Feliz aquel que se ocupa del destino eterno y, como viajero que parte con la luz del alba, se despierta, todavía el alma en el ensueño, y desde la aurora reza y lee. Victor Hugo, Las contemplaciones
Marie Victor Stanislas de Guaita nació el 6 de abril de 1861 en Alteville-Nancy en la Lorena francesa. Su madre, de ascendencia francesa era ferviente católica; en cuanto a la rama paterna, procedía de una antigua familia de origen germánico. En el colegio de la Compañía de Jesús donde estudió, en Nancy, tuvo como compañero a Maurice Barrès (1862-1923). Ambos compartieron sus primeros acercamientos a la poesía.
Su trayectoria literaria comenzó en 1881 con Les Oiseaux de passage; de 1883 es La Muse Noire y en 1885, Rosa Mystica.
En 1882, acompañado por Maurice Barrès, se instaló en París, para cursar estudios universitarios de Derecho, más por compromiso que por vocación. Progresivamente se acerca al estudio del ocultismo. Leyó las obras de Eliphas Levi, a quien consideró su maestro. En París va a relacionarse con alguno de los más importantes ocultistas del momento como Barlet, Papus, Saint-Yves d’Alveydre y Joséphin Péladam.
Durante cinco meses al año se alojaba en su apartamento de París; allí se reunía un importante grupo de investigadores de lo oculto; él mismo fue uno de los principales responsables de la fundación de la Orden Cabalística de la RosaCruz. El resto del año lo pasaba en el castillo de Alteville, en compañía de su madre, cuidando de sus posesiones y ocupado en estudios ocultistas y alquímicos. Llegó a reunir una importante biblioteca. La vida de Stanislas de Guaita en el campo era similar a la del sabio buscador, apartado de la vida social, preocupado exclusivamente en indagar, desde la Libertad interior, la Verdad y la Belleza; desde el esfuerzo de la Voluntad, siguiendo el régimen vital del solitario.
En 1886, Guaita, en una carta a Péladam, le cuenta que está preparando una obra que, en un principio, iba a titularse Los tres mundos, con la finalidad de dar a conocer la materia esotérica en profundidad. Aquí está el origen de En el umbral del misterio. En esta época ya han hecho acto de presencia los sufrimientos causados por la enfermedad que le llevará a la muerte.
En el umbral del misterio fue publicado en 1886. Se trata de una síntesis general sobre alta magia. Uno de los elementos que centra su pensamiento ocultista es el principio de analogía, equivalente a las Correspondances que encontramos en la poesía de Baudelaire. De 1891 es la segunda obra de ese acercamiento a la filosofía de lo oculto, El templo de Satán, donde se aborda un detallado estudio de los siete primeros arcanos del tarot. Y finalmente, en 1897, el mismo año de su fallecimiento (el 19 de diciembre), La llave de la magia negra.
Como poeta, Stanislas de Guaita pertenece al movimiento literario simbolista, que se sitúa cronológicamente entre 1867 (muerte de Baudelaire, maestro de esta escuela) y 1916 (fecha que está marcada, para el Modernismo hispánico, por el fallecimiento de Rubén Darío). Como prolongación de estéticas anteriores, surge desde el Romanticismo negro (ejemplificado en Edgar Allan Poe y en la novela gótica) y en los poetas satánicos, cuyo máximo representante es Lord Byron. Heredero de tal panorama, el Simbolismo manifiesta una estética enfrentada a la vida, entendida esta como materialización del espíritu burgués. Los precursores del Simbolismo comenzaron su vida durante el periodo del Romanticismo; así Aloysius Bertrand (1807-1841), creador del poema en prosa con Gaspard de la nuit (1842), y Gérard de Nerval (1808-1855) con sus sonetos de Les Chimères (1854), hasta Baudelaire (1821-1867).
El Simbolismo defiende una visión que es la de los valores opuestos al mundo burgués. Ya se encuentran atisbos de esta tendencia en la novela Madame Bovary de Flaubert (1856, en 1857 es publicada Las Flores del Mal de Baudelaire) o en la pintura de Manet Olympia (1863). La crítica, la denuncia de una ideología materialista, el alejamiento hacia otras filosofías como el ocultismo o una religiosidad pura alejada de la hipocresía católica oficial, la presencia de los mundos antiguos contemplados desde el arqueologismo exótico y estético; todo ello marca la definición del Simbolismo y aquí es donde se encuentra la obra de Stanislas de Guaita.
FUNCIONES DE LOS DIOSES. Las deidades de la Naturaleza rara vez se limitan a sus funciones propias en la misma naturaleza. El sintoísmo exhibe una tendencia progresiva a reconocer en ellas una providencia que influye en los asuntos humanos. Incluso en el sintoísmo más antiguo se encuentran ejemplos de Dioses ejerciendo un cuidado providencial hacia la humanidad, más allá de sus propias esferas de acción. La Diosa del Sol no solo otorga luz al mundo, sino que conserva las semillas del grano para sus amados seres humanos Ella vela de una manera especial por el bienestar de sus descendientes, los mikados.
