855) y Sevilla y Cádiz (1856). Fue la segunda edición de esta serie la que pasó a titularse España. Sus monumentos y sus artes; su naturaleza y su historia.

Adolf Friedrich von Schack en su Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia (1865) en la traducción y versión de Juan Valera, fechada entre 1867 y 1871, escribe en torno a los Omeya de Córdoba:

Fuente. Patio cordobés. F. Antonio Joaquín González

“Bajo la dinastía de los Omiadas que fundó Abd al-Rahman, y que duró dos siglos después de la caída de su antecesora en Oriente, floreció España hasta el punto de poder y esplendor, que oscureció a los demás Estados de la Europa de entonces. Con las abundosas fuentes de la riqueza pública, que nacían de la agricultura, favorecida por un cuidadoso sistema de irrigación, de la actividad industrial, y del comienzo, que se extendía por todas las regiones del mundo, la población creció también de un modo portentoso. El viajero Ibn Hawqal llama a Córdoba la más gran ciudad de todo Occidente, e Ibn Adhari dice que en la época de su prosperidad contenía dentro de sus muros ciento trece mil casas, sin contar las pertenecientes a los visires y empleados superiores, y que sus mezquitas eran tres mil, y los arrabales veintiocho. El valle del Guadalquivir estaba lleno por todas partes de palacios, quintas y casas de recreo, y de huertas, jardines y públicas alamedas, a cuya sombra acudían a solazarse los ciudadanos, cuando querían apartarse del polvo y del tumulto de la ciudad”.

Gustavo Adolfo Bécquer, en su Historia de los templos de España (1857), al presentar en su introducción a “El Cristo de la Luz” de Toledo el “Bosquejo sobre la arquitectura árabe española”, se sitúa en ese ambiente de orientalismo que encontramos a lo largo de los textos que estamos comentando acerca de Córdoba:

“La arquitectura árabe parece la hija del sueño de un creyente, dormido después de una batalla a la sombra de una palmera. Sólo la religión, que con tan brillantes colores pinta las huríes del paraíso y sus embriagadoras delicias, pudo reunir las confusas ideas de mil diferentes estilos y entretejerlos en la forma de un encaje. Sus gentiles creaciones no son más que una hermosa página del libro de su legislador poeta, escrita con alabastro y estuco en las paredes de una mezquita o en las tarbeas de una aljama”. 

La autoría de este texto de Córdoba. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia pertenece a Pedro de Madrazo.

Mihrab de la Mezquita de Córdoba. F. Antonio Joaquín González

“El año mismo en que el ilustre vástago proscrito de los Umeyas abrió los fundamentos de la aljama de Córdoba, subía al trono del imperio musulmán de Oriente el famoso Harón-al-Raschid, el Pericles de los árabes, dirigido por su sabio wazir Yahia, de la preclara familia de los Barmácidas, a quien debe su reinado sus principales títulos de gloria. ¡Cuentan que este gran Califa al fijar la planta en el trono de los Abbasidas, ostenta ya ceñida la sien con el lauro de la victoria; que las huestes de la emperatriz Irene han huido ante él despavoridas en los campos del Asia menor; que la Providencia le tiene reservado para hacer inmensas conquistas en el Asia y escarmentar el orgullo de Nicéforo, que no en vano parece haberle dotado la naturaleza de un corazón de hierro y de la más exquisita sensualidad, puesto que para levantar la tiranía del Islamismo a la altura de sistema político capaz de contrabalancear la vigorosa acción del Occidente, es preciso que Harún pueda ver sereno espirar en horribles suplicios a muchos individuos de su propia sangre desde el Asilo y Templo de los Placeres [Bagdad]. El hijo de Harún se jacta de que sabrá mover el Oriente y el Occidente con la misma facilidad que si fueran piezas de ajedrez: bravata verdaderamente asiática, pero que compromete a los emancipados sultanes de Andalucía a sobrepujar, siquiera sea por arte satánica, en fasto, en gloria, en prestigio y poderío, a los que así presumen ser árbitros del mundo. Grande y hermosa es Córdoba, pero bella y grande es también la nueva Ciudad de la Paz, la rica y voluptuosa Bagdad, que Abu-Giaffar Al-Mansur confió a las zalamas del Tigris en el asiento mismo de una poética quinta regalada por Cosroës Anuschireván a su concubina más querida. Grande y próspero ha sido el reinado de Abde-r-rahmán I: su hijo Hixem, continuador de su sabia política, ha logrado ruidosos triunfos que contribuyen a consolidar la más preciosa conquista sarracena. Alhakem asciende ahora a la suprema dignidad en Córdoba”.

Este fragmento es una muestra evidente de cómo la mirada orientalista mediatiza la interpretación del pasado andalusí, situando en paralelo las dinastías Omeya y Abbasí, o, lo que en este caso viene a ser lo mismo, las ciudades de Córdoba y Bagdad, desde una serie de elementos que corresponden a la estética del exotismo que está triunfando en la época en la que se publicó el libro al que pertenece.

Entre los soberanos de la dinastía Abbasí que gobernó el Oriente del imperio musulmán hay que destacar a Harún al-Rashid, que vivió entre el 766 y el 809. Durante su reinado, que comenzó en el 786, el califato Abásida llegó a su punto culminante. Harún al-Rashid se vio inmortalizado para la literatura en la colección de cuentos Las mil y una noches. Abderrahmán I, que en el texto aparece mencionado como “el ilustre vástago proscrito de los Umeyas” nació en Damasco en 731 y murió en Córdoba el 788; así pues se cumplen las coincidencias cronológicas que señala Pedro de Madrazo. Se hace referencia también en el texto a la sucesión Omeya en Al-Andalus, desde Abderrahmán I, su sucesor Hixam I (788-796) continuador de los triunfos del primer emir Omeya de Córdoba y Al-Hakam I (796-822).

Las Mil y una noches. Laura. Lo Duca

Entre los hitos importantes de la vida de Harún Al-Rashid, el quinto monarca de la dinastía Abbasí, cuando el imperio islámico de Oriente alcanza uno de sus momentos álgidos por sus victorias contra Bizancio. Harún Al-Rashid logró en dos campañas casi simultáneas en 780 y 782 victorias contra la emperatriz griega Irene, consiguió así someter a Bizancio a tributo. De la época de este soberano son también las relaciones que se establecen entre la casa de los Abbasidas y el emperador romano-germánico Carlomagno, entre Oriente y Occidente. Son famosos algunos de los presentes que llegaron al emperador franco provenientes de lejanas tierras; entre ellos un célebre juego de ajedrez con piezas de marfil (este dio origen a la novela de Katherine Neville de 1988 El ocho) y un elefante asiático que, seguramente llegó a marcar ciertas fantasías occidentales de la Edad Media. Esta alianza entre dos polos tan opuestos, desde los principios del enfrentamiento entre civilizaciones, encuentra su explicación en la existencia de unos enemigos comunes en el proyecto geoestratégico de ambos protagonistas, Harún Al-Rashid y Carlomagno: por un lado, la lucha contra el poder de los Omeya en Al-Andalus; por otro, contra el Imperio bizantino. Harún Al-Rashid fue sucedido por Abu-l-Abbas Abdallah Ibn Harún al-Rashid, conocido como Al-Mamun.

En la biografía política de Harún Al-Rashid cobra relevancia otro personaje que también es mencionado en el texto de Pedro de Madrazo, el wazir (ministro) Yahia, de la familia de los Barmácidas, Yahya Ibn Jâlid Ibn Barmak, el Barmací, que fue el tutor del soberano persa. También se menciona a Abu-Giaffar al-Mansur, el segundo califa de la casa de los Abbasíes, Abu Ya’far Abdallah Ibn Muhammad Al-Mansur (712-775), el cual fundó, en torno a 762, la residencia real de Madinat As-Salam, la Ciudad de la Paz, que acabaría siendo la urbe de Bagdad y que, en la antigüedad, fue una poética villa regalada por Cosroes Anuschirevan a su concubina más querida; historia que encontrará su eco en la leyenda de Medina Azahara levantada en tiempos de Abderrahmán III.

Uno de los motivos que me han llevado a elegir este fragmento de la obra de Pedro de Madrazo es perseguir la presencia de elementos orientalistas; algunos de ellos, conceptos históricos, necesarios; otros, eco de la interpretación desde el exotismo.

En primer lugar hay que destacar el léxico utilizado, que nos sitúa en un mundo de resonancias árabes como wazir, califa, ajedrez, sultanes de Andalucía, zalamas del Tigris y sarracena; unido a la presencia de nombres propios como Umeyas, Harún-al-Raschid, Yahia de los Barmácidas, Abu-Giaffar Al-Mansur, Abde-r-Rahman I, Hixem, Alhakem, Abbasidas, Bagdad, que es traducida como Ciudad de la Paz, por su origen como Medina As-Salam.

Pero la connotación orientalista está más allá del empleo del arabismo; se manifiesta desde la utilización de una serie de estereotipos que definen Oriente desde una mirada exotista.

A la hora de calificar a Harún al-Rashid se utiliza una comparación que sirve, también, no sólo para explicar, sino para dejar clara la preponderancia de lo occidental, así es llamado el Pericles de los árabes. Se le define como un personaje con el corazón de hierro y de exquisita sensualidad que valen, en muchas ocasiones, para definir el mundo del otro en el arte y en la literatura orientalista; recordemos el cuadro de Delacroix La muerte de Sardanápalo (1827). Las palabras casi nunca son neutras, así no deja de llamar la atención la comparación entre la tiranía del islamismo enfrentada a la vigorosa acción de Occidente, que se encuentra personificado en la emperatriz Irene, Nicéforas y Carlomagno. El valor de lo sensual también se encuentra reflejado en la definición de Bagdad como asilo y templo de los placeres o en la historia de la concubina de Cosroes cuyo deseo le llevó a construir la villa donde se asentará la capital de los Abbasíes. Nacida desde el deseo, esta urbe, además de rica, habrá de ser voluptuosa.

La crueldad es otro de esos rasgos que se utilizan para definir la otredad que va a justificar la acción del imperialismo, como tan bien supo explicar Edward Said; así se hace inevitable la mención de cómo el califa, para alcanzar el poder tuvo que usar de horribles suplicios contra miembros de su propia familia. Incluso se llega a la interpretación de la crueldad desde los principios del juego al afirmar que el control de Occidente para el califa se acerca a la bravata de ver el mundo equiparable a un tablero de ajedrez, palabra que, por otra parte, procede del árabe.

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La narratividad en Los siete samuráis de Akira Kurosawa

En los orígenes de la literatura, la naturaleza es un factor fundamental. Lo natural se rige desde los principios del tiempo y de lo rítmico, esta es la base estética de la prehistoria. En Los siete samuráis esta cuestión se muestra desde un primer momento. El tiempo cíclico del labrador es la expresión del sentimiento de amenaza que permanece latente en los dos primeros tercios de la película. La cosecha de la cebada marca el momento en el que va a producirse la incursión de los bandidos; el tiempo de alegría se transforma en un aguardar el dolor; y este sentimiento es tan poderoso que, pese a que se sabe que los malhechores van a llegar, los campesinos se muestran alegres mientras recogen el cereal; alegría ya sin ningún tipo de cortapisa al final de la película, ya liberados de quienes los oprimían.

El tiempo idílico de la prehistoria es el que carece de letras y se basa en la tradición de la palabra oral. Los únicos que son capaces de leer en la película son los samuráis. Con un rollo escrito y aristocrático, Kikuchiyo pretende demostrar que pertenece a la casta samuráis, pero como él no lo ha sabido leer, su mentira cae en el vacío de la burla. Esa capacidad de leer muestra que nos encontramos en la segunda fase del devenir humano, la de la Historia. En ella conviven la cultura tradicional, representada en los campesinos y la escrita de los samuráis. Esa oralidad de los aldeanos se encuentra reflejada en el momento en el que el anciano Gisaku encuentra en el conocimiento del pasado no escrito la posible salvación del pueblo, contratando samuráis que luchen contra los bandidos como en un tiempo muy lejano hicieron otros campesinos.

La diferenciación social del tiempo prehistórico no está tan relacionada con la capacidad de poseer bienes como por el enfrentamiento entre la categoría nómada (los samuráis, ronin) y sedentaria. Tengamos en cuenta que en la película los únicos que disponen de un asentamiento son los campesinos y los bandidos (su guarida será retratada en un momento muy interesante). Esta semejanza no deja de producir una cierta sensación de intranquilidad, más cuando conocemos el comportamiento que con los derrotados en otras batallas han tenido los aldeanos y se nos presenta el final de soledad demoledor para los supervivientes del grupo de los siete.

La utopía de igualdad que se supone que es el tiempo de la prehistoria se ve como falsedad en la expresión de este mundo de los aldeanos, sometidos a la ley del más fuerte, porque no duda en utilizar la violencia y esta son los bandidos.

Lukács en su definición de la novela plantea dos procesos de mixtificación; dos grandes nudos en el proceso de la Historia. El primero de ellos es la transición de la Prehistoria (la igualdad) a las sociedades históricas (desigualdad económica y cultural, desarrollo de la escritura y del monetarismo). Se parte, en este principio, de la definición utópica de una sociedad primitiva tradicional en la que todos los individuos que la forman son iguales.

También podríamos interpretar Los siete samuráis desde una mirada a la desigualdad social que en ella se manifiesta. Las clases que en esta película se retratan son los bandidos, como representación del lumpen-proletariado; ‘el sector social más bajo del proletariado desprovisto de conciencia de clase’, ajeno a la organización de la sociedad; el forajido o fuera de la ley, el malhechor que socava los principios organizativos del sistema, en sus injusticias también. Los obreros, proletarios y campesinos que muestran una colectividad que, al final también resulta injusta en su aparente igualdad y sin capacidad para integrar elementos que, aunque la hayan favorecido, resultan ajenos. Y la burguesía, aunque más habría que tratar aquí de una clase cuyas raíces se acercan a lo aristocrático nacido desde los privilegios de la fuerza. Aquí se encuentran los samuráis, que son rastros de un antiguo estamento guerrero que, en su decadencia, tiene que purgar los errores y la explotación ejercida a lo largo de los siglos. Condena que en el caso de Los siete samuráis es, a toda luces, injusta.

