EL PESCADORCITO URASHIMA

UNA PRIMERA VERSIÓN DEL CUENTO DEL PESCADORCITO URASHIMA

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Las primeras versiones que se encuentran de la historia de Urashima se pueden situar hacia el siglo VIII . En Tango no kuni Fudoki, -en esta obra se intentan justificar los lugares y las etimologías topográficas partiendo de la relación de una divinidad, o de algún elemento sobrenatural, con el lugar concreto que se está explicando; en concreto, la obra desarrolla los topónimos de Tango, lugar donde se desarrolla la aventura maravillosa de Urashima-. También en el Nihonshoki y en una versión antigua que pertenece al Manioshu.

            En la colección de poemas japoneses titulada Manioshu (edición española por Cabezas 1980) se localiza una obra titulada «Balada de Urashima»; pertenece al tercer período de poemas recogidos en el Manioshu (710-733). Está atribuida a Mushimaro de Takahashi (poeta de comienzos de la época de Nara), conocido fundamentalmente por sus romances lascivos. Esta balada comienza con una referencia directa al tiempo del propio autor, y a su lugar

                                                                                En primavera, los días que hace niebla,
                                                                                cuando contemplo en playa Suminoe
                                                                                cómo se mecen los barquitos pesqueros
                                                                                siempre recuerdo esta historia de antaño

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Sigue la narración propiamente dicha de la historia de Urashima. Siguiendo con la estructura clásica del relato tradicional, el autor nos presenta en un primer momento el lugar, el personaje y una actividad cotidiana

                                                                  En Mizunoe hubo un joven, Urashima,
                                                                    que fue a pescar bonitos y besugos.

            Tanto avanzó en el mar, que llegó a su confín. Allí se encontró con la hija del dios del mar

Se declararon y hubo consentimiento;
con que juraron y fuéronse los dos
al reino eterno, entrando en el palacio
del dios del mar, y enlazadas sus manos
vivieron juntos en una extraña alcoba.

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            Se encuentran aquí una serie de elementos que contribuyen a dar el tono típico de narración de carácter maravilloso: la inmediatez del amor y la consumación de este en una extraña alcoba, sin olvidar, por supuesto, la presencia del reino eterno y el palacio del dios del mar. Estos dos últimos elementos también aparecen mencionados en El pescadorcito Urashima, donde la concepción temporal en el reino maravilloso varía radicalmente respecto a la visión realista del tiempo. El reino maravilloso es el lugar de lo eterno pues «no envejecían, ni habían de morir». En esta situación de felicidad, Urashima, que por primera vez aparece calificado de «insensato», le habla del mundo humano a su esposa

Sólo un momento volver quisiera a casa,
contarle todo a mi padre y mi madre
para volver mañana mismo aquí.

            Y la esposa lo consiente, pero le impone una condición

Si volver quieres al país inmortal,
y como ahora vivir siempre conmigo
¡que no destapes este cofre jamás!

            Todo ello lo jura Urashima. Cuando llegó a la playa de Suminoe, descubre que nada es como él lo había dejado; el autor se vale de la repetición para causar una mayor extrañeza en el receptor y a la vez crear un ritmo, tal y como sucederá en la versión-traducción de Juan Valera.

Miró a su casa, pero no vio su casa.
Miró a su pueblo, pero no vio su pueblo.

            En ese momento y por mediación del mismo pensamiento del personaje, nos enteramos de que, según su propia concepción del tiempo, sólo han transcurrido tres años desde el momento de su partida.

            Se le plantea la duda y con ella, la tentación, que no vence, de abrir la caja que le diera su esposa

<Tal vez con sólo abrir esta cajita,
volverá a estar mi casa en su lugar>.
Y entreabriendo el espléndido cofre,
vio que salía un humo blanquecino
y que flotaba hacia el reino inmortal.
Echó a correr, gritó, movió su manga,
se revolcó, pisoteó de rabia,
pero al instante perdió el conocimiento.

            Y allí donde la prosa y el cuento dan una explicación a todo lo sucedido, nos encontramos con un final que simplemente queda, sin que el receptor llegue a conocer realmente lo que ha sucedido

Su joven piel quedó llena de arrugas.
Su pelo negro encaneció al momento,
y poco a poco su aliento se cortó,
y finalmente quedó muerta su vida.

            Así como al comienzo se hacía una referencia al presente del receptor y del autor, el final coincide con esta fórmula, pues

En Mizunoe se ven aún las ruinas
De la casa de Urashima.

            Y la enseñanza moral presente en la antiestrofa

Debiste vivir una infinitud
y por razón de tu corazón…
¡qué loco eres tú!

            Donde la presencia del tema de la insensatez de Urashima vuelve a quedar patente.

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             Takagi (2004) en la interpretación psicoanalítica que hace de los monogatari plantea una serie de cuestiones bastante interesantes respecto a El pescadorcito Urashima. Es evidente que hay cierta inmadurez en Urashima. En las diferentes versiones, y entre ellas destaca la de Juan Valera, Urashima es un imbécil que pierde la eternidad por la nostalgia, vive una situación de dependencia hacia la madre, como demuestra la añoranza que siente a los tres días de estar en el reino del mar con la princesa Otohime. La pasividad de Urashima, y por tanto su incapacidad de actuar, de hacerse con las riendas de su vida, también se observa en que es la mujer, que previamente era la tortuga, la que toma la iniciativa al proponer el matrimonio a Urashima.

Según Kawai, como ha definido C.G. Jung, la tortuga es el símbolo de la masa confusa inicial en la alquimia. Es el mundo donde la división de materias todavía no ha tenido lugar y la construcción del ego está por empezar, y es el carácter de la Gran Madre que puede dar o quitar igualmente la vida. Si Urashima ha sido capturado por esta princesa tortuga y no supo reconducir su suerte por su propia voluntad, no era posible evitar que por una acción insignificante, como abrir una caja, su vida se esfumara (Takagi 2004: 122).

Otro aspecto sumamente interesante es la presencia del mar como frontera con lo maravilloso. La unión del mar con la mitología japonesa comienza en las primeras manifestaciones culturales japonesas. Ya en el Kojiki (Crónica de las cosas antiguas) el mar se convierte en el origen del Japón. Posteriormente, desde ese planteamiento mitológico, el mar llega hasta algunas de las tradiciones japonesas, uno de los casos más claros de ello este texto.

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MUJERES QUE DUERMEN. HOMBRES QUE SUEÑAN

El sueño como una realidad mágica

(Durmientes en Gabriel García Márquez)

Vivir, soñar, morir,
en la igualdad de los tres términos
está la inmortalidad.

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Desde el sueño se accede a una dimensión que, aun con ecos de las vivencias cotidianas, es diferente. El sueño es el sendero que permite cruzar la frontera de la realidad desde lo cotidiano; así en aquel que se sumerge en la oscuridad del dormir; ahora bien, en algunas ficciones hay un segundo factor que, desde la vigilia, se adentra en esa dimensión diferente, se trata del que mira cómo otros duermen. Casi podríamos afirmar que elml_surrealismo y sueño_12_BrassaiExtasis_1200 origen de un tema literario como este se encuentra en la novela de Yasunari Kawabata La casa de las bellas durmientes (Nemureru bijo, 1961). El acto de dormir y soñar niega la realidad de lo percibido por los sentidos, pues la imaginación onírica y la descripción del sueño, aunque se basen en los fundamentos de la percepción real, aunque sean símbolos o alegorías generados desde la psique del soñador, siguen siendo ficciones; así lo reconoce Michel Foucault en su acercamiento a la historia de la locura.

            La literatura es como una sarta de perlas que se extiende en un espacio que también puede entenderse como un juego temporal. Unos autores, una historia, unos libros conducen a otros, creando una biblioteca que no es tanto física como de apreciaciones subjetivas y de lecturas compartidas. Así, perfectamente, siguiendo el hilo que las ensarta podemos llegar desde la novela de Yasunari Kawabata a la ficción de Gabriel García Márquez.

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            Primer texto. Uno de los relatos contenidos en Doce cuentos peregrinos (1992), “El avión de la bella durmiente”, fechado en junio de 1982. Gabriel García Márquez en él hace referencia a La casa de las Bellas Durmientes en los siguientes términos

“Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de las ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban porque la esencia del placer era verlas dormir”.

            Indudablemente, un recuerdo de la novela que desfigura bastante el sentido que tiene la obra de Yasunari Kawabata en la que lo estético se amalgama con lo siniestro, la perversión y la muerte.

            Todo comienza en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, esperando el embarque a un vuelo hacia Nueva York. Allí surge “una aparición sobrenatural que existió sólo un instante”. Se trata de la mujer más hermosa, descrita en términos cuya estética se acentúa en la otredad de un mestizaje desconocido. La casualidad (¿será eso?) 4hace que el narrador pueda compartir espacio cercano con la hermosa que al poco de comenzar el vuelo, tras realizar unos gestos que, aunque cotidianos (se toma una pastilla y se acomoda), se tiñen, en las palabras del cuento, de un simbolismo mágico, y son el paso previo a quedar dormida. Aquí, la idealización ficticia de la realidad llega a su punto culminante. Se suscita un ambiente de ensoñación que es el mismo que con mayor densidad se manifiesta en La casa de las bellas durmientes de Kawabata. También lo siniestro, como en la novela, hace acto de presencia pues su sueño es “tan estable que, en cierto momento, tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir”.

            Años después, el mismo tema volverá a aparecer de una forma mucho más detallada en Memoria de mis putas tristes (2004). En el pórtico de esta novela, García Márquez recuerda una frase de la de Yasunari Kawabata, aquella en la que se hace referencia a las prohibiciones de la casa en clara alusión a elementos sexuales simbolizados en la mención de boca, labios y dedo. Más allá de esta declaración, de carácter intertextual, hay ciertos elementos que acercan una a la otra; la forma de actuar de los personajes masculinos cuando conciertan la cita con la dueña del burdel, la importancia del somnífero que lleva a las doncellas a un estado similar al de la muerte. Más allá de eso, poco. Frente a la oscuridad que prima en la obra de Kawabata, una oscuridad ominosa cercana en algunos momentos a lo gótico, en Gabriel García Márquez está el sol del Caribe. Lo acústico también describe realidades divergentes. Mientras en el burdel de Rosa Cabarcas suenan boleros, en la casa de las bellas durmientes sólo se oye el romper de las olas contra las rocas y la profunda respiración de las mujeres.

