Un poema (El tiempo en el rostro)

Siempre Córdoba me regala algo.

Hoy aroma de naranjas
que caen y cubren empedrado suelo.

Y un sol, medio oculto por las nubes,
el perfil del alminar dibuja.

Sentado
a los pies de este pilar,
me transformo en aire y sol.

Tres puertas quedan abiertas.

Fuera, una mujer aguarda
con la lluvia.

Desaparece el pensamiento.

Todo es silencio o cantar del pájaro solitario.

Siempre Córdoba me regala algo.

Hoy el aroma de naranjas.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)Naranja-abierta-y-flor-de-azahar-Rafael-Romero-Barros

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ÁLVARO MUTIS, POESÍA Y AVENTURA

UNA NUEVA PUBLICACIÓN (Amazon Kindle, Enero 2016)

MUTIS, POESÍA Y AVENTURA

Portada del libro Álvaro Mutis, poesía y aventura

Sin llegar a serlo, más allá de las figuras que conforman su literatura, y aunque su vida fuese un moverse continuo por los más diversos paisajes, sobre todo a consecuencia de lo que fueron sus trabajos; aunque su filosofía vital sí lo sea, tanto como su espíritu, en lo que hay de rebelde en ello; pese a todo lo dicho, no cabe considerar a Álvaro Mutis como un nómada, simplemente es que tardó en hallar cuál era realmente su anhelo: un lugar sobre la tierra que, en realidad, más bien es un estado interior de encuentro con el ser.

Caminante, en el sentido que a esta palabra da Antonio Machado, eso sí; porque manifiesta en sus escritos un recorrido por el mundo con los ojos bien abiertos ante las experiencias que le regalaban tanto la vida como las lecturas; un empaparse en cada sensación que más tarde será rememorada, trabajada en la soledad del estudio. Así corresponde al autor que ha de indagar en lo sublime, transformando un episodio contemplado en un símbolo, bien lo supo ver en su poesía Gustavo Adolfo Bécquer.

No se trató de vagabundear sin ton ni son; sino, mejor, de buscar la verdad en las distintas experiencias que brinda el recorrido de cada ser humano, de encontrarse con el significado que dote a la vida de un sentido pleno.

Álvaro MutisNo trotamundos, quizá sí nómada, si consideramos a éste como símbolo de esa búsqueda del caminante, aquél que recorre sendas y encuentra su sentido en el mismo transitar; amando todo aquello que merece ser amado, sin renunciar a ello porque llegue de nuevas –pocas veces repetirá sus amores sino es en la melancolía del recuerdo-; compartiendo mesa con igual dignidad en presencia de un vagabundo o de un rey.

Ese caminar está presente en su producción literaria y como tal hay que entender su obra. A ello dedicaremos este libro.

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El tiempo en el rostro, un poema.

Primavera

Cae la flor primera.
Vuelve a ser frío
en primavera, el sol.

 

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)

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Haiku del silencio

Alejado del camino.
Imperceptible, una gota
se desliza en la rama.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)