El pensamiento dogmático previo al segundo proceso, o mixtificación, histórico, implica que no puede aceptarse un proceso formativo, es decir, de cambios en el personaje; este no puede evolucionar, simplemente muestra o recupera una condición, que le es innata, en los distintos procesos por los que pasa. La modernidad, que es la segunda mixtificación, implica un nuevo pensamiento, el individualismo; el individuo pasa a ser el centro alejando los dos núcleos de despersonalización del periodo histórico anterior que son la religión, como omnipresencia de la divinidad, y la razón. Es la novela, en el sentido de narrativa y también de lo cinematográfico (como heredero audiovisual de la escritura novelística), lo que permite una ruptura con lo absoluto que se manifiesta en las experiencias literarias anteriores.

Deberíamos plantearnos qué sucede con la narrativa cinematográfica interpretada como un acto comunicativo; este en sus inicios y casi durante todo el siglo XX, sucede en lo colectivo, pues los fotogramas se proyectaban en una sala de cine. La proyección es un acto comunitario, sin embargo se produce en una sala a oscuras, cosa que implica un cierto, aunque relativo, respeto a lo individual de este proceso comunicativo que es ver una película. La interpretación del hecho cinematográfico hasta el último tercio del siglo XX parte de la existencia de la sala de cine. Ahora bien, desde los años ochenta del siglo XX se produce la generalización de la posibilidad de ver en el retiro individual esas misma películas (vídeo) y así, éstas pueden cargarse de más significados.

El tiempo de la historia se basa en la desigualdad y puede generar, como recurso de supervivencia, una falta de correspondencia entre la realidad, las apariencias y los valores. Por esto es tan importante el principio de sinceridad, en japonés Makoto, que en esta cultura también es un valor estético. En este sentido hay que interpretar a los protagonistas de Los siete samuráis, dejando a un lado a Mifune, el cual también tendrá su momento de sinceridad, confesión, encuentro o emergencia del ser en la escena en la que es rescatado el niño del molino y Kikuchiyo se reconoce en él.

En el relato tradicional, el héroe errante recorre su camino sufriendo y, casi siempre, venciendo en unas pruebas que le llevan a alcanzar un momento final en el que, sin embargo, no puede decirse que haya cambiado en exceso; sigue siendo el mismo héroe con más experiencia y esto justifica la defensa de que sí hay, aunque ligero, un cambio. Normalmente, este final le sitúa en un tiempo de felicidad, casi siempre asociada a lo idílico, a la consecución del amor. En este sentido es doblemente demoledor para un espectador occidental lo sucedido en Los siete samuráis.

En este panorama de desigualdad histórica, lo humorístico supone una ruptura del patetismo, o seriedad, que origina una cierta igualdad entre los miembros de una comunidad. En este sentido, hay que destacar el episodio en el que Kikuchiyo es desmontado del jamelgo de Yohei. La risa es también la victoria de la vida sobre la muerte; por eso se ríe tanto en dos momentos de la película de Kurosawa: la cosecha y la labranza.

El género humano muestra una actitud valorativa hacia la vida. Así en las películas de Akira Kurosawa, como en las de John Ford los dos elementos que manifiestan la interpretación de la existencia, seriedad y risa, van a estar muy presentes. El lenguaje gestual ante esta dupla se transforma en un elemento sustancial, en algún caso incluso más que la palabra, pues llega a definir lo más auténtico del personaje. En el caso Kikuchiyo en Los siete samuráis, la verbalización es utilizada, sobre todo, cuando el personaje muestra un comportamiento patético, en el sentido de serio; por ejemplo en su diatriba contra los campesinos que, también, es su defensa. En este mismo personaje se funden lo verbal y lo gestual, y ahí se hace mucho más patente lo que podría quedar oculto mediante el uso de la palabra fingidora. Tanto es así que la palabra, el grito que rasga el más profundo sentimiento de Kikuchiyo se complementa, mediante un complicado y doloroso trabajo de interpretación en el momento de la emergencia del ser, de la auténtica anagnórisis del personaje durante el episodio del molino en llamas.

Desde un punto de vista de la historia de la risa hay que hacer notar que surgen personajes especializados en hacer reír, como el loco y el bufón, cuyos actos, aunque provoquen risa, no dejan de ser más que auténticas manifestaciones de la verdad. Esto lo supo ver muy bien el mismo Akira Kurosawa en Kyoami, el bufón de Ran, aprendido en El rey Lear de Shakespeare. En este juego de la verdad se acaba transmitiendo, mediante la risa, lo más auténtico, en algunos casos desde una visión distorsionada de la realidad que no deja de expresar el verdadero sentimiento como es el caso de la unión que existe en una de las familias de Dodeskaden, donde el padre trata a lo hijos, que según los rumores no son suyos, con un cariño que no se evidencia de una manera tan directa en otras películas de Akira Kurosawa.

La risa también puede ser festiva y como tal la encontramos en los momentos más folclóricos de Los siete samuráis como un canto de la alegría que supone vivir en un mundo tan horrible, en apariencia, como el que aquí se perfila. Pero, del mismo modo sucede en la parodia o en la sátira, así cuando Kambei se burla del joven Katsushiro poco antes de la batalla, como una necesaria ruptura de la seriedad poco ante de que comience la batalla final por la supervivencia. 

La estética del idilio procede, también del mundo de la tradición y pasó a la literatura culta más antigua influyendo en la configuración de algunos de los más importantes tópicos literarios. Entre los elementos que la configuran, y todo ellos se encuentran reflejados en Los siete samuráis, hay que mencionar la configuración del paisaje desde el modelo del locus amoenus, lo festivo como alegría de vivir y la importancia de lo agrícola,, en consecuencia, la medida del tiempo según los ritmos de la naturaleza; la satisfacción sexual desde un erotismo natural alejado de la deformación pornográfica, aunque en el caso de Los siete samuráis tiene en algún momento una cierta degradación burlesca y, por último, la mirada hacia un horizonte utópico tanto pasado como futuro de la edad de oro. Tomando en cuenta todos estos elementos, no deja de ser importante explicar el alejamiento que sufren los samuráis supervivientes, a ellos se les niega la felicidad de la integración porque son la representación de un mundo patético, alejado de la tradición idílica. Y esto es una injusticia.

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Estética de la novela (2021). Luis Beltrán Almería

Dr. Luis Beltrán Almería

Hay momentos en el proceso formativo de uno mismo que quedan especialmente grabados en el recuerdo; bien por la persona que contribuyó a extender el horizonte, bien por la enseñanza transmitida. Tuve la fortuna de asistir a los cursos de doctorado, hacia finales de los noventa, que impartía Luis Beltrán Almería en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza. Tranquilos y silenciosos sábados por la mañana en el Pabellón de Filología, derribado y recién reconstruido ahora. Bajtín, estética de la novela, patetismo, el cronotopo, Luis Landero, Gabriel García Márquez. El entusiasmo del que enseña siempre encuentra su eco en la efervescencia del que aprende. Tuve el honor, años después, en 2002, de que el doctor Beltrán fuese miembro del tribunal ante el que leí mi tesis doctoral sobre Clarián de Landanís; recuerdo sus amables palabras y la hospitalidad esencial con la que cumplió la función que le cayó en suerte como secretario del tribunal. Por fortuna, en el camino de toda persona se producen dichosos encuentros. Quiero hoy escribir acerca de su Estética de la novela como una reflexión y homenaje a quien tanto aporta a mi interpretación del hecho literario.

Estética de la novela. Luis Beltrán Almería.

Uno de los factores que más interesantes me han resultado en la explicación de la estética de la novela es la concepción de la Historia como un proceso civilizatorio, que parte de un tiempo de la tradición; creo que tal pensamiento puede estar cercano a lo que Unamuno llamó intrahistoria. Proceso civilizatorio que no sé hasta qué punto implica avance o retroceso, mirando cómo está el mundo.

La prehistoria es el tiempo en el que se hace evidente la comunión de la naturaleza con el ser humano, parte y responsable de ella. En el nacimiento de los mitos es fundamental la concepción del universo como un ritmo, como cíclico. Ahí está el origen, también de lo lírico, como ritmo. La temporalidad es una de las dimensiones fundamentales para acercarse a lo narrativo, las otras dos son la risa y la palabra. La consecución de la eternidad es la experiencia transcendental estética equiparable a la hierofanía. La prehistoria es la fase de la igualdad en la evolución humana.

En realidad, en este pensamiento parece que subyace cierta melancolía por un tiempo pasado, imaginado desde la ficción de la igualdad. Rousseau, aunque su pensamiento acaba defendiendo el mito del buen salvaje, parte en El contrato social de la afirmación de un primitivo estado humano de salvajismo que conducía a la tiranía; para defenderse de tal posibilidad, el animal humano se organiza en grupos que, sólo desde una mirada muy idealizada, pueden ser considerados como igualitarios.

Hay dos momentos primordiales en la historia. El primero es la transición del estado de igualdad durante la Prehistoria, en la sociedad primitiva tradicional en la que predomina la cultura oral. Con el comienzo de la Historia se produce la desigualdad económica y cultural, desde el desarrollo de la escritura. Con esta última van a diferenciarse la cultura popular y la considerada como elevada. La narrativa se encuentra tanto en una como en otra.

El segundo momento se produce con la modernidad que supone una revolución ideológica y estética; su resultado será el desarrollo de un nuevo pensamiento, el del individuo, el cual ocupa el lugar que en las sociedades preindustriales y teocéntricas pertenecía al dogma antiguo, bien sea este la divinidad (hasta el siglo XVIII), o la razón (siglo XVIII y XIX). La preponderancia del individuo supone el desarrollo de la dimensión estética del ensimismamiento.

Dr. Luis Beltrán Almería

En este segundo momento primordial se produce la fusión del simbolismo tradicional y las estéticas producidas a partir de la mixtificación, entendida como deformación, que llevó de la Prehistoria a la Historia.

Bien podríamos distinguir en el acontecer del ser humano estas fases: Prehistoria (igualdad, cultura tradicional); Historia (cultura tradicional versus cultura elevada), que a su vez desarrolla dos pensamientos que se alternan en el discurrir del tiempo desde el siglo XVI: pensamiento teocéntrico y pensamiento basado en la razón (sobre todo en los siglo XVIII y XIX) y Modernidad. Las formas históricas del período histórico anterior a la Modernidad son el patetismo, el didactismo y el humorismo.

El pensamiento dogmático que se desarrolla en el periodo histórico, bien desde un punto de vista de lo teocéntrico, bien desde el valor como absoluto de la razón (a partir de la Ilustración), se plasma en una serie de héroes de características extraordinarias que no pueden verse transformadas; sin embargo, el protagonista narrativo a partir de la modernidad está construido desde la variación de lo temporal que va a producir cambios en la naturaleza del personaje, el cual ya no nace como un absoluto, sino como un ser que se va forjando con el tiempo, categoría cuya percepción marca el fin del periodo idílico de la prehistoria.

Más allá de la escisión cultural entre cultura elevada y popular, en la ruptura que supone la escritura y el comienzo del proceso histórico, “la novela es el instrumento cultural que ha alcanzado un gran desarrollo por su capacidad para conectar alta y baja cultura, esto es, por su utilidad como puente cultural”. Por lo que se refiere a la narración, no hay ruptura sino una posibilidad constante de integración. Esta aseveración me lleva a plantearme si no está la posible salvación del ser humano en el camino narrativo hacia un horizonte que bien puede ser el texto religioso, el científico de la ilustración, o el marxista, todos ellos enfocados hacia un punto de la historia futura en el que la utopía se haga posible, hoy lo veo como algo perdido en la mentalidad e imaginación de una parte muy significativa de la humanidad no comprometida.

La realidad de la novela, o de la capacidad exclusivamente humana que es la de narrar, nos muestra que no hay una oposición absoluta entre la oralidad popular y tradicional que mantiene los valores de la prehistoria idealizada y la escritura culta, pues bien puede marcarse la integración entre ambas desde la literatura en tercera persona, característica del género narrativo, según Jakobson. Baste con observar los primeros relatos épicos, tan antiguos que no están constituidos por palabras sino por imágenes, las pinturas rupestres que cuentan episodios de caza; de ahí, a la epopeya, la épica, los cantares de gesta, las aventuras de los libros de caballerías y la novela, con el héroe del siglo XX y su compromiso social; todo lo mismo; una variación que, desde sus posibilidades de libertad, bien podrían conducir al ser humano hacia posibilidades cada día más lejanas, que despierten su verdadera esencia diferenciadora de lo animal.

Entrada Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Zaragoza.

La tradición oral supone un desarrollo comunitario frente a la soledad que implica la letra, percibida desde el retiro silencioso; aunque este punto culminante de la Historia tardará en llegar, con los valores del ensimismamiento, de individualidad, que supone. Recordemos que durante muchos siglos, con posterioridad a lo que fue la gesta de la imprenta, lo que prevalece es la transformación de lo escrito en oral. Un efecto interesante al respecto se produce con la narrativa cinematográfica que nace a la vez que se produce la modernidad. La proyección de una película en una sala de cine implica un acto colectivo; transformación en experiencia individual por la necesaria oscuridad que requiere la luz filtrada por los fotogramas. En la actualidad esa mezcla de lo colectivo e individual se está convirtiendo en incomunicación con el otro por el acercamiento a los medios audiovisuales desde lo más privado, origen de aislamiento y adormecimiento de los sentidos.