Susa-no-wo, la Tormenta de Lluvia personificada, es el proveedor de todo tipo de árboles útiles. Prácticamente, se les reza a todas las deidades por una buena cosecha, o por la lluvia. Incluso es posible apelar a un hombre-dios como Temmangu, para tales propósitos. Cualquier Dios puede enviar un terremoto o una pestilencia. En 853 hubo una gran epidemia de viruela. Un oráculo de Tsukiyomi, el Dios de la Luna, indicó cuáles eran los medios para obtener alivio en esta plaga y, desde entonces, gentes de toda clase, le rezan cuando es necesario. Los Ujigami y Chiju, dioses protectores locales y de la familia, podían ser elegidos desde cualquier clase de deidad. Un escritor japonés moderno, citado por el capitán Brinkley, en Japan, dice:
«Nadie sabe qué espíritu del cielo o de la tierra se venera en el Suitengû, en Tokio. Pero, a pesar del anonimato de tal divinidad, la gente le atribuye el poder de proteger contra todos los peligros del mar, contra las inundaciones, los robos y, por una extraña yuxtaposición de esferas de influencia, contra los dolores del parto. La deidad de Inari asegura eficacia para la oración y abundancia de cosechas; el Taisha (gran santuario de Idzumo) preside el matrimonio; el Kompira comparte con el Suitengû el privilegio de custodiar a los que <bajan a lo profundo>. El resto confiere prosperidad, evita la enfermedad, cura la esterilidad, otorga talento literario, dota de habilidades guerreras, …»
El doctor Florenz, en su Japanische Mythologie, dice que Sui-tengû es una fusión de la Sumiyoshi, Diosa del Mar, con el indio Dios del Mar, Sui-ten, es decir, Varuna, con posterioridad identificado con el joven emperador Antoku, que perdió su vida al ahogarse en 1185.
CARÁCTER POLITEÍSTA DEL SINTOÍSMO. Un culto a la naturaleza como es el antiguo sintoísmo fue en sustancia y de manera inevitable, politeísta. La adoración de un solo Dios-Naturaleza, como el sol, es, en verdad, inconcebible; sin embargo, en la práctica, el mismo impulso que lleva a la personificación de un objeto o fenómeno de la Naturaleza nunca va a quedarse en eso sólo. El Universo viviente es una posible deidad monoteísta de la Naturaleza. Pero esta concepción requiere un mayor conocimiento científico que el que poseían los antiguos japoneses, los cuales disponían sólo de un imperfecto y fragmentario reflejo de una visión espléndida.
Hay alguna evidencia de que el sintoísmo ocupó el lugar de un politeísmo anterior más grosero e indiscriminado. Se nos dice que Take-mika-tsuchi y Futsunushi prepararon Japón para el advenimiento de Ninigi, limpiándolo de deidades salvajes que durante el día zumbaban como moscas de verano y de noche brillaban como braseros, a la vez que, incluso las rocas, los árboles y la espuma de las aguas tenían el poder absoluto del habla.
El número de deidades sintoístas es muy elevado. El Yengishiki enumera tres mil ciento treinta y dos santuarios oficialmente reconocidos y, aunque los mismos Dioses son adorados en diferentes lugares, aun así, su nombre sigue siendo legión. Popularmente se habla de las divinidades como si fuesen ochenta miríadas, ochocientas miríadas o mil quinientas miríadas. El número de deidades efectivas fluctúa mucho. Abundantes son las que caen en el olvido. La identificación de distintas deidades en una misma es otra causa de la disminución de sus filas. Esto sucede con suma facilidad en un país donde, para parodiar la frase de Pope, «la mayoría de las deidades no configuran, para nada, un personaje». Por otro lado, su número aumenta de vez en cuando por el reclutamiento de nuevos Dioses producidos en distintos procesos. La misma deidad, adorada en diferentes lugares, llega a ser reconocida como otras tantas divinidades distintas. Horus, en el antiguo Egipto, la Virgen María en Italia y muchas de las deidades griegas y romanas pueden ilustrar esta afirmación. Podemos asegurar que a los efesios les hubiera molestado cualquier intento de identificar a su Diana con las de otras ciudades. Este proceso resulta más fácil en Japón por la práctica de hablar del Dios, no por su nombre, sino por el de un lugar de residencia; otro ejemplo de hábito de impersonalidad ya anotada de la mente japonesa. De hecho, a los japoneses les importa poco qué Dios es el que se adora en un determinado momento y lugar. Al peregrino cotidiano le basta con saber que alguna deidad poderosa reside allí. Un poema compuesto en el gran santuario de Ise dice: «¿Qué es lo que habita aquí?, no lo sé, pero mi corazón está lleno de gratitud y las lágrimas se deslizan». De uno de los Grandes Santuarios del Yengishiki, el Manual de Murray nos informa que «existe una considerable divergencia entre los estudiosos en cuanto a la identidad de los dioses a quienes este templo está dedicado». Durante el actual reinado (Era Meiji), Kompira fue convertido, por el gobierno, de su esencia budista en deidad sintoísta, sin detrimento de la popularidad de su santuario como lugar de peregrinación. Un mismo Dios puede tener mayor crédito, por lo que se refiere a su eficacia, en un lugar que en otro. Así, el Inari de cierto pueblo tiene gran reputación por la recuperación de propiedades robadas. Tales especialidades fueron reconocidas incluso por el Gobierno, responsable de otorgar diferentes rangos a una misma deidad en distintos lugares. Distinciones de este tipo, por supuesto, facilitan la multiplicación de una deidad en varias. Otra causa de esa multiplicación está relacionada con el error de presentar una misma deidad con diferentes epítetos, cosa que la hace parecer como divinidades diferentes. En tiempos modernos, el panteón sintoísta ha aumentado por la introducción en sus filas de seres humanos. Los árboles todavía son deificados y, en ocasiones, hace su aparición una nueva deidad de no se sabe dónde.
