Creo en la luz
y fuente
tornasoladas del vitral.

En tren
21 de enero, madrugada
SOÑANDO
-¡No, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto por la senda
¡En sus manos
lo lleva!
No sabe lo que es, mas va a la aurora
con su joya secreta.
Presentimos que aquello es, infinito,
lo ignorado que el alma nos desvela.
Casi vemos lucir sus dentros de oro
en desnudez egregia…
-¡No, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto, por la senda.
Podría, fuerte, el brazo asirlo…
El corazón, pobre, lo deja.
La poesía de Juan Ramón Jiménez es la búsqueda de una perfección que implica, como una quête, el adentrarse hacia lo más profundo del uno mismo representado en la metáfora del ALMA QUE VIAJA –siempre el viaje es una circunstancia especial que permite el autoconocimiento- y eso (ya desde el primer momento de Diario de un poeta reciencasado) en el presente inmediato, aunque en el caso del poema al que nos referimos –“Soñando”- sea el tiempo del simbolismo onírico; de la misma forma –así en el “Saludo del alba”, pórtico del libro- el pasado es el sueño y el futuro una visión; la gran poesía es visionaria y esto se hace evidente en la creación de Juan Ramón Jiménez. Diario de un poeta reciencasado comienza como una expresión romántica del recuerdo hacia la enamorada en la lejanía. Tiempo y espacio, ambas categorías diferenciadas en la existencia concreta de cada uno de los amantes; horas y paisajes discordantes pero ambos convergen en el puro sentimiento del poeta.
“Soñando” es uno de los primeros poemas que forman Diario de un poeta reciéncasado, de hecho está fechado el “21 de enero, madrugada” en el tren que lleva al poeta desde Madrid hacia su tierra natal. Noche, invierno y sueño se superponen como una serie de elementos que contribuyen a crear una ambientación entre ensoñación, pesadilla e indagación interior –esta posiblemente tendría que localizarse en una reelaboración o recuerdo creativo de la experiencia vivida e imaginada durante el viaje en ferrocarril-. Juan Ramón Jiménez consideró estos versos los suficientemente importantes como para utilizarlos en varias de sus antologías, así en 1917 para Poesías escojidas de la Hispanic Society of America (New York); en 1922, la Segunda Antología poética (Madrid, Calpe) y en 1957 la Tercera antología poética (Madrid, Biblioteca Nueva), texto que el autor comenzó a preparar con la colaboración de su esposa Zenobia. Tal interés, por otra parte, se manifiesta en esa continua reelaboración que acompaña la producción poética de Juan Ramón Jiménez.
Sánchez Barbudo (1994) señala dos fuentes importantes que implican cambios documentados en este texto –y en otros de Diario de un poeta reciencasado-: el primero es un ejemplar de la obra corregido por el propio autor (custodiado en la Sala dedicada al poeta en la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico) con correcciones realizadas en España antes de que abandonase el país en 1936 cuando estalla la Guerra Civil –ninguno de estos cambios han aparecido en las ediciones del texto en vida de Juan Ramón Jiménez-. Otros cambios pueden localizarse en diferentes papeles, también catalogados en la Universidad de Puerto Rico; estos fueron realizados en torno a 1954 e implican numerosas prosificaciones que se explican perfectamente en ese momento de la obra juanramoniana en el que el ritmo era buscado desde la prosa (ejemplificado en Espacio) más cercana a la expresión total anhelada por él. Entre las sustituciones que experimenta el texto tenemos que destacar la clasificación de “Sueño” como “Enigma” (en el ejemplar anotado por el autor), una clara señal de la dificultad que entraña el poema, aunque también es un acicate para el lector que ha de indagar en un significado oculto en los versos –de ello pretendo ocuparme más tarde-.
En su edición, Sánchez Barbudo (1994) señala la existencia de la oscuridad enigmática de “Sueño” y valora distintas posibilidades de interpretación; éstas parten necesariamente del evento desde el cual surge el poema. Juan Ramón Jiménez viaja hacia Moguer; ahora se encuentra en el tren que le lleva desde Madrid hasta Sevilla, aunque el periplo es mucho más largo, a los Estados Unidos, en un itinerario vital que va a concluir en el matrimonio con Zenobia Camprubi. Ahora bien, ¿coincide el momento de la composición con el de la escritura? Tengamos en cuenta la continua reelaboración a la que Juan Ramón Jiménez somete sus escritos. Es posible que el viajero viese un niño que lloraba mientras que el tren se iba alejando –son muy numerosas las circunstancias que se conjuran para producir la visión desde la que se genera un poema, transustanciación de la vida misma-. Es posible que se tratase de un sueño en el duermevela del traqueteo del vagón; de ahí ese título “Soñando”. Es posible que una realidad vislumbrada desde la ventanilla del tren contaminase las imágenes oníricas. Sea una u otra, en la voluntad del poeta está el considerar que todo se genera en la realidad paralela que es el sueño.
De un modo u otro, a lo largo del poema se entiende la presencia de dos emociones contradictorias: la del temor o pena y la ilusión que supone el tener algo maravilloso. Ambas están en ese niño cuya visión origina el sueño, pero como él es una metáfora de la propia interioridad del poeta, también se encuentra en éste, enfrentado en ese mismo momento al temor y la ilusión de una circunstancia totalmente nueva que se aproxima a su vida, su boda con Zenobia. Se produce la mezcla de la alegría de la unión, pues Juan Ramón Jiménez está profundamente enamorado de la que va a ser su esposa, pero también el miedo que sugiere la posibilidad de huir. Aquí se encuentra esa hipersensibilidad casi neurasténica con la que en muchos momentos ha sido definida la personalidad del autor. El contrapunto del sexo como ilusión y como aversión a la relación carnal en su aspecto más físico; sin embargo, por esa “desnudez egregia” triunfa el deseo, la pasión cercana a esa mirada erótica que Juan Ramón Jiménez aprende de la estética finisecular y modernista, la cual alcanza su momento de esplendor en esa mujer que va desvistiéndose hasta alcanzar su plenitud al convertirse en el símbolo de la poesía desnuda totalmente poseída por el buscador de la belleza.
