El estudiante de Salamanca. José de Espronceda(Comentario de texto)

Y de pronto en horrendo estampido
desquiciarse la estancia sintió,
y al tremendo tartáreo ruido
cien espectros alzarse miró.

De sus ojos los huecos fijaron
y sus dedos enjutos en él;
y después entre sí se miraron,
y a mostrarle tornaron después;

y enlazadas las manos siniestras,
con dudoso, espantado ademán
contemplando, y tendidas sus diestras
con asombro al osado mortal,

se acercaron despacio, y la seca
calavera, mostrando temor,
con inmóvil, irónica mueca
inclinaron, formando enredor.

Y entonces la visión del blanco velo
al fiero Montemar tendió una mano,
y era su tacto de crispante hielo,
y resistirlo audaz intentó en vano;

galvánica, cruel, nerviosa y fría,
histérica y horrible sensación,
¡toda la sangre coagulada envía
agolpada y helada al corazón!

Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
de ella apartó su mano Montemar,
y temerario alzándola su velo,
tirando de él la descubrió la faz.

“¡Es su esposo!”, los ecos retumbaron,
“¡La esposa al fin que su consorte halló!”.
Los espectros con júbilo gritaron:
“¡Es el esposo de su eterno amor!”.

El Romanticismo español tiene unas características peculiares que lo diferencian de este movimiento en su primera época tal y como se desarrolla en Inglaterra (Blake) o Alemania (Hölderlin). En España, el Romanticismo no alcanza lo metafísico que sí encontramos en los autores del norte de Europa; predomina lo narrativo y la sentimentalidad fácil (esto cambia de una manera radical con Bécquer, aunque este autor ya no es romántico sino simbolista). Esto por lo que se refiere al panorama general, José de Espronceda (1808-1842) se separa un tanto de este paradigma, no en todas sus obras, pero sí hay que recordar ese canto a la libertad que es “Canción del pirata” (influido por Byron), “Canto del cosaco” como expresión de un ansia de destrucción del mundo viejo, o El diablo mundo cuya experimentación estética y filosófica se aleja de lo narrativo que sí está muy presente en la obra a la que pertenece el fragmento que vamos a comentar.
El estudiante de Salamanca (1840), por su ambiente y su moralidad es un heredero del teatro barroco; sin embargo, la técnica y la sentimentalidad son producto de la estética romántica. De hecho, podemos considerar que esta obra es uno de los máximos ejemplos de la literatura española de este periodo. En ella, por otra parte, se produce esa fusión de géneros que ya estaba en la literatura desde sus inicios; así en la épica que es la narración contada desde el verso. La peculiaridad romántica de estos textos épicos es el mantenimiento de lo narrativo, pero como secundario respecto a lo lírico, mediante una expresividad que es característica de lo romántico. No niego con esto lo sentimental en la Ilíada, la Odisea o el Cantar de mío Cid, simplemente digo que aquí la emotividad es un elemento continuo que contribuye a mantener en vilo la emoción del lector.

El estudiante de Salamanca es un poema narrativo de carácter fantástico. Dos son los protagonistas de esta historia, Félix de Montemar y doña Elvira. Montemar es el estudiante de Salamanca, un seductor cínico que no respeta a las mujeres, ni a nadie, tal y como corresponde a un personaje de la literatura española, el donjuán, que tiene una de sus primeras apariciones en El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1616) de Tirso de Molina y que acabará representado en otro de esos protagonistas fundamentales del Romanticismo como es don Juan Tenorio de la obra del mismo título, escrita por José Zorrilla y publicada en 1844, en ella se muestra ese ambiente fantástico y romántico que define a El estudiante de Salamanca. Respecto a doña Elvira, es una joven que, a causa del desengaño sufrido en su amor hacia Félix de Montemar, muere. El hermano de doña Elvira quiere vengar la deshonra familiar sufrida, por la seducción de la joven, y se bate en duelo con el estudiante. Se produce un interesante juego literario con la temporalidad, y nos encontramos con un viaje fantástico hacia la ultratumba, cuando Félix de Montemar comienza a perseguir a una misteriosa mujer que se le ha aparecido caminando sola por las calles en la oscuridad de la noche. El fragmento que estamos comentando es el momento climático de tal paseo hacia los infiernos.

Por lo que se refiere a la métrica del fragmento, hay que señalar que nos encontramos ante la forma estrófica del serventesio, cuya rima es ABAB, con versos decasílabos y endecasílabos. Es, por lo tanto, una versificación de arte mayor que adquiere un ritmo rápido en una rima cuyo efecto es similar al del romance.
Destaca, desde un punto de vista formal, la presencia de efectos aliterativos en los primeros versos por la repetición de sonidos vibrantes y oclusivos (pronto, horrendo, desquiciarse, tremendo, tártaro, ruido, espectros, alzarse), muy apropiados, en este caso para describir un ambiente desde lo acústico, desde el estrépito.
Uno de los factores que caracterizan algunas obras del Romanticismo es lo macabro, todo aquello relacionado con el mundo de los cementerios. Tal paisaje ya estaba presente en el caso de la literatura española en una obra como Noches lúgubres (1789) de José Cadalso, en la cual, dado que pertenece a la estética neoclásica o prerromántica, el elemento fantástico no se hace tan evidente; también en la escena final de Don Juan Tenorio de José Zorrilla, el lugar macabro adquiere una importancia central.
Para conseguir una mayor efectividad en lo expresivo que ha de marcar la emotividad sentida por el lector, Espronceda recurre al uso abundante de adjetivos calificativos y a la variación del ritmo narrativo que se vuelve muy rápido en el momento del desenlace.
El campo semántico de lo macabro marca el desarrollo verbal de estos versos en los cuales leemos palabras como: horrendo, tremendo, tartáreo (en el sentido de infernal), espectros.
Los espectros están descritos desde lo físico (ojos huecos, dedos enjutos, manos siniestras, diestras, seca calavera), pues realmente no lo son, sino que más bien nos encontramos ante cadáveres que se mueven y por ello producen esas sensaciones que también están presentes en espantado o asombro. Evidentemente se busca un efecto físico que acreciente el terror más allá de la mera presencia de un fantasma incorpóreo. Casi podríamos hablar del interés por transformar lo fantástico en real por la corporeización de la imagen; esta es una técnica que utiliza Mary Shelley en su Frankenstein o el moderno Prometeo (1818).

Lo macabro

No está entre mis intereses nada más allá de presentar una curiosidad que para los especialistas en historia del léxico español no lo será. Una curiosidad que se genera en la aparición de una palabra que etimológicamente sigue manteniendo un cierto misterio y que, como tantas otras, es un ejemplo de la historia cultural española.
La palabra a la que quiero referirme es MACABRO. Quizá porque la aprendí en los tiempos en los que el mundo todavía era joven y la literatura romántica estallaba como una bomba en los estudiantes de BUP de Literatura Española; y me siguió durante los años universitarios, en la Facultad de Filología, cursando Árabe. Ahí apareció esa raíz que es QBR, que tiene que ver con el morir y la muerte; raíz a la que antecede el prefijo MA, ‘lugar’. De la unión de ambos Maqâbir, ‘cementerio’. Genial, conseguía entender de dónde procede uno de los vocablos que explicaba una de las características centrales del tardío romanticismo hispano. De hecho, uno de los primeros documentos en los que se lee es en Gustavo Adolfo Bécquer, que en 1870 publicó “Los ojos verdes”, una de sus más hermosas Leyendas.
García de Diego en su Diccionario etimológico español e hispánico sitúa el origen de Macabro en el árabe macbora. Sin embargo, Federico Corriente en el Diccionario de arabismos descarta tal procedencia.

