Ir a La Habana de Leonardo Padura

Ir a La Habana es un recordatorio de una ciudad que hemos ido conociendo a lo largo de todas las obras de Leonardo Padura, especialmente con el ciclo de novelas protagonizados por Mario Conde, policía, comprador de libros y escritor. De esta colección de textos publicados en 2024 he escogido un par de fragmentos con el interés que me lleva, desde La Mansión del Gaviero, de acercar la interpretación literaria a todos aquellos que sentimos lo poético como parte esencial de la condición humana.

Leonardo Padura. Il. D´Gioko.

Sumergidos en ese panorama de desoladores contrastes, mientras avanzamos por un sendero que siempre recuerda (y cada vez más) a la carretera postbélica de Cormac McCarthy y que conduce al mundo de las últimas cosas de Paul Auster, seguimos escuchando los discursos triunfalistas dichos en neolengua del Gran Hermano, arengas que pretenden borrar memorias incómodas y ocultar el rigor del presente tras una misma y cansada retórica, prometiendo incluso que el próximo año (así se anuncia cada diciembre) va a ser mejor. Pero la realidad más concreta y palpable es que el país se vacía mientras tanta gente escapa hacia cualquier destino más allá del Malecón y mi espacio urbano se torna cada vez más ajeno y agónico, más violento, más rico para algunos y más pobre para muchos.

Si el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro, el misterio habanero es que la ciudad, a pesar de todos esos pesares, sobrevive y, orgullosa de su historia y su prosapia, de sus bellezas patentes, sigue siendo el sitito al que muchos quieren ir, en que otros muchos empecinados queremos estar, a pesar de todos los pesares, que son muchos. Y en mi caso -que también debe de ser el de otros- porque es el lugar donde soy y estoy.

La narrativa de Leonardo Padura se asienta en un mundo en el que la literatura tiene un carácter casi absoluto. Pensemos en la relación del policía Mario Conde, reconvertido en comprador y vendedor de libros y en escritor; o en La novela de mi vida en la que el poeta José María Heredia alcanza un protagonismo tan esencial para la configuración de lo cubano. En esto está la clave de tantas obras de Padura, la indagación en los laberintos históricos y en la realidad cultural de La Habana para alcanzar un pergeño de descripción de una condición de la que el autor se siente orgulloso “ser cubano”, tan evidente también en los ensayos recogidos con el título de El viaje más largo (1984) o Agua por todas partes (2019). Ese acercamiento a la realidad, desde la observación y las vivencias, desde luego, pero también desde la literatura, teje un panorama de intertextualidad evidentes en el primer fragmento escogido.

¿Qué cosa es eso de las intertextualidades? (Esto va para aquellos de mis alumnos que se acercan a La Mansión del Gaviero para conocer algunos aspectos de la literatura que en las clases quedan sólo en balbuceo).

Leemos en el Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria de Angelo Marchese y Joaquín Forradellas: “La intertextualidad es <el conjunto de las relaciones que se ponen de manifiesto en el interior de un texto determinado> (M. Arrivé, Problèmes de sémiotique), estas relaciones acercan un texto tanto a otros del mismo autor como a los modelos literarios explícitos o implícitos a los que se puede hacer referencia”. El origen de este concepto se encuentra en la estética de la novela de Mijail Bajtin.

Lo más interesante de este principio, que también es lo emocionante del hecho literario, es cómo amplía la experiencia del lector hasta unos límites cuyo horizonte se muestra tan lejano y, a la vez, tan sugerente que una vida no es suficiente para alcanzarlo, por fortuna, porque así no llegaremos al decaimiento espiritual que supone ese verso de Mallarmé “ya he leído todos los libros”.

Desde el origen de su escritura, Padura mantiene un diálogo constante con lo literario. En 1984 publica Con la espada y con la pluma, comentarios al Inca Garcilaso de la Vega, que fue su tesis; pasando por Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (2002), una de las obras que más me han enseñado a la hora de ver cómo desde la realidad se alcanza la maravilla que, al fin y al cabo, se encuentra latente en lo cotidiano. Hasta Yo quisiera ser Paul Auster. Ensayos selectos (2015); en el texto de presentación de esta leemos “A manera de prólogo: escribir en Cuba en el siglo XXI (Apuntes para un ensayo posible)”: “Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo”.