Desde el primer verso se hace evidente la función expresiva mediante la cual el yo poético se involucra totalmente en aquello que va a desarrollarse en el texto. Esa negación duplicada y exclamativa nos aproxima a una realidad que causa un cierto espanto manifiesto en una serie de elementos que expresan el dolor o el horror de una pesadilla: no, llorar, huir, la senda –entendida como un camino apenas vislumbrado-. Sin embargo, lo positivo también crea un cambo semántico de la maravilla: aurora, oro, joya secreta, infinito, alma, lucir, desnudez egregia. Lo maravilloso, por otra parte, se mezcla con lo físico haciendo que lo irreal se transfigure en algo real –tal y como acontece en una ensoñación, especialmente si ésta procede de un niño-, por eso aquí están unas manos que llevan, un brazo que ase con fuerza o un corazón que es calificado como pobre.
Este contrapunto produce una alternancia de sensaciones en el poema, equiparable a la dicotomía interna que vive el autor. La imagen, posiblemente real, que ha sido vista en algún momento de la travesía: el niño que llora y huye por una senda. Aunque, inmediatamente se produce la maravilla interpretada como ese infinito que va a aparecer en distintas ocasiones a lo largo de este Diario de un poeta reciencasado como anuncio de lo que llegará a ser el concepto de Eternidad, que sirve para definir el sentido profundo de la estética juanramoniana. Pero, como en un sueño angustioso, la imagen de la que se quiere huir vuelve a aparecer, por mucho que inconscientemente se reitere la negativa de ser testigo de cómo “el niño llora y huye”.
La inocencia en su fragilidad se aleja por la senda aunque el brazo, la fuerza de lo despierto, la voluntad consciente podría asirlo, detenerlo; pero el corazón, que nada puede hacer –de ahí ese calificativo de “pobre”- lo deja partir. El adulto reconoce que la niñez, con su tesoro de infinito, tiene que huir hacia un destino que bien podría ser el mismo al que el poeta ahora se acerca.
El tesoro que el niño posee es ignorado, pero el alma, al abandonar el territorio de la ilusión onírica e inocente; al ir hacia su destino, pese al dolor del pobre corazón, se transforma en una desnudez suprema, en una joya desvelada que es la aceptación de un destino cuyo horizonte está dibujado en la imagen de una mujer amada, causa del periplo del poeta.
Esa fusión entre inocencia, niñez y amor la encontramos unos poemas después, el XVII, fechado, nuevamente, en el tren, rumbo a Sevilla, el día 27 de enero; este titulado “Duermevela”, ya desde su mismo título anuncia esa fusión de la realidad con una imágenes oníricas elaboradas poéticamente. partiendo de un romance popular que sirve como pórtico a “Duermevela” (“Vestida toda de blanco, / toda la gloria está en ella”), leemos en la primera estrofa de Juan Ramón:
“Vestida tu pureza
con el blanco vestido
de desposada, ibas
por mi sueño tranquilo,
cual con tu traje blanco
de niña, ante mí, niño”.
La inocencia de la niñez recuperada en un sueño en el que predomina la pureza del blanco, aunque posteriormente la novia se transforma, en virtud de un “áureo rizo antiguo” en la explosión de colores que en otros momentos marca el instante de plenitud en su poesía.
“¡Rizo fino de niña,
arco iris divino
del prado –el corazón-
de tu amanecer nítido!”
Versos que bien pueden leerse en paralelo a esa iluminación de eternidad, igual de expresiva, que leemos en un poema en prosa nacido a raíz de cierta experiencia del autor en la ciudad de Nueva York, “La negra y la rosa”.
A diferencia de lo que ocurre con “Sueño”, en “Duermevela” desaparece ese ambiente de pesadilla, quizá porque no se origina en la plenitud liberada del inconsciente sino en ese momento en que se agudiza el sentido estético en la frontera entre el sueño y la vela. En “Duermevela”, el niño no sufre sino que recupera las puras sensaciones de una niñez en la que el sentimiento no parece empañado por la gasa con la que se cubren las heridas de la vida.
(SEGUNDA)Diario de un poeta reciencasado puede ser muchas cosas, desde un planteamiento de una estética nueva que paulatinamente va alcanzando más y más fuerza, hasta un itinerario de carácter iniciático en que los cambios que se producen en el interior son tan trascendentales como las variaciones del paisaje que es contemplado con distintos ojos según transcurre el tiempo; a la vez, no se no tiene que olvidar en ningún momento que es también un libro de amor, no tanto cancionero como expresión de la pasión que embarga el ánimo del autor a lo largo del viaje. Esa expresión del sentimiento amoroso, aunque en algún momento parece problemática, se hace evidente tanto en el último verso de la primera sección del libro “Hacia el mar”, como en el primero de la segunda “En el mar”. El poema XXVI está fechado el 29 de enero, desde las murallas de Cádiz, allí Juan Ramón contempla un mar que pronto va a transformarse en un horizonte único para él, viajero hacia América. La distancia que separa ambas orillas es inmensa, pero queda en nada cuando el autor indaga en la imagen amorosa que vive en su interior; así leemos:
“Aun cuando el mar es grande,
como es lo mismo todo,
me parece que estoy ya a tu lado…
Ya sólo el agua nos separa,
el agua que se mueve sin descanso,
¡el agua, sólo, el agua!”
Y el objeto que provoca esa sensación de que el océano no es nada está en la amada que en la siguiente composición, XXVII, se hace más evidente:
“¡Tan finos como son tus brazos,
son más fuertes que el mar!
Es de juguete
el agua, y tú, amor mío, me la muestras
como una madre a un niño la sonrisa
que conduce a su pecho
inmenso y dulce…”.
(TERCERA)Siempre los niños, como emisarios de eternidad y sentimiento que conduce tanto al amor como a la vida.
Entre los poemas fechados en América entre el 24 y el 26 de abril, posiblemente surgido desde una escena vista en Nueva York, este
CXIII
IDILIO
¡Con qué sonrisa, en el paisaje rosa,
la madre joven hace, con su mano,
más larga la manita tierna
del niño, que la alza,
en vano, a las cerezas!
Un pajarillo, cerca, canta,
y el sol, bajo el rosal, trenza, vibrando,
sus rayos de oro con la yerba fina;
y el agua brota, blandamente,
perfumada de rosas encendidas
y de rosas en sombra.
¡Amor y vida
se funden, como el cielo con la tierra,
en un esplendor suave
que es, un instante, eterno!
Malcolm Lowry
Traducción de Jaime Zulaika y Antonio-Prometeo Moya
(Tusquets. Barcelona. 2007)
Después de sumar numerosas pérdidas, en el momento en que ya no queda nada, Ethan Llewellyn y su esposa Jacqueline emprenden un viaje que, en realidad, es una huida, aunque escapar es imposible, dado que siempre les va a acompañar su propia experiencia, que por un impuso aunque sea mínimo va a surgir, llevando a Ethan a rememorar aquello mismo de lo que pretende escapar: fuego, remordimiento, crimen –aunque no haya sido él quien lo ha originado-.