El carácter politeísta del sintoísmo está íntimamente relacionado con la debilidad del Gobierno Central en Japón durante la época de su desarrollo. Aunque quizá sea más correcto decir que es otra manifestación de la misma falta de cohesión nacional. Goblet d’Alviella, en Hibbert Lectures dice: «los diferentes pueblos concibieron y desarrollaron esta jerarquía divina pari passu (a la vez) que se aproximaban a la unidad política»; Aristóteles reconoció el mismo principio. Los antiguos mikados eran cualquier cosa menos autócratas. Su autoridad, casi siempre, fue eclipsada por la influencia de ministros que luchaban entre ellos por la consecución del poder que solo nominalmente estaba conferido al soberano. El Gobierno central tenía poca jurisdicción efectiva más allá de la capital y las cinco provincias originales. No hay que asombrarse de que, en estas circunstancias, las deidades locales mantuvieran su vitalidad y prestigio.
El monoteísmo era imposible en el antiguo Japón. Sin embargo, podemos rastrear ciertas tendencias en tal dirección que no carecen de interés. Una nación puede pasar del politeísmo al monoteísmo de tres maneras; en primer lugar, dando cierto privilegio a una deidad y haciendo que absorba las funciones y el culto debidos a las demás; en segundo lugar, por una nueva deificación de una concepción más amplia del universo; y, en tercero, por el destronamiento de las divinidades nativas en favor de un solo dios de origen extranjero. Este último es el destino más habitual de los politeísmos, esta es la amenaza a los antiguos Dioses de Japón. Debilitado por las invasiones del budismo y la paralizante influencia de la filosofía escéptica china, tal amenaza ya empieza a sentirse. «Los rayos de Belén ciegan sus ojos oscuros» (Himno de Navidad, John Milton 1608-1674). Nuestra cuestión, no obstante, se refiere al pasado, no al futuro.
El primero de los tres caminos que conducen al monoteísmo se ilustra en la tendencia a atribuir a varias de las deidades sintoístas cierta superioridad sobre las demás. La Diosa Sol, Kuni-toko-tachi, la primera Divinidad, en el comienzo de los tiempos, según el Nihongi, Ame-no-mi-nake-nushi, y, en Idzumo, Ohonamochi, han sido ensalzados, a su vez, a una posición única por sus partidarios. Pero, por razones que aparecerán cuando lleguemos al examen de estas deidades con mayor profundidad, ninguna de ellas merece ser considerada bajo el título de Ser Supremo. La opinión de Max Müller de que «la creencia en un Ser Supremo es inevitable», no se confirma en los hechos del sintoísmo. La segunda ruta que conduce al monoteísmo a través de una visión más integral de la concepción del Universo, está ejemplificada en las deidades creadoras Izanagi e Izanami, personificaciones de los principios masculino y femenino de la Naturaleza, y más aún por Musubi, el Dios del Crecimiento, que posiblemente pudo haberse convertido en el Ser Supremo de tal panteísmo. Pero las abstracciones filosóficas de este no son aptas para el alimento cotidiano de la naturaleza humana. Musubi nunca adquirió mucha confianza por parte del pueblo, aunque durante un tiempo, su adoración ocupó un lugar prominente en la corte de los mikados. Eventualmente, se dividió, primero en dos y, luego, en un grupo de deidades, y finalmente fue olvidado casi por completo.