Vayamos ahora al texto de un principio. Ahí se localizan las intertextualidades de Paul Auster (El país de las últimas cosas, 1987), Cormac McCarthy (La carretera, 2006), 1984 de George Orwell (1949). Todo ello un acercamiento desde la distopía al futuro de la humanidad, un mundo en el que lo esencial es la búsqueda de la muerte como máxima aspiración de la existencia; un periplo por una carretera que recorre un paisaje apocalíptico en que se cumple aquella aseveración, en un principio moral, de Hobbes de que el Hombres es un Lobo para el Hombre, ahora literal. Tengamos en cuenta que el capítulo al que pertenece este texto se titula “Apocalipsis now”, escrito para Ir a La Habana y acompañado de un fragmento que sucede en 1989 de Paisaje de otoño. (1998); así pues, otra intertextualidad, pues Apocalipsis Now es una película dirigida en 1979 por Francis Ford Coppola, basada en la novela El corazón de las tinieblas (1899) de Joseph Conrad; ni en un caso ni en otro de estos dos últimos nos encontramos con distopías, sino con crueles realidades de la guerra de Vietnam y del colonialismo belga, mejor de Leopoldo II de Bélgica, en el Congo.

Leonardo Padura se fija especialmente, por lo que se refiere a la novela de Orwell 1984 en dos elementos que, por desgracia, se han cumplido en el devenir de la historia contemporánea, en un mundo al que seguramente los historiadores dentro de cien años bautizarán con un nombre diferente, y no muy positivo, para esta era marcada por el desasosiego, la desilusión, la falta de compromiso, la hipocresía y especialmente por la existencia del Gran Hermano y de la Neolengua. En un escritor, compañero filólogo como Leonardo Padura, no podría ser de otro modo, pues para todos los que hemos recorrido el camino de la Filología, ese leer despacio que decía Nietzsche, las palabras nunca son inocentes cuando son dichas por aquel en cuyo interior germina la mala intención, o por el que pronuncia discursos triunfalistas o por el que se escuda en un mundo marcado por un anquilosado patriarcalismo para justificar su comportamiento de maltratador. El concepto de neolengua del gran hermano tiene un protagonismo especial en alguien que ha hecho de la palabra su oficio. Así revela cómo la palabra puede representar la verdad -eso es Ir a La Habana– y anunciar un futuro que desde una base literaria existencialista desvela la distopía; o, hecho retórica discursiva, dirigida por el homo políticus, se transforma en la mentira que ensucia la arenga del Gran Hermano. 

Hay algo también en este texto que resulta especialmente destacable para los lectores de Leonardo Padura, es la descripción de su paisaje, su territorio. Aquí ya no es la literatura quien dirige la orquesta de los signos sino el mundo habitado hasta en sus más pequeños detalles; su frontera es el Malecón de La Habana como frontera desde la que “tanta gente escapa hacia cualquier destino más allá”. 

El compromiso del autor con este mundo no puede decirse más claro: “Mi espacio”, la ciudad que progresivamente se acerca a la agonía. Aquí yo quisiera entender esta palabra desde su sentido etimológico como “lucha”, y no tanto como los estertores que anuncian la muerte; porque es la única posible agonía que dignifica, la que hace que sigan en el combate de la supervivencia aquellos que habitan la violencia de un sistema injusto en el que los pobres lo son cada vez más. Quizá me esté poniendo demagógico, pero me gustaría pensar que desde su espacio urbano, Leonardo Padura está enviando un mensaje de resistencia ante la injusticia; esta es otra de esas grandezas de lo literario; ahí está el milagro de vivir.

En apariencia, desde lo semántico, el texto se encuentra connotado desde conceptos negativos de una realidad “concreta y palpable”: “sumergidos, desoladores, carretera postbélica, últimas cosas, discursos triunfalistas, neolengua del Gran Hermano, arengas, memorias incómodas, ocultas, rigor del presente, cansada retórica, un país que se vacía, la gente que escapa, los muchos pesares, violento, vacío, ajeno, agónico”. En contraste, lo esperanzador: “El próximo año va a ser mejor, el Malecón, Mi espacio urbano, el milagro cubano, los cubanos, vivir de milagro, el misterio habanero, sobrevivir, orgulloso de su historia, prosapia y patentes bellezas”.

