DIÁLOGO ENTRE DON QUIJOTE Y SANCHO DE CAMINO A LA SIMA DE CABRA (Con una antología de textos)

Narrador

“Pero Cervantes le dejó muerto y enterrado a don Quijote, a fin de que nadie osase tocarle después de él; ¿cómo sucede que nos le presentáis vivo y efectivo, en carne y hueso, después de tantos años como ha que es polvo y nada en las entrañas de la sepultura” 

Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Juan Montalvo.

Don Quijote.

-Es un misterio el despertar de este sueño que es la muerte cuando en ningún momento se ha cruzado el umbral.

Narrador.

 “En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallose el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”

Don Quijote de la Mancha.

Don Quijote.

-La frontera que marca el río Leteo lleva la bendición del olvido.

Sancho.

-¿Bendición, mi señor? Jamás querría olvidar los buenos tragos de vino que calman el frío en los amaneceres de invierno. Jamás querría olvidar cuando, tirado en la orilla, mis labios se unen a las dulces y frescas aguas de la fuente. Ni los enfados con mis hijos, con reconciliaciones tan dulces. Ni el tacto de las tetas de mi Teresa, tan suaves y blancas.

Don Quijote.

-¡Sancho…!

Sancho.

-No se escandalice vuestra merced, las cosas son como son y así las digo.

Don Quijote.

-Es posible que tengas razón. No quiero olvidar aquella mañana de dorado sol, mientras Aldonza aventaba el grano de trigo. Todo el patio de aquella su casa tenía el aire de oro. Y aunque nunca los tuve entre mis manos, es posible que la tibieza de los senos de Aldonza fuese como lo que tú me dices.

Narrador.

“Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero.

-No la hallé –respondió Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.

-Pues haz cuenta –dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran granos de perlas tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era candeal o trechel?

-No era sino rubión –respondió Sancho.

-Pues yo te aseguro –dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta, ¿besola? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal carta, o qué hizo?

-Cuando yo se la iba a dar –respondió Sancho-, ella estaba en la fuga del meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba, y díjome: ‘Poned, amigo, esa carta sobre aquel costal; que no la puedo leer hasta que acabe de acribar todo lo que aquí está’”.

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

Sancho.

-¿Aldonza, mi señor?

Don Quijote.

-Sí, Sancho, sí. Aldonza digo, que no Dulcinea. Algunos me consideran sandio por inventar un sueño en el que amar a una mujer que no existe. Pero ese sueño fue la poesía que la naturaleza siempre me negó.

Narrador.

“En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir la cuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre la gentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, y más majestuosa que la propia princesa Nausicaá, que también lavaba la ropa cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solían hacerlo las princesas, allá en los siglos de oro. Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor y de hermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que no tenía el liviano, provocativo y sucio movimiento de cadera y los pasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andar sereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía de andar Diana cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquises en la selvas que rodeaban a Cartago”

Juanita la Larga. Juan Valera.

Sancho.

-¿Entonces, don Quijote, Alonso Quijano, nunca estuvo loco como continuamente se empeñaron en demostrar esos hideputas del barbero, el cura o el soberbio Sansón Carrasco?

Don Quijote.

-No negaré, compañero en el camino, que no hubo algo de locura en mis actos. No negaré que cada golpe recibido me dolía. Pero no me arrepiento de nada de lo hecho.

Narrador.

 “Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de ‘bueno’. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentado en cabeza propia, las abomino”

Don Quijote de la Mancha.

Sancho.

-¿Ni hubo el arrepentimiento de la lucidez cuando, estando en el lecho de la muerte, vuestra merced, dijo sus últimas palabras?

Don Quijote.

-Aquellas palabras simplemente fueron el punto final para una historia que no podía prolongarse. Aquel arrepentimiento fue fingido porque no hubo muerte. ¿Cómo si no explicar que de nuevo estemos recorriendo estos caminos? Sintiendo el sol que acaba de amanecer y respirando este aire cargado de aromas.

Narrador.

 “La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo”

Don Quijote de la Mancha.

Don Quijote.

-Es el mismo sol que nos ha acompañado cada día en nuestro camino.

Sancho.

-Y los mismos ladridos que delatan nuestro paso.

Don Quijote.

-Cierto. ¿Recuerdas lo que te dije en una ocasión sobre esos ladridos?

Sancho.

-No podría jurarlo, señor, dado que vuestra merced me ha dicho tantas cosas en tantos siglos como venimos andando.

Don Quijote.

-Bribón, deberías recordar que es a ti a quien más cuesta guardar silencio. Los perros y las inclemencias del tiempo son lo perpetuo en el moverse de los peregrinos, y nosotros lo somos. Y es bueno dejar que los perros ladren y que nuestros cuerpos sientan tanto el frío como el calor porque de esta manera sabemos que caminamos y por ende que vivimos. Triste sería no sentir en el cuerpo y en el alma los dolores del camino y de la vida, porque entonces tampoco habría lugar para las alegrías y los descansos. Déjalos que ladren, pues es señal de que caminamos.

Sancho.

-Hay una cuestión que me preocupa, sobre todo en esas noches largas cuando la escarcha va cayendo sobre las mantas que pobremente cubren nuestro sueño en la larga oscuridad del otoño.

Don Quijote.

-¿Qué es ello, buen Sancho?

Sancho.

-¿No les duelen a los caballeros andantes las penurias del camino?

Don Quijote.

-Tienes razón cuando tal cosa te planteas. También yo lo he pensado en algunos momentos. Cuando intento velar y el sueño me vence; cuando quiero dormir y el frío me penetra en la cobija y hace sentir cada día cumplido más allá de los años de la juventud; cuando las tripas crujen por un mal mendrugo de pan que masticar. Es en esos momentos cuando reflexiono sobre la cuestión que me dices.

ESCUCHAR ALGO DE MÚSICA RENACENTISTA O BARROCA

Sancho.

-¿Sabéis, mi señor? Yo también he conocido algunos otros caballeros andantes además de a vuestra merced.

Don Quijote.

-¿Cómo es eso, Sancho?

Sancho.

-Recuerdo cuando en tiempo de siega abandonaba mi casa en busca de campos de trigo que cortar. Los días eran duros, los moscardones mordían más que el sol y el polvo levantado de la tierra y de los tallos entraba en los ojos, la nariz y la boca de tal manera que ni un río podría arrastrar tanta sequedad. Al llegar la noche, Joaquín, que había sido barbero y ahora andaba medio oculto, para evitar el odio del rey, nuestro señor, que obligaba a los moriscos a abandonar sus tierras; al llegar la noche, digo, Joaquín nos leía de un libro que siempre llevaba en su hatillo. Se trataba de las aventuras de Amadís de Gaula.

Narrador.

“Dígote de aquel que hallaste en la mar que será flor de los caballeros de su tiempo. Éste fará estremecer los fuertes; éste començará todas las cosas y las acabará a su honra en que los otros fallescieron; éste fará tales cosas que ninguno cuidaría que pudiesen ser començadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra aquellos que se lo merecieren y aún más te digo, que éste será el caballero del mundo que más lealmente manterná amor, y amará en tal lugar cual conviene a la su alta proeza; y sepas que viene de reyes de ambas partes”

Amadís de Gaula. Garci Rodríguez de Montalvo

Don Quijote.