La novela, cuya primera definición es debida a Juliano el Apóstata, hacia 363 d.C. es “Ficción en forma de relato histórico con argumento amoroso”; aquí están las primeras novelas, desde luego, entre ellas Dafnis y Cloe de Longo. Pero esta modalidad narrativa es mucho más. La novela es un género literario nuevo que se desarrolla en el tiempo de la desigualdad. Implica la dinámica de la revolución de la imaginación. La tradición estaba cerrada en el mundo mitológico de los antepasados. Los cauces narrativos no podían separarse de una línea argumental que era bien conocida por todos y cuya expresión, de alguna manera, es un proceso ceremonial (se recuerda el illo tempore y ese momento se actualiza, así sucede con la consagración de la misa cristiana). En la epopeya religiosa, el héroe es absoluto, corresponde a la tradición. Un ejemplo es el Mahabaratha, aunque con la Bhagavad Gita ya se produce una cierta fisura en tal unidad, pues en ella se encuentra el desarrollo de la persona por la emergencia del ser en su obligación de autorreconocerse. Desde la leyenda, relacionada con aspectos del mundo que requieren explicación, y del mito, que son el pasado, se va a producir el desarrollo de la imaginación, que puede ser el futuro o lo utópico.

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EL LIBRO DE LOS MUERTOS

Los colosos de Memnon

La egipcia es un ejemplo evidente de la importancia que tuvieron los ríos en el nacimiento de las civilizaciones (recordemos, también, el territorio que recibe el nombre de Mesopotamia de Meso -medio- y potamos -río-, o el Indo, o el Yangtsé). Desde un punto de vista social y económico el estado egipcio se organizaba desde un sistema jerárquico cuya cúspide era el faraón; más allá los nobles, sacerdotes, escribas, el pueblo, agricultores, artesanos, comerciantes, esclavos. Así se mantuvo, y más allá también, hasta que Egipto pasó a ser dominado por el Imperio romano, en la época de Augusto (siglo I a.C.). En definitiva, nos encontramos con una sociedad tradicional, cuya religión se fundamenta en la existencia y el consiguiente culto a un panteón divino muy numeroso, en buena parte representación de las fuerzas de la Naturaleza, con abundantes dioses con formas de animales antropomorfos relacionados con el paisaje en el que se desarrolló esta civilización. En estas fuerzas de la Naturaleza se encuentra el nacimiento de la literatura como manifestación de una visión cultural del mundo y de la existencia (¿qué otra cosa que la repetición de la alternancia de la luz y la oscuridad de la noche es el ritmo versal?).

Una de las creencias centrales de la civilización egipcia es la aceptación de una existencia que se prolonga más allá de la vida terrena; esta implica el desarrollo de unos cultos entre los cuales tienen importancia básica los ritos funerarios, fundamentados en la necesidad de trazar un camino en el recorrido de ultratumba del alma, mediante la preparación de la vida del más allá en las construcciones funerarias como las pirámides, la técnica del embalsamamiento (las momias) y la redacción de una obra como es el Libro de los muertos (literatura compartida con otras culturas como la tibetana y su Bardo Thödol).

El Libro de los muertos es un texto del antiguo Egipto de carácter ritual funerario; la transcripción del título original es RW NW PRT M HRW, secuencia consonántica que puede traducirse como Libro de la salida al día o Libro de la emergencia de la luz (aquí en el sentido de emerger, salir). La utilización ritual de estas fórmulas o conjuros contenidos en él pueden situarse en torno al 1540 a.C. y se mantuvo incluso durante el periodo helenístico, posterior a la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno (siglo IV a.C.). Esta obra presenta distintos tipos de modalidades textuales como son las oraciones de carácter religioso, las fórmulas mágicas para invocar a los dioses y los sortilegios.

Fragmento del Libro de los Muertos

El cometido fundamental de los sortilegios del Libro de los muertos es que sean pronunciados por el alma del fallecido para que este pueda superar el juicio de Osiris, viajar cruzando el Inframundo (Duat) y alcanzar el Paraíso (Aaru). Algunos de los textos que conforman esta obra religiosa -que en un principio no se sitúa en la categoría de lo literario- se encuentran copiados, pintados como jeroglíficos en las paredes encaladas de las pirámides y en los sarcófagos; algunos de ellos pueden fecharse alrededor del III milenio a.C. (datación que los hace mucho más antiguos). No existe una sola versión completa y reconocida como canónica, sino distintos papiros con ilustraciones y escritos en jeroglífico o en escritura hierática, que es una forma simplificada del anterior. Así pues, la finalidad de estos textos es guiar al difunto por el mundo del más allá. En ese territorio trascendente se presentará ante Osiris, entendido como Dios de la Muerte. Es así por su biografía mítica que le supuso morir y recuperar la vida, clara metáfora de la inmortalidad del alma. Osiris presidirá el pesaje del alma del fallecido (psicostasis), previo a la decisión de su destino más allá de la vida física.

Al llegar ante el tribunal, el alma debía pronunciar las oraciones dirigidas hacia cuarenta y dos divinidades que se encontraban allí presentes; se trataba de una defensa del que iba a ser juzgado para demostrar su inocencia. En una balanza, símbolo de la justicia que debe medirse desde la ecuanimidad, eran colocados en sus respectivas bandejas el corazón del fallecido y la pluma de una avestruz, que es la imagen de la diosa Maat, representación de la Justicia y la Verdad. No deja de ser interesante fijar nuestra atención en que aquí nos estamos refiriendo a una serie de aspectos relacionados con lo físico: la acción de pesar, una pluma y un corazón, asunto que nos lleva a tomar en consideración que la vida de ultratumba no es un asunto metafísico, sino que en él, el cuerpo también está presente, de ahí ese interés religioso por la técnica del embalsamamiento y por las ofrendas de riquezas y alimentos que acompañaban al cadáver en su postrera residencia (que no lo es tanto, sino más el umbral hacia otra existencia transcendente).

En la acción del pesaje podían darse dos resultados; si la balanza se mantenía en equilibro, se hacía evidente que el que allí presentaba su corazón había llevado una vida ejemplar y era conducido al Campo de los Juncos; otra representación de lo importante que era el Nilo y su ecosistema para la civilización egipcia; hermosa metáfora, por otra parte, de la inmortalidad que se asienta en la escritura, cuyo soporte material para la cultura egipcia era el trenzado de papiro (una variedad de junco). Sin embargo, si el corazón pesaba más que la pluma (contemplemos esta acción como una aporía, una paradoja de lo metafísico), entonces el fallecido era engullido por las bestia Ammyt. No hay una tercera opción, que el corazón pesase menos que la pluma, pues, al fin y al cabo, Maat, y la pluma, simbolizan la perfección moral, ética y de sabiduría, nivel que un ser humano puede alcanzar, el equilibrio de la balanza, pero no superar, pues se trata de un ideal.

Ammyt (Ammut o Ahemait) es la divinidad egipcia cuyo nombre significa Devoradora de Almas. Su cuerpo está formado por una parte de león, el pecho; otra de hipopótamo y la cabeza de cocodrilo. En las iluminaciones del juicio de Osiris, Ammyt está representada a los pies de la balanza. Cuando el juzgado resultaba condenado, Ammyt lo devoraba y así perdía su condición inmortal y su muerte era definitiva incluso para su alma.

El Libro de los Muertos egipcio

El formato material que soporta el Libro de los Muertos es el papiro, con ilustraciones más allá de la propia escritura jeroglífica. Respecto a estas últimas se hace necesario recordar la importancia que tiene la imagen en el adoctrinamiento religioso en una sociedad con un elevado índice de analfabetismo. Fragmentos del Libro de los Muertos, cuando no la obra completa, se copiaban o grababan en las paredes de un enterramiento, o eran trazados en los sarcófagos donde era depositada la momia.

Ya que estamos tratando del Libro de los Muertos, no estará de más que conozcamos algunos detalles, aunque mínimos, acerca del proceso de momificación. Se desarrollaba durante unos setenta días; implicaba un tratamiento en las vísceras, una envoltura del cuerpo en vendajes y el tratamiento mediante natrón, que recibía el nombre de sal divina (carbonato de sodio, en forma de sal blanca, traslúcida y cristalizable), betún, cera de abejas para sellar las aberturas del cuerpo, resinas y aromas en una base oleosa. Durante el Imperio medio (c. 2050-1750 a.C.), los órganos se dejaban dentro del cuerpo; en el Imperio nuevo (c. 1550-1070 a.C.), el cerebro se extraía por la nariz, el estómago, pulmones, hígado, riñones, intestinos y resto de órganos de la cavidad torácica eran guardados en los vasos canopes; sin embargo, el corazón se dejaba dentro, señal indiscutible de la importancia que la cultura egipcia daba a este.

(Primer texto del Libro de los Muertos, en traducción de Federico Lara Peinado)

“Este libro muestra el secreto de la Duat y el misterio religioso del Más Allá. Permite atravesar las montañas y abrir senda por los valles. Es un misterio que no debe, absolutamente, ser conocido.

[…] Este Libro es una cosa verdaderamente muy secreta; no debes permitir que las gentes de condición inferior lo conozcan en cualquier lugar donde estés y no permitas que lo conozcan los habladores ni ninguna otra persona, excepto tú y tu verdadero amigo íntimo”.

En este fragmento del Libro de los Muertos se presenta esta obra, cuyo cometido es mostrar el secreto de los dominios de la Muerte (el territorio ultraterreno llamado Duat) y el misterio que supone ese Más Allá; con una finalidad, que el alma del muerto pueda atravesar el pasaje descrito mediante elementos de un paisaje terrestre transformados en metáfora: sendas de valles y montañas, accidentes abruptos, lugares calmados, que bien podrían entenderse como una alegoría de la vida misma.

En un primer momento, se articula una admonición clara; y la palabra pronunciada cobra pleno sentido en este texto escrito con una evidente voluntad de oralidad. Todo aquello que aquí se diga es un misterio y como tal debe mantenerse oculto. Un misterio es un aspecto arcano de un sistema religioso que se transmite mediante un proceso iniciático en el que se informa y se da a conocer el secreto y sus claves. Más allá del sentido religioso o trascendental que pueda tener la palabra misterio, es necesario fijar la atención en el hecho de que el secreto, base de lo mistérico, es una forma de mantener el poder. ¿Quiénes son aquellos que disponen de tal poder? Puesto que nos encontramos ante un canal de comunicación escrita, el código empleado está en posesión exclusivamente de los escribas y, de un modo especial, de la casta privilegiada de los sacerdotes. Esta admonición está dejando muy claro que estos conocimientos no deben llegar a las gentes de condición inferior. Este es un rasgo característico de un sistema social organizado desde una jerarquía piramidal que ejerce un férreo control sobre las bases no privilegiadas en cuyo poder se encuentra, desde un punto de vista simbólico, incluso, la posibilidad de negar la posesión de un alma en aquellos que no están adscritos al grupo que se considera a sí mismo como superior. Tampoco debe ser transmitido a aquellos que no sean capaces de controlar su lengua; de hecho, hay que recordar que el silencio, en muchas culturas, es uno de los votos más importantes entre la casta sacerdotal y en las escuelas de misterios. Respecto a esta cuestión, el fragmento contiene una posible salvedad que no deja de ser sugerente: la verdad debe llegar sólo al que lea el texto (y que, por lo tanto, está capacitado y autorizado) y, como mucho, a su amigo íntimo. ¿Quién es este? No cabe considerarlo como un compañero, un hermano del grupo iniciado en los misterios, pues, al fin y al cabo, comparte unos mismos conocimientos. En este sentido es posible una interpretación, que, en realidad, supone mantener el secreto, pues se refiere al amigo más íntimo, tanto que es uno mismo; el diálogo desde lo más profundo que no exige ni la ruptura del silencio ni la pronunciación de lo arcano en un diálogo que puede escuchar el viento; ese es la propia alma que, en el sistema antroposófico egipcio, tiene su propia esencia inmortal (siempre y cuando no sea devorado por Ammyt).

(Segundo texto del Libro de los Muertos, en traducción de Federico Lara Peinado)

“-¡Dime mi nombre! -demanda la barca.
-<La pierna de Isis, la esposa de Osiris, que Re, el Dios Sol, cortó con un cuchillo para que le trajese la barca de la noche> es tu nombre.
-¡Dime mi nombre!- demanda el barquero.
-<El que reposa> es tu nombre.
[…]
-¡Dime mi nombre! -demanda el río-, si quieres navegar sobre mí.
-<Los que contemplan> es tu nombre.
[…]
-¡Salve, oh, vosotros, cuya naturaleza es perfecta, Señores de las cosas que vivís y sois eternos para siempre!”

Este texto es un sortilegio, una fórmula mágica que hay que utilizar para conseguir una barca que ayude a cruzar la frontera acuática más allá de la cual se encuentra el territorio de la inmortalidad. Este símbolo, de una evidente carga religiosa y posteriormente literaria, se encuentra presente en otras culturas; recordemos al respecto el río Leteo y al barquero Caronte.

En este fragmento se hace evidente la importancia de la oralidad, expresada en forma de diálogo caracterizado por la recurrencia. Este ritmo es uno de los rasgos de la fórmula mágica y de un sistema tradicional de enseñanza en el que la repetición de la palabra es un recurso didáctico fundamental.

El alma del muerto, después de haber pasado la prueba de la balanza, llega ante una barca, totalmente necesaria para cruzar una frontera acuática que marca el límite del mundo de los muertos. A partir de aquí, el alma del fallecido, su cuerpo doble, ha de mostrar una serie de conocimientos marcados en el mapa de ultratumba que es el Libro de los Muertos. Así se le plantean una serie de preguntas supuestamente sencillas acerca de la esencia del nombre de la barca, el barquero y el río. Estas interpelaciones misteriosas de las que depende la salvación ontológica también se encuentran en un mito clásico griego como es el de Edipo enfrentado a la Esfinge. El alma tiene que demostrar que conoce la respuesta a las cuestiones misteriosas para así alcanzar su objetivo, que es la salvación y la inmortalidad. Las respuestas, en apariencia sin sentido, van más allá de la lógica; corresponden, mejor, a lo paradójico, puesto que nos encontramos en la inefabilidad del territorio místico, en su sentido mistérico, de la transcendencia de ultratumba.

Osiris

¿Por qué la barca, el barquero y el río preguntan sus respectivos nombres? Básicamente porque el nombre es la esencia de la cosa, transmitida desde el secreto de un sistema alegórico conocido sólo por el iniciado en los misterios que transmite el Libro de los Muertos. Así, el alma responde con una serie de afirmaciones que, en realidad, muestran la posesión del conocimiento secreto.

