TRES HÉROES EN EL OTRO MUNDO
Han transcurrido treinta capítulos desde que don Quijote descendiera a la cueva de Montesinos cuando todavía pregunta si la aventura vivida en aquella gruta fue cierta o no, y lo hace con las siguientes y significativas palabras: <¿Fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos?> (II, LXII, 1140) (Para las citas en la presente exposición se utiliza la edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Barcelona, Crítica, 1998). Es una de las preguntas que don Quijote dirige a la cabeza encantada que don Antonio tiene en su casa de Barcelona.
No es esta la única ocasión en la que don Quijote manifestará esa misma duda a toro pasado. En el capítulo XXV de la segunda parte, en el episodio de Maese Pedro, don Quijote sigue el consejo que le da Sancho Panza para que consulte al mono adivino y parlanchín que cuenta los secretos al titiritero. En la aceptación del consejo de Sancho Panza, don Quijote admite la duda que le embarga. Y el mono, el titiritero, el falsario Ginés de Pasamonte disfrazado responde que algunas de las cosas vividas por don Quijote en la cueva son sueño y otras verdaderas, y lo dice así: <El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio o pasó en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles> (II, XXV, 845). Palabras que se complementan perfectamente con la respuesta que, posteriormente, le da la cabeza parlante de don Antonio: <A lo de la cueva, hay mucho que decir: de todo tiene> (II, LXII, 1140).
Así pues, ¿es la aventura de don Quijote un producto más de su desmesurado ingenio que le lleva a transformar el mundo a la manera de la ficción de los libros de caballerías, es decir, sería verdad desde un punto de vista de la peculiar mirada ficcionalizadora de don Quijote?; o, más bien, ¿es pura y simplemente, sueño tenido durante la estancia en el interior de la gruta?
¿Sueño o realidad transformada? Vale lo mismo que decir ¿sueño o verdad? Puesto que la verdad de don Quijote se encuentra en la transformación de la realidad siguiendo la poética de los libros de caballerías.
Desde luego, si la aventura que don Quijote vive, y el soñar también es vivir, es real, al menos en su imaginación, don Quijote es un auténtico creador de libros de caballerías, pues, ciertamente, lo que Cervantes cuenta en este episodio tiene una elaboración que deja muy atrás cualquiera de las otras aventuras. Valgan las siguientes palabras de Cide Hamete Benengeli. Fragmento sumamente interesante pues está manifestando la misma duda presente tanto en Sancho Panza como en don Quijote sobre la verdad que contiene esta aventura que, en el mismo título del capítulo es considerada como apócrifa:
<Dice el que tradujo esta grande historia del original de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mismo Hamete estas mismas razones: “No me puedo dar a entender ni me puedo persuadir que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles, pero esta de la cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por tan fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible, que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa, y, así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más, puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias”> (II, XXIIII, 829).
Sin embargo no deja de resultar chocante que el narrador deje a don Quijote como un mentiroso, pues su recorrido vital demuestra que, aunque tenga una visión distorsionada del mundo, no lo es.
A la hora de enfocar esta cuestión nos podríamos centrar en el desarrollo narrativo-argumental de la historia, pero esto ya se ha hecho con anterioridad y con más acierto histórico del que aquí se podría conseguir; lo que ahora interesa es ver cómo se muestra el mundo situado más allá, el mundo de la aventura iniciática sufrida durante la bajada ad inferos, característica de numerosos héroes de los libros de caballerías.
Para el desarrollo de esta aventura, Cervantes, y la misma imaginación de don Quijote, se fundamenta en una serie de textos anteriores, extraídos tanto de los libros de caballerías, de los cuales Cervantes puede ser considerado como el mejor lector, como de ciertos textos de épica en verso del siglo XVI. Para el desarrollo de la presente exposición nos vamos a basar en dos textos anteriores, uno de los cuales Cervantes conocía y había leído, sin duda alguna, se trata de Las lágrimas de Angélica de Luis Barahona de Soto, el otro es la Historia de don Clarián de Landanís, de Gabriel Velázquez de Castillo, impreso en 1518, libro que sin duda Cervantes conocía, aunque no podemos afirmar con total seguridad que lo leyese. La posible relación que haya podido existir entre la obra de Gabriel Velázquez de Castillo y la novela de Miguel de Cervantes fue analizada por Gunnar Anderson en la introducción a su edición de Clarián de Landanís. Se menciona Las lágrimas de Angélica en el Capítulo VI de la Primera Parte, p 87, durante el escrutinio de la biblioteca de don Quijote. Las palabras provienen de boca del cura, antes de salvar la obra de las llamas: <Lloráralas yo –dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio>. Palabras que se pueden poner en paralelo a lo dicho en el Capítulo I de la Segunda parte , p 634, cuando se considera que los héroes de los libros de caballerías y los de los poemas épicos siguen una misma línea.
