GABRIEL VELÁZQUEZ DE CASTILLO

AUTOR DE UN LIBRO DE CABALLERÍAS

(Clarián de Landanís, 1518)

Antonio JGG

Algunos fantasmas de la historia literaria pueden llegar a ser familiares, pues hacemos propia la aventura de recuperar una vida cuyos rasgos han ido desdibujándose con el correr del tiempo.

            Retomo en estas páginas los datos de un autor del cual poco más de los que trasmite su propia obra son conocidos; y es muy posible, incluso, que estos correspondan en buena mediada a tópicos literarios.

            La única noticia incuestionable que podemos plantear: Gabriel Velázquez de Castillo es el autor del Libro Primero de la Primera Parte del Clarián de Landanís, una obra que desde hace años considero fundamental para entender la evolución del género de las caballerías en el mundo hispánico. Vayamos, pues, otra vez, a ello.

            En la cédula de tasa que acompaña a la edición de Clarián de Landanís de 1518, Gabriel Velázquez es identificado como vecino de Guadalajara. En el fragmento previo al prólogo, su nombre se verá completado como Gabriel Velázquez de Castillo. De estas piezas preliminares a la narración podemos extraer un par de testimonios seguros: el nombre de su autor y que era vecino de la ciudad de Guadalajara, lo cual tampoco nos da una certeza absoluta de que naciese en esta ciudad. A lo largo de su obra, La Historia del muy noble y esforçado cavallero don Clarián de Landanís, hijo del rey Lantedón de Suecia –según la portada del libro-, su autor nos presenta tanto explícita como implícitamente algunos datos sobre sí mismo.

            A juzgar por sus palabras, Gabriel Velázquez, cuando escribe esta historia, es un autor joven; así, en el capítulo XCI, poco después de que don Clarián derrote a Candramón, el narrador –perfectamente asimilable a la realidad del autor- dirige un discurso moral al receptor de la obra (no afirmaremos si al concreto Charles de Mingoval, o al lector general); en él leemos:

“No solamente aquello que por mi simple discreción aquí se dixesse, mas aún todo lo que de más que dezir se podría por aquéllos a quien su gran sciencia, sabiduría e ancianidad, con más derecha razón y mayor auctoridad les es dado hablar de semejantes materias que a mi flaco juizio y juvenil hedad, tan despojado de todo esto, que me es más conviniente oír y aprender las tales doctrinas de otros que meterlas en escripto”.

rostro             Dos elementos me llaman la atención en este fragmento.

            El primero; considera que hay personas con más sabiduría y ancianidad, afirmación que sería perfectamente asimilable al tópico de la falsa modestia. El segundo, en la misma línea que el anterior: el flaco juicio y la juvenil edad. Consultemos el Tesoro de la Lengua Española o Castellana de Sebastián de Covarrubias; leemos (en la entrada Edad): “la vida del hombre se divide en siete edades: niñez, puericia, adolescencia, juventud, virilidad, vejez, decrepitud” y (entrada Joven) “decimos joven en lengua española antigua, y cortesanamente, mancebo”, lo cual equivale a mozo soltero. A la juventud de Gabriel Velázquez de Castillo podría aludir también lo que leemos en el capítulo L:

“e comoquiera que la tal opinión como ésta, en mi pequeño entendimiento, así se assiente, yo lo remito al juizio de otros que como mejor acuchillados, más experiencia de ello ternán”.

El narrador está mostrando su opinión referida a un hecho de armas, en ella descubre que no es gran conocedor práctico del uso de las armas, pues el significado de “acuchillado” (y recurrimos nuevamente al Tesoro de la Lengua Española) está relacionado con lo siguiente: “del bien acuchillado se hace el buen cirujano, porque ninguno está tan bien en la teórica de las cosas como el que prácticamente ha pasado por ellas; y así mal dirá su parecer en el consejo de guerra el que en su vida vio espada desnuda ni arrastró pica”.

            Bien podrían ser tenidos en consideración estos datos surgidos involuntariamente de la identificación del autor con el narrador en una época en la que la narrativa no había alcanzado todavía la separación que se logra en la literatura moderna, cada vez más cercana, cuando no anunciada, en este mismo género de los libros de caballerías.

Castillo de los condes de Gante            Todos estos calificativos con los que Gabriel Velázquez de Castillo se describe, bien podrían ser una elaboración ficticia acorde al tópico de la falsa modestia, en un momento en que se está dirigiendo hacia el receptor directo de la dedicatoria de la obra: Charles de Mingoval, o Carlos de Lannoy, señor de Sanzela y Gran Caballerizo del rey Carlos I. De alguna manera, Gabriel Velázquez, con estos datos, se está descubriendo ante el Caballerizo del Duque de Borgoña como un joven que no tiene la experiencia que es de esperar en un hombre de 35 años (Carlos de Lannoy había nacido en 1482), ni mucho menos estaría tan experimentado en armas como el señor de Sanzela, que siendo noble, de los más importantes de la corte borgoñona, sería un buen conocedor del uso de la armas, oficio de todo miembro de la aristocracia.

            De La Historia del muy noble y esforzado caballero don Clarián de Landanís, se pueden deducir otros datos referidos a la personalidad de Gabriel Velázquez de Castillo. A ellos nos vamos a ceñir en el intento de conocer un poco mejor la personalidad de este autor. Fue un buen conocedor de la Historia, especialmente del Imperio Griego, el cualBudapest alcanza un protagonismo especial en su obra; este saber le lleva a hacer alarde cuando  resume la genealogía de los emperadores bizantinos, un dato que no posee al tratar del Imperio Alemán. Por lo que se refiere a la utilización de los nombres geográficos, el autor está bien informado de la topografía de Alemania, aunque la descripción de los paisajes se ciñe a las características de toda geografía ficticia, según el canon de los libros de caballerías. Gabriel Velázquez, además, es un buen conocedor de la mitología, lo cual se refleja en la presencia central de un mito como el de Hércules. De todo ello deducimos que está formado en el saber clásico; así lo confirman también las alusiones a distintos personajes de la antigua narrativa griega y a los de diversas ficciones caballerescas (todos ellos aparecen en el episodio de la Gruta de Ércoles).

