Jardín

In Memoriam Álvaro Mutis

Álvaro Mutis paseando por Turín. Bernardo Pérez

Álvaro Mutis paseando por Turín. Bernardo Pérez

CÓRDOBA, UNA ILUMINACIÓN. SOBRE UN POEMA DE ÁLVARO MUTIS

 Antonio Joaquín González Gonzalo

 Uno de los elementos caracterizadores de la poesía del escritor colombiano Álvaro Mutis es la llaneza en su lenguaje, la claridad en las palabras, la expresión que brota como un manantial y que cala tan hondo como la experiencia que relata. Lo descrito, lo narrado, lo vivido en cada uno de sus poemas transforma el mundo cotidiano en una iluminación. Nadie confunda esta palabra con el sentido exclusivamente religioso, salvo que considere la religión en su sentido etimológico de religare (volver a unir) porque en Álvaro Mutis la expresión trascendental no tiene que ir unida a un culto, a una visión del mundo mediatizada por un dios cuyas palabras son las de sacerdotes que nada saben salvo lo aprendido en libros. Álvaro Mutis va mucho más allá. Su mirada es trascendente de la vida cotidiana en la cual se hunde como raíz que busca los veneros más puros. Tales fuentes brotan a lo largo de la vida, y la de Álvaro Mutis ha recorrido caminos tan diversos que le ha permitido encontrarlas en los torrentes bulliciosos de las montañas ecuatorianas, en el aroma del café recién tostado de las haciendas en Colombia, en anocheceres mediterráneos en amena conversación, e incluso en el movimiento lánguido, hipnotizante y circular de las bellydancers que encarnan el eterno femenino en una percusión que adormece el sentido perpetuo de la muerte, la orfandad y el desarraigo; como el olvido que viene con la lluvia que todo lo limpia, que todo se lleva.

            Un lenguaje llano, el de Álvaro Mutis que borra la diferenciación entre géneros literarios, que recobra el valor antiguo de la palabra y el de la experiencia. Esta deja de ser un mero transcurrir en el mundo para originar la visión, la transformación radical de lo contemplado, el cruce de una dimensión cuya frontera está muy dentro de uno mismo.

            La mística para los griegos, tal y como lo explica la etimología, era aquello que acercaba a los Misterios, al secreto en el cual se indaga para encontrar la explicación de uno mismo, porque el final del laberinto mistérico es un espejo y en él sólo se refleja lo que uno lleva. En este sentido es mística la palabra de Álvaro Mutis y en ese mismo sentido la leemos en uno de sus poemas más impresionantes, más todavía escuchados en su voz tronante de profeta en un marco como el del Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba, así como el propio autor lo leyó hace ya unos años.

Una calle de Córdoba

                                                            Para Leticia y Luis Feduchi.

            En una calle de Córdoba, una calle como tantas, con sus tiendas de postales y artículos para turistas,

            una heladería y dos bares con mesas en la acera y en el interior chillones carteles de toros,

            una calle con sus hondos zaguanes que desembocan en floridos jardines con su fuente de azulejos

            y sus jaulas de pájaros que callan abrumados por el bochorno de la siesta,

            uno que otro portón con su escudo de piedra y los borrosos signos de una abolida grandeza;

            en una calle de Córdoba cuyo nombre no recuerdo o quizá nunca supe

            a lentos sorbos tomo una copa de jerez en la precaria sombra de la vereda.

            Aquí y no en otra parte, mientras Carmen escoge en una tienda vecina las hermosas chilabas que regresan

            después de cinco siglos para perpetuar la fresca delicia de la medina en los tiempos de Al-Ándalus,

            en esta calle de Córdoba, tan parecida a tantas de Cartagena de Indias, de Antigua, de Santo Domingo o de la derruida Santa María del Darién,

aquí y no en otro lugar me esperaba la imposible, la ebria certeza de estar en España.

En España, a donde tantas veces he venido a buscar este instante, esta devastadora epifanía,

sucede el milagro y me interno lentamente en la felicidad sin término

rodeado de aromas, recuerdos, batallas, lamentos, pasiones sin salida,

            por todos esos rostros, voces, airados reclamos, tiernos, dolientes ensalmos;

no sé cómo decirlo, es tan difícil.