otoño-en-Zaragoza

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In Memoriam Álvaro Mutis

CÓRDOBA, UNA ILUMINACIÓN. SOBRE UN POEMA DE ÁLVARO MUTIS

Álvaro Mutis paseando por Turín. Bernardo Pérez

Álvaro Mutis paseando por Turín. Bernardo Pérez

Uno de los elementos caracterizadores de la poesía del escritor colombiano Álvaro Mutis es la llaneza en su lenguaje, la claridad en las palabras, la expresión que brota como un manantial y que cala tan hondo como la experiencia que relata. Lo descrito, lo narrado, lo vivido en cada uno de sus poemas transforma el mundo cotidiano en una iluminación. Nadie confunda esta palabra con el sentido exclusivamente religioso, salvo que considere la religión en su sentido etimológico de religare (volver a unir) porque en Álvaro Mutis la expresión trascendental no tiene que ir unida a un culto, a una visión del mundo mediatizada por un dios cuyas palabras son las de sacerdotes que nada saben salvo lo aprendido en libros. Álvaro Mutis va mucho más allá. Su mirada es trascendente de la vida cotidiana en la cual se hunde como raíz que busca los veneros más puros. Tales fuentes brotan a lo largo de la vida, y la de Álvaro Mutis ha recorrido caminos tan diversos que le ha permitido encontrarlas en los torrentes bulliciosos de las montañas ecuatorianas, en el aroma del café recién tostado de las haciendas en Colombia, en anocheceres mediterráneos en amena conversación, e incluso en el movimiento lánguido, hipnotizante y circular de las bellydancers que encarnan el eterno femenino en una percusión que adormece el sentido perpetuo de la muerte, la orfandad y el desarraigo; como el olvido que viene con la lluvia que todo lo limpia, que todo se lleva.

Un lenguaje llano, el de Álvaro Mutis que borra la diferenciación entre géneros literarios, que recobra el valor antiguo de la palabra y el de la experiencia. Esta deja de ser un mero transcurrir en el mundo para originar la visión, la transformación radical de lo contemplado, el cruce de una dimensión cuya frontera está muy dentro de uno mismo.

La mística para los griegos, tal y como lo explica la etimología, era aquello que acercaba a los Misterios, al secreto en el cual se indaga para encontrar la explicación de uno mismo, porque el final del laberinto mistérico es un espejo y en él sólo se refleja lo que uno lleva. En este sentido es mística la palabra de Álvaro Mutis y en ese mismo sentido la leemos en uno de sus poemas más impresionantes, más todavía escuchados en su voz tronante de profeta en un marco como el del Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba, así como el propio autor lo leyó hace ya unos años.

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Haiku de la nostalgia

Una casa lejana.
Busco el horizonte.
Pétalos que caen.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)Almendro-El-tiempo-en-el-rostro

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Yin-Yang (El tiempo en el rostro)

Cada día que pasa, descubrir dolores nuevos
que invaden hasta aquel rincón
donde uno podía retirarse y descansar.

Y enfrentarse al descarnado rostro
de la propia cobardía y las bajezas.

Cada día descubrir a nuestra espalda
caminos que se cortan;
y temer por cuántas tumbas se puedan abrir
a nuestro paso;
y levantarse perdido al alba,
sin reconocer la casa propia;
y darse de golpes contra puertas y pasillos.

Pero, con el primer frío de la aurora,
descubrir, aunque todo se cubra de escarcha,
el cielo despejado con luna y estrellas.

Antonio Joaquín González
(El tiempo en el rostro)

Nubes-El-tiempo-en-el-rostro

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EL TIEMPO EN EL ROSTRO

El-tiempo-en-el-rostro-portada¿Por qué la poesía? Cuando todas las palabras parecen estar dichas, y son tantas y tan hermosas, ¿qué sentido tiene repetir las mismas visiones que han llenado los ojos de quienes nos han precedido? Eran aquellos, versos ajenos y estos lo son propios, contienen una vida, tanto imaginada como sentida; chispazos, unas veces de luz, otras de ignominia, luces y sombras que se mezclan en los versos; y en ellos años, que pueden parecer una eternidad; paso del tiempo que va tallando cada perfil del rostro y con ellos versos que llegan, para permanecer como recuerdo.

Se contienen en este libro de poemas muchas palabras con las que me he encontrado en el pasar de la vida; iluminaciones de lo cotidiano que son como retratos, vivencias del desasosiego que nacen con los amaneceres de los años que transcurren; sin tristeza, con miedo y también con las esperanzas de alegrías que siguen llegando; porque la melancolía tiñe el mundo con un brillo de perla y hace, a la vez, resaltar cada encuentro en la frontera, territorio para el nómada, para el hombre que sabe nada nefasto es definitivo; simplemente, camina, aunque sólo encuentre protección bajo la sombra de su propia espada, hasta encontrar los brazos que alejan a la muerte.

