EL LIBRO DE LOS MUERTOS

Los colosos de Memnon

La egipcia es un ejemplo evidente de la importancia que tuvieron los ríos en el nacimiento de las civilizaciones (recordemos, también, el territorio que recibe el nombre de Mesopotamia de Meso -medio- y potamos -río-, o el Indo, o el Yangtsé). Desde un punto de vista social y económico el estado egipcio se organizaba desde un sistema jerárquico cuya cúspide era el faraón; más allá los nobles, sacerdotes, escribas, el pueblo, agricultores, artesanos, comerciantes, esclavos. Así se mantuvo, y más allá también, hasta que Egipto pasó a ser dominado por el Imperio romano, en la época de Augusto (siglo I a.C.). En definitiva, nos encontramos con una sociedad tradicional, cuya religión se fundamenta en la existencia y el consiguiente culto a un panteón divino muy numeroso, en buena parte representación de las fuerzas de la Naturaleza, con abundantes dioses con formas de animales antropomorfos relacionados con el paisaje en el que se desarrolló esta civilización. En estas fuerzas de la Naturaleza se encuentra el nacimiento de la literatura como manifestación de una visión cultural del mundo y de la existencia (¿qué otra cosa que la repetición de la alternancia de la luz y la oscuridad de la noche es el ritmo versal?).

Una de las creencias centrales de la civilización egipcia es la aceptación de una existencia que se prolonga más allá de la vida terrena; esta implica el desarrollo de unos cultos entre los cuales tienen importancia básica los ritos funerarios, fundamentados en la necesidad de trazar un camino en el recorrido de ultratumba del alma, mediante la preparación de la vida del más allá en las construcciones funerarias como las pirámides, la técnica del embalsamamiento (las momias) y la redacción de una obra como es el Libro de los muertos (literatura compartida con otras culturas como la tibetana y su Bardo Thödol).

El Libro de los muertos es un texto del antiguo Egipto de carácter ritual funerario; la transcripción del título original es RW NW PRT M HRW, secuencia consonántica que puede traducirse como Libro de la salida al día o Libro de la emergencia de la luz (aquí en el sentido de emerger, salir). La utilización ritual de estas fórmulas o conjuros contenidos en él pueden situarse en torno al 1540 a.C. y se mantuvo incluso durante el periodo helenístico, posterior a la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno (siglo IV a.C.). Esta obra presenta distintos tipos de modalidades textuales como son las oraciones de carácter religioso, las fórmulas mágicas para invocar a los dioses y los sortilegios.

Fragmento del Libro de los Muertos

El cometido fundamental de los sortilegios del Libro de los muertos es que sean pronunciados por el alma del fallecido para que este pueda superar el juicio de Osiris, viajar cruzando el Inframundo (Duat) y alcanzar el Paraíso (Aaru). Algunos de los textos que conforman esta obra religiosa -que en un principio no se sitúa en la categoría de lo literario- se encuentran copiados, pintados como jeroglíficos en las paredes encaladas de las pirámides y en los sarcófagos; algunos de ellos pueden fecharse alrededor del III milenio a.C. (datación que los hace mucho más antiguos). No existe una sola versión completa y reconocida como canónica, sino distintos papiros con ilustraciones y escritos en jeroglífico o en escritura hierática, que es una forma simplificada del anterior. Así pues, la finalidad de estos textos es guiar al difunto por el mundo del más allá. En ese territorio trascendente se presentará ante Osiris, entendido como Dios de la Muerte. Es así por su biografía mítica que le supuso morir y recuperar la vida, clara metáfora de la inmortalidad del alma. Osiris presidirá el pesaje del alma del fallecido (psicostasis), previo a la decisión de su destino más allá de la vida física.

Al llegar ante el tribunal, el alma debía pronunciar las oraciones dirigidas hacia cuarenta y dos divinidades que se encontraban allí presentes; se trataba de una defensa del que iba a ser juzgado para demostrar su inocencia. En una balanza, símbolo de la justicia que debe medirse desde la ecuanimidad, eran colocados en sus respectivas bandejas el corazón del fallecido y la pluma de una avestruz, que es la imagen de la diosa Maat, representación de la Justicia y la Verdad. No deja de ser interesante fijar nuestra atención en que aquí nos estamos refiriendo a una serie de aspectos relacionados con lo físico: la acción de pesar, una pluma y un corazón, asunto que nos lleva a tomar en consideración que la vida de ultratumba no es un asunto metafísico, sino que en él, el cuerpo también está presente, de ahí ese interés religioso por la técnica del embalsamamiento y por las ofrendas de riquezas y alimentos que acompañaban al cadáver en su postrera residencia (que no lo es tanto, sino más el umbral hacia otra existencia transcendente).

En la acción del pesaje podían darse dos resultados; si la balanza se mantenía en equilibro, se hacía evidente que el que allí presentaba su corazón había llevado una vida ejemplar y era conducido al Campo de los Juncos; otra representación de lo importante que era el Nilo y su ecosistema para la civilización egipcia; hermosa metáfora, por otra parte, de la inmortalidad que se asienta en la escritura, cuyo soporte material para la cultura egipcia era el trenzado de papiro (una variedad de junco). Sin embargo, si el corazón pesaba más que la pluma (contemplemos esta acción como una aporía, una paradoja de lo metafísico), entonces el fallecido era engullido por las bestia Ammyt. No hay una tercera opción, que el corazón pesase menos que la pluma, pues, al fin y al cabo, Maat, y la pluma, simbolizan la perfección moral, ética y de sabiduría, nivel que un ser humano puede alcanzar, el equilibrio de la balanza, pero no superar, pues se trata de un ideal.

Ammyt (Ammut o Ahemait) es la divinidad egipcia cuyo nombre significa Devoradora de Almas. Su cuerpo está formado por una parte de león, el pecho; otra de hipopótamo y la cabeza de cocodrilo. En las iluminaciones del juicio de Osiris, Ammyt está representada a los pies de la balanza. Cuando el juzgado resultaba condenado, Ammyt lo devoraba y así perdía su condición inmortal y su muerte era definitiva incluso para su alma.

El Libro de los Muertos egipcio

El formato material que soporta el Libro de los Muertos es el papiro, con ilustraciones más allá de la propia escritura jeroglífica. Respecto a estas últimas se hace necesario recordar la importancia que tiene la imagen en el adoctrinamiento religioso en una sociedad con un elevado índice de analfabetismo. Fragmentos del Libro de los Muertos, cuando no la obra completa, se copiaban o grababan en las paredes de un enterramiento, o eran trazados en los sarcófagos donde era depositada la momia.

Ya que estamos tratando del Libro de los Muertos, no estará de más que conozcamos algunos detalles, aunque mínimos, acerca del proceso de momificación. Se desarrollaba durante unos setenta días; implicaba un tratamiento en las vísceras, una envoltura del cuerpo en vendajes y el tratamiento mediante natrón, que recibía el nombre de sal divina (carbonato de sodio, en forma de sal blanca, traslúcida y cristalizable), betún, cera de abejas para sellar las aberturas del cuerpo, resinas y aromas en una base oleosa. Durante el Imperio medio (c. 2050-1750 a.C.), los órganos se dejaban dentro del cuerpo; en el Imperio nuevo (c. 1550-1070 a.C.), el cerebro se extraía por la nariz, el estómago, pulmones, hígado, riñones, intestinos y resto de órganos de la cavidad torácica eran guardados en los vasos canopes; sin embargo, el corazón se dejaba dentro, señal indiscutible de la importancia que la cultura egipcia daba a este.

(Primer texto del Libro de los Muertos, en traducción de Federico Lara Peinado)

“Este libro muestra el secreto de la Duat y el misterio religioso del Más Allá. Permite atravesar las montañas y abrir senda por los valles. Es un misterio que no debe, absolutamente, ser conocido.

[…] Este Libro es una cosa verdaderamente muy secreta; no debes permitir que las gentes de condición inferior lo conozcan en cualquier lugar donde estés y no permitas que lo conozcan los habladores ni ninguna otra persona, excepto tú y tu verdadero amigo íntimo”.

En este fragmento del Libro de los Muertos se presenta esta obra, cuyo cometido es mostrar el secreto de los dominios de la Muerte (el territorio ultraterreno llamado Duat) y el misterio que supone ese Más Allá; con una finalidad, que el alma del muerto pueda atravesar el pasaje descrito mediante elementos de un paisaje terrestre transformados en metáfora: sendas de valles y montañas, accidentes abruptos, lugares calmados, que bien podrían entenderse como una alegoría de la vida misma.

En un primer momento, se articula una admonición clara; y la palabra pronunciada cobra pleno sentido en este texto escrito con una evidente voluntad de oralidad. Todo aquello que aquí se diga es un misterio y como tal debe mantenerse oculto. Un misterio es un aspecto arcano de un sistema religioso que se transmite mediante un proceso iniciático en el que se informa y se da a conocer el secreto y sus claves. Más allá del sentido religioso o trascendental que pueda tener la palabra misterio, es necesario fijar la atención en el hecho de que el secreto, base de lo mistérico, es una forma de mantener el poder. ¿Quiénes son aquellos que disponen de tal poder? Puesto que nos encontramos ante un canal de comunicación escrita, el código empleado está en posesión exclusivamente de los escribas y, de un modo especial, de la casta privilegiada de los sacerdotes. Esta admonición está dejando muy claro que estos conocimientos no deben llegar a las gentes de condición inferior. Este es un rasgo característico de un sistema social organizado desde una jerarquía piramidal que ejerce un férreo control sobre las bases no privilegiadas en cuyo poder se encuentra, desde un punto de vista simbólico, incluso, la posibilidad de negar la posesión de un alma en aquellos que no están adscritos al grupo que se considera a sí mismo como superior. Tampoco debe ser transmitido a aquellos que no sean capaces de controlar su lengua; de hecho, hay que recordar que el silencio, en muchas culturas, es uno de los votos más importantes entre la casta sacerdotal y en las escuelas de misterios. Respecto a esta cuestión, el fragmento contiene una posible salvedad que no deja de ser sugerente: la verdad debe llegar sólo al que lea el texto (y que, por lo tanto, está capacitado y autorizado) y, como mucho, a su amigo íntimo. ¿Quién es este? No cabe considerarlo como un compañero, un hermano del grupo iniciado en los misterios, pues, al fin y al cabo, comparte unos mismos conocimientos. En este sentido es posible una interpretación, que, en realidad, supone mantener el secreto, pues se refiere al amigo más íntimo, tanto que es uno mismo; el diálogo desde lo más profundo que no exige ni la ruptura del silencio ni la pronunciación de lo arcano en un diálogo que puede escuchar el viento; ese es la propia alma que, en el sistema antroposófico egipcio, tiene su propia esencia inmortal (siempre y cuando no sea devorado por Ammyt).

(Segundo texto del Libro de los Muertos, en traducción de Federico Lara Peinado)

“-¡Dime mi nombre! -demanda la barca.
-<La pierna de Isis, la esposa de Osiris, que Re, el Dios Sol, cortó con un cuchillo para que le trajese la barca de la noche> es tu nombre.
-¡Dime mi nombre!- demanda el barquero.
-<El que reposa> es tu nombre.
[…]
-¡Dime mi nombre! -demanda el río-, si quieres navegar sobre mí.
-<Los que contemplan> es tu nombre.
[…]
-¡Salve, oh, vosotros, cuya naturaleza es perfecta, Señores de las cosas que vivís y sois eternos para siempre!”

Este texto es un sortilegio, una fórmula mágica que hay que utilizar para conseguir una barca que ayude a cruzar la frontera acuática más allá de la cual se encuentra el territorio de la inmortalidad. Este símbolo, de una evidente carga religiosa y posteriormente literaria, se encuentra presente en otras culturas; recordemos al respecto el río Leteo y al barquero Caronte.

En este fragmento se hace evidente la importancia de la oralidad, expresada en forma de diálogo caracterizado por la recurrencia. Este ritmo es uno de los rasgos de la fórmula mágica y de un sistema tradicional de enseñanza en el que la repetición de la palabra es un recurso didáctico fundamental.

El alma del muerto, después de haber pasado la prueba de la balanza, llega ante una barca, totalmente necesaria para cruzar una frontera acuática que marca el límite del mundo de los muertos. A partir de aquí, el alma del fallecido, su cuerpo doble, ha de mostrar una serie de conocimientos marcados en el mapa de ultratumba que es el Libro de los Muertos. Así se le plantean una serie de preguntas supuestamente sencillas acerca de la esencia del nombre de la barca, el barquero y el río. Estas interpelaciones misteriosas de las que depende la salvación ontológica también se encuentran en un mito clásico griego como es el de Edipo enfrentado a la Esfinge. El alma tiene que demostrar que conoce la respuesta a las cuestiones misteriosas para así alcanzar su objetivo, que es la salvación y la inmortalidad. Las respuestas, en apariencia sin sentido, van más allá de la lógica; corresponden, mejor, a lo paradójico, puesto que nos encontramos en la inefabilidad del territorio místico, en su sentido mistérico, de la transcendencia de ultratumba.

Osiris

¿Por qué la barca, el barquero y el río preguntan sus respectivos nombres? Básicamente porque el nombre es la esencia de la cosa, transmitida desde el secreto de un sistema alegórico conocido sólo por el iniciado en los misterios que transmite el Libro de los Muertos. Así, el alma responde con una serie de afirmaciones que, en realidad, muestran la posesión del conocimiento secreto.

La última intervención, por otra parte, ambiguamente atribuida -aunque se supone pronunciada por el alma- hace referencia a unos seres de naturaleza perfecta que viven eternamente. Tales palabras bien podrían ser interpretadas como un conjuro final que acaba concediendo el paso hacia la salvación.

¿Realmente nos encontramos ante textos literarios? En su origen, desde luego, no; pues trata de un asunto tan transcendental como es la vida eterna; la pervivencia del alma. En este sentido no hemos de olvidar que entre la materia que pertenece a los estudios literarios caben los textos religiosos como acercamiento, más allá de las creencias, a un mundo maravilloso y ficticio expresado mediante los recursos de la lírica y la épica.

Osiris

Para comprender la historia del dios Osiris hay que partir de la confluencia de este con otras divinidades. Plutarco (c. 46-120 d.C.) en sus Obras morales y de costumbres, en el tratado “Sobre Isis y Osiris” trata su genealogía. Según la cosmogonía egipcia, en el origen está Atum, el Dios Creador, origen de Shu (el Aliento Vital) que separa a Nut (la Diosa del Cielo) y Geb (el Dios de la Tierra). Ambos son hermanos y mantienen una relación que genera a Osiris (masculino), Seth (masculino) e Isis (principio femenino). Además, de Geb y Nut y de Shu también proceden Tot, relacionado con la luna, Dios de la sabiduría, la magia y la escritura; Ra, Dios del Sol, y su esposa Ma’at (la Verdad, la Justicia y el Equilibrio).

Osiris, en la mitología egipcia, es uno de los dioses centrales; es el responsable del desarrollo de la agricultura y de la religión. Como rey fue quien dirigió la civilización de Egipto en sus inicios. 

Seth, por envidia, asesina a su hermano Osiris y arroja su cadáver, metido en un sarcófago, al Nilo. Isis, que además de hermana es esposa de Osiris, recupera el sarcófago. Seth descuartiza el cadáver en catorce pedazos y los esparce por el país. Isis los recupera y los une y, después, de su esposo concibe a Horus, el cual vengaría la muerte de su padre.

