SINTOÍSMO (EL CAMINO DE LOS DIOSES)

CARACTERÍSTICAS GENERALES

FUNCIONES DE LOS DIOSES. Las deidades de la Naturaleza rara vez se limitan a sus funciones propias en la misma naturaleza. El sintoísmo exhibe una tendencia progresiva a reconocer en ellas una providencia que influye en los asuntos humanos. Incluso en el sintoísmo más antiguo se encuentran ejemplos de Dioses ejerciendo un cuidado providencial hacia la humanidad, más allá de sus propias esferas de acción. La Diosa del Sol no solo otorga luz al mundo, sino que conserva las semillas del grano para sus amados seres humanos Ella vela de una manera especial por el bienestar de sus descendientes, los mikados.

Susa-no-wo, la Tormenta de Lluvia personificada, es el proveedor de todo tipo de árboles útiles. Prácticamente, se les reza a todas las deidades por una buena cosecha, o por la lluvia. Incluso es posible apelar a un hombre-dios como Temmangu, para tales propósitos. Cualquier Dios puede enviar un terremoto o una pestilencia. En 853 hubo una gran epidemia de viruela. Un oráculo de Tsukiyomi, el Dios de la Luna, indicó cuáles eran los medios para obtener alivio en esta plaga y, desde entonces, gentes de toda clase, le rezan cuando es necesario. Los Ujigami y Chiju, dioses protectores locales y de la familia, podían ser elegidos desde cualquier clase de deidad. Un escritor japonés moderno, citado por el capitán Brinkley, en Japan, dice:

«Nadie sabe qué espíritu del cielo o de la tierra se venera en el Suitengû, en Tokio. Pero, a pesar del anonimato de tal divinidad, la gente le atribuye el poder de proteger contra todos los peligros del mar, contra las inundaciones, los robos y, por una extraña yuxtaposición de esferas de influencia, contra los dolores del parto. La deidad de Inari asegura eficacia para la oración y abundancia de cosechas; el Taisha (gran santuario de Idzumo) preside el matrimonio; el Kompira comparte con el Suitengû el privilegio de custodiar a los que <bajan a lo profundo>. El resto confiere prosperidad, evita la enfermedad, cura la esterilidad, otorga talento literario, dota de habilidades guerreras, …»

El doctor Florenz, en su Japanische Mythologie, dice que Sui-tengû es una fusión de la Sumiyoshi, Diosa del Mar, con el indio Dios del Mar, Sui-ten, es decir, Varuna, con posterioridad identificado con el joven emperador Antoku, que perdió su vida al ahogarse en 1185.

CARÁCTER POLITEÍSTA DEL SINTOÍSMO. Un culto a la naturaleza como es el antiguo sintoísmo fue en sustancia y de manera inevitable, politeísta. La adoración de un solo Dios-Naturaleza, como el sol, es, en verdad, inconcebible; sin embargo, en la práctica, el mismo impulso que lleva a la personificación de un objeto o fenómeno de la Naturaleza nunca va a quedarse en eso sólo. El Universo viviente es una posible deidad monoteísta de la Naturaleza. Pero esta concepción requiere un mayor conocimiento científico que el que poseían los antiguos japoneses, los cuales disponían sólo de un imperfecto y fragmentario reflejo de una visión espléndida.

Hay alguna evidencia de que el sintoísmo ocupó el lugar de un politeísmo anterior más grosero e indiscriminado. Se nos dice que Take-mika-tsuchi y Futsunushi prepararon Japón para el advenimiento de Ninigi, limpiándolo de deidades salvajes que durante el día zumbaban como moscas de verano y de noche brillaban como braseros, a la vez que, incluso las rocas, los árboles y la espuma de las aguas tenían el poder absoluto del habla.

El número de deidades sintoístas es muy elevado. El Yengishiki enumera tres mil ciento treinta y dos santuarios oficialmente reconocidos y, aunque los mismos Dioses son adorados en diferentes lugares, aun así, su nombre sigue siendo legión. Popularmente se habla de las divinidades como si fuesen ochenta miríadas, ochocientas miríadas o mil quinientas miríadas. El número de deidades efectivas fluctúa mucho. Abundantes son las que caen en el olvido. La identificación de distintas deidades en una misma es otra causa de la disminución de sus filas. Esto sucede con suma facilidad en un país donde, para parodiar la frase de Pope, «la mayoría de las deidades no configuran, para nada, un personaje». Por otro lado, su número aumenta de vez en cuando por el reclutamiento de nuevos Dioses producidos en distintos procesos. La misma deidad, adorada en diferentes lugares, llega a ser reconocida como otras tantas divinidades distintas. Horus, en el antiguo Egipto, la Virgen María en Italia y muchas de las deidades griegas y romanas pueden ilustrar esta afirmación. Podemos asegurar que a los efesios les hubiera molestado cualquier intento de identificar a su Diana con las de otras ciudades. Este proceso resulta más fácil en Japón por la práctica de hablar del Dios, no por su nombre, sino por el de un lugar de residencia; otro ejemplo de hábito de impersonalidad ya anotada de la mente japonesa. De hecho, a los japoneses les importa poco qué Dios es el que se adora en un determinado momento y lugar. Al peregrino cotidiano le basta con saber que alguna deidad poderosa reside allí. Un poema compuesto en el gran santuario de Ise dice: «¿Qué es lo que habita aquí?, no lo sé, pero mi corazón está lleno de gratitud y las lágrimas se deslizan». De uno de los Grandes Santuarios del Yengishiki, el Manual de Murray nos informa que «existe una considerable divergencia entre los estudiosos en cuanto a la identidad de los dioses a quienes este templo está dedicado». Durante el actual reinado (Era Meiji), Kompira fue convertido, por el gobierno, de su esencia budista en deidad sintoísta, sin detrimento de la popularidad de su santuario como lugar de peregrinación. Un mismo Dios puede tener mayor crédito, por lo que se refiere a su eficacia, en un lugar que en otro. Así, el Inari de cierto pueblo tiene gran reputación por la recuperación de propiedades robadas. Tales especialidades fueron reconocidas incluso por el Gobierno, responsable de otorgar diferentes rangos a una misma deidad en distintos lugares. Distinciones de este tipo, por supuesto, facilitan la multiplicación de una deidad en varias. Otra causa de esa multiplicación está relacionada con el error de presentar una misma deidad con diferentes epítetos, cosa que la hace parecer como divinidades diferentes. En tiempos modernos, el panteón sintoísta ha aumentado por la introducción en sus filas de seres humanos. Los árboles todavía son deificados y, en ocasiones, hace su aparición una nueva deidad de no se sabe dónde.

El carácter politeísta del sintoísmo está íntimamente relacionado con la debilidad del Gobierno Central en Japón durante la época de su desarrollo. Aunque quizá sea más correcto decir que es otra manifestación de la misma falta de cohesión nacional. Goblet d’Alviella, en Hibbert Lectures dice: «los diferentes pueblos concibieron y desarrollaron esta jerarquía divina pari passu (a la vez) que se aproximaban a la unidad política»; Aristóteles reconoció el mismo principio. Los antiguos mikados eran cualquier cosa menos autócratas. Su autoridad, casi siempre, fue eclipsada por la influencia de ministros que luchaban entre ellos por la consecución del poder que solo nominalmente estaba conferido al soberano. El Gobierno central tenía poca jurisdicción efectiva más allá de la capital y las cinco provincias originales. No hay que asombrarse de que, en estas circunstancias, las deidades locales mantuvieran su vitalidad y prestigio.