La última intervención, por otra parte, ambiguamente atribuida -aunque se supone pronunciada por el alma- hace referencia a unos seres de naturaleza perfecta que viven eternamente. Tales palabras bien podrían ser interpretadas como un conjuro final que acaba concediendo el paso hacia la salvación.

¿Realmente nos encontramos ante textos literarios? En su origen, desde luego, no; pues trata de un asunto tan transcendental como es la vida eterna; la pervivencia del alma. En este sentido no hemos de olvidar que entre la materia que pertenece a los estudios literarios caben los textos religiosos como acercamiento, más allá de las creencias, a un mundo maravilloso y ficticio expresado mediante los recursos de la lírica y la épica.

Osiris

Para comprender la historia del dios Osiris hay que partir de la confluencia de este con otras divinidades. Plutarco (c. 46-120 d.C.) en sus Obras morales y de costumbres, en el tratado “Sobre Isis y Osiris” trata su genealogía. Según la cosmogonía egipcia, en el origen está Atum, el Dios Creador, origen de Shu (el Aliento Vital) que separa a Nut (la Diosa del Cielo) y Geb (el Dios de la Tierra). Ambos son hermanos y mantienen una relación que genera a Osiris (masculino), Seth (masculino) e Isis (principio femenino). Además, de Geb y Nut y de Shu también proceden Tot, relacionado con la luna, Dios de la sabiduría, la magia y la escritura; Ra, Dios del Sol, y su esposa Ma’at (la Verdad, la Justicia y el Equilibrio).

Osiris, en la mitología egipcia, es uno de los dioses centrales; es el responsable del desarrollo de la agricultura y de la religión. Como rey fue quien dirigió la civilización de Egipto en sus inicios. 

Seth, por envidia, asesina a su hermano Osiris y arroja su cadáver, metido en un sarcófago, al Nilo. Isis, que además de hermana es esposa de Osiris, recupera el sarcófago. Seth descuartiza el cadáver en catorce pedazos y los esparce por el país. Isis los recupera y los une y, después, de su esposo concibe a Horus, el cual vengaría la muerte de su padre.

En este mito de Osiris nos encontramos con cuatro dioses fundamentales del panteón egipcio: Osiris, Seth, Isis y Horus. Tres de ellos son hermanos; esta relación también está presente en los dioses de la mitología griega. De igual manera, esta animadversión entre hermanos que acaba en el fratricidio también la encontramos en otras narraciones como la veterotestamentaria de Caín y Abel; o la romana de Rómulo y Remo. La presencia de un hijo póstumo que vengará a su padre llega a convertirse en un motivo folclórico que, en caso de la literatura española tradicional medieval y romanceril, se encuentra reflejado en la historia de Mudarra, medio hermano de los Siete Infantes de Lara.

El descuartizamiento de Osiris, como divinidad del hecho religioso, es la dispersión de la Verdad Absoluta, del Uno de la Creación; para llegar a esa verdad primigenia se hace necesaria la indagación en las fuentes del saber, desperdigado como los trozos de su cuerpo. Según algunas versiones del mito del asesinato de Osiris, Isis, en el proceso de reunir las partes desmembradas fue ayudada por la magia de su hermana Neftis, divinidad del Hogar y, en ocasiones, representada como esposa de Seth y madre de Anubis, guardián de las tumbas, relacionado con la vida de ultratumba y patrón de los embalsamadores.

La presencia del Nilo está relacionada con el hecho de que Osiris, como divinidad de la agricultura, representa la capacidad del río Nilo para dar la vida, cuando se desborda en su crecida anual; así, el cuerpo del Dios entra a formar parte de la tierra, es el limo fértil. Por lo que respecta al sarcófago en el que Seth deposita el cadáver de su hermano Osiris, es la nave que conduce a la inmortalidad del más allá, vencedora de la muerte como proceso iniciático; así está representada en la mitología bíblica con la figura de Moisés, cuya relación con lo egipcio es evidente, y llegará hasta los libros de caballerías en el Doncel del Mar que acabará siendo Amadís de Gaula. El recuerdo de aquel suceso mítico, el sarcófago, que custodia los restos momificados, y la barca que habrá de ser utilizada por el alma según el itinerario marcado en el Libro de los Muertos.

Desde un punto de vista simbólico, es interesante tomar en consideración cuestiones como las que siguen. Seth es el Dios del Desierto, de la potencia de la tierra, entendida como una fuerza ctónica, opuesta a la fertilidad del agua, representada en el Nilo, que también es Osiris, en su feracidad y victoria ante la esterilidad de las arenas. Isis, que es una divinidad de lo celestial, dispone de otra fuerza de fecundidad que es la de la maternidad, como madre del propio Osiris en su renacimiento, y de Horus, representado como un halcón, solar y celestial a la vez, Dios de los guerreros por su ímpetu vengador.

Durante el primer milenio antes de nuestra era, Osiris llegó a ser considerado como un dios funerario y juez de las almas; aunque en un principio -y aquí están los motivos de la envidia de Seth-, estuvo asociado a las crecidas del Nilo y, como tal, para el pueblo se trata de un dios beneficioso, origen de la fertilidad de las riberas del Nilo.

Texto de Mircea Eliade acerca del Libro de los Muertos egipcio 

(Historia de las creencias y las ideas religiosas I. De la Edad de Piedra a los misterios de Eleusis. Paidós. Barcelona. 1999; p 155).

Uno de los capítulos más importantes del Libro de los Muertos, el 125, está consagrado al juicio del alma en la gran sala llamada de las <Dos Ma’at>.

El corazón del muerto es colocado en uno de los platillos de la balanza; en el otro hay una pluma o un ojo, símbolo de la Ma’at. Durante la operación, el muerto recita una plegaria, suplicando a su corazón que no testifique en su contra. Luego debe pronunciar una declaración de inocencia, impropiamente llamada <confesión negativa>.

NO HE COMETIDO INIQUIDAD CONTRA LOS HOMBRES…
NO HE BLASFEMADO CONTRA DIOS.
NO HE EXPOLIADO A UN POBRE…
NO HE MATADO…
NO HE CAUSADO DOLOR A NADIE.
NO HE DISMINUIDO LAS RENTAS DE ALIMENTOS DE LOS TEMPLOS…
SOY PURO. SOY PURO. SOY PURO. SOY PURO.
El muerto se dirige a los cuarenta y dos dioses que forman el tribunal
SALUD A VOSOTROS, DIOSES PRESENTES.
OS CONOZCO Y CONOZCO VUESTROS NOMBRES.
NO CAERÉ BAJO VUESTROS GOLPES.
NO DIRÉIS QUE SOY UN MALVADO A ESTE DIOS CUYO CORTEJO FORMÁIS…
VOSOTROS DIRÉIS QUE MA’AT ESTÁ CONMIGO,
EN PRESENCIA DEL SEÑOR UNIVERSAL,
PORQUE YO HE PRACTICADO MA’AT EN EGIPTO.
Y luego, pronuncia su propio elogio.
HE AGRADADO AL DIOS CON TODO LO QUE ÉL AMA.
HE DADO PAN AL HAMBRIENTO, AGUA AL SEDIENTO, VESTIDO AL DESNUDO, UNA BARCA AL QUE CARECÍA DE ELLA…
SALVADME, PUES, Y PROTEGEDME.
NO DEIS NINGÚN INFORME CONTRARIO A MÍ EN PRESENCIA DEL GRAN DIOS.
Finalmente se vuelve hacia Osiris
OH, DIOS QUE SE MANTIENE ELEVADO SOBRE SU SOPORTE… PROTÉGEME CONTRA ESTOS MENSAJEROS QUE SIEMBRAN EL DESCONTENTO Y SUSCITAN LOS ENOJOS…
PORQUE HE PRACTICADO MA’AT, POR RESPETO AL SEÑOR DE MA’AT.
¡SOY PURO!

El muerto es sometido luego a un interrogatorio de carácter iniciático. Ha de acreditar que conoce los nombres secretos de las distintas partes de la puerta y el umbral, del portero de la sala y de los dioses.

Representación de un faraón del Antiguo Egipto

Esta plegaria hace referencia a la moral general y también muestra el interés en dejar bien claro que se han respetado las obligaciones para con la jerarquía sacerdotal, que no podría sobrevivir sin el respeto, o el miedo, de los fieles, tanto en la cultura egipcia como en cualquier otra teocracia.

En estas palabras se considera el corazón como la representación, la esencia, del ser; por lo tanto, prima el sentimiento y no tanto el pensamiento que, además, ha perdido su asidero, que es el cerebro, extraído durante el proceso de embalsamamiento. Así pues, dado que el corazón es el único órgano interno que permanece en el cuerpo fallecido y juzgado, su verbalización es desde la verdad que habla desde el pecho, no desde la mirada racional de la existencia.

Como ocurre en muchos textos rituales, la repetición es una confirmación que pretende acompañar, o dar visos, a la verdad (recordemos la oración cristiana del Señor mío, Jesucristo, como manifestación verbal de la contrición en la liturgia). De ahí ese “Soy puro. Soy puro. Soy puro. Soy puro”.

Cuando, posteriormente, el muerto se dirige a los cuarenta y dos dioses que forman el tribunal, en sus palabras, adquiere cierta importancia, el conocimiento, la memorización, intelectual, pues es necesario citar los nombres divinos; aunque el yo no es el pensamiento de su cerebro (donde radica la capacidad de la memoria), sino el corazón, órgano de la sinceridad pura.

Así pues, el muerto tiene que demostrar, desde la moral y el intelecto, por un alma individual simbolizada en el corazón, que tanto ética como moralmente ha tenido un comportamiento respetuoso y que, por otra parte, conoce el mundo de los dioses, para cuyo fin, el Libro de los Muertos cobra una significación especial.

Después de una confesión desde el respeto a las interdicciones, el muerto pronuncia palabras de elogio, un panegírico, en defensa de sí mismo.

Osiris va a individualizarse entre los demás dioses, por eso, el fallecido se vuelve hacia él. Osiris está separado de los otros en una ubicación que muestra, a las claras, su supremacía. Desde estas jerarquías piramidales va a realizarse, con el paso de los siglos, la visión del mundo de lo absoluto en el monoteísmo.

Es posible que uno de los detalles que hacen especialmente hermoso este fragmento, acercándolo a la expresión lírica, más allá de lo ritual, es ese voluntarismo en la ratificación de un yo que individualiza al ser en el territorio trascendental del ultramundo, frente a otras visiones religiosas que disuelven toda personalidad espiritual en un magma de lo absoluto.

Ma’at

El muerto, después de su autodefensa, va a ser sometido a un interrogatorio iniciático, para el cual la formación contenida en el Libro de los Muertos es una fuente de conocimiento básico, pues las respuestas no pueden basarse ni en la experiencia personal, ni en las sugerencias del corazón y las creencias, sino en el aprendizaje de un código complejo que asienta sus bases en un simbolismo secreto, mediante el cual se tiene que acreditar que son conocidos los nombres secretos de distintos elementos presentes en el paisaje de ultratumba como la puerta, el umbral, el portero de la sala y los dioses, tal y como se ha leído en un texto anterior; por lo tanto, la fe no es suficiente.

La Ma’at es el fundamento del cosmos y de la vida que puede llegar a ser conocida por cada individuo; también es el principio de la Justicia y de la Verdad; un reflejo de lo Absoluto. El concepto de Ma’at (o Maat) en la cultura religiosa egipcia equivale al fundamento del cosmos y de la vida, la energía que representa la materialización de lo Absoluto. Como tal, como símbolo, implica la realización de lo transcendente en la vida y del principio de justicia, verdad y belleza, entendida como armonía cósmica. Maat podía ser presentada como una diosa hija de Ra, el dios solar, equivalente, por lo tanto, al principio de areté, o virtud como justicia, del mundo helénico. Maat es representada como una divinidad antropomorfa femenina, de pie o sentada; sobre su cabeza, sujeta vertical por una cinta, una pluma de avestruz, porta en sus manos el cetro uas (was), una vara recta en cuyo extremo figura la cabeza de un animal fabuloso, y el anj o llave de la vida, una cruz ansada o egipcia.

La supervivencia como BA y la supervivencia en la tumba son complementarias, texto de Alan Gardiner (1935) 

(En Historia de las creencias y de las ideas religiosas IV. Las religiones en sus textos. Mircea Eliade. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1980)

“Tú entrarás y saldrás, mientras se alegrará tu corazón, con el favor del Señor de los Dioses, y en virtud de tu funeral propicio después de una venerable ancianidad, una vez llegado el momento, tomando tu lugar en el ataúd y reposando en tierra sobre la meseta de Occidente. Tú te volverás Ba viviente, que en verdad tendrá fuerza para obtener pan y agua y aire, y tomarás la forma de una garza o una golondrina, de un halcón o un avetoro, siempre que lo desees.

Cruzarás en la barca y no retornarás, navegarás sobre las aguas de la inundación, y tu vida se mantendrá joven. Tu Ba no se apartará de tu cuerpo y tu Ba llegará a ser divino junto con los muertos bienaventurados. Los Bas perfectos te hablarán, y tú serás su igual entre ellos al recibir lo que se ofrece en la tierra. Tendrás poder sobre el agua, respirarás el aire, y te hartarás con los deseos de tu corazón. Se te darán tus ojos para ver, y tus oídos para oír, tu boca hablará y tus pies caminarán. Se te moverán los brazos y tus hombros, tu carne estará firme, tus músculos estarán ágiles y tú exultarás en todos tus miembros. Examinarás tu cuerpo y lo hallarás completo y sano, y ninguna enfermedad se te apegará. Tu verdadero corazón estará contigo, sí, tendrás tu primer corazón. Subirás al cielo y penetrarás en el mundo inferior bajo todas las formas que quieras”.

Fresco del Antiguo Egipto

El Ba es el ser humano entendido como vivo y animado después de su muerto, una imagen del alma individualizada. ¿Cuáles son las capacidades del Ba? Entre ellas podemos ver reflejadas las características del alma individual humana, tal y como se refleja en la cultura religiosa egipcia. Ante todo hay que tomar en consideración que mantiene su individualidad. Puede moverse a voluntad, subir al cielo, permanecer en la tierra y penetrar en el mundo inferior, es decir, por los tres territorios de la realidad y del más allá. Se alimenta y respira. Puede presentar la forma de un ave. Manifiesta un poder especial sobre las aguas y, sobre todo, mantiene sus capacidades sensoriales.