¿De dónde, pues?
Corominas lo explica en detalle. Procede del francés Macabre, que se data en torno a 1376 en Danse macabre, texto que corresponde al género que también encuentra su manifestación hacia 1400 en Castilla, en la Danza de la Muerte. En Francia, este texto recibió previamente el nombre de Dance Macabré (hay un moro que así se llama en un cantar de gesta del siglo XII) o Danse Macabé. Macabré era un antropónimo usado en el norte de Francia. Pero no se conoce con certeza el motivo por el cual se aplicó este término a tal tipo literario. Corominas sigue explicando que tanto Macabré como Macabé pueden estar relacionados con los siete hermanos hebreos, los Macabeos que murieron hacia el 168 a.C. en rebeldía contra los helenos de la dinastía Seléucida. Desde tal recuerdo, en francés, se origina âbre macabre o âbre de Macabê, que hace referencia a un fenómeno meteorológico en el que unas pequeñas nubes se desprenden de otra mayor, como si danzasen.
El caso es que la palabra Macabre, en francés, queda restringida a estos contextos hasta el siglo XIX, cuando comienza a utilizarse de una manera más usual. Es bien conocida la influencia léxica que el francés tiene en la configuración del vocabulario hispánico. Aquí está otro de esos ejemplos. Pero ahí queda ese misterio del origen etimológico árabe, que el propio Corominas recuerda, en Cervantes como almacabra, cementerio moro (en Rinconete y Cortadillo). Quizá pudo pasar esta palabra árabe al francés y que en tierras galas se transformase por etimología popular y fusión con Macabeo; posible, pero difícil de defender, puesto que Macabre tiene un origen francés del norte, y allí la influencia árabe, en teoría, no es tan evidente (quizá tendríamos que recordar que muchos nobles caballeros de esta procedencia se mantuvieron durante meses en Ultramar durante la gesta de las cruzadas.
Sea así, se asá; ahí está el misterio que adorna, un poco más, nuestra lengua.

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“El burro flautista” Tomás de Iriarte(Comentario de texto)

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«¡Oh!», dijo el borrico,
«¡qué bien sé tocar!
¡y dirán que es mala
la música asnal!».
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

Un género literario que alcanza una plena justificación en el desarrollo de la literatura dieciochesca es el de la fábula; a este pertenece el texto de “El burro flautista” de Tomás de Iriarte (1750-1791). Es así por los principios que sustentan la creación en este periodo, como el afán didáctico y el espíritu crítico, que se manifiesta de una manera especial en Fábulas literarias (1782) donde se incluye “El burro flautista”.
El género de la fábula arranca de la antigüedad. En realidad, la fabulística está relacionada con lo didáctico; este es el motivo por el cual es utilizado por los autores del siglo XVIII; para ellos la literatura tiene el doble sentido de entretener enseñando. En el género didáctico, desde las primeras fases de la cultura humana, se utiliza el ejemplo ficticio para transmitir una enseñanza (es el caso de la mitología o de las parábolas que también son usadas con una finalidad religiosa). Si queremos nombrar a uno de los primeros autores de fábulas, deberíamos tener presente a Esopo, cuya influencia desde la antigüedad se prolonga hasta la Edad Media. En el caso de la literatura española, en esa misma época, se encuentran ejemplos que, aunque no se presentan como poemas, perfectamente pueden ser considerados como fabulísticos, pues mantienen un sentido didáctico y son protagonizados por animales; es el caso de algunos cuentos contenidos en el Calila e Dimna o en la obra del infante don Juan Manuel El conde Lucanor. Es en el siglo XVII cuando la fábula se hace moderna y adquiere una difusión todavía mayor con Jean de La Fontaine (1621-1695).
La fábula de “El burro flautista” fue escrita por Tomás de Iriarte. En el siglo XVIII, en España, dos autores se disputan el haber sido el primero en componer fábulas originales. Uno fue Félix María Samaniego, cuyos textos tienen un sentido principalmente moral (“El zapatero médico”). El otro, Tomás de Iriarte, que publica en 1782 Fábulas literarias, acompañadas de esta advertencia: “Primera colección de fábulas enteramente originales”. Hay que tener en cuenta que muchas fábulas han sido transmitidas por traducciones desde culturas alejadas en el espacio y en el tiempo; algunas de las fábulas en prosa que leemos en El conde Lucanor tienen su origen en la antigüedad de la India.
Así pues, en torno a los años en los que se publicó Fábulas literarias, comenzó un debate acerca de quién fue el primer autor español que realmente escribió fábulas originales. En la disputa entraron los nombres de Iriarte y Samaniego y llegó a tal extremo que originó un texto, también fabulístico, de Iriarte titulado “Los dos conejos”, los cuales se dedican a discutir acerca de algo que no tiene importancia y resultan atrapados.

Las fábulas pertenecen al género narrativo. Recordemos su definición: un texto en el que un narrador cuenta una historia protagonizada por unos personajes, sucedida en un tiempo y un lugar. Una de las peculiaridades más específicas de la fábula es que sus protagonistas son animales que, en algunos casos, son antropomorfizados y con capacidad para expresarse verbalmente; y, además, presenta una función didáctica, normalmente moral -es el caso de las fábulas escritas por Samaniego-, aunque en el caso de Iriarte presentan más bien una crítica de carácter literario; así en “El burro flautista” nos encontramos con un ataque hacia los malos poetas que por haber escrito un verso bueno en una ocasión, y por casualidad, pasan a considerarse geniales.
Las fábulas pueden estar escritas tanto en prosa como en verso, aunque predomina este. Y, por último, la enseñanza que contiene la narración suele aparecer explícita al final del texto, en forma de moraleja, con la función clara de que se haga evidente al lector la finalidad de la historia.
“El burro flautista” presenta la forma métrica del romancillo, una tirada de versos hexasílabos, en este caso, con rima en asonante los pares, con la peculiaridad de que tal rima se asienta en una palabra aguda con tónica en á. La utilización de este esquema métrico (6- 6a 6- 6a) nos sitúa en la tradición de la poesía popular, cuya máxima expresión está en el romance. A tal ritmo hay que sumar la repetición en los versos 4, 8, 12, 16, 20 y último; a modo de estribillo, “por casualidad” (á), que no solo contribuye a crear ritmo, sino también a especificar el tema, desde el afán didáctico, tan presente en los autores del siglo XVIII.
Aunque en su origen “El burro flautista” tuvo una finalidad crítica entre escritores, ha llegado a ser una obra muy popular, muy repetida en textos de enseñanza básica para niños, debido a la sencillez de la historia narrada y a la forma métrica que favorece la recitación.

Los dos conejos
Por entre unas matas, 
seguido de perros 
-no diré corría- 
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero, 
y le dijo: «Tente, 
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser? -responde-; 
sin aliento llego…
Dos pícaros galgos 
me vienen siguiendo».

«Sí -replica el otro-, 
por allí los veo… 
Pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos».

«¿Qué? ¿Podencos dices? 
Sí, como mi abuelo. 
Galgos y muy galgos; 
bien vistos los tengo».

«Son podencos, vaya, 
que no entiendes de eso». 
«Son galgos, te digo». 
«Digo que podencos».

En esta disputa
llegando los perros, 
pillan descuidados 
a mis dos conejos.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

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Cartas Marruecas

Carta XLIV. “De Nuño a Gazel”. José Cadalso
(Comentario de texto)

El siglo pasado no nos ofrece cosa que pueda lisonjearnos. Se me figura España desde fin de 1500 como una casa grande que ha sido magnífica y sólida, pero que por el discurso de los siglos se va cayendo y cogiendo debajo a los habitantes. Aquí se desploma un pedazo del techo, allí se hunden dos paredes, más allá se rompen dos columnas, por esta parte faltó un cimiento, por aquella se entró el agua de las fuentes, por la otra se abre el piso; los moradores gimen, no saben dónde acudir; aquí se ahoga en la cuna el dulce fruto del matrimonio fiel; allí muere de golpes de las ruinas, y aún más del dolor de ver a este espectáculo, el anciano padre de la familia; más allá entran ladrones a aprovecharse de la desgracia, no lejos roban los mismos criados, por estar mejor instruidos, lo que no pueden los ladrones que lo ignoran.
Si esta pintura te parece más poética que verdadera, registra la historia, y verás cuán justa es la comparación. Al empezar aquel siglo, toda la monarquía española, comprendidas las dos Américas, media Italia y Flandes, apenas podía mantener veinte mil hombres, y esos mal pagados y peor disciplinados. Seis navíos de pésima construcción, llamados galeones, y que traían de Indias el dinero que escapase de los piratas y corsarios; seis galeras ociosas en Cartagena, y algunos navíos que se alquilaban según las urgencias para transporte de España a Italia, y de Italia a España, formaban toda la armada real. Las rentas reales, sin bastar para mantener la corona, sobraban para aniquilar al vasallo por las confusiones introducidas en su cobro y distribución. La agricultura, totalmente arruinada, el comercio, meramente pasivo, y las fábricas, destruidas, eran inútiles a la monarquía […] ¿Quién, pues, aplaudirá tal siglo?

