IL GATTOPARDO

CUANDO LAS PALABRAS ALCANZAN A LOS OTROS SENTIDOS.

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SOBRE EL GATOPARDO DE GIUSEPPE TOMASI DE LAMPEDUSA

Antonio Joaquín González

Giuseppe Tomasi de Lampedusa (Palermo 1896-1957 Roma) retrata en su obra El Gatopardo un mundo que, por herencia, le tocó vivir, quizá sea por ello por lo que el esteticismo que caracteriza esta obra no se siente como algo ajeno o forzado. En El Gatopardo, mediante la exacerbación de los sentidos se busca alcanzar una verdad que radica en la sinceridad con la que un individuo, el príncipe Fabrizio de Salina, vive su existencia, más allá de los caóticos tiempos que le tocaron vivir. Una agonía de la historia totalmente necesaria para que, a la muerte del mundo viejo, el nuevo siga siendo exactamente igual. Qué necesaria hubiese sido la lectura de un texto como este en la España de 1978, al menos ahora sabríamos que siguen mandando los hijos de los que siempre detentaron el poder, aunque ya no sean los príncipes de casas solariegas casi derruidas, sino sus descendientes, con la sangre mezclada a la de los arribistas que, para medrar, vendían a sus propias hijas. No es este el tema, sin embargo, del que ahora me estaba ocupando.

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            ¿Cómo consigue Giuseppe Tomasi de Lampedusa alcanzar esas cotas tan elevadas de sensorialidad? Fundamentalmente por el mantenimiento de la tensión; por la prolongación de un tiempo que no está medido en segundos sino en sensaciones. Una de las joyas al respecto que encontramos en la novela; Fabrizio se dirige al encuentro con su amante, una prostituta, Mariannina, “aquella carne joven demasiado manoseada, aquella resignada impudicia”. Nada es esta cita del príncipe con Mariannina, sin embargo, en su viaje hacia Palermo, leemos:

“Ahora, efectivamente, la calle pasaba por entre los pequeños naranjos en flor, y el aroma nupcial del azahar lo anulaba todo, como el plenilunio anula un paisaje: el olor de los caballos sudorosos, el olor del cuero de la tapicería del coche, el olor del príncipe y el olor del jesuita, todo quedaba cancelado por aquel perfume islámico que evocaba huríes y sensualidades de ultratumba”.

Fragmento que podría ser un digno heredero, en 1957, de las lecturas del príncipe Fabrizio de Salina, al cual le gustaba ojear los libros de los poetas decadentes franceses.

En esa búsqueda de la sensorialidad, tan magistralmente expresada en el párrafo citado, lo único que hay es el ansia de vivir, sentir la existencia hasta en su mínimo detalle, encontrarse con la posibilidad de habitar un cuerpo plenamente visto en su desnudez. Todo ello viene a ser una manifestación de una sensualidad, no tanto pagana como renacentista. Igual que sucedió con uno de los autores por los que Giuseppe Tomasi de Lampedusa manifestó su afecto: Stendhal. ¿Es ahora necesario recordar que el protagonista de La Cartuja de Parma también se llama Fabrizio (del Dongo)? Aunque éste no se entrega a la vida con la búsqueda de la sensación que leemos en las descripciones del mundo que acompañan a Fabrizio de Salina: el palacio casi derruido con tantas habitaciones que hasta su mismo propietario las desconoce en su totalidad; habitaciones, bibliotecas o alcobas, salones o espacios íntimos en los que el moho se habría enseñoreado si no fuese por ese clima seco de polvo y luz que acompaña el breve peregrinar de sus personajes, como en las cacerías de don Fabrizio acompañado por don Ciccio. Sensaciones que van junto a la contemplación de la mujer o su recuerdo, o la fantasía de su desnudez impregnando de “perfume del paraíso” las sábanas de Angelica, o su sabor con gusto de fresas y nata, tal y como lo imagina el propio príncipe cuando va solicitar la mano de Angelica para su sobrino Tancredo.

