INTERMEDIO EN EL SANATORIO.


(CASTEL D’ANDORTE, 1901)

-No era nadie. El agua. -¿Nadie?
¿Qué no es nadie el agua? -No
hay nadie. Es la flor. -¿No hay nadie?
Pero ¿No es nadie la flor?
-No hay nadie. Era el viento. -¿Nadie?
¿No es el viento nadie? -No
hay nadie. Ilusión. -¿No hay nadie?
¿Y no es nadie la ilusión?

Juan Ramón Jiménez.
Jardines lejanos.

Había mucho ruido en el exterior.

Pensaba que había mucho ruido fuera de aquellos muros.

Varios meses atrás recorrió el solitario camino con unos pocos árboles perdidos en la inmensidad del prado, aparecidos entre los jirones de una niebla invernal. El sendero llegaba a aquel claustro que parecía contener en su interior la tranquilidad, el silencio buscado durante tanto tiempo.

Ahora ya era primavera, la podía sospechar por los retoños en las ramas.

Había averiguado que, en realidad, aquel ruido no era del mundo exterior, estaba en su propia cabeza, y sólo podía acallarlo en compañía de otros, principalmente junto al doctor Lalanne, o escuchando a otros que estaban locos; él no lo estaba, simplemente no podía cesar la voz que continuamente le recordaba que era mortal, que iba a morir y que la oscuridad descendería vertiginosamente, como un hachazo, en el momento más inesperado.

Sin ninguna duda. Ya estaba llegando la primavera, aunque en aquellas tierras del norte era esperada durante más tiempo. No sucedía lo mismo en su tierra, en su pueblo blanco de Huelva, en Moguer adonde los almendros silvestres se vestían como novias ya a finales de febrero, anunciando la paz que acompañaría a la primavera, temprana vencedora del invierno, el cual no se hacía odiar en demasía por sus inclemencias. No era aquella tierra de Francia fragante como los naranjos que regalaban su aroma a aquel que se dejase acariciar por la suave brisa que todo lo llenaba.

Pero aunque aquella no fuese su tierra, ahora se encontraba bien; podría estar mejor si esos ruidos que martilleaban desde dentro sus tímpanos, se acallasen un momento; sólo pedía unos instantes de paz, que aquella voz que rugía en susurros cesase; y no lo conseguía.

Alguna vez tenía la sensación de que el ruido, las voces, las continuas y odiadas compañías habían desaparecido; esto sucedía, sobre todo, cuando el viento que llegaba desde las montañas todo lo arrastraba, por eso le gustaba ponerse en camisa, asomado al balcón de su habitación, más parecida a una celda monástica, y dejar que el frío cierzo le arrastrase del cuerpo todas las impurezas y las llevase hasta un lejano rincón donde no podrían volver a ensuciarle, a molestarle con esa incómoda sensación de angustia, de culpa por algo de lo que en los momentos de felicidad no se sentía culpable.

Pero pronto, bastaba una ruptura en el soplar del viento, volvía esa voz y entonces, lleno de espanto llegaba a la conclusión de que ella siempre había estado allí, de que las palabras pronunciadas en el susurro interno no le habían abandonado, todo había sido una ilusión. El viento, más clemente que él mismo, con su rugido compasivo le daba esos fugaces instantes de felicidad, gritando más fuerte que los susurros, apagando las palabras que una y otra vez le seguían recordando que era mortal, que iba a morir y que la oscuridad descendería sobre él, inundando toda claridad, apagando hasta el más lejano punto de luz que le pudiera salvar. Y cuando esto sucedía, le invadía de nuevo el terror, como aquella noche en la que llevado por un miedo feroz, insoportable, había llegado hasta la casa del médico que le acompañaba en sus pesadillas, y como un perro que pierde las fuerzas y toda esperanza se había tumbado junto a la puerta de la casa, aguardando que llegase el final sin una agonía muy larga, o el amanecer que supondría haber vencido otra vez las tinieblas y haber recuperado una vida que ya no merecía la pensa seguir viviendo.

Pero ¿era cierto todo aquello que a veces pensaba? 

