Paco Roca es uno de los creadores más importantes en el actual panorama del tebeo español y así lo atestigua el éxito de algunas de sus obras como El invierno del dibujante o Arrugas. Nació en Valencia en 1969; quizá la pertenencia a una misma generación me lleva a acercarme a sus textos con similar veneración hacia un arte que en la década de 1970 todavía no se había cubierto de la pátina de divismo que hoy manifiestan algunos creadores de historietas gráficas. No estaría de más ahora mencionar que en el mundo de los creadores de tebeos es en el que menos se encuentra ese paradigma del artista encerrado en su torre de marfil, posiblemente porque aquel que ha aprendido a interpretar el mundo desde las viñetas se mantiene anclado a una inocencia que es la de la infancia.
¿Cómo es el mundo en las ilustraciones de Paco Roca? No puede ser definido desde un aspecto único puesto que sus historias van desde el pasado romántico de Los viajes de Alexandre Ícaro. Hijos de la Alhambra hasta un desolador futuro en Gog. El presente autobiográfico también tiene su importancia, ahí está Memorias de un hombre en pijama. Detengámonos en primer lugar en esta obra, porque, siguiendo con el paradigma de la ficción autobiográfica, es en ella en la que Paco Roca presenta la imagen que quiere transmitir a sus lectores de sí mismo.
Memorias de un hombre en pijama fue publicada en el periódico valenciano Las Provincias entre marzo de 2010 y julio de 2011. Paco Roca en esta obra parte de la experiencia autobiográfica que convierte al autor en personaje: un dibujante que trabaja en casa y que transforma su realidad en una imagen de tebeo. Ineludible, como corresponde a todo amante de este género (sea como creador, sea como lector), es la referencia a la infancia en un primer momento. Recuérdese que también podemos encontrarla en la primera página de El invierno del dibujante. La inocencia de la niñez se verá muy pronto rota porque el sueño del protagonista va a ser imposible; más allá de la época de los estudios básicos, hay que seguir trabajando, así que poder quedarse en casa para siempre, sin necesidad siquiera de quitarse el pijama, va a ser una utopía; no tan irrealizable como parecía, porque esa es su vida al alcanzar la edad adulta: su ocupación le va a permitir realizar su trabajo creativo desde la casa; ¿hasta qué punto consigue su sueño de felicidad? Cada lector podrá juzgar en las venturas y desventuras de este personaje.
Memorias de un hombre en pijama nos muestra alguno de los temas más frecuentes en la narrativa de Paco Roca. El primero de ellos, la importancia que tiene la comunicación. Uno de los acontecimientos más significativos que suceden en la aparente existencia anodina del dibujante son las charlas con los amigos; tema recurrente en muchas de sus novelas gráficas en las cuales los personajes conversan y conversan, con o sin sentido, ¿qué más da?, las palabras son las que hacen que Emilio, de Arrugas, pueda mantenerse débilmente unido a una realidad que se va borrando hasta la página en blanco. El segundo es el tiempo, de ahí, ese interés por indagar en el pasado más inmediato que nos explica como ciudadanos de nuestra época. El sentimiento de los días que fluyen escapándose de entre las manos, aunque algunos instantes vacíos de contenido parezcan interminables, es el tema de uno de los episodios de Memorias de un hombre en pijama. Otro nos acerca a la concepción de la temporalidad borgeana, así en esas páginas en las que el creador adulto, cuarentón, se entrevista con su yo más joven a la manera del relato de Jorge Luis Borges, “Veinticinco de agosto, 1983”:
“-Y vos, en 1983, ¿no vas a revelarme nada sobre los años que me faltan?
-¿Qué puedo decirte, pobre Borges? Se repetirán las desdichas a que ya estás acostumbrado. Quedarás solo en esta casa. Tocarás los libros sin letras y el medallón de Swedenborg y la bandeja de madera con la Cruz Federal. La ceguera no es la tiniebla, es una forma de soledad. Volverás a Islandia”.
Aunque en Memorias de un hombre en pijama, la trascendencia de los temas tratados entre los yo de distinta época no alcanza su altura metafísica, ni existencial; esto explica la cercanía de los textos de Paco Roca. Cercana por eso que en narratología se denomina cronotopo, que no es más que el tiempo y el espacio del relato, y por el espíritu que la anima, tenemos que mencionar Las calles de arena, y aquí he de confesar que junto a El Faro, son las obras de Paco Roca que más me atraen. Intentaré explicar el motivo que, a la postre, no es más que el encantamiento que produce en el lector todo realismo mágico (aunque encubierto en El Faro).