Respecto a Las lágrimas de Angélica, el análisis comparativo se va a centrar exclusivamente en las aventuras vividas por Zenagrio, el hijo de Arsace y Agricano, en las entrañas del Orco (aventura situada en el Canto IV). Y por lo que se refiere a la Historia de don Clarián de Landanís, se hará desde los datos extraídos, fundamentalmente, de la aventura nombrada como la de la Gruta de Ércoles, uno de los episodios centrales de este libro debido a Gabriel Velázquez de Castillo.
En El Quijote, no es sólo en la aventura de la cueva de Montesinos donde nos podemos encontrar con la mirada que Cervantes lanza hacia el territorio maravilloso situado más allá de la realidad.
Es conocido que Cervantes muestra dos actitudes bien diferenciadas respecto a las aventuras caballerescas en la Primera y en la Segunda parte de El Quijote. En la primera parte es don Quijote quien transforma imaginativamente la realidad cotidiana que le rodea para encajarla en los esquemas característicos de los libros de caballerías y de los poemas y romances épicos. En la segunda parte, en la que el ingenioso hidalgo se ve transformado en el ingenioso caballero, son otros los que cambian la realidad y don Quijote se encuentra inmerso en un mundo caballeresco cuando él simplemente ve lo cotidiano; así sucede durante la estancia de don Quijote y Sancho en la casa de los duques, periodo burlesco de las andanzas de don Quijote. En la segunda parte, también hay otro elemento que transforma lo real en ficción, es el sueño, y en este sentido es fundamental la aventura de la cueva de Montesinos. Allí donde en la primera parte, los encantadores, enemigos de don Quijote, se empeñaban continuamente en trastocar el mundo caballeresco en realidad, en la segunda parte nos encontramos con el sueño, que hace que lo inexistente transforme la oscuridad de una sima en un mundo maravilloso, acorde perfectamente a los deseos caballerescos de don Quijote. Respecto a esto último son bastante significativas las siguientes palabras de Menéndez Pidal
<Lo excepcional, lo único, en esta aventura de la cueva de Montesinos, con tanta insistencia señalada por Cervantes a la atención de sus lectores, consiste, para mí, en que aquí el ideal heroico de don Quijote no se manifiesta, como siempre, contendiendo con la realidad, sino emancipado, libre del molesto y desgarrador contacto con ésta. Don Quijote desciende al fondo de la cueva, y aflojando aquella soga que Sancho y el guía sostienen, única ligadura que le une al mundo exterior, hállase fuera de éste, solo, en medio de la fría oscuridad cavernaria. El antro se ilumina entonces con la luz de la imaginación, tan noble como desbaratada, del hidalgo manchego, y éste, al fin, se encuentra en medio de los héroes de los viejos romances> (Menéndez Pidal 1949:49).
Así pues, dos aventuras de lo maravilloso bastante significativas y distintas entre sí aparecen en El Quijote. En la primera parte, como sucede con casi todas las aventuras caballerescas, originadas en la imaginación de don Quijote, nos encontramos con la aventura narrada por el hidalgo sobre un lago hirviente. En la segunda parte, el ingenioso caballero se introduce en el ámbito de lo simbólico y lo onírico para originar la aventura de la cueva de Montesinos.
1.-La aventura del lago hirviente ( I, L).