Malcolm Lowry (1909-1957), escritor británico nacido en Birkenhead –Cheshire- y muerto en Ripe –Sussex-, es uno de los mejores ejemplos que podemos mencionar para mostrar los cambios que experimenta la narrativa inglesa en la primera mitad del siglo XX. Entre sus obras, además de la póstuma Ferry de octubre a Gabriola (se publicó en 1970) hay que destacar otras como Bajo el volcán, Escúchanos, Señor, desde el cielo, tu morada, Ultramarina u Oscuro como la tumba en la que yace mi amigo.
El nacimiento de Ferry de octubre a Gabriola, puede situarse en torno a 1947, en palabras de la esposa del novelista, Margerie Lowry: “En octubre de 1946, Malcolm y yo tomamos un barco de Vancouver a Victoria, el autobús de Victoria a Nanaimo y el trasbordador de Gabriola, isla de la Columbia británica. Casi siempre, tomamos notas, y al volver nos dijimos que había suficiente para un relato, que escribimos a medias. Pero nos pareció que no era nada del otro jueves y lo desechamos”. Aquí está esa realidad del viaje: “El viaje, el viaje rumbo a casa; todos estaban embarcados en un viaje como aquél, el Espuma del Océano, Gabriola, ellos también, el barman, el sol, los reflejos, los vasos amontonados, incluso la luz, el mar que debido en aquel instante a un fenómeno solar y a la desaparición de las nubes semejaba una luminaria entre dos tinieblas, una brecha entre dos inmensidades, todos estaban embarcados en un viaje como aquel, hacia el encuentro de dos infinitos, donde se proseguiría el trayecto, ya se proseguía hacia lo infinitamente pequeño que ya se expandía antes de pensar en ello siquiera hasta rellenar la luz sin límites del Caos … Azul, azul, azul marino; una barca de pesca blanca hendía las aguas en un primer término pautado por los cables telegráficos que había exactamente delante de la ventana, y tras alzar el vaso hasta la luz y beber la cerveza podía creer uno, olvidándose de todo, que se había bebido el día, y tras beberse el día, que el día seguía allí (había otra cerveza, esta vez de Jacqueline) con su inagotable frialdad, con su perspectiva de felicidad, para ser engullido nuevamente”.
Es imposible huir del fuego cuando éste acompaña al mismo que está escapando. Esto es lo que les sucede a los protagonistas de Ferry de octubre a Gabriola. Ethan Lewellyn y su esposa Jacqueline. Ambos están realizando un viaje en el que el paisaje recorrido es lo de menos, pues la travesía es más interna que su periplo por diversos territorios. Se trata de una odisea que comienza en pleno otoño, hacia el cercano invierno de la costa pacífica canadiense, pues estamos en la Columbia Británica, con una isla, Gabriola que durante los meses fríos permanece aislada ante el mundo, de hecho, casi puede llegarse a la conclusión de que este Ferry de octubre es el último; el último al que pueden aferrarse Ethan y Jacqueline para alejarse de unas obsesiones que, al ser tales, es imposible dejar atrás: el fuego, el consumo de alcohol, la indignidad de haber defendido a un criminal, el haber abandonado a un hijo… de nada de esto pueden librarse los Llewellyn y, así, el viaje se transforma en un continuo libre fluir de la consciencia en la que la anécdota casi es lo de menos, pues lo que más importa es la interpretación o la metamorfosis del paisaje que transcurre más allá de las ventanillas del autocar.
Este tipo de odiseas admiten mucho mejor la forma poética que la propiamente narrativa –un ejemplo bien claro de ello está en Diario de un poeta reciencasado de Juan Ramón Jiménez-, es por esto por lo que en la obra de Malcolm Lowry son muy numerosos los fragmentos que se acercan a la prosa poética, tanto desde el uso de ritmo como en el de imágenes, en muchos casos oníricas y metafóricas.

Un ejemplo claro de la transformación de lo real desde lo poético: “Pero el autobús, cogido en medio de una repentina ola de coches norteamericanos de aspecto caro, coches semejantes a ballenas azules, hermosos en su línea futurista, con grandes, llamativos y protuberantes faros en ambos extremos que parecían acercarse cuando, en realidad, se alejaban, y que no habían cesado de brotar en chorro uniforme de las calles secundarias, quizá hubiese una factoría en Nanaimo que fabricase aquellos coches y aquéllos contuvieran directivos que se iban a casa a comer, aunque quizá fueran mineros, el autobús avanzaba tan despacio en aquellos instantes que apenas si podían resistir la tentación de mirar con más atención el cartel publicitario”.
Posteriormente se procede a un juego en el que la palabra se transforma en letra icónica y propagandística, pues los anuncios se van superponiendo al discurso narrativo, enmarcados, acercando la plasticidad con la que en ese mismo momento se van encontrando los protagonistas. Especialmente en el caso del que publicita la Sopas Mama Juanete, que crea un estado de zozobra y miedo en el protagonista, pues ve en él el inminente desencadenamiento de una nueva desgracia.
El fluir de la consciencia que caracteriza esta novela:
“Como un truco que le hubieran recomendado para conciliar el sueño, recitaba el Padrenuestro. Casi nunca llegaba hasta <y líbranos del mal>, aunque, cuando llegaba, repetía la frase muchas veces. Cada vez que empezaba la oración se volvía absurda. En vez de “Padre nuestro que estás en los cielos”, decía sin darse cuenta: <Fuego nuestro que estás en el miedo>. Y a raíz de la palabra <miedo> brotaba al instante un miedo real; miedo al día siguiente, miedo de ver anuncios, circunstancia que parecía acontecerle en casi todos los periódicos, sobre Mama Juanete, en casi todas las esquinas”… “y de los miedos surgían odios frenéticos, odios gigantescos, irracionales y adunativos: odio a los que le miraban con extrañeza en la calle; odio tiempo ha olvidado hacia los compañeros de colegio que le habían acosado a causa de sus ojos; odio al día que le vio nacer para convertirse en la sufriente criatura que era, odio a un mundo en que la propia casa se incendiaba sin ningún motivo, odio a sí mismo, y de todos estos odios no surgía el sueño”.
