Mircea Eliade habla de un libro titulado Bergbüchlein, alemán, publicado en 1505 en Augsburgo, aunque es anterior al siglo XVI; Agrícola, en su obra De re metálica (1530) atribuye el Bergbüchlein a Colbus Fribergius, que fuera médico en la ciudad de Friburgo y ejerció entre los mineros; este autor interpreta el trabajo de estos desde los principios de la alquimia, transformando de esta manera el oficio en una acción de carácter transcendente. Se trata de una obra oscura desde un punto de vista de la interpretación. En 1890, el Bergbüchlein fue traducido en el Journal des Savants por A. Daubreé, el cual utiliza la forma del diálogo entre Daniel, un conocedor de las tradiciones mineralógicas, y un joven aprendiz de minero. En el texto se recuerdan ciertas creencias medievales, pretecnológicas y precientíficas, según las cuales los minerales son engendrados desde la unión de dos principios que son el azufre y el mercurio, posteriormente fundamentales para el desarrollo de la alquimia teórica y ocultista; también trata de la influencia en la generación de los metales de los planetas (plata-luna, oro-sol, cobre-venus, hierro-marte, plomo-saturno).
Desde la necesaria presencia de un genitor y de una materia con capacidad receptiva se analizan las bases de la mineralogía desde una teoría erótica de la que no está alejada parte de la interpretación que sugiero de la obra de Álvaro Mutis. Esta tradición que ve a la tierra como capaz de una fertilidad mineral procede de la cosmología y de la astrología babilónica, aunque se puede retrotraer hasta fases pre-intelectualizadas de la prehistoria. Desde estos valores mitológicos, que también son simbólicos, se llega a la afirmación de que son los dioses o los seres divinos los únicos que disponen de la auténtica autoridad como para mostrar a los humanos el emplazamiento de una mina. Por todo ello, el ambiente de cierta extrañeza que acompaña en todo momento la labor en las profundidades de la tierra de Maqroll el Gaviero.
El adentrarse en las profundidades terrestres, implica el necesario sacrifico que apacigüe a los espíritus protectores de la mina. La tierra es un ser vivo, de hecho, los minerales o las piedras preciosas son el resultado de un proceso evolutivo. Tal contacto con una energía viva y trascendente supone el compromiso de respetar numerosos tabúes por parte de aquellos que van a trabajar en la mina. Entre ellos, la necesidad de una cierta pureza ritual conseguida mediante el ayuno, la meditación, la oración y el culto.
Al fin y al cabo, al adentrarse en las profundidades de la tierra se entra penetrando en un territorio peligroso por lo sagrado, que como tal debería permanecer inviolable; porque no es el paisaje de lo cotidiano humano, en palabras de Eliade, la “sensación de inmiscuirse en un orden natural regido por una ley superior, de intervenir en un proceso secreto y sacro”. Por ello es necesario tomar todas las precauciones necesarias para cruzar este pasaje en el que prima lo misterioso, habitado por seres fantásticos y emisor de epifanías que pueden llegar a destruir a quien no ha llegado hasta tal frontera debidamente preparado y aceptado.
Lo peligroso de adentrarse en un territorio regido por unas normas diferentes a las de la vida cotidiana exige un sacrificio propiciatorio que tal y como señala Mircea Eliade puede ser humano (un feto), simbólico (uñas, cabellos) o de sustitución (animales). Maqroll está a punto de ser castigado por no cumplir ese sacrificio que le exige Antonia, que la haga madre. Así su intento de holocausto se cubre de un sentido simbólico perfectamente asumible en un mundo como este en le que vence la violencia. El sacrificio primordial viene a remorar, como si fuese un necesario balance (de balanza) el origen que tiene lo metálico, la tierra en general; la cual, según la mitología mesopotámica, tiene su origen en lo sobrenatural de un Dios que ha sido inmolado.
El alfarero, el metalúrgico, el chamán, representados, de alguna manera, en la locura de Antonia, están relacionados, a modo de comunidad, en la utilización que hacen del fuego (y este, desde sus orígenes, está relacionado tanto con el fiat lux del Génesis como con el mito de Prometeo). Otro detalle en el que fija su atención Mircea Eliade, en Herreros y alquimistas, es la representación de lo secreto en las hechiceras de los pueblos arcaicos, dueñas del fuego que encendían entre sus muslos para ocultar un poder, que era más físico que mágico, a los ojos de los hombres (la ocultación de ciertos conocimientos supone el poder ante el ignorante); así sucedía en la era del matriarcado. Esta relación con elementos tan poderosos como el fuego mágico, o con lo oculto y sacro puede conducir a la insania que sucede en Antonia, acrecentada por el deseo de plenitud amorosa más allá del erotismo carnal.
El mito del herrero primordial en algunas culturas asimila al maestro del metal en sus orígenes a Prometeo. El Herrero celestial también es un héroe civilizador, tan bendecido como el que enseña la agricultura, que es la capacidad de sobrevivir más allá de la naturaleza salvaje. Este es el motivo por el que el herrero desempeña una función tan importante en la tribu; no olvidemos que no sólo cumple una misión de forjador, sino también de minero; tanto en una como en otra está relacionado con la sacralidad del metal, del secreto de la tierra.
Por un lado, sacrificio, contenidos de raigambre iniciática que, de un modo u otro, conducen a una cierta idea de la muerte, necesaria para el renacimiento; por otro, solidaridad entre la materia física y el cuerpo psicosomático. La erótica contenida en Amirbar bien podría interpretarse como esa práctica del que pretende dominar, en sentido de subyugación, la materia; así en el caso tanto del tantrismo como de la alquimia que se adentran en el secreto de lo sacro sin apartarse del mundo, como corresponde al asceta, algunos de cuyos rasgos definidores podrían encontrarse en Maqroll el solitario (aunque en él lo que vemos es la voluntad de separarse, tal y como define esta al desesperanzado). La búsqueda en la tierra, el contacto con lo secreto y la relación con el cuerpo femenino que, en el caso del yoga, equivale a Prakrti, la Diosa primordial revelada, según lo tántrico, en la mujer desnuda.
Una de las principales fuentes de la alquimia en su sentido ocultista o de trabajo interior, se encuentra, aunque lejanamente, emparentada con la relación del ser humano primitivo con las labores de la mina, de la metalurgia, o transformación del mineral. Las tres no dejan de ser un proceso que origina una transformación radical en la materia. De ahí la consideración de estos oficios desde un ministerio sacro, que también se encuentra reflejado en otras ocupaciones de la humanidad, aunque sólo sea desde la creación de una mitología; así en la agricultura, en la alfarería y en tantas otras artesanías.
Aunque desde la modernidad se ha perdido, en favor de la técnica, el contacto con la sacralidad de la materia, esta sigue viva cuando el artesano o el campesino recuperan la seriedad que supone el respeto hacia aquello que están realizando; también en la experiencia estética que indaga desde la materia (las palabras lo son, de igual manera) hacia la transcendencia que implica adentrarse en la mina más fructífera que es el interior del uno mismo. Es por esta razón por la cual se perciben ciertas resonancias en textos como Amirbar. Esta experiencia estética también puede estar en la contemplación de la naturaleza (tal y como sucede en muchos momentos de las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero como en la poesía de su autor). Al fin y al cabo, para el ser humano arcaico, el cosmos es una hierofanía y, por lo tanto, la existencia humana estaba sacralizada y el trabajo era una liturgia. Hoy, que se ha perdido incluso la reactualización de tal mirada con las iniciaciones y los ritos de paso características de las sociedades premodernas, la poesía es una de las pocas posibilidades subyacentes que permiten tal transcendencia.


























