“La fiebre atrae el canto”

Comentario

Nocturna
Álvaro Mutis

Portada Libro Álvaro Mutis Nocturna.

La fiebre atrae el canto
de un pájaro andrógino
y abre caminos a un placer insaciable
que se ramifica y cruza el cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar alrededor de las islas
donde las mujeres ofrecen al viajero
la fresca balanza de sus senos
y una extensión de terror en las caderas!
La piel pálida y tersa del día
cae como la cáscara de un fruto infame.
La fiebre atrae el canto de los resumideros
donde el agua atropella los desperdicios.

Oswald Wirth, uno de los grandes conocedores del proceso de indagación en el mundo de lo trascendente, en El simbolismo hermético en la alquimia y la masonería, define el hermetismo como la confluencia de símbolos que pueden ser contemplados desde distintas lecturas, pues “están destinados a despertar las ideas que dormitan en nuestro entendimiento”, actuando en él mediante la sugestión después de una lectura atenta que, según Nietzsche (Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales), es la definición básica de Filología. Desde un punto de vista de la estética literaria, lo hermético se expresa, sobre todo, en el enfrentamiento entre el bien y el mal o la luz y las tinieblas (Luis Beltrán Almería, Estética de la novela).

En la oscuridad de las posibles interpretaciones me encontraba en el momento en el que decidí leer con atención filológica el nocturno de Álvaro Mutis “La fiebre atrae el canto”, que vuelve a publicarse en el hermoso libro con el que se conmemora el centenario de su nacimiento. Este texto es el primero de Nocturna. En la Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía reunida, con el título de “Nocturno”, aparece entre las composiciones de Los elementos del desastre, publicado en 1953 por la Editorial Losada de Buenos Aires. Es en este libro en el que apareció por primera vez Maqroll el Gaviero. Y pido perdón por este recordatorio, pero es que se me hace prácticamente imposible hablar de la literatura de Álvaro Mutis sin tener un recuerdo para este eterno andariego, sufridor de empresas, más que aventurero.

Uno de los rasgos que caracterizan el espacio tiempo de la poesía del escrito colombiano es la noche. Este es el motivo que ha elegido Gonzalo García Barcha, cuidadoso editor e hijo de Gabriel García Márquez, para la realización de esta antología, Nocturna (Zalipoli-Libros del Kultrum, Barcelona, 2023), con motivo del centenario de Álvaro Mutis (1923-2013). El libro comienza con un prólogo en el que, desde las experiencias vitales del antologista e impresor, se perfila al poeta. Su voz estentórea como rugido de tigre, su amor por la literatura, la capacidad para encontrar en el presente ocultos rasgos que explican la historia. Todo ello para homenajear con el recuerdo a un hombre que en sus versos mostró que “la poesía anda suelta a nuestro alrededor”, como “un bálsamo cotidiano” que calma la existencia mediante la contemplación desde la desesperanza; esta no deja de ser una forma de clarividencia, aunque sea desde la indagación en lo nocturno, porque, al fin y al cabo, la luz del verso procede de la llama interna que es la vida. Nocturna es un hermoso libro para recordar a nuestro hermano el Gaviero.

Confieso que me encontraba totalmente confundido a la hora de interpretar un cierto primer estremecimiento que me producen estos textos escritos en y para la noche. Oscuro, pero a la vez, pura luz, aunque para llegar a ella se haga necesaria una indagación que es el encuentro con el uno mismo. Por eso he decidido seguir un camino parecido al del buscador en la filosofía hermética. Algunos datos extraídos según el proceso aprendido en los estudiosos de lo oculto, mediante tablas que poco a poco van mostrando una serie de rasgos que, al final no dejan de ser una interpretación personal mediante ese principio que es la lectura lenta, el encuentro sosegado con el texto, el establecimiento de un diálogo que enriquece al buscador de verdades absolutas en los versos.