También es sumamente importante el juego metaliterario, y en ese sentido es importante la presencia de Edgar Allan Poe, sobre todo, aunque no se mencione, su relato “William Wilson” en el que un personaje no puede liberarse en ningún momento de su perseguidor, pues, al fin y al cabo, éste es un doble de sí mismo “A Ethan le habían dicho a menudo que se parecía a Edgar Allan Poe… Y el reflejo propio que veía en el espejo retrovisor le salió al encuentro, procedente del pasado, como para corroborárselo. Sí, sí; había un parecido en el aspecto sombrío y bayroniano; pero no le gustaban aquellas venas rojas, aquellos vasos sanguíneos rotos de la nariz. ¿Tenía Edgar Poe la nariz roja? En cualquier caso, la suya era una cara más saludable. Una cara dulce, bronceada, una cara de libertino, la cara asintió en señal de aprobación. Pero su cara no podía ver aquellas venas; quizá sufriese alguna enfermedad… Quizás. De pronto comprendió que su vida entera había sido como una prolongada enfermedad maligna desde la muerte de Peter, desde que la había olvidado, olvidado deliberadamente como hombre que se tranquiliza diciéndose, cuando comienza a desaparecer, que la primera manifestación de la sífilis no es más que un impétigo –a fin de cuentas, como el Doctor Fausto de Thomas Mann-, olvidado, o fingido que la había olvidado y sufrido como si no hubiera ocurrido nada. La cara del espejo, media cara, una máscara, le observaba con aprobación, sonriéndole, pero con una especie de terror a medias. Sus labios deletrearon la palabra: ¡Asesino!”.
Peter es un amigo del protagonista y también del propio autor; no debemos olvidar la esencia autobiográfica de este texto. Peter se suicidó después de hacer una proposición homosexual al escritor: “Y aquel día, 7 de octubre, era el aniversario de la muerte de Peter. A Ethan le habría gustado olvidarlo pero estaba obligado a acordarse por un motivo del todo irrelevante: porque era también el aniversario de la muerte de Edgar Allan Poe”.
En su viaje, entre alucinado, onírico por las horas pasadas, alcohólico por el gusto por consumir, también se encuentra la referencia a unos acontecimientos en los que, en línea del Realismo mágico, se funde el hecho con la maravilla sin que se rompa el contacto con lo experimentado en la cotidianeidad. Así, en esa línea, el policía que sabe de fenómenos poltersgeist y habla de ellos –aunque rudamente- con un fundamento incluso bibliográfico –por un libro leído de la misma biblioteca municipal que, curiosamente, se encuentra en la planta baja de la comisaría. “En ocasiones, la <inteligencia> se manifestaba de un modo casi benigno. Un sábado por la noche, el barbero y su mujer, que habían estado en una taberna lejana, se dirigían a su casa cojeando, buscaron cobijo bajo un olmo, les cayó un rayo encima y llegaron a su casa casi saltando, curados para siempre a partir de aquel día de todos sus reumatismos. Fue una agilidad recuperada que les hacía mucha falta, porque, aquella misma noche, su casa, sita en las afueras de Niágara del lago, se incendió. Una bola de fuego que cruzó con solemnidad los prados contiguos entró por la ventana de la cocina, ventana desde la que se lanzó la señora McTavish dando gritos, aunque aterrizó sin hacerse ningún daño. La bola de fuego incendió unos cuantos visillos y cortinas, y luego las llamas se apagaron de común acuerdo”. Esa inteligencia de la que se habla es como una mente absoluta superior, no identificada con el Dios tradicional, sino más bien con esa “Cosa” a la que hacen referencia los místicos en la línea de los taumaturgos, de hecho, en la novela se menciona a Swedenborg y algún otro personaje teósofo. Así podemos leer: “¿Le habría ocurrido una de aquellas cosas espantosas que se leían en antiguos manuscritos de los Rosacruces, pero que nunca se creían, en virtud de la cual se había quedado literalmente sin alma? ¿La habría cedido y abandonado, lo cual equivalía a adentrarse por siempre jamás en el reino del amanecer olvidado?”.
Uno de los fragmentos más interesantes de la novela, contiene la confesión de que Ethan, el protagonista, en realidad, está huyendo de sí mismo:
“Pero si me preguntas si he sido feliz alguna vez en todo mi juventud, la respuesta es sí… A los diecisiete años dejé el colegio y firmé un contrato de cinco meses para navegar en un velero, y me fui a Ceilán y era feliz cuando estaba arriba en la arboladura. En realidad, cuanto más lejos estaba de toda la tripulación más me gustaba. Mi mejor amigo era la vela de foque, que es la más alta de todas, que casi no existe, y me encariñé tanto con ella que el capitán dijo que cuando desembarcara lo mejor sería que me la llevase a casa y me acostase con ella o no podría dormir, porque es un dicho de marineros que no pueden dormir cuando vuelven a casa si no contratan a alguien que les eche cubos de agua sobre el tejado durante toda la noche. Al parecer algo debía de aprender también de aquella experiencia, que en muchos sentidos no era más que un pasatiempo diabólico, y efectivamente sí aprendí algo, aunque hasta este momento no se me había ocurrido pensar qué… Me encontré en Birkenhead con el contramaestre un año después de haber desembarcado –a bordo había sido un auténtico tirano-, tomamos una cerveza juntos y me dijo: <Ethan, no voy a decir que fueses uno de mis mejores hombres, pero eras un buen chico y nunca te vi escaquearte de un trabajo sucio. Y me figuro que ahora estás contando a los flojos de tus amigos que tienes experiencia suficiente para toda la vida después de lo que pasaste en aquel cascarón, y de lo que pasaste con el cabrón de tu contramaestre agobiándote a todas horas y esto y lo otro>. Le contesté que había disfrutado mucho pero que de la parte mala había sufrido tanto como se podía esperar de un primer viaje, y el respondió: <¡Primer viaje! ¡Si quieres ser un auténtico hueso como yo tendrás que volver a embarcarte en un barco peor que aquel, con un maldito contramaestre diez veces peor de lo que yo he sido, y ése será tu primer viaje, y ése será tu primer viaje! Todavía no has hecho un primer viaje de verdad, hijo>”.
