ÁLVARO MUTIS Y VICTOR HUGO (6)

DOS POETAS ANTE LA EXPERIENCIA DE SER ABUELO: VICTOR HUGO Y ÁLVARO MUTIS

Empresas y tribulaciones

Empresas y tribulaciones

En realidad, esos rasgos de humanidad que le definen son innatos, aunque solo se muestren en su plenitud natural ante aquello que entra en su círculo de confianza, cuyo centro protege con extremo cuidado, pues es melancólico y teme el dolor que viene de lo ajeno.
Maqroll el Gaviero es una imagen convertida en metáfora del fracaso que es la vida, pues aunque la existencia sea plena, siempre concluye en la muerte que, por desgracia, con mucha frecuencia no es un tránsito digno. El personaje, alter ego de Álvaro Mutis, se fundamenta en las ensoñaciones nacidas desde la lectura: Melville, Conrad, Pío Baroja, Emilio Salgari; autores de finales del siglo XIX y principios del XX a los que, indiscutiblemente, hay que sumar los del Romanticismo, es evidente la presencia de Chateaubriand a lo largo de toda la obra del escritor colombiano; aunque ahora me interesa de una manera especial que quede en nuestro horizonte la figura de Victor Hugo. A la vez, Maqroll es también un heredero de la necesidad vital que siente el ser humano de contar, de hablar ante un auditorio, pues solo en la voz es posible sentir cómo puede deshacerse la soledad. En la “Oración de Maqroll”, primera presencia del personaje en 1948 (La balanza), después en Los elementos del desastre (1953), el marino es caracterizado desde la voz, por eso es tan importante su capacidad narrativa; en ello es heredero de otro de los grandes navegantes de la Literatura, Ulises, cuya fuerza, como en el emblema de Alciato, protagonizado por Hércules, es la palabra que atrapa como una red, como una “fina cadenica” que fluye desde la voz del héroe. La “Oración de Maqroll” es una enumeración en la que abundan los elementos indignos que se pretende sacralizar, pues son la vida del miserable, del vagabundo, del que nada tiene salvo la existencia. Algo así hace Victor Hugo con esa “tentación imposible” que es Los miserables. Enumeración de flores que como el loto de la iluminación nacen del lodazal. Esta va a ser una técnica muy representada en la poesía posterior de Álvaro Mutis, así entre los poemas añadidos a Reseña de los Hospitales de Ultramar hay que destacar “Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de Maqroll el Gaviero, algunas de sus experiencias en varios de sus viajes y se catalogan algunos de sus objetos más familiares y antiguos”. Esta enumeración ad infinitum es equivalente al gesto de Jamil cuando guarda los variopintos objetos ofrecidos por el mar mientras pasea con Maqroll. Esta es la poesía del niño surgida desde el sinsentido que es el de la vida, cuando esta adquiere significado en los versos. Ha de ser un inocente, un nieto -más que un hijo- el que en su presencia vuelva a organizar el caos dotándolo de un sentido proyectado hacia el futuro en el que no cabe la soledad absoluta desde la que comienzan las aventuras de Maqroll el Gaviero, o el revivido compromiso ante la humanidad de un luchador por la Libertad como fue Victor Hugo.
Desde la dedicatoria de “Jamil”: “A mi nieto Nicolás”, confirmada en la de “Un rey mago en Pollensa”: “Para Camila, Catalina y Nicolás”, se hace evidente que el relato parte de la asumida condición de abuelo, que aquí, además se basa en la inspiración de la relación con la inocencia de un niño que es el nieto. En estas dedicatorias se retrata directamente el autor, desde una categoría familiar de abuelo. Esto implica una visión de la existencia muy diferente a la que se ha encontrado en otros momentos de su obra. Esta mirada nueva va a marcar los rasgos con los que es identificado Maqroll el Gaviero. A la dedicatoria acompaña una cita de Éloges (1911) de Saint-John Perse (1887-1975): “Si non l’enfance, qu’y avait alors qu’il n’y a plus?”. Este autor es uno de los referentes que marcan el desarrollo de la obra poética de Álvaro Mutis. Uno de sus libros más importantes, Anábasis, fue traducido en 1949 por el poeta colombiano Jorge Zalamea (1905-1969).
Desde el primer momento de la narración, en “Jamil” queda muy claro que la vida del Gaviero va a sufrir un giro decisivo, no tanto por lo que respecta a sus andanzas como en cuanto a su visión del mundo; así en palabras del narrador-Mutis:
Hay un episodio en la vida de Maqroll el Gaviero que casi nada tiene en común con los que he narrado en el curso de estos últimos años pero que, sin embargo, significó un cambio esencial en el desorden de sus andanzas y vino a traerle, en la etapa final de sus días, una especie de serena conformidad con la encontrada suerte de su destino y lo llevó a ejercer, hasta sus últimas consecuencias, su doctrina de aceptación sin reservas de los altos secretos de lo Innombrable. No que su vida, después de esta experiencia que voy a relatar, dejase de tener altibajos e incidentes de la más diversa índole y origen, sólo que el ánimo con el cual estos fueron enfrentados por Maqroll no tuvo ya ese tinte de reto, de tenaz desafío sin recompensa que había caracterizado antaño su errancia por el mundo” (p. 691).

