ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (8)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Comienza Las islas griegas con una reflexión acerca de cómo las fronteras pueden señalar unas diferencias radicales entre países colindantes. Aparentemente, en el momento previo a abandonar Italia, los paisajes pueden parecer lo mismo, y en el fondo, es así, pero al cruzar una frontera, concepto que tiñe un contenido geográfico-político, pero también cultural, se entra en un territorio radicalmente diferente. El cambio más evidente que se percibe es la lengua, elemento que define una cultura, aunque ambas son reflejo de la historia que han sufrido las gentes del territorio. Tal es la fuerza de la Historia que uno de los primeros sentimientos que embargan al vagabundo de las islas es el de encontrarse en los paisajes de Alejandro, también de Roma, que hizo suyo el Mediterráneo. La Historia marca incluso la consideración del paisaje, el romano es el Locus amoenus; en Grecia, lo salvaje, lo terrible, lo indómito, la hybris, el orgullo desmesurado, que también caracteriza a sus héroes. Desde un primer momento, Grecia es el recuerdo de Ulises, más todavía en las islas donde siempre hay algo que sugiere sus huellas. Nada más cruzar la frontera marina entre Italia y Roma se siente la presencia cultural que transforma el territorio en paisaje: “Lo exasperante, aunque esperanzador, es que el alba de viejo satén rosado que lanza sus cálidos rayos de luz a través de los barrancos, de las colinas hacia la isla está real y verdaderamente dotada de <sonrosados dedos>. ¡Calla, Homero!, piensa el viajero con el propósito terminante de permanecer en el siglo XX” (Durrell 1983:8). Pero ese silencio de Homero es prácticamente imposible, más para alguien que se mueve llevando en su petate los conocimientos históricos que, por otra parte, siempre han de enriquecer el verdadero viaje.
En Corfú, y esto también es el comienzo del viaje, es la percepción de la luz la que en verdad hará que el viajero se sienta en territorio griego; una luz que, en su momento álgido, casi puede llegar a cegar al desprevenido que sale de la penumbra (¿metáfora del mito de la caverna, o del alumbramiento que supone viajar hacia la cuna de la cultura occidental?), una luz cuya descripción muestra valores estéticos que también han de marcar los pasos del viajero: “emite vibraciones violeta, una vibración magnética, ultravioleta, incansable, que confiere a los objetos materiales una especie de piel brillante formada de luz blanca, que une lo próximo a lo lejano y baña los objetos más simples en un halo de luciérnaga celestial. Es el ojo desnudo de Dios, por así decirlo, que le ciega a uno” (Durrell 1983:9) Como esa mirada divina que se transforma en la conciencia vengadora de Dios en el Caín de Victor Hugo de La leyenda de los siglos. Este tipo de percepciones son las que alejan al viajero, casi de corte victoriano, de los turistas que son incapaces de apreciar detalles tan esenciales como estos (recordemos a Nietzsche en El viajero y su sombra, antes citado): “Esa luz indescriptible en su intensidad y, sin embargo, suave; resalta los más pequeños detalles con una claridad, una apacible claridad que acelera los latidos del corazón y envuelve la visión más cercana en un velo que la transfigura. Solo sé describirla en estos términos paradójicos. No es comparable con nada, excepto con el Espíritu” (Durrell 1983:10). No deja de ser curioso constatar hasta qué punto es fácil cruzar la casi inexistente frontera entre estética y espiritualidad. Tiene que ser así en una obra en la que se recorren las islas griegas, Homero, Ítaca, una isla que transmite una energía plena y vivificante, en ella la Gruta de las Ninfas y el deseo de encontrar el tesoro que Ulises enterró allí por consejo de Atenea; eso es viajar, trasladarse en el espacio pero también en el tiempo que es, a la vez, historia y mito, y literatura:
“El gran viaje de Ulises en el poema de Kazantzakis adquiere un sabor heroico y semimítico, como si fuera una antigua crónica o una especie de poema colectivo; es su tamaño mastodóntico el que produce esta sensación. Tampoco es Kazantzakis el único maestro moderno que ha escrito sobre Ítaca; de todos los poetas inverosímiles, C.P. Kavafis logró con este tema una de sus mejores obras largas, aunque en sus manos y en su mente el viaje fuera más que nada una aventura metafísica. Era un viaje puramente interior, a través de la totalidad de su vida” (Durrell 1983:25).

