ERNST JÜNGER
(Una lectura desde la rememoración)
El título original alemán de esta obra es Sp.R. (Späte Rache, Venganza tardía). Su redacción, fechada, por el propio autor, concluyó el 10 de junio de 1991.
Ernst Jünger (Heidelberg 1895-1998 Wilflingen) fue uno de los autores alemanes más destacados del siglo XX. No había concluido casi sus años escolares en Hannover cuando en 1913 se alista a la Legión Extranjera francesa, aunque tiene que abandonarla por intervención paterna (experiencia que queda narrada en Juegos africanos, 1936). Se incorporó voluntario al ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Es herido en varias ocasiones y condecorado con la Cruz de Hierro. De su experiencia en el frente surge el que es considerado como primer volumen de sus diarios, Tempestades de acero (1920). En 1923 comienza sus estudios de zoología y de filosofía en la universidad de Leipzig; posteriormente se trasladará a Berlín, donde se va consolidando su carrera literaria. Tal y como describe en su obra Radiaciones, donde se contienen sus diarios entre 1939 y 1948, es oficial del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial en Europa, destacado en el Alto Mando durante la ocupación de París. Sus obras fueron censuradas y prohibidas por el gobierno nazi en 1942. En sus diarios de esta época, Ernst Jünger transmite una sombría mirada hacia el género humano por el dolor que se generó en esta época y por el desprecio hacia la jerarquía nazi que le llevó a participar en la conspiración contra Hitler. Posiblemente, esta fue una de las causas por las que su hijo Ernstel murió en el frente italiano. Después de verse retirado del ejército poco antes de la derrota de Alemania, se instaló en la pequeña localidad de Wilflingen, en Suabia. Desde allí se dedicará al estudio de la entomología, a su obra y a realizar viajes por buena parte del mundo, tal y como refleja en sus Diarios, en los cuales se muestra como uno de los testigos más lúcidos de la segunda mitad del siglo XX.
En la sinopsis que acompaña la edición de este texto en español, leemos: “Aunque atraviesen un hermoso parque y bordeen un prístino lago, los caminos que conducen hasta los sucesivos colegios en los que estudia Wolfram se ven empañados por las negras sombras que sobre ellos proyecta la escuela, permanente motivo de angustias. Porque, al final del camino, le esperan los temidos profesores, prestos a regañar y poner en ridículo a ese alumno tímido, casi tartamudo, torpe y soñador, que se identifica hasta la obsesión con los héroes de las novelas de Karl May y, en ocasiones, se muestra agresivo sin motivo. Sin duda, es un niño peculiar, lejos de sus padres, que lo dejan al cuidado de los abuelos, Wolfram sufre extrañas <ausencias>, ensoñaciones, desdoblamientos y desmayos que duran minutos y de los que intenta curarle el doctor Edelstein. Sin embargo, mientras soporta al amargado profesor Hilpert, o conversa con el doctor Edelstein y su sobrino Siegfried, que sueña con ser oficial de la caballería prusiana, en su interior va incubándose algo poderoso, que pugna por definirse y expresarse. Y que, tal vez, aunque tardíamente, acabe por salir a la superficie”.
Del texto, extraigo un fragmento en el que se trata de los profesores:
“Los maestros de la escuela preparatoria habían recibido una sólida formación en los seminarios. En ella se basaban su orgullo y su autoridad. Transmitir un saber sólido constituía su vocación y su empeño. Seguían el principio de que la repetición es la madre del estudio. Huelga decir que los alumnos inteligentes se aburrían en sus clases y que, sobre todo, les fastidiaba el aprendizaje memorístico y el recitado de la lección”.
En los diarios del Jünger del día inmediatamente anterior a esta datación leemos:
“Wilflingen, 9 de julio de 1991. La lucha por el poder entre dioses y titanes es anterior a la historia, incluso a la humanidad, se remonta al caos. No pueden existir los unos sin los otros. La creación del hombre, que los dioses no veían con buenos ojos, dio origen a uno de los episodios de esa lucha, que los sobrevivirá. Aún hoy es posible reconocer quién está del lado de los dioses y quién del lado de los titanes. En cualquier caso no existe una alternativa clara, sino la alternancia prometeica en la vida del individuo. Al Padre del Universo esto no le afecta. Hasta se divierte con el espectáculo, igual que el Zeus homérico, aunque la arena será, como el siglo que viene, víctima de los titanes”.
Un fragmento que define con claridad esa mirada del autor hacia un mundo en el que es visible la raíz de lo mítico que, al fin y al cabo, no deja de ser una contemplación de la vida sin cerrar los ojos ante lo maravilloso que es la búsqueda de lo transcendental en lo cotidiano.
