LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL
Una de las características que han marcado en todo momento la visión del Oriente es su sello como una tierra propicia para una experiencia espiritual, de iluminación, si se prefiere; en buena medida, la literatura de Álvaro Mutis persigue una mística a la que muy bien podría dársele el nombre de laica, una mística que tiene más que ver con el conocimiento de la propia esencia que con la unión a una divinidad que no está presente. Uno de esos momentos de iluminación es descrito por el escritor con las siguientes palabras, que desde un principio nos sitúan en el ámbito del Próximo Oriente, en un tiempo rememorado que, por otra parte, es muy del gusto de Mutis: “En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: <No era aquí>. No hay día en que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar” (La Nieve del Almirante, p. 31). Palabras que, además, nos hablan del sentido tan especial que alcanzan las iluminaciones en su obra, como expresión de una filosofía del desencanto.








Reales como la tierra en la que marcan sus pasos, con el poderío del paisaje que las rodea; mujeres de sueño y arte, pero también mujeres en las cuales confluye la literatura y la pintura, es el caso de Arlette, la francesa arquetipo de la literatura galante, o la infanta Catalina Micaela, hija del rey Felipe II, vislumbrada en un cuadro de Sánchez Coello, en el Museo del Prado. Mujeres que nacen más que de la realidad, de una manifestación artística ajena a la literatura; pero que cobran su misma existencia.


























