SOBRE DIARIO DE UN POETA RECIENCASADO

Algunas anotaciones a vuelapluma durante la lectura de Diario de un poeta reciencasado de Juan Ramón Jiménez

(PRIMERA)

En tren
21 de enero, madrugada

SOÑANDO

-¡No, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto por la senda

¡En sus manos
lo lleva!
No sabe lo que es, mas va a la aurora
con su joya secreta.
Presentimos que aquello es, infinito,
lo ignorado que el alma nos desvela.
Casi vemos lucir sus dentros de oro
en desnudez egregia…

-¡No, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto, por la senda.

Podría, fuerte, el brazo asirlo…
El corazón, pobre, lo deja.

La poesía de Juan Ramón Jiménez es la búsqueda de una perfección que implica, como una quête, el adentrarse hacia lo más profundo del uno mismo representado en la metáfora del ALMA QUE VIAJA –siempre el viaje es una circunstancia especial que permite el autoconocimiento- y eso (ya desde el primer momento de Diario de un poeta reciencasado) en el presente inmediato, aunque en el caso del poema al que nos referimos –“Soñando”- sea el tiempo del simbolismo onírico; de la misma forma –así en el “Saludo del alba”, pórtico del libro- el pasado es el sueño y el futuro una visión; la gran poesía es visionaria y esto se hace evidente en la creación de Juan Ramón Jiménez. Diario de un poeta reciencasado comienza como una expresión romántica del recuerdo hacia la enamorada en la lejanía. Tiempo y espacio, ambas categorías diferenciadas en la existencia concreta de cada uno de los amantes; horas y paisajes discordantes pero ambos convergen en el puro sentimiento del poeta.

“Soñando” es uno de los primeros poemas que forman Diario de un poeta reciéncasado, de hecho está fechado el “21 de enero, madrugada” en el tren que lleva al poeta desde Madrid hacia su tierra natal. Noche, invierno y sueño se superponen como una serie de elementos que contribuyen a crear una ambientación entre ensoñación, pesadilla e indagación interior –esta posiblemente tendría que localizarse en una reelaboración o recuerdo creativo de la experiencia vivida e imaginada durante el viaje en ferrocarril-. Juan Ramón Jiménez consideró estos versos los suficientemente importantes como para utilizarlos en varias de sus antologías, así en 1917 para Poesías escojidas de la Hispanic Society of America (New York); en 1922, la Segunda Antología poética (Madrid, Calpe) y en 1957 la Tercera antología poética (Madrid, Biblioteca Nueva), texto que el autor comenzó a preparar con la colaboración de su esposa Zenobia. Tal interés, por otra parte, se manifiesta en esa continua reelaboración que acompaña la producción poética de Juan Ramón Jiménez.

Sánchez Barbudo (1994) señala dos fuentes importantes que implican cambios documentados en este texto –y en otros de Diario de un poeta reciencasado-: el primero es un ejemplar de la obra corregido por el propio autor (custodiado en la Sala dedicada al poeta en la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico) con correcciones realizadas en España antes de que abandonase el país en 1936 cuando estalla la Guerra Civil –ninguno de estos cambios han aparecido en las ediciones del texto en vida de Juan Ramón Jiménez-. Otros cambios pueden localizarse en diferentes papeles, también catalogados en la Universidad de Puerto Rico; estos fueron realizados en torno a 1954 e implican numerosas prosificaciones que se explican perfectamente en ese momento de la obra juanramoniana en el que el ritmo era buscado desde la prosa (ejemplificado en Espacio) más cercana a la expresión total anhelada por él. Entre las sustituciones que experimenta el texto tenemos que destacar la clasificación de “Sueño” como “Enigma” (en el ejemplar anotado por el autor), una clara señal de la dificultad que entraña el poema, aunque también es un acicate para el lector que ha de indagar en un significado oculto en los versos –de ello pretendo ocuparme más tarde-.

