MUSHIN

Un concepto

Cuando un principiante comienza a desarrollar un arte que -con el tiempo, perseverancia y buena fortuna- puede llegar a ser su arte, las acciones que realiza las hace de una manera natural, sin saber muy bien su finalidad, pero logrando un cierto resultado. La misma fuerza con la que la mano de un niño se agarra al que siente como su asidero más sólido; la misma libertad con la que se suelta al verse seguro; así son los movimientos del principiante. Eugen Herrigel, en su magnífico El zen en el arte del tiro con arco, lo explica, aplicándolo a las artes marciales. Cuando la práctica comienza a ser conceptualizada, se pierde la frescura, la fuerza y la capacidad para llegar al blanco de aquello que se ansía. Viene entonces el decaimiento, que puede acabar en el abandono si no se tiene la paciencia suficiente como para ir encontrando pequeñas señales que marcan el camino, el Dô. La sensación de que nada se hace bien puede llegar a ser abrumadora. Y así hasta que se adquiere un grado de maestría; es entonces cuando se recupera la naturalidad del principiante, la actuación ya no requiere del pensamiento; cuerpo, mente y espíritu actúan como uno solo.

Para llegar a este punto hay que liberarse del pensamiento que transforma todo en conceptos. Así es como se trasciende la fase de aprendizaje, que, en su momento, fue necesaria. Tal actitud, que es Mushin, se logra en situaciones de combate o en demostraciones que requieren de una concentración total. Aquellos que hayan tenido que pasar por un embu –una demostración pública- o por un examen –y todos lo hemos vivido- habrá experimentando esa sensación previa de la mente en blanco; todo se ha olvidado y parece nacer un cierto miedo al fracaso; la presión de quedar mal es un peligro al que todo practicante de Artes Marciales debe enfrentarse, esa es su mayor lucha, y la victoria de realizar aquello para lo que se ha preparado durante años y años. Mushin está en ese no saber qué hemos hecho mientras en el centro del tatami hemos desarrollado nuestro kata ante unos ojos expertos que nos juzgan o ante un público al cual hay que transmitir la pureza de un arte que no está en el hecho de ser eficaz a la hora de matar.

El concepto de Mushin es muy utilizado en la filosofía zen. Daisetz T. Suzuki, en su Zen y cultura japonesa –otra de esas obras que deberíamos estudiar en detalle- lo define así:

“Una mente inconsciente de sí es una mente que no está en absoluto perturbada por sentimientos de ninguna clase. Es la mente original y no la engañosa, que está atestada de sentimientos. Siempre fluye, nunca se detiene ni se convierte en algo sólido. Cuando no tiene discriminación que hacer, ni preferencia afectiva que seguir, llena completamente el cuerpo, penetrando cada parte del mismo, sin estacionarse en ninguna. No es nunca como una piedra o un trozo de madera. Siente, se mueve, nunca descansa. Si puede encontrar un lugar cualquiera de descanso, es que no es un estado mental de no-mente. La no-mente no guarda nada para ella”.

De ahí esa sensación de un vacío temporal, que en realidad es un fluir con el mundo, cuando nos entregamos plenamente a la práctica del arte.

En algún momento, el concepto de Mushin también ha sido asociado al de intuición, no entendida como una cierta capacidad adivinatoria, sino como la gestión de toda la interioridad acumulada en un inconsciente que almacena todas las experiencias vividas, sin necesidad de filtrar la acción desde la lógica de la memoria, liberándose del yo, liberando la mente hacia una vacuidad que permite el acceso a la plenitud.

Para lograrlo, como todo lo que acompaña a la práctica del arte marcial, sólo cabe la repetición desde la sinceridad más absoluta y desde la inocencia del niño que se agarra a ese punto fuerte con una seguridad total. Ahí está el maestro.

A ellos, y a dos en concreto que marcan mi camino en esa búsqueda dedico mis palabras.

A vosotros:

Shihan Antonio Gutiérrez (Iaido)

Shihan Javier Sánchez (Karate)

Sensei Héctor Lahoz (Karate)

En el último libro de cuentos de Haruki Murakami publicado en español, El elefante desaparece, en la narración “Silencio”, en palabras de su protagonista, un veterano practicante de boxeo leemos:

Una de las cosas que más me gustó del boxeo desde el principio fue su profundidad. Eso me atrapó. Comparado con eso, golpear o recibir golpes no me importaba nada. No era más que el resultado. Se puede ganar o perder, pero si llegas al límite de esa profundidad, perder no importa porque nada puede herirte. De cualquier modo, no siempre se puede ganar y en algún momento hay que perder. Lo más importante es llegar al fondo. Al menos para mí eso es el boxeo. Cuando participaba en un combate me sentía dentro de esa profundidad, en un agujero inmenso, tan lejos que no podía ver a nadie, donde nadie podía verme a mí. Luchaba contra la oscuridad. Lo hacía solo, pero no triste. Aunque se trate de soledad, hay muchos tipos distintos. Esta es la trágica y dolorosa que corta y rasga los nervios, y hay también otra muy distinta. Para llegar ahí uno debe rasgar su cuerpo, pero si supera el esfuerzo, recibe la compensación. Así entiendo yo el boxeo

Una buena explicación de ese concepto del que hemos tratado.

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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