En este mito de Osiris nos encontramos con cuatro dioses fundamentales del panteón egipcio: Osiris, Seth, Isis y Horus. Tres de ellos son hermanos; esta relación también está presente en los dioses de la mitología griega. De igual manera, esta animadversión entre hermanos que acaba en el fratricidio también la encontramos en otras narraciones como la veterotestamentaria de Caín y Abel; o la romana de Rómulo y Remo. La presencia de un hijo póstumo que vengará a su padre llega a convertirse en un motivo folclórico que, en caso de la literatura española tradicional medieval y romanceril, se encuentra reflejado en la historia de Mudarra, medio hermano de los Siete Infantes de Lara.

El descuartizamiento de Osiris, como divinidad del hecho religioso, es la dispersión de la Verdad Absoluta, del Uno de la Creación; para llegar a esa verdad primigenia se hace necesaria la indagación en las fuentes del saber, desperdigado como los trozos de su cuerpo. Según algunas versiones del mito del asesinato de Osiris, Isis, en el proceso de reunir las partes desmembradas fue ayudada por la magia de su hermana Neftis, divinidad del Hogar y, en ocasiones, representada como esposa de Seth y madre de Anubis, guardián de las tumbas, relacionado con la vida de ultratumba y patrón de los embalsamadores.

La presencia del Nilo está relacionada con el hecho de que Osiris, como divinidad de la agricultura, representa la capacidad del río Nilo para dar la vida, cuando se desborda en su crecida anual; así, el cuerpo del Dios entra a formar parte de la tierra, es el limo fértil. Por lo que respecta al sarcófago en el que Seth deposita el cadáver de su hermano Osiris, es la nave que conduce a la inmortalidad del más allá, vencedora de la muerte como proceso iniciático; así está representada en la mitología bíblica con la figura de Moisés, cuya relación con lo egipcio es evidente, y llegará hasta los libros de caballerías en el Doncel del Mar que acabará siendo Amadís de Gaula. El recuerdo de aquel suceso mítico, el sarcófago, que custodia los restos momificados, y la barca que habrá de ser utilizada por el alma según el itinerario marcado en el Libro de los Muertos.

Desde un punto de vista simbólico, es interesante tomar en consideración cuestiones como las que siguen. Seth es el Dios del Desierto, de la potencia de la tierra, entendida como una fuerza ctónica, opuesta a la fertilidad del agua, representada en el Nilo, que también es Osiris, en su feracidad y victoria ante la esterilidad de las arenas. Isis, que es una divinidad de lo celestial, dispone de otra fuerza de fecundidad que es la de la maternidad, como madre del propio Osiris en su renacimiento, y de Horus, representado como un halcón, solar y celestial a la vez, Dios de los guerreros por su ímpetu vengador.

Durante el primer milenio antes de nuestra era, Osiris llegó a ser considerado como un dios funerario y juez de las almas; aunque en un principio -y aquí están los motivos de la envidia de Seth-, estuvo asociado a las crecidas del Nilo y, como tal, para el pueblo se trata de un dios beneficioso, origen de la fertilidad de las riberas del Nilo.

Texto de Mircea Eliade acerca del Libro de los Muertos egipcio 

(Historia de las creencias y las ideas religiosas I. De la Edad de Piedra a los misterios de Eleusis. Paidós. Barcelona. 1999; p 155).

Uno de los capítulos más importantes del Libro de los Muertos, el 125, está consagrado al juicio del alma en la gran sala llamada de las <Dos Ma’at>.

El corazón del muerto es colocado en uno de los platillos de la balanza; en el otro hay una pluma o un ojo, símbolo de la Ma’at. Durante la operación, el muerto recita una plegaria, suplicando a su corazón que no testifique en su contra. Luego debe pronunciar una declaración de inocencia, impropiamente llamada <confesión negativa>.

NO HE COMETIDO INIQUIDAD CONTRA LOS HOMBRES…
NO HE BLASFEMADO CONTRA DIOS.
NO HE EXPOLIADO A UN POBRE…
NO HE MATADO…
NO HE CAUSADO DOLOR A NADIE.
NO HE DISMINUIDO LAS RENTAS DE ALIMENTOS DE LOS TEMPLOS…
SOY PURO. SOY PURO. SOY PURO. SOY PURO.
El muerto se dirige a los cuarenta y dos dioses que forman el tribunal
SALUD A VOSOTROS, DIOSES PRESENTES.
OS CONOZCO Y CONOZCO VUESTROS NOMBRES.
NO CAERÉ BAJO VUESTROS GOLPES.
NO DIRÉIS QUE SOY UN MALVADO A ESTE DIOS CUYO CORTEJO FORMÁIS…
VOSOTROS DIRÉIS QUE MA’AT ESTÁ CONMIGO,
EN PRESENCIA DEL SEÑOR UNIVERSAL,
PORQUE YO HE PRACTICADO MA’AT EN EGIPTO.
Y luego, pronuncia su propio elogio.
HE AGRADADO AL DIOS CON TODO LO QUE ÉL AMA.
HE DADO PAN AL HAMBRIENTO, AGUA AL SEDIENTO, VESTIDO AL DESNUDO, UNA BARCA AL QUE CARECÍA DE ELLA…
SALVADME, PUES, Y PROTEGEDME.
NO DEIS NINGÚN INFORME CONTRARIO A MÍ EN PRESENCIA DEL GRAN DIOS.
Finalmente se vuelve hacia Osiris
OH, DIOS QUE SE MANTIENE ELEVADO SOBRE SU SOPORTE… PROTÉGEME CONTRA ESTOS MENSAJEROS QUE SIEMBRAN EL DESCONTENTO Y SUSCITAN LOS ENOJOS…
PORQUE HE PRACTICADO MA’AT, POR RESPETO AL SEÑOR DE MA’AT.
¡SOY PURO!

El muerto es sometido luego a un interrogatorio de carácter iniciático. Ha de acreditar que conoce los nombres secretos de las distintas partes de la puerta y el umbral, del portero de la sala y de los dioses.

Representación de un faraón del Antiguo Egipto

Esta plegaria hace referencia a la moral general y también muestra el interés en dejar bien claro que se han respetado las obligaciones para con la jerarquía sacerdotal, que no podría sobrevivir sin el respeto, o el miedo, de los fieles, tanto en la cultura egipcia como en cualquier otra teocracia.

En estas palabras se considera el corazón como la representación, la esencia, del ser; por lo tanto, prima el sentimiento y no tanto el pensamiento que, además, ha perdido su asidero, que es el cerebro, extraído durante el proceso de embalsamamiento. Así pues, dado que el corazón es el único órgano interno que permanece en el cuerpo fallecido y juzgado, su verbalización es desde la verdad que habla desde el pecho, no desde la mirada racional de la existencia.

Como ocurre en muchos textos rituales, la repetición es una confirmación que pretende acompañar, o dar visos, a la verdad (recordemos la oración cristiana del Señor mío, Jesucristo, como manifestación verbal de la contrición en la liturgia). De ahí ese “Soy puro. Soy puro. Soy puro. Soy puro”.

Cuando, posteriormente, el muerto se dirige a los cuarenta y dos dioses que forman el tribunal, en sus palabras, adquiere cierta importancia, el conocimiento, la memorización, intelectual, pues es necesario citar los nombres divinos; aunque el yo no es el pensamiento de su cerebro (donde radica la capacidad de la memoria), sino el corazón, órgano de la sinceridad pura.

Así pues, el muerto tiene que demostrar, desde la moral y el intelecto, por un alma individual simbolizada en el corazón, que tanto ética como moralmente ha tenido un comportamiento respetuoso y que, por otra parte, conoce el mundo de los dioses, para cuyo fin, el Libro de los Muertos cobra una significación especial.

Después de una confesión desde el respeto a las interdicciones, el muerto pronuncia palabras de elogio, un panegírico, en defensa de sí mismo.

Osiris va a individualizarse entre los demás dioses, por eso, el fallecido se vuelve hacia él. Osiris está separado de los otros en una ubicación que muestra, a las claras, su supremacía. Desde estas jerarquías piramidales va a realizarse, con el paso de los siglos, la visión del mundo de lo absoluto en el monoteísmo.

Es posible que uno de los detalles que hacen especialmente hermoso este fragmento, acercándolo a la expresión lírica, más allá de lo ritual, es ese voluntarismo en la ratificación de un yo que individualiza al ser en el territorio trascendental del ultramundo, frente a otras visiones religiosas que disuelven toda personalidad espiritual en un magma de lo absoluto.

Ma’at

El muerto, después de su autodefensa, va a ser sometido a un interrogatorio iniciático, para el cual la formación contenida en el Libro de los Muertos es una fuente de conocimiento básico, pues las respuestas no pueden basarse ni en la experiencia personal, ni en las sugerencias del corazón y las creencias, sino en el aprendizaje de un código complejo que asienta sus bases en un simbolismo secreto, mediante el cual se tiene que acreditar que son conocidos los nombres secretos de distintos elementos presentes en el paisaje de ultratumba como la puerta, el umbral, el portero de la sala y los dioses, tal y como se ha leído en un texto anterior; por lo tanto, la fe no es suficiente.

La Ma’at es el fundamento del cosmos y de la vida que puede llegar a ser conocida por cada individuo; también es el principio de la Justicia y de la Verdad; un reflejo de lo Absoluto. El concepto de Ma’at (o Maat) en la cultura religiosa egipcia equivale al fundamento del cosmos y de la vida, la energía que representa la materialización de lo Absoluto. Como tal, como símbolo, implica la realización de lo transcendente en la vida y del principio de justicia, verdad y belleza, entendida como armonía cósmica. Maat podía ser presentada como una diosa hija de Ra, el dios solar, equivalente, por lo tanto, al principio de areté, o virtud como justicia, del mundo helénico. Maat es representada como una divinidad antropomorfa femenina, de pie o sentada; sobre su cabeza, sujeta vertical por una cinta, una pluma de avestruz, porta en sus manos el cetro uas (was), una vara recta en cuyo extremo figura la cabeza de un animal fabuloso, y el anj o llave de la vida, una cruz ansada o egipcia.

La supervivencia como BA y la supervivencia en la tumba son complementarias, texto de Alan Gardiner (1935) 

(En Historia de las creencias y de las ideas religiosas IV. Las religiones en sus textos. Mircea Eliade. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1980)

“Tú entrarás y saldrás, mientras se alegrará tu corazón, con el favor del Señor de los Dioses, y en virtud de tu funeral propicio después de una venerable ancianidad, una vez llegado el momento, tomando tu lugar en el ataúd y reposando en tierra sobre la meseta de Occidente. Tú te volverás Ba viviente, que en verdad tendrá fuerza para obtener pan y agua y aire, y tomarás la forma de una garza o una golondrina, de un halcón o un avetoro, siempre que lo desees.

Cruzarás en la barca y no retornarás, navegarás sobre las aguas de la inundación, y tu vida se mantendrá joven. Tu Ba no se apartará de tu cuerpo y tu Ba llegará a ser divino junto con los muertos bienaventurados. Los Bas perfectos te hablarán, y tú serás su igual entre ellos al recibir lo que se ofrece en la tierra. Tendrás poder sobre el agua, respirarás el aire, y te hartarás con los deseos de tu corazón. Se te darán tus ojos para ver, y tus oídos para oír, tu boca hablará y tus pies caminarán. Se te moverán los brazos y tus hombros, tu carne estará firme, tus músculos estarán ágiles y tú exultarás en todos tus miembros. Examinarás tu cuerpo y lo hallarás completo y sano, y ninguna enfermedad se te apegará. Tu verdadero corazón estará contigo, sí, tendrás tu primer corazón. Subirás al cielo y penetrarás en el mundo inferior bajo todas las formas que quieras”.

Fresco del Antiguo Egipto

El Ba es el ser humano entendido como vivo y animado después de su muerto, una imagen del alma individualizada. ¿Cuáles son las capacidades del Ba? Entre ellas podemos ver reflejadas las características del alma individual humana, tal y como se refleja en la cultura religiosa egipcia. Ante todo hay que tomar en consideración que mantiene su individualidad. Puede moverse a voluntad, subir al cielo, permanecer en la tierra y penetrar en el mundo inferior, es decir, por los tres territorios de la realidad y del más allá. Se alimenta y respira. Puede presentar la forma de un ave. Manifiesta un poder especial sobre las aguas y, sobre todo, mantiene sus capacidades sensoriales.

Cuando consigue salvarse en el juicio presidido por Osiris, el señor de los dioses, su estado es de máxima alegría, pues recibe el favor de lo divino. De hecho, entra a formar parte del grupo de los bienaventurados, como un igual. Mantiene la forma perfecta de la eterna juventud, que es la que corresponde al alma en su plenitud de luz; en forma de carne firme, músculos ágiles y cuerpo completo y sano. De ahí, ese interés de la cultura egipcia por mantener el cuerpo físico momificado, como una garantía de lo carnalidad inmortal. 

Es interesante fijar nuestra atención en que para el Ba es posible cumplir los deseos del corazón; este órgano que se mantenía en el interior del cuerpo momificado, puede identificarse con la consciencia, la voluntad y el pensamiento que, para otras culturas, se radica en el cerebro. Tanto era así que la parte humana y física de la persona pesada en el juicio de la balanza era, precisamente, el corazón.

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Un episodio del Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, después del Pentateuco (formado por los cinco libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se sitúan los libros históricos cuyo argumento narrativo comienza con la conquista de la Tierra Prometida, entre estos hay que destacar Josué, Jueces, Reyes y Samuel. Tratan de la historia del pueblo judío interpretada desde un devenir teológico, con una injerencia continua de la divinidad en los asuntos de los hombres. En el Antiguo Testamento, los libros de Samuel son dos; en hebreo reciben el nombre de Sefer Shmuel. Según la tradición judía, de ahí su título, su autor es Samuel, con adiciones de otros dos profetas de tiempos del reinado de David: Gad y Natán.

Los Libros de Samuel comienzan con el nacimiento de este profeta; cuya misión es servir como intermediario entre Dios y la humanidad. Sigue con la llamada que le dirigió Dios cuando era un niño. En estos libros se narra el periodo en que los israelitas fueron derrotados por los filisteos, quienes se apropiaron del Arca de la Alianza, para que quedase evidente su victoria y el sometimiento de los vencidos. Será el profeta Samuel quien unge como primer rey de Israel a Saúl, aunque este resultó indigno y Dios escogió más tarde a David. Este soberano, elegido por la Providencia divina, conseguirá derrotar a los filisteos, empezando por su campeón Goliat.

Tapiz Flamenco. David y Betsabé

El objetivo fundamental de los libros del Antiguo Testamento, interpretados como una mitología y vistos desde la cultura hebrea, es demostrar que el destino del pueblo judío está sometido a Yahvé, y al respeto de sus leyes. Desde un punto de vista del cristianismo, esta interpretación cambia, para ser una muestra de la presencia de Dios en una historia cuya culminación es la llegada del Mesías, Jesús, sus enseñanzas, pasión, muerte y resurrección como hechos desde los que se desarrollará, desde el relato que es el Nuevo Testamento. La Biblia veterotestamentaria muestra diversas modalidades literarias con un claro predominio de lo narrativo, a este género corresponde el episodio de “David y Betsabé”, aunque la lírica (Salmos y Cantar de los cantares) también tiene una brillante representación en la tradición judía. 