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En El Gatopardo, el mundo es contemplado desde lo sensorial, porque los sentidos son el órgano de la vida

“Don Fabrizio conocía desde siempre esta sensación. Hacía decenios que sentía cómo el fluido vital, la facultad de existir, la vida en suma, y acaso también la voluntad de continuar viviendo, iban saliendo de él lenta pero continuamente, como los granitos se amontonan y desfilan uno tras otro, sin prisa pero sin detenerse ante el estrecho orificio de un reloj de arena”.

La sensación del tiempo que discurre irremediable y que acabará en la agonía del príncipe; hasta la Muerte misma resulta contagiada de esa mirada esteticista del mundo

“Esbelta, con un traje pardo de viaje y amplia tournure, con un sombrero de paja adornado con un velo moteado que no lograba esconder la maliciosa gracia de su rostro. Insinuaba una manecita con un guante de gamuza, entre un codo y otro de los que lloraban, se excusaba y se acercaba a él. Era ella, la criatura deseada siempre, que acudía a llevárselo. Era extraño que siendo tan joven se fijara en él. Debía de estar próxima la hora de la partida del tren. Casi junta su cara a la de él, levantó el velo, y así, púdica, pero dispuesta a ser poseída, le pareció más hermosa de como jamás la había entrevisto en los espacios estelares.

El fragor del mar se acalló del todo”.

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Hermosa, desde luego que sí, descripción de cómo llega la muerte para quien ha visto belleza en un tiempo decadente, agonizante y materialista.

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Era muy difícil que se alcanzasen las mismas cotas de sensorialidad obtenidas por Giuseppe Tomasi de Lampedusa, sin embargo, aunque utilizando un lenguaje diferente, el de la fotografía y el movimiento, Luchino Visconti lo conseguiría con la película que se basa en esta novela, en 1962. Son tantas las secuencias en las que Visconti logra plasmar el espíritu de las palabras de Lampedusa: el beso de Angelica a don Fabrizio bajo la celosa mirada de Alfonso-Tancredo, la persecución de los amantes por un palacio casi en estado de abandono, la larguísima escena del baile. Secuencias prolongadas en el tiempo y en la cadenciosidad de los encuadres para mantener en vilo unas sensaciones que, en el caso del filme no concluirán en la muerte del protagonista, al menos directamente planteada, porque desde un punto de vista metafórico, el sentido es el mismo, al presentar al príncipe arrodillándose al ver pasar a un sacerdote que corre para llevar los santos óleos a un moribundo, mientras en las calles en penumbra comienza a anunciarse al amanecer.

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Los ejércitos del cielo. La primera cruzada y la búsqueda del Apocalipsis

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Jay Rubenstein

(Barcelona, Ediciones de Pasado y Presente, 2012)

Antonio Joaquín González

Jay Rubenstein se aproxima a la historia de la primera Cruzada desde las creencias en un apocalipsis inmediato que habría de realizar la definitiva llegada de la Jerusalén Celestial. Leyendo las circunstancias que acompañaron la peregrinación de los cruzados, bien puede concluirse que, en cierta forma, esa hecatombe que debía ser el último tiempo llega a realizarse. Así, el autor nos recuerda algunos fragmentos de los relatados por escritores del siglo XII; entre otros, la entrada de los cruzados en el Templo de Salomón

“Al relatar la matanza en el Monte del Templo (o el Noble Santuario), los historiadores alcanzaron nuevas cotas literarias: <Nuestros peregrinos entraron en la ciudad, persiguiendo y matando sarracenos hasta llegar al Templo de Salomón, donde se reunieron y donde los sarracenos libraron un duro combate contra nuestros hombres durante todo el día, hasta tal punto que su sangre corría por todo el templo>. Esta imagen, la de los cristianos pisoteando riachuelos de sangre enemiga, persiguió a los escritores del siglo XII, e intentaron mejorarla más todavía”.

