El Noventa y tres de Victor Hugo

Miradas hacia la Revolución

Noventa_ y_tres_Victor_HugoIncluso en las peores épocas de la historia de la humanidad ha de quedar una puerta abierta a la lealtad, al amor, al honor y a la valentía. Así, desde esta perspectiva, Victor Hugo desarrolla su novela Noventa y tres cuyo argumento discurre durante el levantamiento de La Vendée contra el gobierno revolucionario de París.

            He de confesar que este libro me ha conmovido y mucho, hasta las lágrimas. En él he encontrado a ese Victor Hugo que es ensalzado en toda su humanidad por el escritor ecuatoriano decimonónico Juan Montalvo, el cual en su tiempo también se sobrecogió ante esta figura inmensa de las letras francesas.

Victor_Hugo_ante_el_mar

            Me sorprende la visión que Victor Hugo transmite de la Revolución; así lo pensé en un primer momento; pero no, no hay ningún elemento discordante entre lo narrado en Noventa y tres y el espíritu defensor de la Libertad que él representa.

            Así define Victor Hugo la Revolución

“Al mismo tiempo que desprendía revolución, esa asamblea producía civilización. Era horno, pero también forja. En esa cuba donde hervía el terror fermentaba el progreso. De ese caos de sombras y esa tumultuosa fuga de nubes salían inmensos rayos de luz paralelos a las leyes eternas. Esos rayos han quedado en el horizonte, visibles para siempre en el firmamento de los pueblos: son la justicia, la tolerancia, la bondad, la razón, la verdad, el amor” así sigue y de sus palabras se desprende esa ambivalencia que encontramos en Victor Hugo, cuyo aliento está representado tanto en este libro como en Los Miserables.

            Para Cimourdain, la revolución es un hecho religioso, así lo expresa cuando se presenta ante los realistas encabezados por el Marqués de Lantenac:

“Sí, sois mis hermanos. Sois pobres hombres descarriados. Soy vuestro amigo. Soy la luz y hablo a la ignorancia. La luz contiene siempre fraternidad. Por lo demás, ¿acaso no tenemos todos la misma madre, la patria? Pues bien, escuchadme. Sabréis más tarde, o lo sabrán vuestros hijos, o los hijos de vuestros hijos, que todo lo que se hace en este momento se hace para cumplir las leyes de arriba y que lo que hay en la revolución es Dios. Mientras llega el momento en que todas las conciencias, inclusive las vuestras, comprenderán, y en que todos los fanatismos, inclusive los nuestros, desaparecerán, hasta que se haga esa gran claridad, ¿nadie se compadecerá de vuestras tinieblas? Vengo a vosotros y os ofrezco mi cabeza; hago más: os tiendo la mano”.

Si algo aparece representado cuando no desde el desprecio, sí desde la frialdad del documento historiográfico, es el arribismo, la inhumanidad, los materialistas que aprovechan las circunstancias para ascender políticamente: Marat, Robespierre, Danton parecen figuras esperpénticas en su realidad, un esperpento más cercano a la deformación grotesca que a lo sentimental, porque también la descripción de Cimourdain lo es; sin embargo su contenido patético es mucho mayor y cala más hondo en el ánimo del lector. Lo siento; si no fuese una osadía por mi parte, pediría perdón a Bajtin, porque considero que el aristocratismo en la literatura también ha dado sus frutos y, en estos tiempos de gargantúas, pantagrueles y turistas borrachos, no está de más recordar que, algunas veces, cuando un mundo se está destrozando, quedan espíritus que en libertad plena y más allá del sacrificio propio, se mantienen fieles a sí mismos y hacen que la existencia no Grabado_de_Noventa_y_tres._Victor_Hugosea un mero estercolero que algunas veces aparenta. Aquí me refiero al retrato que de la nobleza hace Víctor Hugo en esta novela, aunque, por mucho que me hayan sobrecogido los retratos de Lantenac y de Gauvain, también recuerdo al mendigo, a la madre, a los niños, a los defensores realistas, a los voluntarios del Batallón del Gorro Frigio, tanto como al sacerdote, mártir de una visión del mundo que hoy calificaríamos como la de un enfermo de morbosidad, pero que se explica perfectamente en un paisaje como el retratado en Noventa y tres.