José Cadalso (1741-1782) es uno de los prosistas más destacados del siglo XVIII español. Autor de Noches lúgubres (1790) -una narración en la que comienzan a anunciarse ciertos rasgos de lo que será el Romanticismo- y Cartas marruecas, a la que pertenece este texto, publicado póstumo, como el anterior, en 1789. El escritor, militar de profesión, buen conocedor de la literatura francesa contemporánea, sigue el ejemplo de Montesquieu -uno de los autores más importantes de la Ilustración-, que en 1721 publicó Cartas persas, obra en la que un viajero ficticio, llegado desde el Oriente exótico, critica algunas costumbres de la sociedad francesa. Este será el esquema seguido por Cadalso para sus Cartas marruecas. La forma, por lo tanto, es la del género epistolar, que tuvo gran éxito en la narrativa europea del siglo XVIII.


Cartas marruecas, aunque mantenga la presentación epistolar (los personajes se relacionan por medio de cartas), no pertenece al género de la ficción, sino al ensayo, o lo didáctico, pues su cometido no es relatar unos sucesos protagonizados por unos personajes, sino desarrollar desde la estructura del ensayo la crítica de la realidad, aspecto que define buena parte de la literatura del siglo XVIII; recordemos a Benito Jerónimo Feijoo con su Teatro crítico universal, o a Leandro Fernández de Moratín, cuyo teatro muestra tanto el espíritu crítico como la intención didáctica que persiguen mostrar ciertos aspectos de la sociedad y de la cultura susceptibles de cambios.
En Cartas marruecas, José Cadalso va a manifestar sus opiniones reformistas e ilustradas a través de la mirada de tres personajes que intercambian cartas. Gazel, el joven norteafricano que viaja a España; Ben Beley, el preceptor de Gacel, que le escribe desde Marruecos y representa la voz de la experiencia y el conocimiento; y Nuño, amigo español de Gacel, conocedor directo de la realidad española y representación del sentimiento ilustrado del propio Cadalso.
El texto está organizado en dos párrafos. En el primero, Nuño, dirigiéndose a Gazel, en definitiva, el propio Cadalso, plantea una tesis: la evidente decadencia de España desde el siglo XVII; en el segundo, justifica con ejemplos la realidad de tal situación.
José Cadalso está escribiendo en la segunda mitad del siglo XVIII, así que, cuando al principio del texto menciona “el siglo pasado”, debemos pensar en el XVII, y es extraño que considere esta época como decadente, un tiempo en que no hay nada que enorgullezca a España. Cadalso, Nuño en la ficción, parece olvidar toda la literatura y el arte producidos a lo largo del siglo XVII: Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo, Góngora…, todas las manifestaciones del arte barroco; pero esto tiene un sentido y es que Cadalso pertenece a un movimiento cultural nuevo, característico del siglo XVIII, el Neoclasicismo, una de cuyas bases es el rechazo hacia un Barroco que había degenerado a lo largo del tiempo.

Cadalso está influido por lo francés, que tan importante va a ser a partir del cambio de dinastía monárquica de los Austrias (el último rey de esta casa fue Carlos II) a lo borbónico, de origen francés, que llega al trono hispánico con Felipe V (reinado de 1700 a 1746). A partir de la llegada de los Borbones a España, se produce un cambio cultural que implica una cierta subordinación de lo hispánico, una entrada en la esfera cultural francesa, que supone la negación de lo propio y la aceptación de la leyenda negra, según la cual se describe la cultura española como retrasada, retrógrada y negada a cualquier avance cultural o científico. Esta exageración en la interpretación de lo español como decadente, no es totalmente cierta y llama la atención que José Cadalso no sea consciente de que también en España se producen adelantos científicos expresados en expediciones de exploración como las de, a modo de ejemplo, Alejandro Malaspina (1754-1810) o los estudios de José Celestino Mutis (1732-1808). Indudablemente, para alguien interesado en la cultura francesa como es José Cadalso, el ambiente intelectual español resultaba empobrecedor en su comparación con el Siglo de las Luces, La Enciclopedia, la Ilustración y sus planteamientos filosóficos que conducirían a la Revolución de 1789.
Cadalso utiliza la imagen de una casa que se va desmoronando y, efectivamente es así, aunque la ruina absoluta todavía no se había producido en el siglo XVIII, esta se verá acelerada a partir del regreso de Fernando VII al trono, después de la guerra contra la invasión napoleónica y la primera Constitución española, la de Cádiz en 1812; hasta llegar a su punto culminante en 1898.
A través de Nuño, que es un alter ego de José Cadalso, como lo son Gazel y Ben Beley, el autor critica ciertos aspectos de la historia española del siglo XVII, como también hizo en su momento Quevedo. Una crítica que muestra su incomprensión de cómo el imperio más poderoso que vieron los tiempos acabó en una ruina total por efecto de una economía mal administrada en la que primaba la corrupción, el robo y unas guerras inexplicables, todo ello causa del empobrecimiento que, no podía ser de otro modo, también afecta a lo cultural; aquí es donde se encuentra la tristeza y el dolor por España. Aquí está la pervivencia actual de unos planteamientos como son los de José Cadalso.

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Edición de La gran conquista de Ultramar por Pascual de Gayangos

Pascual de Gayangos

La edición que contribuyó a mantener la vitalidad de La gran conquista de Ultramar fue la realizada en 1858 por Pascual de Gayangos (1809-1897), uno de los hitos en el conocimiento de la literatura medieval española; los otros fueron Menéndez Pidal (1869-1968) y Martín de Riquer (1914-2013). A mediados de la década de 1850, Pascual de Gayangos ya había conquistado renombre como arabista, bibliógrafo y anticuario. Es en ese momento cuando publica en la Biblioteca de Autores Españoles las ediciones y estudios titulados Libros de caballerías, con un discurso preliminar y un catálogo razonado (Madrid, Rivadeneyra, BAE 40), contiene el Amadís de Gaula y las Sergas de Esplandián, en 1857; al año siguiente, La gran conquista de Ultramar que mandó escribir el rey don Alfonso el Sabio; ilustrada con notas críticas y un glosario (Madrid, Rivadeneyra, BAE 44) y en 1860, Escritores en prosa anteriores al siglo XV (Madrid, Rivadeneyra, BAE 51). Los tres volúmenes serán una herramienta fundamental para el conocimiento histórico de la literatura española.
Pascual de Gayangos había comenzado el trabajo que fructifica en Libros de caballerías en torno a 1842; después de quince años de catalogación de ejemplares pertenecientes a este género, escribe uno de los primeros estudios literarios centrados exclusivamente en el mundo de estos héroes caballeros tan denostados, por una mala lectura de Don Quijote de la Mancha, desde Cervantes. En su magistral Discurso preliminar, Gayangos señala la importancia de la gesta de las cruzadas como una de las bases que permiten el desarrollo de los libros de caballerías hispánicos. ¿Por qué dedicó un esfuerzo de tantos años a esta literatura olvidada? Posiblemente, podría incluirse en su interés por la historia de España; para mostrar un sustrato caballeresco en una épica de imperialismos occidentales. Gayangos publica los tres libros mencionados en el periodo Isabelino (1833-1868). España no había entrado en el concierto de las potencias europeas posterior al Congreso de Viena en igualdad de condiciones con otros países; ha perdido su capacidad como metrópoli de un gran territorio, precisamente en la época en la que comienza la expansión imperialista. Esto comporta ciertos beneficios como el de no verse involucrada en los conflictos que se desarrollan en la Europa posnapoleónica (guerras de Crimea, Franco-prusiana, hasta llegar a la Primera Mundial). El gobierno hispánico intenta sumarse al poder económico que implica el adueñarse de una buena parte del mundo. A partir de 1849, con el final de la segunda guerra civil carlista, España va a vivir un periodo de cierta estabilidad política que implica, al menos, un mínimo desarrollo económico e industrial. Ahí se sitúan las intervenciones españolas en el exterior para intentar situar al país en el panorama internacional: Santo Domingo (1861-1862), Cochinchina (1862-1863), Comisión científica del Pacífico (1862-1865), desarrollo del arabismo en relación con el interés por el Norte de África. En prácticamente todas ellas los intentos expansionistas hispánicos van a verse frenados, al chocar con los intereses de otras potencias como Inglaterra, Francia o Estados Unidos; un yugo que se hace sentir en los ataques a los intereses económicos españoles, en el caso de Gran Bretaña disfrazado bajo el aparente humanitarismo de la persecución de la trata de esclavos; y en el del control del continente americano por parte de los Estados Unidos. Piedra a piedra se va construyendo desde mediados del siglo XIX el camino que conduce al desastre de 1898. No es el momento de entrar en tales disquisiciones; sin embargo, sí es importante centrar nuestra atención en uno de los episodios mencionados, pues contribuye a explicar desde la historia algunos intereses filológicos del imperialismo.

