MIRCEA ELIADE
Como si fuese una de esas sincronicidades de las que habla Jung, Mircea Eliade (1907-1986) fecha Herreros y alquimistas en enero de 1956 en Le Val d’Or, lugar idóneo para una obra que persigue un acercamiento al trabajo con los metales y con la alquimia, cuyo principal objetivo es conseguir culminar el proceso de perfección de la materia (aunque, como se verá más adelante, se trata más bien de un sendero de perfeccionamiento interior). Según Mircea Eliade, “la alquimia prolonga y consuma un viejo sueño del Homo Faber: el de colaborar en el perfeccionamiento de la Materia, asegurando, al mismo tiempo, la propia perfección”.
La vida humana desde sus orígenes se desarrolla en contacto con los elementos, con la materia terrestre: la roca, la madera, la tierra, el mineral. Las primeras fases de progreso propiamente humano parten de la utilización de la piedra y de la madera. De ambas acaba surgiendo el dominio del fuego; la chispa que, metafóricamente, es la inteligencia robada por Prometeo a los dioses, o el Fiat lux de la divinidad veterotestamentaria. La producción del fuego es una reproducción de la creación del mundo y del encuentro del ser humano con su propia inteligencia, de la iluminación que supone el sentir la propia esencia frente al fundo. Aquí está el paso definitivo de la bestia a lo humano. Tierra y agua forman el barro que pasará a transformase en una alfarería que se permite vencer al tiempo y las generaciones gracias a la labor del fuego, capaz de transmutar la materia, como la chispa que permite diferenciarse a los homínidos del resto de la naturaleza. Un nivel más profundo de relación con la tierra viene dado en el contacto con lo mineral, que implica procesos mucho más elaborados llevados a cabo por mineros, metalúrgicos, forjadores, alquimistas y químicos.
El fuego es el elemento que alza al ser humano por encima de la naturaleza material terrestre. Idónea imagen del espíritu que alimenta el árbol de la ciencia. Fuego y sol. La metáfora de ambos en la fruta cítrica que expresa simbólicamente de un modo más perfecto el pecado que transformó a los seres humanos del paraíso en auténticos buscadores de una luz que yace en su propia interioridad.
Buena parte de los argumentos dramáticos originales, que también perviven en la épica, consisten en el combate entre dos principios antagónicos. Lucha que también se manifiesta en las liturgias de luz y fuego contra oscuridad e ignorancia. Aquí está el origen sagrado del teatro, y las ceremonias sagradas pertenecen a este género, pues son representaciones figuradas de algún acontecimiento religioso transcendente (la misa cristiana es la rememoración de la Última Cena). Este contenido profundamente metafórico, aunque por desgracia no se ha estudiado lo suficiente, está presente en la lírica y la narrativa también. El acercamiento al hecho recordado en la liturgia y en la experiencia estética, en un principio, son diferentes; no lo son tanto en el caso de la literatura que contienen los libros o relatos sagrados de todas las religiones. Igual que en la alquimia, como en la liturgia, hay una función soteriológica, es decir sagrada y metafórica de salvación; esta puede sentirse en lo poético entendido como posibilidad de conocimiento. Jung afirma que hay contenidos alquímicos en sueños de personas que desconocen la alquimia; el motivo es que tales imágenes oníricas son simbólicas y, por lo tanto, se encuentran, innatas, en la naturaleza humana. También hay poesía en los sueños. Así los símbolos, procedan de donde procedan, son una liberación del alma por la transmisión de un conocimiento.
Hermetistas y tradicionalistas criticaron a Jung por transformar hacia el psicologismo los símbolos que, en un principio, eran trans-psíquicos. Sin embargo, lo que en verdad demostró Jung fue que en el inconsciente (en los sueños, sobre todo) se verifican procesos expresados mediante un lenguaje alquímico, cuyos resultados son homologables a los resultados de una operación hermética. El resultado de la perfección alquímica en el proceso personal junguiano es la consecución de la individualización, que consiste en el descubrimiento y la posesión de un Yo propio. Esta es la realización interna del trabajo alquímico. Según Jung, en palabras de Mircea Eliade, la finalidad de la opus alchymicum es la apokatastasis, la salvación cósmica; esta es la razón por la que el Lapis Philosophorum puede ser identificada con Cristo. Todo ello contemplado desde el principio del trabajo interior expresado en el Vitriol de Basilio Valentino.