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            El anciano de La casa de las bellas durmientes transmite lo siniestro, el deseo que no puede verse satisfecho más que en la degradación. Por el contrario, el protagonista de Memoria de mis putas tristes, rejuvenece con el amor; transforma la realidad desde una mirada literaria; hasta su joven compañera de lecho recibe un nombre de la tradición oral del Romancero, Delgadina. Para este nonagenario, su relación con Delgadina es una experiencia de lo absoluto encontrado en un cuerpo de mujer al que adora con un sentimiento alejado de esa degradación del ser humano que es la pedofilia. Veneración hacia un cuerpo femenino, fusión de rito cristiano en la doncellez y del paganismo en la exaltación del cuerpo.

            Sólo negrura y muerte queda balbuciendo tras la lectura de La casa de las bellas durmientes; nada que ver con la transformación radical del mundo del protagonista de Memoria de mis putas tristes, cuando sepa, por las palabras de Rosa Cabarcas, que la muchacha está lela de amor por él

“salí a la calle radiante y por primera vez me reconocí a mí mismo en el horizonte remoto de mi primer siglo. Mi casa callada y en orden a las seis y cuarto, empezaba a gozar los colores de la aurora feliz. Damiana cantaba a toda voz en la cocina y el gato redivivo enroscó la cola en mis tobillos y siguió caminando conmigo hasta mi mesa de escribir. Estaba ordenando mis papeles marchitos, el tintero, la pluma de ganso, cuando el sol estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto. Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”.

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Ya no es la condena a cien años de perpetua soledad, la maldición de la estirpe de los Buendía; claro que en estas metáforas de luz que transforman la realidad puede esconderse el sueño de morir de aquel que no es consciente de haber muerto.

[Extracto de “El sueño como una realidad mágica. Durmientes en Kawabata, García Márquez y Murakami”; publicado en el Boletín de la Asociación Española de Orientalistas].
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Haruki Murakami, poeta de la nada

“Kafka en la orilla del mar”

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Analizando la presencia de los valores clásicos en la obra de Haruki Murakami, pensé que este poema es una magnífica representación de una de las figuras que predominan en la segunda época (periodo feudal, siglos XII-XVI) de la historia estética japonesa; se trata de Yûgen.

            Yûgen es definido por Federico Lanzaco (Los valores estéticos en la cultura clásica japonesa) como una belleza misteriosa oculta en la sutilidad, en la elegancia y con un cierto misterio, todo ello para originar una conmoción sin un motivo concreto y aparente. Como ejemplo de este rasgo, el profesor Lanzaco traduce este poema de Shunzei (siglo XII):

A medida que atardece
sobra frío en mi corazón.
El viento otoñal de la marisma.
El pato salvaje lanza su grito solitario
en los cañizales de la remota villa de Fukakusa

             En Kafka en la orilla, Haruki Murakami presenta una canción que escribió en su juventud la señora Saeki, la cual, por otra parte es uno de los personajes más atrayentes en la literatura de este autor.

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            Además de la señora Saeki hay otros muchos personajes que está relacionados con el mundo de la música en su obra. Reiko, una frustrada concertista de piano en Tokio Blues; Shiro, en Los años de peregrinación del chico sin color, Myû en Sputnik, mi amor; las tres son intérpretes entregadas a la música de piano; tres promesas que se frustran en la oscuridad de la neurastenia, la perversión o el asesinato. También la señora Saeki compone su “Kafka en la orilla del mar” desde unos principios neuróticos que acaban eclosionando con la trágica muerte de su novio de adolescencia. La señora Saeki es una mujer misteriosa que ha desaparecido durante años de su vida cotidiana, una mujer en la cual se aúna misterio y belleza, conseguida mediante una descripción estetizante que la aproximará al canon clásico japonés.

            El texto me parece lo suficientemente importante como para dedicarle un espacio. ¿Por qué? Sobre todo porque es un acercamiento directo a un género que yace oculto, prácticamente invisible, en otros muchos momentos de su obra (oculto, invisible, pero no ausente), lo lírico en su expresión pura de poesía (es la letra para una composición musical); también porque sigue expresando los temas característicos de la estética murakamiana.

Kafka en la orilla del mar

Cuando tú estás en el borde del mundo
yo estoy en el cráter de un volcán muerto;
a la sombra de la puerta
se yerguen las palabras que han perdido sus letras.
Al dormir, la luna ilumina las sombras.
Pececillos caen del cielo,
al otro lado de la ventana
hay soldados con el corazón endurecido.
Kafka está sentado en una silla a la orilla del mar,
pensando en el péndulo que hace oscilar el mundo.
Cuando el círculo del mundo se cierra,
la sombra de la esfinge sin destino
se convierte en cuchillo
y atraviesa tus sueños.
Los dedos de la niña ahogada
buscan la piedra de la entrada;
alza las mangas de su vestido azul
y mira a Kafka en la orilla del mar.

            Esta canción es muy importante en el desarrollo argumental de la novela, puesto que mediatiza la visión de la otra dimensión con la cual va a encontrarse posteriormente Kafka.

            Buena parte del sentimiento contenido en este poema también está expresado en la descripción del cuadro que hay en la habitación de la mansión Kômura donde duerme Kafka Tamura:

Haruki MurakamiEn la habitación no hay elementos decorativos, sólo un pequeño cuadro en la pared. Un retrato, realista, de un niño en la orilla del mar. El cuadro no es malo. Tal vez sea de algún pintor famoso. El niño debe de tener unos doce años. Lleva un sombrero blanco para el sol y está sentado en una pequeña tumbona. Hinca el codo en un brazo de la tumbona y tiene la mejilla apoyada en la palma de la mano. Su rostro expresa algo de melancolía pero, también, cierta altivez. Un pastor alemán de color negro está sentado a su lado con aire protector. Al fondo, reluce el mar. También aparecen otras personas en el cuadro, pero las figuras son demasiado pequeñas para que se puedan distinguir las facciones. Mar adentro hay una isla. Sobre el mar flotan algunas nubes de forma parecida a puños cerrados. Es una escena veraniega. Me siento frente a la mesa y me quedo mirando el cuadro. Me da la impresión de estar oyendo el rumor de las olas, de percibir el olor del agua de mar. El niño del cuadro posiblemente sea el muchacho que vivió antes en esta habitación. El muchacho de su misma edad a quien la señora Saeki amó. El muchacho que a los veinte años se vio involucrado en una lucha entre facciones contrarias en las revueltas estudiantiles y que murió de forma absurda. No tengo ninguna evidencia, pero me da la impresión de que es así. También el paisaje me recuerda las playas de los alrededores. Y, si así fuera, resultaría que en el cuadro figura una escena de hace alrededor de cuarenta años. Y, a mí, cuarenta años me parecen una eternidad. Intento imaginarme a mí mismo dentro de cuarenta años. Pero es igual que imaginar el fin del universo.

John Everett Millais: Ophelia.

            “Kafka en la orilla del mar” ha de ser interpretado desde tres elementos que definen la literatura de Haruki Murakami: la aliteración narrativa, el simbolismo y ciertos rasgos surrealistas que llegan a esta ficción desde su eco en el realismo mágico. Todos ellos en interrelación plena con el desarrollo de la novela Kafka en la orilla.

            La aliteración narrativa es la repetición, con un efecto rítmico, de ciertos elementos a lo largo de un texto (extensible en ciertos aspectos a la obra total de un autor). Este ritmo es la aplicación a la novela de los fundamentos compositivos en libertad de la improvisación del jazz. Así, la presencia de objetos, personajes o sensaciones contribuye a la conquista, por parte de lo fantástico, del territorio de la realidad, mediante una sensación que contagia, incluso, la vida cotidiana del lector habitual de Murakami, por esa sensación que tan bien define ese sintagma francés, el déjà-vu. Aliterativos son en el poema, desde un punto de vista anafórico: pececillos que caen del cielo (como los que acompañan algunos momentos culminantes en la experiencia de Nakata en su aproximación a lo fantástico de esa entrada abierta que hay que cerrar) y también desde la catáfora, puesto que señalan aquello que está en el futuro, tanto del personaje que escucha la canción como del receptor de la novela: soldados de corazón endurecido como los que custodian la entrada al otro mundo que encuentra Kafka Tamura en la profundidad del bosque.

            Hay en este poema/canción algunos otros elementos figurativos que conducen a un simbolismo latente a lo largo de todo el desarrollo narrativo: las palabras cuyas letras se han disipado sugieren esa sensación continua de merma que acompaña a la mayoría de los protagonistas de Murakami. La sombra de Nakata se borró y con ella las ideas de su mente durante el incidente de la montaña del Bol de Arroz.

            Otros conceptos se tiñen con un valor claramente figurativo, como la sombra, la puerta, la noche, el sueño o la luna que ilumina lo umbrío. Todo ello contribuye a la creación del ritmo característico mediante el cual se amalgama lo que es la improvisación narrativa. Podríamos citar otros términos metafóricos que alcanzan la plenitud de su significado a lo largo del argumento: un círculo que se cierra, el que comenzó a trazarse el día en el que la profesora Setsuko Okamachi abrió con su sentimiento del marido ausente una entrada que da paso a una dimensión, la cual ha de mantenerse ajena al mundo cotidiano, pues solo es un foco de insensibilidad y soledad. La esfinge es aquella a la que Edipo ha de enfrentarse en su gesta que es su destino y, recordemos, Kafka es Edipo, por la maldición, más que por el augurio, de su padre, y porque busca encontrarse a sí mismo más allá de la imagen que le ha sido impuesta.