Desde el primer momento el paisaje descrito nos sitúa en un ambiente en la frontera de la belleza y de lo espantoso; así podemos leer este fragmento en el que la semántica del locus amoenus se funde con la del locus terribilis

“Era trágico el bosque de la Saudraie. Allí en el mes de Noviembre de 1792, había empezado la guerra civil sus grandes crímenes; de la espesura funesta de este bosque había salido Mousqueton, el cojo feroz; hacía erizar los cabellos de horror la cantidad de asesinatos que se habían cometido en él. No hay lugar que inspire más terror. Avanzaban los soldados con gran precaución. Todo estaba cubierto de flores; alrededor una pared temblorosa de ramas de donde se desprendía la encantadora frescura de las hojas; rayos de sol pasaban aquí y allá en medio de esas tinieblas verdes; en el suelo, el gladíolo, el lirio de los pantanos, el narciso de los prados, la retama, pequeña flor que anuncia el buen tiempo, el azafrán de primavera, bordaban y guarnecían una espesa alfombra de vegetación, en donde se encontraban todas las formas del musgo, desde el que se parece a la oruga, hasta el que se parece a la estrella. Seguían los soldados su marcha paso a paso, en silencio, apartando con cuidado los zarzales. Trinaban los pájaros encima de las bayonetas”.

            La misma fusión entre beatitud y crueldad que encontramos en este otro fragmento:

“Por encima del oscuro combate entre lo falso y lo relativo en las profundidades del alma, había aparecido de improviso la faz luminosa de la verdad.

       Súbitamente había intervenido la fuerza de los débiles.

       Se habían visto triunfantes tres pobres seres apenas nacidos, inconscientes, abandonados, huérfanos, solos, balbucientes, risueños, teniendo contra sí la guerra civil, el talión, la horrible lógica de las represalias, el asesinato, la matanza, el fratricidio, la rabia, el odio, todas las gorgonas en una palabra; se había visto abortar el plan de un infame incendio, encargado de cometer un crimen; se habían visto desconcertadas y burladas atroces meditaciones; se habían visto desvanecerse y disiparse la antigua ferocidad feudal, el añejo desprecio inexorable, lo pretendida experiencia de las necesidades de la guerra, la razón de Estado, todas las arrogantes preocupaciones de la vejez cruel, ante la mirada de los ojos azules e inocentes de los que todavía no han vivido: cosa natural, pues los que no han vivido no han hecho ningún mal, son la justicia, la verdad, el candor; y en los niños pequeños están como compendiados los inmensos ángeles del cielo.

Hugo_G_et_Jeanne_à_Villequiers       Espectáculo útil, y al mismo tiempo lección y consejo. Los combatientes frenéticos de una guerra sin cuartel habían visto levantarse en frente de todos los delitos, de todos los atentados, de todos los fanatismos, del asesinato, de la venganza que atiza las hogueras, de la muerte que llega con la tea en la mano, de la enorme legión de los crímenes, un poder omnipotente: el de la inocencia.

       Y la inocencia había vencido.”

            Aunque no siempre el idealismo triunfa

“Gauvain llegó al pie del cadalso y subió seguido del oficial que mandaba los granaderos. Allí se desciñó la espada y la dio al oficial; después se quitó la corbata y la entregó al verdugo.

       Parecía una visión celeste: jamás había estado más hermoso: sus cabellos castaños flotaban a merced del viento: no era costumbre entonces cortarse el pelo; su cuello blanco recordaba el de una mujer, y su mirada heroica y soberana hacía pensar en un arcángel. Estaba en el cadalso pensativo: aquel lugar es también una cima y sobre ella aparecía Gauvain en pie, magnífico y sereno, envuelto por los rayos del sol como en una aureola de gloria.

       Era preciso, sin embargo, atar al paciente, y al efecto acudió el verdugo con una cuerda en la mano.

       En aquel momento los soldados, al ver a su comandante próximo a ser puesto bajo la cuchilla, no pudieron contenerse. El corazón de aquellos guerreros estalló y oyose una cosa enorme; los sollozos de un ejército. Levantose un clamor general diciendo: ¡perdón, perdón! Algunos cayeron de rodillas; otros soltando los fusiles levantaron los brazos hacia la plataforma, donde estaba Cimourdain. Un granadero gritó, señalando la guillotina: -¿se reciben ahí sustitutos? Aquí estoy yo-. Todos repetían frenéticamente: ¡perdón, perdón! y aquel grito, oído por leones, les hubiera conmovido ó espantado, porque las lágrimas de los soldados son terribles.

       El verdugo se detuvo no sabiendo qué hacer”.

Ilustración_Pinkisevich_para_obras_de_Victor_HugoY aquí está ese Victor Hugo que, más allá de su espíritu de lucha sin cuartel contra la injusticia, consigue conmover en la inocencia.

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura"; y, mi última publicación: "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera".
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