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La primera Cruzada es un movimiento espiritual en sus inicios. Aunque no haya que negar las bases socioeconómicas que en otros momentos de la historiografía son las fundamentales; está claro que la invasión de Tierra Santa por parte de los europeos occidentales fue guiada por unos principios religiosos, desde la convocatoria de Urbano II y Pedro el Ermitaño hasta una necesaria búsqueda de la trascendencia de la orden caballeresca, guiada, hasta el momento, exclusivamente por el deseo de poder y tierras.

            El Apocalipsis (14, 1-3) anuncia ese ejército que habría de realizar en la tierra la destrucción de lo viejo para que el espíritu venciese a las fuerzas de un Anticristo identificado en la época en las hordas turcas que habían entrado en tierras tanto cristianas bizantinas como musulmanas.

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“Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de Su Padre. Y oí un rugido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del Trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los cientos cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra”.

            Y de esta manera puede llegar a justificarse el comportamiento de unos guerreros cristianos que en Occidente jamás se hubiesen atrevido a llevar a cabo las inhumanidades a las que se acostumbraron en el Próximo Oriente. La primera Cruzada, muy en consonancia con esa visión apocalíptica, se convierte en una explosión de violencia, en la práctica de una brutalidad sistemáticamente aplicada como estrategia: decapitaciones, mutilaciones, canibalismo más allá de la urgente necesidad de alimentación. Rubenstein en su libro va recorriendo todo este salvajismo. ¿Realmente podemos llegar a admitir que este comportamiento brutal y alejado de las bases del catolicismo practicado en Occidente (la Tregua de Dios es un ejemplo) se asienta en la negación de la categoría del otro como persona? Lo dudo.

            El apocalipsis es el combate de dos fuerzas, la luz y la negrura; lo positivo y lo negativo; lo espiritual y lo demoníaco. Es el enfrentamiento, en definitiva, entre dos visiones del mundo diferentes. Los cruzados, para justificar su peregrinación de violencia, necesitan del otro. Este, en un primer momento, es el judío, al cual se le achaca la muerte del Redentor. Por esta época, y no en Oriente, se realizan las primeras matanzas de judíos. La necesidad de que se cumplan las profecías; el buscar la ruptura de los sellos que marcan el fin de los tiempos hace que se desborde la violencia. Y la crueldad necesita, al principio, el animalizar o cosificar al otro. Y esto último es una ficción. La brutalidad contra los habitantes de la Tierra Santa (entre los cuales también se encontraban cristianos orientales) urge una interpretación del musulmán desde una mentira creada con la frialdad estratégica.

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            Los cristianos conocían a ese otro, con él habían regado de sangre una misma tierra, Al-Andalus. Fijémonos en la figura de uno de los caudillos de esta Cruzada. Raimundo de Saint-Gilles, conde de Toulouse, era uno de los más importantes nobles de la Occitania, lo cual quiere decir de toda Francia. Ya había peregrinado con anterioridad a Tierra Santa, de hecho allí perdió un ojo. Conocía, también, a los musulmanes de Al-Andalus; sin embargo, es uno de los primeros que acude a la llamada de Urbano II. ¿Su sentir puede estar guiado por una visión del otro que provoca el desprecio más absoluto hacia la persona?

            Y, junto a la brutalidad más espeluznante –casi podríamos decir que el mundo ya no podía volver atrás después de algunos de los episodios descritos en este libro-, lo espiritual; la destrucción consigue escenificar algunas imágenes apocalípticas, desde luego que sí, aunque, a la vez, lo escatológico, en su sentido de santo (y lo santo es también inquietante) se manifiesta en la aparición de guerreros divinos en la batalla: Demetrio, Jorge, Mauricio; en los ejércitos fantasmales que acuden a llamada de la divinidad y en los visionarios que se ponen en contacto con lo trascendente. Estos últimos son los responsables, cuando no los farsantes, de la materialización de aquellas reliquias enaltecedoras de la fe en la victoria, en algunas ocasiones, cuando esta parece imposible. La Sagrada Lanza en Nicea y un fragmento de la Vera Cruz hallado en Jerusalén

