El capitán Chimista

La novela de aventuras en Pío Baroja

CLub_de_Lectura_pio_barojaLas inquietudes de Shanti Andía (1911), El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930) forman lo que es considerado como la Trilogía de El Mar de Pío Baroja (trilogía puesto que las dos últimas perfectamente pueden ser vistas como partes de un mismo texto). Del año 1911 es también El árbol de la ciencia, obra con un contenido autobiográfico indudable no ajeno a las mismas novelas de aventuras, al menos así puede ser considerado en esos momentos previos al argumento propiamente dicho, se trata de los elementos paratextuales –muy importantes también en El laberinto de las sirenas-. En estos prefacios, el autor se retrata siguiendo el tópico del manuscrito encontrado. Los pilotos de altura y La estrella del capitán Chimista pudieron estar basados en un manuscrito que estaba en la biblioteca de Pío Baroja hasta que se perdió en 1936 durante la Guerra Civil; en él se contenía el diario del capitán Abaroa, un marino vasco del siglo XIX que continuamente hacía referencia a su mala suerte, origen de una visión pesimista de la vida similar a la del capitán Ignacio Embil, coprotagonista junto al capitán Chimista de los textos mencionados.

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            Frente a este panorama aventurero en el que se desarrollan las aventuras de estos pilotos vascos hay que situar una vida sedentaria como la de Pío Baroja el cual, en estas novelas, se hace eco de ese ideario que marca el pensamiento de la literatura española de finales del siglo XIX y principios del XX. La filosofía de Nietzsche por un lado, y la consideración de Miguel de Cervantes como la cima de la literatura española (también desde el conocimiento de su biografía), bien pueden marcar ese interés por unos argumentos que se alejan del cotidiano vivir.

            El género de aventuras marinas en la literatura española (aunque encuentra algunos ejemplos en el barroco –Los trabajos de Persiles y Segismunda de Cervantes, las Soledades de Góngora-, El Victorial de Gutierre Díez de Games, las batallas navales retratadas en los libros de caballerías y los numerosos encomios poéticos a la Batalla de Lepanto) no es lo suficientemente frecuente como para ser el sustrato que cimiente este tipo de ficción en Pío Baroja. Es posible que lo haya aprendido en Joseph Conrad (Lord Jim, 1900, u otra de sus muchas novelas como Con la soga al cuello, 1902, El Pirata, 1923); en Robert L. Stevenson (tanto La isla del tesoro, 1883, como El señor de Ballantrae, 1888), algunos textos de Edgar A. Poe, las aventuras de Mayne Reid, Julio Verne, el mismo Robinson Crusoe de Daniel Defoe, mezclados todo ellos con el ambiente goticista, histórico y aventurero que encontramos en algunas de las novelas de Walter Scott (El pirata, 1822, sería un buen ejemplo de ello). Darío Villanueva menciona cuáles han podido ser las influencias que al respecto marcan este tipo de textos de Baroja (Prólogo a las Obras completas IX de Pío Baroja, Círculo de Lectores, 1998).

ortiz de echagüe marino vasco          ¿Quién es el capitán Chimista? A lo largo de su vida se ocupa de diferentes trabajos: marino, oficio que se mueve dentro de la más pura rutina tal y como demuestra el caso del capitán Embil, cuya biografía se cruza continuamente con la de Chimista; pirata, de hecho también es conocido en el Atlántico como Bizargorri o Barbarroja; sus conocimientos ocultistas, basados sobre todo en los libros, le permiten ejercer de taumaturgo, y aquí se explica su enfrentamiento al doctor Mackra, representación de la magia negra y el vampirismo; y hasta será buscador de oro en California. Así sucede con buena parte de los aventureros literarios que definen tal arquetipo.