            Por último, en este poema nos encontramos con un hacer similar al que podemos experimentar ante ciertos textos del surrealismo. “Kafka en la orilla del mar” es una composición de la negación, como esas obras de la Nada de Juan Eduardo Cirlot. No, silencio, dolor, corazón endurecido, cuchillos que atraviesan los sueños. Y frente a todo ello, los dedos de una niña ahogada, la misma imagen para la inocencia perdida que tan bien expresó Federico García Lorca en su “Niña ahogada en el pozo”, perteneciente a Poeta en Nueva York. Kafka Tamura tiene que ser el muchacho de dieciséis años más fuerte, pues ha de afrontar las más duras pruebas en el laberinto que es su interioridad (los laberintos están hechos a manera de las propias vísceras); la señora Saeki perdió su ilusión cuando por un destino cruel, a su novio le fue arrebatada la vida. Ambos, Kafka Tamura y la señora Saeki pierden el territorio inocente que es el de la felicidad. Ahí está esa imagen de la niña ahogada con un vestido azul, sus dedos buscan la piedra de la entrada. El destino trágico hace que esa niña sea la madre de ese nuevo Edipo que es Kafka Tamura.

retrato-de-federico-garcia-lorca1.jpg por Gregorio Prieto

“Niña ahogada en el pozo”

Federico García Lorca

(Granada y Newburg)

Las estatuas sufren con los ojos por la oscuridad de los ataúdes,
pero sufren mucho más por el agua que no desemboca.
…Que no desemboca.
El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores.
¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas.
…que no desemboca.
Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo.
…que no desemboca.
Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sino afilado límite, porvenir de diamante.
…que no desemboca.
Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo.
…que no desemboca.
Eterna en los finales de unas ondas que aceptan
combate de raíces y soledad prevista.
…que no desemboca.
¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!
…que no desemboca.
Pero el pozo te alarga manecitas de musgo.
insospechada ondina de tu propia ignorancia.
…que no desemboca.
No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y los edificios deshabitados.
¡Agua que no desemboca!

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Japón desde la literatura europea

Algunas miradas literarias de autores occidentales sobre Japón

            Uno de los autores que en la segunda mitad del siglo XIX se acercó desde Occidente a Japón fue Pierre Loti con su Madame Crisantemo, obra que puede ser clasificada como diario de viaje, una visión muy personal del Japón con «un ingrediente lotiano y levemente morboso» (Villena 1986), rasgo, este último que define la literatura de Pierre Loti. Ya desde las primeras páginas de Madame Crisantemo nos vamos a encontrar con una mirada, focalizada a través de los ojos del marino protagonista, propia del exotismo japonés. Una observación que se centra en una naturaleza exuberante con sus montañas, sus árboles y sus rocas; una perspectiva un tanto idílica. Respecto a esto puede ser interesante comprobar cómo describen dos escritores sumamente distintos la visión de su primer día en Japón.

figura1            Pierre Loti en Madame Crisantemo

Toda esta naturaleza exuberante y fresca tenía en sí misma un exotismo japonés. Esto provenía de un no sé qué de extraño que tenían las cumbres de las montañas y, si así puede decirse, de la inverosimilitud de ciertas cosas, demasiado bonitas. Agrupábanse los árboles formando ramilletes con la misma gentileza preciosa que en las bandejas de laca. Grandes rocas surgían erguidas, en posturas exageradas, al lado de mamelones de formas suaves cubiertos de verdes céspedes: elementos dispares de paisaje se habían juntado como en los parajes de artificio.

            Y Lafcadio Hearn en «Mi primer día en Oriente»

Hay en el aire matinal algún hechizo inefable, fresco con la frescura de la primavera japonesa y las ráfagas de viento del cono nevado del Fuji; un hechizo que quizás obedezca más a una suave luminosidad que a un tono definido; una limpidez atmosférica extraordinaria, con apenas una insinuación de tonos azules, a través de la cual los objetos más lejanos aparecen enfocados con una nitidez asombrosa. La calidez del sol es sólo agradable; la jinrikisha o kuruma es el vehículo más pequeño y acogedor que pueda imaginarse; y las imágenes callejeras, tal como se ven por encima del tambaleante sombrero blanco en forma de seta de mi conductor, poseen una fascinación de la que me parece que jamás podré cansarme.

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            Lafcadio Hearn llega a Yokohama el 4 de abril de 1890. En enero de 1891 contrae matrimonio con Koizumi Setsu la cual pertenecía a una familia samurai al borde de la miseria, aunque había tenido cierto prestigio cuando estaba al servicio del daimio de Matsue no supo adaptarse a las nuevas circunstancias políticas. Pronto, Hearn comienza a impartir clases de inglés en una escuela de Matsue (durante esa época se crearon muchas de ellas para formar a los japoneses en un momento en el que la relación con Occidente era considerada como sumamente importante). En 1896 le es concedida la ciudadanía japonesa; su nombre japonés será Koizumi Yakumo, así será conocido como un importante recopilador de cuentos tradicionales. Entre 1896 y 1903 será profesor de la universidad de Tokio, donde impartió clases de Literatura Inglesa. En 1904 murió en Tokio, sus cenizas fueron sepultadas siguiendo el ritual budista.

            La obra de Lafcadio Hearn esta integrada por diversos títulos como: Stray Leaves from Strange Literature (1884), una colección de fábulas y leyendas, Gombo Zhêbes (1885), proverbios criollos de la América francesa, recopilados durante el tiempo que vivió en Nueva Orleáns, De 1887 es su recopilación de leyendas chinas con el título Some Chinese Ghosts; publicó también dos novelas cortas Chita (1888) y Youma (1890), un libro de experiencias Two Years in the French West Indies (1890) y numerosos artículos periodísticos, así como traducciones de Pierre Loti, Theòphile Gautier, Gustave Flaubert. Con todo su obra más reconocida es la que surgió de su contacto con Japón, sobre ella se ha escrito

Esta abarca ensayos generales sobre la cultura japonesa, impresiones de viaje, comentarios sobre poesía culta y popular, cuentos fantásticos que traducen antiguas leyendas, cuentos curiosamente realistas (especies de moeurs de province), apreciaciones sobre la crisis histórica vivida por el Japón de la era Meiji, sobre los peligros de la industrialización y sobre los eventuales conflictos con Occidente, vagas reflexiones filosóficas signadas por la presencia de Herbert Spencer, a quien admiró sin reservas y citó con abundancia (Gardini 1987).

            La obra japonesa de Lafcadio Hearn está compuesta de los siguientes títulos: Glimpses of unfamiliar Japan (1894), Out of the East (1895), In Ghostly Japan (1899), Shadowings (1900), A Japanese Miscellany (1901), Kotto (1902), Japan: An Attempt at Interpretation (1904), de carácter póstumo son dos de sus más importantes recopilaciones de cuentos, también las más conocidas: Milky Way and Other Studies and Stories (1905) y Kokoro (1906).

            Gardini (1987) resume el contenido de las tradiciones recopiladas por Lafcadio Hearn del siguiente modo:

Pájaros, insectos, plantas y árboles desempeñan un papel singular en las leyendas japonesas que Lafcadio Hearn reprodujo con lacónica exquisitez; son el centro de inspiración de esas fábulas pobladas por formas sujetas a perpetuas metamorfosis, ya impregnadas por la atmósfera siniestra que irradian criaturas reencarnadas en seres detestables, ya iluminadas por el etéreo resplandor que exhala Horai, el mágico país de las hadas.

            En el prólogo a la edición inglesa del libro titulado Kwaidan (1901), Lafcadio Hearn escribió sobre cuál era el método de trabajo respecto a los cuentos que se contienen en la colección

Muchos de los siguiente kwaidan, o cuentos fantásticos, provienen de antiguos libros japoneses, tales como el Yaso-Kidan, el Bukkyo-Hay-Kwa-Zensho-Kokon-Chomoshu, el Tamá-Sudaré y el Hyaku-Monogatari; algunos de estos relatos son de origen chino, entre ellos el notable «Sueño de Akinosuké». Pero el narrador japonés, en cada caso, supo reformarlos y transmutarlos de tal manera que parecen locales. Uno muy curioso, «Yuki-Onna» fue referido por un labrador llamado Nishitamagori, de Chofu, provincia de Musashi, y decía que era una leyenda de su comarca natal. Ignoro si está escrito en japonés, pero las creencias extraordinarias reflejadas en dicho cuento por cierto existían en el Imperio de los Hijos del Sol, y en formas muy diversas. El incidente de «Riki-Baka» fue un hecho y una experiencia personal, y lo narro casi con fidelidad absoluta, cambiando apenas un nombre familiar mencionado por el narrador japonés (Hearn 1987).

            Otras veces eran sus alumnos los que le contaban historias antiguas, o su misma esposa se las leía de libros antiguos. Partiendo de esos textos japoneses, de carácter básicamente oral, «Lafcadio Hearn supo verterlas [las leyendas] a una prosa inglesa cuyos rasgos distintos son la sonoridad y la transparencia, la claridad, la precisión y el dominio de la progresión narrativa, logradas gracias a una denodada búsqueda estilística que al fin desembocó en una afortunada sencillez» (Gardini 1987).