Hay dos momentos en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en los que aparecen claras referencias a viajes al mundo de las maravillas. La primera de ellas está en el capítulo XXXII. El ventero habla de cómo en su establecimiento hay tres libros que gustan especialmente a todos aquellos que escuchan su lectura; son el Don Cirongilio de Tracia, el Felixmarte de Hircania y la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. No vamos a entrar ahora en esa simbiosis que se produce entre libro de caballerías y biografía caballeresca, pero sí que vamos a mencionar un párrafo en el cual el ventero afirma cuál es el motivo por el que gusta especialmente de los libros de caballerías y para justificar esa apreciación se basa en una aventura de Cirongilio de Tracia en el otro mundo, narrada por el ventero con las siguientes palabras:
<¿Qué me dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el libro donde cuenta que navegando por un río le salió de la mitad del agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y la apretó con ambas manos la garganta con tanta fuerza que viendo la serpiente que la iba ahogando no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río, llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y cuando llegaron allá abajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos, que era maravilla, y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le dijo tantas cosas, que no hay más que oír>. (p 372)
Respecto a este pasaje, Javier Roberto González (2004:XXVII) escribe:
<Llama la atención que precisamente cuando se trata de defender la verdad histórica de los libros de caballerías, el ventero refiera un episodio que, tal como lo expone, no existe en el Cirongilio, con lo cual recae en una violación de la única verdad a la que en rigor puede aspirar la obra, su verdad ficcional. Podría parecer a simple vista una ironía cervantina más. Sin embargo, Palomeque no miente, no crea de la nada una aventura inexistente, sino mezcla, fusiona y distorsiona dos aventuras que existen y están relacionadas –bien que separadas- en la obra de Vargas: la de la nave encantada y la de la Tremenda Roca>.
En este pasaje de El Quijote, destacan una serie de elementos que es necesario recordar pues más adelante volverán a aparecer en la definición del otro mundo: el viaje por la profundidad de lo acuático, un viaje de descenso, los palacios situados en los abismos, los jardines y la presencia del anciano en que se transforma la serpiente, vehículo del viaje de Cirongilio de Tracia.
Dieciocho capítulos después de que el ventero Palomeque cree una aventura apócrifa para un héroe de libro de caballerías como es Cirongilio de Tracia, don Quijote, haciendo una defensa del género de la ficción, va a actuar también como autor de ficción caballeresca maravillosa. Su narración comienza con las siguientes palabras:
<¿Hay mayor contento que ver, como si dijésemos, aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables>.
De pronto sale del lago una voz muy triste
<Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor, porque si así no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negrura yacen>.
Y el caballero
<sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa?>. (I, L, 569).
El otro mundo con el que se encontrará el caballero está caracterizado por los siguientes elementos: <el cielo es más transparente>, <el sol luce con claridad más nueva>, <una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura>, <el dulce y no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos>, <un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan>, <una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol>, <otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence> y <un fuerte castillo y vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos: finalmente, él es de tan admirable compostura, que, con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura>. En nota, p. 570, de la mencionada edición de El Quijote, se explica la palabra brutesco, la cual tiene cierto contenido que puede resultar interesante para el cometido de la presente exposición: <Brutesco, es deformación de la palabra grotesco (en italiano grottesco), estilo arquitectónico y pictórico que toma su modelo de las bóvedas subterráneas (grotte) en las que se encontraron la mayor parte de los vestigios de la pinturas murales romanas>.
Una vez descritos todos estos elementos, don Quijote sigue con su narración. Aparecen numerosas doncellas ricamente vestidas, la principal de ellas coge de la mano al caballero y lo lleva al interior del castillo; allí hace que el caballero se desnude <como su madre le parió>, lo baña con agua caliente y le unge con olorosos ungüentos. Lo visten con ropas muy finas y elegantes y después le llevan a una sala en el cual las mesas ya están puestas. El caballero queda admirado al contemplar aquello; le echan agua a las manos con olor a ámbar y flores, lo sientan en una silla de marfil; es servido por las doncellas, las cuales guardan <un maravilloso silencio> y le llevan tan sabrosos manjares y tantos, que él no sabe cuáles escoger; mientras tanto suena música, sin que él sepa quién canta ni donde suena.
Esta es la segunda mirada que Cervantes lanza en su libro sobre lo maravilloso; mirada repleta de elementos tópicos, tal y como aparecen caracterizados en los viajes al otro mundo, o al mundo de lo maravilloso, no sólo en los libros de caballerías, sino también en numerosos ejemplos tanto de la tradición literaria occidental como oriental.
