FERRY DE OCTUBRE A GABRIOLA

HUIR DEL FUEGO

Malcolm Lowry
Traducción de Jaime Zulaika y Antonio-Prometeo Moya
(Tusquets. Barcelona. 2007)

Portada libro Ferry de Octubre a GabriolaDespués de sumar numerosas pérdidas, en el momento en que ya no queda nada, Ethan Llewellyn y su esposa Jacqueline emprenden un viaje que, en realidad, es una huida, aunque escapar es imposible, dado que siempre les va a acompañar su propia experiencia, que por un impuso aunque sea mínimo va a surgir, llevando a Ethan a rememorar aquello mismo de lo que pretende escapar: fuego, remordimiento, crimen –aunque no haya sido él quien lo ha originado-.

Malcolm Lowry (1909-1957), escritor británico nacido en Birkenhead –Cheshire- y muerto en Ripe –Sussex-, es uno de los mejores ejemplos que podemos mencionar para mostrar los cambios que experimenta la narrativa inglesa en la primera mitad del siglo XX. Entre sus obras, además de la póstuma Ferry de octubre a Gabriola (se publicó en 1970) hay que destacar otras como Bajo el volcán, Escúchanos, Señor, desde el cielo, tu morada, Ultramarina u Oscuro como la tumba en la que yace mi amigo.

El nacimiento de Ferry de octubre a Gabriola, puede situarse en torno a 1947, en palabras de la esposa del novelista, Margerie Lowry: “En octubre de 1946, Malcolm y yo tomamos un barco de Vancouver a Victoria, el autobús de Victoria a Nanaimo y el trasbordador de Gabriola, isla de la Columbia británica. Casi siempre, tomamos notas, y al volver nos dijimos que había suficiente para un relato, que escribimos a medias. Pero nos pareció que no era nada del otro jueves y lo desechamos”. Aquí está esa realidad del viaje: “El viaje, el viaje rumbo a casa; todos estaban embarcados en un viaje como aquél, el Espuma del Océano, Gabriola, ellos también, el barman, el sol, los reflejos, los vasos amontonados, incluso la luz, el mar que debido en aquel instante a un fenómeno solar y a la desaparición de las nubes semejaba una luminaria entre dos tinieblas, una brecha entre dos inmensidades, todos estaban embarcados en un viaje como aquel, hacia el encuentro de dos infinitos, donde se proseguiría el trayecto, ya se proseguía hacia lo infinitamente pequeño que ya se expandía antes de pensar en ello siquiera hasta rellenar la luz sin límites del Caos … Azul, azul, azul marino; una barca de pesca blanca hendía las aguas en un primer término pautado por los cables telegráficos que había exactamente delante de la ventana, y tras alzar el vaso hasta la luz y beber la cerveza podía creer uno, olvidándose de todo, que se había bebido el día, y tras beberse el día, que el día seguía allí (había otra cerveza, esta vez de Jacqueline) con su inagotable frialdad, con su perspectiva de felicidad, para ser engullido nuevamente”.

Es imposible huir del fuego cuando éste acompaña al mismo que está escapando. Esto es lo que les sucede a los protagonistas de Ferry de octubre a Gabriola. Ethan Lewellyn y su esposa Jacqueline. Ambos están realizando un viaje en el que el paisaje recorrido es lo de menos, pues la travesía es más interna que su periplo por diversos territorios. Se trata de una odisea que comienza en pleno otoño, hacia el cercano invierno de la costa pacífica canadiense, pues estamos en la Columbia Británica, con una isla, Gabriola que durante los meses fríos permanece aislada ante el mundo, de hecho, casi puede llegarse a la conclusión de que este Ferry de octubre es el último; el último al que pueden aferrarse Ethan y Jacqueline para alejarse de unas obsesiones que, al ser tales, es imposible dejar atrás: el fuego, el consumo de alcohol, la indignidad de haber defendido a un criminal, el haber abandonado a un hijo… de nada de esto pueden librarse los Llewellyn y, así, el viaje se transforma en un continuo libre fluir de la consciencia en la que la anécdota casi es lo de menos, pues lo que más importa es la interpretación o la metamorfosis del paisaje que transcurre más allá de las ventanillas del autocar.