Liselotte Jünger (1917-2010), esposa del autor en segundas nupcias desde 1962, historiadora y filóloga alemana, en la nota que acompaña a la edición de Venganza tardía, describe el manuscrito como una muestra de la personalidad del autor según una de esas ocupaciones a las que Ernst Jünger tantas veces se refiere en sus Diarios, lo que él llama “las pequeñas cacerías”. En palabras de Liselotte Jünger: “A lo largo de la segunda parte del manuscrito, se han encontrado adheridas una serie de flores acompañadas de sendas fechas, todas ellas entre abril y junio de ese mismo año”.
Precisamente en Pasados los setenta. Diarios (1991-1996), leemos este fragmento fechado en Wilflingen, el 8 de junio de 1991:
“El paseo para recoger muguetes se convierte en un rito; ayer estuvimos en el bosque. El tiempo ha avanzado, el suelo está seco, por eso la colecta fue escasa. Donde antes los nidos brillaban como perlas, el follaje se había espesado demasiado; se asentaban allí otras plantas. No obstante, llegamos a formar un ramo y un ramito. Los muguetes de debajo del haya roja del jardín son vistosos, de perlas grandes, pero carecen de la belleza oculta de los del bosque. El aroma de los silvestres es también más intenso”.
Desde el principio de la obra, una sensación de dejá vu y algo ominoso, esperando un desenlace similar al que sufre el protagonista de Bajo las ruedas de Hermann Hesse (lectura muy recomendable para muchachos responsables, cada día menos, que aceptan renunciar a parte de su libertad, con la responsabilidad de auténticos seres humanos, para dejarse llevar por un Gran Hermano que ignora los espíritus fuertes para potenciar la dejadez de la vaguería, la irresponsabilidad y la ignorancia). Por fortuna, no es así, pues si hay algo de autobiográfico en este texto, tan breve como atractivo, el desconocido desenlace de su protagonista se torna en imagen de una de los grandes guerreros aristócratas del espíritu, de la inteligencia y el conocimiento que fue Ernst Jünger.
Como, en parte, este texto pretende ser una reflexión personal, quiero mencionar los reflejos que provoca, el recuerdo de tantos caminos a la escuela, plagados de escaparates que atraen la atención, como el bosque y los lagos. Para Ernst Jünger es tan importante la escuela como las rutas que conducen a ella. Aunque también con la fortuna de recorrer un espacio todavía no domesticado del todo, en compañía de un combatiente que no lo fue de la guerra franco-prusiana, pero sí de una desgraciada civil y de la misma vida, lucha de supervivencia. No pude aprender muchas letras de él, apenas sabía escribir, pero sí la vida y la fuerza que es necesaria para arrostrarla o la gentileza de una espalda robusta para cargar la pesada mochila con mi material escolar. Wolfram sigue una serie de itinerarios que corresponden al espacio salvaje, que hace cincuenta años se podían vivir en las inmediaciones de las ciudades, y que corresponde con el territorio de la emboscaduras, espacios de frontera entre lo civilizado y lo salvaje, topos en el que es posible una formación que no rechaza lo más profundo que vive en el ser humano y que es el espíritu de la ensoñación y de la libertad.
Todos estos recuerdos han provocado en mí las palabras de Ernst Jünger. Por suerte, nunca llegué tarde, pues hasta la sombra del colegio era para mí un refugio. Malas experiencias, por supuesto, pero en ningún momento negación de la capacidad de soñar, algo de lo que el hombre jamás puede ser privado, perder la virtud de la fantasía es comenzar a morir.
Donde Old Shatterhand y Winnetou, a los cuales también conocí por Bruguera; donde el Karl May de Wolfram, mi Emilio Salgari, o las novelas del Oeste y La isla del tesoro, junto a Lou Carrigan de Kiai.
Venganza tardía es un texto que conduce a la ensoñación del que no renuncia a la capacidad de seguir viviendo en la imaginación.
En sus diarios, Pasados los setenta II, tal y como nos recuerda Enrique Ocaña en el “Posfacio” de la edición española, Ernst Jünger escribió: “la escuela sigue pesando sobra mí con mucha más intensidad que el ejército”. Es indudable, desde esta afirmación que esta ficción de Venganza tardía tiene un carácter autobiográfico.