El Baño. Hayez 1834

Texto:

Al año siguiente, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab, a sus oficiales y a todo Israel, los cuales asolaron el país de los amonitas y sitiaron Rabá. David se quedó en Jerusalén.

Una tarde, paseando después de la siesta por la terraza del palacio, vio a una mujer bañándose. Era muy bella. David mandó que se informasen acerca de ella y le dijeron:

-Es Betsabé, hija de Alián, mujer de Urías el Hitita.

Entonces, David ordenó que se la trajeran y yació con ella. Después, Betsabé volvió a su casa. La mujer concibió y mandó decir a David:

-Estoy embarazada.

Entonces, David envió este mensaje a Joab:

-Mándame a Urías el Hitita.

Joab se lo envió. Cuando llegó Urías, David le pidió noticias sobre Joab, el ejército y la marcha de la guerra. Después le dijo:

-Baja a tu casa y lávate los pies.

Cuando Urías salió de palacio, se le envió un obsequio de la mesa real para él. Pero Urías durmió a la puerta del palacio con los guardias de su señor y no fue a su casa.

Comunicaron a David que Urías no había ido a su casa. Entonces David dijo a Urías:

-¿Acaso no vienes de viaje? ¿Por qué no has ido a tu casa?

Urías le respondió:

-El Arca, Israel y Judá viven en tiendas, y mi señor Joab y los oficiales de mi señor acampan al aire libre, ¿cómo iba yo a entrar en mi casa para comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por el Señor y por tu vida que nunca haré tal cosa!

[…]

A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio del propio Urías. Decía en ella: <Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro y dejadlo solo para que lo hieran y muera>.

David. Miguel Ángel

El rey David fue el sucesor en el trono hebreo de Saúl. Su vida puede situarse en torno al 1040-966 a.C. En su niñez, como hijo menor de ocho, fue dedicado, en un primer momento al pastoreo. Sus tres hermanos mayores militaban en el ejército de Saúl, que entonces se encontraba en guerra contra los filisteos. Además de pastor, David era un excelente arpista y esto le acercó a la corte. En su juventud, durante una visita al campamento en el que se encontraban sus hermanos, supo que entre los filisteos había uno, Goliat, especialmente peligroso para los judíos, por su tamaño y fuerza descomunal. David se enfrentó a él, armado sólo con su honda y lo derrotó. Dios había decidido que David fuese el sucesor de Saúl.

Sus acciones victoriosas como monarca le llevaron a conquistar algunos de los centros más importantes del reino hebrero: Jerusalén, Petra, Damasco, Samaria. Tradicionalmente es representado como un rey justo, valiente, guerrero, músico y poeta.

El texto que estamos analizando pertenece a un libro sagrado para algunas tradiciones religiosas, las creencias siguen una trayectoria interpretativa diferente a lo literario; así, aunque, esta afirmación no debería ser necesaria, el análisis desde un punto de vista de género literario es tan legítimo como pudiera serlo la hermenéutica teológica. Por lo tanto, ya que nos encontramos ante un fragmento narrativo, recordemos que los elementos que lo definen son la presencia de un narrador que cuenta una historia sucedida a unos personajes en un tiempo y un espacio. Narrador, historia, personajes, tiempo y espacio son los que nos dan la clave del comentario para su realización. 

El resumen, o la historia, de lo que sucede en este fragmento. El rey David, mientras pasea por la terraza de su palacio, ve a una mujer, Betsabé, que se está bañando; siente deseo de poseerla y aprovechándose de su condición, como soberano, yace con ella. Betsabé queda embarazada. David, dado que ella está casada con Urías, va a intentar, como primer recurso, engañar al marido; cuando este falla, ordenará que Urías sea puesto en el lugar más peligroso del campo de batalla.

Urías ante el rey David.

Como corresponde a un relato de carácter tradicional, el narrador es omnisciente, asimilable al propio profeta, Samuel, conocedor de todos los detalles de lo sucedido, incluso de lo más privado de los personajes, como corresponde a un iluminado por la Divinidad.

Por lo respecta a los personajes, tres son los que adquieren un protagonismo especial: David, Betsabé, desde la pasividad y en su condición de víctima de los deseos del rey, y Urías, cuya dignidad moral se manifiesta, a toda luces, superior a la del monarca de Israel. 

Urías, cuyo nombre en hebreo significa ‘Mi luz es Dios’, era uno de los guerreros destacados del ejército de David. Su origen étnico procedía de los hititas, antiguos habitantes de las tierras de Canaán; llegaron a ser tan poderosos que se enfrentaron al Imperio egipcio por el este y llegaron a ponerlo en jaque. Canaán formaba parte de las tierras que Yahvé había prometido a los israelitas. En los libros de Josué y Jueces se relata que Yahvé ordenó a sus fieles que masacrasen a los hititas, aunque algunos de ellos se salvaron convirtiéndose al judaísmo. Urías, por instigación del rey David, acabará muriendo en el campo de batalla; es un ejemplo del guerrero comprometido desde la valentía con su código de honor. De entre los personajes, el único presentado desde los rasgos que corresponden a un héroe épico es Urías, en su condición de guerrero que va a morir a causa de la traición de su señor, en el campo de batalla, tal y como corresponde a su digna naturaleza, respetuosa con el código de su clase desde la humildad y la aceptación de sus deberes.

Más allá de estos tres personajes también se menciona a Joab y a aquellos que informan a David, miembros de su corte. Es indudable que entre los tres protagonistas, el peor librado, desde una interpretación moral de la historia es el rey David. No tenemos que olvidar que el Libro de Samuel pertenece a una colección de textos sagrados (el Antiguo Testamento) cuya finalidad es marcar, dirigir y legislar acerca tanto de la ética y lo moral como desde la transcendencia. Desde este punto de vista, nos encontramos con una transgresión que afecta a los interdictos de la Ley Mosaica referidos a la vida matrimonial. La falta habrá de suponer un castigo que se pone de manifiesto en las desgracias que padecerá el linaje de David, hasta que la culpa sea satisfecha, como corresponde a un código de faltas y castigos.

David Eugène Siberdt. El profeta Natán amonesta al rey David.

El retrato que en este episodio se presenta del rey David está cargado de aspectos negativos; primero, como lujurioso, en segundo lugar como violador que se aprovecha de su situación jerárquica y ladino o artero en un sentido antonímico a noble o leal, de ahí el engaño que trama para cubrir su falta, no sólo hacia la ley de los hombres, sino también hacia su responsabilidad ante Dios; marrullerías que le llevan, primero, a intentar ocultar que el hijo que espera Betsabé no es de su marido Urías; después cometiendo un asesinato indirecto al ordenar que Urías sea destacado en una posición de máximo peligro en la batalla. 

Desde un punto de vista del relato sagrado, el motivo de esta caracterización nefanda de David es la preparación de un arrepentimiento que no ha de salvarle del castigo divino.

El relato se desarrolla, desde un punto de vista mítico, en la contemporaneidad de su redacción. Samuel es un profeta de tiempos de David. Es interesante destacar que el comienzo del fragmento nos sitúa en una organización similar a la de una crónica regia: “al año siguiente”, en la época en la que los monarcas solían ir a la guerra. En esta afirmación nos encontramos con otros motivos que pueda llevarnos a denigrar a David; ¿por qué, como soberano que es, no se encuentra en la batalla? Él, precisamente, que fue uno de los campeones de Israel cuando derrotó al filisteo Goliat. Se inscribe de este modo la historia en un tiempo de decadencia de la jerarquía judía, cosa que ya se refleja en muchas circunstancias anteriores en la historia del pueblo autoelegido de Dios. 

Por lo que respecta al espacio, el paisaje de la historia de David y Betsabé es el palacio real, la capital de un país en guerra. Aunque no aparece descrito en detalle, la imaginación rellena estos vacíos arquitectónicos que se desarrollan en el lector desde la configuración del lugar como un topos, desde unos arquetipos que permiten desarrollar una imaginería fastuosa en las iluminaciones medievales, especialmente del siglo XV, o en el exotismo del siglo XIX.

La confluencia de espacio y tiempo, en la terminología de Bajtin, cronotopo, nos sitúa en un primer momento en un locus amoenus: terraza del palacio, al comienzo de la tarde y una posible fuente, el baño de Betsabé tal y como es reflejado en las fuentes iconográficas. El calor de la tarde, después de la siesta, y la frescura de la fuente, con el vislumbre de un cuerpo desnudo. Todo conduce hacia el deseo. El otro espacio, es la casa de Urías, lugar que en su bellaquería, David no va a conseguir violar con sus engaños, a diferencia de lo que ocurre con el espacio interior de la esposa, deshonrada por el monarca. 

Rey David tocando el harpa 1622. Gerard Van Honthorst

David acabó arrepintiéndose del pecado cometido. En un primer momento, el profeta Natán le anuncia que el hijo engendrado en la adúltera relación con Betsabé morirá a los siete días. Posteriormente, David y Betsabé tuvieron más descendencia, entre ella, Salomón, que sucedería en el trono de Israel a su padre. Sin embargo, Natán también dice que la espada, la desgracia o la violencia, nunca se apartarán de esta dinastía, como confirmaron los hechos futuros, como la muerte de Absalón. Desde el arrepentimiento, y su penitencia, David escribirá el salmo 51 que es conocido por su inicio en latín, como Miserere mei, el salmo penitencial más reconocido de la tradición cristiana.

Salmo. Miserere mei

Después del pecado cometido con Betsabé y con Urías, el profeta Natán se presentó ante David y el soberano se arrepintió y compuso este salmo penitencial, cuyo versículo tercero se entona en las ceremonias de las congregaciones religiosas antes de la misa, con las palabras Miserere mei.

Apiádate de mí, ¡oh Dios!. Según Tu benevolencia.
Por Tu gran misericordia, borra mi iniquidad.
Lávame por entero de mi perversidad,
purifícame de mi pecado.
Reconozco mi transgresión y mi vileza
permanece ante mí.
Contra Ti, sólo contra Ti, he pecado.
Me he hecho malo a tus ojos.
Te reconozco justo en Tu sentencia
e irreprochable en tu juicio.
En pecado me concibió mi madre,
y en la maldad fui formado.
Por Tu amor a la verdad que yace en lo íntimo,
¡instrúyeme en el secreto de la sabiduría!
¡Rocíame con el hisopo, para que alcance la pureza!
¡Lávame y llegaré a estar más blanco que la nieve!
Permíteme escuchar el gozo y la alegría
y así saltarán de felicidad los huesos que trituraste.
Aparta tu mirada de mis pecados, borra mis faltas.
Dame, ¡oh, Dios!, un corazón puro,
renueva en mí la rectitud del espíritu.
No me apartes de tu presencia
y no alejes de mí tu santo espíritu.
No me apartes de tu presencia,
no alejes de mí Tu Santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de Tu salvación,
que yo sea sostenido por la generosidad de Tu espíritu.
Yo mostraré a los que transgreden la Ley Tu camino
y los pecadores volverán a Ti.
Libérame de la sangre, Elohim, Dios, mi Salvador,
y mi lengua entonará cantos por Tu justicia.
Abre, Señor, mi boca y mis labios cantarán tus alabanzas.
No es un sacrificio lo que Tú quieres,
no aceptarías el holocausto que yo te diera.
¡Oh, Dios! Mi sacrificio es mi espíritu contrito.
Mi corazón arrepentido, humillado ante ti.
¡Oh, Dios!, no lo desprecies.

Iconográficamente, el baño de Betsabé mientras David la contempla arrobado en su lujuria, va a encontrar abundantes representaciones a lo largo de la historia; desde los libros de horas del siglo XV, hasta la pintura academicista y orientalista de Léon Gérôme (1824-1904).

Bethsabée *oil on canvas *60.5 x 100 cm *signed b.l.: J.L.GEROME *1889

El mito hebreo del baño de Betsabé, cuyo cuerpo mueve a pasión al rey David encontró su reflejo en una de las tradiciones medievales de la literatura española, tanto en las crónicas (Primera crónica general de Alfonso X el Sabio, a finales del siglo XIII), el romancero y la narrativa (Crónica sarracina de Pedro del Corral, hacia 1430). Se trata de una de las causas que, según la leyenda, condujeron a la pérdida de la España cristiana, al final de la dinastía de los visigodos.

Jean Bourdichon. Baño de Betsabé. Libro de horas de Luis XII

Romance de Florinda la Cava

De una torre de palacio se salió por un postigo la Cava
con sus doncellas con gran fiesta y regocijo.
Metiéronse en un jardín cerca de un espeso ombrío
de jazmines y arrayanes, de pámpanos y racimos.
Junto a una fuente que vierte por seis caños de oro fino
cristal y perlas sonoras entre espadañas y lirios,
reposaron las doncellas buscando solaz y alivio
al fuego de mocedad y a los ardores de estío.
Daban al agua sus brazos, y tentada de su frío,
fue la Cava la primera que desnudó sus vestidos.
En la sombreada alberca su cuerpo brilla tan lindo
que al de todas las demás como sol ha escurecido.
Pensó la Cava estar sola, pero la ventura quiso
que entre unas espesas yedras la miraba el rey Rodrigo.
Puso la ocasión el fuego en el corazón altivo,
y amor, batiendo sus alas, abrasóle de improviso.
De la pérdida de España fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura y un hombre de amor rendido.
Florinda perdió su flor, el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza, él que gusto consentido.
Si dicen quién de los dos la mayor culpa ha tenido,
digan los hombres: la Cava y las mujeres: Rodrigo.

Florinda, la Cava, hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta, fue enviada por su padre a la corte de Toledo. Un día, mientras se bañaba en el Tajo fue vista por el rey Rodrigo que, al contemplar el cuerpo de la doncella se abrasó de pasión y acabó violándola; eco medieval en la literatura española de aquel episodio de David y Betsabé.

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ACERCAMIENTO A LA TEORÍA ANDALUSÍ DEL AMOR Y SUS RAMIFICACIONES EN LA LITERATURA CRISTIANA CASTELLANA

Sobre la teoría del amor en Al-Ándalus hay una obra que podemos considerar fundamental, tal libro es El collar de la paloma (Tawq al-Hamâma) de Ibn Hazm. Según Corbin (1994:208) esta obra puede considerarse como “un diario de su experiencia vital, donde revela, entre otras cosas, una herida hasta entonces guardada en secreto; su amor juvenil por la hija adoptiva de sus padres” p 208. Puede considerarse la obra como una manifestación del platonismo islámico cuyos precedentes se pueden encontrar en Muhammad Ibn Dâwûd Ispahânî (Kitab al-Zohra), del cual posiblemente Ibn Hazm poseía un ejemplar en su biblioteca de Játiva, incluso hay una referencia a él en su obra. Voy a utilizar esta obra como base para analizar más que las influencias, los puntos en común entre la teoría amorosa de este autor cordobés con otras manifestaciones literarias no islámicas; A. R. Nykl respecto a esta tema ha explicado que hay una “estrecha semejanza entre la teoría del amor de Ibn Hazm y ciertas ideas que aparecen en la Gaya Ciencia de Guillermo IX de Aquitania y, en general, hasta la cruzada contra los albigenses en los principales temas del repertorio de los trovadores” (Cit. por Corbin 1994).