Il. G. Andrango
El Nihongi, fechado en 644 d.C., narra la historia de un movimiento ciego y abortado dirigido hacia una suprema deidad monoteísta que reclama, para nosotros, una cierta simpatía:
«Un hombre que habitaba cerca del río Fuji, al este del país, llamado Ohofube-no-ohoshi, instó a sus compatriotas a adorar a un insecto proclamando: <Este es el Dios del Mundo Eterno. Los que adoren a este Dios tendrán larga vida y riquezas>. Al final, los magos (kannagi) y las sacerdotisas (miko), fingieron una inspiración de ese Dios y dijeron: <Aquellos que adoran al Dios del Mundo Eterno, si son pobres se volverán ricos, y si viejos, recuperarán su juventud>. De este modo persuadieron a más y más gente para que arrojaran fuera de sus casas todos los objetos de valor que tenían, y para que siguiesen el camino del sake, de las verduras y de los animales domésticos. También les hicieron aclamar: <¡Han llegado las nuevas riquezas!>. Tanto en el campo como en las ciudades, las gentes tomaron al Insecto del Mundo Eterno y lo colocaron en un lugar puro, mientras, con cantos y danzas, invocaban a la felicidad. Tiraron sus tesoros sin propósito alguno. Las pérdidas y el despilfarro llegaron a su extremo. Entonces, Kahakatsu, Kadono-no-hada-no-miyakko, se enojó porque veía que la gente había caído en el engaño, y mató a Ohofube-no-ohoshi. Los magos y las sacerdotisas se intimidaron y dejaron de predicar a las gentes tal culto. Los hombres de aquel tiempo hicieron una canción que decía:
«Udzumasa ha ejecutado al Dios del Mundo Eterno de quien nos dijeran que era el mismísimo Dios de Dioses «Este insecto suele criarse entre los naranjos y, a veces, en los hosoki –cierto tipo de arbusto similar al de la pimienta–, mide más de cuatro pulgadas de largo y tiene el grosor de un pulgar; de un color verde hierba con manchas negras y se parece mucho al gusano de seda».
Dos son los libros que recuerdo como primeros en mi vida de lector. Uno, Robín de los Bosques, de Norman R. Stinnet; el otro, La isla del tesoro de Robert L. Stevenson, aunque en versión muy abreviada de Heliodoro Lillo Lutteroth (todos estos nombres suenan a seudónimos de ediciones de posguerra) en 1955, e ilustrada por el inigualable Jaime Juez Castella –de cuyas figuras femeninas y mártires en la Roma pagana guardo un ambiguo y turbador recuerdo de encendido púber–, en sus dibujos, el blanco y negro es perfecto para ese mundo protagonizado por Jim Hawkins, con un rostro que parece de doncella, cercano a los de la edición Bruguera de Fabiola, escrita por el Cardenal Wiseman; este es otro de esos libros que conservo en mi biblioteca interior que, al fin y al cabo, viene a ser aquella que ningún incendio puede rematar, ni la liquidación en chatarrería.
Quiero, quise, escribir un poema sobre el libro de Stevenson, de Lutteroth, de Jaime Juez; pero ahora, en ese desbarajuste de la mente a rienda suelta, solo me viene a la cabeza un distante sábado, cuando mi abuela Gloria, tan iletrada como sensible, me regaló El conde de Chanteleine, de Julio Verne, en tebeo de Joyas Juveniles de la beata editorial Bruguera, también en ilustración, trazos de maldad revolucionaria a pincel, de Jaime Juez; este permanece en mi biblioteca de papel pues, benditas ocasiones, las hojas impresas guardan el tiempo que discurre.
Los etnólogos están de acuerdo en que el elemento predominante de la raza japonesa llegó a Japón a través de Corea, desde la parte del continente asiático que se encuentra al norte de China, seguramente en sucesivos movimientos migratorios que se prolongaron a lo largo de varios siglos. Resulta inútil especular acerca de las rudimentales creencias religiosas que pudieron llevar consigo desde su punto de origen continental los ancestros de la raza japonesa. El culto al Sol ha sido durante mucho tiempo un rasgo definitorio de las religiones tártaras, entre las cuales se encuentra el sintoísmo; sin embargo, tal coincidencia no demuestra nada, puesto que este culto es universal entre los pueblos de las etapas bárbaras de civilización. Resulta complicado afirmar o negar una posible influencia de la antiguo religión de estado china -que es, esencialmente, un culto a la naturaleza- en el primitivo desarrollo del sintoísmo. La circunstancia de que el Sol es la principal deidad de este, mientras que para los chinos es el Cielo, contradice tal suposición. Tampoco hay nada en Japón que se corresponda con el Shangti (el Dios supremo) de los antiguos chinos. Hay en el sintoísmo indicios claros de un elemento coreano. Un Kara-no-Kami (Dios de Kara, en Corea) que era venerado en el Palacio imperial. Existían, además, numerosos santuarios en honor de Kara-Kuni-Idate-no-Kami. Susa-no-Wo y Futsunushi presentan correspondencias coreanas.
Hasta principios del siglo V de nuestra era, la escritura era prácticamente desconocida en Japón. Sin embargo, también es cierto que un cuerpo bastante considerable de mitos, junto a rituales formalizados, habían sido transmitidos de generación en generación por los Nakatomi y los Imbe, dos corporaciones sacerdotales de carácter hereditario en la corte del mikado. También se tienen noticias de las kataribe, grupo de recitadoras establecidas en diversas provincias, especialmente en Idzumo, centro antiguo del culto sintoísta. Se mencionan en el Nihongi, datado hacia el 464 d.C. y seguían activas en el siglo XV. Desgraciadamente, poco sabemos de ellas, más allá de que estuvieron presentes en la capital, donde recitaban sus «palabras antiguas», con motivo de la coronación del mikado. Han debido de ser estas las que proporcionaron material para las narraciones escritas míticas y pseudohistóricas que han llegado hasta nosotros.