¿Cómo es posible que un juglar haya sido el elegido para encabezar el tarot y, además, marcado con el número Uno que es el la Causa Primera? En el volumen VIII de su Mundo primitivo, Court de Gebelin afirma que la lección de este personaje es esencialmente de carácter filosófico. El universo visible es mágico y maravilloso; ¿podría no ser su Creador el ilusionista por excelencia, el gran Prestidigitador que nos deslumbra con sus malabarismos? La confusión y el remolino universal nos impiden ver la realidad. Estamos engañados por la apariencia producida por fuerzas en movimiento que son desconocidas para nosotros. Por lo tanto, la Primera Causa es un Mago, sin embargo, como esta Primera Causa se refleja en todas las cosas que son activas, el rasgo del tarot que lo abre, de una manera general, corresponde a todo principio de actividad. En el Universo, él es Dios, visto como el gran poder que provoca todo lo que está consumado en el Cosmos; en el hombre es el asiento de la iniciativa individual, el centro de percepción, de consciencia y de poder de la voluntad. Es el Ego llamado para construir nuestra personalidad, porque lo individual tiene la misión de crearse a sí mismo.
El principio de autocreación nos es mostrado en los rasgos de un joven delgado, esbelto y de gran agilidad. Se siente que el Mago no puede permanecer en reposo; juega con su varita mágica, monopoliza la atención de los espectadores y los encandila con sus continuos malabarismos y sus contorsiones, tanto como con la movilidad de sus expresiones faciales. Por otra parte, sus ojos brillan con inteligencia y tienen largas pestañas que acentúan su destello. El sombrero le da sombra con sus alas anchas, cuyas líneas dibujan la silueta de un 8 tumbado ∞. Este signo, que los matemáticos han utilizado como símbolo del infinito se encuentra también en el tocado de la Fuerza (arcano XI), y en la Esfinge de Astarté, tal y como la representa Pruse d’Avennes en Histoire de l’Art egyptien, impreso por Maspero y en Histoire ancienne des peuples de l’Orient Classique.
Se puede comparar este halo horizontal con la esfera viva hecha por la emanación de los pensamientos vivos desde la inteligencia. Llevamos alrededor de nuestro cielo mental la esfera que traza el sol de la Razón, el elíptico ∞, sujeto mediante los límites tan estrechos de aquello que es accesible para nosotros.
La palabra kata puede traducirse por forma, molde o figura. Hace referencia a una serie de movimientos encadenados que pretenden responder a una situación de ataque (bunkai). Esto último es importante, pues hay que tener en cuenta que todo kata comienza con un movimiento de defensa, respondiendo a una agresión. El mensaje que se trasmite con ello al karateca está claro, en ningún momento es él el responsable de la actitud de violencia a la que se enfrenta, al principio, con un blocaje.
El origen de los movimientos codificados en el karate está en China y llegó a la cultura de las Artes Marciales japonesas a través de Okinawa desde donde, con Gichin Funakoshi se elaboró el Karate moderno en sus diferentes estilos, correspondiendo cada uno de ellos a los sentimientos peculiares de cada maestro. Aunque habría de tomarse en consideración, de la misma manera, que el sistema de enseñanza basado en un código de movimientos encadenados, como una forma que pretende ser molde o guía está en, prácticamente, todas las Artes Marciales tradicionales.
Hiyonori Ôtsuka (1892-1982), fundador de la Escuela de Karate Wadô-ryû (que podría traducirse como escuela que sigue el camino de la armonía, la concordia o La Paz –wa-) define kata con estas palabras, en su libro Wadô ryû karate (1977): “Un kata es la exteriorización del sentimiento; es una lucha rápida y poderosa, como cualquier combate. En él, la fluidez, la fuerza, el equilibrio y la técnica se funden con la energía, la cual debe irradiarse por todo el cuerpo. La concentración y la espiración pausada se combinan con la fuerza que explota; y todo ello en una armonía completa”.
En un kata se transmiten una serie de conocimientos que han sido codificados por un maestro. ¿Cuál es su finalidad? Evidentemente guardar una enseñanza ante el olvido de los tiempos. ¿Simplemente? También busca el desarrollo de la eficacia en el combate, pero pueden ir más allá. Para Sosai Oyama, un kata es lo trascendente en el karate, por ello afirmó: “El kihon son las letras; el kumite, la palabra; el kata, una oración”.
Hay Artes Marciales tradicionales que en un sistema de movimientos buscan la salud, más allá de su eficacia combativa, que también la tienen; así el Taichi y el Qiqong (Chi-Kung), ambos nacidos en monasterios budistas chinos, desde luego como un sistema de defensa personal, pero también, y sobre todo, como una necesaria generación de movimiento en la energía interior y vital ante la quietud prolongada en la meditación. Practicando Chi-Kung se observa de una manera directa el efecto que causa la movilidad de la energía interna que por efecto de la sedentarización de la vida cotidiana puede estar bloqueada. Recuerdo algunos entrenamientos nocturnos en el mes de enero y al aire libre y cómo poco a poco una sensación de calor iba alcanzando las manos, ignorando el frío de la estación.
Un kata puede ser sanación, meditación, combate, herencia e incluso una forma de ceremonia –recordemos cómo en Kanku kata se dibuja con las manos el símbolo de nuestra escuela. Un kata es también la búsqueda de la armonía. Su cometido no depende tanto de la intensidad de los movimientos que contiene como de la propia interioridad del ejecutante.
Posiblemente en el kata se encuentre una enseñanza que no es transmitida más que desde el mostrar una serie de movimientos que pueden llegar a ir más allá de lo físico; aunque ese ir más allá depende del alumno, el cual tiene que plantearse si el kata es algo más que la persecución de la eficacia en combate o es una esencia que le habla a lo más profundo. Es por ello por lo que en su ejecución no sólo vale una buena técnica, sino también la concentración y la expresión del sentimiento –que transforma la danza en una realidad de combate y en un vencerse a uno mismo-.
Entre las características que debe presentar un kata hay que destacar: concentración, zanshin, rei, waza, ki, dachi, kokyu, metsuke. Víctor López Megía en su libro La puerta hacia el karate-do (2008) menciona algunas más, pero éstas son las que considero más importantes.
La concentración es el olvido del uno mismo para buscar la perfección; la imperturbabilidad del ser, y a la vez, la fluidez necesaria para responder a la situación que se está desarrollando en el bunkai. En este sentido, la práctica del kata puede asimilarse a una meditación en movimiento. En la búsqueda de un mejor desarrollo de sus técnicas, algunos maestros, aislados en los bosques o en las montañas, eran capaces, no sólo de ver, sino también de materializar el ataque que daba paso a nuevas interpretaciones del combate; presencia que era achacable en algunos momentos a la materialización de los espíritus de la naturaleza característicos de la mitología japonesa, denominados Tengu.