-Y ¿quién era ese Joaquín que en estos tiempos de oscuridad, analfabetismo y brutalidad intelectual, era capaz de desentrañar los signos maravillosos, que son las letras, en las cuales se contienen tanto los mundos que fueron como aquellos que sólo existieron en las alumbradas memorias de los sabios.

Narrador.

“Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras”.

Don Quijote de la Mancha.

Sancho.

-La historia de Joaquín debería figurar entre las páginas que escribió aquel ilustre manco cuya imaginación visionaria nos hizo vivir.

Don Quijote.

-¿Cómo es así, Sancho?

Sancho.

-Joaquín era un moro de la tierra de Calatayud. Pertenecía a una rica familia de labradores que durante siglos habían tenido su asiento en las orillas del Jalón. Su acomodo era tal que Joaquín fue enviado a estudiar a Alcalá. Pudiera haber sido un excelente físico; así lo demostraba el cuidado y la pericia con la cual curaba a aquellos sus compañeros, entre los cuales yo me encontraba. Recuerdo aquel día el cual Francisco Lozano casi se cortó un brazo con la hoz durante la siega.

Don Quijote.

-Sancho…, a la historia; no te desvíes que luego es difícil encontrar el cabo al cual te proponías llegar en un principio.

Sancho.

-Tenéis razón, señor. Así que, a la historia tornando; a Joaquín le llamó más el deseo de aventuras que los libros; por ello, el día que vocearon el llamado de don Juan de Austria para formar una armada contra los turcos, Joaquín se alistó y nada dijo a sus padres. Participó en la más alta ocasión que vieron los siglos.

Narrador.

Juan Gutiérrez Rufo, que nació en Córdoba, hacia 1547, escribió La Austriada, uno de los más hermosos textos en los que se relata la gran batalla, cuando las naves cristianas, al mando de don Juan de Austria, consiguieron una victoria decisiva en la guerra contra los turcos. Juan Rufo era hijo de un tintorero. Estudió en Salamanca, pero su carácter aventurero y jugador le llevó en varias ocasiones a la cárcel por devaneos y lances amorosos. Optó por abandonar los libros, se hizo soldado y combatió, siempre a las órdenes de don Juan de Austria, contra los moriscos sublevados en Granada y contra los turcos en Lepanto. De su conocimiento directo de aquellos acontecimientos surge su obra más conocida, La Austriada. Cuando regresó a España obtuvo el cargo de jurado en Córdoba y allí murió en 1620.

“La fiera tempestad y el son horrendo
de las espesas balas y cañones
comienzan a tronar, y van creciendo
apriesa los nocivos turbïones;
a todos ensordece un bravo estruendo;
los hechos valen ya, no las razones;
el hondo mar, gimiendo, se estremece,
el aire se condensa y escurece.
No hay cosa en tal aprieto que no espante
todo amenaza inevitable muerte;
que en una competencia tan pujante
no puede haber lugar ni escudo fuerte;
sólo el valor allí se ve constante
de la virtud, que no se rinde a suerte,
y sabe despreciar, firme y segura,
los mudables efectos de ventura.
Vengan aquí las guerras fabulosas,
trabadas entre dioses y gigantes,
las encantadas lanzas espantosas,
a fuerza natural sobrepujantes,
y salgan las corazas escamosas
con los petos y escudos de diamantes,
y aquellas mismas armas que al Troyano
forjó la ardiente fragua de Vulcano”.

También don Miguel de Cervantes vivió en sus propias carnes la más alta ocasión que vieron los siglos

“Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más que mis merecimientos; y aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos eran invencibles por la mar”

Don Quijote de la Mancha.

Sancho.

-También padeció prisión en los Baños de Argel

Narrador.

“Yo, pues, era uno de los de rescate, que, como se supo que era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel, y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez”.

Don Quijote de la Mancha.

Sancho.

-Y finalmente consiguió regresar a su querida España. Pero cuando llegó, ya nada era igual. La tolerancia parecía haber acabado y en más de una ocasión tuvo que hacer valer sus derechos como español con el filo de su espada, más que con la lengua.

Don Quijote.

-Triste España caínita la nuestra, que sólo sabe ahogar los sollozos de unos más que con la sangre de los otros.

Sancho.

-Peor fue cuando llegó a su casa, que sólo era unas ruinas habitadas por sombras. Un amanecer frío de pleno invierno, cuando la rosada es simplemente negra escarcha sin alumbrar por el naciente sol, clavó media hoja de su espada en la tierra, en una encrucijada de caminos y después la partió, arrojó la empuñadura de acerados gavilanes hacia la oscuridad opuesta al sol y barrió todo su pasado.

UN FRAGMENTO DE MÚSICA ÁRABE NO ESTARÍA MAL AQUÍ

Don Quijote

-Triste es la historia que cuentas, Sancho, pero tan frecuente en este nuestro país que paga con vilezas, olvidos y penurias lo mejor que un hombre puede entregar, que es uno mismo. Y, ¿qué aprendiste de aquellas noches escuchando historias de caballeros?

Sancho.

-Pues, no sabría decir qué, salvo que la oscuridad se mitiga cuando la soledad es compartida y cuando el silencio se llena de palabras dictadas por la imaginación.

Don Quijote.

-También yo encontré esos momentos de calma en las lecturas de los libros de caballerías, sobre todo en el tiempo en el que la luz del sol golpea como en un yunque y la soledad se hace insoportable, como si fuesen las dentelladas de un perro rabioso que ruge en nuestro propio corazón. Nada hay mejor en esa circunstancia que perderse entre las letras, e imaginar todo lo que sugiere el espacio en blanco que hay entre las líneas.

Sancho.

-Yo no entiendo tanto de eso, mi señor. Pero sí podría decir que es hermoso ver cómo la luz vence a las tinieblas, cosa que cada día se repite en la naturaleza pero que no ocurre en el ser humano porque en nuestra existencia algunas veces se acumulan los días y más días de oscuridad.

Don Quijote.

-Ese es el cometido del caballero, bajar hasta los más profundos infiernos y extraer a cuantos pueda llevar consigo de vuelta a la luz. Así lo hizo el grande Amadís de Gaula cuando descendió hasta las más lóbregas mazmorras de Arcaláus el Encantador y guió, como nuevo Jesucristo, a todos aquellos que padecían los sufrimientos de falta de libertad y de luz

Narrador

“Entonces Amadís bajó por la escalera y salió al corral; cuando los hombres de Arcaláus así armado lo vieron, fuyeron y asparziéronse a todas partes; y él se fue luego a la cárcel; y entró en el palacio donde los hombres matara, y de allí llegó a la prisión en que estaban los presos; y el lugar era muy estrecho y los presos muchos; y había más en largo de cien brazadas y en ancho una y media, y era así escuro como de donde claridad ni aire podía entrar, y eran tantos que no cabían. Amadís entró por la puerta y llamó a Gandalín, mas él estaba como muerto; y cuando oyó su voz, estremescióse y no cuidó que era él, que por muerto lo tenía y pensaba que él estaba encantado. Amadís se aquexó más y dixo:

-Gandalín, ¿dónde eres? ¡Ay, Dios, qué mal hazes en me no responder!