A ti, lector, entrego estos jirones de vida, de amor, de sueño y de libros.

http://www.amazon.es/EL-TIEMPO-EN-ROSTRO-reunidos-ebook/dp/B018PLDP20/ref=sr_1_3?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1448884812&sr=1-3

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Los años de peregrinación del chico sin color de Haruki Murakami

色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年
Shikisai wo motanai Tasaki Tsukuru to, Kare no Junrei no Toshi
Traducción Gabriel Álvarez Martínez

los-anos-de-peregrinacion-del-chico-sin-color.jpgBuena parte de la narrativa de Haruki Murakami se caracteriza por la utilización de una voz en primera persona que alcanza, en algunos momentos, la categoría de autobiográfica. No es este el caso de Los años de peregrinación del chico sin color. En esta, la última novela del autor hasta la fecha, hay un narrador ¿ajeno? a la historia. Sus palabras se aproximan mucho a las que sirven para presentar a Tony Takitani en el cuento del mismo título (Sauce ciego, mujer dormida). ¿Por qué esa duda respecto al alejamiento de la voz narrativa y la realidad de los personajes? Principalmente, por la invasión de los sentimientos más profundos de los protagonistas, por una omnisciencia que no es característica de nuestra época de literatura posmoderna. En apariencia, Haruki Murakami se aleja de esa novela del yo que marca la narrativa japonesa desde la era Meiji; sin embargo, tanto en una voz propia, manifiesta en numerosas conversaciones, como en el libre discurrir de la conciencia desde una tercera persona, el individuo sigue siendo el punto central de la historia y, más allá, de la utilización del narrador característico del realismo, la expresión del yo sigue siendo prácticamente la misma que encontramos en Sputnik, mi amor o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Los años de peregrinación del chico sin color está en la línea genérica de la novela de amor adolescente y, a la vez, mantiene la ambigüedad que sirve para definir la ruptura de la frontera entre lo cotidiano y lo maravilloso, arranque que justifica la calificación de Haruki Murakami como escritor del realismo mágico. El salto de lo normal a lo fantástico, en esta novela no es tan evidente como en Kafka en la orilla, 1Q84, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, La caza del carnero salvaje o Baila, baila, baila. Lo fantástico en Los años de peregrinación del chico sin color está más relacionada con Tokio Blues o Sputnik, mi amor; novelas en las cuales la ambigüedad nace de la distorsión en la mirada del mundo. Una deformación que bien puede estar provocada por la enfermedad mental o por la soledad. Del mismo modo, las tres novelas comparten ese acercamiento a lo amoroso desde la idealización juvenil (como en el caso de Tengo y Aomame en 1Q84).

Un cambio substancial que se produce en esta novela, respecto a las anteriores de Murakami, es la elección de la generación de los protagonistas. Hasta este momento, la mayoría de sus personajes principales pertenecían a la del baby-boom (salvo el evidente ejemplo de Kafka en Kafka en la orilla). Nos encontramos ahora con un grupo de amigos cuyos padres vivieron los años problemáticos de compromiso social en las huelgas estudiantiles a finales de la década de 1960. Para Tsukuru Tazaki y sus cuatro amigos con color (Ao, Kuro, Shiro y Aka; azul, negro, blanco y rojo), el mundo ha cambiado, pero sólo aparentemente, su compromiso social ya no es necesario –tampoco lo fue para la mayoría de los otros protagonistas de Haruki Murakami-, también es cierto que poseen algunos adelantos tecnológicos que eran muy primitivos en textos anteriores (recordemos Crónica del pájaro que da cuerda al mundo), sin embargo, el teléfono sigue siendo el principal instrumento de comunicación, de transmisión de soledad y de premoniciones.

almendros-Antonio_Joaquin-GonzalezCambian las generaciones, cambia la voz narrativa. Se mantiene el sentimiento de soledad y su expresión mediante un narrador tan omnisciente que casi es la voz del personaje. No se da el salto definitivo que borra la frontera entre lo real y la maravilla, pero lo ominoso marca de tal manera lo cotidiano que la vida se distorsiona para seguir expresando el leitmotiv de la narrativa de Murakami: la soledad del individuo.