El monoteísmo era imposible en el antiguo Japón. Sin embargo, podemos rastrear ciertas tendencias en tal dirección que no carecen de interés. Una nación puede pasar del politeísmo al monoteísmo de tres maneras; en primer lugar, dando cierto privilegio a una deidad y haciendo que absorba las funciones y el culto debidos a las demás; en segundo lugar, por una nueva deificación de una concepción más amplia del universo; y, en tercero, por el destronamiento de las divinidades nativas en favor de un solo dios de origen extranjero. Este último es el destino más habitual de los politeísmos, esta es la amenaza a los antiguos Dioses de Japón. Debilitado por las invasiones del budismo y la paralizante influencia de la filosofía escéptica china, tal amenaza ya empieza a sentirse. «Los rayos de Belén ciegan sus ojos oscuros» (Himno de Navidad, John Milton 1608-1674). Nuestra cuestión, no obstante, se refiere al pasado, no al futuro.

El primero de los tres caminos que conducen al monoteísmo se ilustra en la tendencia a atribuir a varias de las deidades sintoístas cierta superioridad sobre las demás. La Diosa Sol, Kuni-toko-tachi, la primera Divinidad, en el comienzo de los tiempos, según el Nihongi, Ame-no-mi-nake-nushi, y, en Idzumo, Ohonamochi, han sido ensalzados, a su vez, a una posición única por sus partidarios. Pero, por razones que aparecerán cuando lleguemos al examen de estas deidades con mayor profundidad, ninguna de ellas merece ser considerada bajo el título de Ser Supremo. La opinión de Max Müller de que «la creencia en un Ser Supremo es inevitable», no se confirma en los hechos del sintoísmo. La segunda ruta que conduce al monoteísmo a través de una visión más integral de la concepción del Universo, está ejemplificada en las deidades creadoras Izanagi e Izanami, personificaciones de los principios masculino y femenino de la Naturaleza, y más aún por Musubi, el Dios del Crecimiento, que posiblemente pudo haberse convertido en el Ser Supremo de tal panteísmo. Pero las abstracciones filosóficas de este no son aptas para el alimento cotidiano de la naturaleza humana. Musubi nunca adquirió mucha confianza por parte del pueblo, aunque durante un tiempo, su adoración ocupó un lugar prominente en la corte de los mikados. Eventualmente, se dividió, primero en dos y, luego, en un grupo de deidades, y finalmente fue olvidado casi por completo.

Il. G. Andrango

El Nihongi, fechado en 644 d.C., narra la historia de un movimiento ciego y abortado dirigido hacia una suprema deidad monoteísta que reclama, para nosotros, una cierta simpatía:

«Un hombre que habitaba cerca del río Fuji, al este del país, llamado Ohofube-no-ohoshi, instó a sus compatriotas a adorar a un insecto proclamando: <Este es el Dios del Mundo Eterno. Los que adoren a este Dios tendrán larga vida y riquezas>. Al final, los magos (kannagi) y las sacerdotisas (miko), fingieron una inspiración de ese Dios y dijeron: <Aquellos que adoran al Dios del Mundo Eterno, si son pobres se volverán ricos, y si viejos, recuperarán su juventud>. De este modo persuadieron a más y más gente para que arrojaran fuera de sus casas todos los objetos de valor que tenían, y para que siguiesen el camino del sake, de las verduras y de los animales domésticos. También les hicieron aclamar: <¡Han llegado las nuevas riquezas!>. Tanto en el campo como en las ciudades, las gentes tomaron al Insecto del Mundo Eterno y lo colocaron en un lugar puro, mientras, con cantos y danzas, invocaban a la felicidad. Tiraron sus tesoros sin propósito alguno. Las pérdidas y el despilfarro llegaron a su extremo. Entonces, Kahakatsu, Kadono-no-hada-no-miyakko, se enojó porque veía que la gente había caído en el engaño, y mató a Ohofube-no-ohoshi. Los magos y las sacerdotisas se intimidaron y dejaron de predicar a las gentes tal culto. Los hombres de aquel tiempo hicieron una canción que decía:

«Udzumasa
ha ejecutado
al Dios del Mundo Eterno
de quien nos dijeran
que era el mismísimo Dios de Dioses
«Este insecto suele criarse entre los naranjos y, a veces, en los hosoki cierto tipo de arbusto similar al de la pimienta, mide más de cuatro pulgadas de largo y tiene el grosor de un pulgar; de un color verde hierba con manchas negras y se parece mucho al gusano de seda».

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Del libro Cuaderno de Caligrafía y Vida

Dos son los libros que recuerdo

Dos son los libros que recuerdo como primeros en mi vida de lector. Uno, Robín de los Bosques, de Norman R. Stinnet; el otro, La isla del tesoro de Robert L. Stevenson, aunque en versión muy abreviada de Heliodoro Lillo Lutteroth (todos estos nombres suenan a seudónimos de ediciones de posguerra) en 1955, e ilustrada por el inigualable Jaime Juez Castella –de cuyas figuras femeninas y mártires en la Roma pagana guardo un ambiguo y turbador recuerdo de encendido púber–, en sus dibujos, el blanco y negro es perfecto para ese mundo protagonizado por Jim Hawkins, con un rostro que parece de doncella, cercano a los de la edición Bruguera de Fabiola, escrita por el Cardenal Wiseman; este es otro de esos libros que conservo en mi biblioteca interior que, al fin y al cabo, viene a ser aquella que ningún incendio puede rematar, ni la liquidación en chatarrería.

Quiero, quise, escribir un poema sobre el libro de Stevenson, de Lutteroth, de Jaime Juez; pero ahora, en ese desbarajuste de la mente a rienda suelta, solo me viene a la cabeza un distante sábado, cuando mi abuela Gloria, tan iletrada como sensible, me regaló El conde de Chanteleine, de Julio Verne, en tebeo de Joyas Juveniles de la beata editorial Bruguera, también en ilustración, trazos de maldad revolucionaria a pincel, de Jaime Juez; este permanece en mi biblioteca de papel pues, benditas ocasiones, las hojas impresas guardan el tiempo que discurre.

