La seducción del mago

Viviana y Merlín. Benjamín Jarnés

Cátedra.

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Por mucho que los autores cristianos, desde muy temprano, intentaran integrar a su mundo las maravillas de la paganidad, nacidas en un época cuya antigüedad se pierde en la bruma de los tiempos; por mucho que los mitos se transformasen en una manifestación del logos; aunque los arcaicos dioses fuesen convertidos en seres de las aguas o del fuego, bien como manifestaciones del mal, bien como ayudantes del héroe en su camino hacia la luz; pese a todo ello, aquellas maravillas, los mitos y los seres que los habitaban perduran para siempre. A esa vida, perpetuo moverse de una época a otra, corresponde el libro que hoy comento.

Se trata de Viviana y Merlín, novela del escritor vanguardista de origen aragonés, Benjamín Jarnés; publicada en 1930 en plena eclosión de esa otra búsqueda de la luminosidad de la existencia que fue la experimentación, tanto artística como literaria, del Surrealismo, del que en buena medida, somos herederos.

¿Quién fue Viviana? De ello nos informa Carlos Alvar en su diccionario El rey Arturo y su mundo, obra fundamental para aquel que quiera adentrarse con una mínima guía por los vericuetos de la literatura artúrica. Viviana, o Niniana, o la Dama del Lago, que con todos esos nombres era conocida, fue un hada que habitaba en las aguas, ¿una ninfa, pues?, la que proveyó a Arturo de su mágica Excalibur -es imposible olvidar esa escena mágica y wagneriana de la película de Boorman-, la que en su tiempo, después de raptar al niño acabaría convirtiéndolo en uno de los mejores caballeros que vieron los siglos, Lanzarote del Lago.

Excalibur. Boorman

¿De dónde procede Viviana? Carlos Alvar, desde el análisis del nombre, nos sugiere que Viviana puede ser Béfinn, o Bé-Binn, o Bebhiam, voz que podría traducirse como <mujer blanca>, ¿quizá, resplandeciente, quizá tan rubia, o albina? Su nombre también puede proceder, como Niniana o Nimué, de Niamh, cuyo significado es “nada haré”; aunque es mucho más convincente la referencia al río Ninian, en el bosque de Brocelianda, en la Bretaña continental, en él habitó una antigua divinidad acuática. El origen sobrenatural de Viviana es evidente, de hecho es considerada como nieta de la diosa Diana.

De Diana, en la obra castellana medieval (1498), el Baladro del sabio Merlín, primera parte de La Demanda del Santo Grial, nos informa el mismo mago Merlín, como fuente de esa evidente transubstanciación que se produce en los mitos antiguos: “Diana reinó en tiempo de Virgilio, un tiempo antes de que Jesucristo viniese a la tierra para salvar a los pecadores. Ella amó sobre todas las demás cosas, el gusto de la caza en el monte y fue cazando por todas las tierras y por las montañas de Francia y Bretaña y no halló ningún lugar que le gustase tanto como éste. Cuando aquí llegó, hizo construir sobre este lago algunas casas; y de día iba a cazar y de noche tornaba aquí” (versión modernizada).

Boucher. Diana saliendo del baño.  Esas capacidades metamórficas tanto del nombre como del ser se hacen evidentes, también, en la obra de Benjamín Jarnés. Viviana es la Dama del Lago, y la juglaresa Angélica, que en una primera versión de la novela será Carmen, acercando así en una nueva e inesperada trasformación al hada y al arquetipo de la seducción que yace en este nombre; como tal causará estragos de pasión en el castillo de Arturo, tanto así que hasta el espacio frío de la roca se verán transfigurado en una especie de cuerpo cuya mente es Merlín. Y también será Altisidora, como tal contemplará la gesta del caballero ingenioso de La Mancha.