Pascual de Gayangos


La prepotencia occidental en el siglo XIX va acompañada por la erudición; a diferencia de las conquistas del siglo XVI, que no suponen un pararse a valorar al otro, salvo contadas y muy limitadas excepciones. Uno de los ejemplos más claros de cómo la cultura es la compañera del imperio es el desarrollo de los estudios de lo indoeuropeo, la práctica generación espontánea del eruditismo en una lengua que solo existe desde la teoría y para las raíces del discurso occidental.
A partir de la emancipación de las colonias hispanoamericanas, España dirige sus intereses hacia los pocos territorios que le quedan del antiguo imperio; Cuba y Puerto Rico en el Caribe; Filipinas, Carolinas, Marianas y Palaos en el Pacífico. Todos ellos alcanzan para la metrópoli en esos momentos una importancia política, social, económica y geoestratégica que no habían tenido con anterioridad. España, para entonces, es como un gigante avaricioso en una edad de decrepitud, aferrándose a las últimas monedas que le quedan. Estas intenciones se hacen evidentes en la relación que se establece con la perla del Caribe, Cuba, cuya pérdida, en 1898 será demoledora. Mantener unos dominios tan alejados es muy complicado para una metrópoli en decadencia. Se hace necesario dirigir los intereses hacia algo más cercano: Marruecos.
Los reinos hispánicos habían visto en un horizonte muy cercano el norte de África. Durante el reinado de Alfonso X se pretendió llevar la guerra contra los musulmanes a la otra orilla del Estrecho de Gibraltar, proyecto que ya había sido valorado por Fernando III el Santo, con la intención de cruzada, para la cual el papa había otorgado los correspondientes beneficios espirituales, aunque más bien eran económicos. Esta campaña quedó en algunas incursiones por el norte de África, entre las cuales hay que mencionar el saqueo de Salé en 1260, sin que se llegase a conseguir el principal objetivo, la conquista de Ceuta. Desde finales del siglo XV volvió a dirigirse la mirada hacia este territorio a raíz de los intereses imperiales de Fernando el Católico, continuados por Cisneros y Carlos I: Melilla (1497), Mazalquivir (1505), Peñón de Vélez de la Gomera (1508), Orán (1509), Bugía y Argel (1510), Túnez (1535), Ceuta (incorporada a la monarquía hispánica en 1580). Desde 1840, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla sufren las incursiones de los rifeños; esto aparentemente concluye en un acuerdo diplomático con el sultán de Marruecos que ya esconde el germen de una guerra declarada el 22 de octubre de 1859, con el episodio central de la batalla de Tetuán en 1860. Este es el periodo histórico que sirve como apoyo al desarrollo de ciertos estudios filológicos, tanto lingüísticos -el arabismo- como literarios en los que se inscribe la obra de Pascual de Gayangos.

Alfonso X El Sabio


En su introducción a La gran conquista de Ultramar, Pascual de Gayangos se ocupa de la cuestión de su autoría. Este texto fue atribuido a Alfonso X el Sabio, hasta se llegó a afirmar que no se trata de una traducción, sino de una obra original, fundamentada en la investigación de una serie de documentos, tal y como se hacía en la Edad Media, muchos de ellos árabes; así lo defendía Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Mendoza, marqués de Mondéjar (1628-1708) en sus Memorias históricas del rey don Alfonso el Sabio (1777). Aunque no llegue a tal extremo, tal y como hacen evidente los estudios desde 1858, no deja de ser interesante llamar la atención en que, evidentemente, no estamos ante una traducción de una obra sin más, sino en el manejo, traducción y elaboración de una serie de materiales que dan lugar a un interesante y peculiar texto de la literatura española medieval, si bien la segunda parte adolece de la voluntad de estilo que encontramos en los libros primero y segundo. Gayangos señala que lo más verosímil es aceptar que La gran conquista de Ultramar fue realizada desde una serie de traducciones ordenadas por Alfonso X; sin embargo, plantea algunas dudas. En primer lugar, que ningún autor anterior al siglo XVI habla de esta obra como traducción del scriptorium del rey Sabio; es así en la primera impresión, la de 1503 y es debida al librero, que la toma de Bocados de oro. En segundo, porque la nota del colofón en uno de los códices de la Biblioteca nacional de Madrid afirma que la obra fue traducida por orden de Sancho IV el Bravo; aunque este texto es poco fiable, pues considera que se trata de Alfonso XI y de Sancho VI. Por último, en el capítulo CLXX del libro III se trata de la extinción de la orden del Temple por condena del papa Clemente V, cosa que sucedió en 1312, dato que pudo ser interpolado a posteriori, en algún manuscrito que sirvió para la impresión de 1503. Tal dato no puede ser utilizado con la finalidad de justificar una fecha de composición -de hecho, nos alejaría de valorar la obra como producto de la corte alfonsí o de Sancho IV- pero sí explica el espíritu crítico que a partir de cierto momento se hace evidente en La gran conquista de Ultramar hacia los templarios. Este era el estado de la cuestión acerca de la autoría de la obra en torno a 1858.

Gustave Doré. Las Cruzadas.


El asunto que Pascual de Gayangos desentraña de una manera más directa es la base del stemma desde el que se desarrolla el texto; parte de la obra en latín escrita por el arzobispo Guillermo de Tiro, Belli sacri historia, cuyos acontecimientos narrados llegan hasta 1190, toma de Jerusalén por Saladino. En esta no aparece la Historia del Caballero del Cisne ni la de Berta y su hijo Mainete; no cabe tal intención en la obra del arzobispo, que está más interesado en la crónica que en la narración de unos episodios novelescos que, por otra parte, serían muy del gusto de los receptores de la impresión de 1503. El interés por los libros de caballerías que muestra el Discurso preliminar y el catálogo razonado que acompañan a la edición de 1857 de Amadís de Gaula y las Sergas de Esplandián, hace que el erudito dedique un espacio muy destacado en su introducción a la Historia del Caballero del Cisne, en un recorrido que le acerca hasta el estudio folclórico de un mito todavía vivo en la época en la que preparó su edición. Deyermond (1984), para mostrar el éxito de la Historia del Caballero del Cisne, señala que esta ave se transforma en un motivo frecuente en la heráldica medieval, eco quizá de la difusión de este argumento que pervive hasta bien entrado el siglo XIX, recordemos la ópera de Wagner Lohengrin (estrenada en 1850, tan cerca de la obra de Gayangos) y la pervivencia de este animal como metáfora y símbolo en la estética modernista finisecular hispánica. Pascual de Gayangos señala que Guillermo de Tiro solo quiere narrar con sencillez aquello que vieron sus ojos en Palestina, lo que pudo comprobar en los documentos que estuvieron a su disposición y aquello de lo que fue informado por testigos presenciales y de confianza. Más allá de esto, leemos en La gran conquista de Ultramar, además de la historia del Caballero de Cisne, otras como las de Carlos Mainete y la infanta Sevilla, Baldovín y la sierpe, el conde Harpín de Beorges y los ladrones, y del sultán Kerboga o Corvalán de Mosul. Todas ellas responden a un gusto muy concreto por la ficción caballeresca que acabará desembocando en la estética de los libros de caballerías que, así, encuentran una fuente en La gran conquista de Ultramar.