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Materiales para el estudio del Sintoísmo

SINTOÍSMO PREHISTÓRICO

Los etnólogos están de acuerdo en que el elemento predominante de la raza japonesa llegó a Japón a través de Corea, desde la parte del continente asiático que se encuentra al norte de China, seguramente en sucesivos movimientos migratorios que se prolongaron a lo largo de varios siglos. Resulta inútil especular acerca de las rudimentales creencias religiosas que pudieron llevar consigo desde su punto de origen continental los ancestros de la raza japonesa. El culto al Sol ha sido durante mucho tiempo un rasgo definitorio de las religiones tártaras, entre las cuales se encuentra el sintoísmo; sin embargo, tal coincidencia no demuestra nada, puesto que este culto es universal entre los pueblos de las etapas bárbaras de civilización. Resulta complicado afirmar o negar una posible influencia de la antiguo religión de estado china -que es, esencialmente, un culto a la naturaleza- en el primitivo desarrollo del sintoísmo. La circunstancia de que el Sol es la principal deidad de este, mientras que para los chinos es el Cielo, contradice tal suposición. Tampoco hay nada en Japón que se corresponda con el Shangti (el Dios supremo) de los antiguos chinos. Hay en el sintoísmo indicios claros de un elemento coreano. Un Kara-no-Kami (Dios de Kara, en Corea) que era venerado en el Palacio imperial. Existían, además, numerosos santuarios en honor de Kara-Kuni-Idate-no-Kami. Susa-no-Wo y Futsunushi presentan correspondencias coreanas.

Hasta principios del siglo V de nuestra era, la escritura era prácticamente desconocida en Japón. Sin embargo, también es cierto que un cuerpo bastante considerable de mitos, junto a rituales formalizados, habían sido transmitidos de generación en generación por los Nakatomi y los Imbe, dos corporaciones sacerdotales de carácter hereditario en la corte del mikado. También se tienen noticias de las kataribe, grupo de recitadoras establecidas en diversas provincias, especialmente en Idzumo, centro antiguo del culto sintoísta. Se mencionan en el Nihongi, datado hacia el 464 d.C. y seguían activas en el siglo XV. Desgraciadamente, poco sabemos de ellas, más allá de que estuvieron presentes en la capital, donde recitaban sus «palabras antiguas», con motivo de la coronación del mikado. Han debido de ser estas las que proporcionaron material para las narraciones escritas míticas y pseudohistóricas que han llegado hasta nosotros.

KOJIKI. El más antiguo de tales documentos es una obra titulada Kojiki, o Registros de asuntos antiguos. Se compiló por orden imperial y se concluyó en el año 712 d.C. En su prefacio se afirma que fue copiada desde la voz de un tal Hiyeda-no-Are, cuya memoria era tan prodigiosa que podía «repetir con sus labios cualquier cosa que era puesta ante sus ojos y grabar en su corazón aquello que llegaba a sus oídos». Los lectores interesados pueden estudiar esta obra en una traducción exacta al inglés realizada por B.H. Chamberlain para Transactions of the Asiatic Society of Japan, en 1882, precedida de una valiosa introducción.

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Libro de Alejandro Magno, Rey de Macedonia y Persia

El mester de clerecía

En buena medida, la denominación de este movimiento literario (y puede reconocerse como tal porque hay una clara voluntad de asimilarse a una definición muy concreta de la literatura por parte de sus autores) procede del mismo Libro de Alexandre, de la famosa cuaderna, segunda estrofa, que dice

«Mester traigo fermoso, non es de joglaría,

mester es sin pecado, ca es de clerecía,

fablar curso rimado por la cuaderna vía,

a sílabas contadas, ca es grant maestría».

Versos de los que se deducen varias características del Mester de Clerecía; primero, una proclamada voluntad de separación de otro tipo de literatura (¿conseguida?) como es el oficio de los juglares; segundo, su relación con una visión del mundo desde lo religioso, característico del teocentrismo medieval; y tercero, la estructura métrica a la que se da el nombre de cuaderna vía, que supone una evidente voluntad de estructura versal frente a la irregularidad (¿aparente?) de los poemas recitados por los juglares, todo ello desde la afirmación de la maestría que supone.

Más allá de la utilización de unas técnicas métricas concretas, el corpus del mester de clerecía está formado por poemas narrativos extensos, entre los que hay que destacar las hagiografías de Gonzalo de Berceo, el Libro de Apolonio y el Libro de Alexandre, todos ellos ubicados cronológicamente en la primera mitad del siglo XIII.

En la Edad Media, entre los siglo XII y XIII, se puede dividir la literatura en tres categorías bien definidas: la literatura popular profundamente arraigada en el vivir cotidiano; la épica del mester de juglaría y el mester de clerecía. Este último nace, sobre todo, a partir del renacimiento cultural que se produce en el siglo XII. Este será el tercero medieval, el primero fue en la corte de Carlomagno; el segundo, en la Córdoba califal. Con él se marcaría una visión del mundo diferente a lo que podemos encontrar, por ejemplo, en el Cantar de mío Cid.

En ese momento surgen las primeras universidades cristianas, se desarrollan las ciudades, se abren las relaciones con Oriente desde las Cruzadas, por las rutas comerciales y por los contactos con la España andalusí; hay un refinamiento de la nobleza, sobre todo por la influencia de la teoría del Amor cortés. No olvidemos la interrelación de culturas a través de las traducciones del árabe, hebreo y latín gracias a las cuales van a llegar a Europa tradiciones tan lejanas como la India (Sendebar, Calila e Dimna). Casi todos estos rasgos en un principio son del ámbito cristiano transpirenaico, no se desarrollarán en la Península Ibérica hasta el siglo XIII. En Palencia, entre 1208 y 1214 se crea la primera universidad cristiana del territorio castellano. Es muy posible que el desconocido autor del Libro de Alexandre estuviese relacionado con ella. Sucede algo parecido con el arte. El Gótico, que en Francia florece en torno a 1140, en España no encontró sus primeras manifestaciones hasta la segunda década del siglo XIII.

No es a causa de fronteras cerradas por la que se produce ese tardío desarrollo hispánico. Tengamos en cuenta que los intercambios culturales con Francia son muy frecuentes a lo largo de los siglo XI y XII. El Camino de Santiago y la participación de cruzados franceses en la lucha contra los musulmanes en la zona de Aragón; Provenza, los Cátaros, como súbditos del rey de Aragón. La causa de esa tardanza, más hay que buscarla en el enfrentamiento contra Al-Ándalus, especialmente a partir del momento en que se producen las invasiones norteafricanas, primero los almorávides, después los almohades cuya derrota en 1212 en la batalla de Las Navas de Tolosa, marca el declive político, sólo político, de lo islámico en la Península Ibérica.

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Libro de Alejandro Magno, Rey de Macedonia y Persia

Potada Libro de Alejandro Magno, Rey de Macedonia y Persia. Traducción Antonio Joaquín González

Introducción (1)

El Libro de Alexandre es una de las obras más importantes de la literatura medieval española, aunque no sea plenamente original (pues procede de la traducción de textos franceses), a diferencia de lo que ocurre con el Cantar de Mío Cid. Muestra un horizonte cultural que va mucho más allá de las fronteras de los Reinos hispánicos, tanto que llega a los límites del mundo conocido y aún los sobrepasa al cruzar el territorio de lo extraordinario.