Uno de los grandes logros del Surrealismo, y Benjamín Jarnés se encuentra con su Viviana y Merlín en esta línea, es la transcendentalización del erotismo, sin obviar el cuerpo, la seducción y la pasión. El sentimiento del amor cortés, como una erotología prácticamente espiritual, alejada de toda carnalidad, recorre buena parte de la literatura medieval; por ello los libros de caballerías han perdido cierto encanto que exige la mirada del hombre contemporáneo. Una gracia que, por otra parte, encontramos en una obra medieval como es el Libro de Buen Amor, el de Arcipreste de Hita, nombrado por Viviana como ejemplo de que en las tierras de España no todo es hurañía. Por todo ello, la narración de Benjamín Jarnés acabará encontrándose con esta joya de la literatura española, igual que están ahí los epigramas del poeta bilbilitano Marcial.Diana y Cupido. Pompeo Batoni. Detalle

Desde un primer momento, Viviana aparece descrita en la plenitud erótica de la carne; “Aquí está Viviana, de piel color de pan tostado, tejida en el bosque con hebras de sol, a merced del viento. No quiere ser blanca, de ojos azules, para no imitar a Ginebra. Quiere ser negra, como la esposa del Cantar, aunque no quiere imprimir a sus vehementes madrigales un ritmo de triste melopea. Ni puro espíritu, ni sola carne quejumbrosa. Colores intermedios, elaborados, cautelosos, de serpiente, son los que forman hoy su máscara. Su cuerpo, diestramente insinuado bajo un tenue brial, se ajusta a cánones eternos, pero hay en toda su estructura esas menudas elipsis por donde suelen asomarse los diablillos de la provocación. No quiere ahilarse, ni destacar demasiado sus tersas convexidades. Viviana distribuye sus encantos con la precisa maestría para, delicadamente, ofrecerlos al hirsuto Merlín”; y así va al encuentro de mago, el cual se encuentra en su biblioteca, enfrascado en la lectura de Plotino, buscando las sombras de un mundo de las ideas cuyos reflejos no están tan alejados de la vida, pues basta contemplar la existencia, y no alejarse de ella como hace el nigromante, para vislumbrarlas.
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A partir de la llegada de Viviana a la biblioteca de Merlín, las cosas ya no pueden seguir igual; hasta el objeto, el libro, parece cobrar las virtudes de la carne; y aunque Merlín todavía no se deje caer en sus brazos, la seducción ha comenzado, “Merlín, Merlín… Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que acaricias con tanto mimo, uno de esos librotes que abres tembloroso, como se desnuda a una virgen”. La magia seductora de Viviana no está sólo en su cuerpo, también en la utilización de la palabra, para ello se disfraza de juglaresa, Angélica o Carmen, la de Mérimée o Bizet; como tal enciende la pasión del paje Bernardino. Su capacidad de seducción por la palabra está en el cuento que relata sobre las pastoras Blanca, Marcela y Luscinda, “tres pastoras de España que una noche fueron a bañarse al Jalón”.

En la misma acción de narrar hay una metamorfosis física de la juglaresa, “chispean sus ojos de color tabaco, y sus labios húmedos moldean las palabras, tiñéndolas de roja voluptuosidad; tiembla su pulso de alegría, y por las puntas de nácar de sus dedos fluye la savia eléctrica de sus nervios”. Y su efecto en Merlín, el cual “se retuerce dentro de su disfraz. Querría lanzarse contra Viviana y apagar en aquellos labios encendidos el satánico relato. Cuantas veces evoca Viviana una forma desnuda, una escena voluptuosa, sus dedos como sierpes rosadas, trazan líneas ardientes en el aire, llenándolo de curvas superficies, de perversas geometrías”. Aunque las palabras no consiguen el efecto final del proceso de seducción, la entrega total. Por ello, Viviana siembra la palabra y acabará regalando la visión de su cuerpo a Merlín, para que éste se le entregue: “Muy temprano, Viviana sale como de costumbre a retozar por la pradera. Quiere situarse entre Merlín y el sol, porque sabe que desde su torre el hechicero saludará también al nuevo día. Viviana sube a un montículo, dejando que el viento le ciña el traje a sus delgados miembros. Desde su torre, Merlín podrá ver claramente aquella fina escultura que parece desdeñar. La verá apenas velada, porque el tejido, aquella mañana, es transparente. Ariel fue quien lo trajo, como quien trae una ráfaga, Merlín, si quiere ver el sol, tendrá que verlo a través del ágil cuerpo estremecido, hecho dorada y pura llama”.Mengins_Sappho