Se refiere aquí a esa hermosa versión moderna que Kazantzakis realiza de la Odisea homérica y al poema “Ítaca” de Cavafis, el autor alejandrino que diera a conocer otro de los grandes viajeros literatos de la primera mitad del siglo XX, E.M. Foster. Es inevitable el recuerdo de Kazantzakis en un texto que trata de Grecia, así, poco después Durrell mencionará su Zorba, “maravillosa evocación de un paisaje y esbozo de un temperamento tan griego como el de Ulises” (Durrell 1983:45). El mito pervive hasta la actualidad de tal forma que sigue vigente en las revistas de viajes. Hablar de visitar las islas griegas jónicas implica recordar que entre ellas se encuentra Ítaca y hoy, aunque la Odisea no sea uno de los libros más vendidos, es cierto que sigue generando atracción lectora en recreaciones de novela histórica como la de Valerio Massimo Manfredi (Odiseo, 2013) o la del español Javier Negrete (Odisea, 2019), y todo ello porque es una historia bien anclada en el inconsciente cultural de Occidente. En un recorrido por las Islas Jónicas, Sabaté (2019:50) dedica unas palabras a la isla de Ulises, aunque ahora pareciera que interesa más el paisaje que lo literario propiamente dicho:
“Antes de partir de Cefalonia, vale la pena pasar a la isla de enfrente: Ítaca (Ithaki en griego). No porque sea la isla de Ulises, cuestión que los académicos disputan –unos dicen que la Ítaca de la Odisea es Kefaloniá, otros que Lefkada, otros que es una isla mítica, al igual que el héroe del poema-, ni porque tenga ningún monumento excepcional o paisaje espectacular que no podamos irnos de este mundo sin haber visto. Lo que el viajero va a encontrar en Ítaca es la serenidad, la quietud. Incluso en verano, la pequeña isla contrasta con sus hermanas mayores por el sosiego que infunde. Sosiego que se respira tanto en el abrazo acogedor del puerto de Vazí como en los pueblecitos de pescadores, como Koni o Frikes, o en las playas de arena blanca de Ai-Yannis o Yidaki (a esta última solo se puede llegar caminando en barco, lo que garantiza menos visitantes). Quien pone pie en Ítaca, esa insignificantes islita del Mar Jónico, se siente, como otro Ulises, retornado”.

También lo ominoso cabe en ese recorrido por las islas de Durrell, y ningún lugar tan a propósito para ello como Creta, su laberinto y el Minotauro; el topos terribilis, inquietante para el recién llegado, con su geografía abrupta y sus cambios radicales de tiempo, en ambos parece mantenerse vivo el ominoso espíritu de Minos; por mucho que el turismo salvaje casi acabe con el enigma, la literatura hace permanecer vivo el misterio, el ritual del laberinto que Durrell interpreta desde lo psicoanalítico basándose en Otto Rank cuando habló de tal símbolo poniéndolo en relación con los intestinos de un animal utilizado en el sacrificio. Sin embargo, al llegar a Lesbos, Lawrence Durrell la describe como dotada de una magia secreta propia, el Locus amoenus que bien pudo servir para enmarcar la narración de Dafnis y Cloe. La sensorialidad exacerbada que se desarrolla en el viajero produce una clarividencia que va a permitirle contemplar la realidad como un acicate para alcanzar lo trascendente, no hay viaje que se precie de ello si no es traspasada esta frontera, y de allí pueden surgir afirmaciones como esta:
“Sospecho que la religión griega, vista a través de los cristales ahumados de la cristiandad paulina, muestra una versión algo distorsionada de sí misma, pero en un mundo en el que los dioses se entrometían tan activamente en la vida de los hombres y en el que los hombres podían celebrar un matrimonio ritual con una diosa, la vida real de la gente corriente debía de ser muy diferente de la nuestra. Cuando llamaban a la puerta nunca se sabía si afuera estaba la propia Afrodita en forma humana; con frecuencia, sí, aunque uno no solía darse cuenta hasta que se había ido. El alma del hombre se movía con facilidad entre la tierra y el cielo” (Durrell 1983:101).

Este ambiente es el que buscaban otros escritores británicos como Robert Graves cuando tomó la decisión de asentarse en Mallorca, otra de esas islas mediterráneas en las que parece que sigue siendo posible cruzar el umbral que, solo aparentemente, separa el mundo de los humanos y el de los dioses.

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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