En el momento en que admitimos la anonimia como uno de los rasgos definidores de la literatura medieval, la que hunde sus orígenes en la raigambre más profunda del hecho cultural hispánico, poco importa que se hable de distintas posibilidades autoriales para una obra como el Libro de Alexandre. Siempre y cuando tengamos en cuenta que no nos encontramos ante una obra tradicional; es decir, no es el producto de esa categoría abstracta que es un pueblo y, además, su autor, aunque no nos haya legado su nombre, está orgulloso de unos conocimientos adquiridos desde unas fuentes que no son las populares. De igual manera, también quiero hacer notar que en algún momento el fingimiento de la voz del juglar contiene no sólo burla, sino también respeto; el respeto del que abandona la soledad del escritorio para unirse a aquellos que están dispuestos a escuchar una historia. Dicho esto, recordemos que a lo largo del tiempo se han barajado tres posibles nombres como responsables del texto: Alfonso X el Sabio, Gonzalo de Berceo y un clérigo leonés llamado Juan Lorenzo Segura de Astorga.

Es indudable que quien escribió el Libro de Alexandre tenía como lengua materna el castellano, aunque ciertos rasgos, como los arcaísmos mozárabes, lo sitúan en tierras que debieron ser reconquistadas más allá del siglo XI. También podemos decir de él que pertenecía al grupo de los clérigos, pues manifiesta una muy buena formación, sobre todo en fuentes francesas y por la continua referencia al afán de conocimiento en el personaje de Alejandro, el mismo deseo cultural del que el anónimo autor se muestra orgulloso a lo largo de toda la obra, aunque finalmente llegue a la soberbia que conduce al rey macedonio a su vertiginosa caída.

¿Hasta qué punto el término clérigo nos habla de hombre de iglesia? Es necesario desligar ambos principios; por casualidad, Juan Ruiz era Arcipreste de Hita (¿de verdad?), cosa que no le impidió ser autor de una de las obras más deliciosas, casi libertina en algún momento, de la literatura castellana medieval como es el Libro de buen amor. De igual manera, ¿pertenecía a la iglesia el desconocido creador del Libro de Alexandre? Pues no lo sabemos.

La imaginación que, para algunos, es la loca de la casa, en este verano, producto del cambio climático, asfixiante, pero todavía con una ligera brisa que ahora mismo llega a mí después de pasar entre cipreses y canto de pájaros, me lleva a fantasear con la posibilidad de un autor del Libro de Alexandre: un antiguo miembro de alguna de las órdenes militares que participaron en la conquista de Al-Ándalus; ¿por qué no un templario?, quizá herido en la misma batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, obligado a abandonar el ejercicio de las armas, quizá hasta desquiciado de la sangre, para recordar en un retiro cultural la historia de un conquistador que llevado por la soberbia acabó condenado. Imaginación……, pero ¿qué seríamos sin ella?

La obra titulada Alexandreis de Gautier de Châtillon va dedicada al arzobispo Guillermo de Reims, entre 1176 y 1201; así pues, la obra francesa sobre la que se alza el edificio temprano gótico que es el Libro de Alexandre, puede ser fechada hacia finales del siglo XII, y esta en la primera mitad del siglo XIII, alrededor de 1235 como permiten confirmar ciertas menciones cronológicas -que no dan una certeza absoluta, ni falta que hace- en la misma obra, por ejemplo, la muerte del emperador persa Darío en relación con cierto valores de temporalidad ofrecidos por Isidoro se Sevilla en sus Etimologías (obra que, indudablemente, conocía el autor del Libro de Alexandre).

Desde luego, es indiscutible el orgullo cultural del que hace gala el escritor que compuso las cuadernas del Libro de Alexandre; ahí están la Biblia, el Alexandreis de Gautier de Châtillon, el Roman d’Alexandre, en francés, la Ilias latina para el conocimiento de la Guerra de Troya (resumiendo mucho las fuentes). Pero no olvidemos la voluntad de acercamiento, aunque con muchas críticas a las técnicas de la oralidad juglaresca (cuyo exponente es el Cantar de mío Cid), evidente en las llamadas de atención a un público que se supone oyente y en la utilización de ciertos epítetos característicos de la épica tradicional. 

La materia, o hilo argumental básico, del Libro de Alexandre es la vida de Alejandro Magno, desarrollada en tres núcleos biográficos que son el periodo anterior a su coronación como rey de Macedonia, sus conquistas y el logro de un imperio que se desmembrará en el momento de su muerte. A ello hay que sumar la narración de la Guerra de troya, la descripción del mundo, las maravillas de Oriente, el afán de conocimiento que puede desembocar en soberbia, por esto la obra va a transformarse en un texto didáctico de reflexión moral. Es más, el afán de saber de Alejandro, su clerecía, es anterior al nacimiento de la búsqueda de la gloria como guerrero, así se refleja en la relación educativa que se establece entre el niño Alejandro y su maestro Aristóteles.

Aunque el Libro de Alexandre cuenta unos hechos sucedidos en el tiempo de la paganidad, visto desde un occidente cristiano, su espíritu es claramente medieval. La medievalización de la historia de Alejandro Magno no es el producto de una incapacidad a la hora de retratar arqueológicamente un periodo, sino la voluntad de acercar aquel tiempo lejano a la época en la que es compuesto el texto. Ahora bien, y debido a esta visión deforme por lo fantástico que se tiene de la Edad Media quiero destacar que ese integrismo que sirve para definir el cristianismo medieval, que estuvo presente en el desarrollo de una triste y fracasada gesta como fue la de la Cruzadas no está en el Libro de Alexandre, como tampoco lo estuvo en un texto, tan crítico en ocasiones como La gran conquista de Ultramar.

Alejandro de Macedonia en esta obra es retratado como un caballero medieval, sin olvidar, por otra parte, su relación con los valores culturales de la antigüedad; pues sus hazañas suceden en el territorio del pasado remoto para el hombre medieval, ejemplificado sobre todo, en el interés por la guerra de Troya. Tanto es así que las historias medievales de Alejandro han sido consideradas como antecedentes, para el caso hispánico, de los libros de caballerías, del mismo modo que los Lais de María de Francia, la materia del rey Arturo y las ficciones de Chrétien de Troyes.

En la biografía del protagonista del Libro de Alexandre están la investidura en armas del caballero que llegará a ser un rey; las aventuras, el elemento maravilloso, en la búsqueda de la fama por la victoria contra un enemigo, aunque este no aparezca reflejado como el representante de los antivalores caballerescos. Alejandro es la imagen del perfecto caballero medieval que alcanza, como Amadís de Gaula, el trono desde el cual desearía implantar un gobierno regido, no por el poder manifestado en el ejercicio de la potencia bélica, sino en la sabiduría y la justicia. En este sentido, el Libro de Alexandre también puede ser considerado como un ejemplario para la educación de príncipes como un Speculum, quizá dirigido a futuros monarcas como Fernando III el Santo (reinado entre 1217 y 1252) o Alfonso X el Sabio (reinado entre 1252-1284).

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SINTOÍSMO (EL CAMINO DE LOS DIOSES)

SOBRE WILLIAM GEORGE ASTON.