            Todo ello unido al ambiente exótico. Fijémonos en los compañeros de aventura de estos marinos vascos tal y como son mencionados en La estrella del capitán Chimista: el negro Commoro, el francés Viandon, un brasileño Amarino, Bachi el italiano, un griego Christos Jermonakis, que durante mucho tiempo fue superior de un monasterio dependiente del monte Athos, un judío italiano, un antiguo presidiario de la Guayana llamado El Búho, Hércules un negro batanga, un malayo dayak que había sido cazador de cabezas en Borneo, otro francés chuán de La Vendeé y un Yezidiz de esos a los cuales los musulmanes de la ortodoxia llaman adoradores del diablo. Exotismo de los personajes, también de paisajes, aunque en ellos no acompaña la experiencia estética de lo diferente, pues los lugares más variopintos de la tierra se transforman en meros sitios de paso para cumplir con la obligación del marino mercante. El narrador encuentra el manuscrito de Embil que se convierte en una ficticia excusa para contar tanto sus aventuras como las de Chimista; desde la afirmación de que Embil no se consideraba a sí mismo como aventurero, ese alter ego de Pío Baroja concluye: “Esta declaración de Embil nos lleva a pensar en lo subjetivo de la idea de la aventura. Un marino como Embil, que recorrió el mundo de negrero, de bohemio de mar, metido con frecuencia en empresas difíciles y arriesgadas, no se consideraba aventurero; era un hombre con un oficio, un técnico, casi un burócrata”. Quizá la diferencia entre un personaje como Embil y un aventurero como Chimista se encuentra en la búsqueda del riesgo, de lo extraordinario, en caminos por senderos poco transitados, más allá de las leyes de los hombres. Por ello, “Chimista debió de considerarse aventurero; enamorado de la acción, con alternativas de hombre enérgico y audaz y de fatalista, se entregó muchas veces a las fuerzas del destino. Lo que en Embil era oficio, en Chimista fue aventura; lo que en uno corriente, en el otro raro. Lo que en uno tomó el carácter de vulgar y cotidiano, en el otro apareció como extraordinario y anormal”

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            En relación con el mundo de la aventura y para intentar definir un poco más tal concepto en las novelas de Baroja, hagamos mención de Emilio Salgari; ¿sus protagonistas buscan la aventura? Recordemos el caso de Los pescadores de trepang, o en los héroes que son arrastrados por el afán de venganza como Sandokán o El Corsario Negro. ¿Nos aproxima al ambiente de esta última un fragmento como el siguiente? Sucede cerca de las islas Bermudas

“De pronto me chocó el aire de aquel buque y su pabellón brillante; cogí mi anteojo, miré y vi con sorpresa un barco negro como el ébano, de unas doscientas toneladas, con varias piezas de artillería, nuevas, y en el palo mayor una bandera roja con una calavera blanca y dos tibias. Era, indudablemente, un barco pirata, con sus cañones, su bandera y su tripulación especial, cosa que ninguno de los marinos que estábamos en el barco habíamos visto jamás. Hasta tenía su nombre a proa. Se llamaba el Relámpago” (Los pilotos de altura)

            ¿Dónde está la aventura? ¿En la voluntad del escritor, en las vidas de los personajes o en la necesidad del receptor? Al fin y al cabo la vida del marino mercante está llena de rutinas

“Hallándonos listos en el puerto de Boston, con cargamento de tablas, se emprendió la vuelta a La Habana; embocamos el canal de Bemini; aquí nos molestaron los vientos contrarios, y fondeamos en las islas Berry, del archipiélago de las Lucayas, hasta que comenzaron las brisas favorables. Entramos en La Habana y cargamos de nuevo losas y ladrillos, estibados como lastre en la bodega, y naranjas, plátanos y piñas en la cubierta. El capitán, el sobrecargo y yo llevamos también abundantes pacotillas. Esta vez marchamos a Nueva Orleáns” (Los pilotos de altura).

            Sin embargo, el mundo es los suficientemente grande como para colmar los deseos y así lo que era cotidiano puede transformarse en extraordinario

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“El mar y la posibilidad de la aventura dichosa agarran, y aunque se pasen trabajos y no se tenga suerte, hay siempre más esperanzas y más posibilidades en el mar que en las ciudades, donde no se puede hacer fortuna más que siendo un pillo listo o un usurero. Todavía el marino de este tiempo, hijo predilecto de la aventura, era un hombre atrevido, violento e inconsciente. Impulsado por una esperanza de riqueza y de placeres, pensaba encontrar países fabulosos como El Dorado, y tenía para el final de su vida el sueño de volver a su tierra, a su aldea, tranquila y plácida. Aquellos hombres, niños grandes la mayoría, sin rencor, consideraban alcanzado el fin de su vida por haber pasado algunos días en la taberna de un puerto, al lado de una mujer, bebiendo y derrochando el dinero” (Los pilotos de altura).

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura"; y, mi última publicación: "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera".
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