En un principio, las operaciones alquímicas no tenían un carácter simbólico, aunque este trabajo de laboratorio tampoco equipara su finalidad a la de la química moderna que parte de dos principios básicos como son materia y estructura, especialmente a partir del triunfo del espíritu científico desde el positivismo del siglo XIX. En la alquimia, incluso en la operativa, se desarrollan conceptos como pasión, matrimonio, evolución de la materia, perfeccionamiento de la creación y de uno mismo equiparable a la búsqueda de la Piedra Filosofal, gesta que se desarrolla no en un periodo más o menos largo de laboratorio, sino que es una indagación vital a lo largo de todo el transcurrir de la vida, pues la Piedra Filosofal es uno mismo.
En relación con esa evolución científica nombrada hay que tener en cuenta, tal y como afirma Mircea Eliade en Herreros y alquimistas, que la sociedad occidental moderna, para conseguir un desarrollo del conocimiento e interpretación del mundo de los que se siente orgullosa, ha renunciado al principio de su alma, entendiendo, desde la intransigencia de un materialismo mal metabolizado, lo que es el desarrollo de la ciencia. Así, Eliade defiende, y el interés en su obra por las sociedades tradicionales así lo demuestra, que es necesario mantener el respeto hacia el mundo preindustrial en el que el método científico no genera una aparente visión objetiva del universo; en ellas se encuentran elaborados sistemas de creencias que, en muchos momentos hablan a la esencia humana desde mucho más cerca.
Algunas de las primeras relaciones del ser humano con lo mineral nacen desde su encuentro con las piedras, meteoritos, caídas del cielo. Esta sacralidad celeste encuentra su eco en la telúrica; desde las estrellas hacia lo más profundo. Incluso podríamos hablar de una sacralidad acuática relacionada con esos minerales que son descubiertos y purificados por el continuo correr del tiempo en forma de torrente.
Es indudable que la humanidad ya había experimentado profundos desarrollos espirituales, tal y como se expresan en los vestigios que han dejado de su existencia cultural los hombres del paleolítico. Con la Edad del Hierro, surge una figura, la del herrero que va a cubrirse de una pátina mitológica. Se trata de un nómada que se desplaza continuamente en busca de las materias que le son necesarias y para cumplir con los encargos laborales de distintos núcleos tribales. Con ese errar, el herrero difunde una serie de tradiciones relacionadas con el metal; en ellas se encuentra el origen de un prodigioso universo espiritual. La forja, dada la sacralidad del metal, es una función ritual en la que el dominio del fuego tiene un valor muy cercano a la magia. La relación del herrero con la Madre Tierra, que también es sagrada, convierte el proceso en una especie de hierogamia. Ahora bien, todo ello puede analizarse desde una ambivalencia que se encuentra tanto en el trabajo con la materia como en la trascendencia de esa misma hacia la posibilidad de la muerte; pues aquí se encuentra una segunda paradoja que es la convivencia en el metal de la defensa de la vida y de su destrucción. La civilización nace desde la agricultura, pero también desde la guerra y en ella el metal siempre ha presentado un protagonismo muy especial. La relación de lo forjado con lo transcendente es el origen de una tradición como es la utilización del hierro (de la espada) en el combate contra los demonios, todavía presente en los procesos rituales de algunas sociedades secretas del siglo XVIII, en apariencia el siglo de las luces.
También la piedra tiene sus valores transcendentales; en la edad de piedra había herramientas y armas, trabajo, caza y muerte. De la piedra puede proceder la chispa que sirve para encender el fuego, como el rayo que surge de los cielos; la tormenta no deja de ser una hierogamia del cielo con la tierra, unión sagrada de los elementos, todos ellos presentes en este fenómeno que funde el fuego del rayo con la tierra fertilizada por el agua y el aire que también es éter poco antes de que estalle, representado en ese olor tan peculiar que es el ozono del presentimiento.