El zanshin es el espíritu de alerta que, en realidad, comienza en el momento mismo en que se pisa el tatami, incluso antes, cuando se acerca la hora de la práctica y que debe mantenerse en la vida cotidiana para que ésta no sea un mero discurrir en el vacío y el arte marcial practicado no sea un mero deporte sino una mirada radicalmente distinta de la existencia. El zanshin en la práctica del kata es especialmente importante, pues es cuando estamos creando una realidad que hace que la disciplina sea seria y la victoria, interna, a diferencia de lo que ocurre en kumite, tal y como el combate se entiende frecuentemente.
Rei es un vocablo que puede traducirse como saludo; implica un espíritu tanto de cortesía como de respeto ante una idea –un creyente hablaría de práctica religiosa-. Antes del movimiento que abre el kata está el saludo, la ruptura de un rimo que precede al Hajime–empezar-. La muestra de respeto en el kata implica tanto a la Escuela como a los maestros precedentes y a uno mismo, pues no hay otro adversario en el desarrollo de estos movimientos codificados. Y todo ello con una humildad que se expresa mediante una ligera inclinación que no es dejadez ni confianza puesto que mantiene la mirada periférica característica de un combate.
Waza es la ejecución técnica; en ella está la peculiaridad de la propia escuela, herencia del maestro fundador. Implica muchos elementos que se van desarrollando progresivamente, tal y como afirma el shihan Steve Arneil: fluidez, ritmo, equilibrio y fuerza; a la vez que se va eliminando todo adorno superfluo que es manifestación de un ego que aquí no tiene lugar.
El ki es la energía sin la cual el cuerpo está muerto; mana del hara, centro de equilibrio; aunque no deberíamos olvidar que en la tradición occidental hay otros dos puntos de fuerza; el cordial del pecho, sentimiento, y la cabeza, la razón. El ki es la fusión del cuerpo (hara), mente (cabeza) y alma (corazón). Las tres son energías que se integran en el individuo que posee ki –todo ser, lo sepa o no, lo tiene-. La manifestación de la energía en el movimiento del kata es la fuerza que se plasma en la realidad y se llama kime, cuya confluencia con la respiración –kokyu- y el movimiento definitivo explota en el kiai.
Dachi es otro de los elementos importantes en el desarrollo del kata; es la posición y el equilibrio que conlleva, así como la posibilidad de movimiento desde la estabilidad. Implica un enraizamiento que no olvida el cielo pues su fuerza está sobre los hombros del que ejecuta las acciones. Karate es tierra, pero también cielo -Kyoku es lo más alto- con la fluidez del agua y la energía del fuego; el elemento –o no elemento- del vacío, el éter de los griegos, es la perfección buscada en la práctica realizada con seriedad. Por último, la peculiaridad de la mirada en combate, metsuke; es en ella donde se está transmitiendo el combate interior de cuya forma el kata es manifestación. Los ojos están en la dirección del golpe, pero no se centran en el punto mismo del impacto, contemplan todo, dirigidos hacia un horizonte abarcador que incluye, también al adversario inexistente.

XCIV
New York
10 de abril
A Ana Crooke
Está tapiado este breve camposanto abierto de la ciudad comercial, por las cuatro rápidas y constantes concurrencias del elevado, el tranvía, el taxi y el subterráneo, que jamás le faltan a su silencio obstinado y pequeño. Un sin fin de rayos de fugaces cristales correspondidos, que anuncian con letras de oro y negro todos los and Cº de New York, hieren, en la movible alquimia del sol último, recogido interminable y variadamente en sus coincidencias, las espaldas y los hombros de las tumbas viejas, cuya piedra renegrida y polvorienta se tiñe, aquí y allá de color de corazón.
¡Pobre pozo de muertos, con tu iglesita de juguete, cuyas campanas sueñan al lado de las oficinas que sitian tu paz, entre los timbres, las bocinas, los silbatos y los martillos de remache!… Mas lo puro, por pequeño que sea y por guerreado que esté, es infinito; y sólo la escasa yerba agriverde que los muertos de otro tiempo brotan, y una única florecita roja que el sol, cayéndose, exalta sobre una losa, colman de poesía esta hora terrible de las cinco, y hacen del cementerio un único hermano gemelo del ocaso inmenso, trasparente y silencioso, de cuya hermosura sin fin queda la ciudad viva desterrada«.
A lo largo de Diario de un poeta reciencasado, Juan Ramón Jiménez alcanza varios momentos de iluminación en los que sus composiciones logran atisbar esa eternidad estética que, a lo largo de su vida, va a convertirse en una de sus mayores preocupaciones.
El poema en prosa «Cementerio en Broadway» está fechado en New York el 10 de abril. Ya en «La negra y la rosa» (5 de abril), la primavera como experiencia trascendente y poética cobraba plena consciencia al ser anunciada por esa mujer negra abanderada de una rosa roja que inundaba de luz el metro tenebroso. Cuatro días después, el 9 de abril sirve para datar unas pocas líneas en prosa que dan constancia de la notoriedad del renacimiento que es la primavera en la misma línea que «La negra y la rosa»; se trata de «Primer día de primavera» (XCIII): «En un remolino de viento fresco, color nuevo, olor reciente, canción tierna, el mundo que se hace mundito, para empezar de nuevo a inflarse. Nada más».
Un remolino que llega de repente y es fugaz como un relámpago que todo lo ilumina pues, aunque sea «Nada más» es lo Absoluto expresado en la presencia de los sentidos: el tacto de un viento fresco, la vista de un color nuevo, el olfato en olor reciente y el oído de canción tierna. En estos sintagmas, la sinestesia se convierte en un instrumento dotado con la capacidad de expresar un mundo con voluntad de ser nuevo, pues el momento culminante de la enumeración, el final, contiene la sensorialidad de una canción -que es la poesía- convertida en lo tierno de una realidad que comienza a brotar.
El espacio de «Cementerio de Broadway» está constituido por dos lugares, uno de ellos un Locus clausus, tras una tapia, es el Camposanto; el otro: la ciudad de Nueva York, la gran metrópoli, la urbe inhumana que unos años después también retratará Federico García Lorca en su Poeta en Nueva York (1929). Aquí no se queda Nueva York en la frialdad de unos edificios hechos desde unas dimensiones inhumanas, dedicadas a fines comerciales, y de los subterráneos oscuros que, en un principio, parecen alejarse de todo afán poético. Igual que García Lorca, antes Juan Ramón Jiménez se encontró con esos edificios que acongojan; una primera sensación que pronto será vencida para dar paso a distintas experiencias estéticas; éstas, en el caso del poeta de Moguer, todavía son más evidentes, hasta dar alcance al ámbito de la Eternidad, que también es el de la Belleza y la Pureza absolutas.