Mi idea es hacer referencia exclusivamente a lo que podríamos denominar amor humano frente al amor divino, entre ambos hay una diferencia radical, la visión mística del segundo, aunque sería discutible la no existencia de esa actitud mística en las manifestaciones de amor humano que en muchas ocasiones llevan al arrobamiento que está muy cerca del éxtasis. Esto lo verían muy bien los místicos españoles del siglo XVI, fundamentalmente san Juan de la Cruz con su lenguaje profano para explicar una teoría amorosa que sin poseer las claves muy bien podría ser experimentada como una poesía erótica cuando nada más lejano de su voluntad como podemos observar por las glosas que el propio Juan de la Cruz hace de su poesía donde ya queda totalmente clara esa interpretación de la lírica de tipo tradicional en la que hay una voz femenina que va buscando a su enamorado (tipo de expresión que por otra parte enlazaría muy claramente con las primeras manifestaciones de la lírica hispano-árabe tradicional, las jarchas).

La visión mística fundamentada en una experiencia profana del amor ya venía haciéndose desde el momento en que Garcilaso de la Vega con su poesía de contenido claramente neoplatónico, fue vertido a la visión divina por Sebastián de Córdoba.

Los elementos similares entre la teoría amorosa que presenta Ibn Hazm en El collar de la paloma y algunos rasgos de la literatura hispánica son evidentes. De momento hablo de elementos similares puesto que el hecho de demostrar que haya una influencia desde Al-Ándalus al Languedoc (por lo que a la teoría del amor cortés se refiere) todavía no está suficientemente demostrada, no hay unos claros elementos de juicio.

Algunos capítulos de El collar de la paloma me parecen especialmente importantes para tal fin; los temas a los que esos capítulos hacen alusión son los siguientes: El enamoramiento de oídas. El enamoramiento por una sola mirada. Sobre el mensajero. Sobre el secreto. El amigo favorable. El espía. El calumniador.

El amor de oídas

Es un factor fundamental en la teoría del amor cortés, estipulada en Andreas Capellanus (De amore) pero también presente a la vez en manifestaciones poéticas. Un ejemplo fundamental sería el del trovador Jaufré Rudel, enamorado de oídas de una dama, sin haberla visto en ningún momento, sin embargo la convierte en su impulso vital, de manera que inicia una larga peregrinación en su busca. “Jaufré Rudel de Blaya fue muy gentil hombre, príncipe de Blaya. Se enamoró de la condesa de Trípoli, sin verla, por lo bien que hablaban de ella los peregrinos que volvían de Antioquía. Hizo por ella muchos versos, con buenas melodías y palabras sencillas. Con el deseo de verla se hizo cruzado y embarcó, enfermando en la nave; fue llevado a un hostal de Trípoli, como muerto. Se lo hicieron saber a la condesa que fue a verlo al lecho y lo tomó entre sus brazos. Jaufré se dio cuenta de que era la condesa y al instante recobró el oído y la respiración y alabó a Dios por haberle mantenido la vida hasta que pudo verla; así murió entre sus brazos. La condesa lo hizo enterrar con gran honra en la casa del Temple; después, el mismo día, se hizo monja por el dolor que tuvo con su muerte” (Alvar 1987:93).

Este elemento del enamoramiento de oídas pasará a ser uno de los tópicos fundamentales en los libros de caballerías del XVI. Voy a citar un caso concreto, el Clarián de Landanís. En esta obra como es normal en todo libro de caballerías se comienza presentando a los padres del futuro héroe. Aunque en estos padres hay un cúmulo de perfecciones quien las va a condensar todas en sí mismo va a ser el héroe que dé título a la obra. Respecto a la plasmación del amor en don Clarián de Landanís hay un elemento importante, su padre se enamoró a primera vista, enamoramiento que supone un claro enlace con las corrientes de tipo neoplatónico que estaban de moda en la época renacentistas, me estoy refiriendo a la importancia que tenía la mirada tanto como transmisora de sentimientos como espejo del alma sin embargo el héroe que es la culminación de las perfecciones que en sus padres estaban en potencia se enamora de oídas.

El caso es que el amor de oídas supone una perfección prácticamente total pues implica entrar en contacto con la mitad de la esfera que en el mundo de las ideas formaba una totalidad con la propia (explicación que Ibn Hazm utiliza en su obra a la hora de explicar la esencia y el motivo del amor), un conocimiento en el que sólo entra en juego el espíritu sutil, sin que se plantee la necesidad de ver a la persona, el hecho de encontrarse físicamente con aquella a la que se ama simplemente es un dejar manifiesto el sentimiento que ha surgido previamente. En los libros de caballerías es así, el sentimiento amoroso surgido por el sentido del oído (considerado más perfecto que otros en la teoría neoplatónica) se reafirma en el primer encuentro visual, de hecho así sucede en el Clarián y en contraposición del amor que experimenta el héroe, el enamoramiento de su padre que se produce a primera vista.

Ibn Hazm señala en su obra que los enamoramientos surgidos de tal manera pueden verse abocados al fracaso en el momento en que el enamorado ve a su amada, cosa que en ningún momento se manifiesta en la tradición cortés y caballeresca. Mohammad Ibn Dâwûd Ispahânî en un fragmento de su Kitâb al Zohra se refiere al mito platónico de El Banquete. Ibn Hazm hace referencia a éste en su obra, “algunos adeptos de la Filosofía pensaron que Dios creó cada espíritu dándole una forma esférica; después los dividió en dos partes, colocando cada mitad en un cuerpo”  (Cit. por Corbin 1994:208).

El enamoramiento por una sola mirada

El capítulo V de El collar de la paloma, “Sobre quien se enamora por una sola mirada” me parece uno de los más preciosos de todo el libro fundamentalmente por esa historia basada en la vida del poeta Yusuf Ibn Harum al Ramádi, que paseando por Córdoba se enamora a primera vista de una esclava, Emilio García Gómez tiene unos calificativos muy claros respecto a esta historia breve.

Volviendo al ejemplo de los libros de caballerías, son muchos los casos en los cuales se produce un enamoramiento a primera vista, encontramos un ejemplo muy claro en el caso de Perión, padre de Amadís de Gaula, el cual se enamora por una sola mirada y un contacto físico que lo único que hace es reafirmar la pasión que ha surgido por esa mirada; también es el tipo de manifestación amorosa que se plantea en el caso de Lantedón, padre de don Clarián de Landanís.

Este tipo de enamoramiento podría estar relacionado con la teoría renacentista según la cual de los ojos parten unas saetas que se clavan en aquel que siente el amor, por otra parte esto no está muy lejano a lo que estudian ciertos tratados de fascinología del siglo XV, uno de ellos el de Enrique de Villena, que en muchos casos lo único que hacen es repetir lo ya dicho en otros tratados de fascinología y magia escritos en Al-Ándalus.

Sobre el mensajero

El mensajero es aquel que actúa de intermediario entre los amantes. Es extraño que se admita como tal a un hombre, pues normalmente es un papel adjudicado a las mujeres, claro que habría que contemplar la existencia de una figura como la del casamentero en una cultura en la que no es posible el encuentro y conocimiento libre entre individuos de sexo diferente, a no ser que estos sean consecuencia de unos lazos familiares directos.

Arcipreste de Hita escribió en su Libro de buen amor un texto muy claro al respecto del uso de un mensajero alcahuete. (vv 112-ss)

E yo, como estava solo, sin compañía,
cobdiçiava tener lo que otro para sí tenía:
puse el ojo en otra, non santa mas sentía;
yo cruiziava por ella, otro la avié valdía.
E porque yo non podía con ella ansí fablar,
puse por mi mensajero, coidando recabdar,
a un mi conpañero, sópome el clavo echar:
él comió la vianda e a mí fazié rumiar.

Precisamente este mensajero utilizado por Arcipreste es un personaje que incumple una de las normas fundamentales que según Ibn Hazm ha de cumplir todo mensajero, la lealtad hacia aquel al que sirve.

Tal experiencia negativa le sugiere a Arcipreste de Hita una trova cazurra que seguramente es uno de los fragmentos más frescos de todo su obra

Mis ojos non verán luz,
pues perdido he a Cruz.
Cruz cruzada, panadera,
tomé por entendedera,
tomé senda por carrera
como […] andaluz.
coidando que la avría
díxielo a Ferrand Garçía
que troxiése la pletesía
e fuese pleités e duz.
Díxome que-l plazía de grado,
e fízose de la Cruz privado:
a mí dio rumiar salvado,
él comió el pan más duz.
Prometiól por mi consejo
trigo que tenía añejo
e presentól un conejo,
el traidor falso, marfuz.
¡Dios confonda mensajero
tan presto e tan ligero!
¡No medre Dios tal conejero
que la caça ansí aduz!

Esta experiencia con el mensajero le hará pensar que es mejor utilizar a una mujer para sus fines; en este momento es cuando nace uno de los arquetipos de la literatura española, en el texto de Juan Ruíz se llama Trotaconventos, anuncio de la posterior Celestina.

Ibn Hazm en el presente capítulo sobre el mensajero también tiene palabras respecto a la utilización de mujeres con tal finalidad: “Las personas más empleadas por los amantes para comunicarse con los que aman son, o bien criados en quien nadie para mientes y que no despiertan recelos, por su poca edad, por lo desastrado de su porte o por la zafiedad pintada en su rostro, o bien, por el contrario personas respetables y fuera de toda sospecha por la piedad que aparentan o por la avanzada edad a que han llegado. ¡Cuántas hay así entre las mujeres! Sobre todo las que llevan báculo, rosarios y los dos vestidos encarnados. Yo me acuerdo que en Córdoba las mujeres honradas se guardaban de las que tenían estos atributos dondequiera que las veían. También suelen ser empleadas las personas que tienen oficio que suponen trato con las gentes, como son, entre mujeres, los de curandera, aplicadora de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, peinadora, plañidera, cantora, echadora de cartas, maestra de canto, mandadera, hilandera, tejedora y otros menesteres análogos. Por último también suelen ser empleadas las personas que tienen parentesco con aquel a quien son enviadas, que, por esta razón, no se retrae de ellas. Por estos procedimientos, ¡cuántas personas inabordables se han tornado blandas; cuántas ariscas, afables!”(El collar de la paloma. pp 144-145). Posteriormente Ibn Hazm afirma en el capítulo dedicado al amigo que “y así, verás que las mujeres honestas, entradas en años y alejadas ya de los deseos de los hombres, nada hacen con mayor gusto, ni tienen por más acepto, que esforzarse por casar las huérfanas y por prestar a las novias menesterosas sus propias ropas y alhajas” (p. 166).

De este texto nos interesa fundamentalmente por la importancia que va a tener en la posterior creación del personaje de Celestina el fragmento donde se señalan las profesiones a las que se dedican estas mujeres que hacen de la tercería un arte, “curandera, aplicadora de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, echadora de cartas, hilandera y tejedora”. Son oficios que van a estar muy relacionados con Celestina, la bruja que entiende de bebedizos y hechizos utilizados para encantar a su víctima, de hecho recordemos cómo consigue introducirse en casa de Melibea, ha tomado una guedeja de lana y la ha hechizado, de manera que Melibea cae en las redes tendidas para beneficio de Calisto (amante que por otra parte está en el ángulo opuesto al tipo de amador que defiende Ibn Hazm en su obra, puesto que lo único que busca es una satisfacción sexual sin que medie apenas un sentimiento amoroso profundo).

Podríamos buscar en el texto más elementos similares y desde luego no se puede dudar que estos existan, de hecho Celestina viste hábitos relacionándose de este modo con el mundo de la piedad religiosa, cosa que también manifiesta Ibn Hazm. En el mismo nombre de la alcahueta creada, aunque quizá habría que decir tomada en un primer esquema de la literatura andalusí y de una realidad histórica (al menos así la muestra Ibn Hazm), se señala la presencia del elemento religioso, Trotaconventos, la que recorre lugares de monjas, claro que sin ninguna connotación piadosa sino simplemente para conseguir amantes para aquellos que contratan su servicio entre aquellas mujeres que en muchos casos están enclaustradas contra su voluntad.

El personaje de Trotaconventos con su manifestación posterior en Celestina dará lugar a uno de los géneros originales de la literatura española y a la vez de los que más seguidores han tenido, de hecho a lo largo del siglo XVI está en auge el género denominado celestinesco en el cual el mundo que rodeaba a las alcahuetas, así como alguna de sus ocupaciones aparecen magistralmente trazados, tal es el caso de La Lozana andaluza, conocedora de todo tipo de remedios cosméticos y médicos contra las enfermedades de transmisión sexual.

En la plasmación de este personaje hay un rasgo que puede llamarnos la atención. Arcipreste de Hita considera a Trotaconventos como un factor positivo, de hecho basta leer el ataque feroz que escribe contra la muerte cuando le arrebata a aquella que le había ayudado en la consecución de sus amores; sin embargo en Fernando de Rojas esta consideración positiva de la alcahueta desaparece totalmente, basta con fijarse en como la obra muestra una clara tendencia moral, casi todos los que han estado relacionados con los oscuros tejemanejes de la tercera resultan muertos, así como ella misma. Bajo este desarrollo tan contrapuesto al que presenta el Arcipreste de Hita, cabe pensar que hay una advertencia dirigida a aquellos que para conseguir, más que amores, un trato sexual, utilicen tal tipo de mensajeras, curiosamente Ibn Hazm advierte contra esas mujeres de las que ha hablado: “Si no fuera para llamar la atención sobre ellas, no las hubiera mencionado. Lo he hecho para que nadie pare mientes en ellas ni ponga en ellas la menor confianza. Dichoso el que escarmienta en cabeza ajena. Y que Dios corra sobre nosotros y sobre todos los musulmanes su velo protector y no aparte de ninguno la sombra de su salvación” (El collar de la paloma, p. 145).

El amor cortés

Hay bastantes elementos en el texto de Ibn Hazm que posteriormente pasarán a manifestarse en la teoría del amor cortés. El motivo de estas similitudes no está nada claro, parece que la teoría del amor andalusí era conocida en las cortes provenzales, hay algunas relaciones de parentesco por matrimonio entre Al-Ándalus y el Languedoc, claro que también puede considerarse como una coincidencia entre dos ramas diferenciadas de un mismo árbol que sería el platonismo, de todas maneras hacer elucubraciones sobre esto no es el motivo del presente trabajo pero sí dejar constancia de estos elementos similares.

Ya hemos hablado del amor de oídas y como éste se muestra en algunos trovadores occitanos de los cuales pasaría a los trovadores galaico portugueses y castellanos del siglo XV y de ahí a la poesía renacentistas y posiblemente a los libros de caballerías del XVI como ya he dicho.

Estos elementos podrían extraerse de lo que llamaremos teoría del amor cortés, codificada por Andreas Capellanus, pero a la vez también presente en la poesía trovadoresca. Existen varios tipos en el mundo que rodea al comportamiento amoroso cortesano. El amador que por otra parte recorre varios escalones amorosos en sus relaciones con la amada. Fenhedor, el tímido, no se atreve a dar a conocer su amor hacia la dama aunque está muy claro que lo siente. Pregador, ya se dirige a la dama aunque ésta no le responde. Entendedor, la dama lo admite como enamorado poético. Drutz, la dama admite mantener relaciones sexuales con el amante.

En la teoría estos eran los distintos escalones, por supuesto no siempre se cumplían y en muchos casos los poetas amantes no eran tan castos como quieren dar a entender en sus composiciones, sin embargo esto no implica el negar la existencia de tal tipo de amor en la teoría. Los dos primeros grados, fenhedor y pregador podrían ser asimilados al amor Udri del que habla Emilio García Gómez en la introducción a su versión de El collar de la paloma, un amor que se contenta exclusivamente en la contemplación y que en el caso del amor beduino conducía inexorablemente a la muerte.