“El Prefecto de Ramla no salía de su asombro por la conducta de los soldados. ¿Cómo podían sentirse tan eufóricos cuando sobre ellos se cernía la amenaza de una terrible batalla? Godofredo le explicó al prefecto que los francos se regocijaban al pensar en la muerte. Irían a un lugar mejor a reunirse con su Señor. Indicando la Vera Cruz, señaló: <Este signo de la Vera Cruz, que nos fortalece y nos santifica, servirá sin duda como escudo espiritual contra las lanzas de nuestros enemigos. Gracias a nuestra esperanza en este signo, nos atrevemos a enfrentarnos con más firmeza a cualquier peligro>. La Cruz, y no la lanza, y al diablo con los provenzales, protegía ahora Jerusalén, un talismán espiritual contra los paganos que blasfemaban del Señor”.

            La Historia de las Cruzadas es una historia de multitudes, desde luego que sí; también lo es de algunas personalidades cuya existencia marcó el desarrollo de los tiempos: Pedro el Ermitaño, Raimundo de Saint-Gilles… y Godofredo de Bouillon, especialmente Godofredo de Bouillon en el cual se aúna el poder del guerrero y la espiritualización de la violencia; alcanza por ello una categoría de mito.

Godofredo de Bouillon, Bruxelas

            Joseph François Michaud en su Historia de las Cruzadas (1831) escribe en los siguientes términos de Godofredo de Bouillon:

“La historia contemporánea (Roberto el Monje, siglo XII) nos ha trasmitido su retrato y nos dice que unía el valor a las virtudes de un héroe a la sencillez de un cenobita; que excitaban la admiración en los campos de batalla su destreza en manejar las armas y su extraordinaria fuerza corporal; que templaban su valor la prudencia y la moderación, y que jamás comprometió o deshonró sus victorias con una carnicería inútil o un ardor temerario. Animado de una devoción sincera y viendo la gloria sólo en el triunfo de la justicia, siempre estaba dispuesto a sacrificarse en pro de la causa de la desgracia o de la inocencia, y los príncipes y caballeros le tomaban por modelo, los soldados por padre, y los pueblos por apoyo. Si no fue el jefe de la Cruzada, como pretenden algunos historiadores, alcanzó cuando menos el imperio que dan el mérito y la virtud; los príncipes y los barones acudieron a su prudencia en medio de sus divisiones y contiendas, y dóciles siempre a sus palabras, obedecían sus consejos como órdenes supremas en los peligros de la guerra”.

            La mitologización de la persona de Godofredo de Bouillon casi podría decirse que es contemporánea a su existencia. Tempranamente se le hace sucesor del Caballero del Cisne; su posición se dignifica cuando no quiere alcanzar la categoría de Rey de Jerusalén y sólo se nombra como Defensor de la Ciudad Santa. Hasta su madre, Ida de Boulogne fue considerada como una santa

“El Apocalipsis (12:5) habla de una mujer revestida del sol y a punto de dar a luz a un hijo que debía regir a todas las naciones de Dios. En una imaginativa variante de esta historia, Ida se vio a sí misma embarazada de Godofredo, en pie en el interior del Santo Sepulcro. Vio un crucifijo suspendido del techo y deseó inclinarse humildemente ante la Cruz. En lugar de recibir su adoración, la imagen de Jesucristo cobró vida y descendió para rendir homenaje a su vientre, puesto que el hijo en su interior liberaría la ciudad en la que Él había muerto”.

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HEREJES de Leonardo Padura

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“Del realismo policial a la posmodernidad”

Sobre Herejes de Leonardo Padura

Antonio Joaquín González

No recuerdo muy bien si fue con Vientos de Cuaresma o con Pasado perfecto que inicié la lectura de las aventuras, más interiores que policiales, de Mario Conde. Sea con una o con otra, ahí comenzó una relación que me gustaría considerar de amistad, igual que las novelas de Leonardo Padura son un canto a tal emoción.