¿Era verdad eso que le invadía en los momentos de terror y le hacía negar la existencia, la utilidad de la existencia, la belleza que conlleva el seguir vivo cada mañana, contemplando con el amanecer una gama de colores que desde lo más sordo y mate llegaban a alcanzar un brillo que a veces le hería hasta lo más profundo? ¿Recorrer con la mirada cada trazo en el perfil de un árbol dibujado frente a la luz de sol naciente un día de otoño? ¿Sentir la emoción que le hacía bullir las entrañas cuando en una tarde del final del verano, tras varios días de lluvia contemplaba cada gota deslizándose hasta el extremo de cada hoja, reflejando un mundo primigenio desde un cielo pulido? En momentos como esos se sentía un nuevo Adán, descubridor de la creación, con un mundo a su alcance que todavía no había sido nombrado, que le pertenecía en su esencia, pues de él eran los sustantivos todavía no pronunciados. Un Adán que se extasiaba en la visión de un mundo vislumbrado en la mirada de la rosa tras una palpitante gota; y en ese contemplar perdía el universo, o lo ganaba, todo era lo mismo.

Desde luego no estaba seguro de nada, y menos cuando aquella hipocondría suya le alteraba el ritmo cardiaco hasta unos límites que le hacían alcanzar lo insufrible.

Al término de esas crisis, cuando agotado se tumbaba en la penumbra de su habitación, en su cabeza las palabras producían imágenes tan bellas que en algún momento pudo llegar a decir que nunca un dios tuvo más sustancia que la que él mismo sentía latir en su interior.

En esos momentos se sentía como la más poderosa de las ideas, y frenéticamente agarraba su pluma, y una tras otras iban surgiendo y encadenándose las palabras, y en esos momentos entendía el motivo por el cual Dios había creado al ser humano y le había dotado de una esencia tan similar a la suya para acabar con su soledad; por ello, por muy solitario que estuviese el hombre siempre tendría la posibilidad de dirigirse a su igual que, al fin y al cabo, estaba tan solo como él, situado en un espacio tan infinito que no lo contenía ninguna frontera ni horizonte.

Todas esas palabras, todos esos poemas que iban surgiendo reposaban en lo alto de su escritorio, encerrados en un cartapacio de cuero que era abierto en los días de lluvia. Con la ventana de su habitación de par en par se dejaba impregnar del rítmico golpeteo de las gotas en el barandal del balcón e intentaba forjar aquellas palabras con el mismo ritmo que escuchaba en el exterior; y todo era volver una y otra vez sobre los mismos versos que tan preciosos le habían parecido en un primer momento, pero que ahora no conseguían expresar un ritmo tan natural, tan puro que cualquier golpe de cincel sobre el más mínimo sonido habría destruido la obra, como sucede con la esmeralda cuya belleza pura, serena, salvaje y natural nos subyuga.

Los últimos días de lluvia de principios de mayo fueron dando paso a un cielo azul, limpio de toda impureza, lavada por las aguas que abundantemente corrían ahora por arroyos cuyos cauces se vestían de flores blancas.

Y en aquellos días todo era calma.

Casi sentía que los sonidos de su interior  habían cesado.

Pasaba horas y horas en el despacho del doctor Lalanne, ojeaba un libro tras otro. Hasta allí habían llegado las nuevas ideas de una psiquiatría que respetaba al enfermo, al llamado, por una sociedad desconocedora de su parte de culpa en las penas de los otros, loco.

Y él estaba allí.

A veces se planteaba si era un loco. Nada extraño encontraba en sí mismo, si no fuese por esa voz que una y otra vez volvía a recordarle que era mortal, que iba a morir y que caería en un abismo de oscuridad sin fin con la misma sensación que acompaña los sobresaltos previos al sueño, cuando un imprevisto escalón nos hace caer y nuestra espalda no encuentra el suelo salvador sino un infinito vacío.