Y dixo contra los otros:

-Dezidme, por Dios, si es vivo el escudero que acá metieron.

El enano, que esto oyó, conosció que era Amadís y dijo:

-Señor, acá yazemos y vivos somos, aunque mucho la muerte hemos deseado.

Él fue muy alegre en lo oír y tomó candelas que cabe la lámpara del palacio estaban, y encendidas, tornó a la cárcel y vino donde Gandalín y el enano eran y dixo:

-Gandalín, sal fuera, y tras ti todos cuantos aquí están, que no quede ninguno; y todos dezían:

-¡Ay, buen caballero!, Dios te dé buen galardón porque nos acorriste.

Entonces sacó de la cadena a Gandalín, que era el postrero, y tras él al enano, y a otros que allí estaban cativos, que fueron ciento y quince, y los treinta caballeros; y todos iban tras Amadís a salir a fuera de la cueva, diziendo:

-¡Ay, caballero, bien aventurado, que así salió nuestro Salvador Jesu Christo de los infiernos cuando sacó sus servidores; Él te dé las gracias de la merced que nos haces.

Así salieron todos al corral, donde veyendo el sol y el cielo se fincaron de rodillas las manos altas, dando muchas gracias a Dios, que tal esfuerço diera aquel caballero para los sacar de lugar tan cruel y tan esquivo. Amadís los miraba habiendo muy gran duelo de los ver tan maltrechos, que más parescían en sus semblantes muertos que vivos”

Amadís de Gaula, Garci Rodríguez de Montalvo.

AQUÍ PODRÍA IR MUY BIEN UNA MARCHA PROCESIONAL QUE SUENE A SALIDA DE LOS INFIERNOS. LA MADRUGÁ, POR EJEMPLO

Don Quijote.

-Si alguna lección hemos de sacar de toda la existencia de un caballero andante es que no hay vida sin libertad. Ya lo dije en una ocasión, Sancho

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido, pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas del hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

         Don Quijote de la Mancha

Don Quijote.

-No hay mayor libertad que la del caballero andante que recorre los caminos sin premura, deteniéndose allí donde su servicio es necesario. Esa libertad sólo se encuentra en los sueños y el mismo ideal de vivir la pureza del peregrino es un sueño, un sueño imposible.

Narrador.

Con fe, lo imposible soñar,
al mal combatir sin temor,
triunfar sobre el miedo invencible,
en pie, soportar el dolor.
Amar la pureza sin par,
buscar la verdad del error,
vivir con los brazos abiertos,
creer en un mundo mejor.
Es mi ideal
una estrella alcanzar,
no importa cuán lejos
se pueda encontrar,
luchar por el bien,
sin dudar ni temer
y dispuesto al infierno llegar
si lo dicta el deber
Y yo sé
que si logro ser fiel
a mi sueño ideal
estará mi alma en paz al llegar
de mi vida el final.

Será este mundo mejor
si hubo quien despreciando el dolor

combatió hasta el último aliento

Con fe lo imposible soñar
y una estrella alcanzar

Dale Wasserman. El hombre de la Mancha.

INTERMEDIO MUSICAL (que bien podría ser la interpretación de la canción anterior en voz de José Sacristán)

Sancho.

-Se me da a entender, mi señor don Quijote, que los caballeros de los cuales leyó, o los que yo conocí desde las lecturas del morisco Joaquín no vivían en un mundo real como el nuestro. Su naturaleza no sería esquiva ni inclemente como es la nuestra.

Narrador.

“Caminando por sus jornadas llegaron un día a un hermoso llano cerca de una espaciosa ribera y como hiziesse gran calor armaron un pabellón entre unos muy hermosos árboles” 

Clarián de Landanís.

Don Quijote

-Así es, porque su mundo estaba tocado por la luz dorada de la poesía. El mundo se vuelve perfecto cuando es descrito por las palabras del vate. Recuerda aquellos hermosos versos escritos por el más grande poeta que vieron los siglos

Narrador.

“Corrientes aguas, puras, cristalinas;
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno;
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría”

Égloga I, Garcilaso de la Vega. Parlamento de Nemoroso.

Don Quijote.

-Aunque no era sólo la naturaleza la que regalaba a los hombres que en ella encontraban el descanso, también los palacios eran paraísos terrenales similares a los que encontraron allende los océanos aquellos que se atrevieron a cruzar lo ignoto

Narrador

“Otros de aquellos caballeros y algunas de aquellas señoras fuéronse por la huerta, mirando los árboles frutales de todas maneras que en ella había y las hermosas casas donde eran menester, las olorosas hierbas y flores, las fuentes, caños y albercas que a todas partes se partían. Allí estaban grandes jaulas donde se hallaban todas maneras de aves y había algunos grandes laberintos tejidos de raíces y flores, por tal manera que ninguna cosa que dentro estuviese se parecía, ni menos ninguno de la primera vez que en ellos entrase sabría salir sino a gran acertamiento. Los cantos de las aves que a todas partes sonaban eran muy dulces de oír. Todos estaban maravillados de esta tan sabrosa morada que otra semejante no habían visto. Andaban esparcidos por aquella gran huerta, comiendo de las frutas que más les agradaban y mirando aquellas cosas que más les placían”

Clarián de Landanís.

Sancho.

-Sin embargo, lo que ahora miramos no es ese lugar ameno como aquel en el que Dorotea mojaba sus pies en las cristalinas aguas que cantó el poeta.

Don Quijote.

-Un día, estas tierras fueron cantados en su mejor novela por un escritor con el que no dentro de mucho nos encontraremos

Narrador.

“Recorrió algunas sendas de las que dividen las huertas que hay en torno de la villa. La primavera, con todas sus galas, mostraba allí entonces su hermosura y sus atractivos. En el borde de las acequias, por donde corría con grato murmullo al lado de la senda el agua fresca y clara, había violetas y mil silvestres y tempranas flores que daban olor delicioso. Los manzanos y otros frutales estaban también en flor. Y la hierba nueva en el suelo y los tiernos renuevos en los álamos y en otros árboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante verdura. Los pajarillos cantaban; el sol naciente doraba ya con vivo resplandor los más altos picos de los montes y un ligero vientecillo doblegaba la hierba y agitaba con leve susurro el alto follaje”

Juanita la Larga. Juan Valera.

Don Quijote.

-Aquel personaje que recorrió el mismo camino que ahora cruzamos también tenía algo de la divina locura que es el amor. También él abandonó su casa y encontró una aventura con lo que consiguió recuperar el espíritu arriesgado ante los peligros que caracteriza a la juventud.

Narrador.