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La literatura como iluminación

HARUKI MURAKAMI

Por:  Antonio Joaquín González Gonzalo

Fotomontaje Fotografía de Per Folkver en Politiken.dk. Cerezos en flor de Hasegawa Kyuzo. Siglo XVI. Kyoto

Fotomontaje
Fotografía de Per Folkver en Politiken.dk.
Cerezos en flor de Hasegawa Kyuzo. Siglo XVI. Kyoto

La iluminación como sublimación de la realidad, bien espiritual o bien meramente intelectual, es una de las características de la religiosidad japonesa, por influencia del budismo, sobre todo de la rama zen, y también del shintoismo, cuya relación con la naturaleza implica la presencia del paisaje como escenario básico en la consecución de una mirada trascendental. Este sustrato cultural, que no exclusivamente religioso, marca muchos momentos de la literatura de Haruki Murakami.

Son muchas las ocasiones en las que este escritor japonés ha descrito con detalle el instante concreto en el que tomó la determinación de escribir. Con estas palabras concretas en su libro De qué hablo cuando hablo de correr: “fue aproximadamente a la una y media de la tarde del uno de abril de 1978. Ese día estaba solo en la grada exterior del estadio Jingu, viendo el partido de béisbol mientras tomaba una cerveza”. Todo es sosiego, expresión de la quietud interna de aquel que está contemplando, “miraba tranquilamente el partido tumbado en la hierba, dando sorbos a mi cerveza fría y alzando de vez en cuando la mirada para contemplar el cielo”. Y, desde el recuerdo, pues De qué hablo cuando hablo de correr es un texto escrito entre 2005 y 2006, llegan los detalles más nimios: “el agudo sonido del bate impactando de lleno en aquella bola rápida resonó en todo el estadio” y desde este sonido, este sentimiento y una acendrada sensorialidad, llega la experiencia culminante: “en ese preciso instante me dije: <ya está, voy a probar a escribir una novela>. Todavía recuerdo con nitidez el cielo completamente despejado, el tacto de la hierba fresca que acababa de reverdecer y el agradable sonido del bate. En ese momento, algo cayó suave y silenciosamente desde el cielo y yo, sin duda, lo recibí” (p. 45).BeísbolY aquí está el principio, mitologizado, de la narrativa de Haruki Murakami.

El concepto de iluminación está presente en otros muchos momentos de su literatura. Al fin y al cabo, sus obras son una indagación en lo más profundo para alcanzar la esencia de lo humano más allá de un vacío doloroso de soledad. Posiblemente, la novela en la que este proceso se hace más evidente sea Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; aunque ya se pone de manifiesto en su segunda novela Pinball, 1973, obra en la que podemos leer la descripción de una experiencia maravillosa durante una partida en pinball, culminada, después de unos años de insensibilidad, con una misteriosa visita a un antiguo matadero de pollos aparentemente abandonado en el que setenta máquinas de billar suenan al unísono.

En casi todos los casos, los procesos iluminativos en la novelas de Haruki Murakami no conducen al resplandor que explica el universo, sino al descubrimiento de la tristeza. El ejemplo más evidente está en el teniente Mamiya de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Y en esta misma, el proceso sufrido por el veterinario del zoo del Hsin-Ching, otra de esas descripciones espeluznantes tan abundantes en la narrativa del realismo mágico, cuando un soldado chino es asesinado: “El teniente le hizo al soldado un signo afirmativo. Éste echó el bate hacia atrás, respiró hondo y golpeó con todas sus fuerzas la base del cráneo del chino. Fue un golpe sorprendente, magnífico. Su cintura rotó tal como le había enseñado el teniente, con el grueso extremo del bate golpeó el cráneo directamente detrás de las orejas”. Esta experiencia cambia la visión que del mundo tiene el personaje que mira un paisaje de crueldad en el que el pájaro que da cuerda le anuncia lo terrible del futuro.

Afortunadamente, la iluminación que hizo de Haruki Murakami el escritor que hoy es fue radicalmente diferente.Murakami

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