Los procesos de creación del Universo en las mitología cosmogónicas pueden suceder desde la nada, ex-nihilo, así Yahvé en el Génesis; también desde la inmolación o la autoinmolación, así en el caso de Cristo, cuya pasión implica un mundo absolutamente nuevo en el que la condición humana puede ser interpretada desde una visión radicalmente diferente de la muerte. La creación puede ser una reorganización del caos en cosmos, o bien antropogénica. Tanto el Universo como el ser humano, por lo tanto, comparten un mismo origen divino. Ambos conceptos se amalgaman en el caso del Macanthropos, el gigante primordial de la mitología mesopotámica que encuentra sus reflejos en el Adam Kadmon, el Cristo Original o Primera Emanación.
Indudablemente, cuando se habla de la creación del universo humano por inmolación, tiene que ver con el sacrificio ritual, pues la vida sólo puede proceder de la vida. Cuerpos que son despedazados y enterrados en distintos lugares de la tierra, tal y como se encuentra en las mitologías mesopotámicas, egipcia y masónica. Sangre, lágrimas, esperma, alma…, todo ello genera la fertilidad de la tierra. Algunos de esos componentes van a ser el origen del mineral. Hay, por lo tanto, una homologación entre el Anthropos primordial y el Mundo.
Desde tales principios, el mundo es interpretado desde un destino antropocósmico; la vida en todas sus manifestaciones se funde por una simpatía mística que conduce a una perfección final del universo. Los minerales pueden ser interpretados como seres en busca de una perfección que ha de llegar a todo. Este proceso es un destino natural, sin embargo, el hombre, desde lo metalúrgico pretende sustituir el tiempo de la naturaleza. Este es el presentimiento de la mitología cosmogónica y de la alquimia. La piedra es una realidad absoluta, pero también una imagen en la que se refleja lo arquetípico, en el sentido de lo sagrado subyacente en todo aquello que se encuentra en un proceso evolutivo. La posibilidad de colaborar en ese desarrollo de perfección del universo genera en el ser humano un sentimiento de orgullo, confianza y responsabilidad, aunque esta tarde en ser asumida.
La tradición erudita de la fertilidad mineral de la tierra procede de la cosmología y astrología babilónica. La finalidad de la naturaleza es alcanzar la perfección que puede verse reflejada en el oro. Por eso, la alquimia busca la aceleración del transcurso evolutivo cuyo fin está representado en el metal más madura que radica en la nobleza áurea. Simbólicamente, para el alquimista representa la consecución de la inmortalidad y de la libertad absoluto, por eso lo dorado es emblema de la soberanía y de la independencia.
El herrero primigenio perfecciona la obra de Dios al hacer comprender a los seres humanos los misterios de la creación desde un punto de vista evolutivo. Los forjadores divinos se relacionan con la guerra entre el Dios Celeste y el Dragón Acuático que, en el caso de la mitología mesopotámica son Marduk y Tiamat. El herrero también es arquitecto y artesano de los dioses; se relaciona con la música y el canto, con el arte de hablar bien y la capacidad de componer tanto hechizos como cantos; posee el arte de la canción, la danza y la palabra. Poeta, del griego Poiêtês, tiene un cierto significado de fabricante, hacedor, de poseedor del conocimiento del secreto de las ciencias ocultas. Todas estas funciones requieren de una iniciación, que lleva hasta los conocimientos de los secretos de la profesión, relacionados con la sacralidad del metal. Es por esta transcendencia que las herramientas o las armas forjadas mantienen el aura mágica que proviene de la esencia de quien las ha forjado. Así, los herreros humanos imitan el trabajo de sus arquetipos divinos.
Algunas de las divinidades relacionadas con los procesos iniciáticos están marcadas con algún tipo de invalidez, cicatriz o pertenecen al mundo ajeno del otro o del extranjero; ahí están los Hombres de la Montaña o los Enanos que habitan en la subterráneo. Unos y otros, en el cristianismo, han sido asimilados al diablo, a las hordas de los condenados, o bien transformados en santos. Por otra parte, el herrero también se relaciona con la mitología del guerrero, el berkser, cuando llevado por el furor del combate y desde lo aprendido en su iniciación, produce un calor similar al que funde los metales para llevarlo a su fuerza suprema.