“Después de aquel tempestuoso insomnio, que convirtió en siglos las horas, don Paco se levantó del lecho y se vistió antes de que llegase la del alba. Abrió la ventana de su cuarto y vio amanecer. La frescura del aire matutino entibió, a su parecer, aquella a modo de fiebre que en sus venas ardía. Y como no se hallaba bien en tan estrecho recinto y anhelaba ancho espacio por donde tender la mirada, y por techumbre toda la bóveda del cielo, determinó salir, no sólo de la casa, sino también de la población, e irse sin rumbo ni propósito, a la ventura, pero lejos de los hombres y por los sitios más esquivos y solitarios. Tuvo, no obstante, serenidad y calma relativa. No huyó como un loco, y tomó su sombrero y su bastón, o más bien el garrote que de bastón le servía”

Juanita la Larga. Juan Valera.

Don Quijote.

-¿Sabes algo, Sancho?

Sancho.

-Decid, mi señor.

Don Quijote.

-Muchos pensarán que abandoné mi hogar, loco por la lectura, loco por las aventuras de inexistentes caballeros, loco por un amor que forjé en mi cerebro, pero no fue así, Sancho, no fue así. Fíjate, hasta se dijo que crucé el umbral de mi casa para evitar los deseos por la carne joven de mi sobrina. Nada de eso fue así.

Sancho.

-¿Qué fue, pues?

Don Quijote.

-Fue el sentir cada día un dolor nuevo al despertar en mi lecho. Fue el sentirme perseguido por la imagen de la muerte, cuyo hálito se acercaba más y más hasta que llegué a sentirlo en mi nuca mezclado con el maldito susurro que no se acalla nunca, que brota desde el interior de mi cabeza, que es como un arroyo que impide que lleguen diáfanos hasta mí los sonidos que acompañan al amanecer, o el silencio de la hora de la siesta, encerrado en mi biblioteca, mientras se mezclaban palabras, hazañas, sueños y recuerdos.

Narrador.

“Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

Sancho.

-Y, ¿vuestra merced ha conseguido liberarse de esas presencias, dolores y ruidos?

Don Quijote.

-Los fantasmas me siguen acosando en el camino, pero al menos ahora puedo convertirlos en rebaños o en molinos con los que justar, como si fuesen ejércitos o gigantes. El maldito susurro en mi oído izquierdo es acallado por la brisa o por el viento que barre las llanuras que recorremos. Y los dolores al amanecer se prolongan en un intento de velar, pero al menos ya no son recuerdo de los achaques de la edad, sino entrega al recuerdo de un amor puro.

INTERMEDIO MUSICAL (a gusto de quien leyere o escuchare)

“EL QUE NO TIENE ALGO DE DON QUIJOTE NO MERECE EL APRECIO NI EL CARIÑO DE SUS SEMEJANTES”

Juan Montalvo

Sancho.

-¿Qué sentido tiene en estos tiempos que ahora vivimos esta existencia renacida nuestra?

Don Quijote.

-¿Hasta dónde quieres llegar con ese pensamiento tuyo?

Sancho.

-Los libros de caballerías ya no ocupan el tiempo de los lectores. Ya no se corre el riesgo de volverse loco entre las páginas de esas historias interminables. El don Quijote que creó Miguel de Cervantes ya no tiene sentido como médico de voluntades enfermas.

Don Quijote.

-Dudo mucho que Miguel de Cervantes crease dos personajes como nosotros con la única finalidad de combatir las fantasías algunas veces febriles de tantos escritores de libros de caballerías.

Sancho.

-¿Cuál puede haber sido el cometido de Cervantes cuando imaginó nuestro eterno caminar? ¿Por qué seguimos en esta errancia?

Narrador

“Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron así en estos como en los estraños reinos. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna”

Don Quijote de la Mancha. Despedida de Cide Hamete. 

Don Quijote.

-Porque alguien ha de enseñar que algunas veces los molinos no son tales, sino gigantes; que los rebaños no son de ovejas sino ejércitos contra los que hay que luchar, puesto que no hay cosa más triste que vivir sin tener una imagen que se alce un poco más allá del horizonte. Y así, con esta vida que ya no puede tener muerte, nuestro ejemplo de peregrinos trasciende el tiempo y nuestro espacio ya no es un lugar en La Mancha, ni siquiera España, nuestro lugar es el corazón de los hombres. Recuerda Sancho que la imaginación puede trastocar las historias.

Sancho.

-En ese caso, ¿por qué la burla?

Narrador.

“La espada de Cervantes fue la risa; ved si la menea con vigor en el palenque adonde acude alto y garboso. Esa espada no es la de Bernardo: pincha y corta, deja en la herida un filtro mágico que la vuelve incurable, y se entra en su vaina de oro. La risa fue el arma predilecta del autor. Caídas, palos y afrentas de don Quijote; lances ridículos, burlas, carcajadas son espejo de la vida. Si éste fuera bribón cuerdo y redomado, nadie le diera soga, nadie hallara de qué reírse en él; siendo loco furioso, ¡guarda, Pablo, Dios y a un lado! Nosotros pensamos que sin miedo del martirio debemos echar por el camino de espinas: como esto sucede algunas veces, para honra de la especie humana, apenas habrá quién juzgue por gratuitos los encargos que contra ella se derivan de ciertas consideraciones”.

Juan Montalvo. Capítulos que se le olvidaron a Cervantes.

Sancho.

-¿Por qué esa derrota final que hace desaparecer la risa que todo lo cura como un bálsamo? ¿Por qué esa tristeza que permanece tras las últimas palabras de don Quijote en un lecho de muerte que no fue tal?

Don Quijote.

-Porque si la risa nos sana, las lágrimas nos liberan y nos identifican con aquel que antes nos hacía reír y quizá en la dulzura de esas lágrimas que no son amargas, se siente que don Quijote vive en cada uno de nosotros. Recuerda Sancho aquellos versos de León Felipe.

Narrador.

“Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá ‘quedó su ventura’
en la playa de Barcino, frente al mar

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.
¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado,
hazme un sitio en tu montura,
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo
y llévame a ser contigo
pastor.
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de don Quijote pasar…”

León Felipe. Versos y oraciones de caminante.

Sancho.

-Sigo sin entender, entonces, el porqué de la muerte.

Don Quijote.

-No siempre el final que el autor da a su obra es el auténtico final. Miguel de Cervantes me hizo morir arrepentido pero sus palabras siguieron vivas y por lo tanto nosotros lo seguimos estando. Con la emoción que aquel final produjo, don Quijote entró en los corazones y el pecho conmovido puede imaginar nuevas vidas para olvidar la sempiterna muerte.

Narrador.

“Calisto y Melibea se casaron –como sabrá el lector, si ha leído La Celestina– a pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín. Se enamoró Calisto de la que después había de ser su mujer un día que entró en la huerta de Melibea persiguiendo un halcón. Hace de esto dieciocho años. Veintitrés tenía entonces Calisto. Viven ahora marido y mujer en la casa solariega de Melibea; una hija les nació, que lleva, como su abuela, el nombre de Alisa. Desde la ancha solana que está en la parte trasera de la casa se abarca toda la huerta en que Melibea y Calisto pasaban sus dulces coloquios de amor. La casa es ancha y rica; labrada escalera de piedra arranca de lo hondo del zaguán. Luego, arriba, hay salones vastos, apartadas y silenciosas caramillas, corredores penumbrosos, con una puertecilla de cuarterones en el fondo”

Azorín. Castilla.