El sentimiento de escualidez al que tantas veces hace referencia Leonardo Padura acompañó a aquel volumen, que ahora casi me atrevería a afirmar que fue Vientos de Cuaresma, en un papel, una encuadernación, una impresión que daba la sensación de ir a borrarse por el mero hecho de la lectura; así era la edición realizada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1994 de una obra que había sido galardonada con el Premio Cirilo Villaverde de Novela en 1993; un volumen que me fue prestado, era el año 2000 ¿o el 2001? Y a quien tal cosa hizo creo que no podré agradecerle lo suficiente; eso aumentaba la escualidez del acto lector, suspensa, sin embargo, en la fuerza de una narración que atrapaba desde la primera aparición de Mario Conde o desde el recuerdo de una resistencia a las penurias y de un heroísmo del pueblo cubano tan pisoteado por la Historia, más ajena que propia.

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Han cambiado las ediciones; han aumentado las lecturas; así siguieron Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer –magnífico retrato de La Habana del feeling, una genial mezcla de bolero, libros antiguos y un crimen pasional-, La cola de la serpiente … Esta supuso una revelación; Mario Conde volvía a ser lo que fue –y además conseguía alcanzar uno de sus sueños, Patricia Chion; “un F-1 de chino puro y negra retinta. La mezcla satisfactoria y a proporciones iguales de aquellos genes había dado al mundo una china mulata de un metro y setenta y cinco centímetros de estatura, pelo negrísimo que le bajaba de la cabeza en unos tirabuzones ingobernables pero suaves, dueña de unos ojos perversamente rasgados (casi asesinos), una boca pequeña de labios gruesos, repleta de pulpa comestible, y un color de piel de chocolate aclarado con leche, parejo, limpio, magnético…”.

También, fuera de las protagonizadas por Mario Conde, La novela de mi vida, en la cual vuelve a unirse misterio, vida y literatura; o El hombre que amaba a los perros, un trabajo en el que tras cada palabra se adivinan las horas de ardua investigación, para llegar a trazar un perfecto retrato de Trosky y Ramón Mercader. No quiero olvidar mencionar dos magníficos estudios de Leonardo Padura que tanto me han ayudado en la comprensión de ese concepto tan ambiguo como es el Realismo Mágico: lo real maravilloso, creación y realidad (de nuevo una publicación tan escuálidamente meritoria) completado en Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso.

Y, ahora, Herejes. En ella, el investigador, detective, expolicía y buscador de libros valiosos, vuelve a enfrentarse al crimen, a la maldad en estado socialmente puro, aunque los culpables no sean engendros del infierno; sigue cobrando viejas deudas –pues algunas veces la venganza es agridulce- en Fabrizio, el antiguo policía corrupto y expersona y baja a unos infiernos, que aunque sean dantescos, como los descritos en Máscaras, ahora son posmodernos, por ello, el mundo líquido que habitan los nuevos adolescentes cubanos está representado en unos muchachos para los cuales hasta la depresión es objeto de consumo; para todos menos para uno, Judith, la reencarnación de la novia judía en la Amsterdam de Rembrandt, o de una muchachita que sufre, otra más, el peso de la Historia en los campos de concentración, engendro de unos alemanes cuyos descendientes han olvidado su protagonismo en estos hechos, triste protagonismo, para seguir ejerciendo de líderes autodenominados en un imperio deshumanizado. En la biblioteca de esta Judith cubana están Nietzsche, Kundera, Salinger y Murakami, quizá sugeridor del maldito pozo.

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Y es que Mario Conde ya no camina por un territorio en el que la vida estaba anclada a la realidad. Leonardo Padura hace que su protagonista cruce las fronteras de un mundo posmoderno para encontrarse con que la corrupción, el desprecio del ser humano por sus semejantes, la inmadurez, siguen siendo lo mismo. Al menos algunos pueden seguir siendo fieles a su entorno en el cual pueden encontrar ese banquete de amistad que actúa como repelente de la tristeza cotidiana de vivir en un paisaje dominado por los arribistas.

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APROXIMACION A LA LITERATURA ECUATORIANA

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