2.-La aventura de la cueva de Montesinos (II, XXII)
Nos encontramos ya en la segunda parte, en El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha con otra significativa aventura sobre el aspecto que estamos comentado, se trata de la aventura de la cueva de Montesinos. El episodio ha sido analizado con anterioridad por Helena Percas de Ponseti, Augustin Redondo y Ramón Menéndez Pidal.
Como es habitual en este tipo de aventuras, hay algunas menciones anteriores al desarrollo propiamente dicho. Juan Manuel Cacho Blecua señala un proceso que suele cumplirse en casi todos los casos en los que aparece alguna aventura de carácter grutesco en su artículo <La cueva en los libros de caballerías; la experiencia de los límites>. En El Quijote hay dos. La primera de ellas, en capítulo XVIII (II parte, 780): <primero había de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera>. Poco después -en el capítulo II, XXII, 811-: <[Don Quijote] tenía gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos>.
Como señala Menéndez Pidal (1949: 48) tal cueva existe:
<Cierto arruinado castillo, con su fuente, que había en un peñón, en medio de una de las lagunas de Ruidera, donde nace el río Guadiana, era señalado por la tradición manchega como el castillo maravilloso que canta el romance. […] De la cueva inmediata, llamada con el nombre del mismo Montesinos, contaban por todos aquellos contornos cosas admirables que atrajeron la curiosidad de don Quijote>.
Como veremos a la hora de mencionar la aventura de Clarián de Landanís en la Gruta de Ércoles, el héroe oye hablar de una aventura maravillosa y peligrosa que decide afrontar. A diferencia de lo que ocurre con el realismo de la ficción cervantina, en esas menciones anteriores a las aventuras caballerescas, en concreto a la Gruta de Ércoles en el Clarián de Landanís, ya aparece señalado el elemento maravilloso. Sin embargo, en la aventura de la cueva de Montesinos no encontramos esa maravilla previa al desarrollo propiamente dicho, pues, al fin y al cabo, la cueva de Montesinos aparece mencionada como un lugar más de esos que abundan por la Península Ibérica, tradicionalmente considerados mágicos. Así pues, en los prolegómenos de la aventura grutesca de don Quijote, la cueva de Montesinos es un lugar físico -en concreto una cueva que se encuentra en el término de Osa de Montiel (Ciudad Real), cerca de la ermita de San Pedro de Sahelices-.
Esa carencia del elemento maravilloso previo en la preparación de la aventura de don Quijote en la cueva de Montesinos nos está hablando de que esta no va a ser una aventura maravillosa, a la manera de las que encontramos en otros libros de caballerías en las que lo extraordinario viene de lo exterior, sino una gesta en la que la maravilla va a surgir del mismo interior del caballero, como va a suceder; pues, al fin y al cabo, la aventura de la cueva de Montesinos, simplemente es una afloración del inconsciente onírico del mismo don Quijote.
Puede considerarse bastante significativo de lo peculiar de la aventura montesinesca la mirada que sobre ella, desde la oscuridad de una sima lanza Sancho Panza. Al poco de abandonar el gobierno de la Ínsula (estamos en el capítulo LV de la II parte), Sancho Panza cae en una sima. Es de noche, está muy oscuro y Sancho se aparta del camino principal. <Cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima que entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer se encomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta el profundo de los abismos: y no fue así, porque a poco más de tres estados dio fondo el rucio, y él se halló encima dél sin haber recibido lisión ni daño alguno> (p 1077). Desde la oscuridad de tal lugar, Sancho Panza afirma:
<A lo menos no seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuando decendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras> .
Palabras en las que, en un primer momento, se podría ver cierta credulidad por parte de Sancho Panza hacia lo que ha sucedido en la cueva de Montesinos, aunque al poco de sacar a don Quijote de esa misma cueva, el escudero, igual que el primo erudito, dudan de la realidad de la aventura vivida por el ingenioso caballero. Sin embargo, Sancho Panza continúa hablando y en las siguientes palabras vemos cómo es perfectamente consciente del método que don Quijote sigue a la hora de crear sus aventuras
<Esta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él si que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza en algún florido prado>.