Cuando consigue salvarse en el juicio presidido por Osiris, el señor de los dioses, su estado es de máxima alegría, pues recibe el favor de lo divino. De hecho, entra a formar parte del grupo de los bienaventurados, como un igual. Mantiene la forma perfecta de la eterna juventud, que es la que corresponde al alma en su plenitud de luz; en forma de carne firme, músculos ágiles y cuerpo completo y sano. De ahí, ese interés de la cultura egipcia por mantener el cuerpo físico momificado, como una garantía de lo carnalidad inmortal. 

Es interesante fijar nuestra atención en que para el Ba es posible cumplir los deseos del corazón; este órgano que se mantenía en el interior del cuerpo momificado, puede identificarse con la consciencia, la voluntad y el pensamiento que, para otras culturas, se radica en el cerebro. Tanto era así que la parte humana y física de la persona pesada en el juicio de la balanza era, precisamente, el corazón.

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Un episodio del Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, después del Pentateuco (formado por los cinco libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se sitúan los libros históricos cuyo argumento narrativo comienza con la conquista de la Tierra Prometida, entre estos hay que destacar Josué, Jueces, Reyes y Samuel. Tratan de la historia del pueblo judío interpretada desde un devenir teológico, con una injerencia continua de la divinidad en los asuntos de los hombres. En el Antiguo Testamento, los libros de Samuel son dos; en hebreo reciben el nombre de Sefer Shmuel. Según la tradición judía, de ahí su título, su autor es Samuel, con adiciones de otros dos profetas de tiempos del reinado de David: Gad y Natán.

Los Libros de Samuel comienzan con el nacimiento de este profeta; cuya misión es servir como intermediario entre Dios y la humanidad. Sigue con la llamada que le dirigió Dios cuando era un niño. En estos libros se narra el periodo en que los israelitas fueron derrotados por los filisteos, quienes se apropiaron del Arca de la Alianza, para que quedase evidente su victoria y el sometimiento de los vencidos. Será el profeta Samuel quien unge como primer rey de Israel a Saúl, aunque este resultó indigno y Dios escogió más tarde a David. Este soberano, elegido por la Providencia divina, conseguirá derrotar a los filisteos, empezando por su campeón Goliat.

Tapiz Flamenco. David y Betsabé

El objetivo fundamental de los libros del Antiguo Testamento, interpretados como una mitología y vistos desde la cultura hebrea, es demostrar que el destino del pueblo judío está sometido a Yahvé, y al respeto de sus leyes. Desde un punto de vista del cristianismo, esta interpretación cambia, para ser una muestra de la presencia de Dios en una historia cuya culminación es la llegada del Mesías, Jesús, sus enseñanzas, pasión, muerte y resurrección como hechos desde los que se desarrollará, desde el relato que es el Nuevo Testamento. La Biblia veterotestamentaria muestra diversas modalidades literarias con un claro predominio de lo narrativo, a este género corresponde el episodio de “David y Betsabé”, aunque la lírica (Salmos y Cantar de los cantares) también tiene una brillante representación en la tradición judía. 

El Baño. Hayez 1834

Texto:

Al año siguiente, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab, a sus oficiales y a todo Israel, los cuales asolaron el país de los amonitas y sitiaron Rabá. David se quedó en Jerusalén.

Una tarde, paseando después de la siesta por la terraza del palacio, vio a una mujer bañándose. Era muy bella. David mandó que se informasen acerca de ella y le dijeron:

-Es Betsabé, hija de Alián, mujer de Urías el Hitita.

Entonces, David ordenó que se la trajeran y yació con ella. Después, Betsabé volvió a su casa. La mujer concibió y mandó decir a David:

-Estoy embarazada.

Entonces, David envió este mensaje a Joab:

-Mándame a Urías el Hitita.

Joab se lo envió. Cuando llegó Urías, David le pidió noticias sobre Joab, el ejército y la marcha de la guerra. Después le dijo:

-Baja a tu casa y lávate los pies.

Cuando Urías salió de palacio, se le envió un obsequio de la mesa real para él. Pero Urías durmió a la puerta del palacio con los guardias de su señor y no fue a su casa.

Comunicaron a David que Urías no había ido a su casa. Entonces David dijo a Urías:

-¿Acaso no vienes de viaje? ¿Por qué no has ido a tu casa?

Urías le respondió:

-El Arca, Israel y Judá viven en tiendas, y mi señor Joab y los oficiales de mi señor acampan al aire libre, ¿cómo iba yo a entrar en mi casa para comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por el Señor y por tu vida que nunca haré tal cosa!

[…]

A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio del propio Urías. Decía en ella: <Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro y dejadlo solo para que lo hieran y muera>.

David. Miguel Ángel

El rey David fue el sucesor en el trono hebreo de Saúl. Su vida puede situarse en torno al 1040-966 a.C. En su niñez, como hijo menor de ocho, fue dedicado, en un primer momento al pastoreo. Sus tres hermanos mayores militaban en el ejército de Saúl, que entonces se encontraba en guerra contra los filisteos. Además de pastor, David era un excelente arpista y esto le acercó a la corte. En su juventud, durante una visita al campamento en el que se encontraban sus hermanos, supo que entre los filisteos había uno, Goliat, especialmente peligroso para los judíos, por su tamaño y fuerza descomunal. David se enfrentó a él, armado sólo con su honda y lo derrotó. Dios había decidido que David fuese el sucesor de Saúl.

Sus acciones victoriosas como monarca le llevaron a conquistar algunos de los centros más importantes del reino hebrero: Jerusalén, Petra, Damasco, Samaria. Tradicionalmente es representado como un rey justo, valiente, guerrero, músico y poeta.

El texto que estamos analizando pertenece a un libro sagrado para algunas tradiciones religiosas, las creencias siguen una trayectoria interpretativa diferente a lo literario; así, aunque, esta afirmación no debería ser necesaria, el análisis desde un punto de vista de género literario es tan legítimo como pudiera serlo la hermenéutica teológica. Por lo tanto, ya que nos encontramos ante un fragmento narrativo, recordemos que los elementos que lo definen son la presencia de un narrador que cuenta una historia sucedida a unos personajes en un tiempo y un espacio. Narrador, historia, personajes, tiempo y espacio son los que nos dan la clave del comentario para su realización. 

El resumen, o la historia, de lo que sucede en este fragmento. El rey David, mientras pasea por la terraza de su palacio, ve a una mujer, Betsabé, que se está bañando; siente deseo de poseerla y aprovechándose de su condición, como soberano, yace con ella. Betsabé queda embarazada. David, dado que ella está casada con Urías, va a intentar, como primer recurso, engañar al marido; cuando este falla, ordenará que Urías sea puesto en el lugar más peligroso del campo de batalla.

Urías ante el rey David.

Como corresponde a un relato de carácter tradicional, el narrador es omnisciente, asimilable al propio profeta, Samuel, conocedor de todos los detalles de lo sucedido, incluso de lo más privado de los personajes, como corresponde a un iluminado por la Divinidad.

Por lo respecta a los personajes, tres son los que adquieren un protagonismo especial: David, Betsabé, desde la pasividad y en su condición de víctima de los deseos del rey, y Urías, cuya dignidad moral se manifiesta, a toda luces, superior a la del monarca de Israel. 

Urías, cuyo nombre en hebreo significa ‘Mi luz es Dios’, era uno de los guerreros destacados del ejército de David. Su origen étnico procedía de los hititas, antiguos habitantes de las tierras de Canaán; llegaron a ser tan poderosos que se enfrentaron al Imperio egipcio por el este y llegaron a ponerlo en jaque. Canaán formaba parte de las tierras que Yahvé había prometido a los israelitas. En los libros de Josué y Jueces se relata que Yahvé ordenó a sus fieles que masacrasen a los hititas, aunque algunos de ellos se salvaron convirtiéndose al judaísmo. Urías, por instigación del rey David, acabará muriendo en el campo de batalla; es un ejemplo del guerrero comprometido desde la valentía con su código de honor. De entre los personajes, el único presentado desde los rasgos que corresponden a un héroe épico es Urías, en su condición de guerrero que va a morir a causa de la traición de su señor, en el campo de batalla, tal y como corresponde a su digna naturaleza, respetuosa con el código de su clase desde la humildad y la aceptación de sus deberes.

Más allá de estos tres personajes también se menciona a Joab y a aquellos que informan a David, miembros de su corte. Es indudable que entre los tres protagonistas, el peor librado, desde una interpretación moral de la historia es el rey David. No tenemos que olvidar que el Libro de Samuel pertenece a una colección de textos sagrados (el Antiguo Testamento) cuya finalidad es marcar, dirigir y legislar acerca tanto de la ética y lo moral como desde la transcendencia. Desde este punto de vista, nos encontramos con una transgresión que afecta a los interdictos de la Ley Mosaica referidos a la vida matrimonial. La falta habrá de suponer un castigo que se pone de manifiesto en las desgracias que padecerá el linaje de David, hasta que la culpa sea satisfecha, como corresponde a un código de faltas y castigos.

David Eugène Siberdt. El profeta Natán amonesta al rey David.

El retrato que en este episodio se presenta del rey David está cargado de aspectos negativos; primero, como lujurioso, en segundo lugar como violador que se aprovecha de su situación jerárquica y ladino o artero en un sentido antonímico a noble o leal, de ahí el engaño que trama para cubrir su falta, no sólo hacia la ley de los hombres, sino también hacia su responsabilidad ante Dios; marrullerías que le llevan, primero, a intentar ocultar que el hijo que espera Betsabé no es de su marido Urías; después cometiendo un asesinato indirecto al ordenar que Urías sea destacado en una posición de máximo peligro en la batalla. 

Desde un punto de vista del relato sagrado, el motivo de esta caracterización nefanda de David es la preparación de un arrepentimiento que no ha de salvarle del castigo divino.

El relato se desarrolla, desde un punto de vista mítico, en la contemporaneidad de su redacción. Samuel es un profeta de tiempos de David. Es interesante destacar que el comienzo del fragmento nos sitúa en una organización similar a la de una crónica regia: “al año siguiente”, en la época en la que los monarcas solían ir a la guerra. En esta afirmación nos encontramos con otros motivos que pueda llevarnos a denigrar a David; ¿por qué, como soberano que es, no se encuentra en la batalla? Él, precisamente, que fue uno de los campeones de Israel cuando derrotó al filisteo Goliat. Se inscribe de este modo la historia en un tiempo de decadencia de la jerarquía judía, cosa que ya se refleja en muchas circunstancias anteriores en la historia del pueblo autoelegido de Dios. 

Por lo que respecta al espacio, el paisaje de la historia de David y Betsabé es el palacio real, la capital de un país en guerra. Aunque no aparece descrito en detalle, la imaginación rellena estos vacíos arquitectónicos que se desarrollan en el lector desde la configuración del lugar como un topos, desde unos arquetipos que permiten desarrollar una imaginería fastuosa en las iluminaciones medievales, especialmente del siglo XV, o en el exotismo del siglo XIX.

La confluencia de espacio y tiempo, en la terminología de Bajtin, cronotopo, nos sitúa en un primer momento en un locus amoenus: terraza del palacio, al comienzo de la tarde y una posible fuente, el baño de Betsabé tal y como es reflejado en las fuentes iconográficas. El calor de la tarde, después de la siesta, y la frescura de la fuente, con el vislumbre de un cuerpo desnudo. Todo conduce hacia el deseo. El otro espacio, es la casa de Urías, lugar que en su bellaquería, David no va a conseguir violar con sus engaños, a diferencia de lo que ocurre con el espacio interior de la esposa, deshonrada por el monarca. 

Rey David tocando el harpa 1622. Gerard Van Honthorst

David acabó arrepintiéndose del pecado cometido. En un primer momento, el profeta Natán le anuncia que el hijo engendrado en la adúltera relación con Betsabé morirá a los siete días. Posteriormente, David y Betsabé tuvieron más descendencia, entre ella, Salomón, que sucedería en el trono de Israel a su padre. Sin embargo, Natán también dice que la espada, la desgracia o la violencia, nunca se apartarán de esta dinastía, como confirmaron los hechos futuros, como la muerte de Absalón. Desde el arrepentimiento, y su penitencia, David escribirá el salmo 51 que es conocido por su inicio en latín, como Miserere mei, el salmo penitencial más reconocido de la tradición cristiana.

Salmo. Miserere mei

Después del pecado cometido con Betsabé y con Urías, el profeta Natán se presentó ante David y el soberano se arrepintió y compuso este salmo penitencial, cuyo versículo tercero se entona en las ceremonias de las congregaciones religiosas antes de la misa, con las palabras Miserere mei.

Apiádate de mí, ¡oh Dios!. Según Tu benevolencia.
Por Tu gran misericordia, borra mi iniquidad.
Lávame por entero de mi perversidad,
purifícame de mi pecado.
Reconozco mi transgresión y mi vileza
permanece ante mí.
Contra Ti, sólo contra Ti, he pecado.
Me he hecho malo a tus ojos.
Te reconozco justo en Tu sentencia
e irreprochable en tu juicio.
En pecado me concibió mi madre,
y en la maldad fui formado.
Por Tu amor a la verdad que yace en lo íntimo,
¡instrúyeme en el secreto de la sabiduría!
¡Rocíame con el hisopo, para que alcance la pureza!
¡Lávame y llegaré a estar más blanco que la nieve!
Permíteme escuchar el gozo y la alegría
y así saltarán de felicidad los huesos que trituraste.
Aparta tu mirada de mis pecados, borra mis faltas.
Dame, ¡oh, Dios!, un corazón puro,
renueva en mí la rectitud del espíritu.
No me apartes de tu presencia
y no alejes de mí tu santo espíritu.
No me apartes de tu presencia,
no alejes de mí Tu Santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de Tu salvación,
que yo sea sostenido por la generosidad de Tu espíritu.
Yo mostraré a los que transgreden la Ley Tu camino
y los pecadores volverán a Ti.
Libérame de la sangre, Elohim, Dios, mi Salvador,
y mi lengua entonará cantos por Tu justicia.
Abre, Señor, mi boca y mis labios cantarán tus alabanzas.
No es un sacrificio lo que Tú quieres,
no aceptarías el holocausto que yo te diera.
¡Oh, Dios! Mi sacrificio es mi espíritu contrito.
Mi corazón arrepentido, humillado ante ti.
¡Oh, Dios!, no lo desprecies.