En el texto nos encontramos con una progresión que comienza en la amargura de la distopía, para llegar a la descripción de la realidad contemporánea e impulsarse a la esperanza (aquí se encuentra buena parte de la literatura de Leonardo Padura), a la melancolía agridulce del recordador y a la ética del resistente que defiende la dignidad de la vida, compromiso que se encuentra en Mario Conde, el cual se hizo policía para que los hijos de puta pagasen por sus actos.

Así, el texto no puede acabar más que en esas dos afirmaciones que son dos verbos que al unirse manifiestan la ontología del “soy y estoy”, que transcienden la mera defensa que el autor hace de La Habana desde la creación de un hermoso paisaje literario.

Este fragmento corresponde al principio del capítulo “Yarini, el rey. Vida, pasión y muerte del más célebre proxeneta cubano”, es un texto publicado en 1988.

Se veía caminar por una línea de ferrocarril que atravesaba un túnel angosto y húmedo, cuyo final le parecía estar siempre al alcance de la mano. Pero, mientras avanzaba, su desesperación crecía y la ansiada salida se le hacía cada vez más remota. Sudaba y sentía en su nariz el aroma de los musgos violáceos que colgaban de las paredes del túnel. Y por fin apareció un tren desbocado y negro que le apuntaba con la potente luz de su reflector; se lanzó entonces en la carrera más urgente de su existencia, mientras el tren se aproximaba hasta quemarle las espaldas. De pronto la vio: la rana parecía dormir sobre una de las traviesas de la línea y él trató de no pisarla. Su pie, sin embargo, fue a posarse justamente sobre el lomo viscoso del animal y cayó bajo las fauces del tren que…

Se despertó. Volvió a cerrar los ojos esperando a que su respiración se normalizara. En sus veintitrés años de vida había soñado en contadas ocasiones y se alegraba de tener pocos tratos con ese mundo intangible de la inconsciencia; desde que tenía uso de razón, sus sueños habían gozado de un realismo desorbitado y, generalmente, tétrico. Pero la pesadilla angustiosa de aquella mañana había sobrepasado todos los límites, y trató de explicarse el significado de aquella premonición de muerte.

El elemento más importante a la hora de comentar este texto es la presencia de un campo léxico que va a resultar muy sugerente desde la interpretación simbólica característica a la hora de buscar un significado en los productos del mundo de los sueños.

El narrador, de carácter omnisciente, está focalizando la historia desde el pensamiento del protagonista, desde el mundo onírico de este, así pues podríamos decir que es falsamente omnisciente, más bien se trata de un narrador autobiográfico que se escuda en la tercera persona verbal.

La literatura onírica se nutre de imágenes; las palabras en sí mismas, aunque sean los constituyentes de esas, no son las que alcanzan un significado pleno a la hora de analizar su valor connotativo. Lo onírico es una presencia que nos lleva hacia el mundo de lo real maravilloso que el propio Leonardo Padura analizó en Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso. Esta estética está relacionada con la interpretación del mundo desde la manifestación de un inconsciente muy profundo que puede llegar a transformar lo cotidiano en un mensaje de lo transcendente. Recordemos esas premoniciones que, en forma de pinchazos en el pecho, marcaban la ruta que el investigador Mario Conde debía seguir cuando buscaba aclarar un homicidio y parecía encontrarse en un callejón sin salida. A ello hay que unir también las referencias al mundo de las creencias afrocubanas, sobre todo, desde las que se origina una ambigüedad que en la palabra narrativa queda como un matiz, como un eco que sitúa al lector en la frontera entre lo real y el misterio.

En un primer momento en el texto nos encontramos con una carencia de información que supone la posibilidad de una mayor implicación por parte del lector; no sabemos quién es ese personaje perseguido por un tren e identificado por una tercera persona, él; y desde tal generalización, el desasosiego puede llegar a quien lee como si fuese un sueño propio, pues el mundo onírico somos, a la vez, voyeurs y protagonistas.