En “Nocturno” predominan los nombres (veinticinco) ante los ocho verbos y los siete adjetivos calificativos. Sustancia, sustantivo, ahí está la esencia de las palabras contenidas en este poema, no en las acciones, ni en las cualidades, sino en lo absoluto de la morfología, en aquello que pretender dar palabra a la realidad, convertir en realidad lo que no tiene esencia material, pero existe; o nombrar el universo. Este proceso va a culminarse mediante una estructura cerrada por el paralelismo que se produce entre los dos primeros y últimos versos. Este asunto no es de exaltación sino de degradación, pues nos hallamos en Los elementos del desastre. Desde la claridad que supone el encuentro con el canto de un pájaro andrógino, símbolo de la totalidad. ¿Por qué es así? Su definición como andrógino no nos está planteando una rareza en lo natural, sino que nos anuncia la individualidad esencial y arquetipica. Este proceso de degradación tiene que ver con un estado alterado de consciencia cuyo origen está en la fiebre; malestar que aparece con cierta frecuencia en la obra de Álvaro Mutis; recordemos el que puede considerarse como su ejemplo más significativo: la narración del ciclo de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, La Nieve del Almirante (1986). Desde el contacto erótico con una indígena aparecida de la oscuridad de la selva, Maqroll, que ha poseído la tierra de su cuerpo, se adentra en un abismo febril que le conduce hacia otra noche, que es la de la muerte. En “La fiebre atrae el canto”, se encuentra tal asimilación en la visión de la tierra como un cuerpo que se cruza.

El proceso febril que comienza con el canto de un pájaro, la voz del cielo, de lo alto, de la luz, de lo trascendente acaba en el desastre de otro sonido, el del agua atropellada que arrastra los desperdicios hacia las alcantarillas. Del pájaro andrógino al resumidero. De la luz al desecho.

(Foto G. Andrango)

Pero el libro al que pertenece este poema no es solo del desastre, también contiene la primera parte del sintagma, los elementos. Y ahí están los cuatro más el vacío, o éter, que viene a ser la culminación de recorrer los otros. La Tierra, que son cuerpo e islas; el Agua, sin la cual no puede explicarse la geografía poética de Mutis; el Aire, que es el pájaro, aunque éste también podría ser el Fuego, pero dejémoslo para la fiebre. Peregrinación por las cuatro esencias que conforman el mundo para alcanzar la quintaesencia del vacío, expresado en el proceso de perderse en la trascendencia que es, tanto la iluminación del canto del pájaro andrógino, como el atropellado remolino de las aguas que arrastran los desperdicios. Separación de la realidad transformada en símbolo de viaje, desde el pájaro, por la mujer que es la balanza, equilibrio de justicia y terror de caderas que provocan el viaje del deseo hacia su expresión, de la mujer o el agua.

Hay una obra de la producción poética de Álvaro Mutis que me atrae de una manera especial, Los emisarios, obra en la que cada poema es un enviado que transmite un mensaje dirigido hacia lo más profundo del lector, desde los principios del hermetismo, palabra que, no se nos olvide, procede de Hermes, el alado legado de los dioses, protector de los viajeros, de aquellos que indagan en la palabra un atisbo de verdad que pueda iluminarles. Ahí, en Los emisarios, se encuentra el poema de “Un gorrión entra en el Mexuar” de “Tríptico de la Alhambra”, equiparable a este pájaro andrógino.

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TRES POEMAS

De Cuaderno de caligrafía y vida de Antonio Joaquín González

Homenaje a Álvaro Mutis
en el Centenario de su nacimiento

Álvaro Mutis (retrato en tinta G. Andrango)

Uno

Pasada la mitad del camino,

nuestra vida (Dante)

Sabrás que has cruzado una frontera,
una más, el día que descubras que te da igual
alargar el camino cinco minutos
para escuchar el trinar de los pájaros
entre la madreselva.
Cinco minutos, una eternidad, Leopardi,
Mutis o el monje Virila
perdidos en una mirada, pozo
más allá de la inocencia.
Sabrás que has cruzado una frontera,
ya sin retorno, cuando en la soledad,
de la meditación, una luz veas
y volutas de humo blanco.
Vela en la ventana del caravasar,
esencial hospitalidad para un espíritu vagabundo.
Sabrás que has cruzado una frontera
al interpretar un panfleto caído,
con palabras que no dice y tú sabes,
pues callar no significa obedecer,
callar es guardar esa libertad
que estaba al sur de la frontera.

