“Emilio Salgari”

Fragmento de Juan Valera y Oriente. Miscelánea de textos orientalistas

Emilio Salgari (1862-1911) ha pasado a la historia de la narrativa como el creador de una serie de personajes que sirven como arquetipos heroicos, fundamentalmente dos: El Corsario Negro y Sandokán; el resto de su obra, tan numerosa, contiene otros ejemplos que sirven para nuestros propósitos. Emilio Salgari recorrió todos los tópicos del orientalismo, desde la novela de carácter arqueológico como en Cartago en llamas (1908) hasta el antiguo Egipto en La hija del faraón (1906); la rebelión del Mahdi en el Sudán, en La favorita del Mahdi (1883); la guerra ruso-japonesa en La heroína de Port Arthur (1904) o el Sáhara como un desierto sumamente peligroso, con sus ciudades sagradas a las que los cristianos tienen vedado el acceso, Los bandidos del Sáhara (1903); o los momentos anteriores a la batalla de Lepanto en El León de Damasco (1910) con sus dos protagonistas, el León de Damasco, un musulmán convertido al cristianismo, y su esposa, conocida como Capitán Tormenta.

Al principio de esta última novela leemos la siguiente descripción del personaje femenino: “Era muy hermosa y tendría unos veinte años; alta, esbelta, de ojos negrísimos que resaltaban bajo largas cejas bellamente delineadas, de boca pequeña con rojos labios semejantes a cerezas maduras y el cabello larguísimo y suelto, de color ala de cuervo. En su semblante, aunque con una perfección de rasgos casi griega, había cierta dureza y energía que denotaba al momento a la mujer turca cruel, siempre, en el fondo, por haberla acostumbrado a ello los sultanes de los siglos XV y XVI. Al estilo de las mujeres notables turcas de aquel tiempo lucía elegantes calzones de seda blanca recamados en oro, amplios y acuchillados para que pudieran verse las piernas, jubón de verde seda orlado de plata y grandes perlas de extraordinario valor por botones. Su cintura la ceñía una ancha faja de rojo brocado, anudado por delante con un gran lazo que le alcanzaba casi hasta los pies, calzados con escarpines de punta torcida hacia arriba y de cuero carmesí con adorno de oro” (Salgari 1984:5). Un claro ejemplo de esa interpretación de la mujer turca de serrallo tal y como es retratado en la imaginación europea del orientalismo. Junto a este, otro retrato de un hombre, tal y como leemos en Las águilas de la estepa (1907); novela cuya acción se desarrolla en la frontera entre Turquía y Persia: “Un joven de estatura algo superior a la media, de tez amarilla, pálido y de rasgos delicados, cubierto con un suntuoso ropaje entre georgiano y persa, lleno de calados de oro en su casaca y en sus amplios pantalones de seda blanca, y un soberbio pañolón de Kermán anudado alrededor de sus caderas, entre cuyos pliegues se ensartaba un cangiar con empuñadura de jaspe oriental. Sus ojos, que tenían el color y también el fulgor del acero, no poseían empero aquella mirada fiera y cristalina que se observa en casi todos los turcomanos; tenía, en cambio, algo de ambiguo, de falso, que producía cierto malestar a quien tenía que sostenerla algún rato. Por otra parte, sus facciones duras, angulosas, estaban muy lejos de tener aquel hermoso óvalo que se observa entre los descendientes de los antiguos persas; su nariz, en efecto, era muy curva y la boca bastante amplia de labios muy delgados, con la expresión de una media sonrisa totalmente sincera” (Salgari 1987:11).

Sin embargo, el héroe que más renombre ha dado a Emilio Salgari ha sido Sandokán, que apareció en libro en 1900 en Los tigres de Mompracen, anteriormente publicada por entregas en La Nuova Arena, con el título de El Tigre de Malasia. Esta novela originará todo un ciclo que se desarrolla entre Malasia y la India, con títulos como Los misterios de la jungla negra (1895); Los estranguladores del Ganges (1897); Los piratas de Malasia (1896). Se podrían escribir páginas y más páginas sobre la presencia de Oriente en la obra del escritor italiano, quede para otro momento; pero sí que podemos hacer unas referencias de carácter espacial como ejemplo del escenario tópico del exotismo orientalista. En la novela El rey de la montaña (1895); que transcurre en el Oriente medio, en los territorios que pertenecieron al Imperio Persa, leemos la siguiente descripción de la ciudad de Teherán: “Entre las maravillas que allí se pueden contemplar está el palacio real, que ocupa con sus jardines una cuarta parte de la ciudad, espléndido con su arquitectura verdaderamente oriental, soberbia por la riqueza de sus adornos y de sus mármoles, único tal vez en el mundo por el lujo de sus salones. Sobresalen los jardines reales, las mezquitas con sus altas cúpulas doradas y los atrevidos minaretes que lanzan a alturas de vértigo sus finas columnas, desde cuyas cimas, al amanecer y al atardecer, los muellah, con el rostro vuelto hacia La Meca, la ciudad santa del pueblo musulmán, recitan a los creyentes los primeros versículos del Libro Sagrado: Bismallahir-rahmanair-rahim (que resuene mi palabra en el Nombre de Dios, Santo e Inexorable); ¡La illah il allah! Muhamed rassoul allah! (No hay otro Dios fuera de Dios, y Mahoma es su Profeta)” (Salgari 1987b:25).

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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