Estaba allí; aquel lugar era el sanatorio de Castel d’Andorte, y le gustaba mirar el paisaje que se observaba desde el claustro de la segunda planta. Todas las habitaciones de los enfermos (pero él no lo era) comunicaban con ese claustro. Por él, en los días desapacibles de lluvia, cuando no era posible pasear por el jardín cercado en la parte posterior al pabellón, se veían pasar muchas miradas perdidas, pasos que no llevaban a ningún lugar, cuerpos que vagaban sin destino, pues tampoco pretendían alcanzarlo, tampoco eran conscientes de la existencia de ese destino, no eran conscientes de nada; vagaban; daban vueltas al claustro una y otra vez, y la lluvia marcaba un ritmo hipnótico a sus pasos.

Desde luego que le gustaba contemplar aquel paisaje del patio en la primavera. Un patio repleto con los más variados colores, con unos marcados espacios contenidos entre macizos de arrayán que después de la lluvia despedían un aroma tranquilizador.

Mirando y escuchando el agua que corría por cinco canalillos desde la fuente central, todas las sensaciones desagradables desaparecían. Ese estrepitoso negror que bullía en su oído izquierdo era ignorado. Las virtudes salutíferas de las aguas que corren. Podía estar mirando una de aquellas acequias horas y horas, y se embebía de tal manera que cada onda de las aguas, cada breve cresta de la corriente, cualquier movimiento de las espigas musgosas que crecían en la orilla y cada hoja que descendía, era una alegría para los sentidos. Sí, el espacio siempre era el mismo, pero con el discurrir del agua todo era distinto.

Una noche cuando ya el aire no quedaba tan frío como para ser desapacible, decidió asomarse desde el claustro hasta el jardín. Quería sentir el discurrir de las aguas sin necesidad de verlo. Escuchar sin mirar.

Se acodó en el pasamanos de la balaustrada, mirando hacia la fuente que manaba desde lo profundo de la tierra. La luna arrancaba ligeros destellos de las ondas. Y aquello que tanto le gustó se transformó en una imagen horrorosa que durante unos instantes le mantuvo paralizado.

¿Cómo era posible que algo como aquello, simplemente por una presencia desconocida, se transformase en la viva imagen de la inquietud?

Aunque la visión le aterrorizaba era incapaz de dejar de mirar. Y allí, junto a la fuente, iluminado por breves destellos arrancados como chispas del fondo de las aguas, se encontró a sí mismo. Pero él ya no era él. No se sentía reflejado en aquella figura vestida de luto, con un negro más intenso que la misma noche; con una barba gris que parecía desmentir la edad que ahora tenía. 

Aquella misma mañana se había mirado en el espejo y su barba era negra. Necesitó recordarlo, porque sentía que aquella enlutada figura que le contemplaba desde el centro del jardín era él mismo, cuando nada compartían.

En un momento de debilidad de tan fascinante visión consiguió arrancarse del barandal que le separaba mínimamente del vacío; y corrió hacia su habitación, tropezando donde sabía que no existían obstáculos, palpando las paredes, encontrando entre sus manos pomos que no eran los de su puerta. Con una profunda palpitación en su pecho, en sus sienes, consiguió, por fin, encontrar su lugar; pero bajo la temblorosa luz de un quinqué, lo único que vio fue una realidad que le resultó ajena. Aquel espacio ya no era sentido como propio, algo había cambiado y no sabía qué, pero algo era distinto y le aterraba.

Ferozmente se arrojó sobre su cama, tapó sus ojos con las manos como si la luz de la breve llama le quemase en los párpados; quería gritar pero no podía.

A la mañana siguiente despertó con la sensación de que habían pasado varios días. La luz que se filtraba desde unas iridiscentes cortinas iluminaba en tonos apagados una realidad de la que volvió a sentirse poseedor absoluto.

Tambaleándose y con un extraño sabor en su boca llegó hasta el aguamanil con espejo, donde cada mañana realizaba sus abluciones.

Miró su reflejo y volvió a encontrarse a sí mismo. Y supo que la noche pasada ya había sucedido. Y en su barba negra se reconoció y para asegurarse de que aquello era la realidad, pronunció varias veces su nombre, esperando conjurar con ello lo que no sabía si había sido una pesadilla o la realidad.

Y el espejo le devolvió el eco de su propia voz nombrándose.

-Soy yo.

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About lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera", "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera", La gran conquista de ultramar, versión modernizada en cuatro volúmenes.
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