El cambio que se ha producido ya estaba anunciado en la primera presencia de Pollensa en las Empresas y tribulaciones, en concreto en Amirbar, o en la carta que el Gaviero envía a Alejandro Obregón, en Cartagena de Indias, con la esperanza de encontrar uno de esos asideros que ya en otras ocasiones le han salvado. Mosén Ferrán, en las primeras palabras que cruza con el narrador también es consciente de ello:
Algo ha cambiado en él allá en lo profundo de su alma, si bien es cierto que sigue aceptando los mudables decretos del destino y abocado a su perpetua errancia. Pero no debo adelantarles más porque deseo que sea el propio Maqroll quien les cuente cuál fue la prueba por la que pasó y cómo ésta ha trabajo en su ánimo, dejándole una impresión de inutilidad y derrota que, según me parece, ha sido para él algo hasta hoy inusitado” (p. 696).
No va a aclararse el misterio hasta ya avanzado el relato; así se mantiene en vilo la atención del lector, que es también la del narrador; este se encuentra con Maqroll en su alojamiento, un astillero tan destartalado como su aspecto físico. Supone que algo le pasa, pero el marino no va a decir nada hasta crear las circunstancias apropiadas para el discurso y ahí es necesaria la presencia de una mujer que escuche y pueda entender realmente la prueba por la que ha pasado. Las palabras con las que es descrito son un claro indicio de ello: desconcierto, desasosiego, pena, confusión. Tales calificativos no disminuyen la posible preocupación del lector, más si se tiene en cuenta la cantidad de desventuras que a lo largo de su vida ha experimentado este personaje, hasta rondar muy de cerca las lindes de la muerte. Carmen, la esposa del narrador, sabe interpretar las señales desde el primer momento: “lo peor ya pasó para él, ahora está buscando cómo encontrar de nuevo su camino acostumbrado. Se me hace que ha sufrido una de esas pruebas para las que no están hechos los hombres, que suelen carecer de ciertos recursos que nosotras tenemos” (p. 702).
Cuando todo está preparado, Maqroll comienza su discurso haciendo referencia a una carta recibida desde Port-Vendres; en ella, Lina Vicente, que fue compañera de Abdul Bashur, le pide que le ayude, aunque el lugar está marcado de recuerdos infaustos por una experiencia vivida muchos años atrás, viaja hasta la costa del sureste francés y allí acabará conociendo al hijo de su difunto amigo; el primer encuentro ya anuncia la experiencia sentimental que le va a suponer lo que sucederá: “Una punzada de dolor y de nostalgia irremediable me dejó casi sin respiración. Traté de disimular mi emoción y algo le pregunté a Jamil que no recuerdo. Él, sin contestarme, puso su mano en mi brazo y me sonrió como indicándome que todo lo sabía y todo lo entendía” (p. 714). Es interesante constatar ante estas palabras cómo el adulto bien fogueado en la batalla cotidiana del vivir encuentra un apoyo ante el mundo; lo mismo que sucede en la poesía de Victor Hugo. Experiencias de este tipo, al ser relatadas, corren el riesgo de caer en el sentimentalismo más patético. Álvaro Mutis ya se había encontrado con esa dificultad en La última escala del tramp steamer y ahora lo expresa en las propias palabras del Gaviero:
“No era un niño lo que tenía enfrente. Al menos, no la presencia convencional que solemos imaginar los mayores con poca experiencia en esa relación. Lo que sí puedo asegurarles es que, desde ese instante, sentí hacia él una calurosa solidaridad, una simpatía total, sin reservas ni vacilaciones. Cosa que a mí mismo me sorprendió entonces. Era algo para mí desconocido. Yo creía haber recorrido todos los matices de relación en la accidentada trayectoria de mis innumerables desplazamientos y descalabros. Era como si, de repente, se hubiese abierto de par en par, allá en lo más escondido de mi ser, una puerta que daba a un vasto territorio hasta entonces inexplorado, lleno de las más desconcertantes maravillas. No pudo explicarlo mejor y temo estar cayendo en el sentimentalismo” (p. 717).