Sancho IV de Castilla
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Genealogía textual de La gran conquista de Ultramar

Portada de La gran Conquista de Ultramar, versión modernizada. Ed. Antonio Joaquín González

Quiero en este epígrafe trazar las líneas que generan una obra como es La gran conquista de Ultramar, fusión de varios textos a los que se ha ido haciendo referencia a lo largo de la presente introducción.
En el primer momento fue Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, de Guillaume, arzobispo de Tiro, auspiciada por el rey Amalrico de Jerusalén y escrita entre 1170 y 1184. Narra la primera cruzada, hasta la masacre de los musulmanes en Jerusalén, abarca, por lo tanto, de 1096 a 1099.
La segunda fase tiene como título L’Estoire de Eracles empereur et de la conqueste de la terre d’Outremer, conocida como Eracles; es una traducción y ampliación, en francés, más casi una versión de la obra de Guillermo de Tiro, atribuida a Ernoul o a Bernardo el Tesorero. Llega hasta 1291, la fracasada y desgraciada cruzada del rey Luis de Francia. El Eracles es el texto base utilizado en el scriptorium de Alfonso X el Sabio para confeccionar La gran conquista de Ultramar, seguramente mal concluida durante el reinado de Sancho IV el Bravo.
Los compositores que tejieron La gran conquista de Ultramar utilizaron, además cinco cantos de cruzada traducidos desde el francés y prosificados. La Chanson d’Antioche y la Conquete de Jérusalem, atribuidos a Ricardo el Peregrino y anteriores a 1180; y dos textos del siglo XIII referidos a Godofredo de Bouillon y su linaje: Helías, con la historia del Caballero del Cisne, y las Enfances Godefroi de Bouillon. Además, también recurrieron, de una manera un tanto forzada, pues rompe del todo el desarrollo argumental a dos narraciones épicas de tema carolingio: Berte aux grans pies y Mainet.
Por lo que respecta a la transmisión textual de esta traducción y elaboración ordenada por Alfonso X el Sabio que es La gran conquista de Ultramar, hay que mencionar los manuscritos y la primera impresión de la obra. Se conservan cuatro códices parciales que no están lo suficientemente completos como para reconstruir la obra en su conjunto.

Godofredo de Bouillon. Grabado del siglo XIX.

El códice primero, el más antiguo (en la Biblioteca Nacional de Madrid, número 1187, de 360 hojas), datado en la época de Sancho IV (muerto en 1295); fue utilizado por Menéndez Pidal para su Crestomatía de español medieval (1965); es el de mayor autoridad; se preparaba para la biblioteca del rey; sus hojas presentan abundantes huecos para miniaturas, el pergamino es de calidad, con amplios márgenes y lujosa decoración. En el colofón, se atribuye la obra al patrocinio de Sancho IV. En él se da gran importancia a todo lo relacionado con el linaje de Godofredo de Bouillon.
El segundo códice (Biblioteca Nacional de Madrid, número 1920) es de finales del siglo XIV o principios del XV. Contiene parte del libro III de La gran conquista de Ultramar. Incluye los episodios carolingios de Berta y Mainete. En el colofón, una aclaración del compilador, se atribuye la obra a la voluntad de Sancho IV. Deja claro que La gran conquista de Ultramar es una recopilación, aunque se afirma que la base central es el libro que hizo Recharte el Peligrino, cuya traducción el francés al castellano se realizó por orden de ese mismo monarca.
El tercer códice (Biblioteca Nacional de Madrid, número 2454) es del siglo XIV. Es el más literario; interesante especialmente por la ficción caballeresca del Caballero del Cisne. Corresponde al libro I, menos los cuarenta y seis capítulos del comienzo. En sus 131 primeros folios, de los 231 que lo forman, se contiene la Estoria del Cavallero del Çisne; aquí es muy interesante el término “estoria”, pues nos aleja de la noción de “leyenda”. El realizador de este códice está más interesado en las acciones de Godofredo de Bouillon como héroe protagonista de las gestas ultramarinas.

Gustave Doré. Las Cruzadas

El códice cuarto (manuscrito de la Universidad de Salamanca, número 1698) se puede datar a mediados del siglo XV. Coincide con el códice más antiguo, salvo en la atribución final al cierre: “Mandó sacarla del francés al castellano Alfonso de Castilla, hijo del rey Fernando y la reina Beatriz”. De todos los ejemplares conservados de La gran conquista de Ultramar, solo dos mencionan al rey Alfonso como responsable de la obra, uno es este códice cuarto y el otro, el impreso de 1503, los dos más modernos.
La gran conquista de Ultramar impresa en Salamanca en 1503, en los talleres de Hans Giesser o Juan Gysser se basa en un manuscrito de unos ciento cincuenta años atrás, en torno a 1350. Este impreso es el único testimonio completo de la obra. Tiene tanto crédito como un manuscrito, aunque no presenta la forma exacta que, seguramente, tuvo la obra en el momento de su composición. La portada del impreso muestra un motivo heráldico, el escudo de armas de los Reyes Católicos; sobre él, el águila de San Juan, a ambos lados, el emblema “tanto monta”, y en la parte inferior izquierda el yugo, a la derecha, las flechas. Es el mismo grabado que va a utilizarse en la impresión del libro de caballerías titulado Florisando, de Páez de Ribera (Salamanca, Juan de Porras, 1510). Esta portada sugiere varias cuestiones para su reflexión. En primer lugar, la heráldica, cuya importancia artística se recuperará en el Renacimiento hispánico, nos hace enlazar con el papel de la monarquía y su protagonismo en relación a una crónica de este tipo. En segundo lugar, con tal portada nos situamos en el panorama del género editorial de los libros de caballerías que tanto debe a una obra como esta.

MADRID BIBLIOTECA NACIONAL-COLECCION GRAN CONQUISTA ULTRAMAR-NARRACION DE CRUZADAS-S XIII-SIG 1187
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La Historia rerum in partibus transmarinis gestarum de Guillermo de Tiro

Portada de La gran conquista de ultramar. Versión modernizada Vol IV

Guillermo de Tiro, según Runciman, es el historiador más importante de las cruzadas. Escribió setenta años después de los acontecimientos. Se basó en la obra de Alberto de Aix, Liber christianae expeditionis pro ereptione emundatione et restitutione sanctae hierosolymitanae ecclesiae, para los detalles anteriores a la entrada de la hueste cruzada en Jerusalén. Para los hechos posteriores, utiliza informes y tradiciones que él mismo registró en Tierra Santa. Su Historia es una fuente básica para conocer los acontecimientos a partir de la subida al trono de Balduino I.