¿Cuáles son las imágenes que narran el sueño ficticio de Yarini? Quiero ahora recordar que lo onírico es una de las fuentes indiscutibles de la poesía:

Caminando por una línea de ferrocarril,
cuando atravesaba un túnel angosto y húmedo.
El final parecía al alcance de la mano,
pero, al avanzar, crecía la desesperación;
la ansiada salida era cada vez más remota. 
Sudaba. En su nariz sentía el aroma
de los musgos violáceos que colgaban
de las paredes oscuras.
Aparece un tren desbocado, negro,
que le apunta con la luz potente de un reflector.
Comenzó la carrera mas urgente de su existencia,
el tren se aproximaba hasta quemarle las espaldas.
De pronto,
una rana que parecía dormir sobre una traviesa.
Trató de no pisarla.
Pero su pie se posó sobre el viscoso lomo del animal
y cayó bajo las fauces del tren que…

Vamos a fijarnos en ciertos elementos, como si estuviésemos ante un fragmento lírico que actuase por la sugerencia de las imágenes convertidas en símbolo.

Llama la atención, en un primer momento, el contraste entre la oscuridad y la luz. Tradicionalmente, esta es un símbolo positivo que, sin embargo, se ve transformado aquí en un condensador de angustia. Al inicio, la línea del ferrocarril no supone congoja hasta que se materializa el tren. Como todo camino trazado en la horizontalidad, señala una ruta, que en este caso es la vida; pero, como en ese momento los carriles cruzan un túnel angosto y húmedo, lo ominoso comienza a contaminar una realidad que, en principio era neutra. Este es uno de los recursos del realismo mágico, mediante el cual algo que es cotidiano se acaba transformando en amenazante. Para aumentar el malestar de lo que está sucediendo, surge un final que parece estar al alcance de la mano, que es como un apoyo en la necesidad de recorrer el territorio de lo terrible. Pero se manifiesta la desesperación típica del sueño en el que el andar no implica avanzar, sino la ansiedad de una salida más y más remota que va acompañada del sudor y del aroma en la nariz de musgos violáceos.

No siempre los sueños aparecen dotados de la sensorialidad del color, así que cuando este aparece, unido, además, a lo olfativo es porque adquiere una importancia simbólica; más allá de la sinestesia que funde aroma y color.

Lo violáceo supone la fusión del azul de la ensoñación con el rojo que puede ser la violencia de la sangre vertida. Así que, violeta como sentido de lo misterioso, de la pasión y de la muerte, de la melancolía; el color del cordón que une cuerpo y alma, hasta que es cortado en el momento de la muerte.

El motivo de la ansiedad es un tren desbocado y negro, negro sobre negro, la suma oscuridad de la muerte que se produce en un sueño con los párpados cerrados, aunque disponga de un potente reflector que, curiosamente, se sitúa a la espalda del soñante como antónimo de la luz que ilumina el horizonte más allá de la oscuridad que se ha de cruzar en el momento definitivo. Además se trata de un monstruo, por las fauces que transforman al tren en un ser devorador de la vida.

¿Por qué una rana? Un ser anfibio, viscoso que en la mitología japonesa es protectora del viajero; y en Egipto, como diosa Heket o Hiqut, es la representación de la eternidad y la inmortalidad. Pero más allá de lo que todos estos símbolos insinúan, la pesadilla se queda en el angustioso despertar de unos puntos suspensivos.

En 1919, Sigmund Freud definió lo ominoso, Unheimlich, como algo que está destinado a permanecer oculto, pero que sale a la luz originando una idea terrorífica, por lo angustioso y lo extraño perturbador porque está relacionado con esa pulsión esencial que es la muerte. Sentimientos que se encuentran presentes en algunos textos como Los elixires del diablo o “El hombre de arena” de E.T.A. Hoffmann, y que, desde un punto de vista del soñador que padece esta pesadilla van a ser definidos desde conceptos como el mundo intangible de la inconsciencia, el realismo desorbitado y tétrico de los sueños, la pesadilla angustiosa que sobrepasa los límites y la premonición de muerte.

Desde un punto de vista narrativo, los sueños son un recurso importante de prolepsis, es decir, de percepción por adelantado de unas experiencias que están por llegar para el personaje, en este caso también narrador desde una falsa tercera persona, tan omnisciente que corresponde con su pensamiento.

Con este principio, el artículo “Yarini, el rey. Vida, pasión y muerte del más célebre proxeneta cubano” se aproxima a lo narrativo; de hecho, la vida de Alberto Yarini va a cruzarse con las andanzas de Mario Conde en Personas decentes (2022) y es que, como ya se ha dicho, vida, paisaje y literatura van unido en la obra de Leonardo Padura.

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About lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera", "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera", La gran conquista de ultramar, versión modernizada en cuatro volúmenes.
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