ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (4)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)

Destrucción, desde luego, pero también la luz del ocaso en su maravilla estética. Y entonces el discurso de uno de los compañeros de Durrell en la experiencia de Rodas, Gideon, un oficial del ejército británico que antes de la guerra fue vagabundo por las islas del Mediterráneo Oriental, hombre de gran cultura y dotado de una capacidad picaresca que le permite estar en aquellos lugares a los que quiere viajar cumpliendo órdenes. Gideon pronuncia ante ese crepúsculo unas palabras muy interesantes, para acabar explicando la metáfora-personificación a la que recurre Homero en sus textos épicos:
“¿De dónde habría podido sacar Homero, por asociación –dijo- un adjetivo como dedos de rosa… a menos que hubiese presenciado una puesta de sol en Rodas? ¡Mire!-. Y en efecto, a aquella extraña luz sus dedos vistos a través del vino, temblaban, rosados como el coral contra el cielo radiante-. Ya no dudo de que Rodas fue la cuna de Homero” (Durrell 1998:30).

Hay en Reflexiones sobre una Venus marina un momento que es necesario tomar en consideración y que, además puede resultar sugerente a la hora de interpretar el poema de Álvaro Mutis “Hija eres de los Lágidas”. Se trata del descubrimiento de la escultura de Venus que está guardada en una cripta convertida en almacén. La estatua, protegida de la destrucción de la guerra, es descrita según inventario como “una estatua de mujer; periodo, incierto; hallada en el fondo del puerto de Rodas; perjudicada por el agua del mar” (Durrell 1998:39), aparentemente es el genio del lugar
“Apareció como nacida de la espuma, haciendo girar con lentitud su elegante cuerpo, de un lado a otro, como si saludara a su público. El agua del mar la había lamido durante siglos, dejándola como una yuyuba de piedra blanca; apenas le quedaba una sola facción tan afilada como sin duda las había trazado primitivamente el buril. Y sin embargo había tanta gracia en su composición (el esbelto cuello y los pechos, en ese torso de rico modelado, la flexible línea del brazo y el muslo), que la ausencia de un contorno firme no hacía más que prestarle una gracia suave y confusa. En lugar de netas facciones clásicas había recibido algo infinitamente más adolescente, no formado. La madurez de su cuerpo era equilibrada por la cara, no de una matrona griega, sino de una jovencita” (Durrell 1998:39).

Esta Venus volvió a nacer del mar cuando unos pescadores “la sacaron una tarde en sus redes. Creían estar sacando un rico botín, pero no era más que una pesada figura de mármol de una Venus marina, enredada en algas y con unos pocos peces asustados saltando como monedas de plata en torno de su plácido rostro blanco y sus ojos ciegos” (Durrell 1998:40). Una vez colocada la estatua en el museo, nuevas sensaciones nacen desde el tacto al pasar los dedos por la piedra: “Es como si estuviese hecha de cera; como si la hubiesen pasado con suma rapidez por una llama lo bastante intensa para suavizarle los rasgos, pero no para alterarlos en el plano material; como si hubiese entregado su madurez primitiva en favor de una juventud redescubierta” (Durrell 1998:40). En cada calificativo e imagen utilizados para presentarla hay una nota de exacerbación de los sentidos, característica en la descripción de lo exótico.

Precisamente será la contemplación de esta estatua la que dé título a este libro de Durrell, pues la Afrodita renacida de la cripta, una vez expuesta en el museo
“intensamente concentrada en su propia vida interior, meditando con gravedad sobre las obras del tiempo. Mientras sigamos en este lugar no estaremos libres de ella; es como si nuestros pensamientos tuvieran que estar eternamente teñidos de su oscura iluminación, la preocupación de una mujer de piedra heredada de un pasado cuyas más grandes esperanzas e ideales cayeron en ruinas. Detrás y a través de ella toda la idea de Grecia resplandece con un brillo triste, como un roto capitel, como los fragmento de un gracioso jarro, como el torso de una estatua a la esperanza” (Durrell 1998:40).

Es difícil que la cultura occidental se libere, pues está en su naturaleza, del modelo clásico, así que, ahora estoy pensando si ese exotismo, al ser innato, deja de serlo. Hay también una Afrodita en la obra de Álvaro Mutis, se trata de una joven, esposa agraviada y madre, vestida con un escueto bikini que aparece en La última escala del tramp steamer; es comparada a “la urgente Afrodita de oro” que aparece mencionada en el poema de Borges “La noche cíclica”, de El otro, el mismo (1964). La hermosa Venus, que no duda en utilizar las palabrotas, tiene más de la botticelliana nacida entre las espumas del mar que del equilibrio matemático que marca el desarrollo cíclico de la temporalidad de Borges. En La última escala del tramp steamer (1988), Mutis no ha logrado todavía esa comunión con lo absoluto, sea nostalgia, sea alumbramiento de la condición humana, que sí va a aparecer posteriormente en su narrativa, ya anunciada en Los emisarios (1984).
En un texto que, en definitiva, pretende expresar un cierto sentimiento hacia lo ajeno, no puede faltar el elemento exótico que es fácil localizar en las tierras cercanas al Mediterráneo en su forma de hibridismo cultural. Así en su encuentro con un muftí en Rodas, al narrador de Reflexiones sobre una Venus marina le pasan por la mente estas ideas antagónicas que, al serlo, muestran la inmediatez al captar este fluir de la consciencia:
“En un instante los pensamientos recogen todos los horrores de Egipto [recordemos que el autor acaba de llegar de Alejandría y estamos en los años de la Segunda Guerra Mundial]: la asfixiante bestialidad del islam y todo lo que este representa, el fanatismo, la crueldad y la fe han quedado mellados; los minaretes se yerguen sobre la plaza del mercado con esbelta gracia, el llamado del muecín resuena suave y musical a la luz del alba. El rostro patriarcal del muftí, con su fez escarlata y sus botines elásticos, fuma melancólicamente un cigarrillo en el patio de la mezquita y saluda a los fieles. Rodas se ha convertido al islam y lo ha incorporado a la verde y dulce personalidad de la isla” (Durrell 1998:61).

Se ha considerado que el acercamiento de Durrell a lo musulmán, en el caso de Limones amargos, tiene que ver con una toma de partido política en pro de debilitar la causa independentista chipriota, más cercana a lo griego y opuesta a lo turco, línea de intervención marcada por el Ministerio de Exteriores británico para el que trabaja el autor.

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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