ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (2)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

En su relación con el infante, el adulto debe plegarse a las reglas del juego, que son una peculiar interpretación del mundo; así esta actividad pasa a ser un instrumento ontológico, puesto que lleva a conocer zonas desconocidas del propio ser y a poner en funcionamiento una memoria hacia lo que Bachelard denomina “campo de ruinas”, la ensoñación de un periodo vital tan lejano que parece olvidado, aunque marca el presente. Maqroll el Gaviero tiene esto muy claro cuando recuerda que siendo muy joven entró a trabajar en un barco, una existencia tan dura que supuso el paso inmediato a una visión del mundo diferente a la del inocente, más todavía cuando, encargado de otear el horizonte desde la gavia se encontró con la inmensidad del universo cuyas leyes no son las que rigen en la sociedad humana. Bachelard (1997:151) señala la importancia que tiene la niñez en el proceso creativo del poeta adulto, ya que es necesario “reconocer la permanencia en el alma humana de un núcleo de infancia, de una infancia inmóvil pero siempre viva, fuera de la historia cuando la contamos, pero que sólo podrá ser real en esos instantes de iluminación, es decir en los instantes de su existencia poética”. Y esto es lo que consiguen tanto Victor Hugo como Álvaro Mutis. El francés cuando rememora su infancia y primer amor por Pepita en el Madrid ocupado por las tropas napoleónicas, “Les fredaines du grand-père enfant”; el colombiano, en sus continuas referencias al mundo que realmente era el suyo, el de la infancia en la Hacienda Coello en Colombia, el paraíso perdido continuamente revivido en su poesía.
En una entrevista realizada por García Aguilar (2000:127), Álvaro Mutis confesaba el sentido profundo que para él tiene el periodo humano de la infancia; su afirmación nos puede ser útil para entender la importancia del personaje Jamil en su narrativa: “creo que la única manera de vencer el tiempo y lograr vivir un mundo válido y noble es preservando la niñez. Recordarla muy bien. Decía Proust que todo lo que nos importa realmente, lo que conocimos y vimos, lo que sucedió de fundamental dentro de nosotros marcándonos para siempre, sucedió entre los ocho y los doce años”. Esta teoría va a convertirse en tema literario en “Jamil”, “Un rey mago en Pollensa” y en algunos momentos de su poesía, especialmente en “Un gorrión entra al Mexuar”, poema en el que la iluminación consiste en una reorganización de todas las experiencias vitales para dar lugar a mirar la realidad desde la contemplación que produce un orden nuevo, como en “Una calle de Córdoba”. Ambos poemas pertenecen a Los emisarios, su obra más profunda desde un punto de vista ontológico. En “Un gorrión entra al Mexuar”, segunda parte del “Tríptico de la Alhambra” (dedicado, precisamente, a su hijo Santiago Mutis Durán), leemos estos versos que son a los que me estoy refiriendo (Mutis 2002:202):

“Pero también han llegado
en la dorada plenitud de ese instante,
las fíeles señales que, a mi favor,
rescatan cada día el ávido tributo de la tumba:
mi padre que juega billar en el café Lion D’Or de Bruselas,
las calles recién lavadas camino del colegio en la mañana,
el olor del mar en el verano de Ostende,
el amigo que murió en mis brazos cuando asistíamos al circo,
la adolescente que me miró distraída mientras
colgaba a secar la ropa al fondo de un patio de naranjos”.

Desde tales premisas, resulta muy fácil entender hasta qué punto la presencia de Jamil es importante para señalar cómo varía la interpretación del mundo en los dos últimos relatos sobre Maqroll.