Dos

Ilona llega con la lluvia

A Álvaro Mutis

Vuelvo a leer ese relato.
Panamá, Maqroll y Larissa.
Villa Rosa
y el sol de la tarde, silencio de insectos,
música en la lejanía, saciedad del amor
en la tormenta del trópico,
es la luz de un tiempo nuevamente vivido.
Te vas de nuevo, Ilona, con la lluvia
que se anuncia en el horizonte
envuelta en un fuego que no entiende
tiempo, épocas, Venecia del XVI,
la caballería ligera de la Guardia,
caricias que fueron aprendidas
en el paso de los siglos,
ceremonia de la carne,
hospitalario sexo para el cautivo,
manos de fantasma que recobran la vida
rodeando unos senos palpitantes.
Y no me queda el recurso
de apurar el vaso de ron que queme
la garganta para cauterizar el sollozo
por tu muerte, Ilona.
Y no me queda ahora el recurso
de pensar que un día podré,
de nuevo, sentir el cálido saludo
de aquel que me llamó su hermano,
no de sangre, de tristezas aprendidas en Un bel morir.
Y no me queda ahora el recurso
de contemplar lejos el horizonte,
de llegar a la cascada de los Infiernos,
o adentrarme en Amirbar
en la ignorancia del tiempo.

Tres

Brisa de mar
«Le chair est triste, hélas»
(Versión del poema de Stéphane Mallarmé)

A los hermanos Álvaro Mutis y Hugo Pratt

Foto. G. Andrango

Hoy, la tristeza es la carne, todos los libros
ya han sido leídos.
Necesidad de huir lejos.
huir lejos
Huir.
Lejos, hasta donde sienta a las aves
ebrias de espumas,
hasta donde los cielos sean desconocidos.
Nada.
Nada.
Ni esos antiguos jardines
reflejados en mis pupilas.
Nada
retendrá a este corazón añorante
de una forja que es el mar.
Que despierte el sentimiento, la vida,
la fuerza en la fragua,
fuego, espuma, sol.
Nada
ni sa albura del papel
defendida por la lámpara,
solitario cerco de luz.
Nada
ni esa joven madre, casi adolescente
que, con seno desnudo, amamanta a su hijo.
Nada…
¡Partiré!
Lo repito
¡Partiré!
Steamer de oscilante mástil
recoge anclas.
Navega rumbo a las islas
lejanas, más allá de la última Thule,
donde el mapa solo es selva
y océano de monstruos,
blanco desconocido,
incógnita tierra.
Hastío que es desolación,
cruel esperanza del adiós definitivo.
Definitivo adiós de ondeantes pañuelos,
lo último que los ojos vislumbraron
en la distancia.
Quizá esta gavia, desafío al rayo,
arrogante al trueno,
esté llamada a rendirse en el naufragio
encarando la tormenta.
Quizá la nave, desarbolada quede pecio
entre corales
de la anhelada orilla.
Tierra fértil que permanece virgen
a los ojos muertos del ahogado.
Mas
mi pecho escucha el canto del marino,
hay que partir.
J´ai lu tous les livres,
mais

mi corazón comprende
el canto del marino.

Portada de libro Cuaderno de Caligrafía y vida.

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RENACIMIENTO DEL SINTOÍSMO PURO.

(Del Libro «Sintoísmo el Camino de los Dioses». Fragmento del Capítulo XIV. Decadencia del Sintoísmo. Sus sectas modernas).

Portada libro Sintoísmo (El camio de los Dioses)

RENACIMIENTO DEL SINTOÍSMO PURO. El siglo XVII fue testigo de un gran renacimiento del aprendizaje del chino en Japón. Abarcó no solo el estudio renovado de los clásicos antiguos de Confucio y Mencio, sino también los escritos filosóficos de Chu-hi y otros escritores escépticos de la dinastía Sung (960-1278). Los samuráis, o casta gobernante de la nación, se dedicaron a estos estudios con asombroso celo y entusiasmo, con gran descuido del budismo, que de aquí en adelante se dejó sobre todo para la gente común. Este movimiento alcanzó su momento culminante en el siglo XVIII, cuando se produjo una reacción. Kada, Mabuchi y otros eruditos patrióticos, resentidos por la preponderancia indebida permitida al pensamiento chino, hicieron todo lo posible, por medio de tratados de comentarios y exégesis, para llamar la atención hacia los monumentos de la literatura antigua nacional como el Kojiki, el Nihongi y el Manyôshiu, que habían sido descuidados durante tanto tiempo y que, en parte eran ininteligibles, incluso para los hombres que habían recibido una buena educación. Bajo su discípulo y sucesor, Motoöri (1730-1801) este movimiento asumió un carácter religioso. Sus prejuicios patrióticos hacían que sintiesen como una ofensa los elementos extranjeros que encontraban en el ryôbu y otras formas prevalecientes del sintoísmo, mientras que la doctrina del Sung de un «Gran Absoluto» no sólo les resultaba odiosa a causa de lo ajeno de su origen, sino porque fracasaba en satisfacer el hambre de un alma por un objeto de culto más personal. Por lo tanto, volvió a la forma más antigua del sintoísmo. A su propagación, mediante conferencias y libros, dedicó muchos años de su vida y no sin éxito. Tuvo numerosos seguidores entre las clases más educadas.