En su edición, Sánchez Barbudo (1994) señala la existencia de la oscuridad enigmática de “Sueño” y valora distintas posibilidades de interpretación; éstas parten necesariamente del evento desde el cual surge el poema. Juan Ramón Jiménez viaja hacia Moguer; ahora se encuentra en el tren que le lleva desde Madrid hasta Sevilla, aunque el periplo es mucho más largo, a los Estados Unidos, en un itinerario vital que va a concluir en el matrimonio con Zenobia Camprubi. Ahora bien, ¿coincide el momento de la composición con el de la escritura? Tengamos en cuenta la continua reelaboración a la que Juan Ramón Jiménez somete sus escritos. Es posible que el viajero viese un niño que lloraba mientras que el tren se iba alejando –son muy numerosas las circunstancias que se conjuran para producir la visión desde la que se genera un poema, transustanciación de la vida misma-. Es posible que se tratase de un sueño en el duermevela del traqueteo del vagón; de ahí ese título “Soñando”. Es posible que una realidad vislumbrada desde la ventanilla del tren contaminase las imágenes oníricas. Sea una u otra, en la voluntad del poeta está el considerar que todo se genera en la realidad paralela que es el sueño.

De un modo u otro, a lo largo del poema se entiende la presencia de dos emociones contradictorias: la del temor o pena y la ilusión que supone el tener algo maravilloso. Ambas están en ese niño cuya visión origina el sueño, pero como él es una metáfora de la propia interioridad del poeta, también se encuentra en éste, enfrentado en ese mismo momento al temor y la ilusión de una circunstancia totalmente nueva que se aproxima a su vida, su boda con Zenobia. Se produce la mezcla de la alegría de la unión, pues Juan Ramón Jiménez está profundamente enamorado de la que va a ser su esposa, pero también el miedo que sugiere la posibilidad de huir. Aquí se encuentra esa hipersensibilidad casi neurasténica con la que en muchos momentos ha sido definida la personalidad del autor. El contrapunto del sexo como ilusión y como aversión a la relación carnal en su aspecto más físico; sin embargo, por esa “desnudez egregia” triunfa el deseo, la pasión cercana a esa mirada erótica que Juan Ramón Jiménez aprende de la estética finisecular y modernista, la cual alcanza su momento de esplendor en esa mujer que va desvistiéndose hasta alcanzar su plenitud al convertirse en el símbolo de la poesía desnuda totalmente poseída por el buscador de la belleza.

Desde el primer verso se hace evidente la función expresiva mediante la cual el yo poético se involucra totalmente en aquello que va a desarrollarse en el texto. Esa negación duplicada y exclamativa nos aproxima a una realidad que causa un cierto espanto manifiesto en una serie de elementos que expresan el dolor o el horror de una pesadilla: no, llorar, huir, la senda –entendida como un camino apenas vislumbrado-. Sin embargo, lo positivo también crea un cambo semántico de la maravilla: aurora, oro, joya secreta, infinito, alma, lucir, desnudez egregia. Lo maravilloso, por otra parte, se mezcla con lo físico haciendo que lo irreal se transfigure en algo real –tal y como acontece en una ensoñación, especialmente si ésta procede de un niño-, por eso aquí están unas manos que llevan, un brazo que ase con fuerza o un corazón que es calificado como pobre.

Este contrapunto produce una alternancia de sensaciones en el poema, equiparable a la dicotomía interna que vive el autor. La imagen, posiblemente real, que ha sido vista en algún momento de la travesía: el niño que llora y huye por una senda. Aunque, inmediatamente se produce la maravilla interpretada como ese infinito que va a aparecer en distintas ocasiones a lo largo de este Diario de un poeta reciencasado como anuncio de lo que llegará a ser el concepto de Eternidad, que sirve para definir el sentido profundo de la estética juanramoniana. Pero, como en un sueño angustioso, la imagen de la que se quiere huir vuelve a aparecer, por mucho que inconscientemente se reitere la negativa de ser testigo de cómo “el niño llora y huye”.

La inocencia en su fragilidad se aleja por la senda aunque el brazo, la fuerza de lo despierto, la voluntad consciente podría asirlo, detenerlo; pero el corazón, que nada puede hacer –de ahí ese calificativo de “pobre”- lo deja partir. El adulto reconoce que la niñez, con su tesoro de infinito, tiene que huir hacia un destino que bien podría ser el mismo al que el poeta ahora se acerca.

El tesoro que el niño posee es ignorado, pero el alma, al abandonar el territorio de la ilusión onírica e inocente; al ir hacia su destino, pese al dolor del pobre corazón, se transforma en una desnudez suprema, en una joya desvelada que es la aceptación de un destino cuyo horizonte está dibujado en la imagen de una mujer amada, causa del periplo del poeta.

