ESCRITORES ANTE EL MEDITERRÁNEO. GEOGRAFÍA, HISTORIA Y PAISAJE (2)

(ÁLVARO MUTIS, LAWRENCE DURRELL Y D.H. LAWRENCE)Los escritores de viaje saquean cualquier ciencia que les sea de utilidad: Geografía, Historia, Antropología, Sociología, Zoología, Etnografía, Botánica; en todas ellas se busca una autoridad que convierta el relato en, como poco, verosímil, aunque en muy pocas ocasiones se va a conseguir, pues el viaje supone un encuentro alucinado mediatizado por experiencias que son más aprendidas que vividas; todas ellas pretenden ser el cimiento objetivo de la narración subjetiva, más todavía cuando la expresión de la experiencias se aproxima a lo lírico. Quizá en algún momento se consiga una cierta objetividad: expediciones académicas, realización de guías de viaje, espionaje. Lo que sí que es evidente en los textos viajeros, y en esto coinciden Lawrence Durrell, D.H. Lawrence y Álvaro Mutis, es la manifestación directa de una voluntad antiturística; el narrador deja bien claro que es un viajero. Lawrence Durrell se refiere a los turistas en estos términos:
“Recorren Delos como un sacrificio humano a una cultura que ha dejado de identificarse con sus propias raíces del pasado. Estos rostros pálidos, de pastel, buscan curiosos en el pasado las claves perdidas de su presente. Tanta carne achicharrada bajo el tórrido sol: su devoción es tan conmovedora como exasperante. Míkonos y Delos se tambalean bajo su presencia, pero por lo general sólo durante un mes o dos y no todos los días. Cualesquiera que sean los efectos del turismo sobre la isla hay que ver Míkonos; no puede uno perdérsela o verla de pasada. Sería como no ir a Venecia por causa de los turistas o a Fez por el olor de los zocos” (Durrell 1983:124)

El viaje, el paseo, el caminar, como la literatura, requieren ensueño y soledad (un ejemplo: Rousseau en su obra Las ensoñaciones del caminante solitario); por ello, viajar y escribir solicitan retiro y seriedad, son la mayéutica que permite el alumbramiento de la idea. Ante tal experiencia, la del turista contra el cual Nietzsche (1985:1837) ya lanzara en 1879 una diatriba en El caminante y su sombra: “Turismo. Suben la montaña como animales, bestialmente y sudando a mares; no encuentran quien les diga que en el camino hay muy buenas perspectivas”, en una ruta que permite que el viajero pueda establecer el diálogo con su propia sombra, metáfora, no de los aspectos oscuros de la personalidad, sino de la realidad metafísica que somos.
El aislamiento es el primer paso hacia el conocimiento. El ser humano nace y muere en soledad –aun cuando esté rodeado de los otros-, así que toda experiencia trascendental ha de partir del arrostrar individualmente la realidad o el viaje que acaba en muerte, la vida misma. Existe un texto medieval, de la cultura islámica, escrito por Ibn Tufayl (siglo XII), El filósofo autodidacto, en el que viene a demostrarse cómo el hombre es capaz de alcanzar la más profunda trascendencia sin necesidad de maestros externos; en esta obra, traducida al latín, en Inglaterra en 1671, se encuentra el germen de Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe. Esta es también la soledad que perpetuamente vive Maqroll el Gaviero en su continuo deambular.
Toda literatura es un viaje en el que se une la realidad fenoménica, percibida o vivida, a la experiencia de la ficción. Ese recorrido bien puede concluir en una catarsis, en una iluminación que implica una transformación ontológica. Tan importante es la noción de viaje para la literatura que Conde Parrado (2004:73) puede llegar a concluir: “a uno le da la impresión de que, del mismo modo que no puede haber filosofía sin pensamiento, ni ciencia sin matemáticas, tampoco puede existir literatura sin viaje”. La relación aventura, viaje, literatura y épica es definida en este interesante párrafo de Zumthor (1994:369) que deberíamos tener en cuenta para nuestra interpretación:
“El término <aventura> conserva un recuerdo de su origen, que es un futuro latino; la palabra designa lo que, no realizado todavía, corresponde al héroe como un favor del destino. La aventura supone el privilegio de quien, consagrado por la profesión caballeresca ha salido del refugio, del reposo, de la certidumbre tranquilizadora… La aventura pone en marcha un dinamismo que orienta la búsqueda, al igual que un itinerario orienta el viaje. La búsqueda hace posible la aventura, en la medida en que esta implica un cambio de lugar”.

La Historia, como encontraremos en los textos de Lawrence Durrell, o en los de Álvaro Mutis, y menos visible en los de D.H. Lawrence, como en la de tantos otros viajeros desde la Antigüedad (Heródoto), forma parte importante del acervo con el que le gusta acompañarse al caminante, pues, de un modo u otro, ayuda a comprender y a llenar de significado el paisaje que se va a recorrer y a las gentes que se va a conocer. Así, Sabaté (2019:39) considera como una información importante para el visitante de las islas jónicas que estas “de poca relevancia en la Antigüedad salvo para la literatura y el mito –recordemos la Ítaca de Ulises y la Citera de Afrodita-, cobraron importancia al caer, después de la toma de Constantinopla por los cruzados (1204), en las rapaces manos de Venecia. La Serenísima introdujo el feudalismo, que duraría hasta el convulso fin del siglo XVIII, mandó colonos, que pronto se helenizaron, y defendió el archipiélago de los ataques turcos”.

Historia y cultura, desde luego, pero también el mundo y su naturaleza captada desde la plenitud del que observa algo que no es su mundo habitual. Para comprobar hasta qué punto lo estético se ancla en la naturaleza, me parece interesante recurrir a un artículo publicado en una reconocida revista de viajes, el año 2019, acerca de las islas griegas del Jónico, escrito por un filólogo traductor de literatura griega, Pau Sabaté. La realidad no puede liberarse del mito porque contemplada por el ser humano, éste no puede dejar de encontrar en ella un simbolismo, “en las islas jónicas, la naturaleza es verde y exuberante, las montañas boscosas y las aguas turquesas. El monte, tanto en unas como en otras, predomina, pero si en el Egeo transmite dramatismo, aquí infunde serenidad” (Sabaté 2019:39), y el concepto de dramatismo, no tanto el de serenidad, es estético.

Acerca de lamansiondelgaviero

Escritor y amante de la literatura. Obras publicadas en kindle: "Realismo mágico y soledad, la narrativa de Haruki Murakami", "Castillos entre niebla", "Amadís de Gaula, adaptación", "El tiempo en el rostro, un libro de poesía", Álvaro Mutis, poesía y aventura", "Edición y estudio de Visto y Soñado de Luis Valera" y mis últimas publicaciones "Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera" y "El Tarot de los Iluminadores de la Edad Media. Traducción de Hugo de Roccanera".
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