Grafico del Libro «Sintoísmo, el camino de los Dioses».

La obra principal de Motoöri es el Kojiki-den, un comentario sobre el Kojiki, en el que no pierde ninguna oportunidad de atacar todo lo chino y de exaltar las antiguas costumbres japonesas, el idioma y la religión con un espíritu de ardiente e indiscriminado patriotismo. Parece haber estado completamente ciego al hecho de que las religiones y filosofías exóticas, cuya intrusión en el sintoísmo hacían que estuviese amargamente resentido, contienen elementos mucho más valiosos para la humanidad que el ritual del Yengishiki y los mitos del viejo mundo del Kojiki.

Su discípulo Hirata (1776-1843) fue menos literato y más teólogo que su maestro. Durante su extensa vida, escribió numerosos libros que alcanzan cientos de volúmenes, y pronunció innumerables conferencias, insistiendo en la reivindicación del antiguo sintoísmo. Sus enseñanzas fueron tan exitosas que, al final, atrajeron sobre él la atención del gobierno del Sogún, quien, al descubrir que su propia autoridad estaba siendo socavada, por la preeminencia otorgada a los derechos soberanos de iure de los descendientes de la Diosa del Sol, prohibió sus conferencias y lo desterró de su provincia natal de Dewa. Los prejuicios anti-extranjeros de Hirata no le impidieron creer en la inmortalidad del alma, doctrina de origen budista, o de tomar prestado de China un culto a los antepasados muy diferente de cualquier elemento que esté en el sintoísmo. Adoptó el mandamiento chino de «piedad filial» y realizó extenuantes, pero inútiles, esfuerzos para encontrar apoyos de tales elementos en el Kojiki y en el Nihongi. Aunque dice que los kami detestan el budismo porque nos enseña a abandonar al señor y al padre, a la esposa y al hijo, por lo tanto es destructivo de la moralidad, porque aquellos que son sus seguidores son mendigos inmundos, que se jactan de usar harapos desechados y comer alimentos que les son entregados en caridad, por otra parte, van tan lejos como para admitir a Buda en su panteón sintoísta, con la condición de que se contente con un puesto de condición inferior. Acepta tácitamente el código moral de China, mientras que protesta de que tales cosas son innecesarias, ya que estamos dotados por la naturaleza de intuición respecto al conocimiento del bien y del mal.

La agitación producida por el renacimiento del sintoísmo puro supuso un movimiento retrógrado , que sólo podía concluir en fracaso. Sin embargo, contribuyó. Sustancialmente a la revolución política que en 1868 trajo consigo la restauración del Mikado a una posición soberana, resultado lógico de las enseñanzas de Motoöri y Hirata. La reforma sintoísta, en las mismas fechas, también se debió a su influencia, cuando los sacerdotes budistas fueron separados de los santuarios de ryôbu y, después se efectuó una purificación de rituales y ornamentos. Para obtener una visión completa del renacimiento del sintoísmo puro se pueden consultar los artículos de sir E. Satow en sus contribuciones al T.A.S.J. de 1875; nuestros conocimientos del sintoísmo datan de esta época.

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Historia de los tres caballeros de Jerusalén

(Cap. XIX del Primer Libro de La Gran Conquista de Ultramar).

Ya conocéis por esta historia cómo Pedro el Ermitaño peregrinó hasta el Santo Sepulcro de Jerusalén y allí conoció las lacerías en las que vivían los cristianos de Tierra Santa. Se presentó ante el papa y comenzó a predicar la cruzada hacia ultramar. La compañía de Pedro el Ermitaño fue desbaratada al llegar a Bitinia, después de cruzar el Brazo de San Jorge. Pocos fueron los que sobrevivieron, entre ellos Pedro el Ermitaño. Quedaron encerrados entre unas altas peñas, como escucharéis más adelante, hasta que llegó una gran hueste. También otros peregrinos sufrieron sus desastres al pasar por Hungría y Bulgaria y no pudieron llegar a su destino. Estos inconvenientes hicieron que muchos no se decidiesen a realizar la peregrinación de ultramar. Pero cuando se conoció la historia del rey Cornomarán, ante el duque Godofredo de Bouillon se reunió un gran número de gentes para pasar a Tierra Santa. Tal deseo creció en los corazones de muchos por un milagro divino ante unos caballeros que estaban en ultramar.