Iconográficamente, el baño de Betsabé mientras David la contempla arrobado en su lujuria, va a encontrar abundantes representaciones a lo largo de la historia; desde los libros de horas del siglo XV, hasta la pintura academicista y orientalista de Léon Gérôme (1824-1904).

Bethsabée *oil on canvas *60.5 x 100 cm *signed b.l.: J.L.GEROME *1889

El mito hebreo del baño de Betsabé, cuyo cuerpo mueve a pasión al rey David encontró su reflejo en una de las tradiciones medievales de la literatura española, tanto en las crónicas (Primera crónica general de Alfonso X el Sabio, a finales del siglo XIII), el romancero y la narrativa (Crónica sarracina de Pedro del Corral, hacia 1430). Se trata de una de las causas que, según la leyenda, condujeron a la pérdida de la España cristiana, al final de la dinastía de los visigodos.

Jean Bourdichon. Baño de Betsabé. Libro de horas de Luis XII

Romance de Florinda la Cava

De una torre de palacio se salió por un postigo la Cava
con sus doncellas con gran fiesta y regocijo.
Metiéronse en un jardín cerca de un espeso ombrío
de jazmines y arrayanes, de pámpanos y racimos.
Junto a una fuente que vierte por seis caños de oro fino
cristal y perlas sonoras entre espadañas y lirios,
reposaron las doncellas buscando solaz y alivio
al fuego de mocedad y a los ardores de estío.
Daban al agua sus brazos, y tentada de su frío,
fue la Cava la primera que desnudó sus vestidos.
En la sombreada alberca su cuerpo brilla tan lindo
que al de todas las demás como sol ha escurecido.
Pensó la Cava estar sola, pero la ventura quiso
que entre unas espesas yedras la miraba el rey Rodrigo.
Puso la ocasión el fuego en el corazón altivo,
y amor, batiendo sus alas, abrasóle de improviso.
De la pérdida de España fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura y un hombre de amor rendido.
Florinda perdió su flor, el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza, él que gusto consentido.
Si dicen quién de los dos la mayor culpa ha tenido,
digan los hombres: la Cava y las mujeres: Rodrigo.

Florinda, la Cava, hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta, fue enviada por su padre a la corte de Toledo. Un día, mientras se bañaba en el Tajo fue vista por el rey Rodrigo que, al contemplar el cuerpo de la doncella se abrasó de pasión y acabó violándola; eco medieval en la literatura española de aquel episodio de David y Betsabé.

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ACERCAMIENTO A LA TEORÍA ANDALUSÍ DEL AMOR Y SUS RAMIFICACIONES EN LA LITERATURA CRISTIANA CASTELLANA

Sobre la teoría del amor en Al-Ándalus hay una obra que podemos considerar fundamental, tal libro es El collar de la paloma (Tawq al-Hamâma) de Ibn Hazm. Según Corbin (1994:208) esta obra puede considerarse como “un diario de su experiencia vital, donde revela, entre otras cosas, una herida hasta entonces guardada en secreto; su amor juvenil por la hija adoptiva de sus padres” p 208. Puede considerarse la obra como una manifestación del platonismo islámico cuyos precedentes se pueden encontrar en Muhammad Ibn Dâwûd Ispahânî (Kitab al-Zohra), del cual posiblemente Ibn Hazm poseía un ejemplar en su biblioteca de Játiva, incluso hay una referencia a él en su obra. Voy a utilizar esta obra como base para analizar más que las influencias, los puntos en común entre la teoría amorosa de este autor cordobés con otras manifestaciones literarias no islámicas; A. R. Nykl respecto a esta tema ha explicado que hay una “estrecha semejanza entre la teoría del amor de Ibn Hazm y ciertas ideas que aparecen en la Gaya Ciencia de Guillermo IX de Aquitania y, en general, hasta la cruzada contra los albigenses en los principales temas del repertorio de los trovadores” (Cit. por Corbin 1994).

Mi idea es hacer referencia exclusivamente a lo que podríamos denominar amor humano frente al amor divino, entre ambos hay una diferencia radical, la visión mística del segundo, aunque sería discutible la no existencia de esa actitud mística en las manifestaciones de amor humano que en muchas ocasiones llevan al arrobamiento que está muy cerca del éxtasis. Esto lo verían muy bien los místicos españoles del siglo XVI, fundamentalmente san Juan de la Cruz con su lenguaje profano para explicar una teoría amorosa que sin poseer las claves muy bien podría ser experimentada como una poesía erótica cuando nada más lejano de su voluntad como podemos observar por las glosas que el propio Juan de la Cruz hace de su poesía donde ya queda totalmente clara esa interpretación de la lírica de tipo tradicional en la que hay una voz femenina que va buscando a su enamorado (tipo de expresión que por otra parte enlazaría muy claramente con las primeras manifestaciones de la lírica hispano-árabe tradicional, las jarchas).

La visión mística fundamentada en una experiencia profana del amor ya venía haciéndose desde el momento en que Garcilaso de la Vega con su poesía de contenido claramente neoplatónico, fue vertido a la visión divina por Sebastián de Córdoba.

Los elementos similares entre la teoría amorosa que presenta Ibn Hazm en El collar de la paloma y algunos rasgos de la literatura hispánica son evidentes. De momento hablo de elementos similares puesto que el hecho de demostrar que haya una influencia desde Al-Ándalus al Languedoc (por lo que a la teoría del amor cortés se refiere) todavía no está suficientemente demostrada, no hay unos claros elementos de juicio.

Algunos capítulos de El collar de la paloma me parecen especialmente importantes para tal fin; los temas a los que esos capítulos hacen alusión son los siguientes: El enamoramiento de oídas. El enamoramiento por una sola mirada. Sobre el mensajero. Sobre el secreto. El amigo favorable. El espía. El calumniador.

El amor de oídas

Es un factor fundamental en la teoría del amor cortés, estipulada en Andreas Capellanus (De amore) pero también presente a la vez en manifestaciones poéticas. Un ejemplo fundamental sería el del trovador Jaufré Rudel, enamorado de oídas de una dama, sin haberla visto en ningún momento, sin embargo la convierte en su impulso vital, de manera que inicia una larga peregrinación en su busca. “Jaufré Rudel de Blaya fue muy gentil hombre, príncipe de Blaya. Se enamoró de la condesa de Trípoli, sin verla, por lo bien que hablaban de ella los peregrinos que volvían de Antioquía. Hizo por ella muchos versos, con buenas melodías y palabras sencillas. Con el deseo de verla se hizo cruzado y embarcó, enfermando en la nave; fue llevado a un hostal de Trípoli, como muerto. Se lo hicieron saber a la condesa que fue a verlo al lecho y lo tomó entre sus brazos. Jaufré se dio cuenta de que era la condesa y al instante recobró el oído y la respiración y alabó a Dios por haberle mantenido la vida hasta que pudo verla; así murió entre sus brazos. La condesa lo hizo enterrar con gran honra en la casa del Temple; después, el mismo día, se hizo monja por el dolor que tuvo con su muerte” (Alvar 1987:93).

Este elemento del enamoramiento de oídas pasará a ser uno de los tópicos fundamentales en los libros de caballerías del XVI. Voy a citar un caso concreto, el Clarián de Landanís. En esta obra como es normal en todo libro de caballerías se comienza presentando a los padres del futuro héroe. Aunque en estos padres hay un cúmulo de perfecciones quien las va a condensar todas en sí mismo va a ser el héroe que dé título a la obra. Respecto a la plasmación del amor en don Clarián de Landanís hay un elemento importante, su padre se enamoró a primera vista, enamoramiento que supone un claro enlace con las corrientes de tipo neoplatónico que estaban de moda en la época renacentistas, me estoy refiriendo a la importancia que tenía la mirada tanto como transmisora de sentimientos como espejo del alma sin embargo el héroe que es la culminación de las perfecciones que en sus padres estaban en potencia se enamora de oídas.

El caso es que el amor de oídas supone una perfección prácticamente total pues implica entrar en contacto con la mitad de la esfera que en el mundo de las ideas formaba una totalidad con la propia (explicación que Ibn Hazm utiliza en su obra a la hora de explicar la esencia y el motivo del amor), un conocimiento en el que sólo entra en juego el espíritu sutil, sin que se plantee la necesidad de ver a la persona, el hecho de encontrarse físicamente con aquella a la que se ama simplemente es un dejar manifiesto el sentimiento que ha surgido previamente. En los libros de caballerías es así, el sentimiento amoroso surgido por el sentido del oído (considerado más perfecto que otros en la teoría neoplatónica) se reafirma en el primer encuentro visual, de hecho así sucede en el Clarián y en contraposición del amor que experimenta el héroe, el enamoramiento de su padre que se produce a primera vista.

Ibn Hazm señala en su obra que los enamoramientos surgidos de tal manera pueden verse abocados al fracaso en el momento en que el enamorado ve a su amada, cosa que en ningún momento se manifiesta en la tradición cortés y caballeresca. Mohammad Ibn Dâwûd Ispahânî en un fragmento de su Kitâb al Zohra se refiere al mito platónico de El Banquete. Ibn Hazm hace referencia a éste en su obra, “algunos adeptos de la Filosofía pensaron que Dios creó cada espíritu dándole una forma esférica; después los dividió en dos partes, colocando cada mitad en un cuerpo”  (Cit. por Corbin 1994:208).

El enamoramiento por una sola mirada

El capítulo V de El collar de la paloma, “Sobre quien se enamora por una sola mirada” me parece uno de los más preciosos de todo el libro fundamentalmente por esa historia basada en la vida del poeta Yusuf Ibn Harum al Ramádi, que paseando por Córdoba se enamora a primera vista de una esclava, Emilio García Gómez tiene unos calificativos muy claros respecto a esta historia breve.

Volviendo al ejemplo de los libros de caballerías, son muchos los casos en los cuales se produce un enamoramiento a primera vista, encontramos un ejemplo muy claro en el caso de Perión, padre de Amadís de Gaula, el cual se enamora por una sola mirada y un contacto físico que lo único que hace es reafirmar la pasión que ha surgido por esa mirada; también es el tipo de manifestación amorosa que se plantea en el caso de Lantedón, padre de don Clarián de Landanís.

Este tipo de enamoramiento podría estar relacionado con la teoría renacentista según la cual de los ojos parten unas saetas que se clavan en aquel que siente el amor, por otra parte esto no está muy lejano a lo que estudian ciertos tratados de fascinología del siglo XV, uno de ellos el de Enrique de Villena, que en muchos casos lo único que hacen es repetir lo ya dicho en otros tratados de fascinología y magia escritos en Al-Ándalus.

Sobre el mensajero

El mensajero es aquel que actúa de intermediario entre los amantes. Es extraño que se admita como tal a un hombre, pues normalmente es un papel adjudicado a las mujeres, claro que habría que contemplar la existencia de una figura como la del casamentero en una cultura en la que no es posible el encuentro y conocimiento libre entre individuos de sexo diferente, a no ser que estos sean consecuencia de unos lazos familiares directos.

Arcipreste de Hita escribió en su Libro de buen amor un texto muy claro al respecto del uso de un mensajero alcahuete. (vv 112-ss)

E yo, como estava solo, sin compañía,
cobdiçiava tener lo que otro para sí tenía:
puse el ojo en otra, non santa mas sentía;
yo cruiziava por ella, otro la avié valdía.
E porque yo non podía con ella ansí fablar,
puse por mi mensajero, coidando recabdar,
a un mi conpañero, sópome el clavo echar:
él comió la vianda e a mí fazié rumiar.

Precisamente este mensajero utilizado por Arcipreste es un personaje que incumple una de las normas fundamentales que según Ibn Hazm ha de cumplir todo mensajero, la lealtad hacia aquel al que sirve.

Tal experiencia negativa le sugiere a Arcipreste de Hita una trova cazurra que seguramente es uno de los fragmentos más frescos de todo su obra

Mis ojos non verán luz,
pues perdido he a Cruz.
Cruz cruzada, panadera,
tomé por entendedera,
tomé senda por carrera
como […] andaluz.
coidando que la avría
díxielo a Ferrand Garçía
que troxiése la pletesía
e fuese pleités e duz.
Díxome que-l plazía de grado,
e fízose de la Cruz privado:
a mí dio rumiar salvado,
él comió el pan más duz.
Prometiól por mi consejo
trigo que tenía añejo
e presentól un conejo,
el traidor falso, marfuz.
¡Dios confonda mensajero
tan presto e tan ligero!
¡No medre Dios tal conejero
que la caça ansí aduz!

Esta experiencia con el mensajero le hará pensar que es mejor utilizar a una mujer para sus fines; en este momento es cuando nace uno de los arquetipos de la literatura española, en el texto de Juan Ruíz se llama Trotaconventos, anuncio de la posterior Celestina.