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            Juan Valera en la traducción que hace desde el inglés de dos cuentos japoneses, dice que le había sido enviada desde Japón toda una colección de este estilo. Es muy posible que tal recopilación fuese similar a la que hoy en día podemos leer traducida al español con el título de Kwaidan. Por este motivo me resulta bastante interesante mencionar cuáles son los principales temas que podemos encontrar en estos cuentos. «La historia de Mimi-Nashi-Hoichi» trata de un monje ciego que interpretaba maravillosamente los cantos épicos del enfrentamiento entre los Taira (Heiké) y los Minamoto (Genji). Cerca del lugar en el que sucedió la última batalla de ambos clanes, en Dan no Ura, se levantó un templo para que sirviese como lugar de paz para las almas de los muertos. Un día, Hoichi es llamado para interpretar su canto ante un poderoso señor al cual no conoce. Por supuesto no voy a desentrañar el final de la historia, una narración apasionante, pero sí diré que el elemento fantástico está perfectamente desarrollado. En «Oshidori» se cuenta la historia de un ave que simboliza el afecto conyugal y que sufre una desgracia; «La historia de O-Tei» es una narración de amor más allá de la muerte y cómo el afecto perdura a través de las reencarnaciones. «Jikininki» refiere el enfrentamiento de un sacerdote a un espíritu en pena que vive devorando los cadáveres. «Mujina» es uno de los mejores relatos fantásticos que contiene esta colección, con un final que en nada desmerece a los mejores relatos de terror con sorpresa al final. En «Rokuro-Kubi», algunos fantasmas tienen la fea costumbre de alimentarse con los seres humanos que pasan por sus dominios. En «El secreto de la muerta» una mujer fallecida aparece como fantasma en la casa donde vivía hasta que un monje descubre la razón. «Yuki-Onna» es la mujer de nieve, una hermosa mujer cuya ferocidad cuando se incumplen las promesas que se le han hecho es terrible. «La historia de Aoyagi» es la historia de un samurái que se casa con el espíritu de un sauce. «Jiu-Roku-Zakura» en el cual un hombre tenía tan buenos recuerdos de un cerezo que había pertenecido a su familia que se suicida y lo riega con su sangre cuando ve que el árbol se está secando, así le da la vida de nuevo. En «El sueño de Akinosuke» un hombre se duerme sobre un hormiguero y sueña que va al país de la maravilla, aunque en realidad está en un hormiguero como el que descubre debajo de él al despertar. «Riki Baka» es la historia de Riki el Simple, un hombre que siempre se mantuvo en la edad infantil y tras la muerte, al reencarnarse nace con la señal que se le hiciera al ser enterrado al final de su vida anterior. En «Ante la corte suprema», un kami consigue que una muchacha muera en lugar de otra, pero la corte suprema de los dioses no puede consentir esto. «La monja del templo de Amida» es la historia de una mujer que pierde la razón a la muerte de su esposo y su hijo; sus padres le hacen un pequeño monasterio para que no quede desamparada cuando ellos mueran. La sinrazón de la monja consiste en que le gusta jugar y vivir rodeada de cosas muy pequeñas. Los niños encuentran en el jardín del monasterio un lugar donde jugar a salvo y felices, incluso después de la muerte de la monja. «La doncella del espejo» cuenta la historia de un manantial encantado en el cual han muerto varias personas. «La historia de Kogi el Sacerdote» refiere la historia de un monje pintor que representa tan bien a los peces en sus cuadros que un día le es dado vivir la existencia de un pez. «La historia de Kwashin Koji» trata de un bondadoso anciano que recorría los pueblos narrando cómo era el infierno mediante un maravilloso retablo antiguo.

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            Aunque todos los cuentos mencionados sean sumamente interesantes, hay dos a los que tenemos que dedicar ahora una atención especial. El primero de ellos es «Horai». Horai es el país de las hadas. Lafcadio Hearn se inspira para la redacción de este cuento en un Kakémono (pintura sobre seda) titulada Shinkiro (espejismo) que tiene en su despacho. El relato, que más bien es una descripción, arranca con las siguientes palabras:

Visión azul de una profundidad que se ahonda en lo alto… el cielo y el mar intercambian mutuos fulgores. Un día de primavera, por la mañana. Sólo el cielo y el mar… vasta extensión de azur. En primer plano, las ondas captan un destello de plata, se arremolinan las hebras de espuma. Pero un poco más allá, no se vislumbra movimiento alguno, nada salvo el color; el cálido y tenue azul del agua que se dilata hasta confundirse con el azul del aire. No hay horizonte: sólo la distancia que se eleva al espacio, una cóncava infinitud que se ahueca sobre mí, una enormidad que se enarca sobre mí, el color que con la altura se torna más profundo. Mas en la azul lejanía pende una lánguida visión de torres palaciegas, de altos tejados filosos y curvados como lunas… sombras de un antiguo y extraño esplendor iluminado por un sol brumoso como la memoria.

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            Horai, que como se ha dicho es el País de las Hadas, tiene su origen en la cultura china del siglo II a.C., durante la dinastía Shin. Este país maravilloso es descrito de la siguiente manera

En Horai no existen la muerte o el dolor, y no existe el invierno. Allí jamás se marchitan las flores, jamás se pudren los frutos; y basta que un hombre pruebe una vez dichos frutos para que jamás vuelva a padecer el hambre o la sed. En Horai crecen las mágicas plantas So-rin-shi y Riku-go-aoi, y Ban-kon-to, que curan todas las enfermedades y también la hierba mágica Yo-shin-shi, que resucita a los muertos; y esa mágica hierba se alimenta de aguas encantadas, de las que basta beber un sorbo para obtener perpetua juventud. La gente de Horai come su arroz en unas escudillas muy pequeñas; pero el arroz jamás mengua, por mucho que uno coma, hasta que se haya satisfecho el apetito. Y toman el vino en copas muy, muy pequeñas, pero no hay hombre capaz de vaciarlas, por muy excesivamente que beba, antes de ser vencido por el plácido sueño de la ebriedad.

            Además Horai también se caracteriza por su atmósfera muy peculiar

Gracias a ella el sol resplandece en Horai con una blancura ignorada en otros lugares, una luz láctea que jamás enceguece, muy tenue, aunque asombrosamente diáfana. Esa atmósfera no es de nuestro período humano; es muy antigua (a tal punto que sólo mencionar su antigüedad me aterra) y no es una combinación de nitrógeno y oxígeno. No está hecha de aire, sino de espíritu, la sustancia de miríadas y miríadas de generaciones de almas fundidas en una única y traslúcida extensión, las almas de gente que pensó de modos harto diversos de los nuestros. El mortal que inhale esa atmósfera comunica a su sangre la vibración de esos espíritus, y estos transmutan su percepción, remodelando sus nociones del Espacio y del Tiempo, de modo que dicho mortal sólo podrá ver como ellos veían y sentir como ellos sentían y pensar como ellos pensaban. Tales cambios de la percepción son suaves como el sueño

            Y por último, el motivo por el cual nadie envejece en Horai.

Como en Horai nadie tiene conocimiento del mal, los corazones jamás envejecen. Y, siendo siempre jóvenes de corazón, los habitantes de Horai sonríen desde que nacen hasta que mueren, salvo cuando los Dioses les infligen algún dolor, y los rostros permanecen velados hasta que ese dolor se disipa. Toda la gente de Horai ama al prójimo y confía en él, tal como si todos integraran una sola familia; y la voz de las mujeres semeja el canto de un pájaro, porque sus corazones son ligeros como los de los pájaros, y el susurro de las mangas de las doncellas, cuando juegan, evoca fugaces y pesados aleteos

            El otro cuento que aparece en el libro Kwaidan que nos interesa de una manera muy especial es el titulado «Urashima». Este cuento es parte de un artículo publicado en el Japan Weekly Mail, el 28 de julio de 1894, artículo titulado «The Dream of a Summer Day». Al principio de la narración, Lafcadio Hearn promete una historia inolvidable: «una vez que ustedes conozcan la historia, no la olvidarán jamás». La acción de narrar por parte del autor se sitúa en unos días en los que él permanece en la costa, cuya luz le sugiere el mundo fantástico, como en «Horai».

            El propio Lafcadio Hearn señala que existen numerosas versiones del cuento «Urashima» pues es una historia de carácter popular que ha originado numerosas obras. Una muestra se encuentra en la colección de poemas de entre los siglos V a IX titulada Manyefushifu. El cuento también fue traducido al inglés; y Hearn menciona a Aston y a Chamberlain (The Classsical Poetry of the Japanese), el primero realizó una versión en prosa y el segundo tanto en prosa como en verso y otra para niños contenida en Japanese Fairy Tales series, con «dibujos deliciosamente coloreadas por artistas nativos». Este último libro es el que menciona Hearn como origen de su inspiración: «teniendo a la vista este libro, intentaré contar la leyenda una vez más, con mis propias palabras». Actuación que será coincidente con la seguida por Juan Valera en sus traducciones a las que nos referiremos en próximos artículos.

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Cuando la única interpretación es el esperpento

Sobre Los chicos de las taquillas

de Ryu Murakami

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El desquiciamiento del mundo contemporáneo ha de ser expresado mediante el esperpento grotesco y cruel, el misterio de los cuerpos asesinados o la metáfora cercana al mito. El thriller es la estructura escogida por Natsuo Kirino en Out o en Grotesco; la metáfora aparece una y otra vez en las obras de Haruki Murakami (especialmente en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Kafka en la orilla), también Crónicas de una diosa de Natsuo Kirino podría responder a este esquema. La crueldad desmedida, el surrealismo que trocea tanto el cuerpo como la sociedad y lo deforme es el camino seguido por Ryu Murakami, hasta unos extremos exacerbados en textos como Azul casi transparente y Sopa de miso, más atenuado, y por ello más eficaz, en Los chicos de la taquillas.

8 Nagasakibomb            Posiblemente, Ryu Murakami sea uno de los autores japoneses en los que se hace más evidente la catástrofe que para su nación, y para el mundo, supuso la hecatombe atómica de Hiroshima y Nagasaki. Desde luego que el paisaje, la estética y los valores poéticos clásicos se han recuperado, pero aquellos que se acercan hasta ellos ya no miran con los mismo ojos. Nada puede ser igual después de las barbaridades cometidas por unos y otros desde la década de 1930 hasta agosto de 1945. Akira Kurosawa es un ejemplo de la generación inmediatamente anterior a la de los Murakami, que no son dos sino tres: Haruki, Ryu y Takashi (este es el más joven de los tres, nacido en 1962, y por lo tanto ya no perteneciente a la generación del Baby boom).