KOJIKI. El más antiguo de tales documentos es una obra titulada Kojiki, o Registros de asuntos antiguos. Se compiló por orden imperial y se concluyó en el año 712 d.C. En su prefacio se afirma que fue copiada desde la voz de un tal Hiyeda-no-Are, cuya memoria era tan prodigiosa que podía «repetir con sus labios cualquier cosa que era puesta ante sus ojos y grabar en su corazón aquello que llegaba a sus oídos». Los lectores interesados pueden estudiar esta obra en una traducción exacta al inglés realizada por B.H. Chamberlain para Transactions of the Asiatic Society of Japan, en 1882, precedida de una valiosa introducción.
En buena medida, la denominación de este movimiento literario (y puede reconocerse como tal porque hay una clara voluntad de asimilarse a una definición muy concreta de la literatura por parte de sus autores) procede del mismo Libro de Alexandre, de la famosa cuaderna, segunda estrofa, que dice
«Mester traigo fermoso, non es de joglaría,
mester es sin pecado, ca es de clerecía,
fablar curso rimado por la cuaderna vía,
a sílabas contadas, ca es grant maestría».
Versos de los que se deducen varias características del Mester de Clerecía; primero, una proclamada voluntad de separación de otro tipo de literatura (¿conseguida?) como es el oficio de los juglares; segundo, su relación con una visión del mundo desde lo religioso, característico del teocentrismo medieval; y tercero, la estructura métrica a la que se da el nombre de cuaderna vía, que supone una evidente voluntad de estructura versal frente a la irregularidad (¿aparente?) de los poemas recitados por los juglares, todo ello desde la afirmación de la maestría que supone.
Más allá de la utilización de unas técnicas métricas concretas, el corpus del mester de clerecía está formado por poemas narrativos extensos, entre los que hay que destacar las hagiografías de Gonzalo de Berceo, el Libro de Apolonio y el Libro de Alexandre, todos ellos ubicados cronológicamente en la primera mitad del siglo XIII.
En la Edad Media, entre los siglo XII y XIII, se puede dividir la literatura en tres categorías bien definidas: la literatura popular profundamente arraigada en el vivir cotidiano; la épica del mester de juglaría y el mester de clerecía. Este último nace, sobre todo, a partir del renacimiento cultural que se produce en el siglo XII. Este será el tercero medieval, el primero fue en la corte de Carlomagno; el segundo, en la Córdoba califal. Con él se marcaría una visión del mundo diferente a lo que podemos encontrar, por ejemplo, en el Cantar de mío Cid.
En ese momento surgen las primeras universidades cristianas, se desarrollan las ciudades, se abren las relaciones con Oriente desde las Cruzadas, por las rutas comerciales y por los contactos con la España andalusí; hay un refinamiento de la nobleza, sobre todo por la influencia de la teoría del Amor cortés. No olvidemos la interrelación de culturas a través de las traducciones del árabe, hebreo y latín gracias a las cuales van a llegar a Europa tradiciones tan lejanas como la India (Sendebar, Calila e Dimna). Casi todos estos rasgos en un principio son del ámbito cristiano transpirenaico, no se desarrollarán en la Península Ibérica hasta el siglo XIII. En Palencia, entre 1208 y 1214 se crea la primera universidad cristiana del territorio castellano. Es muy posible que el desconocido autor del Libro de Alexandre estuviese relacionado con ella. Sucede algo parecido con el arte. El Gótico, que en Francia florece en torno a 1140, en España no encontró sus primeras manifestaciones hasta la segunda década del siglo XIII.
No es a causa de fronteras cerradas por la que se produce ese tardío desarrollo hispánico. Tengamos en cuenta que los intercambios culturales con Francia son muy frecuentes a lo largo de los siglo XI y XII. El Camino de Santiago y la participación de cruzados franceses en la lucha contra los musulmanes en la zona de Aragón; Provenza, los Cátaros, como súbditos del rey de Aragón. La causa de esa tardanza, más hay que buscarla en el enfrentamiento contra Al-Ándalus, especialmente a partir del momento en que se producen las invasiones norteafricanas, primero los almorávides, después los almohades cuya derrota en 1212 en la batalla de Las Navas de Tolosa, marca el declive político, sólo político, de lo islámico en la Península Ibérica.
El Libro de Alexandre es una de las obras más importantes de la literatura medieval española, aunque no sea plenamente original (pues procede de la traducción de textos franceses), a diferencia de lo que ocurre con el Cantar de Mío Cid. Muestra un horizonte cultural que va mucho más allá de las fronteras de los Reinos hispánicos, tanto que llega a los límites del mundo conocido y aún los sobrepasa al cruzar el territorio de lo extraordinario.