Ibn Hazm en el presente capítulo sobre el mensajero también tiene palabras respecto a la utilización de mujeres con tal finalidad: “Las personas más empleadas por los amantes para comunicarse con los que aman son, o bien criados en quien nadie para mientes y que no despiertan recelos, por su poca edad, por lo desastrado de su porte o por la zafiedad pintada en su rostro, o bien, por el contrario personas respetables y fuera de toda sospecha por la piedad que aparentan o por la avanzada edad a que han llegado. ¡Cuántas hay así entre las mujeres! Sobre todo las que llevan báculo, rosarios y los dos vestidos encarnados. Yo me acuerdo que en Córdoba las mujeres honradas se guardaban de las que tenían estos atributos dondequiera que las veían. También suelen ser empleadas las personas que tienen oficio que suponen trato con las gentes, como son, entre mujeres, los de curandera, aplicadora de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, peinadora, plañidera, cantora, echadora de cartas, maestra de canto, mandadera, hilandera, tejedora y otros menesteres análogos. Por último también suelen ser empleadas las personas que tienen parentesco con aquel a quien son enviadas, que, por esta razón, no se retrae de ellas. Por estos procedimientos, ¡cuántas personas inabordables se han tornado blandas; cuántas ariscas, afables!”(El collar de la paloma. pp 144-145). Posteriormente Ibn Hazm afirma en el capítulo dedicado al amigo que “y así, verás que las mujeres honestas, entradas en años y alejadas ya de los deseos de los hombres, nada hacen con mayor gusto, ni tienen por más acepto, que esforzarse por casar las huérfanas y por prestar a las novias menesterosas sus propias ropas y alhajas” (p. 166).

De este texto nos interesa fundamentalmente por la importancia que va a tener en la posterior creación del personaje de Celestina el fragmento donde se señalan las profesiones a las que se dedican estas mujeres que hacen de la tercería un arte, “curandera, aplicadora de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, echadora de cartas, hilandera y tejedora”. Son oficios que van a estar muy relacionados con Celestina, la bruja que entiende de bebedizos y hechizos utilizados para encantar a su víctima, de hecho recordemos cómo consigue introducirse en casa de Melibea, ha tomado una guedeja de lana y la ha hechizado, de manera que Melibea cae en las redes tendidas para beneficio de Calisto (amante que por otra parte está en el ángulo opuesto al tipo de amador que defiende Ibn Hazm en su obra, puesto que lo único que busca es una satisfacción sexual sin que medie apenas un sentimiento amoroso profundo).

Podríamos buscar en el texto más elementos similares y desde luego no se puede dudar que estos existan, de hecho Celestina viste hábitos relacionándose de este modo con el mundo de la piedad religiosa, cosa que también manifiesta Ibn Hazm. En el mismo nombre de la alcahueta creada, aunque quizá habría que decir tomada en un primer esquema de la literatura andalusí y de una realidad histórica (al menos así la muestra Ibn Hazm), se señala la presencia del elemento religioso, Trotaconventos, la que recorre lugares de monjas, claro que sin ninguna connotación piadosa sino simplemente para conseguir amantes para aquellos que contratan su servicio entre aquellas mujeres que en muchos casos están enclaustradas contra su voluntad.

El personaje de Trotaconventos con su manifestación posterior en Celestina dará lugar a uno de los géneros originales de la literatura española y a la vez de los que más seguidores han tenido, de hecho a lo largo del siglo XVI está en auge el género denominado celestinesco en el cual el mundo que rodeaba a las alcahuetas, así como alguna de sus ocupaciones aparecen magistralmente trazados, tal es el caso de La Lozana andaluza, conocedora de todo tipo de remedios cosméticos y médicos contra las enfermedades de transmisión sexual.

En la plasmación de este personaje hay un rasgo que puede llamarnos la atención. Arcipreste de Hita considera a Trotaconventos como un factor positivo, de hecho basta leer el ataque feroz que escribe contra la muerte cuando le arrebata a aquella que le había ayudado en la consecución de sus amores; sin embargo en Fernando de Rojas esta consideración positiva de la alcahueta desaparece totalmente, basta con fijarse en como la obra muestra una clara tendencia moral, casi todos los que han estado relacionados con los oscuros tejemanejes de la tercera resultan muertos, así como ella misma. Bajo este desarrollo tan contrapuesto al que presenta el Arcipreste de Hita, cabe pensar que hay una advertencia dirigida a aquellos que para conseguir, más que amores, un trato sexual, utilicen tal tipo de mensajeras, curiosamente Ibn Hazm advierte contra esas mujeres de las que ha hablado: “Si no fuera para llamar la atención sobre ellas, no las hubiera mencionado. Lo he hecho para que nadie pare mientes en ellas ni ponga en ellas la menor confianza. Dichoso el que escarmienta en cabeza ajena. Y que Dios corra sobre nosotros y sobre todos los musulmanes su velo protector y no aparte de ninguno la sombra de su salvación” (El collar de la paloma, p. 145).

El amor cortés

Hay bastantes elementos en el texto de Ibn Hazm que posteriormente pasarán a manifestarse en la teoría del amor cortés. El motivo de estas similitudes no está nada claro, parece que la teoría del amor andalusí era conocida en las cortes provenzales, hay algunas relaciones de parentesco por matrimonio entre Al-Ándalus y el Languedoc, claro que también puede considerarse como una coincidencia entre dos ramas diferenciadas de un mismo árbol que sería el platonismo, de todas maneras hacer elucubraciones sobre esto no es el motivo del presente trabajo pero sí dejar constancia de estos elementos similares.

Ya hemos hablado del amor de oídas y como éste se muestra en algunos trovadores occitanos de los cuales pasaría a los trovadores galaico portugueses y castellanos del siglo XV y de ahí a la poesía renacentistas y posiblemente a los libros de caballerías del XVI como ya he dicho.

Estos elementos podrían extraerse de lo que llamaremos teoría del amor cortés, codificada por Andreas Capellanus, pero a la vez también presente en la poesía trovadoresca. Existen varios tipos en el mundo que rodea al comportamiento amoroso cortesano. El amador que por otra parte recorre varios escalones amorosos en sus relaciones con la amada. Fenhedor, el tímido, no se atreve a dar a conocer su amor hacia la dama aunque está muy claro que lo siente. Pregador, ya se dirige a la dama aunque ésta no le responde. Entendedor, la dama lo admite como enamorado poético. Drutz, la dama admite mantener relaciones sexuales con el amante.

En la teoría estos eran los distintos escalones, por supuesto no siempre se cumplían y en muchos casos los poetas amantes no eran tan castos como quieren dar a entender en sus composiciones, sin embargo esto no implica el negar la existencia de tal tipo de amor en la teoría. Los dos primeros grados, fenhedor y pregador podrían ser asimilados al amor Udri del que habla Emilio García Gómez en la introducción a su versión de El collar de la paloma, un amor que se contenta exclusivamente en la contemplación y que en el caso del amor beduino conducía inexorablemente a la muerte.

El segundo tipo fundamental para la teoría amorosa trovadoresca es la mujer, ésta ha de ser casada, téngase en cuenta a este respecto que en la Edad Media sólo la mujer casada era la que tenía una entidad jurídica, cosa absolutamente necesaria pues la relación amorosa se concebía como una relación vasallática y el poeta no podía enajenar su libertad ante alguien que ni siquiera poseía una entidad libre jurídicamente planteada. C.S. Lewis en Alegoría del amor, explica el nacimiento de la teoría del amor cortés como una necesidad que siente el doncel secundón de una familia, criándose en el castillo de un señor feudal más elevado en la pirámide social, necesidad de buscar un matrimonio o un amor que le haga medrar y ¿a quién mejor dirigir su amor sino hacia la señora del castillo, esposa de su señor? Claro que está explicación podría ser interpretada de muy variadas maneras.

El tercer tipo sería el marido celoso denominado en lengua d’oc como Gilós, por supuesto que existe ya que la mujer ha de ser casada como ya hemos dicho. La existencia de éste supondría uno de los elementos que han convertido a la poesía trovadoresca en una de las más refinadas. El enamorado ha de dar rienda suelta a sus sentimientos mediante la poesía pero a la vez ha de ocultar el nombre de su amada, en este sentido encontramos una relación con Ibn Hazm para el cual el secreto es uno de los elementos importantes del amor. A este respecto Ibn Hazm coloca una poesía en el texto cuya belleza de conceptos me impulsa a ponerla aquí.

“Las gentes saben que soy un mancebo enamorado;
que estoy triste y afligido; pero ¿por quién?
Cuando ven cómo me hallo, se cercioran;
pero si indagan se pierden en conjeturas.
Mi amor es como un escrito cuyo trazo es firme,
pero que se resiste a la interpretación;
o como la voz de la paloma en el boscaje,
que repite su canción de rama en rama
y cuyo murmullo deleita nuestros oídos,
pero cuyo sentido es enigmático y oscuro.
Me dicen: <-¡Por Dios! Dinos el nombre de aquel
cuyo amor alejó de ti el sueño tranquilo>.
Pero nunca. Antes de que logren lo que desean
habría de perder la razón y afrontaría cualquier desventura.
Siempre estarán en la desazón de la duda,
tomando la sospecha como certidumbre y la certidumbre
como sospecha” (El collar de la paloma, p.148).

Y finalmente encontramos al personaje negativo cuyo cometido es el ataque a los amantes, el lissongier como es denominado en la teoría provenzal, el espía del marido, aquel que impide los encuentros amorosos. Curiosamente Ibn Hazm coloca la categoría del espía inmediatamente después a la del amigo favorable. Señala varios tipos de espía a los cuales considera como seres totalmente dañinos para el amor: “Otro de los infortunios que acaecen en amor es el del espía, el cual es como una fiebre oculta, o una pleuresía crónica, o un pensamiento que derriba por tierra” (El collar de la paloma, p.168).

El amigo favorable

A continuación voy a tratar el tema del amigo favorable, categoría representada por Ibn Hazm que sin embargo no aparece en la teoría del amor cortés, pero sí en la cuentística en la que el tema de la amistad cobra gran importancia. Lacarra (1979) considera que el tema de la amistad es uno de los fundamentales en la cuentística española de los orígenes. En casi todas las aseveraciones que en los cuentos se hacen respecto a la amistad se considera ésta como el mayor tesoro que puede conseguir el hombre: “El hombre como el libro, consta de una corteza y un meollo, una cobertura externa que cierra el paso a un mundo interior; amigo será aquel que tenga acceso a ese interior. El principal rasgo de amistad consiste, pues, en conocer la poridat que todo hombre guarda en su corazón. Los textos didácticos recogen un conjunto de advertencias en torno a ese desvelamiento que tan funestas consecuencias puede tener si no se lleva a cabo con las debidas precauciones” (Lacarra 1979:143).

Para Ibn Hazm uno de los elementos fundamentales del amor es que el que ama tenga un buen amigo que ayude en todo momento.

Enumera en el capítulo “Sobre el amigo favorable” (pp 164-ss) las características que ha de presentar un buen amigo: Que sepa salir de los apuros y se mantenga inalterable ante ellos. Claro entendimiento y lengua aguda. Reposado y muy entendido. Poco dado a llevar la contraria y mucho a ayudar. Colmado de paciencia e indulgente con las importunidades. Aunado con su amigo. Buen cumplidor de los juramentos de la amistad. Razonable para amoldarse a las cosas. De natural loable. Incapaz de injusticia. Presto a la asistencia. Aborrecedor de todo desabrimiento. Fácil de abordar. Desprovisto de perversidad. De ideas sutiles. Conocedor de las debilidades humanas. De buenas costumbres. De ilustre cuna. Guardador del secreto. Piadoso. Leal. No traicionero. De alma generosa. De fina sensibilidad. De intuición certera. De auxilio garantizado. De honor perfecto. De lealtad notoria. De moderación evidente. De temperamento constante. Pródigo en dar consejos. De afecto acreditado. Fácil de convencer. De rectas creencias. De lenguaje sincero. De espíritu vivo. Casto de un modo natural. De brazos abiertos y holgado pecho. Tolerante. Amigo de los puros afectos. Incapaz de desvío.

La función fundamental del amigo habrá de ser la de hacer compañía al enamorado en los momentos en que éste se encuentre especialmente congojoso. “Si consigues echarle las manos encima, apriétalas sobre él como se enrosca una sierpe, retenlo con ellas como el avaro su dinero y consérvalo aun a costa de toda tu hacienda, pues con él se hace perfecta la alegría, se ahuyentan las tristezas, se acorta el tiempo, mejoran las circunstancias y nadie dejará de obtener de quien reúna estas condiciones una excelente ayuda y una avisada opinión” (El collar de la paloma, p. 165).

Un amante al que le falten amigos, bien porque no ha encontrado uno con las cualidades que anteriormente se han enumerado o bien porque ha sido traicionado anteriormente por alguno, sólo le queda el remedio de la soledad y el apartamiento, cuenta “sus cuitas al aire y habla al suelo y en ello encuentra solaz, como el enfermo con sus ayes y el triste con sus suspiros”.

En el Libro del cavallero Zifar aparecen algunos ejemplos respecto a la amistad. “De los enxemplos que dixo el cavallero Zifar a su muger para induzirla a guardar secreto; y el primero es del medio amigo” (pp 81-ss). Un hombre bueno y rico tenía un hijo al cual adoctrina para que ante todo se procurase un amigo o al menos un medio amigo. Los amigos son de tres maneras: 1.- Los amigos de enfinta “e estos son los que no guardan a su amigo synon demientra pueden fazer su pro con él”. 2.- Los medio amigos. “son los que se paran por el amigo a peligro que non paresçe, mas es en dubda sy será o non”. 3.- Amigos enteros. Aquellos que son capaces de morir por un amigo para que éste siga viviendo y no reciba daño. Alfonso X en la Partida IV, título XXVII, Ley IV dice “Aristotiles que fizo departimiento naturalmientre en todas las cosas de este mundo, dixo que eran tres maneras de amistad: la primera es de natural; la segunda es la que home ha con su amigo por uso de luengo tiempo por bondat que ha en él; la terçera es la que ha home con otro por algunt pro o por algunt placer que ha dél o espera haber” (Cit. por Lacarra 1979:145). La división entre amistad perfecta, interesada y placentera procede del libro VIII de la Ética a Nicómaco. Esta clasificación tripartita, en el Calila se convierte en bipartita, la amistad pura y la amistad de conveniencia.