El segundo tipo fundamental para la teoría amorosa trovadoresca es la mujer, ésta ha de ser casada, téngase en cuenta a este respecto que en la Edad Media sólo la mujer casada era la que tenía una entidad jurídica, cosa absolutamente necesaria pues la relación amorosa se concebía como una relación vasallática y el poeta no podía enajenar su libertad ante alguien que ni siquiera poseía una entidad libre jurídicamente planteada. C.S. Lewis en Alegoría del amor, explica el nacimiento de la teoría del amor cortés como una necesidad que siente el doncel secundón de una familia, criándose en el castillo de un señor feudal más elevado en la pirámide social, necesidad de buscar un matrimonio o un amor que le haga medrar y ¿a quién mejor dirigir su amor sino hacia la señora del castillo, esposa de su señor? Claro que está explicación podría ser interpretada de muy variadas maneras.

El tercer tipo sería el marido celoso denominado en lengua d’oc como Gilós, por supuesto que existe ya que la mujer ha de ser casada como ya hemos dicho. La existencia de éste supondría uno de los elementos que han convertido a la poesía trovadoresca en una de las más refinadas. El enamorado ha de dar rienda suelta a sus sentimientos mediante la poesía pero a la vez ha de ocultar el nombre de su amada, en este sentido encontramos una relación con Ibn Hazm para el cual el secreto es uno de los elementos importantes del amor. A este respecto Ibn Hazm coloca una poesía en el texto cuya belleza de conceptos me impulsa a ponerla aquí.

“Las gentes saben que soy un mancebo enamorado;
que estoy triste y afligido; pero ¿por quién?
Cuando ven cómo me hallo, se cercioran;
pero si indagan se pierden en conjeturas.
Mi amor es como un escrito cuyo trazo es firme,
pero que se resiste a la interpretación;
o como la voz de la paloma en el boscaje,
que repite su canción de rama en rama
y cuyo murmullo deleita nuestros oídos,
pero cuyo sentido es enigmático y oscuro.
Me dicen: <-¡Por Dios! Dinos el nombre de aquel
cuyo amor alejó de ti el sueño tranquilo>.
Pero nunca. Antes de que logren lo que desean
habría de perder la razón y afrontaría cualquier desventura.
Siempre estarán en la desazón de la duda,
tomando la sospecha como certidumbre y la certidumbre
como sospecha” (El collar de la paloma, p.148).

Y finalmente encontramos al personaje negativo cuyo cometido es el ataque a los amantes, el lissongier como es denominado en la teoría provenzal, el espía del marido, aquel que impide los encuentros amorosos. Curiosamente Ibn Hazm coloca la categoría del espía inmediatamente después a la del amigo favorable. Señala varios tipos de espía a los cuales considera como seres totalmente dañinos para el amor: “Otro de los infortunios que acaecen en amor es el del espía, el cual es como una fiebre oculta, o una pleuresía crónica, o un pensamiento que derriba por tierra” (El collar de la paloma, p.168).

El amigo favorable

A continuación voy a tratar el tema del amigo favorable, categoría representada por Ibn Hazm que sin embargo no aparece en la teoría del amor cortés, pero sí en la cuentística en la que el tema de la amistad cobra gran importancia. Lacarra (1979) considera que el tema de la amistad es uno de los fundamentales en la cuentística española de los orígenes. En casi todas las aseveraciones que en los cuentos se hacen respecto a la amistad se considera ésta como el mayor tesoro que puede conseguir el hombre: “El hombre como el libro, consta de una corteza y un meollo, una cobertura externa que cierra el paso a un mundo interior; amigo será aquel que tenga acceso a ese interior. El principal rasgo de amistad consiste, pues, en conocer la poridat que todo hombre guarda en su corazón. Los textos didácticos recogen un conjunto de advertencias en torno a ese desvelamiento que tan funestas consecuencias puede tener si no se lleva a cabo con las debidas precauciones” (Lacarra 1979:143).

Para Ibn Hazm uno de los elementos fundamentales del amor es que el que ama tenga un buen amigo que ayude en todo momento.

Enumera en el capítulo “Sobre el amigo favorable” (pp 164-ss) las características que ha de presentar un buen amigo: Que sepa salir de los apuros y se mantenga inalterable ante ellos. Claro entendimiento y lengua aguda. Reposado y muy entendido. Poco dado a llevar la contraria y mucho a ayudar. Colmado de paciencia e indulgente con las importunidades. Aunado con su amigo. Buen cumplidor de los juramentos de la amistad. Razonable para amoldarse a las cosas. De natural loable. Incapaz de injusticia. Presto a la asistencia. Aborrecedor de todo desabrimiento. Fácil de abordar. Desprovisto de perversidad. De ideas sutiles. Conocedor de las debilidades humanas. De buenas costumbres. De ilustre cuna. Guardador del secreto. Piadoso. Leal. No traicionero. De alma generosa. De fina sensibilidad. De intuición certera. De auxilio garantizado. De honor perfecto. De lealtad notoria. De moderación evidente. De temperamento constante. Pródigo en dar consejos. De afecto acreditado. Fácil de convencer. De rectas creencias. De lenguaje sincero. De espíritu vivo. Casto de un modo natural. De brazos abiertos y holgado pecho. Tolerante. Amigo de los puros afectos. Incapaz de desvío.

La función fundamental del amigo habrá de ser la de hacer compañía al enamorado en los momentos en que éste se encuentre especialmente congojoso. “Si consigues echarle las manos encima, apriétalas sobre él como se enrosca una sierpe, retenlo con ellas como el avaro su dinero y consérvalo aun a costa de toda tu hacienda, pues con él se hace perfecta la alegría, se ahuyentan las tristezas, se acorta el tiempo, mejoran las circunstancias y nadie dejará de obtener de quien reúna estas condiciones una excelente ayuda y una avisada opinión” (El collar de la paloma, p. 165).

Un amante al que le falten amigos, bien porque no ha encontrado uno con las cualidades que anteriormente se han enumerado o bien porque ha sido traicionado anteriormente por alguno, sólo le queda el remedio de la soledad y el apartamiento, cuenta “sus cuitas al aire y habla al suelo y en ello encuentra solaz, como el enfermo con sus ayes y el triste con sus suspiros”.

En el Libro del cavallero Zifar aparecen algunos ejemplos respecto a la amistad. “De los enxemplos que dixo el cavallero Zifar a su muger para induzirla a guardar secreto; y el primero es del medio amigo” (pp 81-ss). Un hombre bueno y rico tenía un hijo al cual adoctrina para que ante todo se procurase un amigo o al menos un medio amigo. Los amigos son de tres maneras: 1.- Los amigos de enfinta “e estos son los que no guardan a su amigo synon demientra pueden fazer su pro con él”. 2.- Los medio amigos. “son los que se paran por el amigo a peligro que non paresçe, mas es en dubda sy será o non”. 3.- Amigos enteros. Aquellos que son capaces de morir por un amigo para que éste siga viviendo y no reciba daño. Alfonso X en la Partida IV, título XXVII, Ley IV dice “Aristotiles que fizo departimiento naturalmientre en todas las cosas de este mundo, dixo que eran tres maneras de amistad: la primera es de natural; la segunda es la que home ha con su amigo por uso de luengo tiempo por bondat que ha en él; la terçera es la que ha home con otro por algunt pro o por algunt placer que ha dél o espera haber” (Cit. por Lacarra 1979:145). La división entre amistad perfecta, interesada y placentera procede del libro VIII de la Ética a Nicómaco. Esta clasificación tripartita, en el Calila se convierte en bipartita, la amistad pura y la amistad de conveniencia.

Después de escuchar estos consejos, el hijo va por la ciudad en busca de amigos. Muchos van tras él puesto que su padre lo provee bastante bien. Diez años después el padre le pregunta que cuántos amigos había ganado, a lo cual el hijo responde que más de cien. El hijo se enfrenta con otro joven de la ciudad de manera que ve peligrar su vida. El padre lo envía a las afueras y consigue calmar los ánimos, tras ello manda matar un cerdo, le corta la cabeza y los pies y lo guarda en un saco. Cuando el hijo regresa a la ciudad el padre le dice que ha matado a aquel con el que había peleado puesto que no había llegado a un acuerdo; el cuerpo que tiene en el saco es el de la víctima. Es el momento de probar a sus amigos, pues necesita ocultar el cuerpo; va de casa en casa sin que ninguno de los aparentes amigos del hijo le ayude hasta que van a ver al medio amigo del padre, el cual sin dudarlo guarda el cuerpo. Cuando el hijo regresa a casa su padre le da instrucciones para que al día siguiente vaya a ver a este amigo y le diga que cocine aquel cuerpo que hay en el saco, puesto que la mejor venganza contra el enemigo es comerse su cuerpo. Padre e hijo van a la casa del medio amigo. El hijo no se atreve a comer aquello pero cuando le dicen que la carne del enemigo es similar a la del cerdo, la prueba y le gusta hasta el extremo de decir: “Padre señor, vos e vuestro amigo bien me avedes encarniçado en carnes de enemigo; e cierto cred que pues las carnes del enemigo así saben, non puede escapar el otro mío enemigo que era con este cuando me dixo la sobervia, quel no mate e quel non coma muy de grado; ca nunca comí carne que tan bien me sopiese como ésta” (p 84). Ante el miedo de convertir al hijo en un caníbal el padre le cuenta la verdad, puesto que todo ha sido una historia que ha forjado para demostrarle cuan falsos eran los aparentes amigos que seguían al hijo.

Rasgo importante de la amistad es que el hijo puede heredar las amistades del padre de lo cual el cuento que acabamos de resumir es un claro ejemplo, así lo hace notar Lacarra (1979).

“Del otro enxemplo que dixo el cavallero Zifar a su muger de commo se provó el otro amigo”. El padre del ejemplo anterior relata a su hijo otro cuento para mostrarle qué es un amigo entero, no puede demostrárselo en la práctica puesto que ello supone el dar la vida por otro.

En tierras del Corán se va a desarrollar este ejemplo que posiblemente esté extraído de algún texto de la tradición musulmana dado el ambiente en el que se va a desarrollar. En una ciudad se criaron dos mozos que eran muy amigos. “Onde dize el sabio que entre los amigos uno deve ser el querer e uno el non querer en las cosas buenas y onestas” (p 85). La fórmula “dize el sabio” o su similar “palabra es del sabio” proceden del árabe siendo abundantes en las obras que son traducción de esta lengua.

Uno de los amigos decidió partir al extranjero en busca de fortuna mientras el otro se queda en la ciudad puesto que sus padres ya eran de buena situación económica. Este segundo llega a la pobreza más absoluta tras la muerte de sus padres puesto que no sabía tomar buenos consejeros. Va en busca de su amigo enriquecido el cual le da hospitalidad. El amigo rico pierde a su mujer antes de haber tenido ningún hijo, un vecino le envía a una hija todavía pequeña para que se críe en su casa y llegado el momento la tome por mujer. El amigo pobre se enamora de la doncella pero considerando que si dice algo atenta contra la lealtad que debe a su amigo se calla. El amor en silencio acaba produciendo la enfermedad. Numerosos son los físicos que visitan al enfermo sin descubrir la causa de su malestar. Algo similar ocurrirá en el Libro de Apolonio. La enfermedad de amor, denominada héreos es bastante común en la literatura medieval e incluso renacentista, encontramos ejemplos que llegan a convertirse en estereotipos en la novela sentimental y a dejar su huella en las penas amorosas que sufren los caballeros andantes de los libros de caballerías del siglo XVI, también podemos hacer mención a la situación en la que se encuentra Calisto antes de entrar en contacto con Celestina y comenzar a encontrar remedio a su cuita amorosa provocada por el rechazo de Melibea.

Puesto que la única solución para el mal del amigo es conseguir el amor de la doncella, el dueño de ésta cuando se entera decide entregársela con una dote nada despreciable lo cual le permitirá volver a su tierra, aunque el amigo rico deberá quedar donde vive e incluso enfrentarse a los miembros de la familia de la doncella puesto que no ha cumplido aquello que había prometido. La doncella confiesa que siente lo mismo por aquel que la ama. Ambos se casan y se van a su tierra. La familia de la doncella, que es muy poderosa, mueve guerra contra el amigo rico causándole la ruina total lo cual le impulsa a ir en busca de su compañero de niñez, tiene que hacer el camino a pie solicitando limosna y viéndose despreciado. La alusión que se hace a este hecho de la limosna así como el lugar en el que se desarrolla esta peregrinación nos sitúan junto a la afirmación del comienzo del cuento (“en tierras del Corán”) en una tradición que posiblemente sea islámica; respecto a la limosna porque como es sabido es una de las reglas fundamentales en el Islam y respecto a la geografía el texto dice “çerca de aquel lugar do quiso Abraham sacrificar a su fijo”.

Cuando este amigo peregrino llega a la ciudad de su niñez encuentra que la puerta ya ha sido cerrada, de manera que aguantando su hambre se va a una ermita cercana y allí duerme. Por la mañana en aquel lugar se comete un asesinato. Acusan al peregrino al cual encuentran durmiendo. Los jueces le preguntan si él fue el asesino, a lo cual responde afirmativamente puesto que tantas han sido las penurias sufridas en su peregrinación que ha decidido perder la vida sin oponer resistencia aunque por supuesto es inocente.

El amigo al que había venido a buscar se entera de todo y para salvar la vida de su amigo se autoinculpa. Los jueces considerando que ambos eran cómplices en el asesinato ordenan ajusticiarlos juntos. El verdadero asesino ve todo esto y el remordimiento hace presa en él, así como el miedo por el castigo que le sobrevendrá en la otra vida, de manera que decide confesar pues no quiere cargar con la muerte de dos inocentes. El emperador quiere que se le explique todo, así uno tras otro van contando lo que sucedió de manera que al final el emperador los perdona a todos.

De este cuento el padre que lo narra a su hijo saca la enseñanza sobre los tres modos de amigos que existen: “Puedes entender que ay tres maneras de amigos: ca la una es el que quiere ser amigo del cuerpo e non del alma e la otra es el que quiere ser amigo del alma e non del cuerpo, e la otra el que quiere ser amigo del cuerpo e del alma, así commo este preso postrimero, que fue amigo de su alma e de su cuerpo, dando buen enxiemplo de sí e non queriendo que su alma fuese perdida por escusar el martirio del cuerpo” (p 91).

Bibliografía

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Alvar, Carlos (1987); Poesía de trovadores, trouvéres y Minnesinger. Antología. Edición Bilingüe. Madrid. Alianza.

Blecua, Alberto (ed.) (1992); Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, Libro de buen amor. Madrid. Cátedra.

Blecua, José Manuel (ed.) (1985); Don Juan Manuel, El conde Lucanor o libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio. Madrid. Castalia.

Corbín, Henry (1994); Historia de la filosofía islámica. Madrid. Trotta.

González, Cristina (ed.) (1983); Libro del caballero Zifar. Madrid. Cátedra.

Ibn Hazm de Córdoba (1987); El collar de la paloma. Madrid. Alianza. Versión de Emilio García Gómez.

Lacarra, Mª Jesús (1979); Cuentística medieval en España. Los orígenes. Zaragoza. Departamento de Literatura Española de la Universidad.