            Esa visión cruel del mundo nacido después de la posguerra se hace patente en la crudeza de novelas como Azul casi transparente, la cual gira en torno a las relaciones de un grupo de adolescentes japoneses con una base militar norteamericana; o Sopa de Miso, donde el psicópata gaijin produce muerte y destrucción allá por donde pasa. También en Los chicos de las taquillas aparece una antigua base militar estadounidense en la cual se almacenó una bomba química peligrosísima, hundida en el mar. Y el eco del desastre atómico está también en ese barrio de Tokio denominado Toxicentro, descrito casi como si fuese la cloaca por la que corren, hasta quedar detenidos, los peores desechos de la civilización moderna basada en el consumo y en la esclavitud autoasumida (de ello son el ejemplo más evidente los chaperos que comercian con su cuerpo en el Mercado)

En ese punto la carretera empezaba a descender suavemente hacia una parte de Tokio conocida como el Toxicentro, una zona contaminada justo en el centro de la ciudad. Unos cinco años antes, los peces y los pájaros se habían empezado a morir de repente en todo el barrio; los análisis mostraron un nivel anormal de cloro en el subsuelo, lo bastante alto como para causar erupciones en la piel de los que se expusieran a él, o daños en el hígado y el sistema nervioso de los que lo asimilaran. Se alertó a las mujeres embarazadas sobre el peligro de aborto y de malformaciones fetales. Pero no se dio ninguna otra explicación; nadie dijo cómo había podido llegar todo ese cloro al subsuelo, aunque hubo todo tipo de especulaciones. Dado que no había ninguna planta química en la zona, algunos decían que lo había derramado un camión cisterna al pasar. Se habló de vertidos ilegales, de prácticas de construcción chapuceras e incluso de alguna peculiar reacción química natural que se hubiera desencadenado a causa de la alta temperatura del suelo. Cualquiera que fuera la causa, el vertido no podía limpiarse con los medios habituales: no era soluble en agua, resultaba impermeable a los tratamientos de calor y ni siquiera podían usarse los microorganismos criados para alimentarse de residuos tóxicos. Al final, los responsables de Salud Pública consiguieron una subvención para realojar a los vecinos y la zona quedó clausurada.   Se cubrió el suelo con cemento, se rodeó todo el perímetro con alambre de espino y se habilitaron unas garitas de vigilancia.   Había dos teorías sobre por qué se había empezado a llamar a la zona Toxicentro: una, porque constituía un peligro para la salud, y la otra porque el área clausurada se convirtió en un semillero de delincuencia, especialmente para el tráfico de drogas. Los delincuentes habituales encontraron la forma de entrar y salir del Toxicentro a pesar de los guardias que patrullaban por el perímetro con trajes de protección; los policías iban armados con lanzallamas para disuadir a cualquiera que intentara entrar pero también, y sobre todo, para evitar que los vándalos desvalijaran la zona. Dado que cuando se descubrió la contaminación se hizo desalojar las viviendas dejando allí todo su contenido, las autoridades se temían que el barrio fuera presa de los saqueadores, así que difundieron el aviso de que los guardias prenderían fuego no sólo a los objetos contaminados sino a quienquiera que los llevara.

re            Ahora bien, el apocalipsis está por llegar. Y, la verdad, tal es el mundo descrito por Ryu Murakami, que hasta podemos entender perfectamente que una víctima de esa incivilización quiera arrasar con la vida

Los chicos de las taquillas habla de una serie de personajes, Hashi, Kiku y Anémona principalmente. Hashi y Kiku consiguieron sobrevivir cuando sus madres los abandonaron a las pocas horas de nacer, dejándoles encerrados en unas taquillas de consigna en la estación. Los primeros años en una institución para huérfanos, viviendo extraños experimentos psiquiátricos de cuya eficacia duda el lector desde un primer momento. Unos años de relativa tranquilidad en un hogar de adopción y finalmente una emancipación que lleva a uno de ellos, Hashi, a convertirse en una estrella de la música, más como producto comercial que como auténtico cantante. Así es descrita la fulgurante carrera Hacia el estrellato de Hashi.

9 los-chicos-de-las-taquillasEl señor D había movilizado a toda su compañía discográfica para el debut de Hashi como cantante, centrando el lanzamiento publicitario alrededor de sus sorprendentes orígenes. Con gran secreto, había comenzado el rodaje de un documental que se iba a emitir en Navidad. El programa, titulado provisionalmente Nacido en una taquilla, seguiría a Hashi desde el orfanato, mostrando su vida en la isla y sus experiencias como chapero en El Mercado. Pero el clímax iba a ser la reunión de Hashi con su madre, en directo y ante las cámaras, y para ello D había contratado ya a un detective privado que encontrara a la mujer. Nadie había contado nada de esto a Hashi.

            Kiku, sin embargo, terminará en un centro de reclusión por un crimen brutal.

            Todo lo que rodea a esta pareja de hermanos conduce hacia una visión distorsionada del mundo: el abandono en la taquilla, las primeras impresiones sensoriales de la existencia, el pueblo minero abandonado por el cual discurren sus años de niñez; las experiencias en ambientes de un homosexualismo degradante del ser humano, considerado como una mercancía más.

            ¿Qué decir de Anémona?

 Anémona había nacido diecisiete años antes, de la unión entre un empresario que fabricaba un conocido descongestionante nasal y una cantante infantil, que ahora tenía cuarenta años, a la que habían operado las cuerdas vocales para que nunca le cambiara la voz. Anémona era hija única y, a diferencia de la mayoría de los niños, cuya primera palabra suele ser «mama», designando a partes iguales «madre» y «comida», lo primero que dijo Anémona fue «linda». Y es que todos los días, desde que no era más que un bebé, todo el mundo a su alrededor le repetía constantemente «¡qué linda!».  

Triunfa como modelo y durante años su único compañero va a ser un cocodrilo que mantiene en su propia casa. Anémona será la compañera de Kiku cuando éste decide arrasar con el mundo.

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Una kataribe de la literatura contemporánea

Crónicas de una diosa

Natsuo Kirino

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Con Crónicas de una diosa (2008) nos encontramos a una Natsuo Kirino un tanto diferente a la que conocíamos desde los dos libros suyos que han sido traducidos anteriormente al español; el primero fue Out (1997) y después vendría Grotesco (2003). Estas tres publicaciones nos permiten ver una serie de características que definen la visión del mundo desde la mirada de una mujer japonesa. Debido a su acercamiento a la novela policíaca, en algún momento se ha intentado explicar su obra desde las características exclusivamente del género negro –cosa que en algún momento resulta evidente- aunque va más allá, pues sus novelas pueden ser vistas como un análisis del Japón contemporáneo.

            Esto no es así en Crónicas de una diosa, pues casi podríamos afirmar que lo que Natsuo Kirino hace con esta novela es acercarse un tanto a los orígenes de la literatura japonesa, que como todas hunde sus raíces en la tradición oral y mítica. Y así fue hasta que esos cantos recitados por las kataribe comenzaron a ser puestos por escrito.

shinto_maiden_by_betsiwetsi-d5nc6za            Uno de los personajes que aparecen en Crónicas de una diosa es Hieda-no-Are, una rapsoda, ciega como lo fue Homero, que vivió –si es que estos poetas míticos existieron en realidad como tales- en la época del emperador Temmu (entre 672 y 686).

 Apareció una mujer. Tendría unos cincuenta años pasados, era de estatura baja y su aspecto era humilde. A pesar de su apariencia frágil, su voz era clara y llena de seguridad. —Me llamo Hieda no Are. Entre mis antepasados está Ame no Uzume, conocida en la antigüedad por haber sacado a la diosa del Sol de su reclusión en la Cueva Celestial, con sus bailes. Pero mis talentos son otros: tengo la habilidad de recordar palabra por palabra las historias que llegan a mis oídos. Por este motivo, he ejercido de recitadora en la corte del Emperador narrando historias que van desde los dioses de la antigüedad hasta toda clase de hechos actuales. Oo no Yasumaro se encarga de compilar por escrito mis historias para que pasen a la posteridad. Lamentablemente caí presa de una enfermedad contagiosa que me arrebató la vida. Me quedaban tantas cosas por hacer… Pero afortunadamente he tenido el gran honor de venir al Mundo de Ultratumba para servir a la diosa Izanami. —Basta de presentaciones. Namima no sabe nada así que empieza por narrar lo que cuentan los rumores. Después de que Izanami la apremiara, la mujer, que decía llamarse Hieda no Are, hizo una reverencia y seguidamente empezó a hablar con elocuencia como si de un torrente de agua después de un diluvio se tratara.

             La casa imperial japonesa, hacia el siglo VII, buscaba una legitimación cultural desde el acercamiento a la cultura china que era considerada como superior. El año 711, la emperatriz Gemmei ordenó transformar en una obra definitiva las palabras que habían sido recogidas desde la memoria de Hieda-no-Are. Y de aquí nacerá el Kojiki en cuya gestación –como en otras obras fundamentales de la literatura japonesa- el papel de las mujeres es definitivo. Cuando se da la orden de transcribir las historias mitológicas, los cantos antiguos y la expresión de los sentimientos que durante siglos guardaron las kataribe, los seres sobrenaturales todavía estaban vivos en unas islas que para Lafcadio Hearn eran el País de los Dioses.

2 30-_Natsuo_Kirino_-_ANTONELLA_SACCHI            Así pues, Natsuo Kirino abandona ese retrato de violencia, degradación y muerte con el que se describe el Japón de Out y Grotesco; aunque no rechaza esa mirada femenina sobre un mundo que es el suyo en su condición de mujer y japonesa.

            Siempre me ha parecido que uno de los mitos más importantes del Kojiki y, por lo tanto, de los japoneses es la historia de Izanami e Izanagi. La pareja de dioses que dio lugar a multitud de divinidades hasta que Izanami murió en el parto del dios del fuego. Un desconsolado Izanagi partirá a buscarla al submundo, pero al hacer caso omiso de la prohibición –los interdictos en toda narración mitológica están para ser incumplidos- dará lugar a una cruel venganza de muerte para la humanidad, aunque también de amor de los dioses hacia los seres humanos, pues Izanagi en su poder de creación recorrerá el mundo, mantendrá relaciones con las más hermosas mujeres y conseguirá que siempre la vida sea más fuerte que la muerte. Y todo ello después de crear la tierra de Japón al purificarse tras su estancia en los dominios de la muerte.

Mitos de origen, Izanagi e Izanami            Los mitos necesitan ser recordados, y mejor todavía si existe la posibilidad de actualizarlos, pues con los tiempos cobran nuevas formas de interpretación y expresión. Y aquí radica el interés de esta nueva recitación, también femenina del tiempo de los mitos, en unas islas que un inmortal, aunque ya abrumado, cansado y desencantado de la vida eterna, Izanagi sigue buscando hermosas mujeres para demostrar que la vida triunfa sobre la muerte.

