“El pájaro”

Un comentario desde lo místico

Octavio Paz

Octavio Paz, retrato a lápiz

“El pájaro” es un poema que pertenece a “Condición de nube” (1944) en Libertad bajo palabra de Octavio Paz.

Verderón. Il. G. Andrango.

La literatura es un camino que, por fortuna, no se acaba nunca, y así llegan a producirse en el lector una serie de conexiones entre textos que suponen siempre un proceso enriquecedor, no tanto en la voraz búsqueda de intertextualidades de la tradición más o menos antigua, como en la iluminación que se origina recíprocamente entre palabra y existencia.

El pájaro, desde lo tradicional del motivo, arranca de lo más profundo del simbolismo. Fácil es imaginar a los primeros seres que tomaron consciencia del mundo desde la mirada humana, perdiéndose en el canto y la luz de las aves esquivas. Bien conocían los chamanes de distintas culturas la capacidad de comunicación de los seres alados con lo trascendente. Aristóteles como Plinio hablan del armonioso canto de los pájaros, cuya naturaleza, por otra parte, también compartieron las sirenas. Por algo son aladas las sandalias de Hermes, mensajero de lo más profundo. 

Como alado enviado de lo tradicional, el pájaro es un elemento provocador de la experiencia mística, así en el caso del monje Virila, del monasterio de Leyre en Navarra, que perdió la noción del tiempo, absorto en el gorjeo de un ruiseñor. El especial simbolismo del trino de las aves hace que también fuesen frecuentes en los escritos místicos que narran experiencias de lo más trascendental, así en el islam, en Raimundo Lulio, en Teresa de Jesús y en Juan de la Cruz.

El pájaro

En el silencio transparente
del día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.
Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vidró el cielo,
se movieron las hojas…
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.

Una de las primeras cuestiones que debemos tomar en consideración a la hora de acercarnos a este poema es su título, pues en él está explícita la voluntad de mostrar el protagonismo del pájaro, aunque este tarda en aparecer entre los versos, no lo hace hasta el doce de un total de diecisiete, en el último tercio, como la culminación de un proceso que se marca desde el principio por las referencias a la transparencia manifestada tanto en el tiempo como en el espacio; una transparencia que significa la capacidad de ver con nitidez, si bien en un primer instante es un vislumbre cuya trascendencia no se manifestará hasta el trino como flecha, un vislumbre que permite ver, sin ambigüedad pero sin llegar a declararse desde la evidencia.

Petirrojo europeo (Il. G. Andrango)

Transparencia que desde la cronología de la experiencia poética se consuma al mediodía, en el punto álgido de la luz y quietud que sosiega y permite contemplar en el detalle, por el enlentecimiento de la noción temporal, el crecimiento de las yerbas, a los bichos de la tierra que se mueven entre piedras. Todo el espacio, por efecto de ese cenit de luz, cobra una identidad que transmuta lo diferente en una sola realidad, desde la cual la variedad se ve trasfigurada en un todo panteísta. El tiempo, tal y como corresponde a la experiencia mística, se muda en un minuto, pues la eternidad siempre será percibida en el instante del éxtasis, tal y como le sucedió al monje Virila; efecto de la quietud absorta que supone la admiración de la entrega plena al proceso de meditación, como pórtico que da paso a la realidad absoluta.

En el enmarcamiento cronológico y espacial del poema, ambas categorías, tiempo y espacio, se confunden; se funden en una, por efecto de la luz y la transparencia; en ese cronotopo místico aparece el pájaro que canta, como una delgada flecha, cuya misión es penetrar y herir, donde ya estaba la herida luminosa y extática; pues canto y luz se asimilan, en su calidad de umbral alumbrado hacia la transcendencia.

En apariencia, el canto del pájaro protagonista del poema (aunque al final, lo que importa es la experiencia lírica del yo) rompe la quietud que había producido la luz del mediodía. La flecha del canto hiere desde lo absoluto a ese yo poético, aunque también es el pecho de plata del ave el que ha resultado herido por esa misma luz que transforma en uno al contemplador, al ave y al referente. 

Pájaro de pecho de plata, plumas transformadas en luz; ¿quién no ha entrevisto el pecho de un ave entre las ramas en primavera como un destello? Ambigüedad, confusión entre el yo y la creación, característica de la reorganización del universo por efecto de la iluminación que deshace el yo, fundiéndolo en una realidad panteísta. En un proceso místico se produce la exposición de lo trascendental que, en el poema de Octavio Paz, está explícito en los últimos versos. Un mensaje que no se comunica por la palabra, sino por el sentimiento, “la muerte era una flecha que dispara alguien desconocido y en un abrir los ojos nos morimos”. Mantener los ojos cerrados es como querer esconderse ante la muerte, pero esta llega, tanto en su sentido final físico como en la emergencia del ser, que es lo que realmente importa en toda experiencia espiritual.

Bien podría verse en esta poema una reactualización del tópico del Carpe diem, así, ese descubrimiento de que en un instante, el de abrir los ojos, morimos, es una invitación a vivir en plenitud una existencia que es corta, como un relámpago; claro que en la confusión de lo iluminativo se produce la pérdida de la antonimia entre instante y eternidad, ambas son lo mismo. Así pierde validez la posibilidad de considerar que estos versos son una llamada a dejar los ojos cerrados, para permanecer en el arrobamiento estético producto de la iluminación. Ésta, en el poema, es resultado de la omnipotencia y presencia de la luz. Una luminosidad que produce tal transparencia en las palabras que su opuesto, la oscuridad, no puede aparecer como tal, sólo sugerido en las hojas de entre las cuales vibra el canto del pájaro, del ave solitaria, como corresponde a la mística de san Juan de la Cruz y, antes, del islam. 

Y, en el verbo que cierra el discurso, “morimos”, que es la máxima expresión de la negrura imposible, o nada, pues la luz rompe tal frontera y permite la pervivencia del ser más profundo. Mensaje de esperanza que trasciende el tópico horaciano del Carpe diem, pues el alma, como el pájaro, tiene en su pecho la luz de la vida.

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About lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera", "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera", La gran conquista de ultramar, versión modernizada en cuatro volúmenes.
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