Después de escuchar estos consejos, el hijo va por la ciudad en busca de amigos. Muchos van tras él puesto que su padre lo provee bastante bien. Diez años después el padre le pregunta que cuántos amigos había ganado, a lo cual el hijo responde que más de cien. El hijo se enfrenta con otro joven de la ciudad de manera que ve peligrar su vida. El padre lo envía a las afueras y consigue calmar los ánimos, tras ello manda matar un cerdo, le corta la cabeza y los pies y lo guarda en un saco. Cuando el hijo regresa a la ciudad el padre le dice que ha matado a aquel con el que había peleado puesto que no había llegado a un acuerdo; el cuerpo que tiene en el saco es el de la víctima. Es el momento de probar a sus amigos, pues necesita ocultar el cuerpo; va de casa en casa sin que ninguno de los aparentes amigos del hijo le ayude hasta que van a ver al medio amigo del padre, el cual sin dudarlo guarda el cuerpo. Cuando el hijo regresa a casa su padre le da instrucciones para que al día siguiente vaya a ver a este amigo y le diga que cocine aquel cuerpo que hay en el saco, puesto que la mejor venganza contra el enemigo es comerse su cuerpo. Padre e hijo van a la casa del medio amigo. El hijo no se atreve a comer aquello pero cuando le dicen que la carne del enemigo es similar a la del cerdo, la prueba y le gusta hasta el extremo de decir: “Padre señor, vos e vuestro amigo bien me avedes encarniçado en carnes de enemigo; e cierto cred que pues las carnes del enemigo así saben, non puede escapar el otro mío enemigo que era con este cuando me dixo la sobervia, quel no mate e quel non coma muy de grado; ca nunca comí carne que tan bien me sopiese como ésta” (p 84). Ante el miedo de convertir al hijo en un caníbal el padre le cuenta la verdad, puesto que todo ha sido una historia que ha forjado para demostrarle cuan falsos eran los aparentes amigos que seguían al hijo.

Rasgo importante de la amistad es que el hijo puede heredar las amistades del padre de lo cual el cuento que acabamos de resumir es un claro ejemplo, así lo hace notar Lacarra (1979).

“Del otro enxemplo que dixo el cavallero Zifar a su muger de commo se provó el otro amigo”. El padre del ejemplo anterior relata a su hijo otro cuento para mostrarle qué es un amigo entero, no puede demostrárselo en la práctica puesto que ello supone el dar la vida por otro.

En tierras del Corán se va a desarrollar este ejemplo que posiblemente esté extraído de algún texto de la tradición musulmana dado el ambiente en el que se va a desarrollar. En una ciudad se criaron dos mozos que eran muy amigos. “Onde dize el sabio que entre los amigos uno deve ser el querer e uno el non querer en las cosas buenas y onestas” (p 85). La fórmula “dize el sabio” o su similar “palabra es del sabio” proceden del árabe siendo abundantes en las obras que son traducción de esta lengua.

Uno de los amigos decidió partir al extranjero en busca de fortuna mientras el otro se queda en la ciudad puesto que sus padres ya eran de buena situación económica. Este segundo llega a la pobreza más absoluta tras la muerte de sus padres puesto que no sabía tomar buenos consejeros. Va en busca de su amigo enriquecido el cual le da hospitalidad. El amigo rico pierde a su mujer antes de haber tenido ningún hijo, un vecino le envía a una hija todavía pequeña para que se críe en su casa y llegado el momento la tome por mujer. El amigo pobre se enamora de la doncella pero considerando que si dice algo atenta contra la lealtad que debe a su amigo se calla. El amor en silencio acaba produciendo la enfermedad. Numerosos son los físicos que visitan al enfermo sin descubrir la causa de su malestar. Algo similar ocurrirá en el Libro de Apolonio. La enfermedad de amor, denominada héreos es bastante común en la literatura medieval e incluso renacentista, encontramos ejemplos que llegan a convertirse en estereotipos en la novela sentimental y a dejar su huella en las penas amorosas que sufren los caballeros andantes de los libros de caballerías del siglo XVI, también podemos hacer mención a la situación en la que se encuentra Calisto antes de entrar en contacto con Celestina y comenzar a encontrar remedio a su cuita amorosa provocada por el rechazo de Melibea.

Puesto que la única solución para el mal del amigo es conseguir el amor de la doncella, el dueño de ésta cuando se entera decide entregársela con una dote nada despreciable lo cual le permitirá volver a su tierra, aunque el amigo rico deberá quedar donde vive e incluso enfrentarse a los miembros de la familia de la doncella puesto que no ha cumplido aquello que había prometido. La doncella confiesa que siente lo mismo por aquel que la ama. Ambos se casan y se van a su tierra. La familia de la doncella, que es muy poderosa, mueve guerra contra el amigo rico causándole la ruina total lo cual le impulsa a ir en busca de su compañero de niñez, tiene que hacer el camino a pie solicitando limosna y viéndose despreciado. La alusión que se hace a este hecho de la limosna así como el lugar en el que se desarrolla esta peregrinación nos sitúan junto a la afirmación del comienzo del cuento (“en tierras del Corán”) en una tradición que posiblemente sea islámica; respecto a la limosna porque como es sabido es una de las reglas fundamentales en el Islam y respecto a la geografía el texto dice “çerca de aquel lugar do quiso Abraham sacrificar a su fijo”.

Cuando este amigo peregrino llega a la ciudad de su niñez encuentra que la puerta ya ha sido cerrada, de manera que aguantando su hambre se va a una ermita cercana y allí duerme. Por la mañana en aquel lugar se comete un asesinato. Acusan al peregrino al cual encuentran durmiendo. Los jueces le preguntan si él fue el asesino, a lo cual responde afirmativamente puesto que tantas han sido las penurias sufridas en su peregrinación que ha decidido perder la vida sin oponer resistencia aunque por supuesto es inocente.

El amigo al que había venido a buscar se entera de todo y para salvar la vida de su amigo se autoinculpa. Los jueces considerando que ambos eran cómplices en el asesinato ordenan ajusticiarlos juntos. El verdadero asesino ve todo esto y el remordimiento hace presa en él, así como el miedo por el castigo que le sobrevendrá en la otra vida, de manera que decide confesar pues no quiere cargar con la muerte de dos inocentes. El emperador quiere que se le explique todo, así uno tras otro van contando lo que sucedió de manera que al final el emperador los perdona a todos.

De este cuento el padre que lo narra a su hijo saca la enseñanza sobre los tres modos de amigos que existen: “Puedes entender que ay tres maneras de amigos: ca la una es el que quiere ser amigo del cuerpo e non del alma e la otra es el que quiere ser amigo del alma e non del cuerpo, e la otra el que quiere ser amigo del cuerpo e del alma, así commo este preso postrimero, que fue amigo de su alma e de su cuerpo, dando buen enxiemplo de sí e non queriendo que su alma fuese perdida por escusar el martirio del cuerpo” (p 91).

Bibliografía

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Alvar, Carlos (1987); Poesía de trovadores, trouvéres y Minnesinger. Antología. Edición Bilingüe. Madrid. Alianza.

Blecua, Alberto (ed.) (1992); Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, Libro de buen amor. Madrid. Cátedra.

Blecua, José Manuel (ed.) (1985); Don Juan Manuel, El conde Lucanor o libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio. Madrid. Castalia.

Corbín, Henry (1994); Historia de la filosofía islámica. Madrid. Trotta.

González, Cristina (ed.) (1983); Libro del caballero Zifar. Madrid. Cátedra.

Ibn Hazm de Córdoba (1987); El collar de la paloma. Madrid. Alianza. Versión de Emilio García Gómez.

Lacarra, Mª Jesús (1979); Cuentística medieval en España. Los orígenes. Zaragoza. Departamento de Literatura Española de la Universidad.

Lacarra, Mª Jesús (ed.) (1989); Sendebar. Madrid. Cátedra.

Lacarra, Mª Jesús et Cacho Blecua Juan M.  (ed.) (1991); Calila y Dimna. Madrid. Castalia.

Severin, Dorothy S. (ed.) (1991); Fernando de Rojas, La Celestina. Madrid. Cátedra.

Walker, Roger M. (1974); Tradition and tecnique in “El libro del cavallero Zifar”. Londres. Tamesis.

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AMADÍS DE GAULA. Garci Rodríguez de Montalvo

Adaptación de ANTONIO JOAQUÍN GONZÁLEZ

CRITERIOS DE ADAPTACIÓN

Portada de AMADÍS DE GAULA, versión de Antonio Joaquín González. (libro papel)

La impresión en Roma por Antonio de Salamanca en 1519 de Los cuatro libros del esforzado y muy virtuoso caballero Amadís de Gaula (Biblioteca Nacional de España R/34929) consta de 284 hojas que equivalen a 568 páginas a doble columna. En una edición contemporánea de Amadís de Gaula, la de Jesús Rodríguez Velasco (1997), en dos tomos, el texto escrito por Garci Rodríguez de Montalvo ocupa 1291 páginas. Evidentemente, a la hora de realizar la presente edición-adaptación se ha tenido que optar por una abreviación que haga más asequible la obra al lector al que va dirigida, para convertirla en una llamada que le incite a la aventura de leer un clásico tan importante para la literatura en español.

La técnica del entrelazamiento, aprendida en los textos en los que se desarrollan las gestas del rey Arturo y de los caballeros de la Mesa Redonda, supone una bifurcación continua de los núcleos narrativos. La línea con la que se pretendiese trazar el recorrido de las aventuras de los héroes en el Amadís de Gaula sería tan intrincada como laberínticos son los caminos que ellos recorren en pos del motivo de su existencia. Su vagar es individual, aunque en algunos momentos los senderos se cruzan. La esencia del caballero andante es la soledad aceptada y necesaria en su desarrollo heroico; por ello, el resumen de cualquier  libro de caballerías implica distintas líneas argumentales separadas, aunque solo
en apariencia. Tantos son los males que en el mundo de la ficción afectan a los oprimidos que las fuerzas que los defienden tienen que disgregarse. Por supuesto que hay confluencias; en el caso del Amadís de Gaula es la corte de la Gran Bretaña, o la Ínsula Firme; ahí la aventura será distinta, como lo es el territorio, y primará lo cortesano sobre lo guerrero. La corte se convierte en un punto de convergencia donde, al ser conocidas las aventuras de los distintos caballeros, estas alcanzan un motivo que
las unifica. La técnica del entrelazamiento no es tan compleja en el Amadís de Gaula como lo será en algunos otros libros que sigan su estética. Con todo, para la presente adaptación ha sido necesario eliminar ciertos lances sucedidos a otros personajes que no son el protagonista.

Para explicitar las supresiones que se han realizado no está de más hacer referencia a la línea argumental seguida, que no es otra más que la del héroe desde sus orígenes en las relaciones de sus padres Elisena y Perión de Gaula, el cual es el primer protagonista del libro. Desde el nacimiento de Amadís, él será el personaje central de la obra, dejando de lado las aventuras de otros importantes caballeros andantes cuyas existencias gravitarán en torno a la corte de la Gran Bretaña. Sí que se han respetado algunas noticias detalladas de personajes como podrían ser Galaor y Florestán, los dos hermanos de Amadís. El primero presenta unos rasgos biográficos sumamente cercanos al arquetipo heroico que predomina en los libros de caballerías. Más allá de esto, se omiten las aventuras sucedidas a otros caballeros como Agrajes, cuya importancia es indiscutible y su personalidad perfectamente dibujada en sus iras y su orgullo. También se dejan en el olvido encuentros menores que alcanzan
al protagonista en su continuo deambular. Un ejemplo significativo de esto es el primer choque de Amadís con Patín, el que llegará a ser emperador de Roma; en este episodio se persigue dejar patente la soberbia e imbecilidad de este personaje, rasgos de los que no va a librarse pese a su muerte heroica; como este talante permanece a lo largo de la obra, se evidencia en sus siguientes apariciones. También es significativa la abreviación de las aventuras de Amadís de Gaula por el Imperio Griego, salvo la detallada mención al episodio del Endriago, que es de los más importantes del libro. Se suprimen algunas profecías referidas a episodios ajenos a lo que considero como línea argumental central y, por tanto, omitidos en esta adaptación. Mantener esas palabras  anticipatorias supondría desvirtuarlas al no verse cumplidas; al fin y al cabo las actuaciones proféticas son un instrumento más de creación de intriga y una herramienta que da al lector un cierto protagonismo pues le hace capaz de interpretar desde ellas los sucesos, a la vez que originan expectativa.

Espada. ilustración. G. Andrango.

Garci Rodríguez de Montalvo utilizó en algunos momentos la ficción como una excusa sobre la que sustentar ciertas interpolaciones de carácter moral. Por ellas, el Amadís de Gaula ha podido llegar a ser leído
como un espejo de caballeros. Algunas de estas glosas tienen un valor literario indiscutible, otras pertenecen más al tiempo histórico en que fueron redactadas. Se ha mantenido prácticamente en su totalidad el discurso que trata acerca de la soberbia, uno de los males que aquejan al mundo de la caballería y la más grave falta con la divinidad en
la interpretación religiosa de la época de Rodríguez de Montalvo. Sumamente interesantes son también las palabras que podemos leer en el prólogo, en ellas el autor habla de la teoría literaria y de la historia. Aquí se han abreviado algunos elementos, aunque se ha conservado la explicación que clasifica al Amadís de Gaula como historia fingida.

Por lo que respecta a los cambios realizados desde lo lingüístico, quiero hacer mención de los siguientes. En primer lugar, la ortografía ha sido adaptada a las normas actuales. Las palabras infrecuentes en nuestros días van en un glosario anexo. Se simplifican algunos términos, sobre todo aquellos tecnicismos que atañen a la vida militar del caballero. Sintácticamente, el Amadís de Gaula no alcanza la complejidad que se manifiesta en textos como los de Feliciano de Silva –Lisuarte de Grecia (1514) o Florisel de Niquea (1532)– parodiados en el Don Quijote de La Mancha: «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de vuestra hermosura» (I, Cap. I); con todo, se ha optado por un periodo oracional más corto, aunque se intenta mantener en algunos párrafos un estilo más intrincado para no desnaturalizar la esencia lingüística de la obra.

En definitiva, el impulso que ha guiado la realización de la presente obra es hacerla asequible a un lector actual, intentando mantener el espíritu del texto a sabiendas que, en realidad, esta adaptación es como un nimbo que puede servir de norte para aquel que quiera acercarse al auténtico tesoro que es la obra original.

Amigo lector, así lo espero; ojalá descubras en los paisajes del Amadís de Gaula una tierra que conquistar.

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