ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE 9)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

D.H. Lawrence

D.H. Lawrence escribió en unas seis semanas el libro Cerdeña y el mar, en 1921, fecha en la que se publicó y el mismo año en el que el autor, en compañía de Frieda von Richtofen –prima del célebre aviador de la Primera Guerra Mundial, el Barón Rojo-, recorrió durante seis días de enero la isla de Cerdeña, a la que viajó desde Sicilia, donde se alojaba. David Herbert Lawrence había nacido en 1885 en Eastwood, en Nottinghamshire, en una familia de mineros; todavía era estudiante cuando se enamoró de Frieda von Richtofen, casada con uno de sus profesores, Ernest Weekley; ella abandonó a su familia para iniciar, en compañía de Lawrence una vida nómada que les llevaría a abandonar Inglaterra en 1919: Italia norte, Sicilia, Cerdeña, Ceilán, Australia, Nuevo México, México, Francia, país donde él murió de tuberculosis en 1930. Cuando en 1921 Lawrence con Frieda realizaron el viaje a Cerdeña, todavía estaban frescas las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Los italianos se veían a sí mismos como vencidos, pese a que el resultado de la contienda les situaba en el bando de los aliados; la razón de ello, la situación económica en la que quedó el país, similar al de la derrotada Alemania. Es por esta razón por la que en muchos momentos del relato hay un cierto resquemor de los italianos hacia los viajeros ingleses, cosa que acabará por producir una visión negativa del autor, hasta que, en el momento final del libro, de regreso a Sicilia, después de asistir a una representación de marionetas, el autor muestre que, en realidad, le sigue emocionando el país en el que en ese momento ha elegido vivir.
Nos encontramos en un texto que no es una recreación, sino prácticamente un diario de viaje realizado desde la memoria, en parte escrito en el momento mismo del regreso. Es interesante destacar que, a lo largo del relato, la inmediatez de la redacción no impide instantes de estetización de la experiencia. Esta contemplación del mundo se observa desde el momento, todavía noche, cuando el escritor y su compañera, llamada la Abeja Reina, abandonan su casa, en un panorama dominado por la presencia del Etna cuya descripción ocupa buena parte del principio de este libro. Aunque todo es oscuridad, se perciben “perfumes de mimosa primero y luego de jazmín” (Lawrence 2008:27); ahí están también una tumba romana en ruinas, un huerto oscuro con sus olivos y su vino, almendras, nísperos y moras. Se trata de un paisaje nocturno que se percibe, fundamentalmente, desde el sentido del olfato, romero y eucalipto. En un principio es un lugar deshabitado, solo están aquellos que salen de viaje; sin embargo hay que tener en cuenta que estos textos nacen de la contemplación, no sólo del topos sino también de sus gentes. La mirada de D.H. Lawrence no es positiva, en realidad, está manteniendo un desmesurado orgullo chovinista inglés que le lleva en todo momento a criticar, hasta la burla cruel, a aquellos que se cruzan en su camino, todo desde una mirada que pretende ser fríamente realista, fingiendo que se viaja más por huir del aburrimiento que por encontrar unas vivencias que enriquezcan realmente su visión del mundo. Así desde el principio, “la humanidad, en lo externo, se parece demasiado. Interiormente existen diferencias insalvables. Uno se sienta a pensar mientras mira a las personas que hay en la estación: son una hilera de caricaturas entre uno mismo y el mar desnudo, el amanecer inquieto y nublado” (Lawrence 2008:29). Todo parece presagiar que poco de positivo va haber en esta travesía. Pero lo que no dan las gentes –en las que predomina el retrato desde la pobreza- lo va a dar el paisaje:
“Las mujeres, apenas discernibles a la sombra de los limoneros, recogen limones, y es como si bucearan bajo la superficie del mar. Hay montones de limones pálidos bajo los árboles. Parecen fogatas descoloridas en donde ardieran las ascuas del color de las prímulas. Es curioso qué parecidos a las fogatas son los limones amontonados bajo la sombra del follaje, como si emitieran un pálido resplandor en medio de los troncos verdes, desnudos, suaves” (Lawrence 2008:32).

Y la experiencia estética acaba con una anotación que deshace toda belleza, “¡Cuántos limones! Es de ver a cuantísimos cristales de limonada quedarán todos ellos reducidos. Hay que imaginar cómo se los beberán en Estados Unidos el verano que viene”.

La presencia en un territorio que no es el propio genera una contemplación del otro, que es su habitante natural, desde la búsqueda de un símil cultural que, siendo mediterráneo –pues Lawrence todavía se encuentra en Sicilia en travesía en ferrocarril hacia Palermo- no podía ser más que mitológico. Así es una mujer que va a ser comparada a la diosa Juno: “bastante joven, tendrá sólo treinta y tantos. Posee esa belleza regia, esa belleza estúpida de una clásica Hera: una frente purísima, cejas oscuras y niveladas, ojos negros, grandes, enojados; la nariz recta, la boca tallada a cincel, un aire de lejanísima conciencia de sí” (Lawrence 2008:40). Tanto es así que “a uno le salta el corazón del pecho y se planta en el acto en los tiempos de los paganos” (Lawrence 2008:41). Aunque se trata de una belleza altiva, “una de esas bellezas campestres que se han convertido en burguesas” y lleva cubiertos los hombros con una piel de conejo. En la travesía marítima hacia Cerdeña, el vislumbre de África origina una curiosa reflexión de Lawrence, referida al monte Eryx, de nuevo, relacionada con lo mitológico:
“Para los hombres de otros tiempos tuvo que poseer una magia casi mayor que la del Etna. ¡Desde allí se vislumbra África! África muestra sus orillas en los días más despejados. África, la temible. Y el gran templo vigía de la cumbre, sagrado lugar en el mundo, mística mundana en el mundo de entonces. La Venus de los aborígenes, desde su templo vigía, de cara a África, más allá de las islas Egades. El misterio mundano, la sonriente Astarté. Este es uno de los centros del mundo, más antiguo que lo antiguo. ¡Y la diosa que contempla África! Erycinia ridens. Riente, la diosa en ese centro del mundo antiguo, del mundo ya perdido” (Lawrence 2008:70).

La nostalgia es algo que acompaña continuamente a los viajeros que contemplan, desde el recuerdo de lo clásico, un territorio contemporáneo por el que se mueven. Lawrence describe, ante la mirada del monte Eryx y el recuerdo de Venus, una sensación que muy bien podría explicar esa añoranza melancólica por un pasado que, en realidad, no ha sido vivido:
“Confieso que se me paró el corazón. Pero me pregunto si los hechos históricos son tan sólidos, los que uno aprende a retazos en los libros, y me pregunto si tanto pueden conmovernos. ¿O es acaso la palabra misma la que evoca un eco de la sangre oscura? Así me lo parece, pues de los rincones más ocultos de mi sangre proviene un eco ante el nombre del monte Eryx: es algo más bien inexplicable. El nombre de Atenas apenas me conmueve. En Eryx, toda mi oscuridad se echa a temblar. Eryx, que mira al oeste, al crepúsculo africano, Erycinia ridens” (Lawrence 2008:70).

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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