Victor Hugo y el arte de ser abuelo

Victor Hugo y el arte de ser abuelo

Victor Hugo (1802-1885) presenta en imprenta su libro L’Art d’être grand-père en 1877 (las citas de la obra provienen de la traducción española de 1888, muy acorde al sentimiento que movió al poeta francés), el mismo año de la segunda parte de La leyenda de los siglos, una interpretación de la historia del ser humano que, si bien se encamina hacia un futuro utópico, hace evidentes las desgracias y perversiones que han marcado su evolución. No está de más que recordemos algunas de las circunstancias vitales que enmarcan la composición de sus poemas, algunos de los cuales pueden fecharse en torno a 1872. En 1868 fallece su esposa, Adéle Foucher y en 1871, su hijo Charles. Otras de las muchas desgracias familiares que acompañan al autor a lo largo de su vida: su primogénito Léopold murió al poco de nacer (1823), su hija Léopoldine se ahogó a los 19 años (1843) con su marido en el Sena durante un paseo en barca –este suceso habría de marcar de un modo determinante la visión del poeta respecto a la existencia-; Charles falleció de tuberculosis, François-Victor de cáncer (1873), Adèle, hija, tuvo que ser ingresada en un sanatorio psiquiátrico, igual que le sucedió a Eugène, el hermano del escritor (1821). Toda una vida marcada por el hado de la muerte; luego recordaremos, muy resumida, su trayectoria política, también con sus sinsabores, que no fueron pocos. El caso es que, a la muerte de su hijo Charles, Victor Hugo se hace cargo de los hijos de este, Georges (nacido en 1868) y Jeanne (1869), con la nuera viuda. Los tres le acompañan al amargo exilio de 1872 a la isla de Guernesey, hasta que en 1874 se puedan instalar en París. De todo ello hay un eco en L’Art d’être grand-père.
Desde lo político destacaré que cuando Napoleón III capitula en Sedán en 1870, Victor Hugo puede volver a París, después de un largo exilio (comenzado en 1851: Bélgica, Jersey, Guernesy en 1855). En 1871 es elegido Diputado por París, aunque dimite casi inmediatamente; ese año se acumulan las desgracias: muerte de Charles, enfermedad de François-Victor, locura de Adèle, estalla la Comuna. En 1872, después de haber sido expulsado de Bélgica por dar refugio a unos revolucionarios, se presenta a las elecciones legislativas en Francia, aunque no saldrá elegido; decide volver a su casa de Guernesey, hasta 1874. Ya en París, y en 1876, es elegido senador; ese mismo año escribe su Discurso en favor de la amnistía de los comuneros. En estas circunstancias biográficas, enmarcadas en un importante momento para la Historia de Francia, se muestra el compromiso político –más habría que decir humanístico- de Victor Hugo que comenzó a separarse en 1849 del Partido Conservador, tras ser elegido representante de la Asamblea Legislativa, a partir de ese momento, su posición política va derivando hacia la Izquierda, cosa que le llevaría a enfrentarse directamente al emperador Napoleón III y al exilio.

Victor Hugo y sus nietos

A la obra de Victor Hugo, como a la de todos los creadores, y al común de los mortales, cabe aplicar estas palabras de Sartre en El ser y la nada (1966:593):
“La historia de una vida, cualquiera que fuere, es la historia de un fracaso. El coeficiente de adversidad de las cosas es tal que hacen falta años de paciencia para obtener el ínfimo resultado. Y aun así es preciso <obedecer a la naturaleza para mandar en ella>, es decir, insertar mi acción en las mallas del determinismo. Más de lo que parece <hacerse>, el hombre parece <ser hecho> por el clima y la tierra, la raza y la clase, la lengua, la historia de la colectividad de que forma parte, la herencia, las circunstancias individuales de su infancia, los hábitos adquiridos, los acontecimientos pequeños o grandes de su vida”.
Llevado de su visión negativa de la existencia, Sartre considerará estos determinismos como una absoluta restricción de la libertad propia; sin embargo, en el caso de Victor Hugo, son acicates que provocan una acción que, incluso, ha de llevarle a indagar en el abismo que se abre más allá de la muerte, hasta alcanzar una visión de carácter iluminista. Esta, a su vez, marca muchos poemas de El arte de ser abuelo; es un claro ejemplo de la voluntad de vivir sobreponiéndose a las circunstancias adversas, incapaces de derribarlo. Ahí está el león que no deja pasar ninguno de los errores cometidos por la humanidad contra sus semejantes, aunque, a la vez, sabe conmoverse ante la inocencia y el combate de un hombre y de una mujer contra el mundo despiadado, de tal voluntad nació Los miserables (1862). En todo ello, Victor Hugo se muestra como heredero de los principios de Hegel, tal y como los presenta en su Estética (entre 1817 y 1820): “El objetivo de cada arte consiste en ofrecer a nuestra intuición, en revelar a nuestra alma, en volver accesible a nuestra representación, la identidad, realizada por el espíritu, de lo eterno, de lo divino, de lo verdadero en sí y para sí a través de sus manifestaciones reales y sus formas concretas” (Cit. García Berrio-Huerta 1992:208).

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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