Lacarra, Mª Jesús (ed.) (1989); Sendebar. Madrid. Cátedra.

Lacarra, Mª Jesús et Cacho Blecua Juan M.  (ed.) (1991); Calila y Dimna. Madrid. Castalia.

Severin, Dorothy S. (ed.) (1991); Fernando de Rojas, La Celestina. Madrid. Cátedra.

Walker, Roger M. (1974); Tradition and tecnique in “El libro del cavallero Zifar”. Londres. Tamesis.

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AMADÍS DE GAULA. Garci Rodríguez de Montalvo

Adaptación de ANTONIO JOAQUÍN GONZÁLEZ

CRITERIOS DE ADAPTACIÓN

Portada de AMADÍS DE GAULA, versión de Antonio Joaquín González. (libro papel)

La impresión en Roma por Antonio de Salamanca en 1519 de Los cuatro libros del esforzado y muy virtuoso caballero Amadís de Gaula (Biblioteca Nacional de España R/34929) consta de 284 hojas que equivalen a 568 páginas a doble columna. En una edición contemporánea de Amadís de Gaula, la de Jesús Rodríguez Velasco (1997), en dos tomos, el texto escrito por Garci Rodríguez de Montalvo ocupa 1291 páginas. Evidentemente, a la hora de realizar la presente edición-adaptación se ha tenido que optar por una abreviación que haga más asequible la obra al lector al que va dirigida, para convertirla en una llamada que le incite a la aventura de leer un clásico tan importante para la literatura en español.

La técnica del entrelazamiento, aprendida en los textos en los que se desarrollan las gestas del rey Arturo y de los caballeros de la Mesa Redonda, supone una bifurcación continua de los núcleos narrativos. La línea con la que se pretendiese trazar el recorrido de las aventuras de los héroes en el Amadís de Gaula sería tan intrincada como laberínticos son los caminos que ellos recorren en pos del motivo de su existencia. Su vagar es individual, aunque en algunos momentos los senderos se cruzan. La esencia del caballero andante es la soledad aceptada y necesaria en su desarrollo heroico; por ello, el resumen de cualquier  libro de caballerías implica distintas líneas argumentales separadas, aunque solo
en apariencia. Tantos son los males que en el mundo de la ficción afectan a los oprimidos que las fuerzas que los defienden tienen que disgregarse. Por supuesto que hay confluencias; en el caso del Amadís de Gaula es la corte de la Gran Bretaña, o la Ínsula Firme; ahí la aventura será distinta, como lo es el territorio, y primará lo cortesano sobre lo guerrero. La corte se convierte en un punto de convergencia donde, al ser conocidas las aventuras de los distintos caballeros, estas alcanzan un motivo que
las unifica. La técnica del entrelazamiento no es tan compleja en el Amadís de Gaula como lo será en algunos otros libros que sigan su estética. Con todo, para la presente adaptación ha sido necesario eliminar ciertos lances sucedidos a otros personajes que no son el protagonista.

Para explicitar las supresiones que se han realizado no está de más hacer referencia a la línea argumental seguida, que no es otra más que la del héroe desde sus orígenes en las relaciones de sus padres Elisena y Perión de Gaula, el cual es el primer protagonista del libro. Desde el nacimiento de Amadís, él será el personaje central de la obra, dejando de lado las aventuras de otros importantes caballeros andantes cuyas existencias gravitarán en torno a la corte de la Gran Bretaña. Sí que se han respetado algunas noticias detalladas de personajes como podrían ser Galaor y Florestán, los dos hermanos de Amadís. El primero presenta unos rasgos biográficos sumamente cercanos al arquetipo heroico que predomina en los libros de caballerías. Más allá de esto, se omiten las aventuras sucedidas a otros caballeros como Agrajes, cuya importancia es indiscutible y su personalidad perfectamente dibujada en sus iras y su orgullo. También se dejan en el olvido encuentros menores que alcanzan
al protagonista en su continuo deambular. Un ejemplo significativo de esto es el primer choque de Amadís con Patín, el que llegará a ser emperador de Roma; en este episodio se persigue dejar patente la soberbia e imbecilidad de este personaje, rasgos de los que no va a librarse pese a su muerte heroica; como este talante permanece a lo largo de la obra, se evidencia en sus siguientes apariciones. También es significativa la abreviación de las aventuras de Amadís de Gaula por el Imperio Griego, salvo la detallada mención al episodio del Endriago, que es de los más importantes del libro. Se suprimen algunas profecías referidas a episodios ajenos a lo que considero como línea argumental central y, por tanto, omitidos en esta adaptación. Mantener esas palabras  anticipatorias supondría desvirtuarlas al no verse cumplidas; al fin y al cabo las actuaciones proféticas son un instrumento más de creación de intriga y una herramienta que da al lector un cierto protagonismo pues le hace capaz de interpretar desde ellas los sucesos, a la vez que originan expectativa.

Espada. ilustración. G. Andrango.

Garci Rodríguez de Montalvo utilizó en algunos momentos la ficción como una excusa sobre la que sustentar ciertas interpolaciones de carácter moral. Por ellas, el Amadís de Gaula ha podido llegar a ser leído
como un espejo de caballeros. Algunas de estas glosas tienen un valor literario indiscutible, otras pertenecen más al tiempo histórico en que fueron redactadas. Se ha mantenido prácticamente en su totalidad el discurso que trata acerca de la soberbia, uno de los males que aquejan al mundo de la caballería y la más grave falta con la divinidad en
la interpretación religiosa de la época de Rodríguez de Montalvo. Sumamente interesantes son también las palabras que podemos leer en el prólogo, en ellas el autor habla de la teoría literaria y de la historia. Aquí se han abreviado algunos elementos, aunque se ha conservado la explicación que clasifica al Amadís de Gaula como historia fingida.

Por lo que respecta a los cambios realizados desde lo lingüístico, quiero hacer mención de los siguientes. En primer lugar, la ortografía ha sido adaptada a las normas actuales. Las palabras infrecuentes en nuestros días van en un glosario anexo. Se simplifican algunos términos, sobre todo aquellos tecnicismos que atañen a la vida militar del caballero. Sintácticamente, el Amadís de Gaula no alcanza la complejidad que se manifiesta en textos como los de Feliciano de Silva –Lisuarte de Grecia (1514) o Florisel de Niquea (1532)– parodiados en el Don Quijote de La Mancha: «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de vuestra hermosura» (I, Cap. I); con todo, se ha optado por un periodo oracional más corto, aunque se intenta mantener en algunos párrafos un estilo más intrincado para no desnaturalizar la esencia lingüística de la obra.

En definitiva, el impulso que ha guiado la realización de la presente obra es hacerla asequible a un lector actual, intentando mantener el espíritu del texto a sabiendas que, en realidad, esta adaptación es como un nimbo que puede servir de norte para aquel que quiera acercarse al auténtico tesoro que es la obra original.

Amigo lector, así lo espero; ojalá descubras en los paisajes del Amadís de Gaula una tierra que conquistar.

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Edición y estudio de Visto y Soñado de Juan Valera

Por Antonio Joaquín González.

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Visto y soñado

 Obra publicada en 1903, Visto y soñado es una colección de cuatro novelas cortas, más bien relatos: “Yoshi-san, la musmé”, “La esfera prodigiosa”, “El hijo del banián” y “Dyusandir y Ganitriya”. En ellos se mezcla el exotismo arqueológico, el realismo que roza lo más feroz del Naturalismo, la Teosofía y lo maravilloso. Las cuatro narraciones están organizadas de tal manera que alternan lo real con lo metafísico y el recuerdo arqueológico, aunque en todos ellos hay un poso de experiencia directa y aparentemente cierta del narrador, quien, además, presenta muchos puntos en común con el autor: un diplomático español destacado en China; salvo en el primero de ellos, en el que éste no está marcado como personaje.

La voluntad, o mejor la clasificación como, orientalista del libro se manifiesta en la misma portada de la primera edición; en ella nos encontramos con un grabado de una de esas estatuillas que fueron tan del gusto de los coleccionistas de objetos exóticos, principalmente chinos y japoneses, en la Europa de principios del siglo XX. Rudyard Kipling, en su obra Viaje al Japón, hace referencia a estas figurillas: “muñequitas japonesas de quince centímetros como las que vendían en Burlington Arcade” (1988:18). Luego de la portada, Luis Valera nos sumerge en una historia de orientalismo chino, que más bien es de naturalismo en una escenografía de la China ocupada por los europeos, dominados por el afán de rapiña. No deja de ser curioso que tanto la decoración del libro como el primer relato tengan connotaciones japonesas, ya desde su título, pues la palabra musmé lo es. Así la define Luis Antonio de Villena: “aprovechando una costumbre nipona (insólita para un europeo del siglo XIX), el hombre podrá contratar durante el tiempo que resida en el país –un verano en nuestro caso- un matrimonio de interés con una muchachita educada, fiel y que apenas ha rebasado los quince años… Las musmés japonesas (término que equivale a cendolilla, señorita muy joven) son vistas como muñequitas, como delicados objetos de adorno y placer –en este término no insiste, todo queda suspensivo; y de ahí el morbo –en las que, acaso y después de haberlas tratado un par de meses, cabe intuir que posean un alma” (1987:12). Pierre Loti, en su Madame Crisantemo, a la que se refiere Luis Antonio de Villena, la describe así: “Musmé es una palabra que significa jovencita o mujer muy joven. Es una de las palabras más bonitas de la lengua nipona; parece que haya en esta palabra algo de moue (el gentil y gracioso morrito que ellas ponen), y sobre todo, de la frimousse (de la carita, del palmito irregular suyo)” (Loti 1987:61). Con el significado de muchachita vestida a la manera tradicional japonesa la encontramos con cierta frecuencia en el libro del mismo autor Japón en otoño. En algún momento, la musmé se transforma en un ser casi fantástico, Pierre Loti (1987:142) las ve de esta manera: “verdaderamente parecen esta noche, Crisantemo y Junquillo, pequeñas hadas. Las más insignificantes japonesas, en ciertos momentos, adoptan este aspecto, a fuerza de rareza elegante y de ingenioso atavío”.Luis-Valera-joven

“Yoshi-san, la musmé” cuenta de un grupo de personajes que se encuentran en una noche del invierno más crudo en la ciudad china de Tientsin, poco después de que las fuerzas imperialistas hayan derrotado a los bóxers. Se trata de una serie de aventureros que se han desplazado a China para enriquecerse con la rapiña; se reúnen en una taberna de mala muerte, propiedad de otro más afortunado llegado cuando todavía se podían conseguir riquezas del saqueo consentido por las tropas internacionales. Los aventureros, descritos en términos totalmente degradantes, deciden ir en busca de compañía femenina, que encontrarán en la casa de la madre de un criado chino. Las muchachas amancebadas en el hogar de la vieja son cuatro japonesas, cuatro musmés, cuya aparición da al relato un tono estetizante y casi mágico que sirve de contrapunto a la fealdad y sordidez del mundo, tanto de los occidentales como de los chinos. El ritmo narrativo se va acelerando progresivamente hacia la degradación total de un crudo naturalismo que desembocará en un clímax dramático que no va a ser desvelado.

Con “Yoshi-san, la musmé”, el autor presenta el enfrentamiento entre lo visto y lo soñado, entre lo que realmente sucedía en China y el orientalismo imaginado según el paradigma de lo exótico. No deja de ser significativo que lo bello y casi maravilloso de la experiencia estética se ejemplifique en lo japonés.

En el segundo cuento de Visto y soñado, “La esfera prodigiosa”, nos encontramos con un narrador que, como el propio Luis Valera, es diplomático en Pekín. Aquí, conoce a un joven funcionario holandés que, como a él mismo, le gusta pasear por las tiendas de antigüedades, en busca de objetos curiosos. Un buen día, a causa de las reuniones de la negociación diplomática que ocupan todo su tiempo, el narrador deja de ver a su compañero; cuando vuelven a encontrarse, éste le cuenta una extraña aventura en la que confluye una serie de elementos que también localizamos en algunas narraciones orientalistas de Juan Valera, Teosofía, Budismo, misterio y magia.

El siguiente relato es “El hijo del banián” –este término procede del indio bunnia, mercader-, también está basado en las experiencias viajeras de Luis Valera. En este cuento, un narrador, que nuevamente puede ser asimilado al propio autor, describe el periplo de un barco desde el Canal de Suez hacia Oriente. En él se dan cita los funcionarios coloniales y los ricos mercaderes, en primera clase, y los menos favorecidos, que viajan en circunstancias bastante más incómodas. Sucede una desgracia, la muerte de un bebé, hijo de un pobre mercader hindú, al que una mujer burguesa occidental bautiza en secreto poco antes de que fallezca. Cuando la cajita que contiene el cadáver es arrojada al mar, un tiburón la destroza y devora el cuerpo. No se trata de un cuento en el que lo que predomina sea la intriga, sino una espeluznante expresión de hechos que bien podrían considerarse como críticos de la hipocresía del imperialismo –igual que en “Yoshi-san, la musmé”-. Todos los pasajeros quedan profundamente impresionados, pero cuando el barco llega a su destino, cada cual sigue su camino, ajenos todos a la desgracia vivida.Luis-Valera-Delavat

El cuarto relato se titula “Dyusandir y Ganitriya”. En él hallamos, de nuevo, la figura de un narrador que es un diplomático en viaje de regreso a Occidente, después de haber permanecido en China durante el desarrollo de su misión. Con este último cuento, el ciclo queda completo: el traslado a Oriente, la estancia en China y el regreso. El personaje conoce a un arqueólogo que ha dedicado su fortuna y muchos años de su vida a la búsqueda del origen de los arios. No hace falta recordar que nos encontramos en uno de los primeros momentos de apogeo del estudio de los pueblos indoeuropeos, asunto erudito que tempranamente deviene en literario en la modalidad del exotismo arqueológico. El explorador de la historia, al que el diplomático narrador conoce en un hotel de Colombo, cuenta la leyenda de los amores del príncipe Dyusandir y la princesa Ganitriya, relación que puso fin a la rivalidad violenta que existía entre dos familias de la etnia aria. Todo el relato está cuajado de abundantes elementos en los que brilla la erudición entre fantástica y real. Más allá de la descripción de los pueblos arios, lo que destaca en el cuento es la prueba de origen mitológico a la que los enamorados deben someterse para que triunfe su amor tras haber descendido a los infiernos. Este ambiente mitológico también encuentra su eco en la novela De la muerte al amor, durante una ensoñación de su protagonista, Diego, en la que éste ve a su enamorada, Mildred, convertida en una especie de ondina: “Diego veía a D. Álvaro Bendicho, hosco y taciturno peregrino por el reino de las sombras, mirando allá en tinieblas pobladas de raros seres y de fantasmas tétricos y singulares. Y él, Diego, pretendía acercarse a Mildred y tomarla de la mano y llevársela de aquel lugar sombrío, nuevo Orfeo de una Eurídice vetustísima. Pero el chiflado viejo y el hosco don Álvaro se le oponían y, con voces horribles y raras muecas, le arrebataban a Mildred de los brazos” (p. 126)

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Libro de Alejandro Magno, Rey de Macedonia y Persia.