   Todo comienza en una isla del sur con forma de lágrima. Una preciosa imagen metafórica que expresa a la perfección la existencia tan dura de los personajes que la habitan. En muchos momentos la descripción de esta isla nos recuerda esa película de Kaneto Shindo, La isla desnuda, en cuyas imágenes podemos llegar a comprender qué cosa es la voluntad de vivir. Por mencionar otro filme, la dureza atroz de la existencia también está en La balada de Narayama de Shohei Imamura, con la cual una novela como ésta guarda una cierta cercanía, sobre todo en la contemplación del egoísmo de aquellos que no tienen otro recurso para seguir vivos. Una isla con forma de lágrima, pues, en la que pocas alegrías caben. Una lágrima, además que contiene los principios yin y yang, la oscuridad y la luz, la orilla desde la que se ve el sol naciente y aquella que contempla su muerte. Ambos elementos encarnan en dos sacerdotisas que se encargan de mantener abierta la comunicación del mundo de los dioses y los humanos. Una de ellas, la de la luz, es la responsable de que se mantenga el linaje, la otra cuida de la gruta en la que yacen los restos de cuantos han muerto en la isla.

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Mientras los habitantes corren el riesgo de morir de inanición, los alimentos para la sacerdotisa del amanecer son exquisitos. En este panorama de crudeza mitológica crecen dos hermanas, Kamikuu y Namima. Ambas están llamadas a seguir una tradición que es mucho más poderosa que la voluntad de Namima, llamada a ser la sacerdotisa de la oscuridad. Precisamente por ello, aunque Namima se atreva a rebelarse contra unas normas que prácticamente hacen de ella una muerta en vida, encontrará su lugar en el ultramundo donde entrará al servicio de la propia Izanami.

            Natsuo Kirino es una de las escritoras japonesas que mejor ha retratado el mundo nocturno, especialmente en una obra como Grotesco, también en Out, novela que perfectamente podría definirse desde una espacialidad de nieblas. Hay otros autores japoneses que también han descrito lo inquietante de la oscuridad, mencionemos la siniestra After Dark de Haruki Murakami y la degrada expresión de la noche tokiota en Sopa de Miso de Ryu Murakami. Natsuo Kirino sigue en esta expresión de las tinieblas cuando sitúa la escenografía de ultratumba regida por Izanami

 tumblr_mmynn5W8f91rkoyz8o1_1280Izanami permaneció con la mirada perdida durante unos instantes como si meditara la respuesta. Ante sus ojos no había nada, sólo la extensa oscuridad. El templo subterráneo donde nos encontrábamos estaba iluminado por un pequeño y frío fuego fatuo. Pero lejos de iluminar el lugar, evidenciaba aún más la vasta oscuridad que nos envolvía. Una vez allí, ya no había escapatoria. Aun siendo consciente de ello, cada vez que el frío de las tinieblas me penetraba hasta la médula, caía nuevamente presa de la desesperación. Mientras dejaba fluir mis lastimosos pensamientos, Izanami salió de su silencio.

             Aunque Natsuo Kirino abandona, como ya he dicho, el ambiente que define sus obras anteriores, con Crónicas de una diosa se mantiene en la línea de la narrativa escrita por mujeres en el Japón contemporáneo, caracterizada por la expresión de sentimientos amorosos y de pérdida, el misterio, lo fantasmal, la utilización del yo autobiográfico y la importancia de la naturaleza. Buena parte de estos elementos ya estaban presentes en la literatura fundacional japonesa: el Genji Monogatari, y casi diría que no son característica de una narrativa escrita por mujeres, sino más bien expresión de lo puramente japonés pues, al fin y al cabo también sirven para catalogar buena parte de los textos actuales de la literatura japonesa: Haruki Murakami, Kioychi Katayama y el mismo Ryu Murakami en toda su crudeza, tan alejada de la corriente del “amor puro” nacida desde obras como Tokio Blues o Un grito de amor desde el centro del mundo.

            Sirvan como ejemplos los siguientes textos.

            El primero, al autobiografismo, aunque fingido, de un sentimiento en el que confluyen la pérdida, con lo fantasmal y lo misterioso:

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Me llamo Namima. Nací en una lejana isla meridional, y perdí la vida, una noche siendo sacerdotisa, cuando tenía dieciséis años. ¿Cómo llegué a habitar en el subterráneo mundo de los muertos? ¿Qué me impulsó a contar esta historia? Todo se debe a la voluntad de la diosa. Puede que parezca extraño, pero mis emociones son mucho más intensas ahora que en vida, y las palabras y expresiones que las acompañan brotan de mi interior.

             El segundo, una de sus numerosas descripciones de la naturaleza

 En el sur de la isla había unas bellísimas playas de arena blanca de coral que brillaban con la luz del sol. El mar turquesa bañaba la arena blanca, los hibiscos amarillos florecían por doquier y la fragancia de las azucenas impregnaba el aire. Era tal su belleza que parecían irreales.

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“Girl from Ipanema»

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Autores: Vinicius de Moraes
Antonio Carlos Jobim
Esbelta y morena, joven y encantadora,
la chica de Ipanema va caminando.
Cuando ella pasa por delante de uno, ¡Oh!
Cuando camina parece una samba;
balanceándose con frescura,
meciéndose con suavidad.
Cuando ella pasa por delante de uno, ummmm.
Oh, pero yo la miro con tanta tristeza…
¿Cómo puedo decirle que la amo?
Sí, podría entregarle con alegría mi corazón,
pero, día a día, cuando camina hacia el mar
va mirando al horizonte y no me ve.
Esbelta, morena, joven y encantadora,
la chica de Ipanema va caminando
y cuando ella pasa, yo sonrío
mas no me mira.
Mira que cosa más linda,
más llena de gracia;
es la chica que viene y que pasa
con un suave contoneo
camino hacia el mar.
Joven de cuerpo dorado
bajo el sol de Ipanema;
su balanceo es más que un poema,
es la cosa más linda que yo vi pasar
Oh, pero hay tanta tristeza en la mirada.
¿Por qué es todo tan triste?
Sí; podría entregarle mi corazón con alegría,
sin embargo, cada día,
cuando camina hacia el mar
ella clava sus ojos en el horizonte y no me ve.
Esbelta y morena, joven y encantadora,
la chica de Ipanema va caminando
y cuando pasa, yo le sonrío
más ella no me mira.
A causa del amor.
No me ve.
No hay una mirada para mí.
Nunca me mira.
A causa del amor.

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En 1963 la Chica de Ipanema miraba hacia el mar de esa manera. Y ahora, la Chica de Ipanema, en 1982, sigue contemplando el mar de la misma forma. Para ella no han pasado los años desde entonces. Está confinada en una imagen y flota en el océano del tiempo. Si cumpliera años, ahora debería tener unos cuarenta.

            Por supuesto, es posible que no sea tan mayor, sin embargo, no debería estar tan esbelta y tan morena como entonces. Debería tener tres hijos. Tostarse al sol no es bueno para la piel. Todavía podría ser piropeada como una belleza, aunque no está tan pletórica de juventud como hace veinte años. (Haruki Murakami).

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Acerca del cuento “La Chica de Ipanema 1963/1982” de Haruki Murakami

Antonio Joaquín González

“La Chica de Ipanema 1963/1982” (“1963-1982 nin no Ipanema no musume”) apareció en la colección de cuentos de Haruki Murakami Kangorû Hiyori (1983).

Comencemos por la música

“Garota de Ipanema” es una Bossa Nova compuesta en 1962 por Vinicius de Moraes (letra) y Antonio Carlos Jobim (música). El 1 de agosto de ese mismo año fue interpretada en un club nocturno de Copacabana. La primera grabación del tema se realizó en 1963 para el disco É todo bossa. En un primer momento, el título de la obra era “Menina que passa”, y se pensó como tema integrante de una comedia musical en la que, por aquel tiempo, estaba trabajando Vinicius de Moraes. La canción fue adaptada al inglés desde el brasileño, por Normal Gilbel y grabada el 19 de marzo de 1963 para el LP Getz/Gilberto por la discográfica Verve. Aquí fue interpretada por Stan Getz, Joâo Gilberto y Tom Jobim al piano. Desde un primer momento se manifestó como sumamente importante la voz de Astrud Gilberto, que estaba presente en el estudio de grabación. La canción llegaría a su punto culminante de popularidad en las voces de Frank Sinatra y Antonio Jobim.

            En una primera versión de “Garota de Ipanema” se presenta a un personaje que contempla el mundo con un sentimiento de desengaño. Ve la vida alejada de la poesía, siente miedo a vivir y a amar; la existencia se transforma en algo vacío hasta que aparece la muchacha paseando por la playa de Ipanema en Río de Janeiro; y, ahí, el sentimiento vital se transforma radicalmente.

            Esta Garota de Ipanema fue auténtica. Se trataba de Helô Pinheiro, sobre la cual Vinicius de Moraes escribiría (el dato se encuentra en Revelaçâo: a verdadeira Garota de Ipanema):

“es el modelo del tipo carioca; una mujer dorada, una mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia; aunque su aspecto contiene una cierta tristeza; por ello, lleva consigo, mientras camina hacia el mar, el sentimiento que impregna cuanto la rodea al hacer experimentar a quien la mira una belleza que no es la propia, sino un don de la vida en su precioso y melancólico fluir y retornar constante”.

stan_getz_astrud_gilberto-the_girl_from_ipanema            Más allá de esto, la Garota de Ipanema se transforma en un arquetipo poético marcado por los siguientes rasgos: alta, esbelta, morena, joven, hermosa, con una belleza fresca que llama la atención a cuantos la miran y con un movimiento de balanceo suave como el mar –expresado en la canción mediante una voz que se va difuminando-; junto a esos elementos físicos hay que situar una mirada que transmite una cierta tristeza perdida en un horizonte lejano.

y ahora el cuento

¿Qué hay de todo esto en el relato de Haruki Murakami?