SINTOÍSMO (EL CAMINO DE LOS DIOSES. Traducción de Antonio Joaquín González

William George Aston nació en Derry (Irlanda del Norte) el 9 de abril de 1841. Murió en Beer (Devon, Inglaterra) el 22 de noviembre de 1911. Estudió Filología en el Queen’s College de Belfast entre 1859 y 1863. Al año siguiente obtiene el nombramiento de estudiante de interpretación (lo que en el sistema de la carrera diplomática española en esa misma época recibe el nombre de Joven de Lenguas), para la legación británica en Japón. Ocupa distintos puestos en Tokio, Kobe y Nagasaki. En 1884 aprueba los exámenes que le dan acceso al Servicio Consular Británico. Ese mismo año es destinado como cónsul general de Gran Bretaña en Corea, hasta que regresa a Japón en 1885, como secretario de la legación británica en Tokio. En 1889, debido a problemas de salud se retira del servicio diplomático y se establece en Inglaterra. Es a partir de este momento cuando comienza a publicar sus estudios acerca Japón. Entre sus principales aportaciones al conocimiento de la cultura japonesa en Occidente hay que destacar la traducción del Nihongi (1896), A History of Japanese Literature (1899) y Shinto, the way of the Gods (1905).

William George Aston, junto a Ernest Mason Satow y Basil Hall Chamberlain formaron el grupo de los tres más reconocidos japonólogos británicos de este periodo. Fue uno de los miembros fundadores de la Asiatic Society of Japan y contribuyó activamente en sus Transactions. También perteneció a la Royal Asiatic Society de Londres, la Folklore Society y el Royal Anthropological Institute.

Fue un gran coleccionista de libros, llegó a formar una biblioteca de alrededor de nueve mil quinientos volúmenes; muchos de ellos en ediciones valiosas. Esta colección sería adquirida en 1912 por la Biblioteca de la Universidad de Cambridge.

ESTUDIOS SOBRE JAPÓN EN LA EUROPA DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

En la segunda mitad del siglo XIX se manifiesta en Europa un gran interés por la cultura japonesa. Los objetos ornamentales llegan con una mayor profusión de lo que había sido hasta el momento, todo bajo la influencia del éxito alcanzado por la representación japonesa en las exposiciones universales de París y Barcelona. Son muy numerosas las publicaciones en las que se reseña esta participación, hasta llegar a originar ensayos como La chine et le Japon à l’Exposition Universelle de 1867. En 1864 se publicó un libro de Rudolf Lindau, Un voyage au tour du Japon De la década de 1880 se pueden destacar cuatro libros importantes para el desarrollo del japonesismo en Francia: E. Collinet, Encyclopédie des Arts décoratifs de l’Oriente. Ornaments du Japon; la obra fundamental de Louis Gonse (1846-1921) de 1883, L’Art Japonais; a su autor, desde su influyente puesto como editor de la Gazette des Beaux Arts y como vicepresidente de la Comisión de Monumentos Históricos, le cupo una gran responsabilidad en la llegada a Francia del arte oriental y de su conocimiento. De Philippe Borty (1830-1890) es Trois conférences sur la poterie et la porcelaine du Japon, este autor, precisamente, acuñaría en 1872 el término Japonisme; y en 1888, Samuel Bing publica Le Japon artistique, document d’art et d’industrie

Grabado original utilizado en Shinto (The way of the Gods) de William George Aston.

En la década de 1890 el interés por Japón evidente en las obras publicadas es todavía mayor, en esta década Francia se sitúa junto a Inglaterra en la cantidad y calidad de estudios sobre la cultura japonesa. Un papel fundamental en su estudio en Francia se debe a los hermanos Goncourt; fueron entusiastas coleccionistas y poseían abundantes muestras de arte oriental. Edmond Goncourt (1822-1896) publicó numerosos catálogos sobre pintura japonesa. Destacan tres de sus obras: Outamaro (1891); de 1893 es L’art japonais y en 1895 Hokousaï.

Es en el ámbito anglosajón donde va a desarrollarse el más importante estudio de lengua, literatura y cultura japonesas en el siglo XIX y principios del XX. Las mencionadas fuentes francesas se centran sobre todo en las artes decorativas y la pintura. Comenzaremos citando a Ernest Mason Satow (1843-1929); miembro del Cuerpo Diplomático británico, estuvo en Japón entre 1862 y 1882, vio el final del periodo Tokugawa y los comienzos de la Era Meiji. Ocupó el puesto de ministro plenipotenciario en Japón (1895-1900) y en China (1900-1906); su carrera le llevó a otros destinos como Siam, Uruguay y Marruecos. Es uno de los primeros estudiosos que se acerca con seriedad a la cultura japonesa. Sus principales obras sobre la cultura japonesa, además de un indispensable estudio sobre la práctica diplomática (Guide to Diplomatic Practice); son: Kuaiwa Hen: Twenty Five exercises in the Yedo Colloquial for the Use of Students, With Notes (1873); Japan, 1853-1864, Genji Yume Monogatari (1905); Kinsé Shiriaku: A History of Japan, 1853-1869 (1876); An English-Japanese Dictionary of the Spoken Language (1879); A Guide Book to Nikkô (1875); A Handbook for Travellers in Central and Northern Japan (1884); Japanese Chronological Tables (1874); The Jesuit Mission Press in Japan 1591-1610 (1888); The Voyage of Captain John Saris to Japan, 1613 (1900); A Diplomatic in Japan: The Inner History of the Critical Years in the Evolution of Japan (1921).

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AMADÍS DE GAULA

PRÓLOGO

Oriana. Ilust. G. Andrango (imagen contraportada libro Amadís de Gaula, versión de Antonio Joaquín González)

Los sabios de la antigüedad consideraron que los hechos de armas de su tiempo merecían ser guardados en perpetua memoria, para que aquellos que los leyesen sintieran admiración por las batallas de griegos y troyanos; por eso decidieron ponerlos por escrito. De la misma manera quiso hacer Tito Livio cuando ensalzó la honra y fama de los romanos, no tanto por sus fuerzas corporales como por el ardimiento y esfuerzo de su corazón. No nos extrañan los grandes hechos del pasado, porque los hemos visto similares, sin llegar a los espantosos golpes, ni a los milagrosos encuentros armados como los de Héctor o Aquiles; ni a un tajo de espada como el de Godofredo de Bullón, rey de Jerusalén, que partió en dos pedazos a un turco. Hay que creer en la existencia de Troya y en la victoria de los griegos, de la misma manera en la conquista de Jerusalén; pero las maravillosas hazañas de los héroes han de ser atribuidas a los escritores que las contaron. Otros autores edificaron sus obras sin ningún fundamento de verdad; son las historias fingidas, con hechos admirables apartados de todo orden natural; estas no son crónicas sino patrañas. ¿Qué buen fruto tomaremos de estas? No otro sino los ejemplos y la doctrina que nos aproxime a la salvación y suba nuestras ánimas hasta la gloriosa alteza para las que fueron creadas. Estos libros han sido considerados más patrañas que crónicas, pero gracias a los ejemplos y doctrinas que acompañan, pueden compararse a esos saleros de corcho enriquecidos con adornos de oro y plata. Así tanto los caballeros mancebos como los ancianos hallarán aquello que conviene a cada uno.