Imagen contraportada libro La Gran Conquista de Ultramar, Vol. I. Ill. G. Andrango

Recordad, ahora, el maltrato que recibían los cristianos bajo el dominio de los turcos en Tierra Santa y el impuesto que todo peregrino tenía que pagar para llegar al Santo Sepulcro.

Sucedió que, un poco después de la partida de Pedro el Ermitaño, llegaron a Jerusalén tres caballeros cuyos nombres eran Aycarte de Montemerte, natural de Borgoña, Remón Pelés, del condado de Poitiers, y Gondemar, de la tierra de Unixi. Estos tres peregrinos iban juntos. Viajaban con todo lo que habían podido reunir, pero tanto duró su periplo por el mar, tantas veces fueron asaltados en tierra que, cuando llegaron a Jerusalén, no tenían para comer más que lo que la voluntad de Dios les concediese. Llegaron a la ciudad santa el día de la Cruz; recorrieron todos los lugares señalados en la peregrinación. Pero cuando quisieron entrar a adorar el Santo Sepulcro no les dejaron, porque no tenían el maravedí de oro que se exigía a cada uno. Llorando y avergonzados se apartaron de la puerta. Durante todo el día se ocuparon en conseguir el dinero que necesitaban para entrar a hacer su oración en aquel sagrado lugar. Remon Pelés y Gondemar consiguieron sendas monedas, así que al día siguiente pudieron entrar a su adoración; pero Aycarte no pudo lograrlo. A la puerta del Santo Sepulcro comenzó a llorar fuertemente:

— Señor Jesucristo — decía —, que quisiste que yo viniese hasta aquí para adorarte, desde una tierra tan lejana, que sufriese hambre, sed, frío y pobreza para ver los lugares donde naciste, sufriste pasión y muerte por nosotros, donde fuiste enterrado en el sepulcro, para resucitar al tercer día y ascender a los cielos después de quebrar los infiernos y librarnos del poder del diablo por siempre jamás. Señor, así como esto es verdad, te pido por merced que no permitas que me tenga que ir de aquí hasta que entre en este Sepulcro santo. Además, ayer fue Viernes Santo, día en el que todo cristiano debería orar donde fuiste clavado a la cruz. Hoy es Sábado Santo, cuando permaneciste en la oscuridad de la tumba, mientras que de noche descendió el fuego del cielo a la lámpara ante el altar por tu virtud. Mañana será día de Pascua, cuando Tú resucitaste de la muerte a la vida, y todos los cristianos tienen derecho y obligación de oír misa y comulgar. Esto te pido por merced, que no sea alejado de los otros cristianos; te ruego, Señor, que sea tu gracia el que yo muera en este lugar, para jamás irme de aquí, que nunca habrá cosa que yo más desee.

Vio entonces entre los moros que custodiaban la puerta, uno que él crió de niño, haciéndole mucho bien, pues era natural de su tierra; a él le llamaban, cuando era cristiano, Juan Ferret, pero un día llegado como peregrino a Jerusalén, se volvió musulmán; como odiaba a los cristianos, le pusieron como guardia de la entrada al Santo Sepulcro.

Cuando Aycarte de Montemerle vio a Juan Ferret, se alegró mucho, creía que se acordaría de él y del bien que le hizo en su niñez y por eso le dejaría entrar. Le rogó humildemente, recordándole el deudo que tenía con él. Pero el corazón de Juan Ferret estaba lleno de falsedad y crueldad, así que, aunque reconoció al caballero y sabía que era verdad cuanto decía, le respondió con acritud diciéndole que no podía entrar allí salvo que se hiciese musulmán, renegando de nuestro señor Jesucristo y de Santa María; si así lo hacía, llegaría a ser muy rico en aquella tierra, pues él mismo le recomendaría a su señor, el rey de Jerusalén; además podría casarse con una sobrina suya que era una dueña maravillosamente hermosa. Si tal cosa no quería hacer, debía aceptar recibir una pescozada tan fuerte como él se la pudiese dar, con ella prometía que le causaría tanto daño que le haría morder el suelo o dar con la cabeza en la pared tan fuerte que los meollos le saldrían por las orejas. Tal cosa quería hacer Juan Ferret para deshonrar la ley de Jesucristo, en cuyo Sepulcro ganaba mucho dinero.