            Desde luego que a la Garota de Ipanema poética se la ha identificado con Helô Pinheiro, sin embargo, en la canción predomina el arquetipo con un cierto contenido abstracto expresado en el cuento de Murakami mediante el juego constante de la ficción. También hay abstracción en el paisaje, aunque por el título sepamos que toda esta contemplación se desarrolla en la playa carioca de Ipanema: playa, calidez, sol, un espacio de esparcimiento, de búsqueda de la felicidad, de erotismo latente. En el caso de Murakami, la idealización es mucho mayor, entre otras cosas porque el argumento parte, fundamentalmente, de un ejercicio de la imaginación asentada en una música que se escucha; además, el ambiente, que es el del yo narrativo asimilado al autor, no es el de Brasil sino el de Japón. Recordemos esa extraña mención del encuentro reiterativo con la muchacha en el metro. Raro porque en un principio, la Chica de Ipanema es una fantasía.

stan getz            Además de esto, ¿qué otros temas de Haruki Murakami encontramos en este cuento? Como sucede en otros muchos textos suyos (los ejemplos más evidentes son Tokio Blues y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo) todo comienza con la evocación que produce escuchar una canción, en este caso “Girl from Ipanema”. La música transforma radicalmente la realidad de un yo narrador, que también es otro de los elementos constitutivos de la ficción de Haruki Murakami. Desde ese poder evocador de la melodía se produce un juego con la temporalidad que lleva el argumento a tres momentos bien diferentes, aunque tan imbricados el uno en el otro que realmente llegamos a dudar sobre cuál es el tiempo de cada fragmento.

            Este juego con la temporalidad, junto las variaciones espaciales, sucede a menudo en la obra de Murakami. Se hace evidente en un texto como El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. La historia de este cuento va desde el pasado adolescente de su narrador, imagen basada en una sugerencia que en ningún momento es explicada lógicamente –la del pasillo del Instituto-; hasta el año 1963, primer encuentro con la Chica de Ipanema, y fecha, también de la primera grabación de “Girl from Ipanema”; y 1982, la actualidad del narrador y autor, pues el cuento fue publicado en 1983. Esta alternancia de periodos implica una serie de planteamientos filosóficos que, además de ser comunes en la obra de Haruki Murakami, corresponden a la mirada de la filosofía posmoderna hacia la categoría temporal. El pasado adquiere tanta viveza como el presente. El recuerdo se genera en el momento actual y a la vez lo mediatiza. Lo pretérito permanece tan inalterable en todos sus detalles que se siente como una realidad viva, aunque sea una ficción generada por la música, en la cual el narrador puede perderse. En definitiva, las fronteras temporales, y con ellas las espaciales, se vuelven líquidas.

            Otra característica muy importante que define el estilo narrativo de Murakami y que encontramos expresada en “La Chica de Ipanema 1963/1982” es el ritmo. Cercano, además, al del propio tema musical que fundamenta el argumento. Ya he señalado que este ritmo, que el autor aprende de la música, es un recurso muy importante a la hora de dar un salto desde la realidad hacia una interpretación en la que pueden confluir vida, sueño e imaginación.

            El paisaje de este cuento aparentemente está alejado de las urbes que sirven como escenario para buena parte de las novelas de Haruki Murakami; panorama que solo se abre en algunos casos a otros horizontes más naturales (especialmente retratados en La caza del carnero salvaje y Kafka en la orilla); aunque en algunos de sus cuentos contenidos, especialmente, en Sauce ciego, mujer dormida (y en la Grecia retratada en Sputnik, mi amor); el sol, la playa y el mar más o menos idílico pueden ser el escenario para algunas historias (“El séptimo hombre”, “Hanalei Bay”, “Los gatos antropófagos”, “El cuchillo de caza”).

            Puede parecer circunstancial, o una metáfora sin mayor sentido; sin embargo, en este cuento nos encontramos en dos ocasiones el concepto de pozo. En los dos casos está utilizado como un símbolo. Primero: “¿Qué clase de guijarro hizo que la Chica de Ipanema de 1963 se sumergiese en el pozo de mi conciencia?”; segundo, cuando la Chica se queda mirando la abertura de la lata de cerveza, “el modo en que ella la mira hace que tenga un significado para mí. Parece como si ese agujero contuviese el universo”. Este es el sentido que tienen los pozos que aparecen en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, el ambiente idóneo para la introspección. ¿Otro pozo en la literatura de Murakami? El que aguarda escondido en el campo por el que pasean los protagonistas de Tokio Blues, como una imagen de una negrura necesaria para indagar en el ser, aunque tal búsqueda como les sucede a estos protagonistas conduzca a la tristeza, el desequilibrio y la muerte. Al fin y al cabo, ¿no es algo así lo que hace el narrador de “La Chica de Ipanema 1963/1982” al hundirse en su propia interioridad imaginativa al escuchar la canción?

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            A la hora de buscar un contagiar la realidad del receptor con aquella en la que se mueve el personaje ficticio, un recurso que frecuentemente utiliza Haruki Murakami es plasmar el mundo imaginado desde los sentidos. Esta característica de sus textos se hace evidente, de una manera especial, en el erotismo de sus relatos con una cierta frecuencia. Una sexualidad descrita que en algunos momentos se aproxima a lo pornográfico aunque en otros yace sobre la descripción de la sensorialidad poética de la cultura clásica japonesa. Aquí está el dorado de la Chica de Ipanema y todo su cuerpo; en él se fija la mirada del personaje desde una observación cercana al fetichismo al centrarse en las plantas de sus pies. Una mujer expresada en la letra de Vinicius de Moraes, aunque ahora más alejada de su realidad carnal, más como un ente que existe en la imaginación y en la memoria, una belleza metafísica en la que la expresión de la sentimentalidad se tiñe con la extrañeza de lo irreal. La arena caliente, la sensación del sol sobre la piel, la penumbra del pasillo rememorado, las ensaladas comidas en compañía y masticadas con esa onomatopoeya que se aleja de la música desde la que se genera la ficción. Todo es físico y, a la vez, tan intangible como la fantasía y el recuerdo. 

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TRÍPTICO DE LA DIOSA QUE LLEGÓ DEL MAR

 I

PRESAGIOS

Al cerrar los ojos, las olas siguen su movimiento
y la espuma acaricia la arena como
si la añorase desde más allá del océano.
La brisa trae aromas de mar.
Y la luz, al atravesar los párpados, es de un rojo carmín.
Siempre ha sido así en el mar eterno:
olas, espuma, brisa y luz.
Pero hoy es distinto.
Las caricias de la espuma suenan más suaves,
sin la nostalgia de una lejanía,
con la alegría del encuentro.
La brisa no huele como ayer,
está cargada de esencias, de canela, de nuez moscada,
cilantro, vainilla, cacao y café.
Y la luz del sol no es ese rojo carmín,
los párpados son transparentes
ante el dorado presagio.
Hoy, el mar no es el de siempre
con su eterno ir y venir de las olas que no cesa,
como la vida, como el tiempo.
La brisa arrastra aromas y voces,
palabras de presagio que convierten el sueño
en una dulce espera.
Porque hubo un tiempo en que las diosas
sellaban la tierra con sus huellas
y hoy volverá a suceder el milagro.

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II

VENUS ÁUREA 

No llueve oro desde el cielo
pero todo el aire está impregnado de dorado.
Surge desde las aguas de la orilla un cuerpo de oro,
no necesita del manto de cielos
y estrellas que lo cubría como prenda
de orgullosa belleza.
Le basta la luz bruñida que nace
desde el fondo del mar a la vez que su ser.
Sus ojos profundos como sólo pueden serlo
los de aquella que viene de más allá de donde se oculta el sol.
Mira al horizonte con mil promesas
de felicidad y placeres.
Y es el nuevo nacimiento de Venus
con una cabellera radiante que recoge cada rayo de sol.
Las aguas que rodean su cuerpo
se han quedado quietas, sobrecogidas por el misterio
de un astro naciente desde las profundidades del mar.
Todo es silencio.
Sólo unos ojos que miran.

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III

AZUL

Llegan las diosas con la luna llena,
pero fue un límpido cielo
que al amanecer te trajo hasta mí.
Universo de azul y agua;
mar, rocas, tu piel cubierta de estrellas.
Había en tu mirada siglos
de contemplar claras auroras.
En tus manos, la hoja de una espada,
templada en tu reflejo,
recogía los rayos del sol naciente.
El dorado de tu cuerpo.
Inmenso cielo plateado.

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El capitán Chimista

La novela de aventuras en Pío Baroja

CLub_de_Lectura_pio_barojaLas inquietudes de Shanti Andía (1911), El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930) forman lo que es considerado como la Trilogía de El Mar de Pío Baroja (trilogía puesto que las dos últimas perfectamente pueden ser vistas como partes de un mismo texto). Del año 1911 es también El árbol de la ciencia, obra con un contenido autobiográfico indudable no ajeno a las mismas novelas de aventuras, al menos así puede ser considerado en esos momentos previos al argumento propiamente dicho, se trata de los elementos paratextuales –muy importantes también en El laberinto de las sirenas-. En estos prefacios, el autor se retrata siguiendo el tópico del manuscrito encontrado. Los pilotos de altura y La estrella del capitán Chimista pudieron estar basados en un manuscrito que estaba en la biblioteca de Pío Baroja hasta que se perdió en 1936 durante la Guerra Civil; en él se contenía el diario del capitán Abaroa, un marino vasco del siglo XIX que continuamente hacía referencia a su mala suerte, origen de una visión pesimista de la vida similar a la del capitán Ignacio Embil, coprotagonista junto al capitán Chimista de los textos mencionados.

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            Frente a este panorama aventurero en el que se desarrollan las aventuras de estos pilotos vascos hay que situar una vida sedentaria como la de Pío Baroja el cual, en estas novelas, se hace eco de ese ideario que marca el pensamiento de la literatura española de finales del siglo XIX y principios del XX. La filosofía de Nietzsche por un lado, y la consideración de Miguel de Cervantes como la cima de la literatura española (también desde el conocimiento de su biografía), bien pueden marcar ese interés por unos argumentos que se alejan del cotidiano vivir.