Caballero Amadís. Ilust. G. Andrango (Imagen portada libro Amadís de Gaula, versión de Antonio Joaquín González)

Considerando todo esto y con el deseo de que quedase de mí memoria; dado mi poco ingenio para ocuparme de las cuestiones que alcanzaron los más cuerdos sabios, quise corregir estos tres libros de Amadís, que muy estropeados se leían y traducir un cuarto con las Sergas de Esplandián su hijo. Este apareció en una tumba de piedra en una ermita cercana a Constantinopla. Fue traído a estas tierras de España por un mercader húngaro; estaba en un pergamino y con unas letras tan antiguas que con gran trabajo podían ser leídas.

Y, si por ventura, en esta mal ordenada obra apareciese algún error de esos que son prohibidos tanto por lo humano como por lo divino, demando perdón humildemente pues yo creo firmemente en todo lo que manda la Santa Iglesia.

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“Romance del prisionero”(Comentario de texto)

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón.

Amancio Prada. Autor de una de las mejores versiones de este romance

Un romance puede definirse desde un punto de vista del contenido como un texto poético en el que se narra una historia, aunque también encontramos romances en los que los sucesos son menos importantes que los sentimientos o lo lírico; este es el caso del “Romance del prisionero”, cuya historia puede plantearse desde la sencillez de estas líneas: un prisionero, alejado de un mundo que despierta a la primavera, añora la libertad y se queja de que su único contacto con ella, una avecilla que cantaba al amanecer, haya sido matada por un ballestero. Pese a la sencillez de lo narrado, el “Romance del prisionero” es una de las más perfectas manifestaciones líricas de este género literario, especialmente por su capacidad de sugerir -casi metafóricamente- desde la presencia de unos elementos que son realistas.

El cielo mas allá de la ventana

Los romances tuvieron a lo largo de los siglos una difusión oral que suponía el desarrollo de numerosas variaciones, hasta que, en algún momento de la historia eran recogidos por escrito. Así sucedió con el “Romance del prisionero”, del cual se conoce una versión más extensa en la que el cautivo, después de maldecir al ballestero comienza a planear su fuga. Esta parte es principalmente narrativa; en ella se difumina el sentimiento lírico que se encuentra en el texto que estamos comentando. Los versos finales que no aparecen en este añaden poco a la capacidad expresiva del poema. Sucede así en otros romances, como el de “El infante Arnaldos”. En tal abreviación se muestra la capacidad lírica de la tradición que escoge desde un texto previo lo más impactante que es retenido por la memoria del receptor. Desde este planteamiento es explicable que extensos cantares de gesta (Los infantes de Lara, Fernán González, Roncesvalles o Cantar de mío Cid) fuesen el origen de breves piezas poéticas que, recordadas y cantadas por el pueblo pasaban a ser auténticas joyas de la historia literaria de una lengua.

Verderón, acuarela. Gioconda Andrango

La definición formal de un romance desde la métrica nos señala que esta composición es una tirada indefinida de versos, con una rima asonante en los pares. Así es en el caso de “Romance del prisionero” cuyo ritmo está expresado en la repetición de la vocal ó en la sílaba final de los versos pares. Tanto el verso de arte menor, el octosílabo, como ese ritmo tan marcado contribuyen a favorecer la memorización del poema que, como ya se ha dicho, se difundía desde la oralidad.
Aunque parezca que predomina lo externo, ese mundo ajeno se transforma en un paisaje para el yo en la utilización de la primera persona, especialmente en los versos en los que la voz quejosa hace notar los motivos de su pesadumbre. Para llegar a ese momento de evidencia del yo, el poema sigue un proceso que comienza en la naturaleza (trigos, campos), las aves (calandria, ruiseñor), los seres humanos (enamorados y yo). Es interesante, también, señalar el progresivo acercamiento hacia lo terrible de este romance, en el último verso. En la expresión de la tristeza sentida por el cautivo hay un momento en el que aparece una cierta posibilidad de salvación, en la mención de la “avecilla que me cantaba al albor”, pero es un refugio breve ante la pesadumbre, pues inmediatamente sabemos que un ballestero la ha matado y, de ahí ese final terrible, de maldición, del último verso. Se explica así, perfectamente, que la versión que acaba en este punto sea la que ha triunfado gracias a la tradición. Ante tan alta lírica, lo que siga solo puede ser, como es, prosaico.
A la hora de clasificar este romance tenemos que recordar que la lírica se refiere a la expresión de sentimientos propios que implica la presencia de una función emotiva en la que el yo adquiere un valor especial. Así sucede en este poema en el que una realidad idílica es contemplada desde el cautiverio. Tal contraste, naturaleza y prisión, aumenta la sensación de desasosiego que es transmitida al lector.
Muchos romances de origen medieval han pervivido hasta bien entrado el siglo XX; otro cantar es lo que suceda en el siglo XXI, más allá del conocimiento por parte de los investigadores del hecho literario. La pervivencia de la época que los vio nacer se hace evidente en la presencia de algunos tópicos que son esencialmente de la Edad Media. En “Romance del prisionero” está el sentimiento del amor como la búsqueda de un servicio según los principios del amor cortés; el canto de las aves como tópico del locus amoenus o de la poesía trovadoresca cortés. Quizá el “Romance del prisionero” hable del dolor de vivir sin la persona amada. La referencia al “albor”, al momento del amanecer que generó infinidad de composiciones denominadas albadas, en las que dos amanes ven llegada la aurora y, con ella, el momento de la separación después de una noche de placer.

La obscuridad


La eficacia expresiva del texto radica, sobre todo, en la organización de términos opuestos como luz-oscuridad, alegría-tristeza, libertad-prisión, día-noche, albor-muerte, soledad-canto de aves. Esa riqueza de contrastes es la que hace que podamos considerar este romance como uno de los mejores ejemplos líricos del género. Tengamos en cuenta también la capacidad de sugerencia que se desarrolla desde el hecho de que la realidad no es percibida por la vista sino por el sonido (el cautivo, encerrado en la oscuridad, escucha, no ve). Y es desde ese sonido, desde el que el poema se aproxima al momento climático en los dos últimos versos, cuando se hace referencia a cómo un ballestero mata a la avecilla cantora, principal elemento de relación del prisionero con la realidad exterior y libre; causa que origina, con total propiedad, esa maldición final: “déle Dios mal galardón”.

“El prisionero”
-Por el mes era de mayo, cuando hace la calor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor,
sino yo, triste cuitado, que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son
sino por una avecilla que me cantaba al albor;
matómela un ballestero, déle Dios mal galardón.
Cabellos de mi cabeza lléganme al corvejón,
los cabellos de mi barba por manteles tengo yo,
las uñas de las mis manos por cuchillo tajador.
Si lo hacía el buen rey, hácelo como señor;
Si lo hace el carcelero, hácelo como traidor.
Mas quién agora me diese un pájaro hablador
siquiera fuese calandria, o tordico, o ruiseñor,
criado fuese entre damas y avezado a la razón,
que me lleve una embajada a mi esposa Leonor:
que me envíe una empanada no de trucha ni salmón
sino de una lima sorda y de un pico tajador,
la lima para los hierros y el pico para la torre.-
Oído lo había el rey, mandóle quitar la prisión.