Broadway es el espacio abierto, la ciudad comercial, definida desde la rapidez y el ruido de coches, tranvías o la oscuridad del metro: timbres, bocinas, silbatos y martillos de remache; sus edificios se dibujan en cristales con carteles de empresas con letras de oro y negro; y, a diferencia de lo que ocurre con el subterráneo de «La negra y la rosa», la multitud se transforma en la ausencia de personas directamente mencionadas, con ello Broadway parece ser un espacio más inhumano que el del cementerio rodeado del ruido de la ciudad.
A lo largo de todo este poema en prosa se producen contraposiciones continuas que son la posibilidad de trazar un camino que va acercándose paulatinamente a la Belleza, igual que unos días antes en «La negra y la rosa» distintos elementos de la realidad se van superponiendo hasta conformar la explosión de Eternidad. Todo ello -en ambas composiciones es igual- gracias a la «alquimia del sol», bien del amanecer en uno o del ocaso «el sol último» en otra. «Cementerio en Broadway» sucede a esa «hora terrible de las cinco», como años después en Lorca. Al fin y al cabo, la alquimia es un proceso cercano a la magia, produce la transubstanciación y, además, puede ser considerada como un verdadero camino interior, tanto como esa iluminación que alumbra un mundo totalmente nuevo, surgido de la realidad cotidiana, contemplada y transmutada en el taller interno del alma del poeta.
Afrontando a la ciudad se encuentra un pequeño camposanto que parece provenir de tiempos antiguos pues está formado por tumbas viejas, en silencio obstinado con piedras renegridas, polvorientas y teñidas con color de corazón; se trata de un pozo de muertos con una iglesita de juguete en la cual unas campanas sueñan, duermen, permanecen en ese silencio que vuelve trascendental este espacio contrapuesto al ruido de una ciudad inhumana, más que el cementerio en el cual habitan los muertos entre hierba agriverde y una florecita roja. Tanto es así esto último que lo apartado no es el camposanto viejo, sino la ciudad desterrada en la que no hay vida, pues no está en ella la posibilidad de eternidad y belleza.
Desde luego que en «Cementerio en Broadway» hay realidad: la dedicatoria a Ana Crooke, prima segunda de Zenobia, hija de su tía abuela Elizabeth Aymar; realidad es también el paisaje -ciudad y cementerio-, aunque esté retratado desde el esteticismo. Sin embargo, lo que verdaderamente importa es aquello que trasciende al espacio habitual pues esa realidad, en palabras del propio poeta, se «colma de poesía» ya que pasa a ser infinita, hermosura que nace desde la contraposición con unos valores antipoéticos desde estos se llega al enfrentamiento brillo y muerte con un final inaudito, pues todo va a trastocarse después, cuando la iluminación viene desde la contemplación del cementerio hasta llegar a alcanzar esa pureza mediante la cual se define el proceso poético juanramoniano.
Entramos así en el ámbito de la Poesía Pura, revolución que se produce en la poética occidental de principios del siglo XX. Y aquí, Juan Ramón, en 1917, es el adalid, pues El cementerio marino de Paul Valéry es de 1920 y La tierra baldía de T.S. Eliot de 1922, por poner dos ejemplos claros de ese concepto de poesía pura en la que el simbolismo contenido en la metáfora se convierte en recurso básico.
En The Waste Land, T.S. Eliot representa un mundo caótico y desacralizado por el materialismo, que necesita de una renovación que ha de venir de lo trascendente y lo simbólico. La tierra desolada es el reino de Arturo cuando el monarca yace postrado de sufrimiento y cuando surge la necesidad de una Quête, que es la del Grial, búsqueda de lo trascendental. La misma gesta es la poesía de un Juan Ramón Jiménez errante en pos de una eternidad que es como el recipiente sagrado que perseguían los caballeros de la Mesa Redonda para dar significado a un mundo que se había perdido.
En el poema «El entierro de los muertos» de La tierra baldía, T.S. Eliot se sitúa en una cronología y un topos -el cronotopo bajtiniano- coincidente con «Cementerio en Broadway»; leamos:
«Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos mantiene calientes, cubriendo
tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
un poco de vida con tubérculos secos».
Imágenes que han de completarse con este otro fragmento, con rocas rojas equivalentes a esa «piedra renegrida y polvorienta» que «se tiñe, aquí y allá, del color del corazón»
«¿Cuáles son las raíces que prenden, qué ramas
se extienden en estos pétreos escombros? Hijo del hombre,
no lo puedes decir, ni adivinar, pues sólo conoces
un manojo de imágenes rotas en las que el sol golpea,
y el árbol muerto no cobija, ni consuela el grillo
ni mana el agua de la piedra seca. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja».
El Hermano de la Costa está fechada en 1923 y es la última novela en vida de Joseph Conrad (1857-1924)
La narrativa de Joseph Conrad se parece mucho a esa persecución marina que leemos al final de la novela; el significado se cree al alcance de la mano, sin embargo, en algún momento, un golpe de timón o un viento afortunado hace que se pierda el sentido unitario de las palabras que forman el relato; y así nada concluye hasta que la última pieza del puzzle que forma la historia es puesta en su sitio.
Este tipo de novela es diferente a las aventuras que podemos apreciar en otros autores como Emilio Salgari o Rafael Sabatini. En Joseph Conrad se hace evidente que las técnicas narrativas han sufrido una depuración a lo largo del siglo XIX, aunque el antiguo marino polaco no rompe con algunos elementos que ya se localizan en el Romanticismo: los amores del Teniente Réal, de la armada, y la huérfana de la Revolución; la misma construcción de ésta, Arlette, nos aproxima a algunos rasgos que encontramos en las novelas de Victor Hugo, también es así con el amigo lisiado de Peyrol. De la misma manera, en el Realismo: la configuración del Hermano de la Costa, esa imagen de toda una nación, tal y como hace Balzac en Los Chuanes; o el amor crepuscular, pero igualmente hermoso, que se vislumbra entre Peyrol y Catherine.
Cuando pensamos en piratas, inmediatamente nos trasladamos al Caribe, a las Antillas, a Veracruz, Maracaibo, Cartagena de Indias o el Morro de San Juan en Puerto Rico; quizá el Océano Índico, allí donde sus costas se llaman Malasia…, con Peyrol en esta novela de Joseph Conrad vamos más hacia un hombre que ha vivido a sangre y fuego en Oriente –no tanto como su oficio sugiere-, pero que regresa a su patria, muy cerca de las convulsiones revolucionarias, para retirarse cerca de Tolón, donde al parecer está su incierto origen, después de un golpe de fortuna que ha puesto en sus manos una fortuna que le va a permitir vivir tranquilamente, cumpliendo el sueño de tantos piratas que pretenden alejarse del mar teñido en sangre, aunque jamás logran el retiro ansiado -así se retratan los filibusteros de La isla del tesoro de R.L. Stevenson.