Al oír lo que le dijo Juan Ferret, Aycarte de Montemerle sintió gran pesadumbre en su corazón, pues vio que solo consintiendo en la pescozada podría entrar en el Santo Sepulcro y, a la vez, sabía que de tal golpe le sucedería algún mal, así que tuvo miedo de aquel moro; sin embargo, recordando los muchos dolores que padeció nuestro señor Jesucristo, aquello que podía ocurrirle, herida, muerte o deshonra, le parecía muy poco. Así pues le dijo al moro que no iba a renunciar a su fe, que prefería sufrir la pescozada. Juan Ferret se enojó y le dio tal golpe a Aycarte de Montemerle que le hizo caer de rodillas y comenzó a manarle sangre por las narices. Se puso en pie y fue a entrar al Sepulcro con la ropa ensangrentada, cuando llegó ante la tumba comenzó a llorar fuertemente, tanto que el suelo se cubrió de sus lágrimas y de la sangre que salía de su nariz. Durante un rato no hizo más que llorar hasta que pudo orar a nuestro Señor, agradeciéndole las muchas mercedes que hiciera por salvar al mundo, tanto de la vieja como de la nueva ley, derrotando al diablo, con sus sufrimientos. También le pidió que ordenase la venganza contra aquellos moros que de manera tan vil trataban su fe, y que no olvidase la deshonra que él mismo había sufrido al entrar en el lugar santo para orar.

Acabada su plegaria, Aycarte de Montemerle fue a salir y se encontró en el templo con los otros dos caballeros compañeros suyos en la peregrinación. Decidieron quedarse a velar aquella noche en la puerta del Templo, hasta que cantasen los primeros gallos. Pero cayeron traspuestos y tuvieron un sueño, aunque no estaban acostados. Vino a ellos un ángel en figura de hombre maravillosamente hermoso y les dijo:

— Amigos, yo partí ayer de Roma antes de hora de vísperas; fui a la misa que ofició el papa y serví el altar cuando se hizo el sacrificio de la hostia, en el momento en que se hizo cuerpo nuestro señor Jesucristo. Ha sido Él quien me ha enviado a vosotros para que sepáis que quiere sacar esta tierra del dominio de los musulmanes y volverla a su santa ley. Por ello os manda que vayáis ante el papa directamente para decirle que haga predicar la cruzada por toda la cristiandad para que vengan a conquistar esta santa tierra. A todo aquel que acuda a ultramar por su amor o por arrepentimiento de sus pecados no le dará otra penitencia y si aquí muere, irá derecho al paraíso….

Continuará.

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Del libro Cuaderno de Caligrafía y Vida

Una espada

Un día la espada fue

elementos de vida ajenos.

Agua que mana del hielo

transparencia pura.

Fuego dormido de otoño.

Despierta la tierra

y se hace metal,

en el aire, llama.

Incandescente se sumerge

en la pila

retorciéndose en el contraste.

Y surgirá la hoja

cuyo filo vibra en vida.

Pero el tiempo, herrumbre,

cubrió el acero

abandonado en la oscuridad

del olvido.

Las manos del maestro,

dedos de fina arena,

limaron el moho,

pulieron el acero

espejo de luz

y volvió el filo a ser

Agua, Tierra, Aire, Fuego,

Vacío o Éter.

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Cuaderno de Caligrafía y Vida

Visiones de Guillermo de Tiro (c. 1169)

Aquella mañana, cuando la luz comenzaba

a iluminar su escritorio,

resonaban en los ojos de Guillermo los versículos

de Mateo recordando a Daniel.

Y en el sol de Jerusalén vivían,

como espectros, las multitudes que caminaron

enloquecidas, sin descanso, para huir del apocalipsis,

se arrastraban hacia la esperanza de salvación

en el lugar santo, mancillado por la sangre

del Inocente, del infiel y del engañado.