Alejandro Magno

Cuando en 404 a.C. terminó la guerra del Peloponeso, que había enfrentado a las principales potencias de Grecia, muchos fueron los guerreros que al ser desmovilizados decidieron alistarse como mercenarios contratados por Ciro el Joven, enfrentado a su hermano, el rey de Persia Artejerjes II. Este ejército consiguió llegar hasta cerca de Babilonia, pero Ciro murió en batalla y los mercenarios griegos comenzaron el regreso hacia su tierra, narrado desde la épica por Jenofonte en La retirada de los diez mil. Hasta aquel momento, las guerras médicas, que habían enfrentado a Occidente y Oriente por primera vez (por desgracia, en ello seguimos) se habían solventado en territorio griego. Con la expedición de los Diez Mil comienza a trazarse una ruta que años después seguiría Alejandro, rey de Macedonia y conquistador del Imperio Persa. En el año 395 a.C., el espartano Agesilao, ante la evidente debilidad de los persas, invade Asia Menor y los derrota en la batalla de Sardes; pero Persia recurrió al oro utilizado para sobornar a los propios griegos que organizaron una liga antiespartana con Atenas y Tebas a su cabeza. Agesilao, nueve años después, tiene que concertar la paz de Antálcidas y regresar a su tierra.

Tebas deseaba controlar la región de Beocia, pero Esparta no estaba dispuesta a tal expansión, así que invadió Tebas y entregó el gobierno a la aristocracia proespartana; sin embargo en el 379 a.C., Pelópidas liberó Tebas del sometimiento político a Esparta. Pelópidas dirigió una victoriosa campaña hacia el norte, a Tesalia y Macedonia, de allí volvió con un rehén, el príncipe Filipo, todavía niño. El ejército tebano, a las órdenes de Epaminondas, en 371 a.C., derrotó a los espartanos en la batalla de Leuctra; esta supuso el derrumbe del prestigio militar espartano. Así los tebanos alcanzaron su mayor poderío, hasta el punto de entrar en la misma Esparta; sin embargo, Epaminondas cayó en combate en el 362 a.C. cerca de Mantinea. También había muerto Pelópidas. Y así, a mediados del siglo IV a.C., Grecia queda organizada en tres principales núcleos políticos: Esparta, que seguía dirigiendo la Liga del Peloponeso, Atenas, orientada hacia el poderío naval, y Tebas, que dominaba Beocia.

Es en este momento cuando Macedonia, dirigida por Filipo II, que había sido educado por Epaminondas, comienza a desarrollarse como una potencia; en un principio, despreciada por los griegos que consideraban a sus habitantes como bárbaros, aunque su lengua era un dialecto del griego. Filipo subió al trono en el 359 a.C., una de sus primeras acciones, en las que se ven claras sus intenciones, es mejorar su ejército. Organizó una potente caballería, integrada por jóvenes de la aristocracia, los hetairoi, o compañeros; y la infantería formada por los hoplitas que constituirían las falanges macedonias, instrumento básico en las victorias de Alejandro.

Filipo II dirigió sus primeros esfuerzos militares hacia el norte de su territorio; derrotó a los ilirios, se apoderó de los yacimientos auríferos de Tracia y acabó invadiendo diversas ciudades que habían pertenecido a la liga ateniense durante la Guerra del Peloponeso. Los estados griegos, pese a las advertencias del que fue uno de los mayores oradores de su tiempo, Demóstenes, no se organizaron contra el poder de Macedonia y cuando lo intentaron, ya fue tarde, pues los aliados tebanos y atenienses fueron derrotados en el 338 a.C. en la batalla de Queronea, en la cual el joven príncipe Alejandro dirigía la caballería de los hetairoi. La situación en Grecia cambió de un modo radical con esta victoria macedonia.

Fue fundada la Liga de Corinto, de la que Filipo sería nombrado hegemón, jefe militar. Esparta no participó en ella. En teoría, cada estado mantenía su independencia; la realidad: Macedonia controlaba Grecia con la excusa de organizar una campaña contra Persia. Pero el 336 a.C., Filipo II fue asesinado en Pella, la capital de su reino. Buena parte de Grecia imaginó que había llegado el momento de recuperar su libertad. Es entonces cuando se manifestó la personalidad del hijo de Filipo, Alejandro.

El rey Alejandro dominó, en primer lugar a los opositores en Macedonia; hizo frente a los levantamientos de las tribus montañesas en sus fronteras y, posteriormente, se dirigió a Tebas para exigir su sumisión. La ciudad fue arrasada. Se reestableció la Liga de Corinto y en el año 335 a.C., comenzó la campaña militar contra Persia.

El ejército macedonio y griego cruzó el Helesponto. En Asia Menor, Alejandro rindió honores ante la tumba de Aquiles. Alcanzó la primera victoria contra los persas cerca del río Gránico; entraron en la ciudad de Sardes, donde consiguieron un buen botín. El rey persa, Darío III se enfrentó a ellos y fue derrotado en la batalla de Isso en 333 a.C., allí cayó presa la familia del propio soberano.

El ejército de Alejandro hubiese podido avanzar hacia el corazón del Imperio; pero dirigió su esfuerzo a adueñarse de las principales ciudades costeras de Siria. En Tiro se encontró con una fuerte resistencia. Siguió hacia Jerusalén, Gaza y Egipto; aquí fue recibido en el 332 a.C. como un libertador y tratado como un descendiente de los dioses. En la desembocadura del Nilo fue fundada Alejandría, ciudad que acabaría siendo elegida como su morada final.

En el 331 a.C., Alejandro avanzó hacia Persia. Los ejércitos se enfrentaron en la llanura de Arbela o Gaugamela. De nuevo, Darío III fue derrotado; consiguió huir. Los griegos siguieron hasta Babilonia, Susa y Persépolis, ciudad que fue arrasada como venganza por tantos años de sometimiento y como estrategia de borrar las raíces culturales de un pueblo conquistado. Darío se había refugiado en Ecbatana, antigua capital de Media. Alejandro comenzó su persecución, aunque sólo llegaría a encontrar su cadáver, pues el soberano había sido asesinado por un noble persa traidor, Besso. Para alcanzar a este, Alejandro siguió un avance hacia territorios que eran desconocidos; cada vez más al este. Besso fue atrapado y ajusticiado; pero los griegos siguieron una ruta que les condujo a la India donde Alejandro se enfrentó al rey Poro.

Los griegos se negaron a seguir adentrándose más allá y Alejandro se vio obligado a retroceder, en penosas condiciones, hasta Susa, donde llegó en 324 a.C. Progresivamente fue asumiendo las costumbres orientales. Buena parte de sus generales no compartían su idea imperial. Babilona fue la ciudad elegida como capital; allí se trasladó el rey y allí fallecería en 323 a.C. con treinta y tres años.

Su Imperio no se prolongó mucho más allá de su muerte; pues fue repartido entre sus generales. Egipto correspondió a Tolomeo Lagos, fundador de la dinastía de los Lágidas; Siria a Seleuco Nicátor, origen de los Seléucidas, y Macedonia a Antígono.

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TRATADO DE LA RENTEGRACIÓN, MARTINES DE PASQUALLY

PRIMERAS PÁGINAS DE LA INTRODUCCIÓN

Tratado-de-la-Reintegración

Portada del libro Tratado de la Reintegración

Martines de Pasqually es uno de esos personajes que marcan el desarrollo contemporáneo del ocultismo desde su propia biografía tan misteriosa como los conocimientos que transmite. Hasta en su mismo nombre, posiblemente Joachim dom Martines de Pasqually, nos encontramos con diversas variaciones que han complicado las posibles investigaciones respecto a su persona. Menéndez y Pelayo, lo españoliza en Martínez de Pascual, cosa que ha de tenerse en cuenta, pues para él el taumaturgo es de origen ibérico; en el libro de Papus (1895) L’Illuminisme en France (1767-1774). Martines de Pasqually. Sa vie. Ses pratiques magiques. Son Œuvre. Ses disciples se muestran diversas rúbricas: Don Martines de Pasqually, o De Pasqually de la Tour. Rijnberk, en el estudio más completo realizado acerca del maestro, señala como nombre completo: Jacques de Lyoron Latour de la Casse Joachin don Martines de Pasqually. Al parecer nació en 1727 (Amadou 2008), en la ciudad sudoriental francesa de Grenoble, aunque también se ha señalado como fecha posible 1710 (Faivre 1976). Tampoco está muy clara su ascendencia. Seguramente, sus raíces –y su apellido así lo señala- están relacionadas con la Península Ibérica –su padre había nacido en Alicante en 1671 (Var 2009)- y con una tradición que se hace incuestionable en su obra escrita y en sus prácticas ocultistas: la de los judeo-conversos; de hecho en el Tratado de la Reintegración las fuentes cabalísticas y veterotestamentarias se hacen evidentes. Cabe planearse hasta qué punto todas las dudas que disimulan entre neblinas, tanto la cronología como los hechos biográficos de un ocultista como éste, no son sino un instrumento más para mantener un misterio muy apropiado a las prácticas espirituales que transmite. Según Willermoz (Amadou 2008), Martines heredó un cargo jerárquico, que también era de posesión de unos conocimientos, de su propio padre. Nos encontramos, pues, con una transmisión de carácter familiar, cosa que hace sumamente complicado estudiar el comienzo de las teorías sobre las que se fundamentan los principios desarrollados tanto en el Tratado de la Reintegración como en el mismo culto desde el que se originó la orden de los Elus Coëns (los Sacerdotes Elegidos) en la cual se cimienta buena parte de la fama ocultista que acompaña al autor.

Cuatro

Cuatro

Entre los datos que, tampoco, alcanzan carta de naturaleza documental evidente, se encuentra la posible carrera militar de Martines de Pasqually como Teniente del Regimiento de Dragones de Edimburgo (Marcenne 1996), al servicio del Rey de España; cosa que no habría de llamarnos la atención puesto que era frecuente en la época que los oficiales del ejército participasen en actividades de Sociedades más o menos secretas. También Louis Claude de Saint-Martin fue militar. Por otra parte, esta pertenencia al ejército explicaría el contacto con el Regimiento de Foix durante su estancia en Bordeaux, aunque en ella tuvo parte importante su propia esposa. La carrera militar de Martines de Pasqually se desarrolla entre 1737 y 1747, cosa que nos indica que la fecha más probable de nacimiento entre las mencionadas sería la de 1710.

Papus (1895), en su libro acerca de Martines de Pasqually, analiza la vida del taumaturgo entre 1767 y 1772, es decir, desde su llegada a Bordeaux, después de haber pasado por distintas ciudades de Francia, intentando asentar unas bases que sirviesen para el desarrollo de su sociedad, la de los Elus Coëns. Al parecer, pues no puede afirmarse tal hecho documentalmente, Martines de Pasqually contrajo matrimonio en Bordeaux a principios de septiembre de 1767; gracias a su esposa, Colas de Pasqually -siguiendo el estudio de Papus-, pudo relacionarse con los oficiales del Regimiento de Foix, del cual saldrían sus más ilustres adeptos, pues ella era sobrina de su Comandante. Entre las diversas cartas hay algunas a las que ahora, en este intento de situar mínimamente al autor, es interesante hacer mención. Así una fechada el 20 de junio de 1768; en ella se hace evidente que Martines consagra todos sus esfuerzos intelectuales a la propagación de sus doctrinas y de su Orden, tanto es así que está preparando la Constitución de un nuevo Tribunal Soberano en Bordeaux. Da noticia, también en ella, del nacimiento de su hijo, al que otorgó el título de Maestro de los Elus Coëns poco después de su bautismo. Más allá de lo estrambótico de tal iniciación, lo que es importante, y a lo cual el mismo Papus otorga una atención especial, es al hecho de que se llevase a cabo el sacramento cristiano, pues en ello se encuentra una primera prueba de la falsedad de aquellas alegaciones que, en algún momento, han considerado a Martines de Pasqually como fiel a la religión judía, más allá de eso se mantiene inalterable su filiación a los judeoconversos hispánicos.

Martines, tal y como vuelven a hacer evidente sus cartas, también tenía conocimientos de sanación, así, por ejemplo, en una carta dirigida a Willermoz, le describe un complicado remedio de medicina natural para sanar de cierta dolencia a la hermana de su adepto.

Entre los discípulos de Martines de Pasqually, a Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles (Libro VI, Capítulo IV, Epígrafe I, “Tres heterodoxos españoles en la Francia revolucionaria”), le interesa especialmente la figura del Abate Fournie, autor de Lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos, publicada en Londres en 1801; explica en este libro el sistema iniciático y de teurgia de su maestro en estos términos: “Sus instrucciones diarias eran que pensásemos siempre en Dios, que creciésemos en virtudes y que trabajásemos para el bien general… Muchas veces nos dejaba suspensos y dudando si era verdad o falsedad lo que veíamos, si era él bueno o malo, si era Ángel de Luz o demonio… De tiempo en tiempo recibía yo algunas luces y rayos de inteligencia, pero todo se me desaparecía como un relámpago. Otras veces, aunque raras, llegué a tener visiones, y creía yo que M. de Pasquallys tenía algún secreto para hacer pasar estas visiones por delante de mí y que para que todas a los pocos día se realizasen”.

Tratado de la Reintegración. Martines de Pasqually. Traducción de Hugo de Roccanera. Edición de Antonio Joaquín González. Kindle-Amazon

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HUMANISMO Y ESPADAS. LOS SIETE SAMURÁIS DE AKIRA KUROSAWA

PRESENTACIÓN DE CARÁCTER PERSONAL

Portada Libro

Ahora que se cumplen los veinticinco años de su muerte es el momento de rememorar algunos pensamientos desde los que, al tiempo, recupero un asunto al que he dedicado muchas horas de lectura, reflexión y, sobre todo, cine. Cuando en septiembre de 1998 me enteré del fallecimiento de Akira Kurosawa, vinieron a mi recuerdo algunas de sus películas, programadas no hacía mucho en televisión, casi como llega lo premonitorio. Imágenes de Duelo silencioso; una noche, en la filmoteca, consiguiendo, por fin, ver Los siete samuráis, casi con un temblor reverencial del deseo prolongado en el tiempo cuando se apagaron las luces de la sala. La nostalgia amarga y, a la vez, esperanzadora de Rashomon. Y, la verdad, no mucho más en aquellos momentos. No podría olvidar, por supuesto, el estupor de belleza que me invadió hasta las lágrimas con algunos fotogramas de los Sueños, cuando la ciudad todavía tenía muchas salas de proyección, algunas conocidas desde una niñez de películas.

Aquel seis de septiembre de 1998, pensé que me hubiese gustado brindarle un humilde, aunque sentido homenaje a este director que, junto a John Ford, encarna buena parte de lo mejor que puede dar el séptimo arte. Sentimientos a los que di palabra hace años, cuando la muerte no había llamado tantas veces a la puerta de la familia; ahora sé que no son necesarios tales homenajes, pues el mayor es el recuerdo que permite seguir siendo vida.

La complejidad de la existencia, que siempre nos conduce por insospechados caminos a los que, a veces, llamamos destino, fue posponiendo el encuentro, el encerrarme durante varios días para ver una tras otra las películas de Kurosawa. Pero en el tiempo, la evocación y el respeto se han mantenido, ahora en forma de este estudio para la memoria de aquello que no debiera ser olvidado. En realidad, Los siete samuráis, además de una experiencia de estética narrativa lo es también de la emoción, así lo supo ver José Ramón Sánchez (1995:128), el ilustrador que también fue educador de la generación denominada de la Egb, en la remembranza de ver en la gran pantalla una película como esta

No es mi intención con este estudio actuar como en un laboratorio, diseccionando fotograma a fotograma; hace tiempo practiqué este tipo de comentario y no quedé satisfecho con el resultado. Además, Los siete samuráis no es algo muerto; es un clásico y en él cada visionado supone nuevas respuestas a preguntas con las que los años nos van cargando. Ahí radica el misterio de las obras maestras: nunca acaban de transmitir su mensaje, porque este se enriquece a la vez que transcurre el tiempo del espectador.