AQUÍ SE TENDRÍA QUE ESCUCHAR ALGUNA MELODÍA TRISTE.

Don Quijote.

-Ese amor que nace ante la desgracia conmueve hasta tan hondo que en algún momento la figura que se creyó no volver a ver aparece como una realidad que se acerca al sueño, sin serlo y entonces se convierte en un mensaje de eternidad que trasciende la propia existencia.

Narrador.

CITA

Camino de Salamanca. El verano
establece sobre Castilla su luz abrasadora.
El autobús espera para arreglar una avería
en un pueblo cuyo nombre ya he olvidado.
Me interno por callejas donde el tórrido
silencio deshace el tiempo en el atónito polvo
que cruza el aire con mansa parsimonia.
El empedrado corredor de una fonda
me invita con su sombra a refugiarme
en sus arcadas. Entro. La sala está vacía,
nadie en el pequeño jardín cuya frescura
se esparce desde el tazón de piedra
de la fuente hasta la humilde penumbra
de los aposentos. Por un estrecho pasillo
desemboco en un corral ruinoso
que me devuelve al tiempo de las diligencias.
Entre la tierra del piso sobresale
lo que antes fuera el brocal de un pozo.
De repente, en medio del silencio,
bajo el resplandor intacto del verano,
lo veo velar sus armas, meditar abstraído
y de sus ojos tristes demorar la mirada
en este intruso que, sin medir sus pasos,
ha llegado hasta él desde esas Indias
de las que tiene un vaga noticia.
Por el camino he venido recordando, recreando
sus hechos mientras cruzábamos las tierras labrantías.
Lo tuve tan presente, tan cercano,
que ahora que lo encuentro me parece
que se trata de una cita urdida
con minuciosa paciencia en tantos años
de fervor sin tregua por este Caballero
de la Triste Figura, por su lección
que ha de durar lo que duren los hombres,
por su vigilia poblada de improbables
hazañas que son nuestro pan de cada día.
No debo interrumpir su dolorido velar
en este pozo segado por la mísera incuria
de los hombres. Me retiro. Recorro una vez más
las callejas de este pueblo castellano
y a nadie participo del encuentro.
En una hora estaremos en Alba de Tormes.
¿Cómo hace España para albergar tanta impaciente savia
que sostiene el desolado insistir de nuestra vida,
tanta obstinada sangre para amar y morir según enseña
el rendido amador de Dulcinea?

Álvaro Mutis. Summa de Maqroll el Gaviero.

AQUÍ UN SILENCIO QUE SE PROLONGUE MUCHO RATO

Narrador.

-Ya en el año 58 a.C. Estrabón en su Geografía sobre Iberia habló de la existencia de olivos en el sur de la Península. No eran los mismos que se ven en la actualidad alcanzando más allá del horizonte, eran los acebuches, los olivos silvestres que llegaron con los griegos tan amantes del aceite. Marcial, el poeta romano que vivió en el siglo I de nuestra era canta los olivos de la Bética como productores de los mejores aceites del Imperio Romano.

UN SILENCIO BREVE.

Narrador.

-El paisaje que ahora recorren don Quijote y Sancho también está marcado por otras características.

“Las rocas que predominan en el paisaje de la Sierra de Cabra son las calizas y dolomías, responsables del paisaje tan emblemático de la comarca que se caracteriza por presentar una morfología kárstica típica. El agua de lluvia, ligeramente ácida por llevar en disolución dióxido de carbono, disuelve la caliza y provoca que la roca se transforme en bicarbonato cálcico, que es transportado por el agua, y puede depositarse de nuevo en forma de carbonato, cuando el agua pierde dióxido de carbono, dando lugar a las costras y concreciones que se forman en el interior de las cavernas (las estalactitas y estalagmitas). Las rocas calizas dejan pasar el agua con facilidad, a través de su masa, cuando están agrietadas o fisuradas. Estas grietas iniciales se van ensanchando poco a poco por un efecto de disolución de las calizas, que se inicia en superficie y progresa en profundidad al infiltrarse el agua formándose galerías y grutas escondidas en el interior del macizo calcáreo”

Carmen Báez, “Conozcamos nuestra tierra: Lo que has de saber si subes a la sierra”.

Sancho.

-Este paisaje que ahora recorremos es tan distinto al que conocemos de La Mancha, con sus molinos y su inmensa llanura.

Narrador.

“Un silencio profundo reina en el llano; comienzan a aparecer a los lados del camino paredones derruidos. En lo hondo, a la derecha, se distingue una ermita ruinosa, negra, entre árboles escuálidos, negros, que salen por encima de largos tapiales caídos. Sentís que una inmensa sensación de soledad y de abandono os va sobrecogiendo. Hay algo en las proximidades de este pueblo que parece como una condensación, como una síntesis de toda la tristeza de La Mancha. Y el carro va avanzando. El Toboso ya es nuestro. Las ruinas de paredillas, de casas, de corrales han ido aumentando; veis una ancha extensión de campo llano cubierta de piedras grises, de muros rotos, de vestigios de cimientos. El silencio es profundo; no descubrís ni un ser viviente; el reposo parece que se ha solidificado. Y en el fondo, más allá de todas estas ruinas, destacando sobre un cielo ceniciento, lívido, tenebroso, hosco, trágico, se divisa un montón de casuchas pardas, terrosas, negras, con paredes agrietadas, con esquinazos desmoronados, con techos hundidos, con chimeneas desplomadas, con solanas que se bombean y doblan para caer, con tapiales de patios anchamente desportillados. Y no percibís ni el más leve rumor, ni el retumbar de un carro, ni el ladrido de un perro, ni el cacareo lejano y metálico de un gallo. Y veis los mismos muros agrietados, ruinosos; la sensación de abandono y de muerte que antes os sobrecogiera acentuase ahora por modo doloroso a medida que vais recorriendo estas calles y aspirando este ambiente”.

Azorín. La ruta de don Quijote.

Don Quijote.

-Tienes razón, sin embargo, la tristeza es la misma; quizá esa tristeza esté en nuestro interior más que en cualquier paisaje que podamos observar.

Sancho.

-Así será, señor don Quijote, porque no observo en mi interior esa misma tristeza de la que habla vuestra merced. Más bien veo un camino polvoriento cuyo final desconozco y un mar de olivos que nos acompaña desde tiempo ha, olivos que, por cierto han de producir jugosos frutos, ricos en aceite. También veo allá al horizonte, alzándose por encima de estos bosques siempre verdes, sierras grises por cuyas profundidades, a buen seguro corren aguas puras aunque negras en la oscuridad.

Don Quijote.