Una vez que se ha mencionado y presentado, a don Quijote sólo le queda introducirse en la aventura. Tal y como sucede con la aventura de la Gruta de Ércoles de Clarián de Landanís, hay un primer acercamiento al entorno físico y terrible de la gruta. En El Quijote, todo ello queda restringido, simplemente, a mostrar cómo la entrada a la cueva se encuentra obstruida por la maleza:
<a las dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas e intrincadas, que de todo en todo la ciegan y encubren>.
Sancho, como buen escudero que es, intenta convencer a su señor para que no se introduzca en tan intrincados vericuetos
<Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Si, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra>.
Por supuesto nada consigue con sus buenas razones. Y, así, invocando a Dios y mencionando a su señora Dulcinea, don Quijote se dispone a entrar; y aquí será cuando se encuentre con el mayor peligro de tal aventura, pues una turbamulta de aves negras –cuervos, grajos y murciélagos- le arrastran hasta hacerle caer. En esta mención a la dama de sus pensamientos está el motivo por el cual son tantos los caballeros que se enfrentan a aventuras que van más allá de toda humana razón. En las palabras de don Quijote, esto se encuentra expresado de la siguiente manera: <yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe> (p. 815). Luis Beltrán Almería, en La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental, hace referencia al amor como forma de elevación heroica, en el caso de don Quijote, como en el de los otros caballeros andantes, el amor hacia una dama se convierte en <la fuerza que insufla al héroe, lo que le ayuda a superar sus limitaciones al sentirse poseído por una conciencia ajena amante […]. Por ello es inconcebible un caballero andante sin dama o un aventurero sin amante> (p 95).
Normalmente cuando se desarrolla una aventura de este tipo en un libro de caballerías –es el caso de la Gruta de Ércoles en la Historia de don Clarián de Landanís– o en un poema épico, tal y como se presenta en el viaje extraordinario de Zenagrio por el interior del Orco, los acontecimientos son narrados de manera simultánea al presente narrativo del receptor. El héroe que baja al otro mundo, en estos casos, no relata a posteriori sino que es el narrador el que dispone casi con omnipotencia de la ficción. Por supuesto esto se tendría que matizar pues, al fin y al cabo, las aventuras de los libros de caballerías, al menos, sufren un proceso de cronificación, el primer factor de la cual es el mismo héroe y los testigos.. Sin embargo, lo que nos encontramos en la aventura de don Quijote en la cueva de Montesinos es una ausencia total del lector en el interior de la gruta. Todo el tiempo que discurre desde que don Quijote desaparece por la boca de la cueva, hasta que es izado de nuevo, totalmente dormido, el lector permanece junto a Sancho y al primo erudito en el exterior.
No nos vamos a detener ahora en detalle en la historia del encantamiento de Montesinos, Durandarte y los demás personajes que aparecen en la aventura soñada por don Quijote. Me interesa más que nos fijemos en cómo se organiza el otro mundo que don Quijote visita, un otro mundo que, aunque sea onírico, se relaciona perfectamente con la tradición tanto caballeresca como épica áurea.
Cuando don Quijote queda dormido en esa concavidad <a la mano derecha, capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas> y sueña que despierta, -pues es evidente que duerme plácidamente, incluso lo sacan colgado de la soga- mira la realidad de la gruta completamente transformada. Así ve <un bello, ameno y deleitoso prado>, después distingue un <real, suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados> oración en la que interesa la utilización de ese verbo parecer, posteriormente matizado en <vi por las paredes de cristal>; y cuando Montesinos guía a don Quijote al interior del castillo se encuentra con la sala donde yace la momia de Durandarte. <el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado>.
Todo ello por lo que se refiere a lo físico del lugar. Hay otro elemento que también es especial en lo maravilloso, se trata del especial discurrir temporal. Así, aunque es muy escaso el tiempo que don Quijote ha permanecido en la cueva de Montesinos, se permite afirmar con la lógica aplastante del que siente el sueño como una realidad:
<allá me anocheció y amaneció y tornó a anochecer y amanecer tres veces de modo que a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra>.