No desvelo nada de la historia si digo, pues todos lo sabemos, que Merlín en la “Apoteosis”, acabará en los brazos de Viviana. Es entonces cuando comienza a pronunciar el conjuro que ha de transformar la vida en piedra. Nuevamente se funden eróticamente cuerpo y palabra: “con un dulce salmo, como un versillo insinuante del Cantar, Viviana repite rítmicamente su conjuro. Y todo en torno se va transfigurando. Los cobijaba una densa glorieta, los defendían del sol ramas entremezcladas, los aislaban del mundo enormes troncos; pero todo va rectificando sus perfiles, su color, su pompa inútil. De pronto, la glorieta va adquiriendo una clara expresión de eternidad”. Y la naturaleza comienza a convertirse en una catedral de piedra. En ello nos encontramos con otra de esas metamorfosis de los dioses de la paganidad que, filtrados por el mito artúrico, llegan y siguen vivos hasta nuestros días.

Merlín, en el Baladro del sabio Merlín, antes de pronunciar el terrible alarido que casi termina con el mundo, explica a Bandemagus, el más anciano de los caballeros de la Mesa Redonda, cuando este consigue visitar el monumento de piedra en el que Viviana ha encerrado al mago:  “Yo sIdilios del Rey. Grabado. Merlín y Vivina.oy Merlín, el que tú muchas veces viste en casa del rey Artur, y todos los que me veían me tenían por el más sesudo hombre del mundo; mas cierto yo fui, por lo más, el más loco y el hombre más perdido de seso del mundo, pues yo mismo me maté por el mayor cuidado mío. Yo mostraba a los otros cómo se guardasen y mi mal no supe entender, ni guardarme de él”. Y así comienza el principio del fin del mundo artúrico.

Sin embargo, la transformación en piedra de la naturaleza, en Viviana y Merlín no es tanto una maldición como una sacralización, pues el bosque se metamorfosea en catedral

“La luz está gozando de una voluptuosa transfiguración, porque de pronto se rasgan los muros, comienzan a penetrar en el recinto paisajes enteros luminosos, todas las leyendas de Viviana se van escribiendo en imágenes centelleantes, verdes y rojas, violetas y malvas, amarillas y azules… El lecho de Merlín se alarga, se cubre de un tapiz de alabastro como el de un devoto fundador, como el de un sabio fundador de un arte peregrino. Viviana se tiende junto a él, con un dedo en los labios, inclinada hacia el corazón inmóvil”.

Y esto viene a ser una metáfora de la eternidad del amor, si lo cotejamos con esa visión que del erotismo tiene el Surrealismo; una culminación de lo trascendental del ser humano como muy bien supo explicar Octavio Paz en La llama doble: “El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo: estira los minutos y los alarga como siglos. El tiempo, que es medida isócrona, se vuelve discontinuo e inconmensurable. Pero después de cada uno de esos instantes sin medida, volvemos al tiempo y a su horario: no podemos escapar de la sucesión. El amor comienza con la mirada: miramos a la persona que queremos y ella nos mira. ¿Qué vemos? Todo y nada. No por mucho tiempo; al cabo de un momento, desviamos los ojos. De otro modo, ya lo dije, nos petrificaríamos”.

Así la atracción erótica de Viviana y Merlín es tal que todo el mundo que los rodea se transforma en piedra.Notre-Dame Cathedral, North Rose Window, Paris, France

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura"; y, mi última publicación: "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera".
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