En el momento en que admitimos la anonimia como uno de los rasgos definidores de la literatura medieval, la que hunde sus orígenes en la raigambre más profunda del hecho cultural hispánico, poco importa que se hable de distintas posibilidades autoriales para una obra como el Libro de Alexandre. Siempre y cuando tengamos en cuenta que no nos encontramos ante una obra tradicional; es decir, no es el producto de esa categoría abstracta que es un pueblo y, además, su autor, aunque no nos haya legado su nombre, está orgulloso de unos conocimientos adquiridos desde unas fuentes que no son las populares. De igual manera, también quiero hacer notar que en algún momento el fingimiento de la voz del juglar contiene no sólo burla, sino también respeto; el respeto del que abandona la soledad del escritorio para unirse a aquellos que están dispuestos a escuchar una historia. Dicho esto, recordemos que a lo largo del tiempo se han barajado tres posibles nombres como responsables del texto: Alfonso X el Sabio, Gonzalo de Berceo y un clérigo leonés llamado Juan Lorenzo Segura de Astorga.
Es indudable que quien escribió el Libro de Alexandre tenía como lengua materna el castellano, aunque ciertos rasgos, como los arcaísmos mozárabes, lo sitúan en tierras que debieron ser reconquistadas más allá del siglo XI. También podemos decir de él que pertenecía al grupo de los clérigos, pues manifiesta una muy buena formación, sobre todo en fuentes francesas y por la continua referencia al afán de conocimiento en el personaje de Alejandro, el mismo deseo cultural del que el anónimo autor se muestra orgulloso a lo largo de toda la obra, aunque finalmente llegue a la soberbia que conduce al rey macedonio a su vertiginosa caída.
¿Hasta qué punto el término clérigo nos habla de hombre de iglesia? Es necesario desligar ambos principios; por casualidad, Juan Ruiz era Arcipreste de Hita (¿de verdad?), cosa que no le impidió ser autor de una de las obras más deliciosas, casi libertina en algún momento, de la literatura castellana medieval como es el Libro de buen amor. De igual manera, ¿pertenecía a la iglesia el desconocido creador delLibro de Alexandre? Pues no lo sabemos.
La imaginación que, para algunos, es la loca de la casa, en este verano, producto del cambio climático, asfixiante, pero todavía con una ligera brisa que ahora mismo llega a mí después de pasar entre cipreses y canto de pájaros, me lleva a fantasear con la posibilidad de un autor del Libro de Alexandre: un antiguo miembro de alguna de las órdenes militares que participaron en la conquista de Al-Ándalus; ¿por qué no un templario?, quizá herido en la misma batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, obligado a abandonar el ejercicio de las armas, quizá hasta desquiciado de la sangre, para recordar en un retiro cultural la historia de un conquistador que llevado por la soberbia acabó condenado. Imaginación……, pero ¿qué seríamos sin ella?
La obra titulada Alexandreis de Gautier de Châtillon va dedicada al arzobispo Guillermo de Reims, entre 1176 y 1201; así pues, la obra francesa sobre la que se alza el edificio temprano gótico que es el Libro de Alexandre, puede ser fechada hacia finales del siglo XII, y esta en la primera mitad del siglo XIII, alrededor de 1235 como permiten confirmar ciertas menciones cronológicas -que no dan una certeza absoluta, ni falta que hace- en la misma obra, por ejemplo, la muerte del emperador persa Darío en relación con cierto valores de temporalidad ofrecidos por Isidoro se Sevilla en sus Etimologías (obra que, indudablemente, conocía el autor del Libro de Alexandre).
Desde luego, es indiscutible el orgullo cultural del que hace gala el escritor que compuso las cuadernas del Libro de Alexandre; ahí están la Biblia, el Alexandreis de Gautier de Châtillon, el Roman d’Alexandre, en francés, la Ilias latina para el conocimiento de la Guerra de Troya (resumiendo mucho las fuentes). Pero no olvidemos la voluntad de acercamiento, aunque con muchas críticas a las técnicas de la oralidad juglaresca (cuyo exponente es el Cantar de mío Cid), evidente en las llamadas de atención a un público que se supone oyente y en la utilización de ciertos epítetos característicos de la épica tradicional.
La materia, o hilo argumental básico, del Libro de Alexandre es la vida de Alejandro Magno, desarrollada en tres núcleos biográficos que son el periodo anterior a su coronación como rey de Macedonia, sus conquistas y el logro de un imperio que se desmembrará en el momento de su muerte. A ello hay que sumar la narración de la Guerra de troya, la descripción del mundo, las maravillas de Oriente, el afán de conocimiento que puede desembocar en soberbia, por esto la obra va a transformarse en un texto didáctico de reflexión moral. Es más, el afán de saber de Alejandro, su clerecía, es anterior al nacimiento de la búsqueda de la gloria como guerrero, así se refleja en la relación educativa que se establece entre el niño Alejandro y su maestro Aristóteles.