Indudablemente un desfase temporal exagerado, si tenemos en cuenta que don Quijote sólo ha permanecido en la gruta durante un poco más de una hora. Sin embargo, algunos de estos elementos cronológicos están perfectamente relacionados con el transcurso del tiempo en el interior de la gruta de Ércoles, patente por una luz de carácter maravilloso que se consigue al ser filtrada la del exterior. Es significativo al respecto que Clarián de Landanís, poco antes de enfrentarse a la aventura definitiva de la Gruta de Ércoles, descabece un sueño acorde a la noche que está viviendo en el interior de la gruta, una noche en la que brilla la luna.
3.-La aventura en el interior del Orco.
Esta aventura vivida por Zenagrio se lee en el canto IV de Las lágrimas de Angélica. En ella los preliminares que caracterizan el encuentro con lo maravilloso no aparecen tan bien perfilados como sucede en otras de este tipo; aunque hay que fijarse en el hecho de que Zenagrio llega a la isla del Orco en un barco sin gobernalle.
¿Qué sucede en esta aventura?
Arsace llega a la isla del Orco y cuenta una falsa hagiografía de amor. Durante su narración, Angélica se queda dormida. En ese momento, Arsace aprovecha para convencer a Medoro de que abandone aquellos lugares y vaya con ella. Medoro acepta y, junto a Arsace, corre hacia la playa adonde les aguarda un barco. Angélica despierta y comienza a gritar. Acude el Orco, el cual comienza a perseguir a los que huyen. En aquel momento acaba de desembarcar Agricano, el cual ha sido conducido hasta aquel lugar en un barco sin guía. El Orco ve a Agricano y ambos se lanzan el uno hacia el otro. El Orco, como es su costumbre, engulle a Agricano. Pero Agricano, a la manera de Aquiles, fue bañado en una fuente cuyas aguas le protegen de todo mal, salvo su punto débil, que está en la planta del pie.
Agricano comienza un alucinante viaje por interior del Orco. En la descripción de tal viaje, Luis Barahona de Soto demuestra sus conocimientos de anatomía y fisiología, de hecho hay que recordar que era médico.
Mientras Agricano permanece en el interior del Orco, Arsace consigue llegar hasta la nave que le aguarda en la playa. Aparecen Lucina y Norandino, ambos van desde Famagusta hacia Damasco. Se sorprenden al ver muerto al Orco, buscan al responsable y se encuentran con Angélica, la cual les cuenta su historia. Balisarte el Fiero que está allí, al oír quién es aquella mujer, se dispone a matarla; pero Balisarte queda un momento cegado por la belleza de Angélica, momento que esta aprovecha para ponerse el anillo que la vuelve invisible. Medoro ríe, lo cual hace que la ira de Balisarte aumente; de hecho la muerte de Medoro hubiera sido segura a no ser porque Angélica, para evitarla, se hace visible. Comienza un toma y daca por el anillo entre Angélica y Balisarte. Angélica clama por todos aquellos paladines que la han amado para que le ayuden. Incluso se abraza al cadáver del Orco, el cual, como si de un milagro de amor se tratase, comienza a moverse.
En realidad es Zenagrio que está saliendo de las entrañas del Orco. Angélica limpia a Zenagrio con agua que ha llevado en su propia boca.
Hay dos elementos que pueden interesarnos en esta narración. El primero de ellos es ver cómo dejándose llevar de sus conocimientos, el narrador, desde los ojos de Zenagrio, describe la aventura como si de una disección se tratase, en este sentido es sumamente interesante contemplar cómo el héroe de esta aventura al otro mundo adopta la mirada de la curiosidad científica, de hecho como Lara Garrido (1981) señala en su edición de Las lágrimas de Angélica, (p 245), que Luis Barahona de Soto utiliza de una manera muy clara el libro de Andrés Vesalio De humani corporis fabrica.
<Estúvose gran rato contemplando
el caño, que del negro humor manchaba
lo blanco del estómago, mirando
las formas que cayendo en él pintaba,
y del mirar y contemplar gustando,
a veces con sus manos le ayudaba,
y vio qu’el humo que de allí dispara
muy negro el corazón y seso para> (IV, 106)
Poco después, y esto es algo que interesa de una manera muy clara al cometido de la presente exposición, se describe el interior del cuerpo a la manera de la gruta que Clarián de Landanís encuentra en su aventura:
<También contempla cómo al revolverse
de muchas cosas, todo el fundamento
comienza sin sosiego a estremecerse,
y a escurecer su lumbre en un momento;
espíritus pudieran allí verse
que soplan como acá el piadoso viento
y espíritus, que alumbran, más delgados
como del sol los rayos ilustrados> (IV, 108).