Los siete samuráis es una gran película; muchas veces olvidada en esas falsas e interesadas listas de las mejores. Un clásico de esos que construyen una totalidad en sí mismos. Un filme que, desde el primer momento hasta el último fotograma, crea una realidad sin fisuras, origen de un mundo paralelo para quien suspende en sus imágenes la cotidianidad; a la vez que promueve la recapacitación sobre las propias experiencias y sobre nuestro contexto cultural, aparentemente tan alejado, bien sea en el tiempo, bien en el espacio.

En la dimensión de las grandes obras de arte, se borra la existencia de cada día, se enriquece la vida misma en una amalgama de significados, proteicos porque aquel que vuelve a mirar nunca es el mismo.

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“El pájaro”

Un comentario desde lo místico

Octavio Paz

Octavio Paz, retrato a lápiz

“El pájaro” es un poema que pertenece a “Condición de nube” (1944) en Libertad bajo palabra de Octavio Paz.

Verderón. Il. G. Andrango.

La literatura es un camino que, por fortuna, no se acaba nunca, y así llegan a producirse en el lector una serie de conexiones entre textos que suponen siempre un proceso enriquecedor, no tanto en la voraz búsqueda de intertextualidades de la tradición más o menos antigua, como en la iluminación que se origina recíprocamente entre palabra y existencia.

El pájaro, desde lo tradicional del motivo, arranca de lo más profundo del simbolismo. Fácil es imaginar a los primeros seres que tomaron consciencia del mundo desde la mirada humana, perdiéndose en el canto y la luz de las aves esquivas. Bien conocían los chamanes de distintas culturas la capacidad de comunicación de los seres alados con lo trascendente. Aristóteles como Plinio hablan del armonioso canto de los pájaros, cuya naturaleza, por otra parte, también compartieron las sirenas. Por algo son aladas las sandalias de Hermes, mensajero de lo más profundo. 

Como alado enviado de lo tradicional, el pájaro es un elemento provocador de la experiencia mística, así en el caso del monje Virila, del monasterio de Leyre en Navarra, que perdió la noción del tiempo, absorto en el gorjeo de un ruiseñor. El especial simbolismo del trino de las aves hace que también fuesen frecuentes en los escritos místicos que narran experiencias de lo más trascendental, así en el islam, en Raimundo Lulio, en Teresa de Jesús y en Juan de la Cruz.

El pájaro

En el silencio transparente
del día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.
Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vidró el cielo,
se movieron las hojas…
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.

Una de las primeras cuestiones que debemos tomar en consideración a la hora de acercarnos a este poema es su título, pues en él está explícita la voluntad de mostrar el protagonismo del pájaro, aunque este tarda en aparecer entre los versos, no lo hace hasta el doce de un total de diecisiete, en el último tercio, como la culminación de un proceso que se marca desde el principio por las referencias a la transparencia manifestada tanto en el tiempo como en el espacio; una transparencia que significa la capacidad de ver con nitidez, si bien en un primer instante es un vislumbre cuya trascendencia no se manifestará hasta el trino como flecha, un vislumbre que permite ver, sin ambigüedad pero sin llegar a declararse desde la evidencia.

Petirrojo europeo (Il. G. Andrango)

Transparencia que desde la cronología de la experiencia poética se consuma al mediodía, en el punto álgido de la luz y quietud que sosiega y permite contemplar en el detalle, por el enlentecimiento de la noción temporal, el crecimiento de las yerbas, a los bichos de la tierra que se mueven entre piedras. Todo el espacio, por efecto de ese cenit de luz, cobra una identidad que transmuta lo diferente en una sola realidad, desde la cual la variedad se ve trasfigurada en un todo panteísta. El tiempo, tal y como corresponde a la experiencia mística, se muda en un minuto, pues la eternidad siempre será percibida en el instante del éxtasis, tal y como le sucedió al monje Virila; efecto de la quietud absorta que supone la admiración de la entrega plena al proceso de meditación, como pórtico que da paso a la realidad absoluta.

En el enmarcamiento cronológico y espacial del poema, ambas categorías, tiempo y espacio, se confunden; se funden en una, por efecto de la luz y la transparencia; en ese cronotopo místico aparece el pájaro que canta, como una delgada flecha, cuya misión es penetrar y herir, donde ya estaba la herida luminosa y extática; pues canto y luz se asimilan, en su calidad de umbral alumbrado hacia la transcendencia.

En apariencia, el canto del pájaro protagonista del poema (aunque al final, lo que importa es la experiencia lírica del yo) rompe la quietud que había producido la luz del mediodía. La flecha del canto hiere desde lo absoluto a ese yo poético, aunque también es el pecho de plata del ave el que ha resultado herido por esa misma luz que transforma en uno al contemplador, al ave y al referente. 

Pájaro de pecho de plata, plumas transformadas en luz; ¿quién no ha entrevisto el pecho de un ave entre las ramas en primavera como un destello? Ambigüedad, confusión entre el yo y la creación, característica de la reorganización del universo por efecto de la iluminación que deshace el yo, fundiéndolo en una realidad panteísta. En un proceso místico se produce la exposición de lo trascendental que, en el poema de Octavio Paz, está explícito en los últimos versos. Un mensaje que no se comunica por la palabra, sino por el sentimiento, “la muerte era una flecha que dispara alguien desconocido y en un abrir los ojos nos morimos”. Mantener los ojos cerrados es como querer esconderse ante la muerte, pero esta llega, tanto en su sentido final físico como en la emergencia del ser, que es lo que realmente importa en toda experiencia espiritual.

Bien podría verse en esta poema una reactualización del tópico del Carpe diem, así, ese descubrimiento de que en un instante, el de abrir los ojos, morimos, es una invitación a vivir en plenitud una existencia que es corta, como un relámpago; claro que en la confusión de lo iluminativo se produce la pérdida de la antonimia entre instante y eternidad, ambas son lo mismo. Así pierde validez la posibilidad de considerar que estos versos son una llamada a dejar los ojos cerrados, para permanecer en el arrobamiento estético producto de la iluminación. Ésta, en el poema, es resultado de la omnipotencia y presencia de la luz. Una luminosidad que produce tal transparencia en las palabras que su opuesto, la oscuridad, no puede aparecer como tal, sólo sugerido en las hojas de entre las cuales vibra el canto del pájaro, del ave solitaria, como corresponde a la mística de san Juan de la Cruz y, antes, del islam. 

Y, en el verbo que cierra el discurso, “morimos”, que es la máxima expresión de la negrura imposible, o nada, pues la luz rompe tal frontera y permite la pervivencia del ser más profundo. Mensaje de esperanza que trasciende el tópico horaciano del Carpe diem, pues el alma, como el pájaro, tiene en su pecho la luz de la vida.

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“Un gorrión entra en el Mexuar” (Comentario)

Álvaro Mutis

Entre un tropel y otro de turistas
la calma ceremoniosa vuelve al Mexuar.
El sol se demora en el piso y un tibio silencio
se expande por el ámbito donde embajadores, visires,
funcionarios, solicitantes, soplones y guerreros
fueron oídos antaño por el Comendador de los Creyentes.
Por una de las ventanas que dan al jardín
entra un gorrión que a saltos se desplaza
con la tranquila seguridad de quien se sabe
dueño sin émulo de los lugares.
Vuelve hacia nosotros la cabeza
y sus ojos – dos rayos de azabache –
nos miran con altanero descuido.
En su agitado paseo por la sala
hay una energía apenas contenida,
un dominio de quien está más allá
de los torpes intrusos que nada saben
de la teoría de reverencias, órdenes, oraciones,
tortuosos amores y ejecuciones sumarias,
que rigen en estos parajes en donde la ajena incuria,
propia de la triste familia de los hombres,
ha impuesto hay su oscuro designio, su voluntad de olvido.
Vuela el gorrión entre el laborioso artesonado
y afirma, en la minuciosa certeza de su desplazamiento,
su condición de soberano detentador
de los más ocultos y vastos poderes.
Celador sin sosiego de un pasado abolido
nos deja de súbito relegados al mísero presente
de invasores sin rostro, sin norte, sin consigna.
Irrumpe el rebaño de turistas. Se ha roto el encanto.
El gorrión escapa hacia el jardín.
Y he aquí que, por obra de un velado sortilegio
los severos, autoritarios gestos del inquieto centinela
me han traído de pronto la pálida suma
de encuentros, muertes, olvidos y derogaciones,
el suplicio de máscaras y mezquinas alegrías
que son la vida y su agria ceniza segadora.
Pero también han llegado,
en la sorda plenitud de ese instante,
las fieles señales que, a mi favor,
rescatan cada día el ávido tributo de la tumba:
mi padre que juega billar en el café Lion D’or de Bruselas,
las calles recién lavadas camino del colegio en la mañana,
el olor del mar en el verano de Ostende,
el amigo que murió en mis brazos cuando asistíamos al circo,
la adolescente que me miró distraída mientras
colgaba a secar la ropa al fondo de un patio de naranjos,
las últimas páginas de Victory de Joseph Conrad,
las tardes en la hacienda de Coello con su cálida tiniebla repentina,
el aura de placer y júbilo que despide la palabra Marianao,
la voz de Ernesto enumerando la sucesión de soberanos sálicos,
la contenida, firme insomne voz de Gabriel en una sala de
Estocolmo,
Nicolás señalando las virtudes de la prosa de Taine,
la sonrisa de Carmen ayer en el estanque del Partal;
éstas y algunas otras dádivas que los años
nos van reservando con terca parsimonia
desfilaron convocadas por la sola maravilla
del gorrión de mirada insolente y gestos de monarca,
dueño y señor en el Mexuar de la Alhambra.

A lo largo de su obra, hay un texto especial que configura la grandeza e intimidad de la poética de Álvaro Mutis, se trata de su libro Los emisarios (1984); en él leemos algunos de los más bellos momentos de su producción: “Un calle de Córdoba”, “Tríptico de la Alhambra” o “Hija eres de los Lágidas”, o los dos poemas en prosa en los que quedan al descubierto nuevas facetas de la biografía de Maqroll el Gaviero: “La visita del Gaviero” y “El cañón de Aracuriare”.

Un emisario es un enviado que puede convertirse en visionario, según el tipo de mensaje que transmita. Los enviados herméticos de este libro, que son los poemas, portan dos comunicados: verdad y muerte.

Uno de los ciclos de Los emisarios es el que se sitúa en Andalucía; compuesto por tres poemas: “Un calle de Córdoba”, “Tríptico de la Alhambra” y “Cádiz”. El “Tríptico de la Alhambra” nace desde una experiencia que surge de la visita al monumento Nazarí. Está compuesto por “En el Partal”, “Un gorrión entra en el Mexuar” y “En la Alcazaba”.

Dos cuestiones reiteradas en la poesía de Álvaro Mutis son, por un lado, la clarividencia en la percepción de la realidad y la observación que cala profundamente en el espíritu. Una mirada que deviene en contemplación visionaria y apasionada; cosa que puede llamar la atención, pues su modo de observar parece corresponder al realismo, a la manera del espejo de Stendhal.

Mexuar es una palabra que procede del árabe Mishwar, ‘consejo, cámara’; era el centro administrativo de la Alhambra, representación del poder, cancillería y residencia oficial del emir. Allí se llevaban a cabo las labores de gobierno. De ahí que en este poema esté tan presente el campo semántico de lo administrativo: ceremonia, embajadores, visires, funcionarios, solicitantes, soplones y guerreros.

El poema comienza con el ruido del tropel de turistas, el desorden, una algarabía expresada mediante la aliteración de oclusivas y vibrantes. Sólo cuando acaba de pasar, vuelve una calma calificada como ceremoniosa, muy apropiada para tal espacio. De nuevo es posible la contemplación, la mirada con un sentido trascedente, anhelante, de un significado que más que buscarse, ha de encontrarse. Dos imágenes expresan la quietud necesaria, “el sol se demora en

el piso” y “un tibio silencio se expande”. Vista, tacto, oído, la sinestesia del tibio silencio. En ese espacio cerrado y oficial administrativo hay una ventana desde la que la acción va a invadir de nuevo el territorio de la calma; desde el jardín, naturaleza transformada por la mano humana, entra en el Mexuar un gorrión; realidad y símbolo de espiritualización.

En definitiva, se trata de una anécdota desde la cual se organiza un poema; un elemento íntimo que va a provocar un movimiento interior en el poeta. Son varios los signos que el observador ve en el gorrión; la “tranquila seguridad de quien se sabe dueño sin émulo de los lugares”, un mirada de “altanero descuido” desde unos ojos que son “dos rayos de azabache”, metáfora que evoca la negra luminiscencia de los cielos místicos y el alumbramiento espiritual.

Álvaro Mutis rememora el mundo del tiempo en el que la Alhambra alcanzó su máximo esplendor, desde una descripción que hunde sus raíces en el orientalismo decimonónico de reverencias, poder, religión, pasión, ejecuciones, crueldad. Todo un mundo olvidado, aunque nunca existió como tal. Tampoco importa mucho, pues la imaginación llena los espacios en blanco de lo desconocido.

El gorrión se ha transformado simbólicamente, ha sido descrito por sus acciones normales, las de un ave, pero ahora “afirma su condición de soberano detentador de los más ocultos y vastos poderes”. ¿Cuáles son estos?, los de “celador de un pasado abolido”, ¿el de la Alhambra o el del poeta? Estas potestades permiten al gorrión ascender en la escala simbólica en un “mísero presente” que discurre con el fondo de un tropel de bárbaros. Un presente que todavía no ha sido alumbrado por la experiencia decisiva. El mismo tiempo, que también es espacio, en el que está instalado el poeta. Una nueva correría de esos “invasores sin rostro, sin norte, sin consigna”, cuando “irrumpe el rebaño de turistas”, “rompe el encanto” y el pájaro escapa. La palabra “encanto” nos sitúa en el territorio de lo maravilloso, un mundo de silencio solemne y luz custodiado por el gorrión; de él procede el “velado sortilegio” y por este, se convierte en taumaturgo, capaz de general el ambiente propicio para la maravilla.

¿Cuál es esa maravilla producida por encantamiento? La vida, definida primero desde lo negativo: muertes, olvidos, derogaciones, suplicios de máscaras y falsedad, mezquinas alegrías que intentan adormilar al espíritu en una realidad deleznable.

Pero es en el encuentro con el gorrión cuando el instante pasa a ser de dorada plenitud, como el bruñido de los mocárabes que siguen brillando en la Alhambra con la pátia del tiempo. El encantamiento provoca la liberación de lo negativo que arrastra la existencia, con “las fieles señales que, a mi favor, rescatan cada día al ávido tributo de la tumba”. A partir de ese momento, el poema va a desarrollar, mediante imágenes, la autobiografía del poeta la infancia, la amistad, la muerte, el amor, la literatura. Los recuerdos de la niñez y la amistad son la culminación del alumbramiento producido desde la contemplación del gorrión, que concluye en la recuperación de lo más puro que yace en todo ser humano.

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