Es la España de Abu-l-Hassan Al Husri, <el Ciego>, la del bachiller Sansón Carrasco,

la del príncipe don Felipe, primogénito del César, que desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco,

para tomar en matrimonio a María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte inglesa,

            la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las lanzas de Velázquez;

la España, en fin, de mi imposible amor por la infanta Catalina Micaela, que con estrábico asombro

me mira desde su retrato en el Museo del Prado,

la España del chofer que hace poco nos decía: <El peligro está donde está el cuerpo>.

Pero no es sólo esto, hay mucho más que se me escapa.

            Desde niño he estado pidiendo, soñando, anticipando,

esta certeza que ahora me invade como una repentina temperatura, como un sordo golpe en la garganta,

aquí en esta calle de Córdoba, recostado en la precaria mesa de latón mientras saboreo el jerez

que como un ser vivo expande en mi pecho su calor generoso, su suave vértigo estival.

Aquí, en España, cómo explicarlo si depende de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo.

            Los dioses, en alguna parte, han consentido, en un instante de espléndido desorden,

que esto ocurra, que esto me suceda en una calle de Córdoba,

quizá porque ayer oré en el Mihrab de la Mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni mérito alguno,

la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol,

en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin,

estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí

con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.

Y ese don me ha sido otorgado en esta calle como tantas otras, con sus tiendas para turistas, sus heladerías, sus bares, sus portalones historiados,

en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto, como cosa de todos los días,

como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira

            de servil aceptación y de resignada desesperanza,

que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.

Todo se ha salvado ahora, en esta calle de la capital de los Omeyas pavimentada por los romanos,

en donde el Duque de Rivas moró en su palacio de catorce jardines y una alcoba regia para albergar a los reyes nuestros señores.

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden.

            Al terminar este jerez continuaremos el camino en busca de la pequeña sinagoga en donde meditó Maimónides

y seré, hasta el último día, otro hombre o, mejor, el mismo pero rescatado y dueño desde hoy, de un lugar sobre la tierra.

“Una calle de Córdoba” pertenece al que, desde mi punto de vista, es el libro más conseguido y místico, en el sentido de trascendental, de la producción poética de Álvaro Mutis: Los emisarios (1984). Dos temas, entre otros, destacan en este poemario: la presencia de España y la experiencia iluminativa. Ambos se funden, desde los versos que configuran el pórtico del libro

Los emisarios que tocan a tu puerta

tú mismo los llamaste y no lo sabes

            Versos debidos al nombrado como Al-Mutamar ibn al-Farsi, poeta sufí de Córdoba (1118-1196). Seguramente se trata de una cita apócrifa con la clara voluntad por parte del autor de situarnos en un ambiente orientalista, pero también espiritual dado que esa afiliación de Al-Mutamar ibn al-Farsi al sufismo lo convierte en uno de esos representantes de la rama mística del Islam que abandona la interpretación de la religión desde una lectura puramente legal y literal. El sufismo busca una trascendencia de la realidad con una intención claramente religiosa de acercamiento a Dios. No es esta la finalidad de Álvaro Mutis, aunque sí mantiene la trascendencia, porque el misticismo, al fin y al cabo también puede ser laico y, entonces, se transforma en una búsqueda de ir más allá de lo que la vida puede dar, en una semantización de cada uno de los encuentros que la vida puede prepararnos, en la consecución de un significado para el caos que es vivir. El título del libro origina o proviene (depende de si se considera lo apócrifo) de estos versos que se refieren a los portadores de un mensaje contenido en cada uno de los textos de la obra. La información presente en los poemas-mensajes gira en torno a dos temas básicos que son la Verdad y la Muerte. La muerte como final de una vida en “En Novgorod la Grande” en el cual una agonizante mujer santa, María Mihailovna, anuncia el martirio que va a sufrir la zarina Alejandra Feodorovna; o en “Funeral en Viana” sobre la muerte de una de las figuras históricas que han interesado a Álvaro Mutis, César Borgia, duque de Valentinois. Además de la muerte, el tema de la Verdad, aquella que sólo se encuentra en el interior de uno mismo. Para hallarla es necesario partir de una experiencia real, de una observación cotidiana que, en un primer momento, es descrita desapasionadamente para llegar a un instante trascendente, iluminativo, que produce una transmutación en la visión. Y ya nada es igual, el ser humano huérfano, que vagaba por el mundo sin asidero, encuentra su lugar mediante su comunión en forma de una calle de Córdoba o de un paisaje vivido desde la Alhambra.