Tal es la gesta que ha realizado Zenagrio, que Norandino decide instaurar la fiesta llamada de las Orcales. Lo mismo sucede cuando Clarián de Landanís vence los peligros contenidos en la Gruta de Ércoles
4.-La aventura de la Gruta de Ércoles.
Este es uno de los episodios centrales del libro de caballerías escrito por Gabriel Velázquez de Castillo, Historia de don Clarián de Landanís. En tal episodio nos encontramos con un héroe, Clarián de Landanís, que va a afrontar una de las más peligrosas aventuras de su carrera caballeresca. Tal aventura ya ha sido analizada con detenimiento en otros lugares y a ellos me remito.
Me interesa especialmente, ahora, hacer mención de ciertos elementos de lo maravilloso que aparecen de una manera repetitiva y que ya se han podido observar en las anteriores visiones ultraterrenales tanto de don Quijote como de Zenagrio.
El mundo maravilloso que Clarián de Landanís se encuentra en su bajada a los infiernos de la Gruta de Ércoles está caracterizado por la presencia de unos seres maravillosos, bien por sus rasgos físicos innatos, bien porque han nacido del sueño de la técnica y tienen una naturaleza básicamente mecánica, tan mecánica, casi, como puede ser la del Orco, pues tal y como es descrito su interior, desde la mirada de Zenagrio, el Orco –como cualquier ser humano visto desde las lentes de la pura fisiología mecanicista- es una máquina, viva, indudablemente, pero en el fondo un conjunto de piezas y procesos que pueden ser contemplados con la frialdad del científico.
Clarián de Landanís, por otra parte, también se va a encontrar en su recorrido iniciático por la Gruta de Ércoles con esos paisajes de maravilla cuajados de brillo que tanto contrapunto producen respecto a la oscuridad que le invade durante el descenso a la gruta –es lo mismo que le sucede a don Quijote, el cual, poco antes de quedar dormido baja a la cueva en una casi total oscuridad, para pasar al brillo del sueño-. Tal contrapunto viene marcado por una serie de elementos que también están presentes en la visión de don Quijote: jardines paradisíacos, palacios extremadamente ricos en los que predominan materiales como las piedras preciosas, el cristal y metales como el oro. Paisajes interiores de una gruta que hacen que Clarián de Landanís pierda toda noción del espacio, como le sucede a don Quijote cuando sueña que despierta y se encuentra con el mundo encantado de la cueva de Montesinos. También Clarián de Landanís, como don Quijote, queda sorprendido al ver cómo tras aquella horrible gruta que ha tenido que atravesar, se encuentra con la brillante maravilla. Todos estos elementos, como estudia Howard R. Patch son característicos del otro mundo. Es inexcusable mencionar su obra El otro mundo en la literatura medieval.
Al igual que sucede con don Quijote cuando ve a los personajes sacados de los romances carolingios, también Clarián de Landanís va a ver personajes que le han precedido en el mundo de la caballería. Allí donde don Quijote se encuentra con Montesinos y Durandarte, Clarián de Landanís verá a los caballeros de la fama, entre los cuales predominan los héroes de la antigüedad: Sansón, Judas Macabeo, Hércules el Fuerte y Héctor; pues los héroes a los que don Quijote hace referencia en la cueva de Montesinos todavía no han nacido en la época que le tocó vivir a Clarián de Landanís. Así nos encontramos con un elemento de radical diferencia entre la existencia paródica de don Quijote y la real en la ficción de Clarián de Landanís: mientras el primero vive una existencia casi contemporánea a sus lectores, el segundo sitúa su vida en aquel tiempo pasado del mito en el que las grandes hazañas todavía eran posibles. Beltrán Almería (2002:92) <El héroe épico pertenece a un mundo remoto. Ese tiempo remoto puede serlo mucho, como ocurre con el patetismo caballeresco, o un pasado más familiar, como ocurre en el patetismo aventurero y con el sentimental>. Con todo, Gabriel Velázquez de Castillo también mencionará a algunos héroes de la época carolingia, así aparecen Roldán o Reinando de Montalván como dignos emuladores de las hazañas conseguidas por Clarián de Landanís y por lo tanto con derecho a ocupar un sitial entre los caballeros de la fama.