-En todo ello tienes razón, amigo Sancho. Has de saber que Miguel de Cervantes anduvo por estas tierras y pisó algunas fuentes que tan similares parecen a las que antes describían los poetas. A menos de una legua de la ciudad que hemos dejado a nuestras espaldas, Cabra, se encuentra uno de los más mágicos paisajes de Andalucía. Las aguas manan de la roca como un milagro del Antiguo Testamento. Aguas frías que han ido lamiendo subterráneos túneles, impregnándose de una oscuridad que se vuelve luz en cuanto llegan a la superficie y riegan la tierra de la que los hombres intentan extraer su fruto, mezclando con su sudor la humedad de las acequias.

Sancho.

-Bien conozco esos sudores que no se calman ni con el hielo del botijo. También conozco el orgullo que produce tener en las manos el fruto maduro después de los temores de la escarcha, pedrisco o sequía. Claro que estas tierras por las que ahora andamos son mucho más fértiles que aquellas que vuestra merced vendió para comprar libros.

Don Quijote.

-No me recuerdes aquello, Sancho, que deseos siento de desenvainar mi espada y acuchillar aunque sea el cielo para vengar la afrenta que me infringió aquel maldito sabio Frestón cuando hizo desaparecer mi biblioteca. 

“Que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado”

Cervantes. Don Quijote de la Mancha

Vana ira que se calmaría al sonar del filo de mi espada cortando el aire. Vana ira contra nada porque sé que otro fue el destino o maldición sufrido por mi biblioteca, pues creo estar en buen camino cuando pienso que fueron los follones del cura y el barbero, el ama y mi sobrina los que se vengaron en mi biblioteca de la furia que sentían al no poder ofenderme a mí.

Narrador.

“No era diablo –replicó la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno: sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que al tiempo del partirse aquel mal viejo dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería”.

Cervantes. Don Quijote de la Mancha

Don Quijote.

-Son tantos las veces que el furor de los hombres se vuelve contra los libros. Son tantas las bibliotecas desaparecidas por la llama que no era purificadora, sino ignorante del mal que causaba a la humanidad.

Narrador.

“Corso indicó una fila de libros muy deteriorados. Había varios incunables y manuscritos, y ninguno era, por su encuadernación, posterior al siglo XVII.

-Tiene muchas ediciones antiguas de caballerías…

-Sí. Heredadas de mi padre. Su obsesión era reunir los noventa y cinco libros de la biblioteca de don Quijote, en especial los citados en el expurgo del cura… De él obtuve también ese curioso Quijote que ve junto a la primera edición de Os Lusiadas: un Ibarra de 1780 en cuatro tomos. Además de las láminas correspondientes, viene enriquecido con otras de impresión inglesa de la primera mitad del siglo XVIII, seis aguadas originales y la partida de nacimiento de Cervantes facsimilada e impresa en vitela… Cada uno tiene sus obsesiones. La de mi padre, que fue diplomático y vivió muchos años en España, era Cervantes. En otros casos se trata de manías. Hay quien no tolera una restauración, aunque sea invisible, o nunca compra ejemplares numerados por encima del 50… Lo mío, ya se habrá dado cuenta, eran los intonsos. Recorría subastas y librerías con una regla de medir en la mano, y me temblaban las piernas si al abrir un volumen lo encontraba virgen o sin desbarbar… ¿Ha leído el cuento burlesco de Nodier sobre el bibliófilo? A mí me sucedía lo mismo. Hubiera apuñalado gustoso a los encuadernadores de guillotina fácil. Y descubrir un ejemplar con dos milímetros más de blanco de página que el descrito en las bibliografías canónicas era el colmo de mi felicidad”

El Club Dumas. Arturo Pérez-Reverte.

Sancho.

-¿A dónde nos conduce este camino que con tanta seguridad recorre vuestra merced? Una seguridad que, por cierto, me sorprende porque vos mismo habéis afirmado en más de una ocasión que si algo caracteriza el caminar errante de los caballeros es la libertad, sin seguir un itinerario preciso.

Don Quijote.

-Así es, Sancho. Eso es lo que sucede, cuando el caballero no tiene un destino al que llegar, y nosotros ahora lo tenemos.

Sancho.

-Y, ¿cuál es, mi señor?

Narrador.

-“Los esclavos que se sublevaron durante la rebelión del muladí Omar ben Hafsun en el siglo IX fueron arrojados al interior de la Sima de Cabra. Y en los intentos de taponarla durante el mandato de Abd al Rahman II en el siglo X, durante un cierto tiempo se intentó taponarla, utilizando especialmente paja y yerba para rellenar la caverna. Cuando se hubo terminado el trabajo… en ese momento el suelo tembló y todo lo que había servido para rellenar la gruta se sumió en la tierra… y tampoco se supo dónde habría ido a parar todo lo que se había arrojado dentro para llenarla. Sin embargo, poco después de ello, se vio que parte de la paja utilizada, salía por alguna de las fuentes de la montaña”

Al-Himyari.

Don Quijote.

-Sancho, ahora nos dirigimos a un lugar que puede considerarse como una de las bocas del infierno, un agujero en la tierra a cuyo final no ha podido llegar sino el agua que se desliza entre las rocas buscando la profundidad donde la luz no le arranque sus destellos. Una puerta hacia la oscuridad que se confunde con las llamas del infierno.

Sancho.

-Y ¿por qué, mi señor, quiere descender hasta los infiernos si hoy estos habitan entre nosotros? He visto surgir de las ruinas de una casa demolida el rostro de un niño muerto, y la causa de esa destrucción no han sido ni los accidentes naturales ni el paso del tiempo que hace caer las paredes construidas por el hombre. Las causas de esa muerte y de esa destrucción están en el odio. No hace falta llegar a una puerta a los infiernos para experimentar los demonios que habitan en nuestro interior.

Don Quijote.

-Tienes razón, Sancho, en eso de que los demonios habitan entre nosotros, pero el caballero andante debe enfrentarse a ellos y no hay mejor lugar para hacerlo que la oscuridad de una sima.

Sancho.

-¿No le bastó a Vuesa Merced el tiempo transcurrido en la cueva de Montesinos?

Don Quijote.

-No fue suficiente aquello, pues cada día estoy más convencido que fue sueño y no visión.

Narrador.

Han transcurrido treinta capítulos desde que don Quijote descendiera a la cueva de Montesinos cuando todavía se pregunta si la aventura vivida en aquella gruta fue cierta o no, y lo hace con las siguientes y significativas palabras. “¿Fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la Cueva de Montesinos?” Esta es una de las preguntas que don Quijote dirige a la cabeza encantada que don Antonio tiene en su casa de Barcelona. No es esta la única ocasión en la que don Quijote manifestará esa misma duda a toro pasado. En el capítulo XXV de la segunda parte, en el episodio de Maese Pedro, don Quijote sigue el consejo que le da Sancho Panza para que consulte al mono adivino y parlanchín que cuenta los secretos al titiritero. En la aceptación del consejo de Sancho, don Quijote admite la indecisión que le embarga. Y el mono, el titiritero, el falsario Ginés de Pasamonte responde que algunas de las cosas vividas por don Quijote en la cueva son sueño y otras verdaderas, y lo dice así: “El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio o pasó en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles”. Palabras que se complementan perfectamente con la respuesta que le dará la cabeza parlante de don Antonio: “A lo de la cueva, hay mucho que decir; de todo tiene”.