Este tipo de odiseas admiten mucho mejor la forma poética que la propiamente narrativa –un ejemplo bien claro de ello está en Diario de un poeta reciencasado de Juan Ramón Jiménez-, es por esto por lo que en la obra de Malcolm Lowry son muy numerosos los fragmentos que se acercan a la prosa poética, tanto desde el uso de ritmo como en el de imágenes, en muchos casos oníricas y metafóricas.

Un ejemplo claro de la transformación de lo real desde lo poético: “Pero el autobús, cogido en medio de una repentina ola de coches norteamericanos de aspecto caro, coches semejantes a ballenas azules, hermosos en su línea futurista, con grandes, llamativos y protuberantes faros en ambos extremos que parecían acercarse cuando, en realidad, se alejaban, y que no habían cesado de brotar en chorro uniforme de las calles secundarias, quizá hubiese una factoría en Nanaimo que fabricase aquellos coches y aquéllos contuvieran directivos que se iban a casa a comer, aunque quizá fueran mineros, el autobús avanzaba tan despacio en aquellos instantes que apenas si podían resistir la tentación de mirar con más atención el cartel publicitario”.

Posteriormente se procede a un juego en el que la palabra se transforma en letra icónica y propagandística, pues los anuncios se van superponiendo al discurso narrativo, enmarcados, acercando la plasticidad con la que en ese mismo momento se van encontrando los protagonistas. Especialmente en el caso del que publicita la Sopas Mama Juanete, que crea un estado de zozobra y miedo en el protagonista, pues ve en él el inminente desencadenamiento de una nueva desgracia.

El fluir de la consciencia que caracteriza esta novela:

Como un truco que le hubieran recomendado para conciliar el sueño, recitaba el Padrenuestro. Casi nunca llegaba hasta <y líbranos del mal>, aunque, cuando llegaba, repetía la frase muchas veces. Cada vez que empezaba la oración se volvía absurda. En vez de “Padre nuestro que estás en los cielos”, decía sin darse cuenta: <Fuego nuestro que estás en el miedo>. Y a raíz de la palabra <miedo> brotaba al instante un miedo real; miedo al día siguiente, miedo de ver anuncios, circunstancia que parecía acontecerle en casi todos los periódicos, sobre Mama Juanete, en casi todas las esquinas”… “y de los miedos surgían odios frenéticos, odios gigantescos, irracionales y adunativos: odio a los que le miraban con extrañeza en la calle; odio tiempo ha olvidado hacia los compañeros de colegio que le habían acosado a causa de sus ojos; odio al día que le vio nacer para convertirse en la sufriente criatura que era, odio a un mundo en que la propia casa se incendiaba sin ningún motivo, odio a sí mismo, y de todos estos odios no surgía el sueño”.

También es sumamente importante el juego metaliterario, y en ese sentido es importante la presencia de Edgar Allan Poe, sobre todo, aunque no se mencione, su relato “William Wilson” en el que un personaje no puede liberarse en ningún momento de su perseguidor, pues, al fin y al cabo, éste es un doble de sí mismo “A Ethan le habían dicho a menudo que se parecía a Edgar Allan Poe… Y el reflejo propio que veía en el espejo retrovisor le salió al encuentro, procedente del pasado, como para corroborárselo. Sí, sí; había un parecido en el aspecto sombrío y bayroniano; pero no le gustaban aquellas venas rojas, aquellos vasos sanguíneos rotos de la nariz. ¿Tenía Edgar Poe la nariz roja? En cualquier caso, la suya era una cara más saludable. Una cara dulce, bronceada, una cara de libertino, la cara asintió en señal de aprobación. Pero su cara no podía ver aquellas venas; quizá sufriese alguna enfermedad… Quizás. De pronto comprendió que su vida entera había sido como una prolongada enfermedad maligna desde la muerte de Peter, desde que la había olvidado, olvidado deliberadamente como hombre que se tranquiliza diciéndose, cuando comienza a desaparecer, que la primera manifestación de la sífilis no es más que un impétigo –a fin de cuentas, como el Doctor Fausto de Thomas Mann-, olvidado, o fingido que la había olvidado y sufrido como si no hubiera ocurrido nada. La cara del espejo, media cara, una máscara, le observaba con aprobación, sonriéndole, pero con una especie de terror a medias. Sus labios deletrearon la palabra: ¡Asesino!”.

Peter es un amigo del protagonista y también del propio autor; no debemos olvidar la esencia autobiográfica de este texto. Peter se suicidó después de hacer una proposición homosexual al escritor: “Y aquel día, 7 de octubre, era el aniversario de la muerte de Peter. A Ethan le habría gustado olvidarlo pero estaba obligado a acordarse por un motivo del todo irrelevante: porque era también el aniversario de la muerte de Edgar Allan Poe”.