            Detengámonos con un cierto detalle en la dedicatoria de Gabriel Velázquez a Carlos de Lannoy.

            Carlos I llega a España acompañado de su corte flamenca el 17 de septiembre de 1517. ¿No es una fecha muy cercana a la que marca el colofón de la obra como término de impresión? Dice así: “acabose a quinze días del mes de noviembre. Año del nascimiento de Nuestro Salvador Jesuchristo de mil y quinientos y diez y ocho años”; ocho meses más tarde de que fuese concedida la cédula de tasa, documento de carácter legal y contenido económico del que obligatoriamente debían disponer aquellos libros que habían de ser impresos. Éste, en concreto, está firmado por Francisco de los Cobos, miembro del Consejo Real de Castilla, el 18 de marzo de 1518.

            Ante tales dataciones caben dos posibles explicaciones. La primera de ellas, lógica aunque poco verosímil. La otra más sugerente y probable.

            Vayamos a la primera. Las dedicatorias se escriben cuando un autor considera que ya ha terminado su obra. Así pues, perfectamente desde un desarrollo cronológico, Gabriel Velázquez de Castillo tuvo oportunidad de conocer a Charles de Mingoval al poco de la llegada a Castilla de la Corte Flamenca. ¿Por qué es poco verosímil? Porque, en este caso, serían difíciles de explicar las intercalaciones de tono moral que aparecen a lo largo de la obra.

            La segunda; de alguna manera, Gabriel Velázquez de Castillo entró en contacto con la corte de Malinas con anterioridad a que Carlos I realizase el viaje a España en 1517; es decir, el autor estuvo en los Países Bajos y allí conoció a Carlos de Lannoy. Las circunstancias históricas que por esos años se estaban viviendo en la Península Ibérica harían posible este contacto, ya que hubo un intercambio continuo de personas entre España y Borgoña donde residía el heredero de la corona de Castilla, ante la insania declarada de doña Juana I, madre del príncipe Carlos de Gante. Gabriel Velázquez pudo haber estado relacionado con los grupos de letrados y artistas cuyas vidas giraban en torno al palacio del duque del Infantado de Guadalajara, uno de los aristócratas más destacados de la corte hispánica.

Guadalajara-005

            El ideal borgoñón, que implica una especial visión del mundo caballeresco, es patente en el Libro de don Clarián de Landanís. De la misma forma, la presencia de Hércules en el texto, ejemplificada de una manera muy clara en la importancia que tiene en la trayectoria vital del héroe la aventura de la Gruta de Ércoles, nos lleva a situarnos en esa misma órbita de la corte borgoñona, en la cual Gabriel Velázquez todavía estaría más en contacto con la mitología hercúlea, dada la alta estima de la que esta gozaba allí.

            Con todo y con eso, la posible presencia de Gabriel Velázquez de Castillo en la corte de los Países Bajos seguirá siendo un misterio hasta que aparezca el documento que la corrobore.

            Para toda afirmación que aquí vuelvo a lanzar, sigue existiendo su contrapartida hispánica. Así, la etiqueta borgoñona y, por tanto, su peculiar interpretación de las cuestiones que atañen tanto a la vida cortesana como al ideal caballeresco, han podido ser aprendidas por Gabriel Velázquez en Castilla. Recuérdese al respecto que el príncipe Juan de Castilla y su hermana Juana contrajeron nupcias respectivamente con Margarita de Austria y Felipe el Hermoso, ambos hijos del emperador Maximiliano I de Habsburgo y la duquesa María de Borgoña, en 1497. Tales relaciones implicaron una contaminación de los rituales caballerescos y del código cortesano de Castilla. Por otra parte, también el mito de Hércules había estado presente en la literatura y en las tradiciones españolas de la Edad Media, como en todas las grandes culturas mediterráneas. Así pues, estos datos no dejan de ser sugerentes, pero para nada son definitivos. A no ser que se valore la relación de cercanía que se expresa en los momentos en que Gabriel Velázquez de Castillo se dirige al señor de Sanzela.

            Así pues, podríamos concluir de este modo la biografía de Gabriel Velázquez de Castillo (a la espera de nuevos datos que de seguro manarán en un momento u otro desde las fuentes documentales).

            En la corte borgoñona, un incipiente autor de un libro de caballerías todavía no acabado conoce a ciertos nobles, entre ellos uno de los más poderosos, Carlos de Lannoy (Charles de Mingoval), el Gran Caballerizo del Duque de Borgoña, por eso, Gabriel Velázquez decide dedicarle su obra; con ello está entrando en contacto pleno con la corte y con su máximo dignatario el duque de Borgoña, Carlos de Gante, rey de Castilla y de Aragón desde el 13 de marzo de 1516, tras la ceremonia celebrada en la catedral de Santa Gúdula en Bruselas, y futuro emperador de Alemania.

            Carlos I, nieto de Maximiliano I, se perfila como heredero del Imperio y esto puede explicar la concepción septentrional del Libro de don Clarián de Landanís. En la obra, el centro real alrededor del cual se organiza la ficción es la Corte de Vasperaldo, emperador de Alemania. Todo esto serviría para comprender el interés de Gabriel Velázquez por señalar a una serie de personajes muy relacionados con la corte imperial histórica, así como por desarrollar toda una crónica acerca de este territorio.

Duque de Borgoña

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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