Romancero. Edición de Paloma Díaz-Mas. Barcelona. Crítica. 1994.
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Romance de Abenámar(Comentario de texto)

—¡Abenámar, Abenámar,   moro de la morería,
el día que tú naciste   grandes señales había!
Estaba la mar en calma,   la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace   no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro,   bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor,   aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro   y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho   mi madre me lo decía
que mentira no dijese,   que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,   que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar,   aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?   ¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor,   y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,   labrados a maravilla.
El moro que los labraba   cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,   otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,   huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,   castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,   bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada,   contigo me casaría;
daréte en arras y dote   a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan,   casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene   muy grande bien me quería.

Alhambra

Con el “Romance de Abenámar” nos encontramos ante una característica que no responde a la definición de “Romance”, según la cual este es un texto narrativo. Indudablemente observamos una situación narrativa: unos personajes realizan una acción; sin embargo, la modalidad textual que predomina es el diálogo, a través de él se consigue una mayor inmediatez. Al no presentarse la circunstancia en la que se emite el mensaje -que puede deducirse de las palabras de los personajes- el receptor se ve introducido de una manera inmediata en el desarrollo del diálogo; casi como si estuviese presente en los acontecimientos.

Grabado. Siglo XIX. Juan II de Castilla


Además de definirse desde la categoría de dialogados, este romance es fronterizo; es decir, trata de la relación normalmente bélica entre los castellanos cristianos y el reino musulmán de Granada, último territorio de Al-Andalús que sobrevivió a la Reconquista hasta que los Reyes Católicos entraron en la capital en 1492. Los romances fronterizos, normalmente, tienen un fundamento histórico, aunque están tratados desde la ficción. El hecho y el personaje histórico que encontramos en el “Romance de Abenámar” es el rey Juan, II de Castilla, monarca entre 1406 y 1454, padre de Isabel I la Católica. El suceso ficticio que aquí se refleja puede situarse en torno a 1431, en un periodo de injerencia de Castilla en los asuntos del Reino Nazarí. La realidad histórica está reflejada en el personaje de don Juan; los otros dos son ficticios: Abenámar, que es hijo de un musulmán y una cristiana cautiva, situación de mestizaje que se daba con cierta frecuencia en la época (el penúltimo rey de Granada, Muley Hacén, contrajo matrimonio con Isabel de Solís, que era una cristiana cautiva, convertida al islam y madre de infantes granadinos). Pese a tal hecho, Abenámar seguramente es una ficcionalización. Y, la tercera protagonista que interviene en el diálogo es la propia ciudad de Granada, que cobra voz en un proceso de prosopopeya o personificación, figura retórica que consiste en presentar una realidad inanimada con capacidad animada, en este caso, en disposición de utilizar el lenguaje verbal oral.
La versión del “Romance de Abenámar”, que aquí leemos es la abreviada y representada gráficamente en versos de dieciséis sílabas separados por una cesura, de manera que, en realidad, estamos leyendo una composición que presenta las características métricas del romance: un poema formado por una tirada indeterminada de versos octosílabos con rima asonante (ía) en los pares.
El romance está organizado en dos diálogos con unas breves intervenciones del narrador que sirven para dar entrada a las palabras de Abenámar en primer lugar (verso 5) y la segunda del rey don Juan (verso 20), cuando va a dirigirse a Granada personificada. Es interesante constatar que el romance comienza con el estilo directo del rey Juan, sin que nos encontremos con una referencia previa a la situación en la que se produce el diálogo. Estos comienzos abruptos son frecuentes en el romancero.

Rendición de Granada. Sillería de la Catedral de Toledo

La descripción del contexto se produce desde elementos que van siendo deducidos desde el diálogo (Abenámar, Granada, Alhambra, Alixares, Generalife, Torres Bermejas) que nos sitúan en un ambiente de frontera con el reino granadino en un contexto de guerra (moro, castillo, rey don Juan).
Tengamos en cuenta que los romances fronterizos nacen en una época en la que el mundo bélico es interpretado según unas normas caballerescas que reglamentarán el mundo de la guerra desde los principios de la cortesía. Desde este punto de vista puede interpretarse el tratamiento de la figura del moro Abenámar y de la manera como el rey Juan se dirige al que en otro momento (Cantar de mío Cid) hubiese sido tratado desde la vehemencia y la falta de respeto al diferente visto como enemigo.
Uno de los elementos más hermosos del “Romance de Abenámar” es la sugerencia exótica que nace desde la descripción de Granada, contemplada como lugar de maravilla, así se hace evidente en ese verbo “relucían”; también, de extrañeza por la presencia de palabras que connotan lo oriental: Abenámar, moro, Alhambra, Alixares, Generalife, Granada, Córdoba, Sevilla. En este mismo sentido hay que situar las gentilezas de las frases de Abenámar y la altivez de Granada que defiende como esposa al moro con el que está casada frente a la rapiña que insinúa la mirada codiciosa del rey castellano.

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El sí de las niñas. Leandro Fernández de Moratín(Comentario de texto)

Leandro Fernández de Moratin

DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA
Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se asusta y se retira.
DON CARLOS. Eso no… Delante de mí nadie ha de ofenderla.
DOÑA FRANCISCA. ¡Carlos!
DON CARLOS. (Acercándose a DON DIEGO). Disimule usted mi atrevimiento… He visto que la insultaban y no me he sabido contener.
DOÑA IRENE. ¿Qué es lo que sucede, Dios mío? ¿Quién es usted?… ¿Qué acciones son estas?… ¡Qué escándalo!
DON DIEGO. Aquí no hay escándalos… Ese es de quien su hija de usted está enamorada… Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo… Carlos… No importa… Abraza a tu mujer. (DON CARLOS va a donde está DOÑA FRANCISCA, se abrazan y ambos se arrodillan a los pies de DON DIEGO).
DOÑA IRENE. Conque ¿su sobrino de usted?
DON DIEGO. Sí, señora; mi sobrino, que, con sus palmadas y su música y su papel, me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida… ¿Qué es esto, hijos míos; qué es esto?
DOÑA FRANCISCA. Conque ¿usted nos perdona y nos hace felices?
DON DIEGO. Sí, prendas de mi alma… Sí. (Los hace levantar con expresiones de ternura).
DOÑA IRENE. ¿Y es posible que usted se determine a hacer un sacrificio?…
DON DIEGO. Yo puedo separarlos para siempre y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable, pero mi conciencia no lo sufre… ¡Carlos!… ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!… Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
DON CARLOS. (Besándole las manos). Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida…
DOÑA IRENE. ¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que…
DON DIEGO. Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño… Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece, estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto, lo que se debe fiar en el sí de las niñas… Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba… ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!
DOÑA IRENE. En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen… Venga usted acá, señor; venga usted, que quiero abrazarle. (Abrázanse DON CARLOS y DOÑA IRENE. DOÑA FRANCISCA se arrodilla y la besa la mano). Hija, Francisquita. ¡Vaya!, buena elección has tenido… Cierto que es un mozo galán… Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.
RITA. Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña… Señorita, un millón de besos. (DOÑA FRANCISCA y RITA se besan, manifestando mucho contento).
DOÑA FRANCISCA. Pero ¿ves qué alegría tan grande?… ¡Y tú, como me quieres tanto!… Siempre, siempre serás mi amiga.
DON DIEGO. Paquita, hermosa. (Abraza a DOÑA FRANCISCA). Recibe los primeros abrazos de tu padre… No temo ya la soledad terrible que amenaza a mi vejez… (Asiendo de las manos a DOÑA FRANCISCA y a DON CARLOS). Vosotros seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor…, sí, hijos, aquel…, no hay remedio, aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.
DON CARLOS. ¡Bendita sea tanta bondad!
DON DIEGO. Hijos, bendita sea la de Dios.