Pero, ¿es que puede contarse una vivencia como esta sino es desde lo sentimental? Pierre Vidal, uno de los ayudantes de Maqroll cuando tiene que cruzar la frontera entre Francia y España con el niño, le anuncia la naturaleza de tal experiencia; las palabras de Vidal nos interesan de una manera especial, pues, junto a la dedicatoria, son una de las afirmaciones que justifican la presente exposición:
Jamil es un encanto. Mucho bien le hará a usted estar a su lado y descubrir esa vida que despierta. Tengo dos nietos. Para mi esposa y para mí son como un baño que renueva sentimientos que pensábamos ya muertos. Es algo muy intenso y a la vez muy tonificante. Todo saldrá bien. Ya lo verá. Casi le diría que lo envidio”.
Y así va a suceder:
caí en la cuenta de que Jamil estaba ya vinculado a mi existencia. Una existencia que había creído solucionada y estable en este refugio de Pollensa. Era curioso sentir cómo ese cambio, en lugar de pasarme como una responsabilidad inesperada, me inyectaba una especie de entusiasmo que hacía muchos años había dejado de sentir por cosa alguna” (p. 723)
hasta tal punto que, todo ello “se me antojaba un magnífico regalo de los dioses” (p. 724).
Al igual que le sucede a Victor Hugo, Maqroll el Gaviero va a retroceder en el tiempo para recordar su propia infancia aunque el rendimiento de cuentas no es tan positivo pues: “desde muy joven, ya en la gavia de los pesqueros donde trabajaba, tuve que estar atento a lo que cada día se me echaba encima como un torrente de riesgos y de súbitas alarmas” (p. 724). Y con el recuerdo también viene la recuperación del tiempo perdido y la contaminación del presente adulto con la claridad de la mirada que está en los ojos del inocente. Esa apertura a la sentimentalidad en un personaje aparentemente tan duro como el Gaviero ya fue anunciada, como se recuerda, en unas palabras que pronunciara Abdul Bashur, cuya presencia renace en esta narración gracias al hijo: “El Gaviero es como esos crustáceos que tienen un caparazón duro como la piedra que protege una pulpa delicada. Suele guardar esa zona sensible de su intimidad con tal cuidado que es fácil pensar que no la tiene. Luego vienen las sorpresas que, con él pueden ser reveladoras” (p. 730).
La nueva vida que comienza cuando llega Jamil a los astilleros de Pollensa, está llena de esas experiencias a pequeña escala que generan poesía, pues desde el sentimiento son iluminaciones para lo cotidiano; casi un nuevo descubrir el mundo que siempre había estado ahí; como las flores, el paseo por el zoológico o el contacto con la mano de la niña nieta para Victor Hugo. Esos cambios al mirar lo cercano son expresados en estas palabras pronunciadas por el Gaviero:
Convivir con él y con su descubrimiento del mundo, percibir de cerca esa secreta y arrolladora energía que cada niño trae consigo y le permite conquistar su sitio entre los mayores, me hicieron mudar paulatinamente mi idea del hombre. Siempre he estado convencido de que bien poco debe esperarse de nuestros semejantes que constituyen, sin duda, la especie más dañina y superflua del planeta. Sigo pensándolo así, cada día con mayor certeza, pero lejos de producirme el enojo y la amargura que antes me torturaban, ahora siento algo que definiría como una indulgente ternura. Pienso que, cuando fueron niños, el camino que les estaba destinado era otro muy distinto del que escogieron cuando fueron adultos” (p. 742).

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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