Por lo que se refiere a la periodización de la alquimia greco-egipcia (hay que señalar que en la obra de Eliade también se hace referencia a la china y a la india), se pueden distinguir tres fases. La primera de ellas en la que realizan distintas elaboraciones de carácter técnico. Sigue la filosófica, representada por Bolos de Mendes (Siglo II a.C.) y en los Physika kai Mystica, atribuidos a Demócrito. La tercera es el tiempo de la literatura alquímica ejemplificada en los apócrifos atribuidos a Zósimo (entre los siglos III y IV d.C.). La aparición de los textos alquímicos alejandrinos, a comienzos de la era cristiana, implican la interrelación de distintos elementos como son el esoterismo, los misterios, el neopitagorismo, los neo-orfismos, la astrología, diversas sabidurías orientales reveladas, el gnosticismo en sus variedades; todo esto por lo que se refiere a la influencia de corrientes de pensamiento desarrolladas desde escuelas intelectuales. También hay que situar en esta intercomunicación las tradiciones popular, los secretos de oficio y la magia.
Los alquimistas no utilizaban procedimientos científicos y prácticos, sino simbólicos. Un científico químico que se acerque a un tratado alquímico tendrá la misma sensación que un albañil que buscase soluciones técnicas en un texto masónico. La base filosófica de la alquimia se fundamenta en la concepción arcaica de la Madre Tierra en cuyo seno yace una sustancia viviente en proceso de evolución hacia la perfección. Así se genera un inicio de interpretación de la compleja vida de la materia, relacionada con la ciencia griega clásica. A esta se une la concepción de lo dramático (desarrollo de una historia) que se origina en los misterios greco-orientales. El eje argumental de estos misterios se vertebra desde los tópicos de la pasión, muerte y resurrección de un Dios. Drama que es comunicado a un neófito durante su correspondiente proceso de iniciación. Este ceremonial, que implica la confluencia de distintos símbolos, tiene un sentido y una finalidad: la transmutación del ser humano mediante la experimentación de la muerte y resurrección iniciáticas. El resultado es un cambio radical en la ontología del iniciado que se hace consciente tanto de su inmortalidad como del proceso de perfección en el que transcurre su vida. Esto ocurre en un ámbito culto, pero también en lo popular hay procesos iniciáticos, pues, al fin y al cabo, la vida es una experiencia constante de cambios que suponen la posibilidad de inicios regeneradores. La universalidad del esquema de iniciación (sufrimiento-pasión-muerte-resurrección) se ve trasladado al proceso alquímico. Esta senda conduce a la perfección de la materia o, en términos cristiano, a su redención.
La Redención del Hombre por Cristo es la liberación de la Luz del Tiempo por su mensaje para el mundo occidental (romano y griego) de la consecución de la inmortalidad. En este mismo ámbito se encuentra el trabajo del alquimista que, desde lo espiritual, se convierte en una forma de liturgia personal. Este tipo de contenidos desaparece con la civilización industrializada y mercantilista del siglo XIX, bajo el amparo de un cientifismo que desacraliza e impide, desde lo intelectual, la posibilidad de una hierofanía.
Para el pensamiento arcaico, la materia contiene la posibilidad de una hierofanía. La Naturaleza es una hierofanía, “puede ser vista y reconocida partiendo de Dios, y Dios visto y reconocido en la Naturaleza”. El Opus Magnum alquímico contiene un desarrollo argumental dramático (como eco de los dramas mitológicos), con las fases de sufrimiento, muerte y resurrección, presente desde la literatura alquímica greco-egipcia. La transmutación que supone el proceso lleva al encuentro de la Piedra Filosofal. Ese curso hacia el encuentro con lo trascendente que es la Piedra Filosofal constaba de cuatro fases cuyos nombres tienen que ver con el color que toma la materia en cada uno de ellos:
1. Melanosis (Negro), Nigredo, en los autores medievales, símbolo de muerte.
2. Leoukosis (Blanco), o Albedo.
3. Xanthosis (Amarillo) o Citrinitas.
4. Iosis (Rojo) o Rubedo.
Así aparecen en los fragmentos seudo-democriteanos conservados por Zósimo en un primigenio texto alquímico que puede fecharse entre el siglo II y I a.C.