En su viaje, entre alucinado, onírico por las horas pasadas, alcohólico por el gusto por consumir, también se encuentra la referencia a unos acontecimientos en los que, en línea del Realismo mágico, se funde el hecho con la maravilla sin que se rompa el contacto con lo experimentado en la cotidianeidad. Así, en esa línea, el policía que sabe de fenómenos poltersgeist y habla de ellos –aunque rudamente- con un fundamento incluso bibliográfico –por un libro leído de la misma biblioteca municipal que, curiosamente, se encuentra en la planta baja de la comisaría. “En ocasiones, la <inteligencia> se manifestaba de un modo casi benigno. Un sábado por la noche, el barbero y su mujer, que habían estado en una taberna lejana, se dirigían a su casa cojeando, buscaron cobijo bajo un olmo, les cayó un rayo encima y llegaron a su casa casi saltando, curados para siempre a partir de aquel día de todos sus reumatismos. Fue una agilidad recuperada que les hacía mucha falta, porque, aquella misma noche, su casa, sita en las afueras de Niágara del lago, se incendió. Una bola de fuego que cruzó con solemnidad los prados contiguos entró por la ventana de la cocina, ventana desde la que se lanzó la señora McTavish dando gritos, aunque aterrizó sin hacerse ningún daño. La bola de fuego incendió unos cuantos visillos y cortinas, y luego las llamas se apagaron de común acuerdo”. Esa inteligencia de la que se habla es como una mente absoluta superior, no identificada con el Dios tradicional, sino más bien con esa “Cosa” a la que hacen referencia los místicos en la línea de los taumaturgos, de hecho, en la novela se menciona a Swedenborg y algún otro personaje teósofo. Así podemos leer: “¿Le habría ocurrido una de aquellas cosas espantosas que se leían en antiguos manuscritos de los Rosacruces, pero que nunca se creían, en virtud de la cual se había quedado literalmente sin alma? ¿La habría cedido y abandonado, lo cual equivalía a adentrarse por siempre jamás en el reino del amanecer olvidado?”.

Uno de los fragmentos más interesantes de la novela, contiene la confesión de que Ethan, el protagonista, en realidad, está huyendo de sí mismo:

“Pero si me preguntas si he sido feliz alguna vez en todo mi juventud, la respuesta es sí… A los diecisiete años dejé el colegio y firmé un contrato de cinco meses para navegar en un velero, y me fui a Ceilán y era feliz cuando estaba arriba en la arboladura. En realidad, cuanto más lejos estaba de toda la tripulación más me gustaba. Mi mejor amigo era la vela de foque, que es la más alta de todas, que casi no existe, y me encariñé tanto con ella que el capitán dijo que cuando desembarcara lo mejor sería que me la llevase a casa y me acostase con ella o no podría dormir, porque es un dicho de marineros que no pueden dormir cuando vuelven a casa si no contratan a alguien que les eche cubos de agua sobre el tejado durante toda la noche. Al parecer algo debía de aprender también de aquella experiencia, que en muchos sentidos no era más que un pasatiempo diabólico, y efectivamente sí aprendí algo, aunque hasta este momento no se me había ocurrido pensar qué… Me encontré en Birkenhead con el contramaestre un año después de haber desembarcado –a bordo había sido un auténtico tirano-, tomamos una cerveza juntos y me dijo: <Ethan, no voy a decir que fueses uno de mis mejores hombres, pero eras un buen chico y nunca te vi escaquearte de un trabajo sucio. Y me figuro que ahora estás contando a los flojos de tus amigos que tienes experiencia suficiente para toda la vida después de lo que pasaste en aquel cascarón, y de lo que pasaste con el cabrón de tu contramaestre agobiándote a todas horas y esto y lo otro>. Le contesté que había disfrutado mucho pero que de la parte mala había sufrido tanto como se podía esperar de un primer viaje, y el respondió: <¡Primer viaje! ¡Si quieres ser un auténtico hueso como yo tendrás que volver a embarcarte en un barco peor que aquel, con un maldito contramaestre diez veces peor de lo que yo he sido, y ése será tu primer viaje, y ése será tu primer viaje! Todavía no has hecho un primer viaje de verdad, hijo>”.

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Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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