            El género de aventuras marinas en la literatura española (aunque encuentra algunos ejemplos en el barroco –Los trabajos de Persiles y Segismunda de Cervantes, las Soledades de Góngora-, El Victorial de Gutierre Díez de Games, las batallas navales retratadas en los libros de caballerías y los numerosos encomios poéticos a la Batalla de Lepanto) no es lo suficientemente frecuente como para ser el sustrato que cimiente este tipo de ficción en Pío Baroja. Es posible que lo haya aprendido en Joseph Conrad (Lord Jim, 1900, u otra de sus muchas novelas como Con la soga al cuello, 1902, El Pirata, 1923); en Robert L. Stevenson (tanto La isla del tesoro, 1883, como El señor de Ballantrae, 1888), algunos textos de Edgar A. Poe, las aventuras de Mayne Reid, Julio Verne, el mismo Robinson Crusoe de Daniel Defoe, mezclados todo ellos con el ambiente goticista, histórico y aventurero que encontramos en algunas de las novelas de Walter Scott (El pirata, 1822, sería un buen ejemplo de ello). Darío Villanueva menciona cuáles han podido ser las influencias que al respecto marcan este tipo de textos de Baroja (Prólogo a las Obras completas IX de Pío Baroja, Círculo de Lectores, 1998).

ortiz de echagüe marino vasco          ¿Quién es el capitán Chimista? A lo largo de su vida se ocupa de diferentes trabajos: marino, oficio que se mueve dentro de la más pura rutina tal y como demuestra el caso del capitán Embil, cuya biografía se cruza continuamente con la de Chimista; pirata, de hecho también es conocido en el Atlántico como Bizargorri o Barbarroja; sus conocimientos ocultistas, basados sobre todo en los libros, le permiten ejercer de taumaturgo, y aquí se explica su enfrentamiento al doctor Mackra, representación de la magia negra y el vampirismo; y hasta será buscador de oro en California. Así sucede con buena parte de los aventureros literarios que definen tal arquetipo.

            Todo ello unido al ambiente exótico. Fijémonos en los compañeros de aventura de estos marinos vascos tal y como son mencionados en La estrella del capitán Chimista: el negro Commoro, el francés Viandon, un brasileño Amarino, Bachi el italiano, un griego Christos Jermonakis, que durante mucho tiempo fue superior de un monasterio dependiente del monte Athos, un judío italiano, un antiguo presidiario de la Guayana llamado El Búho, Hércules un negro batanga, un malayo dayak que había sido cazador de cabezas en Borneo, otro francés chuán de La Vendeé y un Yezidiz de esos a los cuales los musulmanes de la ortodoxia llaman adoradores del diablo. Exotismo de los personajes, también de paisajes, aunque en ellos no acompaña la experiencia estética de lo diferente, pues los lugares más variopintos de la tierra se transforman en meros sitios de paso para cumplir con la obligación del marino mercante. El narrador encuentra el manuscrito de Embil que se convierte en una ficticia excusa para contar tanto sus aventuras como las de Chimista; desde la afirmación de que Embil no se consideraba a sí mismo como aventurero, ese alter ego de Pío Baroja concluye: “Esta declaración de Embil nos lleva a pensar en lo subjetivo de la idea de la aventura. Un marino como Embil, que recorrió el mundo de negrero, de bohemio de mar, metido con frecuencia en empresas difíciles y arriesgadas, no se consideraba aventurero; era un hombre con un oficio, un técnico, casi un burócrata”. Quizá la diferencia entre un personaje como Embil y un aventurero como Chimista se encuentra en la búsqueda del riesgo, de lo extraordinario, en caminos por senderos poco transitados, más allá de las leyes de los hombres. Por ello, “Chimista debió de considerarse aventurero; enamorado de la acción, con alternativas de hombre enérgico y audaz y de fatalista, se entregó muchas veces a las fuerzas del destino. Lo que en Embil era oficio, en Chimista fue aventura; lo que en uno corriente, en el otro raro. Lo que en uno tomó el carácter de vulgar y cotidiano, en el otro apareció como extraordinario y anormal”

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            En relación con el mundo de la aventura y para intentar definir un poco más tal concepto en las novelas de Baroja, hagamos mención de Emilio Salgari; ¿sus protagonistas buscan la aventura? Recordemos el caso de Los pescadores de trepang, o en los héroes que son arrastrados por el afán de venganza como Sandokán o El Corsario Negro. ¿Nos aproxima al ambiente de esta última un fragmento como el siguiente? Sucede cerca de las islas Bermudas

“De pronto me chocó el aire de aquel buque y su pabellón brillante; cogí mi anteojo, miré y vi con sorpresa un barco negro como el ébano, de unas doscientas toneladas, con varias piezas de artillería, nuevas, y en el palo mayor una bandera roja con una calavera blanca y dos tibias. Era, indudablemente, un barco pirata, con sus cañones, su bandera y su tripulación especial, cosa que ninguno de los marinos que estábamos en el barco habíamos visto jamás. Hasta tenía su nombre a proa. Se llamaba el Relámpago” (Los pilotos de altura)

            ¿Dónde está la aventura? ¿En la voluntad del escritor, en las vidas de los personajes o en la necesidad del receptor? Al fin y al cabo la vida del marino mercante está llena de rutinas

“Hallándonos listos en el puerto de Boston, con cargamento de tablas, se emprendió la vuelta a La Habana; embocamos el canal de Bemini; aquí nos molestaron los vientos contrarios, y fondeamos en las islas Berry, del archipiélago de las Lucayas, hasta que comenzaron las brisas favorables. Entramos en La Habana y cargamos de nuevo losas y ladrillos, estibados como lastre en la bodega, y naranjas, plátanos y piñas en la cubierta. El capitán, el sobrecargo y yo llevamos también abundantes pacotillas. Esta vez marchamos a Nueva Orleáns” (Los pilotos de altura).

            Sin embargo, el mundo es los suficientemente grande como para colmar los deseos y así lo que era cotidiano puede transformarse en extraordinario

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“El mar y la posibilidad de la aventura dichosa agarran, y aunque se pasen trabajos y no se tenga suerte, hay siempre más esperanzas y más posibilidades en el mar que en las ciudades, donde no se puede hacer fortuna más que siendo un pillo listo o un usurero. Todavía el marino de este tiempo, hijo predilecto de la aventura, era un hombre atrevido, violento e inconsciente. Impulsado por una esperanza de riqueza y de placeres, pensaba encontrar países fabulosos como El Dorado, y tenía para el final de su vida el sueño de volver a su tierra, a su aldea, tranquila y plácida. Aquellos hombres, niños grandes la mayoría, sin rencor, consideraban alcanzado el fin de su vida por haber pasado algunos días en la taberna de un puerto, al lado de una mujer, bebiendo y derrochando el dinero” (Los pilotos de altura).

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CICLO DE CONFERENCIAS “HARUKI MURAKAMI»

A lo largo de tres conferencias vamos a analizar la obra de este autor.  Para comenzar, su contexto cultural (primera conferencia); después su relación con los principios de la estética japonesa clásica (segunda conferencia); y, finalmente nos aproximaremos a la narrativa de Murakami desde las características del realismo mágico, en un intento de acercarlo a la literatura escrita en español (tercera conferencia).

Antonio Joaquín González cartel

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EL REINO DE LOS CIELOS

EL PASADO COMO METÁFORA DEL PRESENTE

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El año 2005 se estrenó la película El reino de los cielos (Kingdom of Heaven) dirigida por Ridley Scott.

kingdom-of-heaven-dc-bd-dts-1080p-2005-mkv-00007Comienza un frío día, en una encrucijada de caminos en la cual se van a juntar dos destinos muy distintos de una misma persona. Mientras se prepara una fosa en la que depositar el cuerpo de una mujer que se ha suicidado, aparece un grupo de recién llegados de Tierra Santa. La mujer que va a ser enterrada, después de que el sacerdote que vigila ordene decapitar su cadáver, es el pasado y el presente de Balian. En el grupo de caballeros va Godofredo de Ibelin, el pasado y el futuro de Balian. ¿Quién es este personaje en el cual convergen dos realidades tan disímiles como son una hermosa suicida de belleza macabra y un guerrero cruzado? Es el herrero del pueblo, marido de la muerta e hijo bastardo del noble Godofredo de Ibelin. Ese mismo día, Balian, que ha perdido toda fe en el futuro, descubrirá su origen y llevado por las circunstancias decidirá ir a Tierra Santa donde el rey de Jerusalén Balduino IV ha intentado crear un mundo del espíritu, en el cual los fanatismos no tengan lugar, un reino de los cielos más que de muerte y de guerra.

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No es misión de este comentario desvelar el argumento de El reino de los cielos, sino situarlo en las circunstancias que vieron nacer esta película de Ridley Scott, el cual se ha acercado en diversas ocasiones al mundo de la guerra (Black Hawk derribado, Gladiator, Los duelistas), o al enfrentamiento entre culturas (Black Rain).

El interés central de esta película está en el planteamiento más allá de los estereotipos del bien y del mal que han dirigido durante demasiados años la política maniquea de muchas potencias occidentales. Es cierto que la historia dio un giro radical después de los crueles atentados de las Torres Gemelas, o de la Estación de Atocha, o de otros muchos que han ido ensangrentando las noticias de cada día. El choque de civilizaciones se ha convertido en la explicación básica del mundo. Pero nada es tan simple como se quiere dar a entender.ridley-scott

Ridley Scott utiliza una metáfora medieval para demostrar que quizá las creencias religiosas no equivalen a unas posturas tan encontradas como parecen. En El reino de los cielos está el respeto que las culturas sienten entre sí, incluso enfrentadas en la guerra (por ello son tan importantes las alusiones al ideal caballeresco que impregnan varias escenas de la película, tanto entre cristianos como entre musulmanes), pero también está la locura de los que se creen por encima del bien y del mal y la avaricia de poder de otros. Ambas posturas son las que impiden que el reino de los cielos encuentre su lugar en la tierra.

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