Aunque el Libro de Alexandre cuenta unos hechos sucedidos en el tiempo de la paganidad, visto desde un occidente cristiano, su espíritu es claramente medieval. La medievalización de la historia de Alejandro Magno no es el producto de una incapacidad a la hora de retratar arqueológicamente un periodo, sino la voluntad de acercar aquel tiempo lejano a la época en la que es compuesto el texto. Ahora bien, y debido a esta visión deforme por lo fantástico que se tiene de la Edad Media quiero destacar que ese integrismo que sirve para definir el cristianismo medieval, que estuvo presente en el desarrollo de una triste y fracasada gesta como fue la de la Cruzadas no está en el Libro de Alexandre, como tampoco lo estuvo en un texto, tan crítico en ocasiones como La gran conquista de Ultramar.
Alejandro de Macedonia en esta obra es retratado como un caballero medieval, sin olvidar, por otra parte, su relación con los valores culturales de la antigüedad; pues sus hazañas suceden en el territorio del pasado remoto para el hombre medieval, ejemplificado sobre todo, en el interés por la guerra de Troya. Tanto es así que las historias medievales de Alejandro han sido consideradas como antecedentes, para el caso hispánico, de los libros de caballerías, del mismo modo que los Lais de María de Francia, la materia del rey Arturo y las ficciones de Chrétien de Troyes.
En la biografía del protagonista delLibro de Alexandre están la investidura en armas del caballero que llegará a ser un rey; las aventuras, el elemento maravilloso, en la búsqueda de la fama por la victoria contra un enemigo, aunque este no aparezca reflejado como el representante de los antivalores caballerescos. Alejandro es la imagen del perfecto caballero medieval que alcanza, como Amadís de Gaula, el trono desde el cual desearía implantar un gobierno regido, no por el poder manifestado en el ejercicio de la potencia bélica, sino en la sabiduría y la justicia. En este sentido, el Libro de Alexandre también puede ser considerado como un ejemplario para la educación de príncipes como un Speculum, quizá dirigido a futuros monarcas como Fernando III el Santo (reinado entre 1217 y 1252) o Alfonso X el Sabio (reinado entre 1252-1284).
William George Aston nació en Derry (Irlanda del Norte) el 9 de abril de 1841. Murió en Beer (Devon, Inglaterra) el 22 de noviembre de 1911. Estudió Filología en el Queen’s College de Belfast entre 1859 y 1863. Al año siguiente obtiene el nombramiento de estudiante de interpretación (lo que en el sistema de la carrera diplomática española en esa misma época recibe el nombre de Joven de Lenguas), para la legación británica en Japón. Ocupa distintos puestos en Tokio, Kobe y Nagasaki. En 1884 aprueba los exámenes que le dan acceso al Servicio Consular Británico. Ese mismo año es destinado como cónsul general de Gran Bretaña en Corea, hasta que regresa a Japón en 1885, como secretario de la legación británica en Tokio. En 1889, debido a problemas de salud se retira del servicio diplomático y se establece en Inglaterra. Es a partir de este momento cuando comienza a publicar sus estudios acerca Japón. Entre sus principales aportaciones al conocimiento de la cultura japonesa en Occidente hay que destacar la traducción del Nihongi (1896), A History of Japanese Literature (1899) y Shinto, the way of the Gods (1905).
William George Aston, junto a Ernest Mason Satow y Basil Hall Chamberlain formaron el grupo de los tres más reconocidos japonólogos británicos de este periodo. Fue uno de los miembros fundadores de la Asiatic Society of Japan y contribuyó activamente en sus Transactions. También perteneció a la Royal Asiatic Society de Londres, la Folklore Society y el Royal Anthropological Institute.
Fue un gran coleccionista de libros, llegó a formar una biblioteca de alrededor de nueve mil quinientos volúmenes; muchos de ellos en ediciones valiosas. Esta colección sería adquirida en 1912 por la Biblioteca de la Universidad de Cambridge.
ESTUDIOS SOBRE JAPÓN EN LA EUROPA DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
En la segunda mitad del siglo XIX se manifiesta en Europa un gran interés por la cultura japonesa. Los objetos ornamentales llegan con una mayor profusión de lo que había sido hasta el momento, todo bajo la influencia del éxito alcanzado por la representación japonesa en las exposiciones universales de París y Barcelona. Son muy numerosas las publicaciones en las que se reseña esta participación, hasta llegar a originar ensayos como La chine et le Japon à l’Exposition Universelle de 1867. En 1864 se publicó un libro de Rudolf Lindau, Un voyage au tour du Japon De la década de 1880 se pueden destacar cuatro libros importantes para el desarrollo del japonesismo en Francia: E. Collinet, Encyclopédie des Arts décoratifs de l’Oriente. Ornaments du Japon; la obra fundamental de Louis Gonse (1846-1921) de 1883, L’Art Japonais; a su autor, desde su influyente puesto como editor de la Gazette des Beaux Arts y como vicepresidente de la Comisión de Monumentos Históricos, le cupo una gran responsabilidad en la llegada a Francia del arte oriental y de su conocimiento. De Philippe Borty (1830-1890) es Trois conférences sur la poterie et la porcelaine du Japon, este autor, precisamente, acuñaría en 1872 el término Japonisme; y en 1888, Samuel Bing publica Le Japon artistique, document d’art et d’industrie.