Así pues, ¿es la aventura de don Quijote un producto más de su desmesurado ingenio que le lleva a transformar el mundo a la manera de la ficción de los libros de caballerías, es decir, sería verdad desde un punto de vista de la peculiar mirada ficcionalizadora de don Quijote? o, más bien, ¿es pura y simplemente, sueño tenido durante la estancia en el interior de la gruta?

¿Sueño o realidad transformada? Vale lo mismo que decir ¿Sueño o verdad? Al fin y al cabo, la verdad de don Quijote se encuentra en la transformación de la realidad siguiendo la poética de los libros de caballerías.

Don Quijote.

-Me sorprende enormemente, Sancho, que se me considere un mentiroso por contar lo que me ocurrió en el interior de la Cueva de Montesinos. Tú sabes que no lo soy.

Sancho.

-No tengo duda de ello; si lo fueseis no habríais atacado como el valiente caballero que sois a aquellos gigantes que a mis ojos de villano eran unos simples molinos.

Don Quijote.

-No sé, Sancho, si mi imaginación habría sido capaz de crear todo aquel mundo que viví en el interior de aquella cueva, aunque, la verdad, tengo que decir que dudo de ello en algunas ocasiones.

Narrador.

-Cuando don Quijote queda dormido en la concavidad de la Cueva de Montesinos “a la mano derecha, capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas” y sueña que despierta, -pues es evidente que duerme plácidamente, incluso lo sacan colgando de la soga- mira la realidad de la gruta cambiada. Así ve “un bello, ameno y deleitoso prado”, después distingue un “real, suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados” y cuando Montesinos guía a don Quijote al interior del castillo se encuentra con la sala donde yace la momia de Durandarte. “El venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobre modo y toda de alabastro estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado”.

Y todo ello se refiere al aspecto físico del lugar. Hay otro elemento en la descripción que hace don Quijote que nos acerca a la consideración de una aventura maravillosa: se trata del especial discurrir temporal. Así, aunque es muy escaso el tiempo que don Quijote ha permanecido en la cueva de Montesinos, se permite afirmar con la lógica aplastante del que siente el sueño como una realidad: “allá me anocheció y amaneció y tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra”. Indudablemente un desfase temporal exagerado, si tenemos en cuenta que don Quijote sólo ha permanecido en la gruta durante un poco más de una hora.

Sancho.

-Sigo sin comprender el motivo por el cual, mi señor don Quijote, pretendéis entrar en una boca de la tierra que váyase Dios a saber qué cosas e inmundicias tiene dentro.

Don Quijote.

-Tú sabes, Sancho, que yo oriento mi vida por aquello que leí en los libros, cuya realidad me satisface más que la que veo a mi alrededor antes de transformarla en virtud de lo que algunos llaman locura.

Sancho.

-Entonces, explicadme de algún otro caso de caballero que haya descendido a esos otros mundos de lo maravilloso, por no decir de pecado y condenación.

Don Quijote.

-De dos casos te hablaré, aunque, si recuerdas, antes te he mencionado uno, el de Amadís de Gaula, que bajando a los infiernos de las mazmorras de Arcaláus fue comparado al mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

SILENCIO

Don Quijote.

-La primera aventura que te contaré la leí en un libro de Luis Barahona de Soto, el cual trató de los caballeros con magnífica pluma poética en Las lágrimas de Angélica donde conocemos de cómo Arsace llega a la isla del Orco y cuenta una falsa hagiografía de amor. Durante su narración, Angélica se queda dormida. En ese momento, Arsace aprovecha para convencer a Medoro de que abandone aquellos lugares a su lado. Medoro acepta y junto a Arsace corre hacia la playa, donde les aguarda un barco. Angélica despierta y comienza a gritar, acude el Orco y se lanza en persecución de aquellos que huyen. En ese momento acaba de desembarcar Zenagrio, que ha llegado a la isla en una nave sin guía. El Orco y Zenagrio se atacan. El Orco engulle a Zenagrio, pero este, a la manera de Aquiles, fue bañado en una fuente cuyas aguas le protegen de todo mal, salvo en su punto débil, la planta del pie. Zenagrio comienza un alucinante viaje por el interior del Orco, el cual cae muerto. Desde su cadáver surgirá Zenagrio, el cual recibe un nuevo bautismo con agua que mana de la misma boca de Angélica.

Narrador.

Aventura soñada o aventura imaginada, no importa mucho, pues, al fin y al cabo, todas son producto de la imaginación, bien la de don Quijote, bien la de Zenagrio o la del mismo don Clarián de Landanís, los cuales –igual que don Quijote es atrapado por la oscuridad de las entrañas de la tierra- tendrán la dudosa suerte de ser devorados por sendos monstruos, en el caso de Zenagrio por el Orco, en el de Clarián de Landanís por un dragón. En ambos casos, sus respectivos héroes realizan un viaje que les lleva a un extraordinario más allá. Zenagrio hacia el conocimiento más profundo de una anatomía tan cercana a la humana que, aun sabiendo que es del orco, nos sentimos arrastrados por ese temor supersticioso que conllevaban aquellas disecciones todavía perseguidas a finales del siglo XVI, y con ese viaje, la visión del microcosmos físico que bulle en el interior del ser humano. Respecto a don Clarián, simplemente será un paso más en su recorrido iniciático por la Gruta de Ércoles, en pos de la fama y la victoria sobre sí mismo que le lleva a ser situado junto a los caballeros de la fama.

Don Quijote.

-El otro caso del cual te quiero hablar es el de don Clarián de Landanís.

Sancho.

-¿Quién es ese caballero que, a mi entender, ni es mencionado en los libros que tratan de las aventuras de mi señor?

Don Quijote.

-Cierto, Sancho. Seguramente se le olvidó mencionarlo al sabio arábigo Cide Hamete Benengeli, que puso por escrito los sucesos que ambos hemos vivido.

Sancho.

-Que yo recuerde, vuesa merced no ha nombrado nunca a tal caballero.

Don Quijote.

-Así es, sin embargo, el nombre que durante un tiempo llevé como Caballero de los Leones está relacionado con él. Clarián de Landanís es el héroe de un libro escrito por un vecino de la ciudad de Guadalajara llamado Gabriel Velázquez de Castillo.

Sancho.

-¿Cómo se titula ese libro?

Don Quijote.

-Como es habitual en ese género de historias fingidas, el título casi se convierte en un argumento en sí mismo, pues reza en la primera impresión del texto en 1518 como: Primera parte de la historia del muy noble y valiente caballero don Clarián de Landanís, hijo del buen rey Lantedón de Suecia y de la reina Damabela, su mujer; en que se recuenta de muchas de las grandes caballerías, muy famosos y notables hechos de armas que hizo y de los muy leales amores que tuvo con su señora Gradamisa, hija del emperador Vasperaldo y de la emperatriz Altibea.

Sancho.

-Cierto que ese título contiene en sí mismo buena parte de las aventuras de ese caballero.

Don Quijote.