Querían huir del apocalipsis,

pero el viento que precedía sus pasos

era el anuncio, como las trompas que sonarán

en el Valle de Josafat y han sonado en estos siglos

en tantos lugares de nuestra tierra, bendecida

por los cielos, maldecida por tantos.

No llegó del cielo el sacrificio,

sino de los hombres.

Matanzas de judíos en la ruta hacia ultramar,

en los mismos caminos que, siglos después,

la tierra bebía las cenizas, no rocío, del crematorio.

El hambre, la sed, la inocencia perdida.

Los cuerpos pútridos en el desfiladero de Cevicot.

La sangre como arroyos por las calles

de ciudades tomadas, conquistadas

por aquellos que se llamaban seguidores del cordero.

El canibalismo de los miserables.

Los ángeles que con su fuego de luz aniquilan

a los infieles en el campo de Antioquía.

La avaricia, la lujuria, lepra, muerte

y más muerte.

Tierra maldita, no por la luz,

por los hombres, aquellos

y estos.

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Del libro Cuaderno de Caligrafía y Vida

La salvación en el realismo mágico

Parado, en el tiempo y el espacio,

como la viñeta de un tebeo

a página completa;

solo rodeada del blanco

estático (así, con s, no cabe la x)

contemplo

un mundo de niños que caen por pozos

y ni siquiera les queda el recurso

de mirar las estrellas, punto de luz

como escalas que fueron para Lorca,

ahogados en piscinas, por padres

inmisericordes.

Fieles que acuden a un templo

para encontrar la paz

y mueren acribillados

como figuras de un videojuego,

tronchadas vidas a manos

inmisericordes.

de un salvaje que solo en sangre

entiende el amanecer.

O ver, en casa, encarnadas en la madre,

esas figuras de la muerte,

en un libro de oración,

sea el de Juana de Castilla

o el del Emperador.

Un cuerpo que resiste, para desmoronarse

en heces, poco a poco

y terrores en la oscuridad a mediodía.

Y ahora entiendo ese ritmo

de descubrir mundos nuevos

en letras alejadas de tantas miserias.

Ese ritmo que juega desde la música

con estrellas, pozos y fusiles

para retratar un mundo

inmisericorde

en un realismo mágico

que ayuda a cruzar el umbral

en cien años de soledad

o las maravillas del pájaro

que da cuerda al mundo.

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ROSA MÍSTICA

Rosa Mística, Stanislas de Guaita. (traducción Hugo de Roccanera

INTRODUCCIÓN

Stanislas de Guaita. Hugo de Roccanera

Marie Victor Stanislas de Guaita nació el 6 de abril de 1861 en Alteville-Nancy en la Lorena francesa. Su madre, de ascendencia francesa era ferviente católica; en cuanto a la rama paterna, procedía de una antigua familia de origen germánico. En el colegio de la Compañía de Jesús donde estudió, en Nancy, tuvo como compañero a Maurice Barrès (1862-1923). Ambos compartieron sus primeros acercamientos a la poesía.

Su trayectoria literaria comenzó en 1881 con Les Oiseaux de passage; de 1883 es La Muse Noire y en 1885, Rosa Mystica.

En 1882, acompañado por Maurice Barrès, se instaló en París, para cursar estudios universitarios de Derecho, más por compromiso que por vocación. Progresivamente se acerca al estudio del ocultismo. Leyó las obras de Eliphas Levi, a quien consideró su maestro. En París va a relacionarse con alguno de los más importantes ocultistas del momento como Barlet, Papus, Saint-Yves d’Alveydre y Joséphin Péladam.

Durante cinco meses al año se alojaba en su apartamento de París; allí se reunía un importante grupo de investigadores de lo oculto; él mismo fue uno de los principales responsables de la fundación de la Orden Cabalística de la RosaCruz. El resto del año lo pasaba en el castillo de Alteville, en compañía de su madre, cuidando de sus posesiones y ocupado en estudios ocultistas y alquímicos. Llegó a reunir una importante biblioteca. La vida de Stanislas de Guaita en el campo era similar a la del sabio buscador, apartado de la vida social, preocupado exclusivamente en indagar, desde la Libertad interior, la Verdad y la Belleza; desde el esfuerzo de la Voluntad, siguiendo el régimen vital del solitario.