Este texto es un fragmento, del desenlace, de El sí de las niñas, una de las obras más importantes del teatro neoclásico español, en el siglo XVIII, escrita por Leandro Fernández de Moratín.
Situemos, en primer lugar, la obra en su contexto cultural. El neoclasicismo presta estéticamente las características de la Ilustración. Sus rasgos principales son la razón y la sobriedad formal que se alejan de la poética definidora del movimiento literario y artístico anterior, el barroco (basado en una exaltación de la fe desde la acumulación de figuras retóricas o de adornos que complican la recepción del mensaje literario). Entre los principios que se defienden en la estética neoclásica me interesa, ahora mismo, destacar tres, pues se van a encontrar reflejados en el fragmento que se está comentando. Se trata del espíritu crítico, el respeto a las normas de lo clásico y la intención didáctica.

Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), autor de la obra El sí de las niñas, a la que pertenece el fragmento que se está comentando, es uno de los escritores más destacados de la literatura dieciochesca española. En El sí de las niñas, Moratín critica una costumbre que era el matrimonio de conveniencia; una joven era obligada a contraer nupcias con un hombre mayor, no por amor, sino por intereses, sobre todo, de los padres de la muchacha. Este era un ejemplo más de la falta de consideración hacia la mujer; de hecho, Moratín aprovecha esta crítica para mostrar la capacidad que tiene la mujer para decidir su destino, con los mismos derechos, forjados desde la inteligencia y la educación, que el varón. En este sentido, Moratín se convierte en un claro ejemplo del interés reformista de los autores ilustrados que se hace evidente en el espíritu crítico ante los factores retrógrados de la sociedad y en la intención didáctica, esta no implica el olvido de que la literatura, y especialmente el teatro, ha de ser entretenimiento.
En el siglo XVIII se produce, desde los principios del neoclasicismo, un debate que enfrenta el teatro heredero de lo barroco y la renovación que persiguen los ilustrados desde la defensa de unos preceptos clásicos. Estos se cumplen en la obra que estamos comentando. En primer lugar, la unidad de tiempo (la acción no va más allá de un día natural), de lugar (que implica que el escenario no tiene unas variaciones difíciles de asumir en la representación y alejadas del realismo) y de acción (solo se desarrolla una historia). La segunda norma es la verosimilitud, aquello que se representa debe estar cercano a la realidad. Y, finalmente, el teatro no debe buscar exclusivamente el entretenimiento sino también manifestar una clara voluntad por reformar las costumbres de la sociedad para mejorarla, esto es el didactismo.

Francisca Sabasa

El texto teatral, género literario al que pertenece este fragmento, presenta unas peculiaridades que se observan a simple vista (tengamos en cuenta que estamos comentando un texto escrito, no representado). Fijemos nuestra atención en las acotaciones (en letra cursiva); en ellas se explica cómo actúa el personaje, cómo es el escenario; todo ello encaminado a orientar a los responsables de la representación teatral. La primera acotación es un claro ejemplo de las de acción. Los nombres de los personajes aparecen en mayúscula; la mención al inicio de cinco de ellos nos indica que nos encontramos en una escena (la entrada o salida de otro implica un cambio de escena). Más allá de cada nombre se lee el texto que, en el momento de la representación, será pronunciado por el actor o la actriz encargada de encarnar al personaje concreto.
Los personajes presentes en esta escena son don Diego, el hombre mayor que va a contraer matrimonio concertado sin amor con doña Francisca; la joven ama a don Carlos, que también es sobrino de don Diego. Doña Irene es la madre de doña Francisca, no solo consiente en ese enlace, sino que casi podríamos decir que vende a su hija por interés. Y, finalmente, Rita, personaje heredero de la comedia barroca, en la que encontramos al criado o la criada que en todo momento apoyan a sus amos; en ellos se encuentra la historia secundaria a la que los dramaturgos neoclásicos renuncian, recordemos las comedias de Lope de Vega o de Calderón de la Barca.

La gallinita ciega, Francisco de Goya


El afán didáctico y reformista de costumbres del teatro neoclásico no implica el abandono de una cierta sentimentalidad (cabe recordar ahora que un subgénero del drama dieciochesco recibe el nombre de comedia lacrimógena). Los sentimientos que perfectamente pueden encontrarse aquí son el de respeto de don Carlos hacia su tío don Diego; las expresiones de ternura de don Diego hacia la muchacha con la que iba a contraer matrimonio; el cariño que Rita siente hacia doña Francisca, el amor de don Carlos hacia doña Francisca. El único personaje que, desde un punto de vista del sentimiento aparece calificado negativamente, es la madre, doña Irene, que en un primer momento se comporta con cierta violencia, falta de respeto a su hija, aunque finalmente, su actitud cambia. Tengamos en cuenta que el interés reformista del teatro neoclásico español se base en un didactismo amable, alejado de una solución feroz (que sí encontraremos más adelante en el teatro romántico). Con todo, es necesario ver cómo se refleja la hipocresía que define a este personaje en el que se centra la crítica: “Hija, Francisquita. ¡Vaya!, buena elección has tenido… Cierto que es un mozo galán… Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero”.
El sentimiento reformista de la obra está encarnado en don Diego, representación de la ideología ilustrada, la amabilidad que pretende ser un primer paso contra una lacra social como la que aquí se critica y la defensa del derecho del ser humano a ser feliz.
Aunque esta sea la escena final, en el fragmento se encuentran las tres partes en las que se organiza toda obra teatral clásica: planteamiento, nudo y desenlace. Observamos en el texto que hay un primer conflicto (la imposibilidad del matrimonio que enfurece a la madre de doña Francisca), la búsqueda de solucionarlo y la llegada a una concordia final, que es el ideal perseguido por el sentido de crítica y reformismo social de los autores ilustrados; un final amable que implica el triunfo de la felicidad a un nivel muy básico sin adentrarse realmente en los problemas de injusticia social y políticos que aquejaban aquel tiempo.
Una literatura interesada en el didactismo moral no tiene motivos para renunciar a la expresión de sentimientos; así, en el texto observamos la presencia de lo emotivo, tanto en los gestos (las precipitaciones que se producen al principio de la escena desde esa aparición inesperada de don Diego), como en las expresiones exclamativas que muestran el sentimiento de los personajes en un tono declamatorio, “¿ves qué alegría tan grande?… ¡Y tú, como me quieres tanto!… Siempre, siempre, serán mi amiga”.

William Hogarth,Casamiento a la moda
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