Ilustración contraportada (basada en miniatura medieval del siglo XIV, original de Histoire d´Outremer de Guillermo de Tiro) libro La gran conquista de ultramar. Versión modernizada. Vol. IV

Guillermo de Tiro es citado en varias ocasiones a lo largo de La gran conquista de Ultramar, en tercera persona, como intercalaciones en el discurso del narrador, traductor y posterior compositor de la versión castellana. Las menciones comienzan en el libro tercero de La gran conquista de Ultramar. Se le nombra como el autor que compuso esta obra en latín. El rey Amauric, Amalrico, confiaba en él para preguntarle asuntos concernientes a la fe, dada su autoridad eclesiástica y su formación como clérigo bien letrado. Tal es la cercanía a Amalrico que, según esta obra, fue él mismo quien solicitó que se le entregase a Guillermo el arzobispado de Tiro; anteriormente ya había realizado una delicada misión diplomática en Constantinopla ante el emperador, para llevarle una respuesta respecto a la campaña que los griegos estaban preparando contra Egipto; de hecho, fue nombrado canciller tal y como tal figura en La gran conquista de Ultramar. No duda Guillermo de Tiro a la hora de solicitar a los emisarios enviados ante el califa de Egipto para que le provean de información acerca de un mundo que le es desconocido desde la observación directa. Esta acotación respecto al arzobispo es sumamente interesante, pues dota a la obra de autoridad respecto a aquello que está relatando. La campaña de los cruzados en Egipto supone una continua búsqueda de fuentes de información, pues es un mundo totalmente nuevo para los latinos de Tierra Santa; como nadie pudo explicarle en detalle la geografía del Nilo, tuvo que recurrir a libros de la antigüedad. Guillermo de Tiro fue uno de los prelados enviados al concilio convocado en Roma por el papa Alejandro en 1183, durante el reinado de Balduino IV. El último dato que aparece respecto a Guillermo de Tiro en La gran conquista de Ultramar se refiere a la contienda, una manifestación más de la corrupción que vivía Jerusalén, respecto a la elección del patriarca de Jerusalén, entre el arzobispo Eraclio de Cesarea y el propio Guillermo, el cual disconforme con la elección se presentó ante el papa de Roma para protestar.

La gran conquista de ultramar. Salamanca 1503

Guillermo de Tiro nació en Oriente, en Tierra Santa, poco antes de 1130; en su niñez tuvo posibilidad de aprender árabe y griego. Completó su educación en Francia, en torno a 1152 se encuentra estudiando en París; en el año 1160 regresa a Palestina y en 1167 es nombrado archidiácono de Tiro, posteriormente canciller del reino de Jerusalén entre 1170 y 1174. En 1175 alcanza la dignidad de arzobispo de Tiro. Asiste en 1178 al tercer concilio de Letrán, acerca del cual escribe una crónica en 1179. Intentó conseguir el patriarcado, pero fracasa y en 1183 se retira a Roma donde muere, según Runciman, en 1187, aunque según otras fuentes fallece octogenario en Tiro en 1219. También escribió unas Gesta orientalium principum que están perdidas. En este libro presentaba una historia de Oriente desde la época de Mahoma, basada en un texto árabe de Said Ibn Bitriq. De las Gesta orientalium principum pueden encontrarse algunos fragmentos en la Historia orientalis de Jacques de Vitry.
La Historia rerum in partibus transmarinis gestarum abarca del año 1095 hasta 1184. Su autor comenzó la escritura en torno a 1169, en 1173 ya había acabado los primeros trece libros. Se llevó el manuscrito a Roma en 1183 y estaba trabajando en él cuando le alcanzó la muerte. Sus fuentes para los acontecimientos de la primera cruzada son Alberto de Aix, Raimundo de Aguilers, la versión de Baudri de los Gesta francorum et aliorum hierosolimitorum, Gualterio el Canciller y Fulquerio, este último de manera especial para los hechos fechados entre 1100 y 1127. Los datos originales de Guillermo de Tiro son anécdotas sobre los monarcas de Jerusalén y ciertas informaciones sobre Tiro y las iglesias orientales. Utilizó, también, para el primer periodo de la cruzada, los archivos del reino de Jerusalén y una esquemática Crónica, perdida acerca de sus soberanos. En cuanto Guillermo de Tiro regresa a Palestina en 1160, comienza a recoger en su historia apreciaciones más personales, algunas de estas erróneas, sobre todo a la hora de fechar ciertos acontecimientos, aunque es muy posible que estas dataciones sean debidas a copistas posteriores.

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La gran conquista de ultramar (versión modernizada)


Antonio Joaquín González
Presentación del libro

Portada de La Gran Conquista de Ultramar (Versión Modernizada) Vol. 1

Parto del principio de que La gran conquista de Ultramar es un edificio en letras, equivalente a una catedral medieval, siempre cambiando, conforme a los tiempos, sugiriendo distintas interpretaciones, mostrando a los siglos elementos que se ocultaron con los días, las inclemencias y las desidias de los hombres. En buena medida, me he sentido con este trabajo como un restaurador ante piedras a las que hay que liberar del peso de los años para que vuelvan a lucir atractivas ante sus nuevos visitantes. Por fortuna, no me he visto ante la disyuntiva de borrar parte de lo antiguo; La gran conquista de Ultramar en sus formas manuscrita, impresa y modernas están ahí, cada vez acompañadas por mejores estudios, aunque, por desgracia casi olvidada para los lectores no especialistas. A ellos me dirijo, para animarlos a recorrer un libro que es de aventuras y la expresión de toda una época. No he realizado un estudio exhaustivo, para eso hay investigadores que tienen más facilidades a la hora de desarrollarlo; por eso, en la introducción presento, sin más, algunas pinceladas que más buscan sugerir que sentar cátedra.
Esta empresa que ahora está a punto de ser concluida se comenzó en el tiempo del gran espanto, un tiempo de oscuridad, silencios temerosos, sirenas y cifras de muertos; un tiempo que también supuso cruzar un valle de tristeza; ojalá las lágrimas hayan contribuido a dejar limpiar algunas palabras; pero también un momento de luz, pues quiero firmar el punto final de este trabajo con el sol de Córdoba alumbrando todavía mi casa.
Lector, querría llamarte amigo o hermano, ojalá este libro te aporte tanto como a mí me ha dado.

Folio del manuscrito de la Gran conquista de Ultramar
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El género de La gran conquista de ultramar

Portada La gran conquista de ultramar, versión modernizada, Vol. III
Alfonso X el Sabio. Biblioteca Nacional de Madrid

La gran conquista de Ultramar es una crónica sumamente ficcionalizada, aunque manteniendo una trama histórica, de la gesta de las cruzadas. Lo cronístico se observa, desde el punto de vista del discurso de los personajes, en cómo el narrador se apropia de lo dialogístico, dejando que en pocos momentos aparezca el estilo directo, y cuando lo hace es porque el emisor presenta la misma ideología que interesa al narrador. Sí que es cierto que algunas veces, pocas por desgracia, el diálogo fluye libremente del personaje; y digo desafortunadamente porque es en esas interlocuciones donde se intuye lo que esta obra hubiese podido alcanzar si se hubiese liberado, lo intenta, del encorsetamiento cronístico; un ejemplo muy claro es el enfrentamiento de Ricardo de Caumonte a los persas Sorgalés y Golías de Meca.
A la hora de situar La gran conquista de Ultramar en un paradigma genérico, Deyermond (1984) se fija especialmente en la Leyenda del Caballero del Cisne y observa en ella una serie de características como son el origen francés del relato, su relación con los cuentos protagonizados por seres humanos transformados en animales, el tema de la reina acusada injustamente, equivalente al sufrimiento de Berta, madre de Mainete -entre ambos relatos se encuentran abundantes paralelismos a los que es necesario prestar atención durante la lectura-, la educación desde una situación humilde de unos hijos que pertenecen a la nobleza, uno de los cuales está llamado a realizar grandes hazañas -recordemos a otro héroe medieval como Perceval-. Todos estos rasgos nos sitúan en el ámbito genérico del “romance”.
La gran conquista de Ultramar coincide cronológicamente con otras obras sumamente importantes para la literatura medieval castellana; las traducciones de textos de la tradición artúrica (aunque los primeros manuscritos conservados de estos se daten a mitad del siglo XIV), el Libro del caballero Zifar (hacia 1300), La leyenda del caballero Pláçidas y las primitivas versiones de Amadís de Gaula (los manuscritos conservados más antiguos son del siglo XIV). En realidad, la coincidencia no implica que pertenezcan a un mismo género, pues ninguno de ellos puede compararse a La gran conquista de Ultramar (sus referentes más cercanos serían la General Estoria, la Crónica general y la Historia troyana polimétrica, compuesta, según Menéndez Pidal en torno a 1270, la misma época en la que se estaban elaborando las otras dos, con las que La gran conquista de Ultramar comparte, además, el que es una traducción, del Roman de Troie de Benoit de Sainte-Maure. Todas estas obras pertenecen a una visión del mundo en la que conviven los valores caballerescos y la fantasía, junto a la necesidad de utilizar la literatura con una finalidad didáctica.