Grabado original utilizado en Shinto (The way of the Gods) de William George Aston.
En la década de 1890 el interés por Japón evidente en las obras publicadas es todavía mayor, en esta década Francia se sitúa junto a Inglaterra en la cantidad y calidad de estudios sobre la cultura japonesa. Un papel fundamental en su estudio en Francia se debe a los hermanos Goncourt; fueron entusiastas coleccionistas y poseían abundantes muestras de arte oriental. Edmond Goncourt (1822-1896) publicó numerosos catálogos sobre pintura japonesa. Destacan tres de sus obras: Outamaro (1891); de 1893 es L’art japonais y en 1895 Hokousaï.
Es en el ámbito anglosajón donde va a desarrollarse el más importante estudio de lengua, literatura y cultura japonesas en el siglo XIX y principios del XX. Las mencionadas fuentes francesas se centran sobre todo en las artes decorativas y la pintura. Comenzaremos citando a Ernest Mason Satow (1843-1929); miembro del Cuerpo Diplomático británico, estuvo en Japón entre 1862 y 1882, vio el final del periodo Tokugawa y los comienzos de la Era Meiji. Ocupó el puesto de ministro plenipotenciario en Japón (1895-1900) y en China (1900-1906); su carrera le llevó a otros destinos como Siam, Uruguay y Marruecos. Es uno de los primeros estudiosos que se acerca con seriedad a la cultura japonesa. Sus principales obras sobre la cultura japonesa, además de un indispensable estudio sobre la práctica diplomática (Guide to Diplomatic Practice); son: Kuaiwa Hen: Twenty Five exercises in the Yedo Colloquial for the Use of Students, With Notes (1873); Japan, 1853-1864, Genji Yume Monogatari (1905); Kinsé Shiriaku: A History of Japan, 1853-1869 (1876); An English-Japanese Dictionary of the Spoken Language (1879); A Guide Book to Nikkô (1875); A Handbook for Travellers in Central and Northern Japan (1884); Japanese Chronological Tables (1874); The Jesuit Mission Press in Japan 1591-1610 (1888); The Voyage of Captain John Saris to Japan, 1613 (1900); A Diplomatic in Japan: The Inner History of the Critical Years in the Evolution of Japan (1921).
Oriana. Ilust. G. Andrango (imagen contraportada libro Amadís de Gaula, versión de Antonio Joaquín González)
Los sabios de la antigüedad consideraron que los hechos de armas de su tiempo merecían ser guardados en perpetua memoria, para que aquellos que los leyesen sintieran admiración por las batallas de griegos y troyanos; por eso decidieron ponerlos por escrito. De la misma manera quiso hacer Tito Livio cuando ensalzó la honra y fama de los romanos, no tanto por sus fuerzas corporales como por el ardimiento y esfuerzo de su corazón. No nos extrañan los grandes hechos del pasado, porque los hemos visto similares, sin llegar a los espantosos golpes, ni a los milagrosos encuentros armados como los de Héctor o Aquiles; ni a un tajo de espada como el de Godofredo de Bullón, rey de Jerusalén, que partió en dos pedazos a un turco. Hay que creer en la existencia de Troya y en la victoria de los griegos, de la misma manera en la conquista de Jerusalén; pero las maravillosas hazañas de los héroes han de ser atribuidas a los escritores que las contaron. Otros autores edificaron sus obras sin ningún fundamento de verdad; son las historias fingidas, con hechos admirables apartados de todo orden natural; estas no son crónicas sino patrañas. ¿Qué buen fruto tomaremos de estas? No otro sino los ejemplos y la doctrina que nos aproxime a la salvación y suba nuestras ánimas hasta la gloriosa alteza para las que fueron creadas. Estos libros han sido considerados más patrañas que crónicas, pero gracias a los ejemplos y doctrinas que acompañan, pueden compararse a esos saleros de corcho enriquecidos con adornos de oro y plata. Así tanto los caballeros mancebos como los ancianos hallarán aquello que conviene a cada uno.
Caballero Amadís. Ilust. G. Andrango (Imagen portada libro Amadís de Gaula, versión de Antonio Joaquín González)
Considerando todo esto y con el deseo de que quedase de mí memoria; dado mi poco ingenio para ocuparme de las cuestiones que alcanzaron los más cuerdos sabios, quise corregir estos tres libros de Amadís, que muy estropeados se leían y traducir un cuarto con las Sergas de Esplandián su hijo. Este apareció en una tumba de piedra en una ermita cercana a Constantinopla. Fue traído a estas tierras de España por un mercader húngaro; estaba en un pergamino y con unas letras tan antiguas que con gran trabajo podían ser leídas.
Y, si por ventura, en esta mal ordenada obra apareciese algún error de esos que son prohibidos tanto por lo humano como por lo divino, demando perdón humildemente pues yo creo firmemente en todo lo que manda la Santa Iglesia.