Pero Peyrol es un personaje trágico, como lo es todo el ambiente que le rodea en la costa cercana a Tolón que ha escogido como residencia, y por ello el destino va a ir a buscarlo y, así, un desesperanzado lobo de mar solitario y ajeno al mundo se transforma en un ejemplo más de ese desencanto que define a Maqroll el Gaviero cuyas raíces se adentran profundamente en una novela como es El hermano de la Costa.
A todo ello hay que sumar espectaculares momentos poéticos en los que el mar cobra un protagonismo especial; en estos fragmentos se ve el marino que fue Joseph Conrad.
Aquí está el principio de la novela, en traducción de J.G. de Luaces (El hermano de la costa, Destino. Barcelona. 1984)
“Después de haber entrado al romper del día en aguas del puerto de Tolón, y tras ponerse a voz con uno de los prácticos de la flota que acudió para indicarle el sitio donde debía fondear, el cabo de cañón de la Armada, Peyrol, largó el ancla del maltratado buque que traía a su cargo, entre el arsenal y la ciudad, en frente del muelle principal. El curso de su vida, que cualquiera hubiese juzgado llena de maravillosos incidentes (de los que sólo él no se sentía maravillado), le había hecho impasible a tal extremo, que ni siquiera exhaló un suspiro de alivio al oír el chirrido de la cadena del áncora. Y, sin embargo, aquel día era el último de una travesía de seis meses, casi siempre a media ración, a bordo de una cáscara de nuez cargada de valiosas mercancías, averiada, siempre en constante afán de eludir la persecución de los corsarios ingleses, un par de veces en riesgo de naufragio y más de una en peligro de captura. Pero el veterano Peyrol no había hecho más caso de estos azares que del valor del cargamento, aceptándolo todo flemáticamente, porque así era su carácter, formado bajo el sol del mar de las Indias, entre disputas con gentes de su especie por pequeñas participaciones en ilícitos botines, casi tan pronto gastados como percibidos. Estaba habituado, pues a soportar igualmente altas y bajas, en el curso de una dura y precaria vida, que ahora lindaba en los cincuenta y ocho años”.
Cuando la leyenda representa a la Humanidad como caída desde un estado original de iluminación natural, parece que se está haciendo referencia al instinto que ayuda a los animales. La Naturaleza cuida de las criaturas vivas que la obedecen pasivamente y ella les permite llevar a cabo, sin errores, las acciones que demanda su plan vital. Mientras permanezcan obedientes a sus impulsos, los animales disfrutan de privilegios que están perdidos para la criatura que decide dirigir su vida según su propio juicio. Tan pronto como la razón, mientras que todavía es débil, asume la dirección del individuo, hay una revolución contra el orden de las cosas natural y primigenio. La razón enturbia la lucidez del instinto, este es el estado de caída de la criatura que, sin embargo, tiene una razón que es imperfecta.
Se nos impone un aprendizaje lleno de dificultades, porque la razón se desarrolla sólo en detrimento del instinto, y este instinto pierde su claridad cuando se enfrenta al triunfo de la completa claridad de la razón que hay en nosotros. Un periodo de angustia llega en el tiempo que hay entre el reinado del instinto y el de la razón pura. La transición podría ser dolorosa si no fuese por una facultad que ni es del instinto ni de la razón, aunque parece haberse situado entre ambas. Aparece con el amanecer de la inteligencia; su luz difusa nos da diversión antes que instrucción. Las imágenes la muestran como incoherente, pero fascinante y da lugar al desarrollo de ideas. Esta facultad es la imaginación.
Debemos tener cuidado de no rechazarla. Fue situada en una posición de honor miles de años antes de la civilización griega. A ella le debemos todo conocimiento humano fundamental y el concepto original de las religiones y de las ciencias; porque todo germen de luz que trae una semilla de claridad al cerebro humano fue recibido por la intuición de los seres humanos primitivos y humildes.
Al abandonar el dominio del instinto, ciertamente no pensamos en preguntarnos acerca de cuestiones filosóficas, cuando no afrontamos ante el espectáculo de la Naturaleza, sufrimos y cedemos a las impresiones, sin razonar sobre ellas. Así los objetos aplican un poder de sugestión sobre nuestra imaginación sin posibilidad de contrastarla. De ello, deriva nuestra extraordinaria “facultad de imaginación” que nos sorprende cuando la observamos en niños o en individuos a los que les ha sido posible conservar algo del niño que eran. Este tipo de consciencia era la que pertenecía a la humanidad en sus tiempos más tempranos y de ella quedan restos todavía en los pueblos menos civilizados de la actualidad. Fue definida por su falta de capacidad para formular ideas claras y precisas. Hablando con propiedad, el hombre primitivo no hablaba, soñaba. Rebelde ante cualquier esfuerzo intelectual, es receptivo, un agente pasivo en relación a lo que alcanza a su mente. Su percepción es abierta y toma como verdad todo lo que llega hasta él, cosa que es sumamente peligrosa pues abandonada a sí misma, la imaginación se complace en la extravagancia; así pues podría no ser sabio entregar a la imaginación el poder de arbitrar nuestras decisiones.
Algunas naciones cuya civilización nos maravilla, sin embargo, han escuchado a la imaginación cuando consultaban a los oráculos y rendían la debida reverencia a los colegios de adivinos que eran los encargados de interpretar los oráculos. En los más antiguos principios de los agrupamientos en forma de sociedad, nos encontramos, no con filósofos, sino con humildes brujos-sacerdotes, antecesores de los adoradores de imágenes de nuestras tribus salvajes. Con una fe instintiva que era absoluta, la autoridad de los sujetos de mentes abiertas llegó a ser dominante; alcanzaron, de una manera bastante natural, el puesto de Reyes-Sacerdotes, como los primeros soberanos en la historia de Egipto y Mesopotamia. Su poder fue ejercido en el nombre de la divinidad que manifestaba su voluntad por la intercesión de los adivinos. A juzgar por su perduración, este régimen no causó más abusos que otros que le sucedieron. Los celtas no tuvieron quejas contra los druidas y más de una monarquía laica hizo desear el regreso de los gobiernos teocráticos ya pasados de la Antigüedad.