En el poema “En una calle de Córdoba” prima la descripción sobre lo narrativo. La experiencia, aunque profunda, se basa en una anécdota: el poeta mira diversos objetos, lugares y personas que le conducen hacia una contemplación de otros tiempos y otros espacios, desde una calle de Córdoba cercana a la Mezquita. El interés de Álvaro Mutis por la ciudad califal ha quedado manifiesto en diversas ocasiones: “Hay ciudades a las que llego y me quiero ir al otro día, pero hay ciudades a las que se llega y dice uno: <¿Cómo he podido vivir sin estar aquí?> Me pasó con Córdoba, por eso escribí un breve poema sobre una calle de Córdoba” (en entrevista por Losada 1993:196); afirmación que se complementa con la siguiente explicación del nacimiento del poema

“Cuando visité la ciudad de Córdoba, en España, la impresión fue tan intensa y tan definitiva, que supe que eso tenía que escribirlo algún día como poema. Y durante un año estuve trabajando y dando vueltas sin escribir nada. Las imágenes, a medida que se iban haciendo más precisas, iban dando forma al poema. Hasta que escogí un instante que yo recordaba, en donde esa presencia de Córdoba fue de las más intensas. En ese instante en que me estoy tomando una copa de jerez en una pequeña cafetería frente a la Mezquita” (García Aguilar 2000: 106).

Así pues, el poema nace de una experiencia vivida durante una estancia en la ciudad de Córdoba, después de una larga elaboración. Mediante una laboriosa recreación de lo vivido, más bien de lo visto y sentido, esa experiencia primigenia se vuelve trascendente. Las sugerencias, símbolos y recuerdos de la vivencia en la que todos los sentidos cobran forma conduce al poeta desde una anécdota mínima hacia la culminación en una afirmación trascendental “y seré, hasta el último día, otro hombre o, mejor, el mismo, pero rescatado y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra”. En ese encuentro del lugar propio en la existencia, más allá de todo sentido religioso, porque lo místico de Álvaro Mutis es laico, el espacio de la mezquita alcanza un protagonismo muy especial: “que esto ocurra quizá porque ayer oré en el mihrab de la Mezquita pidiendo una señal”. El misticismo de Álvaro Mutis está relacionado con la experiencia de la mirada, de lo recorrido y de lo sentido; es ahí donde la mezquita adquiere un simbolismo más estético que religioso. Joaquín Lomba (1999: 52) tratando de las obras arquitectónicas del Islam dirá

“Hay en esas obras de arte islámico [la Mezquita de la ciudad de Córdoba, la Alhambra, la Mezquita de Herat en Afganistán] <algo> que las envuelve en misterio, que hace pasar a segundo plano las proporciones numerales y que nos presenta la belleza a la manera de Ibn Hazn: como algo inefable que sólo es sentido por el alma, como una túnica y claridad que semimuestra y semioculta el rostro, como algo que hay en el alma de lo visto que percibe el alma del que lo ve. Es el embrujo, encantamiento y misterio que inspiran las grandes creaciones del arte árabe”.