Conclusiones.
Hay dos momentos sumamente interesantes en los cuales don Quijote quiere situarse en el ámbito de las aventuras del descensus ad inferos. En una de ellas, la Aventura del Lago Hirviente, don Quijote lo que hace es imaginar, como si más que defensor fuese creador de un libro de caballerías; en la otra se deja llevar por el sueño y de este se produce esa aventura maravillosa del encantamiento de Montesinos, que tanto juego va a dar a Cervantes a lo largo de la segunda parte de la novela.
Aventura soñada o aventura imaginada, no importa mucho, pues al fin y al cabo, todas son producto de la imaginación, bien las de don Quijote, bien la de Zenagrio o la del mismo don Clarián de Landanís, los cuales –igual que don Quijote es atrapado por la oscuridad de las entrañas de la tierra- tendrán la dudosa suerte de ser devorados por sendos monstruos, en el caso de Zenagrio por el Orco, en el de Clarián de Landanís por un dragón. En su estancia en la Gruta de Ércoles, Clarián de Landanís llega a un palacio muy iluminado. Junto a la puerta vigila un dragón que con su fuego hace arder cuanto se pone a su alcance. Clarián se lanza contra la fiera y esta, abriendo la boca, lo toma en su interior. El héroe no puede decir qué ha sucedido, pero de pronto se da cuenta de que ha llegado más allá del umbral guardado por el dragón. Las armas de Clarián están ardiendo; se acerca a una fuente y, metiendo en ella sus manos deja de sentir ese abrasador calor que le había invadido tras ser devorado por el dragón. En ambos casos, sus respectivos héroes realizan un viaje que les lleva a un extraordinario más allá, Zenagrio hacia el conocimiento más profundo de una anatomía tan cercana a la humana, que aun sabiendo que es del Orco, nos sentimos arrastrados por ese terror supersticioso que conllevaban aquellas disecciones todavía perseguidas a finales del siglo XVI, y con ese viaje, la visión del microcosmos físico que bulle en el interior del ser humano. Respecto a don Clarián, simplemente será un paso más en su recorrido iniciático por la Gruta de Ércoles, en pos de la fama y la victoria sobre sí mismo que le lleva a ser situado junto a los caballeros de la fama.
También en el caso de don Quijote hay iniciación. <El viaje iniciático al reino de la muerte adopta con frecuencia una de las tres modalidades posibles: hacia abajo, hacia el infierno, hacia la residencia de los muertos, y más directamente de los antepasados míticos […]. Las otras dos modalidades son: el viaje horizontal hacia una isla mística y el viaje hacia lo alto, hacia el cielo, donde están los seres divinos> (Redondo (1997:408). En ese mismo artículo, Redondo demuestra la pervivencia, hasta el siglo XVII de ciertas estructuras antropológicas de lo iniciático. Redondo habla de las ceremonias iniciáticas que se realizaban en la profesión de los religiosos, la misma biografía de Cristo presenta un claro esquema iniciático, la investidura de los caballeros todavía tenía algunos elementos simbólicos cercanos, y por último, la abundancia de cuentos populares de tradición oral en los que subyace una estructura de lo imaginario iniciático. En el ingenioso caballero se produce un cambio muy visible a partir de la aventura de la cueva de Montesinos, ya no es el personaje que no duda de la realidad que se imagina, achacando los cambios de esa realidad a las malditas trapacerías de los insidiosos encantadores. Desde que don Quijote es sacado de la cueva de Montesinos dudará y por ello, lo que se ha dicho al principio de la presente exposición, preguntará a aquellos instrumentos que conectan con la realidad que le transciende, sea el mono de Maese Pedro, sea la cabeza parlante de don Antonio, en definitiva, un cambio, una iniciación desde lo profundo de una cueva real como es la de Montesinos, que le acercará un poco más a la cordura, tan digna como ha sido su existencia caballeresca.
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