No es en la escuela donde el protagonista de este breve relato va a encontrar el conocimiento que le guíe, sino en el camino hacia ella y en la lectura. Los libros de la biblioteca del abuelo -Schiller, Goethe, Heine y la Historia cultural de todos los pueblos-, su primer libro: Robinson Crusoe; el primer volumen de Karl May regalado por su padre. Su abuelo, para compensar la lectura de aventura, le da a conocer Las leyendas de la antigüedad clásica de Gustav Schawb (1792-1850). Este último fue escritor y profesor alemán, especializado en la antigüedad clásica; fue conocido, sobre todo, por su obra Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica (Sagen des klassischen altertums, 1838-1840), obra en la que se recogen mitos grecorromanos como las de la guerra de Troya y las aventura de Ulises; texto que fue muy popular. Tales lecturas y la prolongación de ellas hasta altas horas de la noche hacen que el resto del día Wolfram esté adormilado. Es un muchacho un tanto especial. Tartamudea, se queda ausente; pero en su interior subyace una profunda vida, imaginada, que en algunos momentos le lleva a zurrar a su compañeros creyéndose un nuevo Old Shatterhand.
Old Shatterhand es un personaje de las novelas del oeste de Karl May; un ingeniero alemán que llega para ejercer su oficio en el Far West y acabará como aventurero, hermano de sangre de Winnetou, jefe de los apaches, defensor de la libertad y luchador contra las injusticias del hombre blanco en el territorio indio de los Estados Unidos.
Venganza tardía pertenece al género literario del Bildungsroman, la novela de aprendizaje o de formación; aunque también, casi dentro de este podríamos concretar con el Erziehungsroman, la novela escolar, uno de cuyos ejemplos más populares en tiempos no tan pasados, fue Corazón de Edmundo de Amicis (Cuore, 1886). Luis Beltrán Almería define el género con estas palabras: “Este género combina dos grandes tareas: la representación del crecimiento esencial del hombre y la expresión del tiempo histórico. En otras palabras bien podría decirse que la representación del crecimiento esencial del hombre requiere la aproximación al tiempo histórico y el género idóneo para alcanzar ambas tareas es la novela de educación. La educación aparece como el escenario para ese crecimiento” (La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental). Desde este punto de vista, y siguiendo la enumeración de Luis Beltrán, Venganza tardía entraría en la lista de obras como Ciropedia de Jenofonte, Lazarillo de Tormes, Simplicius Simplicissimus de Grimmelshausen, Telémaco de Fenelón, Emilio de Rousseau, Wilhelm Meister de Goethe, David Copperfield de Dickens, Infancia, adolescencia, juventud de León Tolstoi.
Fijemos nuestra atención en una cuestión que puede resultar significativa y que tiene que ver con dos nombres de los personajes de Venganza tardía, se trata de Sigfried, el que piensa ser un futuro guerrero, y Wolfram. En la mitología germánica, plasmada en el Cantar de los Nibelungos, Sigfrido es el héroe que mata a un dragón, se baña en su sangre y casi alcanza la categoría de invulnerable, como le sucediera en la épica griega a Aquiles. Sigfrido llegaría hasta la tradición decimonónica con las óperas de Richard Wagner que conforman El anillo del Nibelungo (El oro del Rin, La Valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses). Por lo que respecta a Wolfram, me viene a la memoria Wolfram von Eschenbach, caballero y poeta alemán que vivió entre 1170 y 1220. Fue uno de los creadores del mito de Parzival, de los más peculiares personajes del mundo artúrico por su espiritualidad que le llevará a ser otro de los protagonistas de la gesta del Grial, desde una vida casi salvaje y ensimismada tal y como es presentado en unas páginas de profunda ensoñación, tan frecuentes en la literatura medieval, coincidente con esa personalidad tan poco entendida por sus educadores, del protagonista de Venganza tardía.
La traducción española de este libro por la editorial Tusquets (Barcelona, 2009) se presenta con una portada en la que cobra especial protagonismo la ilustración de I am a dreamer de Stéphane Poulin que adquiere un significado pleno de sugerencias por lo que respecta al protagonista de esta autoficción de Ernst Jünger.
Stéphane Poulin (Montreal, 1961) es ilustrador y autor de libros infantiles cuya obra ha sido reconocida con varios premios de carácter internacional. Entre sus trabajos cabe destacar Bestiario, en el cual la realidad se tiñe de elementos fantásticos, o la ilustración de Le secret d’Huracan Tempête de Martine Poulin. Este adentrarse de lo maravilloso en lo cotidiano, uno de los rasgos que definen el realismo mágico, se hace evidente en Yo soy un soñador.
La elección de esta ilustración por parte del editor del libro en español corresponde a lo que subyace en la obra de Ernst Jünger que, aunque no se adentra en el territorio del realismo mágico propiamente dicho, sí reconoce el poder de la imaginación en la capacidad ensoñadora y ensimismada de su protagonista.