Blasón del Reino Latino de Jerusalén

La gran conquista de Ultramar podría ser definida desde los valores genéricos del “romance” (Deyermond 1980), término inglés utilizado por la crítica anglosajona para referirse a la narrativa medieval que presenta características como el relato de aventuras, combates, amores, búsquedas, separaciones, reencuentros, viajes a otros mundos; todo ello enmarcado en un espacio separado del que es común para el receptor de la obra, en este caso Tierra Santa, o el espacio de la relación entre Isomberta y Eustacio, padres del Caballero del Cisne -aunque intente el autor dotarlo de ciertos visos de realidad-, o el de Berta y su hijo Mainete, con topónimos reales pero espacios imaginados desde un orientalismo primigenio y desde la escritura de una falsa crónica que más bien es leyenda. La ubicación de lo relatado en La gran conquista de Ultramar en un espacio tan ajeno, territorio del mito por antonomasia de la civilización cristiana medieval, sumado a la intercalación de relatos maravillosos; todo ello, precisamente, es lo que permite el sugerente estudio de la obra desde el paradigma del género del “romance”. Los cruzados, como en su momento el Cid o Fernán González, se transforman en personajes heroicos -especialmente en lo que se refiere al origen legendario de Godofredo de Bouillon-. En ellos, pese a la forma de la crónica, se une lo juglaresco ficcional con lo propagandístico y la historiografía. No olvidemos que buena parte de La gran conquista de Ultramar nace desde textos épicos en verso. Deyermond (1980) ve las características del género “romance” en otras obras medievales castellanas como el Libro de Apolonio o el Libro de Alexandre, inspirados en fuentes francesas, igual que La gran conquista de Ultramar; de la misma manera habría que situar en tal categoría ciertas historias intercaladas tanto en la General Estoria como en la Crónica general ordenadas por Alfonso X el Sabio a su scriptorium.

Gustave Doré. Las cruzadas.

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Entre libros de caballerías y cruzadas

La gran conquista de Ultramar comienza con la descripción de un mundo en el que los Santos Lugares padecen el domino de los musulmanes. Hay un momento a partir del cual, los cristianos sufren en Tierra Santa y Dios lo consiente, como un castigo por el olvido en el que tenían su religión. No debemos olvidar, por otra parte, el sentimiento apocalíptico que acompaña a los tiempos en torno al año 1000 y la necesidad de una purificación del mundo. Runciman encabeza el capítulo de su Historia de las cruzadas referido a la situación anterior a las expediciones militares con una cita evangélica de san Mateo, muy apropiada para representar esa emoción espantosa que produce el movimiento migratorio hacia los Santos Lugares: “Cuando viereis, pues, la abominación del asolamiento, anunciada por el profeta Daniel, estad en el lugar santo”. Es evidente que tal desastre no llegó del cielo, sino de los hombres; matanzas de judíos en la ruta hacia Tierra Santa, el hambre, la sed, los cuerpos pútridos en el desfiladero de Cevicot, la sangre que corre como arroyos por las ciudades tomadas, el canibalismo de los miserables, solo se salva de esta nefasta actuación de los hombres el fuego y la luz con la que los ángeles aniquilan a los guerreros infieles en la batalla de Antioquía. En Occidente se toma la decisión de intervenir para conquistar Jerusalén. Después de un primer fracaso que acaba en la masacre de los peregrinos de Pedro el Ermitaño en Cevicot, la gesta de las cruzadas cobra un nuevo rumbo, con una serie de caudillos franceses y normandos que conducirán a la hueste de victoria en victoria. Entre ellos se destaca de una manera especial a Godofredo de Bouillon, el instrumento de la Providencia Divina, cuyos orígenes están en el Caballero del Cisne. Una vez conquistada la ciudad de Jerusalén, se instaura una monarquía y comienza la paulatina decadencia de los dominios latinos en ultramar. Baldovín de Roax, o Edesa, como hermano de Godofredo, mantiene algo de las virtudes míticas heredades de su linaje, pero, a diferencia suya, tiene sus defectos; donde la castidad de uno, la libertad de Baldovín en su trato con mujeres. Le sucede Baldovín II de Bort y su reinado es un desastre; permanece durante año y medio en cautividad, aunque llega a realizar algunas campañas con éxito. Tras su muerte, ocupa el trono su yerno, Folques de Angeos, viejo, débil para gobernar y con poca devoción religiosa, su vida acaba a consecuencia de un accidente de caza. Le sigue su hijo Baldovín III, descrito como hombre con ciertas cualidades intelectuales, pero es mujeriego y se deja influir por malos consejeros; durante su reinado van a producirse señales en los cielos que parecen anunciar la decadencia de los latinos en Oriente. Es sucedido por Amauric, Amalrico, su hermano, dominado por las malas costumbres y la codicia; realiza algunas incursiones hacia Egipto y es en ese periodo cuando llega al poder en los dominios del islam, Saladino, que hasta en Occidente será considerado como un paradigma de caballerosidad, tanto es así que, en algún momento, su código moral es representado como más humano y generoso que el de los cristianos, caídos en tal decadencia que pierden el reino de Jerusalén. Amalrico es sucedido por Baldovín IV, que sube al trono con catorce años y aquejado de lepra, enfermedad asociada en la Edad Media a la herencia de una vida regida por la lujuria y los pecados de la carne.

Godofredo de Bouillon. Grabado del siglo XIX

A partir del reinado de Baldovín IV, La gran conquista de Ultramar se transforma en una crónica acerca de los intentos fallidos por mantener Tierra Santa en poder de los cristianos. La tercera cruzada, protagonizada por Felipe de Francia y Ricardo de Inglaterra es representada como una crónica de odio y traición; en la cuarta, simplemente interesa el saqueo de Constantinopla, la codicia que ya no respeta a los otros cristianos, aunque es cierto que los griegos, a lo largo de la obra son continuamente vilipendiados. La quinta es la descripción del desastre de Damiata. Y la sexta viene marcada por el enfrentamiento del emperador Federico con el Papado; en este momento, La gran conquista de Ultramar se transforma en una crónica de política internacional europea y acabará con la muerte del rey Luis de Francia, tratada sin pena ni gloria, como una efeméride más en un texto que se transforma en unos anales con poca voluntad de estilo literario. El desgraciado fallecimiento de san Luis rey de Francia demuestra que los reyes cristianos de Europa no pueden responder a los altos principios que en su momento guiaron al duque Godofredo de Bouillon y así se pone en evidencia la decadencia común a toda la cristiandad.
En el cantar de gesta francés, desde su manifestación más antigua, a finales del siglo XI, la Chanson de Roland, el mundo aparece dividido en dos fuerzas antagónicas, que lo son, sobre todo, desde un punto de vista religioso; desde dos visiones distintas del mundo. La gran conquista de Ultramar, como crónica de su tiempo y versión de esos cantares de gesta, va a representar este enfrentamiento entre lo musulmán y lo cristiano; y el paradigma va a perdurar hasta que comience el desarrollo del género de los libros de caballerías. En 1503 se realiza la impresión de La gran conquista de Ultramar y de 1508 es la primera de Amadís de Gaula. Las circunstancias históricas, la liberación de tierra Santa del poder del islam, van a originar esta obra en el siglo XIII. La traducción y recopilación nos sitúa, desde un punto de vista histórico y providencialista, en el ámbito de las guerras que los reinos cristianos libraban contra los musulmanes en la Península Ibérica, y no tanto contra Al-Ándalus, sino contra la última de las invasiones norteafricanas, la de los Benimerines. El enfrentamiento supone la necesidad de representar al otro como lo diferente. No siempre, sin embargo, lo oriental -máxima expresión del otro en la Edad Media- será interpretado desde concepto negativos. Es necesario afirmar que, en muchas circunstancias, la presencia de los musulmanes en La gran conquista de Ultramar es calificada desde los valores positivos, como el respeto hacia el enemigo que unos siglos después, en la literatura hispánica del siglo XV, encontraremos en el romancero fronterizo, donde el nazarí es tan caballeroso como el castellano. Recordemos al respecto las circunstancias de la rendición de Jerusalén a Saladino y el comportamiento de este hacia los vencidos, que encuentran en el caudillo musulmán lo que les es negado con toda crueldad en tierras cristianas. Indudablemente en este fragmento de la historia nos encontramos con una crítica feroz a la degradación de los nobles cruzados, causa que produce la caída del reino de Jerusalén, ya anunciada desde la enfermedad de Balduino IV y evidente en la fatídica derrota ante los turcos en la batalla de Hattin, en la cual hasta se pierde el símbolo de fe que acompañó a los cruzados victoriosos, la Vera Cruz.