-Pues en la impresión de este libro en 1542, para que veas la importancia de la aventura que voy a contarte, la historia pasó a titularse: Libro primero del invencible caballero don Clarián de Landanís en que se tractan sus muy altos fechos de armas y apacibles caballerías y la muy espantosa entrada en la Gruta de Ércoles, que fue un fecho maravilloso que parece exceder a todas fuerzas humanas.

Sancho.

-Así pues, vuestra merced va a hablarme de esa extraña aventura que sucede en la Gruta de Hércules.

Don Quijote.

-Sí, Sancho. Y, de hecho, espero que mi experiencia al bajar a la Sima de Cabra sea similar a la de este caballero, tal y como ahora te voy a contar.

Narrador.

Ahora sí que queda claro el cometido del viaje que por estas tierras de la Subbética están realizando don Quijote y Sancho Panza. La Sima de Cabra aparece mencionada en algunos momentos de la obra de Miguel de Cervantes. En la Novela del Celoso Extremeño leemos: “¡Este sí que es juramento para enternecer a las piedras! ¡Mal haya yo si más quiero que jures, pues con sólo lo jurado podías entrar en la misma Sima de Cabra!” o en el Quijote, cuando Sansón Carrasco finge su existencia caballeresca y habla de las hazañas a las que le obligó su enamorada Casildea de Avandalia: “Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra, peligro inaudito y temeroso y que le trujese particular relación de lo que en aquella escura profundidad se encierra”.

SILENCIO

Don Quijote.

-Cuando su fama se ha visto acrecentada por encima de la de cualquier otro mortal, tanto en un ámbito amoroso como en el guerrero, don Clarián de Landanís va a enfrentarse a una aventura que le situará ante elementos mágicos que transcienden el mundo cotidiano caballeresco. Tras la victoria de la cristiandad sobre los seguidores paganos de Candramón y el pleno reconocimiento de la valía de don Clarián en la corte imperial de Alemania, van a sucederle una serie de aventuras sin mayor importancia hasta que en cierto momento se le nombra la existencia de la Gruta de Ércoles, situada en el Reino de Aurapís.

Nadie solicita a Clarián que se haga cargo de la aventura de la Gruta de Ércoles, es más, todos aquellos que oyen su propósito, lo consideran fuera de seso, sin embargo, el héroe está moralmente obligado a realizar tal hazaña. La decisión de don Clarián, además, y no podía ser de otro modo, está relacionada con el amor que siente hacia la princesa Gradamisa.

La Gruta fue ideada por Hércules, el cual condensó en su interior importantes fuerzas mágicas. El rey Quípolo, que quería seducir a su propia hermana, consiguió penetrar los misterios de la gruta y allí pudo yacer con la mujer de su propia sangre a la cual deseaba. De tal unión nacería una monstruosa sierpe, mezcla de serpiente y dragón que todos los años, al llegar la primavera abandona la gruta y devasta las tierras que la rodean.

Sancho.

-Y, ¿sabiendo de la existencia de semejante monstruo, don Clarián se atreve a enfrentarse a la aventura de la Gruta?

Don Quijote.

-Así es. Además, antes de penetrar en la gruta propiamente dicha, tiene que liberarse de todas las piezas de su armadura en una oscuridad total, hasta que aparece el monstruo.

Narrador.

En su cabeza tiene dos cuernos muy afilados y rectos; los ojos grandes y resplandecientes como fuego, hocico muy ancho, cara similar a la de un caballo con dos dientes en la mandíbula inferior que salen de su boca más de un palmo, el cuello similar al de un camello; el cuerpo grande, como el de un dragón, con cuatro patas acabadas en unas garras parecidas a las de un águila, con grandes uñas. Todo el cuerpo cubierto de plumas negras, tan fuertes que atravesarlas con un arma es prácticamente imposible, la cola no tiene plumas, sino un cuero liso y negro. También tienen dos alas muy grandes y su barriga es de color verde.

Sancho.

-Sólo de escucharlo ya siento pavor.

Don Quijote.

-Yo también, no creas, Sancho, y eso hace más meritorio que desee entrar en esa sima a la que nos dirigimos. Pero no hay combate y, por ende, victoria sin miedo. Don Clarián, como el resto de los caballeros andantes supo vencerlo y se enfrentó a la sierpe a la cual consiguió quitar la vida; también tuvo que pasar por las fauces de otro monstruo y derrotar a un león con una maza como hiciera Hércules cuando luchó contra el león de Nemea. Gracias a eso, don Clarián consigue ser situado entre los mejores caballeros que vieron ni verán los siglos y, también, la entrega de su amada Gradamisa.

Narrador.

“E Clarián, volviéndose a Ércoles, dixo como si vivo estuviesse:

-Aunque verdad fuesse, como fingidamente se dize que vós, Ércoles, decendistes al infierno viviendo en el mundo, no pienso que mayores furias y bravezas pudiérades fallar que yo aquí he fallado y el galardón que deste trabajo sacaré no sé cuál será, mas vós no hezistes mesura en me negar vuestra espada en tiempo que tanto la había menester.

Assí estuvo en aquella sala, donde gran resplandor había, por una pieça fablando y pensando fasta tanto que assossegado de los temores passados y vencido del sueño se adurmió y no recordó hasta que el sol fue salido. Como abrió los ojos hallose en pie, acostado sobre los braços, en aquella rica mesa; aquella muy estraña espada que Ércoles antes en la mano tenía, ceñida a su cuerpo y en aquella silla vazía vio estar su bulto y figura armado de ricas y resplandecientes armas tan propiamente en su hermosura y faciones y miembros que bivo semejava; avía en el braço derecho, que levantado sobre la silla tenía, escriptas letras que dezían:

DON CLARIÁN DE LANDANÍS, EL QUINTO ENTRE LOS SEIS MÁS ESCOGIDOS Y EN VIRTUD DE CORAÇÓN FORTALECIDOS”.

Narrador. 

Final

En la bajada de don Quijote a la Cueva de Montesinos hay iniciación, como también la hubo en Zenagrio de Las lágrimas de Angélica por Luis Barahona de Soto, o en el de Clarián de Landanís en el libro de caballería debido a Gabriel Velázquez de Castillo. En el ingenioso caballero don Quijote se produce un cambio muy visible a partir de la aventura de la Cueva de Montesinos, ya no es el personaje que no duda de la realidad que se imagina, achacando los cambios de esa realidad a las malditas trapacerías de los insidiosos encantadores. Desde que don Quijote es sacado de la Cueva de Montesinos dudará y por ello preguntará a aquellos instrumentos que se conectan con la realidad que le trasciende, sea el mono de Maese Pedro, sea la cabeza parlante de don Antonio. En definitiva, un cambio, una iniciación desde lo profundo de una cueva real como es la de Montesinos, que le acercará un poco más a la cordura, tan digna como ha sido su existencia caballeresca.

SILENCIO CON MÚSICA

Queden para la imaginación de aquellos que han seguido estos parlamento y antología, las nuevas aventuras que aguardan en el interior de la Sima de Cabra, y después, a nuestro ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.

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About lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera", "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera", La gran conquista de ultramar, versión modernizada en cuatro volúmenes.
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