Esa fusión entre inocencia, niñez y amor la encontramos unos poemas después, el XVII, fechado, nuevamente, en el tren, rumbo a Sevilla, el día 27 de enero; este titulado “Duermevela”, ya desde su mismo título anuncia esa fusión de la realidad con una imágenes oníricas elaboradas poéticamente. partiendo de un romance popular que sirve como pórtico a “Duermevela” (“Vestida toda de blanco, / toda la gloria está en ella”), leemos en la primera estrofa de Juan Ramón:

“Vestida tu pureza
con el blanco vestido
de desposada, ibas
por mi sueño tranquilo,
cual con tu traje blanco
de niña, ante mí, niño”.

La inocencia de la niñez recuperada en un sueño en el que predomina la pureza del blanco, aunque posteriormente la novia se transforma, en virtud de un “áureo rizo antiguo” en la explosión de colores que en otros momentos marca el instante de plenitud en su poesía.

“¡Rizo fino de niña,
arco iris divino
del prado –el corazón-
de tu amanecer nítido!”

Versos que bien pueden leerse en paralelo a esa iluminación de eternidad, igual de expresiva, que leemos en un poema en prosa nacido a raíz de cierta experiencia del autor en la ciudad de Nueva York, “La negra y la rosa”.

A diferencia de lo que ocurre con “Sueño”, en “Duermevela” desaparece ese ambiente de pesadilla, quizá porque no se origina en la plenitud liberada del inconsciente sino en ese momento en que se agudiza el sentido estético en la frontera entre el sueño y la vela. En “Duermevela”, el niño no sufre sino que recupera las puras sensaciones de una niñez en la que el sentimiento no parece empañado por la gasa con la que se cubren las heridas de la vida.

(SEGUNDA)

Diario de un poeta reciencasado puede ser muchas cosas, desde un planteamiento de una estética nueva que paulatinamente va alcanzando más y más fuerza, hasta un itinerario de carácter iniciático en que los cambios que se producen en el interior son tan trascendentales como las variaciones del paisaje que es contemplado con distintos ojos según transcurre el tiempo; a la vez, no se no tiene que olvidar en ningún momento que es también un libro de amor, no tanto cancionero como expresión de la pasión que embarga el ánimo del autor a lo largo del viaje. Esa expresión del sentimiento amoroso, aunque en algún momento parece problemática, se hace evidente tanto en el último verso de la primera sección del libro “Hacia el mar”, como en el primero de la segunda “En el mar”. El poema XXVI está fechado el 29 de enero, desde las murallas de Cádiz, allí Juan Ramón contempla un mar que pronto va a transformarse en un horizonte único para él, viajero hacia América. La distancia que separa ambas orillas es inmensa, pero queda en nada cuando el autor indaga en la imagen amorosa que vive en su interior; así leemos:

“Aun cuando el mar es grande,
como es lo mismo todo,
me parece que estoy ya a tu lado…
Ya sólo el agua nos separa,
el agua que se mueve sin descanso,
¡el agua, sólo, el agua!”

Y el objeto que provoca esa sensación de que el océano no es nada está en la amada que en la siguiente composición, XXVII, se hace más evidente:

“¡Tan finos como son tus brazos,
son más fuertes que el mar!
Es de juguete
el agua, y tú, amor mío, me la muestras
como una madre a un niño la sonrisa
que conduce a su pecho
inmenso y dulce…”.

(TERCERA)

Siempre los niños, como emisarios de eternidad y sentimiento que conduce tanto al amor como a la vida.

Entre los poemas fechados en América entre el 24 y el 26 de abril, posiblemente surgido desde una escena vista en Nueva York, este

CXIII
IDILIO
¡Con qué sonrisa, en el paisaje rosa,
la madre joven hace, con su mano,
más larga la manita tierna
del niño, que la alza,
en vano, a las cerezas!

Un pajarillo, cerca, canta,
y el sol, bajo el rosal, trenza, vibrando,
sus rayos de oro con la yerba fina;
y el agua brota, blandamente,
perfumada de rosas encendidas
y de rosas en sombra.

¡Amor y vida
se funden, como el cielo con la tierra,
en un esplendor suave
que es, un instante, eterno!

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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