A partir de Nigredo, que es la muerte, el cuerpo o la materia privados de vida han de experimentar el proceso del fuego y así la materia prima se ve transformada en acuática amorfa y se reintegra al caos.
Anton Joseph Kirchweger en 1723 en Aurea Catena Homeri afirma que, en sus inicios, toda la Naturaleza era agua. Así que el Agua es el comienzo y por ella todo habrá de ser destruido. Este el principio del Aqua Regia capaz de disolver el oro y de la materia mercurial, equivalente al esperma de la divinidad descuartizada desde la que se produce el cosmos en la mitología mesopotámica. Para otros alquimistas, sin embargo, el proceso culminante no se encuentra en la disolución, sino en la calcificación por el Fuego; proceso que ha de realizarse en el interior del Vas Mirabile, el atanor, que es como la Matrix o Uterus (la Virgen María) desde la que habrá de nacer el Filius Philosophorum (Jesucristo). Este útero desde el que se genera lo que va a nacer es fundamental en los procesos iniciáticos, con el nombre de Regressus ad Uterum, de las culturas tradicionales (que perviven más allá de la revolución técnica y científica que se va desarrollando desde el Renacimiento en Occidente).
El proceso alquímico, en resumen, consta de tres fases: Nigredo, Putrefactio y Disolutio; su resultado es el retorno al estado seminal de la materia. Aquí se percibe un proceso de Rehacer que implica un nuevo comienzo con el cual es posible el camino de perfección desde lo inmaculado del principio. En el caso de la condición humana y, desde un punto de vista metafórico, implica la liberación del lastre previo. En el ámbito cristiano, bien del pecado original por el bautismo, o de las culpas por la contrición que implica acercarse al ágape que es la comunión; en el caso del budismo, la iluminación que transforma la realidad en una nueva existencia desde lo genesíaco; en el psicoanálisis por la explicación del trauma. En el caso de la alquimia occidental cristiana, el proceso ha sido asimilado al drama de Jesucristo, de hecho Jung señaló el paralelismo existente, desde un punto de vista simbólico, entre Cristo y la Piedra Filosofal. Según el Liber Platonis Quartorum, cuyo original árabe es anterior al siglo X, la Opus Alchymicum es sincrónica con la experiencia íntima del adepto; es él mismo quien debe transformarse en Piedra Filosofal, de manera que un proceso, aparentemente físico deviene en psicológico, moral y espiritual; un trabajo, en definitiva, desarrollado desde el alma o desde la mente pues las fronteras entre Psique y Ánima no siempre están perfectamente dibujadas; cosa que nos permite intuir la permeabilidad que se produce entre el trabajo realizado desde la mente, con los símbolos, y el alma, como fundamento propio de la individualidad o del yo. En este sentido, el alquimista trabaja desde un código personal en el que se reflejan una serie de cualidades que, en palabras de Mircea Eliade, son “ser sano, humilde, paciente, casto; debe tener un espíritu libre y en armonía con la obra; debe ser inteligente y sabio; debe, al mismo tiempo, obrar, meditar, orar”. Aseveración que puede aplicarse a todo buscador serio de lo más profundo del ser, para alcanzar o experimentar, por lo menos, el proceso iniciático que implica transmutación.
En la Obra Alquímica se produce la hierósgamos, la unión de los dos principios que son Sol y Luna o Rey y Reina. Ambos fundidos en el baño mercurial. Para llegar a él es necesario sufrir el proceso de Nigredo, lleno de experiencias terribles y siniestras envueltas en un simbolismo saturniano o melancólico que hunde al ser en una profunda tristeza equiparable a la muerte aparente por recogimiento, como el del árbol en otoño. Esta fase implica un abandono del alma que ha de retornar en el renacimiento como Filius Philosophorum, como ser andrógino (el denominado Rebis).
La nigredo como muerte es el paso previo a la Putrefactio que destruye la forma. Es el necesario descensus ad inferos que está contenido en el acróstico de Basilio Valentino VITRIOL (Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem) o Visita el interior de la tierra y con la purificación encontrarás la piedra oculta.






