En 1886, Guaita, en una carta a Péladam, le cuenta que está preparando una obra que, en un principio, iba a titularse Los tres mundos, con la finalidad de dar a conocer la materia esotérica en profundidad. Aquí está el origen de En el umbral del misterio. En esta época ya han hecho acto de presencia los sufrimientos causados por la enfermedad que le llevará a la muerte.

En el umbral del misterio fue publicado en 1886. Se trata de una síntesis general sobre alta magia. Uno de los elementos que centra su pensamiento ocultista es el principio de analogía, equivalente a las Correspondances que encontramos en la poesía de Baudelaire. De 1891 es la segunda obra de ese acercamiento a la filosofía de lo oculto, El templo de Satán, donde se aborda un detallado estudio de los siete primeros arcanos del tarot. Y finalmente, en 1897, el mismo año de su fallecimiento (el 19 de diciembre), La llave de la magia negra.

Como poeta, Stanislas de Guaita pertenece al movimiento literario simbolista, que se sitúa cronológicamente entre 1867 (muerte de Baudelaire, maestro de esta escuela) y 1916 (fecha que está marcada, para el Modernismo hispánico, por el fallecimiento de Rubén Darío). Como prolongación de estéticas anteriores, surge desde el Romanticismo negro (ejemplificado en Edgar Allan Poe y en la novela gótica) y en los poetas satánicos, cuyo máximo representante es Lord Byron. Heredero de tal panorama, el Simbolismo manifiesta una estética enfrentada a la vida, entendida esta como materialización del espíritu burgués. Los precursores del Simbolismo comenzaron su vida durante el periodo del Romanticismo; así Aloysius Bertrand (1807-1841), creador del poema en prosa con Gaspard de la nuit (1842), y Gérard de Nerval (1808-1855) con sus sonetos de Les Chimères (1854), hasta Baudelaire (1821-1867).

El Simbolismo defiende una visión que es la de los valores opuestos al mundo burgués. Ya se encuentran atisbos de esta tendencia en la novela Madame Bovary de Flaubert (1856, en 1857 es publicada Las Flores del Mal de Baudelaire) o en la pintura de Manet Olympia (1863). La crítica, la denuncia de una ideología materialista, el alejamiento hacia otras filosofías como el ocultismo o una religiosidad pura alejada de la hipocresía católica oficial, la presencia de los mundos antiguos contemplados desde el arqueologismo exótico y estético; todo ello marca la definición del Simbolismo y aquí es donde se encuentra la obra de Stanislas de Guaita.

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Del libro Cuaderno de Caligrafía y Vida

Helena de Esparta

Foto: G. Andrango

Dijo la diosa nacida entre espumas

–Concede a mi belleza la dorada

naranja en este juicio

entre olivos y cantos de cigarra.

Deposita en mis manos el premio

y yo te entregaré,

en una tarde de tormenta,

lejos de esta tierra quemada por el sol,

en un patio decorado en sedas

teñidas del múrice

y pebeteros en los rincones,

con finas maderas venidas del Levante;

te entregaré a la mortal más hermosa,

beldad que la hará inmortal

y a ti, eterno

en los cantos recitados por los siglos;

y en un campo de limoneros,

al atardecer,

cuando ya todos los ojos se cierren,

verás cómo caen sus ropajes

y, entre sus muslos tendrás

sabor a dulces frutos.

Así dijo Afrodita

y, en sus ojos, Paris vio

como destellos de una ciudad

que ardía en la noche.

Autor: Antonio Joaquín González
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Cuaderno de Caligrafía y Vida

Eclesiastés. Una lección de Literatura Universal

Pasarán los años y ojalá no sean vanidad,

como dijo Qohelet.

Que no sea tu tiempo un mero transcurrir,

de horas perdidas en sillón soñoliento,

quizá viendo cruzar imágenes y ruidos

que, ni de lejos, se acercan

a los que vio en la caverna el hombre

de Platón, pues en él, al menos, hubo fuego.

Que no descubras, más allá de la mitad del camino

que han pasado las horas

y no recuerdas, siquiera, la voluntad de vivir,

de aceptar el perpetuo retorno

o lo que quiera que sea la eternidad,

si hay lucha en cada instante, existes por siempre.

Que tu viaje, dijo Cavafis, sea largo

pero que tus experiencias no sean tan efímeras

como la vida vacía.

Lee la Odisea de Casandsakis,

y siente esa voluntad de Nietzsche,

Buda, Lenin y Cristo

palpitar como fuego en tus venas

y vive, pero de verdad.

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