Junto a ese edificio de la mezquita, una dislocación que convierte el tiempo en espacio, la mirada en recuerdo, el presente en evocación pues Córdoba conduce hacia otro ámbito, el caribeño, tan frecuente en la obra de Álvaro Mutis. Las calles recorridas para llegar hasta allí recuerdan a “tantas de Cartagena de Indias, de Santo Domingo o de la derruida Santa María del Darién”. Brotan los recuerdos de la vida errabunda del autor. El vagar continuo que hace que ningún lugar sea sentido como propio hasta que se produzca la iluminación final. En esa misma errancía se encuentran los paisajes españoles: el Museo del Prado, “los interminables olivares quemados al sol”, las colinas, las serranías, los ríos, en definitiva el camino que poco a poco va conduciendo al poeta hacia esa experiencia que le aguarda “en esa calle como tantas otras, con sus tiendas para turistas, su heladería, sus bares, sus portalones historiados”. Y en todo momento, Córdoba que sigue presente con ese calor de siesta que castiga pero que también abre los sentidos. Ahí está Córdoba con sus calles, la Córdoba romana, la Omeya, la del Duque de Rivas. Antes de concluir este periplo hacia el centro del laberinto que es uno mismo faltan unos pasos que dar. Es necesario seguir el itinerario que une la Mezquita a la Sinagoga. Un recorrido cotidiano para el viajero por la ciudad.

Las impresiones que recibe, fruto de su contemplación, son unas imágenes personales. Como en toda experiencia que pretende llegar a ser una hierofanía, se exige la entrega del ser en soledad. Aunque el poeta no está solo. Sus acciones son simples: beber una copa de jerez, mirar y dejar que vuele libre la imaginación, así la soledad se llena de emisarios: el poeta andalusí Abu-l-Hassan Al Husri, Sansón Carrasco, Felipe II, la infanta Catalina Micaela, el oficial de albo coleto del cuadro Las lanzas de Velázquez, el Duque de Rivas, Maimónides, o el chofer filósofo; y la esposa de Álvaro Mutis, Carmen, que alcanzará nuevamente la categoría de mensajera de lo trascendental en otro momento de su viaje interior por tierras andaluzas (“Tríptico de la Alhambra”). Todos ellos son acompañantes externos, elementos de un paisaje desde el cual se fragua el significado profundo de lo contemplado.

¿En qué consiste la experiencia interior que Álvaro Mutis alcanza en esa calle de Córdoba? En un primer momento, en la captación del instante que se está viviendo en todos sus matices, en sus mínimos detalles, sin mediación de las palabras –aunque estas son las que configuran el poema-, dejándose llevar por lo mirado, por lo pensado y lo vivido. Ahí está, en la calle de Córdoba, esa “felicidad sin término” porque al ser absorbido por una realidad que se transforma en poesía, desaparecen todas las miserias y todos los miedos que provocan incertidumbre en el ser humano. La experiencia de plenitud abstrae de lo cotidiano, definido mediante lo negativo: la muerte y sus astucias, el olvido y el turbio comercio de los hombres. Versos que pretenden levantar el velo de lo inefable pues “cómo explicarlo si depende de las palabras y estas no son bastantes para conseguirlo”. Por ello es necesario el aparente desorden en la exposición que más bien es la captación inmediata del instante, la continua variación espacio-temporal que es el libre fluir de la conciencia. Lo trascendente sólo puede expresarse mediante la paradoja –lo supieron ver San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Ibn Arabi, Ibn Hallaj y Omar Jayyan- dejando correr el pensamiento, abandonando las reglas, incluso las poéticas que distancian prosa y verso, que impiden expresar lo absoluto. Es la única forma de hacer surgir del caos el cosmos, la explicación que crea un mundo cuyo centro es el que contempla y no lo contemplado porque “rescatado y dueño desde hoy, de un lugar sobre la tierra” el universo tiene un eje.

Bibliografía

García Aguilar, Eduardo (2000); Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. Barcelona. Casiopea.

Lomba Fuentes, Joaquín (1999); “Dialéctica amor-belleza en Ibn Hazm de Córdoba”. Milenario de Ibn Hazm (994-1064). Textos y artículos. Rafael Pinilla Melguizo (ed.). Córdoba. Diputación de Córdoba.

Losada, Miguel (1993); “Summa de Álvaro Mutis el Gaviero”. Turia 23. pp. 189-198.

Mutis, Álvaro (1992); Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988. Madrid. Visor.

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