Portada de La Gran Conquista de Ultramar. Biblioteca de Autores españoles.
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Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique


Comentario de la Copla Primera, para alumnos de 3º de ESO

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Monumento a Jorge Manrique en Paredes de Nava

El texto que va a comentarse es la Copla primera de las que Jorge Manrique compuso con posterioridad a la muerte de su padre; es uno de los textos fundamentales de la literatura castellana medieval. Jorge Manrique vivió en el siglo XV, su nacimiento hacia 1440 y su muerte en 1479, con treinta y nueve años, en una acción de guerra, cerca del castillo de Garcimuñoz (Cuenca). Este poeta es una representación más de un modelo que aparecerá repetido en muchos momentos a lo largo de la historia de la literatura, el del poeta guerrero, en su caso caballero perteneciente a una de las más importantes familias nobiliarias de la Castilla medieval. Hay que señalar que compuso, como autor, abundantes composiciones cancioneriles (uno de los géneros importantes de la literatura medieval hispánica), aunque su obra mas importante es Coplas a la muerte de su padre, una elegía dedicada a Rodrigo Manrique; texto de carácter filosófico en el que el autor reflexiona acerca de la vida, la muerte y la inmortalidad que supone la fama. Con esta reflexión, las Coplas se alejan de la tradición judío-cristiana expresada en textos como puede ser el Eclesiastés, libro perteneciente al Antiguo Testamento, en que se minusvalora la existencia terrenal, para considerar que la única real es la del alma que ha de manifestarse en la eternidad, a partir del momento de la muerte.

Jorge Manrique retratado por Juan de Borgoña


Este poema es una invitación a ser consciente de cómo la vida supone un paulatino acercamiento a un momento final, protagonizado por la muerte; ese percatarse de la vida implica llegar a la conclusión de que el tiempo pasado siempre ha sido mejor que el presente, incluso al rememorar sucesos que supusieron agrado.
Por lo que respecta a la forma del texto, nos encontramos con una copla de pie quebrado cuyo autor más reconocido fue Jorge Manrique, causa por la cual también recibe esta estructura el nombre de copla manriqueña. Son doce versos de arte menor, organizados según este esquema, en dos sextillas: 8a8b4c8a8b4c 8d8e4f8d8e4f. Uno de los primeros ejemplos de esta métrica en la poesía castellana está en Arcipreste de Hita, en su obra Libro de buen amor. La fusión de octosílabos y tetrasílabos (la mitad justa de ocho) es muy apropiada para el tema desde el que nace este poema (una elegía fúnebre), pues transmite un ritmo solemne.
Así pues, nos encontramos ante una composición lírica, en verso, en la que, como es característico se hace evidente la expresión de sentimientos (el imperativo es muy significativo al respecto). Por lo que se refiere a la modalidad textual, tendríamos que situarnos ante dos posibilidades cercanas a lo didáctico: el autor pretende transmitirnos una verdad y, por lo tanto, el poema es de carácter expositivo; o bien, estamos ante el intento de convencer de una aseveración de carácter subjetivo, pues todo lo que afirma Jorge Manrique no deja de ser una creencia propia que, además, en su tiempo no correspondía a lo general (recordemos que la Edad Media cristiana se rige desde unos principios teocéntricos) ya que el poeta no manifiesta la profesión de fe de que el mundo es un valle de lágrimas al que el ser humano llega para sufrir y ganar la vida eterna (o perderla por la condenación); Jorge Manrique habla en esta primera copla de la existencia temporal de la persona, del discurrir de la vida hacia el final y del recuerdo que también se pierde en el transcurrir. Más adelante, las Coplas a la muerte de su padre dejan entrever otra posibilidad que va más allá de la destrucción: la inmortalidad de la fama.

Héctor da muerte a Patroclo. Minuatura s. XV


A continuación, como comentario, quiero señalar algunos aspectos que me sugieren esta estrofa.
Ya he mencionado que los tres primeros versos, la primera mitad de la sextilla, son una invitación vehemente, desde el imperativo, a ser consciente tanto de la vida como del progresivo acercamiento de la muerte pues, al fin y al cabo, comenzamos a morir en el momento en que nacemos. Esta llamada de tanta fuerza hacia el lector (habría que plantearse hasta qué punto estas composiciones nacen para ser leídas o escuchadas, más en una sociedad tan poco letrada como la medieval) se evidencia en “recuerde, avive y despierte”, también en el gerundio “contemplando”, con un valor exhortativo.
La presencia de la muerte en un momento como el de Jorge Manrique es cercana, más allá de que nos encontremos ante una elegía por el fallecimiento de su padre; cercano estaba el recuerdo de epidemias como la de la peste negra que tal mortandad causó en el siglo XIV en los países europeos; también la guerra civil entre distintos bandos castellanos o contra el reino nazarí de Granada; la primera de ellas, la civil, será la causa de la caída en combate de Jorge Manrique. Tan próxima está la muerte en este tiempo que se desarrolló un tipo de lírica con manifestaciones en todo el Occidente, las Danzas de la muerte, género poético con el que las coplas de Jorge Manrique compartirán la terrible y desgraciada visión del ser humano nacido para morir.
Desde los versos de esta copla manriqueña podemos deducir cómo está organizado el ser humano, que es más que cuerpo. Se habla en los primeros versos de “alma” y de “seso”. La palabra alma puede referirse tanto a la mente (capacidad de pensar) como a una cualidad más espiritual que supone la existencia de algo trascendental en todo ser humano.
¿Qué es aquello que ha de ser contemplado desde una actitud de alerta? Jorge Manrique contesta a esta pregunta que nos hacemos desde un “cómo” en cuya expresión se hace evidente la emotividad de la exclamación: la vida pasa, la muerte viene y es silenciosa, se trata de una presencia que siempre está ahí, aunque no seamos conscientes de ella.
En la segunda mitad de la copla, el panorama todavía se entenebrece un poco más, pues el placer se va rápido y cuando es recordado da dolor. Una apreciación, la primera, muy interesante pues no deja de ser la expresión de la subjetividad que acompaña al paso del tiempo. ¿Por qué los placeres, incluso en el recuerdo dan dolor? No debemos olvidar algo que ya hemos mencionado, el hecho de que Jorge Manrique vive un tiempo que se centra en la existencia del espíritu, todo va encaminado, especialmente el dolor, a la consecución del paraíso en la vida eterna; los placeres son condenables y de ahí que su recuerdo genere angustia, además de la nostalgia por lo que se tuvo o se vivió y se perdió, aunque, parafraseando al poeta, a nuestro parecer, es decir, según nuestro pensamiento, cualquier tiempo pasado fue mejor, ya que el ser humano tiene la capacidad de olvidar el dolor pasado.
Para concluir este comentario quiero decir que las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique es una de las obras fundamentales de la literatura castellana medieval; en estos versos, su autor, progresivamente desde la visión de la existencia como un caminar paulatino hacia el final, llegará, no en esta copla primera desde luego, a anunciar que existe una vida eterna que no es solo la del alma, sino también la terrenal de la fama.

Baños de la Judería de Zaragoza.
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