La base literaria de Las calles de arena, así lo ve Juan Manuel Díaz de Guereña en su prólogo, es evidente: Jorge Luis Borges, la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, a la manera de Julio Cortázar o a la del realismo mágico de Gabriel García Márquez, el enfrentamiento con el doble según el esquema de la literatura romántica ejemplificada en el “William Wilson” de Edgar Allan Poe; lo absurdo de la existencia, así en Kafka, y el ataúd salvavidas de Moby Dick. Estos serán algunos de los referentes de intertextualidad que enriquecerán, desde la superficie misma, la lectura de esta narración.
Comienza Las calles de arena con un protagonista que en esos momentos se encuentra en una tienda de cómics. ¿Qué significa este territorio? Quien haya experimentado el olor de la tinta recién impresa sabrá a qué me refiero. Estos establecimientos son un primer paso hacia el cronotopo de lo fantástico. El personaje tiene en su mano un ejemplar de Tintín en el Tíbet, primer guiño de cómo esta es una realidad encaminada hacia la ficción. Justo en ese momento le llama su novia: tienen una cita en el banco para firmar la hipoteca, ¿hay una situación más cruda que esta? El personaje ha perdido toda noción temporal y poco a poco su extravío llegará a más. La misma cotidianeidad, aunque varíen las circunstancias, es la presente en la experiencia vital del personaje –con rasgos y voz autobiográficos- de “El libro de arena” de Jorge Luis Borges cuyo protagonista es un bibliotecario jubilado y bibliófilo que vive solo. En la aproximación a la ficción nos jugamos el alma. El protagonista borgeano se encuentra con un libro, que se acerca a lo inconmensurable –por eso solo puede ser cambiado por otro sagrado-; un ejemplar que, ciertamente, es una biblioteca universal, como la Biblia –en su edición de Wiclif en letra gótica- o Las mil y una noches en volúmenes descabalados. Un libro que rompe la rutina del protagonista, primero, para llegar al miedo y al insomnio. Un libro definido en estas palabras: “Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad”.
Antes de salir de la tienda de cómics en la que se encuentra, el protagonista de Las calles de arena adquiere una escultura a tamaño natural de Corto Maltés, el marino creado por Hugo Pratt, vagabundo por los caminos del misterio, equivalente a ese “hombre alto, de rasgos desdibujados” que vende al protagonista de “El libro de arena” su ejemplar maldito. Desde este momento, el personaje de Paco Roca va a adentrarse en un laberinto. Esta figura es también del gusto de Jorge Luis Borges. En él nos encontramos con un laberinto creado por el juego de líneas y planos cuya descripción nos acerca a la cantilena del encantamiento: “la línea consta de un número infinito de puntos, el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es este, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico, el mío, sin embargo es verídico”.
Desde la realidad puede accederse al laberinto que es la ficción, ningún ejemplo mejor que el que encontramos en otro cuento de Borges, “El jardín de senderos que se bifurcan”: “Ts’ui Pên diría una vez: <Me retiro a escribir un libro>. Y otra: <Me retiro a construir un laberinto>. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto”. En un laberinto similar, que es la parte vieja de la ciudad donde habita, se va a adentrar el protagonista de Las calles de arena; allí, perdido, va a hallar el verdadero sentido de la vida que es más el sentimiento que el afán por la supervivencia; allí se encuentra con la recepcionista de un hotel, doña Esther, enamorada platónica y lectora de Memorias de África de Karen Blixen, un compañero de habitación que nunca se decide a salir del laberinto, el muerto en vida que contempla el paso del tiempo desde el ataúd que él mismo se ha fabricado, el coronel Francisco Piedra, que tanto amó y que ha sido capaz de transformarse en un científico de la clonación, o Rosendo de los Vientos, explorador agorafóbico, y el conde Diógenes, vampiro y anticuario. La salida de tal laberinto está en el sentimiento y es posible que el perdido personaje de esta novela gráfica lo encuentre en una muchacha que es Blanca, porque no ha nacido como otros seres humanos, con ella alcanzará la luna.
En una línea similar a Las calles de arena leemos el relato de El Faro; también parte de la realidad para alcanzar la fantasía. La temporalidad de El Faro corresponde a un periodo histórico que gusta a Paco Roca como escenario de alguno de sus textos –aparecerá recuperado en El Ángel de la retirada-. La recreación histórica es un paso hacia la magia de la sentimentalidad por mucho que se fundamente en una cuidadosa investigación, la cual, posiblemente, sea un instrumento más de la ficcionalización, más abocada hacia el recuerdo nostálgico que hacia la interpretación intelectual. El ejemplo más evidente de esto último es El invierno del dibujante.
En El Faro, un jovencísimo soldado republicano, pese a sus armas una víctima más de la barbarie, corre, está derrotado y en su huida se encuentra con un veterano. Todo escape es imposible, una bala hiere al protagonista y mata al otro. La huida le llevará a orillas del mar y allí conocerá a un viejo farero, Telmo, cuyas historias acabarán originando un mapa de la aventura, que también es la esperanza de ese muchacho, la imagen de una isla más allá del horizonte en la que la utopía todavía es posible.
La aventura puede ser la salvación de la vida. ¿No podría interpretarse así Arrugas? Incluso en el momento en que la memoria se va borrando, siempre queda una ligera noción de aventura que permite al hombre sentirse vivo. Es evidente en la portada de la mencionada obra. En ella, el anciano Emilio, aquejado de alzhéimer, se asoma a una ventana del Orient-Express, que se dirige hacia Estambul, y de su cabeza, llevadas por el viento, que es el tiempo, se van escapando las imágenes antiguas de una vida ya pasada. Pero lo importante son las sonrisas de los personajes allí retratados; están ya en el descenso vertiginoso de sus vidas, sin embargo su alegría va dirigidas hacia un horizonte que siempre está delante; allí está el cariño, un sentimiento que frecuentemente aparece en los relatos de Paco Roca, porque los individuos necesitan ocuparse unos de otros. La tristeza que permanece como sensación melancólica tras la lectura de Arrugas, no deja de tener una cierta esperanza, el futuro no pude ser tan negro que deje a alguien morir en la soledad del olvido, por eso la historia no concluirá con el blanco de la pérdida de la memoria, sino con la explicación del misterio de ese anciano que periódicamente tiene que conseguir un perro.
No toda ficción en Paco Roca lleva esta carga de melancolía y sentimentalidad. También muestra lo inquietante y lo siniestro. Las visiones horribles de Isabel de Mendoza en Los viajes de Alexandre Ícaro. Hijos de la Alhambra o las terribles viñetas que se acercan a una interpretación desde el sadismo de las obras de Salvador Dalí en El juego lúgubre. En esta última, uno de los elementos que contribuyen a acentuar la crueldad es su fusión con la inocencia, expresada en la jovencita, la Roser, que se enamora del recién llegado al pueblo, Jonás Arquero, secretario del pintor Salvador Deseo y autor del libro en el que se basa esta historia –recurso, este, muy frecuente de la literatura fantástica-.
Y donde estaba la esperanza de las otras obras más sentimentales de Paco Roca, la degradación del mundo futuro de Gog, un mundo de soñantes en riesgo por la invasión de un peligroso virus que en un primer momento se disfraza como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Un futuro que es distopía, descrito en algunas viñetas como el paisaje de Alien de Ridley Scott. Allí, en este cronotopo tan especial generado por ordenador, hasta la ciudad de Dios, el Teomundo, puede verse invadido por un mal tan absoluto que ni siquiera puede ser salvado por la nueva crucifixión de un Jesucristo representado según los cánones del arte religioso clásico.
Así son los mundos pasados presentes y futuros de las narraciones gráficas de Paco Roca. Recomendables, muy recomendables.
Bibliografía de Paco Roca
–Gog. Guion de J.M. Aguilera. Barcelona. Ediciones La Cúpula. 2000.
–El Faro. Bilbao. Astiberri. 2004.
–El juego lúgubre. Palma de Mallorca. Dolmen. 2007.
–Los viajes de Alexandre Ícaro. Hijos de la Alhambra. Barcelona. Planeta-DeAgostini. 2007.
–Arrugas. Bilbao. Astiberri. 2007.
–Las calles de arena. Bilbao. Astiberri. 2009.
–El invierno del dibujante. Bilbao. Astiberri. 2010.
–El Ángel de la retirada. Guion de Serguei Dounovetz. Barcelona. Bang Ediciones. 2010.
–Memorias de un hombre en pijama. Bilbao. Astiberri. 2011.





























